Clásicos Inolvidables (XXXIX): Pedro Páramo, de Juan Rulfo

11 febrero, 2014

| | | 0 comentarios
Juan Rulfo
Ejemplo de obra casi única en la vida de un escritor, Pedro Páramo (1955) fue la creación más reconocida del que fuera un modesto oficinista del departamento de inmigración, vendedor de neumáticos, e interesado por la fotografía y el cine, el mexicano Juan Rulfo (1917-1986). Tal vez su carácter autoexigente –literariamente hablando-, junto a la certeza de saber que ya había dado lo mejor de sí mismo –chocante sinceridad, viniendo de un escritor- impidieron que, tras El Llano en llamas (1953), Pedro Páramo El gallo de oro (1980, fecha de edición), Rulfo volviera a publicar nada más, narraciones póstumas aparte.

Tras una juventud marcada por la pérdida de los padres, en Juan Rulfo pesó de modo explícito el recuerdo de los lugares de la infancia, ese mundo perdido no por cuanto a la desaparición física de dichos lugares, sino por la desaparición del modo en que fueron. Rulfo escribió para vivir la soledad más que para combatirla, y sus personajes suelen ser también solitarios, pese a estar rodeados de gente. Más que condicionada, se trata de una soledad buscada, biológica.

Fraccionado en setenta fragmentos, Pedro Páramo llama en primer lugar la atención por el nombre escogido para su título. La “voz” principal será la del hijo de Pedro, Juan Preciado, pero es tal el peso del recuerdo, esta vez por vía de la madre (que es quién a su muerte encarga a Juan ir en busca del padre), que la presencia del progenitor impregna todo el relato, del mismo modo que lo hace el lugar, el pueblo de Comala.

Pero pese a este ambiente rural, los personajes acaban siendo icónicos, universales. Es gran mérito de Rulfo como escritor, junto a otros grandes maestros, el haber sabido incardinar un periodo histórico concreto (en este caso una sangrienta etapa de revueltas, aunque aquí se trate de forma menos “directa”), con la “historia” de sus personajes (buenos ejemplos no faltan: Pasternak, Tolstoi, Galdós, Baroja…). De igual modo, el lenguaje que despliega Rulfo es tanto popular como poético.

Fotografía de Juan Rulfo
El tema que subyace es el desánimo tras la revolución (o en plural). La certeza de que todo lo que iba a cambiar va a quedarse como estaba, solo que en manos de otros. La estructura de la novela (de no gran extensión pero de enorme riqueza semántica), arrastra hacia lo desconocido. Las voces de los difuntos que por ella transitan hablan al lector a modo de una cacofonía psicofónica, punteada por saltos espacio temporales, el juego con algún que otro punto de vista, y la fragmentación de los planos narrativos (con la incorporación de un narrador sin especificar en tercera persona, para determinados pasajes). Pero pese a las (temibles) apariencias, hay “método en su proceder”, porque aunque la forma de la novela también es expresión en este caso, no resulta muy difícil al lector actual organizar un texto cuyos mecanismos describen las circunstancias de este Ciudadano Páramo, un escrito progresivamente acendrado por su autor, parecido a una (buena) película en la que los efectos especiales están al servicio de la narración, y no al revés.

En Pedro Páramo el tiempo está suspendido, no se presenta de modo mensurable: “un año, o dos…”; siempre ha pasado “mucho tiempo”. En este sentido, el texto atesora bellas imágenes referidas tanto al tiempo como a la noche, o la tierra… una tierra, la de Comala, que solo es capaz de proporcionar frutos agrios; literalmente, sinsabores. No es difícil rastrear la huella de Joyce (mucho más que la de Faulkner, que Rulfo consideraba como una influencia general, pero menos aplicable a esta obra), como sustrato de esa tierra entre reseca y anegada de Comala; los textos más experimentales del dublinés (en cuanto a la estructura), pero también el celebrado retrato de los muertos (y de los “muertos en vida”) de Dublineses, confluyen en Pedro Páramo, un relato en el que lo que se precipita sobre los que ya fueron no es la nieve, sino la lluvia; Juan Preciado reflexiona ya desde el otro lado.

