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A ponerse series (XLV): Star Trek: Strange New Worlds (primera y segunda temporadas)

25 noviembre, 2023

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El principal inconveniente de una precuela como Star Trek: Strange New Worlds (íd., CBS-Paramount, 2022-2023), que toma su título de una de las frases iniciales con que daba comienzo la serie original, Star Trek (íd., NBC-Paramount, 1966-1969), es que se construye sobre una serie -valga la redundancia- de parámetros identitarios que se repiten, y que ya fueron establecidos y explorados, en mayor o menor medida, en el trabajo matriz. Aunque en la cronología de la ficción este haya dejado de ser el primero, pues los hechos de la presente se desarrollan con anterioridad. A ello se suma, sin duda, un mayor despliegue técnico, pero no necesariamente un mayor encanto.


Los parámetros pueden y deben ser reutilizados, puesto que ellos conforman el marco de referencia establecido por la serie, de antemano o sobre la marcha; su ambiente y características. Con los argumentos ya sucede algo distinto. Y aquí es donde Star Trek: Strange New Worlds tiende a la reiteración. Podemos concretar ambas vertientes en lo siguiente: un determinado número de personajes aislados en el espacio, que han de aprender a soportarse y convivir, a entenderse entre ellos mismos y con otras razas (primera temporada, episodio IV). Encuentros con estructuras alienígenas, lo que incluye la música como lenguaje comunicativo universal (II). Paralelismos terrestres con otros mundos y con su historia (I). Duelos de naves en el espacio (IV). Fenómenos evolutivos y atmosféricos (III). Emergencias médicas y virus contagiosos (III). Reconocimiento de las inteligencias extraterrestres (II). La determinación de carácter intuitivo del capitán del Enterprise (IV, etc.). Incursiones con la lanzadera espacial (II, IV). La fusión mental vulcana (IV), con el consecuente trueque de mentes (V). Encuentros con formas antropomorfas o monstruosas. Recreaciones de situaciones o conflictos del pasado (es decir, del futuro histórico), como la petición de mano vulcana y la “época Amok” de apareamiento (V). El reencuentro con antiguos amores y colonias alienígenas abandonadas a su suerte (VI). Los alegatos (discursos-resumen del capitán, V). La toma de la nave por manos hostiles, en concreto, las de una activista toca narices (Jesse Keitel), personaje que quiere ser “enrollado” pero se queda en insufrible, y hasta acosadora de las fuerzas del orden (VII). Un universo paralelo y otro opuesto al nuestro, junto a la representación a bordo de una obra de teatro (VIII). El encontronazo con los romulanos, en superposición a otro de los capítulos señeros de la serie original (X). La cotidianidad trastocada en inesperado caos (V). El debido permiso, por descanso del personal o reparaciones (V). Apariciones “estelares” de otras especies conocidas por los seguidores, como andorianos, tellarites, klingons, oriones, gorn (de morfología y aspectos argumentales demasiado parecidos a los de Alien: también emplean a los humanos como incubadoras), hasta una telaraña toliana. Incluso la participación de otros personajes esenciales de la serie original y sus secuelas cinematográficas, tales como Sybock (-), el hermano díscolo de Spock (VII), o el propio capitán James T. Kirk (Paul Wesley), junto a su correspondiente hermano, Samuel (Dan Jeannotte) (IX, X).


Tal vez con todo ello, la CBS TV haya querido quitarse la espina de haber rechazado en su día el desarrollo del proyecto original, ofreciendo lo mismo pero puesto al día; si bien, en algunas series y películas de ciencia ficción, el tiempo y el espacio no existen (quiero decir que siguen siendo actuales, estéticas aparte).

