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Para el sábado noche (XLV): Campanadas a medianoche, de Orson Welles

24 agosto, 2015

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El personaje de John Falstaff, modelo de cierto oportunismo afable y víctima de la ingratitud, fue empleado en la lírica por autores como Antonio Salieri (1750-1825) o Giuseppe Verdi (1813-1901). Campanadas a medianoche (Falstaff / Chimes at Midnight, Alpine/Sirius, 1965) retomó este personaje creado por William Shakespeare (1564-1616), recurrente desde c.1597 a 1602 en obras como Enrique IV, Enrique V o Las alegres comadres de Windsor, en esta ocasión para el cine y bajo la dirección de Orson Welles (1915-1985).

Filmada en España, con producción de Emiliano Piedra (1931-1991) y el auspicio en la distribución de Harry Saltzman (1915-1994), productor de la saga de James Bond, la película contó, además, con la música de Angelo Francesco Lavagnino (1909-1987), la fotografía de Edmond Richard (1927), en un acertado empleo del blanco y negro, siempre dispuesto a contrastar con un mayor realismo los aspectos más dramáticos; y la edición de Fritz Muller (-). Todos ellos bajo las correspondientes indicaciones del realizador, pendiente en cada momento de las labores de iluminación, fotografía y montaje (el ritmo de la película), como elementos cinematográficos imprescindibles y definidores de una determinada personalidad.

A ello podemos sumar la colaboración del espléndido Ralph Richardson (1902-1983) como narrador, el cual nos pone en antecedentes acerca del derrocamiento y posible asesinato del rey Ricardo II de Inglaterra (el 14 de febrero de 1400) a manos de su primo, el duque de Lancaster, coronado rey con el nombre de Enrique IV (1367-1413; el siempre sólido John Gielgud).


El nuevo monarca tiene un sucesor en la figura del Príncipe de Gales, el despreocupado y mundano príncipe Edward, conocido como Hal (Keith Baxter), que malgasta el tiempo junto a su colega –de abolengo más que de amistad- Ned Poins (Tony Beckley).

Ambos frecuentan la compañía de John Falstaff (Orson Welles), considerada perniciosa en la corte pero tolerada por su apoyo a la causa del rey, por escuálido que este sea. Todos son cobijados por una posadera (la genial Margareth Rutherford), en un fresco tan azaroso como naturalista, que se completa con los lores Northumberland (José Nieto), su hermano, el taimado Worcester (Fernando Rey), y el hijo del primero, Harry Percy (Norman Rodway).

Un ritmo endiablado acompaña a un texto rotundo como certeras descargas, y el deambular de los personajes por un escenario que -como el castizo bollo- solo pertenece a los vivos, aunque a veces los difuntos aviven las conciencias. Así le sucederá al rey usurpador, que tras todos sus esfuerzos anhela un descanso (eterno) que no termina de llegar, agotado por las luchas con los rebeldes; en tanto que el príncipe, en su cómoda adversidad, encuentra con facilidad amigos que, finalmente, habrá de considerar como perjudiciales o comprometedores, por mor al invisible pero implacable decreto que establecen las clases sociales. “El honor es un escudo funerario”, le comenta Falstaff.


Capturados rostros (almas), conversaciones o pensamientos seccionados en dos o más planos, miradas sostenidas, cambios de perspectiva por medio de encuadres picados o contrapicados… Welles emplea todo el arsenal visual cinematográfico, aprovechando los medios de que dispone. Cualidad frente a cantidad. Ejemplo de ello es la estupenda batalla, adecuadamente caótica y enlolada. Naturalista ejemplo de otros recursos igualmente físicos, como esos chorros de luz que se derraman por los interiores –físicos o espirituales-, los planos poblados por lanzas y espadas, o colmados de nubes o neblina, y la fisicidad de la piedra (de los escenarios reales, en su doble acepción), del suelo, la techumbre o una corona…

También distinguimos el travelling que persigue a los personajes por el bosque, junto a la utilización de árboles y otros soportes de madera, destinados a hacer montar a los combatientes, enfundados en sus armaduras, sobre sus caballos. Y es que la planificación sardónica del director toma como base una elocuente oratoria, no por preciosa menos corrosiva; soporte, a su vez, del deseo –o necesidad- de querer aparentar, de la hipocresía y de todo un desfile de amistades en pos del interés, sustrato de la vida como espectáculo trágico y esperpéntico.