Fotografía de Juan Rulfo
Y tampoco me parece baladí una referencia a la popular (y excelente) pieza teatral Nuestra Ciudad (Our town) de Thornton Wilder, y su hermosa traslación cinematográfica: Sinfonía de la vida (Sam Wood, United Artist, 1940). Ambas poblaciones se sostienen por el recuerdo de sus habitantes.

La realidad siempre es poliédrica, difícil de aprehender y de (auto) estructurar; depende tanto de factores externos, ajenos, como de nuestras propias circunstancias. En base a este concepto, Pedro Páramo desarrolla una trama de género de lo más moderna -pese al tiempo transcurrido-, que despliega una considerable riqueza semántica y la capacidad metafórica de personajes y lugares. Prueba de que esa “otra realidad” existe será el propio entramado de la novela, formado por recuerdos y reflexiones, como señalábamos, a veces inconexos, a veces inventados, por los que los sueños no realizados y otras vivencias “se materializan” cuando los personajes han alcanzado la otra orilla (o puede que únicamente cuando ya están en ella).

Esta será la tragedia de Pedro Páramo y del resto de habitantes de Comala. La muerte física -y generalmente violenta-, es la muerte de la ilusión; la otra vida –privilegio de lo literario-, el continuo trasiego de los anhelos no alcanzados. ¿Será por eso que en vida los recuerdos se van idealizando inevitablemente? Y en última instancia, ¿podrán volverse también dolorosos dichos recuerdos una vez se ha traspasado el umbral?

Pedro Páramo no anda lejos del relato de terror.

Escrito por Javier C. Aguilera



Parque Jurásico, de Steven Spielberg

10 febrero, 2014

| | | 0 comentarios
En un afán científico, pero sobre todo comercial, el empresario Hammond decide investigar sobre los dinosaurios para recrearlos en una isla que pasaría a convertirse en un gigante parque para turistas que quisieran disfrutar, por una considerable suma, de un espectacular zoo de dinosaurios vivos. Sin embargo, estos seres son excesivamente peligrosos, especialmente al resucitar, por cuestión de espectacularidad, especies carnívoras y, según pretende el film, realmente despiadadas. Fruto de esta ambición desmedida, ocurren los primeros incidentes, lo que provocará que los inversores decidan hacer una inspección mediante el ojo crítico de expertos en la materia; ahí entran en escena los protagonistas de esta historia, que descubrirán con asombro cómo su materia de estudio, extinguida en la realidad, ha cobrado vida en aquel negocio, el parque temático.

La historia pertenece en origen al libro homónimo de Michael Crichton, médico, escritor y director de cine de quien ya comentó nuestro compañero Javier su película Coma (1978), y fue causa de interés desde su publicación en 1990, hasta que Steven Spielberg consiguió los derechos. Del director norteamericano, denominado como Rey Midas de Hollywood poca presentación es necesaria, pues es conocido por casi todos por películas como la saga de Indiana Jones -especialmente la primera entrega, En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981)-, E.T. el extraterrestre (1982), La lista de Schindler (Schindler's List, 1993; del mismo año que la que hoy comentamos), Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), o de forma más reciente, Lincoln (íb., 2012); también de él comentó Javier el film 1941 (íb., 1979). Junto al célebre director, el propio Crichton junto a Malia Scotch Marmo y, especialmente, David Koepp, que además de guionista ha sido director de, entre otras, Sin frenos (Premium rush, 2012), otra reseñada en el blog que, además, muestra la gran versatilidad de tres de los grandes implicados en este film. 

Por cierto, recientemente pudimos verla en los cines en un innecesario 3D y, además, si no tuvimos suficiente con las dos secuelas de 1997 (The Lost World: Jurassic Park) y 2001 (Jurassic Park III), está pendiente una nueva trilogía a iniciar en 2015 con el título de Jurassic World.


