Los tres días del Cóndor, de Sydney Pollack

30 noviembre, 2013

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Sydney Pollack
Hace frío en Nueva York. Pero no se trata solo de una inclemencia atmosférica, sino también humana. De hecho, y como un excelente apunte de justicia poética, será la lluvia quien salve la vida, por primera vez, al protagonista de Los tres días del Cóndor (Three days of the Condor, Fox/Universal, 1975), excelente puesta en imágenes de Sydney Pollack (1934-2008).

El thriller policial y “político-conspirativo”, tuvo su mejor momento en la década de los setenta de la mano de realizadores como Friedkin, Pakula, Siegel, Lumet o Pollack, junto a notables precedentes como Topaz (Íd., 1969) de Alfred Hitchcock, El mensajero del miedo (The manchurian candidate, 1962) y Siete días de mayo (Seven days in may, 1963) ambas de John Frankenheimer, o la posterior -y magnífica- Clave Omega (The Osterman weekend, 1983) de Sam Peckimpah, exponentes de un estado de ánimo que ha tratado de resucitarse con desigual fortuna (del mismo modo que los rostros de décadas anteriores se nos antojan muy diferentes, por muy loable que sea el intento: la “máquina temporal” del cine también capta momentos extra-cinematográficos, rara vez los recrea con fortuna cuando regresa al pasado).

Los tres días del Cóndor fue puesta en marcha por ese gran productor que fue Dino De Laurentiis (1919-2010), en base a una novela de James Grady que desconozco, con música melancólica –en el buen sentido- de Dave Grusin (1934), y una magnífica fotografía de Owen Roizman (1936), que retrata la gelidez del ambiente invernal, incluyendo ese último -y devastador- plano “congelado” de la película; un escenario que a su vez, haya correlato en las solitarias fotografías en blanco y negro de Catherine Hale (Faye Dunaway), la “víctima” involuntaria de este complot.

El mismo calificativo podemos emplear para definir a Joseph Turner (Robert Redford), un personaje bien trazado, vitalista e instruido, para el que no existe eso de la “alta” y la “baja” cultura (existen gradaciones, por supuesto, pero respeta la tan denostada cultura “popular”; no es casualidad que la primera vez que lo vemos sea montado en bici, entre el ajetreado tráfico).

Turner trabaja para la Sociedad Americana de Literatura Histórica, compuesta por un bien avenido grupo de “lectores de investigación”, a sueldo (o a merced) de la Agencia Central de Inteligencia. Su labor consiste en extraer ideas de libros, de la prensa, los cómics… de todo aquello que se publica anualmente; hasta que el potencial peligro de una idea desechada llega directamente a Langley, Virginia (recordemos: lugar donde tiene su sede la C.I.A.). Para Turner se trata de un trabajo placentero, aunque la subordinación al entramado gubernamental le ocasiona cierto desagrado, porque todavía “confía en algunas personas, y eso es un problema”. Esto será lo que, indirectamente, intenten destruir en él; una confianza que es puesta a prueba de forma continuada.


Así, cuando varios profesionales liderados por el mercenario Joubert (Max Von Sydow) perpetran una razzia en la sección de bibliómanos (las balas se incrustan en los libros directamente), Turner (o “Cóndor”, su nombre en clave dentro de la Organización), como superviviente del sistema de bienestar, se da cuenta por vez primera de su soledad urbana. La conversación última entre “Cóndor” y su superior, Higgins (estupendo Cliff Robertson), frente al New York Times, es en este sentido modélica, como lo es el encuentro precedente con Joubert, hilvanado con el nihilismo pulcro que desprende la seguridad de un “entendido”.

Pero la soledad de “Cóndor”, al menos durante un breve espacio de tiempo, no será tal al recibir la esforzada ayuda de Kathy, una mujer de la que se sugiere que es algo “disfuncional”. Así, ahora le tocará a Turner dar con la tecla que le permita armar el puzle y extender su propia “red”, sin fenecer en el intento. Un puzle en el que andan implicados su jefe de sección, Wicks (Michael Kane-!-), su director adjunto en Nueva York, el mencionado Higgins, y un director general, Max Wabash (el cuasi mítico John Houseman).