Como antes anticipaba, los huevos Gorn son un claro antecedente de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) y Aliens (íd., James Cameron, 1986). Con niña (Ava Cheung) en peligro incluida: la teniente La’an de joven (Christina Chong). A ello podemos sumar escurridizas técnicas diplomáticas y traiciones insospechadas. Situaciones que resultan calcadas, pero expuestas con más medios. De este modo, más que una precuela, Star Trek: Strange New Worlds parece un reboot -un reinicio-, demasiado deudor y supeditado a las temáticas del pasado. Puede que a los espectadores más jóvenes esto les de igual, pero a mí no. Aquí es donde se halla, pienso yo, el principal hándicap de la primera temporada y parte de la segunda, en esta nueva serie. No obstante, justo es reconocer que al menos sortea con eficacia esa Espada de Damocles que todos soportamos en la actualidad en forma de lo políticamente correcto. El desarrollo también evidencia alguna que otra idea brillante -qué menos-, como la inclusión en la nave de la “costra”, la pieza más antigua del primigenio Enterprise, que los ingenieros rubrican con su firma (V). O la inclusión, formando parte de la nueva tripulación del Enterprise, de la descendiente del genocida Kahn Noonien-Singh (Ricardo Montalban), en la figura de la citada teniente La’an. También se sabe dar más entidad a la antipática y anti empática T’Pring (Gia Sandhu), la prometida de Spock (Ethan Peck).

Criado como vulcano por vulcanos, pero de madre terrestre (Mia Kirshner), Spock es, pese a todo(s), lo mejor de ambos mundos, el terrestre y el vulcano, aunque en un principio solo aparente encajar en uno de ellos (V). Él es la evidencia, a veces soportando la correspondiente carga, de la complementariedad de esos dos aspectos generalmente antagónicos, opuestos, puesto que los vulcanos son menos abiertos que los terráqueos. En definitiva, la doble naturaleza de Spock, siempre en pugna por no aparecer desdoblada (VI). En la Flota Estelar se me acepta como soy, confirma; es decir, como medio humano y medio vulcano (V). Un mestizo que, salvando las distancias siderales, habría encajado a las mil maravillas en el rutilante Imperio Español, como nos vuelve a recordar Esteban Mira Caballos (1966) en su nuevo y muy recomendable trabajo El descubrimiento de Europa (Crítica, 2023).


En este caso de racismo encubierto por parte de los vulcanos, que Spock también padece, somos nosotros, los humanos, los moralmente superiores. Un aspecto que también se trató en la previa Star Trek: Enterprise (íd., CBS-Paramount, 2001-2005). El problema de los vulcanos no es que carezcan de emociones, sino que las inhiben, como si fuera un estigma mostrarlas. Y como es lógico, algunos de ellos “estallan” (VII). Las emociones también son naturales, es irracional negarlo o retenerlas. También para los vulcanos, aunque su (antinatural) filosofía lo proscribe. Pero estos son los vericuetos emocionales de esta raza desde la trama original. La justificación la proporciona el propio Spock. Sin un control mental adecuado, las emociones vulcanas son peligrosas. La lógica neutraliza nuestra ira (IX). No parece lógico renegar de una parte de lo que uno es, salvo que esas emociones queden amplificadas por la naturaleza vulcana y constituyan un serio peligro para el resto de acompañantes. Esta es otra deriva interesante. Las emociones expresadas por los vulcanos resultan ser mucho más violentas, en consonancia con su mayor fuerza física.

Algo parecido sucede con la teniente comandante Una Chin Riley (apodada Nº. 1; Rebecca Romijn), que mezcla frialdad con calidez, aunque de una forma menos traumática. Sus problemas vendrán por una mera cuestión de normativa estelar. A Kirk lo contemplamos, como marcan los cánones de la serie, al mando de la Farragut (X).

Nos falta, como personaje principal, el capitán Christopher Pike (Anson Mount). Figura de liderazgo bien desarrollada y argumentalmente atractiva. Por ejemplo, es conocedor de su futuro (X), que como los seguidores saben, viene determinado por el capítulo La colección de fieras (The Menagerie, 1966) de la serie original. En puridad, un remontaje, junto con material nuevo, del primer piloto de la saga. Es, además, un capitán aficionado a la buena cocina. Lo que le da una dimensión no libre de limitaciones. Disponer de una vida familiar es un lujo que parece no estar al alcance de un capitán de la Flota Estelar (temporada II: IV), tal y como le sucedía -o le sucederá- a Kirk.