El espectáculo estaba servido: toda una aventura con dinosaurios, el plato fuerte de la película que contaba, además, con unos efectos especiales admirados por todos para crear esta aventura de supervivencia en mitad de un parque temático. Los dinosaurios, auténticos protagonistas, viven pacíficamente como pueden en esta nueva realidad, actuando como seres instintivos que son, no podemos condenarlos aunque encontremos cierto maniqueísmo en el tratamiento de los famosos velociraptores o del gran Tyrannosaurus rex. La película, además, nos transmite el mensaje de que no controlamos a la naturaleza aunque lo pretendamos: los dinosaurios, como también pasa con los animales en el zoo, no siempre están dispuestos para agradar a los visitantes, y aún menos para vivir en un hábitat que puede resultar perjudicial para ellos. No entraremos a valorar si la base científica es verídica, ya hay muchas críticas a la veracidad de denominaciones, teorías científicas y demás cuestiones que, sin embargo, son verosímiles en la película, lo que en la ciencia ficción o en cualquier otro tipo de ficción es aceptable.

Los efectos especiales recreaban a la perfección unos completos dinosaurios donde se perdía lo artesanal, pero para hacerlo de forma brillante, tanto que aún hoy asombra. Los dinosaurios se encargan de protagonizar las mejores escenas del film, aquellas que desatan mayor tensión, como los coches atacados por el T. rex o la persecución en la cocina de los velociraptors que están al acecho de los niños. Por su parte, la parte humana está más hueca en su desarrollo. 


Si bien no podemos dudar de la labor de actores como Sam Neill o Richard Attenborough, la realidad es que el desarrollo de los personajes es bastante flojo, tan solo destacando pequeños aspectos, como el gusto por los niños del doctor paleontólogo Alan Grant (Sam Neill), la valentía de la doctora, experta en paleobotánica, Ellie Sattler (Laura Dern) o el sueño y la persistencia monetario de John Hammond; Richard Attenborough interpreta a este abuelete empresario del que incluso podemos sentir pena, pese a saber que sus acciones no son ni altruistas ni, mucho menos, científicas. Sobre esta cuestión, hay todo un aparato crítico a lo que rodea el parque temático que hay quienes lo han apreciado como un ejemplo de merchandising, todo una campaña que se ha valorado en algunos círculos como placement, publicidad encubierta dentro de la película, en lugar de, sin duda, observar la clara crítica a esta cuestión, pese a que, sin duda, se haya hecho caja en la realidad de todos los productos derivados de la cinta (¿aunque no es ese el propósito de toda empresa?).


En cuanto al resto, Sam Neill y Laura Dern tienen falta de química entre ambos, aunque individualmente se adecuen a sus papeles, especialmente Neill, y tampoco ayuda Jeff Goldblum como el matemático y teórico del caos, el doctor Ian Malcolm, único personaje que se mantiene igual a lo largo del metraje con una personalidad que no se aprovecha del todo. Los niños están ciertamente estereotipados, tanto en el caso de Joseph Mazzello en la piel del insistente y pesado niño Tim Muprhy, en la actitud de esos jóvenes fanáticos e insistentes así como cuasi periodista, como en el de Ariana Richards como la hermana mayor Lex Murphy, cuya mayor habilidad está en los ordenadores, seguramente una premonición de lo que son las nuevas generaciones tecnológicamente hablando. 

Los papeles menores son mínimos, destacando quizás el de Wayne Knight como Dennis Nedry, el encargado de estropear la utopía funcionando como una especie de antagonista dentro del espionaje empresarial, el personaje reluce antipatía; como curiosidad, la presencia de Samuel L. Jackson, como ingeniero de parque, y, como crítica, la esperpéntica actuación de Bob Peck como Robert Muldoon, oficial del parque y especie de cazador de dinosaurios.


La película se solventa mediante algunos Deus (o dinosaurus) ex machina bastante oportunos (y sorprendentes), que funcionan sobre todo para salvar al pequeño Tim. No obstante, no desmerece una aventura que aviva el gusto por los dinosaurios, esos seres que tanto nos fascinan, quizás porque nos hacen sentir pequeños e indefensos.

Escrito por Luis J. del Castillo


Hotel internacional, de Anthony Asquith

09 febrero, 2014

| | | 0 comentarios
Un aeropuerto en Londres, donde no falta la niebla y donde, como se suele decir –y suceder- confluyen muchas historias, será el escenario en el que se desarrollen los relatos cruzados de Hotel internacional (The V.I.P.’s, MGM, 1963), cuyo título en español induce a equívoco acerca del decorado en que estos se desarrollan, al menos durante una buena parte. Por otro lado, este mecanismo narrativo de entrelazar varias historias funciona muy bien, porque lo que en la película se entrecruzan, son situaciones y sentimientos atemporales, predispuestos por el azar.