Turner deberá confiar en sus propias habilidades para poder salir adelante; su pasado como experto en el campo de las transmisiones le resultará muy útil (trabajó en Bell, y a Bell retorna). Sintomáticamente, durante su primera conversación telefónica para dar cuenta de la “situación”, Turner se enfrenta de modo aséptico a algo parecido a un cuestionario, un puro trámite. Pollack expresa así la humanidad de su protagonista frente a la impasibilidad y despersonalización burocrática. También lo hará por medio de unas localizaciones “opacas”, de callejones y suburbios, desde los que alguien puede perpetrar una emboscada, o hacer recuento del “personal”, oculto en el interior de un vehículo (en un guiño, el propio realizador).

Tapaderas estatales y cloacas metafóricas, el mundo de “Cóndor” es un mundo donde se maneja una información excesiva, en el que para “curarse en salud”, se coloca el parche antes de que aparezca le herida; en el que la previsión se confunde con el dominio y el espionaje clásico se emborrona con el control y el poder, hasta averiguar quién fue novio de quién… o la talla de un sombrero… Lo ilustra el momento en que Turner, en posterior conversación telefónica, pregunta a Higgins por alguien llamado Leonard Atwood (Addison Powell), cuando este se encuentra precisamente al lado del jerarca.


Los tres días del Cóndor es una ficción que da en la diana de la “realidad” (en este caso, una operación encubierta en Oriente Medio), aquella que se teje en conversaciones nocturnas frente al Monumento a Washington, o en enclaves situados bajo tierra.

Y por otra parte, de forma nada desdeñable, evidencia lo fácil que resulta, con ayuda del lenguaje, “fabricar la verdad”, venderla, distorsionarla, jugar con esos “actos de habla” que tan bien definiera John Searle (1932). No en vano, al ser preguntado por Higgins si echa de menos los tiempos pasados, el maduro director de la Compañía, Mr. Wabash, resume la situación diciendo “echo de menos aquel tipo de claridad”. Ciertamente, este es el Otoño de la Edad Posmoderna.

Escrito por Javier C. Aguilera


X-Men: primera generación, de Matthew Vaughn

29 noviembre, 2013

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El siglo XXI está dando lugar al origen de exitosas películas de superhéroes que se ven adaptados desde el mundo del cómic, considerado el noveno arte, al del cine, el ya célebre séptimo arte. Aunque no sea fundamental -pues una buena película no depende exclusivamente de ello-, los medios técnicos han favorecido su proliferación, así como el enorme éxito económico que ha proporcionado a sus productoras. En el siglo pasado, tuvieron especial éxito los films dedicados a Superman y Batman, ambos de la compañía DC, que tuvieron series en los años 40 y una serie de películas que, en el primer caso, recorrieron los finales de los setenta y los años ochenta, mientras que en el segundo, se centró en finales de los ochenta y los noventa. En ambos casos, no obstante, las películas fueron perdiendo calidad, siendo notable el caso de Batman y Robin (1997). Otros casos similares, aunque de menor éxito, lo protagonizaron Flash Gordon, con un serial en los años treinta y un film en 1980, Doctor Extraño (1978), The Punisher (1989), Capitán América (1990), Nick Fury: Agent of SHIELD (1998) e, incluso, algunas adaptaciones de cómics menos populares, como Howard el pato (1986), Hombres de negro (1997) o Blade (1998).

Personajes de las compañías DC y Marvel enfrentándose en una viñeta
La mayoría disfrutaron de series animadas, capaces de adaptar el mundo que retrataban los cómics con mayor fidelidad; esta cuestión se notó especialmente en los noventa, con adaptaciones de Iron Man, Los cuatro fantásticos, Hulk o X-Men. A partir del año 2000, en el que se estrenó el film que inició la saga cinematográfica a la que pertenece la película que hoy comentamos, X-Men, comenzaron a surgir proyectos de mayor envergadura económica y, a su vez, de mayor éxito. Aunque, como en otras ocasiones, hubo un exceso de producción que conllevó una baja calidad en algunas películas de mediados de la década, hasta el momento actual, donde han vuelto a surgir films de mayor calibre. Como ejemplos, podemos mencionar  la trilogía de Spiderman (iniciada en 2002), las adaptaciones de Nolan, que supusieron el realce de Batman con su trilogía iniciada con Batman begins en 2005, los proyectos relacionados con el universo Marvel, con films como Iron Man (2008), Thor (2011) o Los Vengadores (2012), y, también de forma reciente, el reinicio de uno de los superhéroes más queridos, Superman, en el caso de El hombre de acero (Man of Steel, 2013), todas ellas con desiguales resultados.