Aun así, vence el peso de unas similitudes con la serie-modelo que resultan cansinas; irritantes, que diría el señor Spock, a lo largo y ancho de la primera temporada (el robo del Enterpirse de nuevo, por amor de Dios), y parte de la segunda -si tal escisión cabe-. No obstante, esta última parece reconducirse hacia un rumbo más apasionante y personal, que deseamos confirmen las siguientes temporadas. Se inicia con el proceso a Oona, por ocultar información de carácter étnico en su informe de ingreso en la Academia y, consecuentemente, en la Flota. Por el mero hecho de ser iridiana (II: I-II). Un proceso legal más sagaz de lo acostumbrado, aunque no consiga zafarse de cierta moralina doctrinal, más de forma que de fondo, en cualquier caso. El personaje de la teniente Noonien-Singh también se enriquece. Evoluciona su carácter, demasiado cerrado. Se produce el inevitable reencuentro con los klingon, y con una materia tan necesaria para la nave como es el dilitio (temporada II: I). Así mismo, con una refinería de deuterio, y los seres que viven y se desarrollan en este medio (como después pasará con la horta y la silicona) (II: VI). Y el grano tritical, pero sin Tribbles (II: VII). Spock prosigue con sus retenidas emociones a flor de piel: esto sucede antes del Kolinar, la disciplina vulcana para erradicar -someter- dichas emociones por completo. Tal y como se abre la excelente Star Trek (íd., Robert Wise, 1979). Asistimos a nuevos vestigios de civilizaciones perdidas, anomalías energéticas, y seres que habitan una brecha espacio-temporal (II: V).

Por descontado, Star Trek: Strange New Worlds ofrece mejores decorados. No podía ser de otro modo. Los camarotes están mejor dispuestos, y el resto de los escenarios bien recreados, aunque como sucede con casi todo lo digital, pasan ante el espectador demasiado rápido, no da tiempo a disfrutarlos (excepción hecha de los citados camarotes).


En fin, en la segunda temporada seguimos viviendo de las rentas. Un nuevo juego con las líneas temporales alternativas, y experiencias de regreso al pasado. Vulcanos demasiado secos y categóricos (algunos humanos también, de tal palo…) Incluso la presencia de otro asesino viajero-temporal (III) -Un lobo en el redil (Wolf in the Fold, 1967)-. Aun así, ante una reescritura o puesta al día donde enseguida se suele hacer de noche, comienzan a aparecer, como anticipaba antes, algunas ideas titilantes, ya que Star Trek: Strange New Worlds avanza y resulta estimable cuando sigue sus propios vericuetos. Se repesca otra especie, los kerkhovianos (¿homenaje primigenio a Kirk?), en la lucha de Vulcano. La sospecha de un sabotaje, que nos remite a Aquel país desconocido (Star Trek: The Undiscovered Country, Nicholas Meyer, 1991). Y se nos invita a ser testigos de la esperada e inédita relación entre el teniente Kirk y su hermano Sam. O entre Kirk y la teniente de comunicaciones Uhura (Celia Rose Gooding). Otra buena deriva, por supuesto con sus raíces en la serie original, la encontramos en el cerebro humano como traductor universal de un alienígena, sin máquina interpuesta (II: VI).

Así mismo, destacan entre lo mejor de la segunda temporada las lagunas de memoria que resultan constitutivas del planeta Rigel VII y sus proximidades (IV). Con la consiguiente recuperación de los recuerdos de cada cual. La beca que se concede por medicina arqueológica, junto a la idea de que, ser humano no es vivir sin auto control (V). También las recurrentes visiones de Uhura (II: VI). El capítulo séptimo comienza a modo de dibujos animados. Dirige Jonathan Frakes (1952), uno de los actores y realizadores de la generación siguiente a la inicial. En este, unas alteraciones físicas han creado un portal temporal. El viajero espacial es, en esta ocasión, el alférez Boimler (Jack Quaid), de rasgos y comportamientos afines a la historieta, en la que seguramente es la ocurrencia más feliz de toda la serie (pues de un dibujo animado se trata, en su plano de realidad). El argumento y visualización se dan la mano con las aventuras animadas de 1973 y 74 (NBC).