Aspectos tan humanos como el interés “afectivo”, personificado en el matrimonio Andros, escindido tras trece años de matrimonio por unas vacaciones a Jamaica para ella (Frances: Elizabeth Taylor), y el regreso a las obligaciones diarias de él (Paul: Richard Burton). Él es el hombre hecho a sí mismo, el magnate que todo lo puede, pero que ha de delegar en terceros para poder hacer un regalo, porque su tiempo es oro, aunque no pueda disfrutar de ninguna de las dos cosas. 

Paul comprenderá que lo único que ha amado de verdad escapa a su poder (para colmo, a manos de un embaucador y gigoló profesional, Marc: Louis Jourdan – el guión no se esfuerza en ocultar que no se ha reformado). Por su parte, Frances ha de soportar que le digan lo atractiva que está cada vez que se encuentra con algún conocido: lo deseable no es elemento que yo pretenda pueril; precisamente ese es el problema, todos la encuentran tan hermosa que, o bien la envidian, o bien nadie se ha tomado la molestia de amarla realmente. Hasta que la obligada permanencia en el recinto propicie la sinceridad; ocurre cuando hay tiempo para poder comunicarse.

 
En contraposición, sin salir del punto de vista de lo afectivo, aunque desde otro ángulo, tenemos a otro emprendedor, pero en ciernes, Les Mangrum (Rod Taylor), y a su secretaria, Mrs. Mead (Maggie Smith), la otra “cara” de la moneda del desamor: ella no es motivo de envidia física, pero es igualmente una buena mujer.

Junto a estos, “viajan” otros personajes, capaces que improvisar sociedades con vistas a evitar un (abusivo) pago de impuestos: el productor y realizador Max Buda (Orson Welles), y su futura y más que flamante esposa, Gloria Gitti (Elsa Martinelli), una actriz bastante incapaz pero rodeada de oportunidades (otra cara de la belleza física). A la pareja se reserva ¡la referencia a un trineo! Por último está la duquesa de Brighton (Margaret Rutherford, en otra de sus gratificantes apariciones), una viuda que ya no sabe cómo sostener un patrimonio declarado como Bien Cultural.

Todos están excelentes en sus respectivos roles.


Bien, la referida niebla ha obligado a estos personajes a permanecer en el aséptico y poco glamuroso escenario del aeropuerto, “revestido” únicamente por los propios conflictos. Más tarde, todos acabarán alojados en un hotel propiamente dicho, el del mismo aeropuerto. Los destinos de cada uno son diferentes, pero no solo con respecto a los vuelos que han de tomar, sino a unas circunstancias que, pese a no ser por el inoportuno cambio climatológico, no se habrían visto alteradas en la forma en que lo van a hacer.

Es la bonita idea que subyace en la película. De modo que aplazamientos imprevistos y alteraciones en los planes –alguno de ellos de “importancia vital”-, al margen de la honestidad de cada personaje, organizan un corpus que fija la atención en nuestra dependencia de los medios tecnológicos, una faceta por la que pienso que una obra como The V.I.P.’s, al margen de su mítica –o no- en cuanto a los intérpretes, puede seguir resultando muy atractiva. Todas las buenas obras presentan temas humanos de interés.


Como comentamos recientemente con respecto a Neil Simon, el libreto de Hotel internacional fue escrito por el espléndido dramaturgo Terence Rattigan (1911-1977), directamente para el cine, en base a ese recurso de vidas paralelas tan popular hoy, y procurando –lo que es de agradecer- unos cierres, sino definitivos, sí esperanzadores, casi a modo de fábula. Una elección tan respetable como otra cualquiera, que en cualquier caso no es óbice para que Rattigan despliegue toda su brillante ironía –comenzando por el mismo título en inglés-, entre amistades interesadas y sostenidas por las relaciones de poder, y el redescubrimiento de otras –auténticas- amistades, cercanas aunque desconocidas, tal vez por esa misma razón.

Para los que reniegan de forma tajante –que los hay- de un cine no adscrito a lo “independiente” (o sea, de buena parte de la historia del cine), Hotel Internacional supone una sátira moderna sobre los comportamientos sociales, que muestra cómo con “estrellas”, y bajo los auspicios de un estudio de Hollywood, también se podían decir cosas muy interesantes.