Algunos personajes de X-Men
Cartel del film
Y tras este repaso a las adaptaciones de cómics, siempre en referencia al americano, nos adentramos en el mundo de X-Men desde una perspectiva cronológica. Aunque la saga comenzara en el año 2000, el film de 2011 profundiza en el origen del grupo mutante y asienta mejor las bases de toda la lógica que sostiene la historia. X-Men: primera generación (X Men: First Class, 2011) nos traslada a los años sesenta para adentrarnos en dos de los personajes más relevantes de la franquicia: el Profesor X y Magneto.

Sobre ambos recae el peso de la película, dejándonos ver fragmentos de su infancia para después lanzarnos a su vida adulta, con Charles Xavier preparando su tesis doctoral sobre genética y Erik Lehnsherr buscando acabar con miembros del nazismo que le arruinaron la vida. Sus vidas han sido muy diferentes, pero comparten una cualidad única: son mutantes, como una considerable parte de la humanidad. La mutación, debida según se apunta a la radiación, les ha otorgado capacidades sobrehumanas. Alrededor de esta cuestión versa el conflicto ideológico más importante de X-Men: ¿es posible la convivencia entre los mutantes y los humanos, o los mutantes son la evolución que se impondrán a los humanos?

No obstante, aquí se están situando las primeras piedras para ese gran dilema. Matthew Vaughn se lanzó a la aventura de dirigir esta historia tras múltiples opciones de la productora, incluyendo el rechazo de uno de los directores de la trilogía inicial, Bryan Singer. Vaughn sorprendió con Kick-Ass (2010), que versaba precisamente de superhéroes de una forma ácida y satírica. La carrera del director comenzó su despegue a mediados de la década pasada, alzando el vuelo con la adaptación de la novela de Neil Gaiman, Stardust (2007).

Matthew Vaughn dirigiendo a James McAvoy
La trama incluye, a diferencia de otras películas de la saga, varias referencias socio-políticas, centradas especialmente en la crisis de los misiles de Cuba, originando una explicación muy diferente a la realidad, pero que casa perfectamente con el argumento del film. Por otra parte, los personajes ofrecen un espectro particular de mutantes diferente al habitual, quizás menos popular y conocido, pero que puede resultar interesante al espectador no iniciado en el mundo de los cómics. Ahora bien, como ocurría en las otras películas de la saga, la cantidad de mutantes suele ser considerable y no permite, por ende, profundizar demasiado en ellos; es un rasgo inevitable en este tipo de obras con un reparto tan coral. Incluso podemos considerar que a los más desarrollados en la trama, Charles Xavier y Erik Lensherr, les falta un poco más de conversación para dar credibilidad a su relación, sin desmerecer el gran trabajo de James McAvoy y Michael Fassbender, ambos estupendos en su interpretación.

James McAvoy (Xavier) y Michael Fassbender (Erik) durante el film
Junto a ellos, quizás Mística comparte cierto desarrollo emocional, interpretada por una Jennifer Lawrence aún en una carrera ascendente que la llevaría a ganar el Óscar por su papel en El lado bueno de las cosas (Silver lining playbook, 2012) o a ocupar el papel protagonista de la saga Los juegos del hambre. En cuanto al resto de aliados, solo hay un despliegue de poderes y alguna frase suelta sobre su pasado, siendo en su mayoría un grupo de jóvenes que disfrutan estando entre iguales y aprendiendo a manejar sus poderes. Todos ellos, al igual que el grupo de malvados, exceptuando el villano principal, resultan ser planos, con especial atención al español del reparto, Álex González, del que no logro recordar ni una sola frase.
 