Podemos añadir el encuentro con los oriones, donde se solventa el estereotipo de que únicamente son piratas o meretrices, con la suficiente pericia de no anular tales roles.

Tal vez otro de los personajes más sugestivos sea un embajador klingon retirado (Robert Wisdom), en conflicto con las cicatrices del pasado del doctor Josephn M’Benga (Babs Olusanmokun). En esta ocasión, el viaje al pasado está conformado por la experiencia previa de estos dos protagonistas, lo que les confiere una amarga profundidad en el futuro (su presente) (II: VIII). En cualquier caso, el modelo para el embajador klingon es el genocida Kodos el Verdugo de La conciencia del rey (The Conscience of the King, 1966).

Otro pliegue subespacial, rescata la idea de la comunicación a través de la música, ahondando en ella con inspiración, mientras pate de la tripulación permanece atascada en un campo de inestabilidad cuántica, que convierte al Enterprise en el escenario de un musical (II: IX). Es rizar el rizo, pero por lo menos se ofrece algo distinto. Finalmente, en el último capítulo de la segunda temporada se produce el ataque de los gorn a la colonia Parnaso Beta. Allí tomamos contacto con otro querido y sustancial personaje de la historia original y sus consecuentes películas. Me refiero al joven ingeniero Montgomery Scott (Martin Quinn). El episodio queda in media res, pero auguramos al señor Scott una larga y próspera vida.


Stra Trek: Strange New Worlds se ubica en la era dorada de la exploración. La misma que pudieron compartir Núñez de Balboa (1475-1519), Urdaneta (1508-1568) y El Cano (1476-1526), si nuestro desconocimiento y complejos no nos impidiera recordarlo. Solo que trasladado al espacio. Destaca igualmente en el reparto la presencia de la actriz Carol Kane (1952), como excéntrica adiestradora de ingenieros (es de raza lantanita), y otros personajes entrevistos en la saga inicial, como el almirante Robert April (Adrian Holmes) y, sobre todo, el facultativo Joseph M’Benga, antes citado. También Spock y su madre, o T’Pring y su familia (Elora Patniak y Michael Benyaer) (II: V), rituales “plasta” vulcanos incluidos.

Como también suele ser habitual desde los 2000, la banda sonora resulta en extremo sosa, salvo cuando parafrasea los temas clásicos de la serie, y en algunos pasajes muy determinados de suspense y misterio. Baste comparar el resultado con las recientes ediciones que de las partituras originales está haciendo el sello discográfico La La Land.

Cada vez estoy más convencido de que todo está en las tres temporadas de la serie original.
 


Star Trek II: La ira de Khan, de Nicholas Meyer

07 marzo, 2017

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En un sector inexplorado de la galaxia, una vieja nave terrestre surca el espacio cuando es interceptada por el Enterprise. Más de dos siglos median entre los tripulantes de una y otra nave, pero es que los primeros han sido preservados por medio de la hibernación. La teniente McGivers (Madlyn Rhue) se siente muy atraída hacia uno de los supervivientes, dado su interés por la historia, del que emerge una irreprimible admiración hacia dicha figura, Khan Singh (Ricardo Montalbán), un producto de la ingeniería genética del siglo XX y líder del grupo de los terrestres deportados. La verdadera tragedia del relato es la de esta oficial, que entra en contacto con una porción viva de la historia sin poder sustraerse a la misma.

Estos son los antecedentes, según el episodio Semilla espacial (Space Seed, Desilu-Paramount), escrito por Gene L. Coon (1924-1973) y Carey Wilber (1916-1998), y dirigido por Marc Daniels (1912-1989) en 1967. Una historia que se retomó en Star Trek II: La ira de Khan (Star Trek II: The Wrath of Khan, Paramount, 1982), cuando el productor ejecutivo y coguionista, Harve Bennett (1930-2015) consideró oportuno este capítulo de la serie original a la hora de conectar con el hálito más aventurero del universo trekkie y procurar un sólido sostén a la segunda película de la franquicia.