Su realizador, el también británico Anthony Asquith (1902-1968), cuenta con títulos entre entretenidos y distinguidos, dependiendo del material de base. Recuerdo con simpatía su El Rolls-Royce amarillo (The yellow Rolls-Royce, MGM, 1964), también escrita por Rattigan, y que conforma una especie de díptico con este Hotel Internacional, el cual contó además con la música de Miklós Rózsa.

Como curiosidad, señalar la intervención de algunos acompañantes de Margaret Rutherford en su periplo como Miss Marple; Joan Benham, como la sra. Potter, y Stringer Davis, como talludito mozo de hotel. Junto a ellos, otros buenos característicos como Richard Watts, el jefe de recepción, y Dennis Price, como el comandante Millbank.

Escrito por Javier C. Aguilera


Cadena perpetua, de Frank Darabont

08 febrero, 2014

| | | 0 comentarios
Cualquier circunstancia humana provoca el interés de quien cuenta historias. La justicia ha sido uno de esos campos donde hemos encontrado casos de buenas historias, aunque pudieran resultar quizás menos emocionantes que el proceso anterior, el de descubrir al criminal (aún cuando eso supone hacer justicia también). El mundo de los abogados y de los jueces ha pasado por el cine en varias ocasiones, como pudimos ver en Veredicto final (Sidney Lumet, 1982), pero dentro de este mundo encontramos un subgénero también muy productivo: el drama carcelario, las historias de la cárcel.

Ya en los años 30 encontramos algunos ejemplos, como Soy un fugitivo (I Am a Fugitive From a Chain Gang, Mervyn Leroy, 1932) o La gran ilusión (La grande illusion, Jacques Renoir, 1937), también entre los 60 y los 70 con films como La evasión (Le trou, Jacques Becker, 1960), La colina (The Hill, Sidney Lumet, 1965) La gran evasión (The Great Escape, John Sturges, 1967), Papillon (íb., Franklin J. Schaffner, 1973), El expreso de medianoche (Midnight Express, Alan Parker, 1978) o Fuga de Alcatraz (Escape from Alcatraz, Don Siegel, 1979). 

Pero donde más ejemplos tenemos es en los 90, especialmente tras el lanzamiento de la película que hoy os traemos, exceptuando la irlandesa En el nombre del padre (In the Name of the Father, Jim Sheridan, 1993), la aclamada Cadena perpetua (curiosa traducción del original The Shawshank Redemption), que llegó a nuestras pantallas en 1994. Tras ella, Sleepers (íb., Barry Levinson, 1996), La Roca (The Rock, Michael Bay, 1996; dentro del género de acción) o Huracán Carter (The Hurricane, Norman Jewison, 1999), además de alguna que mencionaremos más adelante. De forma más reciente, el cine español disfrutó de Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) y en la pequeña pantalla de la serie Prison Break (2005-2009).

Frank Darabont (en el centro) junto a parte del reparto
La cinta fue dirigida por Frank Darabont en su debut como director de un largometraje tras el corto The Woman in the Room (1983), una adaptación de un relato de Stephen King cuando aún era estudiante; con este escritor ha continuado su relación de adaptaciones tanto con Cadena perpetua como con posteriores films, como La milla verde (1999), también un drama carcelario que fue protagonizado por Tom Hanks y el aún poco conocido Michael Clarke Duncan, o La niebla (2007). De forma más reciente participó en la primera temporada de la serie The Walking Dead. Sus dos primeros largometrajes, ambos sobre la cárcel, obtuvieron una gran acogida y están considerados entre los grandes del género. Y así podemos considerarlas nosotros, al menos la que nos ocupa.

Mediante un breve prólogo tan fugaz como anodino, el film nos sitúa en la prisión de Shawshank entre los años cuarenta y sesenta, una férrea cárcel estadounidense donde se aplica la mano dura y las palizas bajo la estricta moralidad (dudosamente cristiana como se expone en la cinta) de un alcaide más centrado en hacer beneficio que en adecentar la vida de sus presos. Allí, Andy Dufresne (Tim Robbins), un banquero al que se le imponen dos cadenas perpetuas por haber asesinado, supuestamente, a su mujer y al amante de la misma, deberá sobrevivir aprendiendo las reglas que rigen la prisión, sufriendo las vejaciones de guardias y presos, y haciendo amistad, así como forjándose una identidad nueva, entre un grupo de condenados donde destaca Red (Morgan Freeman), el preso que puede conseguir cualquier cosa.