En primer plano, Jennifer Lawrence y Nicholas Hoult
En resumen, pasan por los buenos en la escena Nicholas Hoult como un joven científico preocupado en exceso por su mutación, Zoë Kravitz proporcionando un personaje con una enorme falta de empatía, Caleb Landry Jones como un simpático bromista, algo miedoso, Edi Gathegi en un personaje casi anecdótico, que podría haber sido potencialmente muy interesante, o Lucas Till como una especie de matón de clase que arrastra una gran preocupación por su poder destructivo. Tampoco podemos olvidar el cameo de Hugh Jackman, que encarna a uno de los personajes más carismáticos de la saga: Lobezno (del que se han realizado dos películas individuales: X-Men Orígenes: Lobezno y Lobezno inmortal).

Al otro lado, January Jones y Jason Flemyng proporcionan un aire completamente frío a sus personajes, que son apáticos y que solo realizan una función puramente estratégica. Al mando de los malvados del Club Fuego Infernal, un Kevin Bacon que tiene una apariencia de villano sesentero, con unos aires de superioridad que ahogan por completo una personalidad que podría haber sido más interesante, pero que no se explota lo suficientemente bien, pese a que su primera aparición forma parte de una de las mejores escenas del film.

Álex González, Kevin Bacon, Jason Flemyng y January Jones en sus papeles del film

El reto era complejo, pues la adaptación de un cómic americano, que suele dar dado sobre todo a las reinterpretaciones por parte de diversos autores, aumenta la dificultad, y más en el caso de una saga que cuenta con un plantel de personajes tan amplia como X-Men. Numerosos errores de montaje visibles a simple vista así como errores de continuidad con el resto de la saga han llamado la atención a espectadores y aficionados por igual, aunque la taquilla haya sido rentable (en todos los films de la saga lo ha sido, el reclamo de los superhéroes, tan populares entre jóvenes, está resultando muy beneficioso a las compañías productoras).

Un film, a fin de cuentas, con aciertos y defectos, que elabora y muestra muy bien la creación de la personalidad y la relación de dos de los personajes más estimados de los famosos mutantes. Después de todo, el poco carisma de otros personajes provocará que el espectador ni siquiera se interese por su situación, al resultar más interesante la historia de los dos protagonistas, verdadero gancho para todo aficionado a la saga, que podrá continuar esta aventura con el próximo estreno de X-Men: Days of Future Past (mayo de 2014).


En definitiva, una pieza coherente consigo misma, que logra entretener y que, a su vez, pone sobre la mesa ciertas reflexiones que se lanzan al espectador y que están muy relacionadas con la propia idiosincrasia de los X-Men y su evolución. Pero que arrastra errores técnicos mezclados con cierta superficialidad en el trato de la historia. Aunque, eso sí, gustará a quienes lo pasen bien con este tipo de películas y, además, les interese plantearse cuestiones sociales, divertirse un poco y disfrutar con los poderes tan logrados de estos mutantes heroicos.


Escrito por Luis J. del Castillo





Guardias y ladrones, de Mario Monicelli y Steno

28 noviembre, 2013

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Monicelli y Steno
Los mitómanos de las películas consideran que existe un número X de obras maestras del cine, tópicos que se perpetúan hasta el aburrimiento, por lo general dependiendo del peso de la “estrella” que interviene, de una más que superada “política de autor”, o atendiendo a otras consideraciones de tipo cultural. Naturalmente, la mayor parte de las obras citadas, son por lo general lo que denominamos una “obra maestra”, pero –y sin ánimo de disponer de una “última palabra”-, lo cierto es que para un conocedor desprejuiciado -mejor que “amante”- del séptimo arte, este ofrece multitud de sorpresas; cuanto más ve uno, más gratamente sorprendido queda uno. Así lo vemos, por ejemplo, dentro de la llamada serie B, o dentro de la basta filmografía de un realizador reconocido, o así mismo, dentro de la obra de directores que no son los más recordados o canónicos -teniendo en cuenta los estragos provocados por ideologías, gustos y modas-, e incluso dentro de otras geografías y géneros (con el western a la cabeza).

Las “sorpresas” son variadas y estimulantes: el cine tiene ya más de cien años. Por otra parte, no todas las películas tienen vocación de maestría, les basta con resultar buenas, o excelentes.