Welles presta su puesta en escena a la capacidad de Shakespeare de convertir en palabras el pensamiento de los seres humanos, en una perfecta y sincronizada representación del logos -como verbo y entendimiento-. Significativas y bellas metáforas que declaman la futilidad ante el paso del tiempo; puesto que El Bardo fue ante todo poeta, consciencia que prevalece, muy acusadamente, en sus obras teatrales.


Falstaff tampoco escapa a dicha pose. Como un soberano en su particular trono, es un personaje que trata de sobrevivir por medio de la astucia y la picaresca; él y sus allegados, en compañía del príncipe. Hasta organizan un simulacro, que también es una anticipación, entre “rey” y “heredero”, con la única diferencia de que un cojín y un cazo suplen a la corona. Al fin y al cabo, todo cachorro acaba por crecer…

Cuando seas rey no ahorques a los ladrones”, le pide al futuro Enrique V el curioso sir John Falstaff, líder de un ejército de harapientos, “desperdicios de una larga paz…”, en una coyuntura que se complementa con la divertida selección de los más “aptos” para entrar en batalla, en la vivienda del hidalgo y juez de paz Robert Shallow (Alan Webb). Humor en el que se inscribe el elogio al jerez por parte de Falstaff o el uso de los “lavabos” en la posada.

Otras presencias estimulantes parecen, sin embargo, más anecdóticas, como la incorporación de la meretriz Dora (Jeanne Moreau), aunque el eximio Falstaff-Welles también se las ingenia para dedicarle, siquiera de pasada, una reflexión: “tú también me olvidarás cuando me haya ido”. El deseo de amar es tan eterno como el deseo de poder.

Escrito por Javier C. Aguilera


Hotel internacional, de Anthony Asquith

09 febrero, 2014

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Un aeropuerto en Londres, donde no falta la niebla y donde, como se suele decir –y suceder- confluyen muchas historias, será el escenario en el que se desarrollen los relatos cruzados de Hotel internacional (The V.I.P.’s, MGM, 1963), cuyo título en español induce a equívoco acerca del decorado en que estos se desarrollan, al menos durante una buena parte. Por otro lado, este mecanismo narrativo de entrelazar varias historias funciona muy bien, porque lo que en la película se entrecruzan, son situaciones y sentimientos atemporales, predispuestos por el azar.

Aspectos tan humanos como el interés “afectivo”, personificado en el matrimonio Andros, escindido tras trece años de matrimonio por unas vacaciones a Jamaica para ella (Frances: Elizabeth Taylor), y el regreso a las obligaciones diarias de él (Paul: Richard Burton). Él es el hombre hecho a sí mismo, el magnate que todo lo puede, pero que ha de delegar en terceros para poder hacer un regalo, porque su tiempo es oro, aunque no pueda disfrutar de ninguna de las dos cosas. 

Paul comprenderá que lo único que ha amado de verdad escapa a su poder (para colmo, a manos de un embaucador y gigoló profesional, Marc: Louis Jourdan – el guión no se esfuerza en ocultar que no se ha reformado). Por su parte, Frances ha de soportar que le digan lo atractiva que está cada vez que se encuentra con algún conocido: lo deseable no es elemento que yo pretenda pueril; precisamente ese es el problema, todos la encuentran tan hermosa que, o bien la envidian, o bien nadie se ha tomado la molestia de amarla realmente. Hasta que la obligada permanencia en el recinto propicie la sinceridad; ocurre cuando hay tiempo para poder comunicarse.

 
En contraposición, sin salir del punto de vista de lo afectivo, aunque desde otro ángulo, tenemos a otro emprendedor, pero en ciernes, Les Mangrum (Rod Taylor), y a su secretaria, Mrs. Mead (Maggie Smith), la otra “cara” de la moneda del desamor: ella no es motivo de envidia física, pero es igualmente una buena mujer.