Andy Dufresne: Lo gracioso es que estando afuera de prisión era un hombre honrado, recto como una flecha. Tuve que entrar en prisión para convertirme en un criminal.

La cinta, con un metraje de dos horas y media, se adentra en la vida cotidiana de estos hombres a lo largo de su condena, durante veinte años, sin bajar el ritmo ni conseguir aburrir al espectador. La maduración de Andy Dufresne dentro de la cárcel, un hombre que se considera inocente, que disfruta de la música clásica y la literatura, aficionado a la geología y que pasea por la prisión "como un hombre que paseara por un parque" como describe Red, se construye a la perfección y funciona equilibradamente con su amigo y contrapartida: Red sabe que es culpable, aceptó su situación y cumple su función dentro de la cárcel, donde se considera importante. 

Le quedan a este personaje pocos rasgos de su vida anterior, ni siquiera la esperanza. Andy y Red, contrarios en su pensamiento, se ayudarán mutuamente, aunque sea el segundo quien consiga ser cambiado por el primero gracias a su mensaje vitalista, que el film desprende en sus reflexiones. En este sentido, Tim Robbins, pese a una actuación que podríamos describir como inexpresiva en la mayoría del metraje, encaja con el perfil de su personaje, con esa especie de hombre gris cuyo mundo interior es más profundo que el mundo que le rodea, seguramente porque su interior sea lo único que aún no han podido arrebatarle. Como curiosidad, Robbins dirigiría poco después Pena de muerte (1994), una película que reflexionaba sobre este tipo de condena a partir de la historia de un preso. Morgan Freeman, por su parte, nos deleita con una actuación que se hace querer, delegando el guión en él los diálogos más interesantes y amplios.


Red: Créeme, estos muros embrujan: primero, los odias. Luego, te acostumbras. Y al cabo de un tiempo, llegas a depender de ellos.

Como en otros dramas del mismo género, los guardias se convierten en seres sin escrúpulos, una visión demasiado extendida y estereotipada, aunque pueda darse. Funcionan como villanos el capitán Hadley (Clancy Brown) y el alcaide Samuel Norton (Bob Gunton), representantes de una justicia cruel, interesada y corrupta, que aún conociendo la inocencia de un posible preso, por intereses personales impedirán que la verdad salgo a la luz, aunque para ello tengan que convertirse en asesinos.

A su vez, se critica la rehabilitación de presos que han pasado toda su vida en ese estado, regresando a una vida en libertad que ya no es tal. En este sentido, se destaca la mejor crudeza de la película, representada con gran acierto en la historia de Brooks Hatlen, interpretado por James Whitmore, veterano actor que solventa su papel sin problemas, ofreciéndonos la visión más cruda de esa palabra inventada por la sociedad para sentirse menos culpable: rehabilitación.


Por lo demás, está rodada esencialmente en el ambiente de la cárcel, donde destacan las escenas dedicadas a la crudeza de la vida penitenciaria y al arte (musical, literario, cinematográfico), con espacio para el humor y la complicidad con el propio espectador. Quizás alguna deficiencia la encontramos en el maquillaje, en cuanto a que, pese al paso del tiempo, este solo parece mostrarse en los personajes de forma muy tenue, incluso funcionando en algunas escenas pero perdiéndose ese efecto en una toma posterior. También podemos considerar un exceso de explicaciones con voz en off, donde hubiera sido preferible mostrar o sugerir. Cuestiones que, no obstante, no desmerecen la cinta ni su historia.


Andy Dufresne: La esperanza es algo bueno, quizás lo mejor de todo, y las cosas buenas nunca mueren.

En definitiva, el film, que no obtuvo ningún premio pese a sus nominaciones al coincidir con películas como Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) o Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), sí logró el reconocimiento de la crítica y del público, y sin duda es uno de los mejores ejemplos de este género no solo y en tanto que género, sino como película, personajes e historia que abogan por la esperanza y la vida.

Escrito por Luis J. del Castillo


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717