Las trayectorias de Mario Monicelli (1915-2010) y Stefano Vanzina “Steno” (1915-1988), siendo muy distintas, fueron injustamente ninguneadas (sobre todo en el caso del primero), pero por fortuna gozan hoy de un merecido reconocimiento. No es labor mía redescubrir nada, solo congratularme por ello (aparte de que la obra de cada realizador no suele ser un conjunto uniforme). Monicelli y Steno debieron sentirse cómodos trabajando juntos, puesto que lo hicieron en ocho ocasiones.

En la película que proponemos hoy, la picaresca asume el rostro de un delincuente de “poca monta” y lo que llamamos un guardia, a las puertas de una poco sustanciosa jubilación (interpretados respectivamente, y a la perfección, por Antonio de Curtis “Totò” y Aldo Fabrizi, este último, también colaborador en el guión). Ya desde el episodio inicial, en el Foro Romano, seguido del asunto con los niños, Guardias y ladrones (Guardie e ladri, Lux & Golden Films, 1951) hace gala de un tono tan caustico como divertido.

El escenario, la Roma de posguerra, la de la ayuda norteamericana propiciada por el Plan de George Marshall. De hecho, el año en que culminó este, Monicelli y Steno filmaban Guardias y ladrones, con producción de Dino de Laurentiis y Carlo Ponti, fotografía del futuro y muy estimable realizador Mario Bava, y música del maravilloso Alessandro Cicognini.


Pues bien, el ladronzuelo Ferdinando Esposito es cogido, como suele decirse, “in fraganti”, por el brigadier Bottoni, y tras una extenuante persecución campestre, cuyo ritmo sostenido ya resulta de por sí cómico, el policía logra detener al ratero, que a su vez se lamentará más delante de que “la gente se ha espabilado”, por lo que cada vez resulta más difícil ejercer tan noble y antigua profesión. Tras un breve descanso en una taberna, Ferdinando logra escapar de nuevo, dejando a Bottoni en una situación harto comprometida con sus superiores (hay otros testigos que reclaman sus pertenencias u “honorarios”).

Pero el hecho es que tanto Ferdinando como Bottoni tienen sus respectivas familias, y que ambas se pondrán contacto cuando el brigadier es conminado a llevar a cabo la labor detectivesca de localizar al ladrón que se le ha escapado, so pena de cerrar su fructífero expediente con una mácula, después de treinta intachables años de servicio. De este modo, el sobrino de Ferdinando, Alfredo (Gino Leurini), entablará una relación con Liliana, la hija del brigadier (Rossana Podestá), cual Romeo y Julieta de los arrabales.

Conviene señalar que los actores que conforman ambas familias están maravillosamente seleccionados: todos están estupendos, desde las esposas hasta el simpático Libero (Carlo Delle Piane), el hijo de Ferdinando, cuyo nombre es otro apunte humorístico.


En Guardias y ladrones el relato está pie de calle -que esto no fue “descubrimiento” exclusivo de la Nouvelle Vague-. El paisaje urbano, como en otras ocasiones, tiene una importancia física considerable, ya que también nos habla de una sociedad que, finalizada la guerra, trataba de sobrevivir entre edificios destartalados, interiores forzosamente minimalistas y un horizonte de descampados. A estos escenarios de añaden un teatro que aspira a volver a serlo, una barbería pobretona pero repleta de humanidad, tabernas en los extrarradios y gruesos abrigos para soportar el frío…

La comprensión entre los dos personajes principales se producirá solo cuando ambas familias, la del representante de la ley y la del caco, no solo se conozcan, sino se traten, estableciendo unos mínimos vínculos de humanidad. Vínculos que, por otro lado, proporcionan una visión de la tradicional institución familiar como un espacio tan castrador como divertido.


Entre los momentos más geniales de Guardias y ladrones, no podemos obviar aquel en que policía y ladrón se sinceran en el rellano del edificio donde habita Ferdinando, o aquel en que este último corrige la redacción colegial de su primogénito; el mundo de los niños sigue siendo puro, pese a todo. Es un mundo que los adultos, más que haber olvidado, parecen ansiosos de querer retomar.