Junto a estos, “viajan” otros personajes, capaces que improvisar sociedades con vistas a evitar un (abusivo) pago de impuestos: el productor y realizador Max Buda (Orson Welles), y su futura y más que flamante esposa, Gloria Gitti (Elsa Martinelli), una actriz bastante incapaz pero rodeada de oportunidades (otra cara de la belleza física). A la pareja se reserva ¡la referencia a un trineo! Por último está la duquesa de Brighton (Margaret Rutherford, en otra de sus gratificantes apariciones), una viuda que ya no sabe cómo sostener un patrimonio declarado como Bien Cultural.

Todos están excelentes en sus respectivos roles.


Bien, la referida niebla ha obligado a estos personajes a permanecer en el aséptico y poco glamuroso escenario del aeropuerto, “revestido” únicamente por los propios conflictos. Más tarde, todos acabarán alojados en un hotel propiamente dicho, el del mismo aeropuerto. Los destinos de cada uno son diferentes, pero no solo con respecto a los vuelos que han de tomar, sino a unas circunstancias que, pese a no ser por el inoportuno cambio climatológico, no se habrían visto alteradas en la forma en que lo van a hacer.

Es la bonita idea que subyace en la película. De modo que aplazamientos imprevistos y alteraciones en los planes –alguno de ellos de “importancia vital”-, al margen de la honestidad de cada personaje, organizan un corpus que fija la atención en nuestra dependencia de los medios tecnológicos, una faceta por la que pienso que una obra como The V.I.P.’s, al margen de su mítica –o no- en cuanto a los intérpretes, puede seguir resultando muy atractiva. Todas las buenas obras presentan temas humanos de interés.


Como comentamos recientemente con respecto a Neil Simon, el libreto de Hotel internacional fue escrito por el espléndido dramaturgo Terence Rattigan (1911-1977), directamente para el cine, en base a ese recurso de vidas paralelas tan popular hoy, y procurando –lo que es de agradecer- unos cierres, sino definitivos, sí esperanzadores, casi a modo de fábula. Una elección tan respetable como otra cualquiera, que en cualquier caso no es óbice para que Rattigan despliegue toda su brillante ironía –comenzando por el mismo título en inglés-, entre amistades interesadas y sostenidas por las relaciones de poder, y el redescubrimiento de otras –auténticas- amistades, cercanas aunque desconocidas, tal vez por esa misma razón.

Para los que reniegan de forma tajante –que los hay- de un cine no adscrito a lo “independiente” (o sea, de buena parte de la historia del cine), Hotel Internacional supone una sátira moderna sobre los comportamientos sociales, que muestra cómo con “estrellas”, y bajo los auspicios de un estudio de Hollywood, también se podían decir cosas muy interesantes.


Su realizador, el también británico Anthony Asquith (1902-1968), cuenta con títulos entre entretenidos y distinguidos, dependiendo del material de base. Recuerdo con simpatía su El Rolls-Royce amarillo (The yellow Rolls-Royce, MGM, 1964), también escrita por Rattigan, y que conforma una especie de díptico con este Hotel Internacional, el cual contó además con la música de Miklós Rózsa.

Como curiosidad, señalar la intervención de algunos acompañantes de Margaret Rutherford en su periplo como Miss Marple; Joan Benham, como la sra. Potter, y Stringer Davis, como talludito mozo de hotel. Junto a ellos, otros buenos característicos como Richard Watts, el jefe de recepción, y Dennis Price, como el comandante Millbank.

Escrito por Javier C. Aguilera


Adaptaciones (XV): Miss Marple, de George Pollock con Margaret Rutherford

12 abril, 2013

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Agatha Christie
Siguiendo con nuestro especial dedicado a la figura de Agatha Christie, iniciado con el análisis de la serie Poirot (vid, ¡A ponerse series!), procedemos ahora a comentar las cuatro estupendas películas que en la década de los sesenta tuvieron como protagonista a la entrañable Margaret Rutherford en el papel de miss Marple, el otro gran personaje creado por la novelista inglesa. Continuamos inmersos en el fascinante mundo de expresiones tales como ¡¿No estará usted sugiriendo…?!, o ¿Cómo diablos lo supo? Fortunas familiares, bizcochos de té, y un pueblecito donde se leen novelas policiacas.