Brumas de octubre, de Lola Gándara

27 noviembre, 2013

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Hace poco concluíamos un mes dedicado a la apertura de inicio escolar y a una fiesta tan terrorífica como Halloween. Finalizando noviembre, entre niebla y oscuridad del ya finalizado octubre, presentamos una novela que viene al caso, como Brumas de octubre. Este libro nos recuerda una vivencia por la que todos, de una manera u otra, hemos pasado alguna vez en nuestra vida: la adaptación escolar en nuestra adolescencia. Este libro, escrito por Lola Gándara en 1994, nos abre los ojos a un mundo cercano, un ambiente que a veces ya nos resulta lejano y que, en ocasiones, no somos capaces de ver. Recordaremos a jóvenes que se escapan de clase para ir a la playa, a los temidos y prototípicos profesores que atemorizan a los alumnos, y a las diferentes clasificaciones sociales que existen entre los distintos alumnos de un mismo instituto.


Ambientado en la década de los noventa, Miguel Oliva será nuestro joven protagonista, encaminado a afrontar Primero de BUP un 5 de octubre (equivalente actualmente a Tercero de ESO). Con miedo e ilusión a partes iguales, propios de una edad complicada y de la incertidumbre ante lo desconocido, tiene suerte de encontrar un grupo de amigos que se convertirá en una parte fundamental de su vida. Junto a Suso Álvarez (conocido por su popularidad y su mote El Rojo), Leti (la chica que le gusta), Vero, Couselo, Simón (parapléjico y el mejor amigo de Miguel) y algunos compañeros más, correrán mil y una aventuras en relación al instituto, que es el escenario principal y donde se situará la mayor parte de la trama de la novela. Desde peleas, amores y desamores, suspensos y broncas con los padres, hasta momentos cruciales para un adolescente, en los que demostrarán que, para ellos, la amistad es un pilar fundamental en sus vidas. Este grupo singular de amigos y las típicas aventuras y desventuras adolescentes recordarán bastante a la pandilla creada en la serie juvenil Pulseras rojas, de Albert Espinosa, sobre todo Suso en el papel de líder, popular, atrevido y luchador como Lleó, y Miguel como leal y confidente a lo Jordi.

Grupo de la serie televisiva Pulseras rojas
Un punto a favor de la historia, y que la convierte en algo más que una simple novela juvenil realista entre las numerosas que ya existen, es que no sólo hablaremos de la vida adolescente durante el transcurso de la misma. Profesores, padres, el director del centro o, incluso, el conserje cobrarán un importante protagonismo a lo largo de la historia, que de principio a fin abarca un curso escolar completo. Y es que no siempre los adultos y, más concretamente, sus profesores, están tan seguros de sí mismos como los alumnos piensan. Encontraremos debilidades cotidianas como la rutina diaria de un profesor (tutor de la clase de nuestro protagonista) recién salido de su carrera universitaria y con una prometedora esperanza a la hora de impartir clase que decae conforme la desilusión ante sus alumnos aumenta.

Lola Gándara
La autora transmite veracidad y realismo con esta historia, narrada de manera muy ligera y atrayente para un adolescente, que le hará no soltar el libro hasta el final y sentirse identificado en cualquier historia dado el gran número de personajes con un carácter diverso. Además, encontraremos un sinfín de motes, tanto a profesores como entre alumnos, un vocabulario propio de la jerga juvenil perteneciente a la generación de los ochenta y expresiones típicas que quizás hoy en día quedan lejanas para un adolescente actual. La sinopsis de la novela puede llegar a transmitir una historia más profunda de la que realmente descubriremos. Pero aún así nos encontraremos ante un libro ameno, divertido y emocionante en varias partes.

Sin embargo, su final no resulta así de positivo, ya que, en muchas ocasiones, debido a multitud de tópicos, resultará bastante predecible desde prácticamente la mitad del mismo y, dada su brevedad (la novela contiene unas 150 páginas), puede convertirse en una trama monótona para un lector más maduro. 

Clase de 3º ESO en un instituto. Fotografía de MB
Sin duda, Brumas de octubre es una novela para disfrutar y recordar viejos tiempos de juventud, en los que escapar del instituto o conseguir aprobar con un temido profesor era toda una aventura. Una edad difícil en las que se descubre el amor, el valor de la amistad y se empieza a labrar un porvenir, todo ello enfrentándose a las normas, al poder adulto y a la represión de familia y profesores, quienes, en ocasiones, se ven reflejados en esos espejos que creían ya olvidados.


Escrito por Mariela B. Ortega


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