Las cuatro películas fueron realizadas por George Pollock para Metro Goldwyn Mayer y contaron con la música pegadiza de un estupendo compositor, Ron Goodwin.También el reparto principal fue el mismo, lo que otorga cohesión al conjunto: Margaret Rutherford como miss Marple, Charles Tingwell como el sufrido inspector Craddock, y Stringer Davis como el amigo bibliotecario, compañero y confidente de miss Marple, el Sr. Stringer (sic).

Al parecer, la propia Agatha Christie quedó contenta con el resultado, porque si bien no se trataban de unas adaptaciones en sentido estricto de sus novelas, como sí se haría años más tarde, todo el ambiente recreado, la interpretación de Rutherford y el conjunto en general, chispeante y ameno, fueron del agrado de la escritora.

Miss Marple (Margaret Rutherford)
Miss Marple al Sr. Stringer: ¿Ha leído usted alguna novela de detectives que se detenga en un solo asesinato?

Cronológicamente, El tren de las 4:50 (Murder, she said, 1961) es el primer título. Miss Marple se encuentra en el tren que parte de Paddington y la lleva a su idílico lugar de residencia, el pueblecito de Milchester. Para entretenerse durante el viaje lee la novela de detectives “La muerte tiene ventanas” (casi parece un título de Cornell Woolrich) cuando, de repente, es testigo de una escena de asesinato, en el compartimento de un tren que pasa a su lado. No puede haber error y, debido al escepticismo del inspector, inicia por su cuenta una investigación con la complicidad del bibliotecario del pueblo.

Las pesquisas la conducen hasta un curioso caserón, se diría que perdido en la nada, junto a las solitarias vías del tren. Es bonita la imagen de la entrada a la finca con el tren a sus espaldas. En dicha finca, por supuesto, anida una disfuncional familia rondando en torno a la fortuna del patriarca.

Una pléyade de personajes, mezquinos de opereta, que incluye la figura de un jardinero siniestro, pero de entre los que destaca el resuelto nieto del propietario, Alexander (Ronnie Raymond), que tiene bastante gracia. En esta casona entrará finalmente a trabajar miss Marple como cocinera.


Un buen apunte de puesta escena lo hallamos durante el encuentro final entre la investigadora y el asesino, que queda reflejado en el espejo. La clave, más que en mirar, está en observar. Por ejemplo, por medio de los faros de una bicicleta, que descubren un cuerpo en mitad de la noche. O entre las antiguas caballerizas, con sus carricoches abandonados, cubiertos de polvo los pescantes y arrumbados unos curiosos objetos egipcios, de los que ya nadie se acuerda, pero que hablan de un pasado más esplendoroso para la familia.

Entre los actores, característicos como Thorley Walters, James Robertson Justice y Joan Hickson, que curiosamente será la encarga de interpretar a miss Marple en la posterior y celebrada serie para TV de la BBC. Mención aparte hacia un actor tan relevante como Arthur Kennedy, que interpretó aquí al médico de la familia.

El tren de las 4:50
Después del funeral (Murder at the gallop, 1963) prosigue esta línea de misterio y sentido del humor que ya no abandonará el ciclo.

El arranque muestra a miss Marple como un miembro activo de la comunidad. Acude a pedir un óbolo a una decrépita mansión de Milchester (de nuevo la idea de un pasado esplendor), donde su dueño, el señor Enderby (bajo los esporádicos rasgos de Finlay Currie) cae literalmente fulminado a sus pies. Para colmo un visitante la pilla con el arma en la mano y agarra un susto morrocotudo. Muerte por un gato, certifica miss Marple ante la nueva pasividad de las autoridades.

Miss Marple con el inspector Craddock
De nuevo asistimos a un edificante desfile de personajes ácidos o abiertamente depravados, no exentos de ese elemento paródico con que Agatha Christie gustaba de adornar sus relatos. El escenario, en esta ocasión, se traslada a un coqueto hotel-escuela ecuestre en pleno campo.

Entre los momentos más divertidos, aquel en que Miss Marple cita a Agatha Christie como una de las fuentes que más conviene leer si se pretende resolver un crimen; o la lectura del testamento a los familiares, donde se nos dice que el difunto les lega toda su fortuna para que les haga lo más desgraciados posible. O ese otro en que el heredero Hector Enderby (bajo los rasgos del gran Robert Morley), asegura que es inusual que una mujer inglesa prefiera leer a montar a caballo, ¡pero es posible!

Un sarcasmo que incluso se traslada a la propia puesta en escena, cuando miss Marple, en ventajosa posición, no alcanza a ver a uno de los interlocutores de una conversación desde una ventana.

Rutherford con Robert Morley
En La señora McGinty ha muerto (Murder most foul, 1964), un bobby rural con aire furtivo recibe una cerveza al hacer la ronda nocturna, mientras al lado perece la vecina de Milchester Miss McGinty. El destino quiere que el policía descubra al falso culpable ¡con la soga en la mano y rodeado de billetes!

Los créditos se superponen a las imágenes del juicio sin que medie sonido alguno, salvo la banda sonora, logrando transmitir en todo momento el buen humor y la socarronería del relato. Y formando parte del jurado, aparece miss Marple, que lejos de quedar convencida con las pruebas circunstanciales logra, como el personaje de la obra de Reginald Rose y por agotamiento, la revisión de la causa, para desesperación (siempre amistosa) del comisario Craddock.

Junto al señor Stringer
De hecho, toda la película parece una representación teatral, en el sentido más positivo, donde realidad y ficción se entremezclan: los acontecimientos se desarrollan en el interior de una humilde compañía de teatro comandada por H. D. Cosgood (Ron Moody), en la que entrará a formar parte miss Marple como actriz de reparto y posible patrocinadora (o “angel”, como ellos lo denominan en argot).

Miss Marple va esparciendo motivos para el asesinato cometido aquí y allá, con el ánimo de atrapar al criminal, cosa que finalmente logra, tras salir ella misma indemne de varios intentos de asesinato, tan ingeniosos como el del gas de cianuro. Entre los momentos más hilarantes, aquel en que se dice en escena, puede que creas que la policía es tonta, mientras que tras el sargento de guardia se comete una fechoría.


Asesinato a bordo (Murder ahoy, 1964) fue la última película, y cuenta un episodio totalmente original. Acontece en un Centro para la reeducación de la Juventud, a cuyo Consejo pertenece miss Marple por razones de parentesco: es la sobrina-nieta del fundador. El Consejo de dicha Fundación está regido por el obispo Faulkner (interpretado con su habitual desenvoltura por Miles Malleson), pero el centro en cuestión es un escenario genial, un antiguo galeón.

Este está gobernado por el capitán Rhumstone (Lionel Jeffreys; la similitud con la palabra ron en inglés es evidente), un hombre que aún cree en el mal fario y que en determinado momento recrimina a un subordinado diciendo: ¡Prometido! ¡A una mujer! ¡Explíquese!


Buenos apuntes a retener son las estanterías de miss Marple, todas repletas de libros policiacos, o una sombra fugaz en ventana del barco, por la parte exterior; o la imagen del cadáver atravesando una estancia. Y entre los momentos más sarcásticos, está el asesinato de uno de los miembros del Consejo, lo que pone en marcha toda la investigación. O el comentario del capitán, que no puede reprimir decir ¡qué manera más hermosa de morir! al contemplar al occiso. Y por supuesto, el descubrimiento de que la joven tripulación del navío es una buena colección de Rinconetes y Cortadillos con disciplina militar, cuya hilarante complicidad provoca un baile de luces entre el barco y la costa.


Asesinato a bordo es el divertido y digno colofón de una serie de películas que ningún aficionado debería perderse.

Una imagen irrepetible: Rutherford, Sophia Loren y Charles Chaplin en el rodaje de La sra.McGinty ha muerto

Escrito por Javier C. Aguilera



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