Ya en este relato previo, Khan se revela altanero, ambicioso, rudo y con una gran fortaleza física. Una amenaza muy real, como auténtica es el ansia de mando de mucha gente. No obstante, han sido el capitán Kirk (William Shatner) y el doctor McCoy (apodado Bones, DeForest Kelly) quienes han procedido a salvarle la vida; en primer lugar, de un proceso fallido de reanimación y, luego, ofreciéndole la posibilidad de conquistar todo un mundo, inhóspito pero exento de rendir cuentas. Cuando la suerte del planeta cambia, tal y como se expone en La ira de Kahn, el caudillo de los olvidados colonizadores se obsesiona con vengarse de Kirk, convirtiéndose así en el feroz y despiadado antagonista que un enfrentamiento de tales características requiere.


Pero, además del odio, existe otro protagonista, igualmente invisible pero letal, en Star Trek II, y este es el paso del tiempo. Aunque a ambas dificultades sabrá Kirk ponerles remedio, lo cierto es que pocas veces se ha mostrado con mejor acierto y concreción la soledad y el abatimiento de una figura heroica. Claro que, antes de esta nueva toma de conciencia o fase vital, el almirante Kirk se apercibe de su desubicación. El reencuentro con Khan así parece confirmarlo. Pero si en el episodio de la serie, la información referente a los criminales evadidos era silenciada por las autoridades (in)competentes de rigor, ahora el almirante se ve en la necesidad de actuar, una vez más, por su cuenta, echando mano de todo un arsenal, no solo armamentístico, sino de experimentada destreza.

Un proceso de madurez más intelectual que biológico, que corre paralelo al que afecta a su oficial científico y ahora capitán, en funciones de adiestrador de cadetes, Spock (Leonard Nimoy), en su condición de vulcaniano medio humano. Si en la misión precedente, este ya hubo de ser consciente de que el frío intelecto de una lógica apartada de los sentimientos no bastaba para comprender y enfrentarse al universo, ahora asume -aunque no pueda compartirlas plenamente- que manifestaciones como el humor no carecen de lógica… para los seres humanos, o que la lógica vulcaniana, vulcaniana es. Una tolerancia que trata de transmitir a su discípula, la teniente Saavik (Kirstey Alley), y un escenario interno que, con acierto, se traslada a otro externo, como es el puente de mando donde se efectúan los simulacros para los noveles. En este escenario, no basta con poseer habilidad, sino un carácter tan recio como flexible.


En los últimos años, el almirante se ha recluido en los vericuetos funcionariales como recompensa a su sobresaliente labor, cultivando el gusto por el coleccionismo de objetos antiguos, hasta el punto de correr el riesgo de convertirse en una de sus antigüedades, como le reprocha Bones. Frente a esta sensación de anquilosamiento, el llamado Proyecto Génesis, coordinado por la doctora Carol Marcus (Bibi Besch) y su hijo David (Merritt Butrick), abre un nuevo camino en el apartado científico, extrayendo vida de la materia inerte, en una avanzada técnica de terraformación planetaria. Claro que, como todos los ingenios científicos, este depende del uso que se le dé, como bien advierte el doctor McCoy.

Todo ello denota cierta tirantez en las relaciones entre científicos y la Flota Estelar, como si fueran dos bandos opuestos. La misma fricción que atañe a las mencionadas naturalezas humanas y vulcanianas (evidenciadas por Spock y, en un mayor grado de escisión, por Saavik), o que enemistan a Kirk y Khan (curiosa similitud fonética), aunque a diferencia de estos últimos, los referidos bandos y personajes forman parte de una misma Federación.

No obstante, tal confrontación abunda en las razones por las cuales Carol se apartó de Kirk, pese a que estas nos resulten algo egoístas o una mera excusa (apartar al hijo de ambos de una posible carrera militar -y de exploración- como la del padre, como si esta fuese un anatema). El hecho es que una inspección de tres semanas se acaba convirtiendo en una peligrosa misión de varios días, en la que en la que tanto Kirk como Spock son partícipes de una evolución progresiva (mental para uno, física para el otro).


El realizador Nicholas Meyer (1945) sabe cohesionar todos estos elementos en una trama de primordial -a simple vista- desarrollo. Spock le cede el mando a Kirk, como oficial de mayor graduación, y en señal de respeto hacia las mejores cualidades del almirante, sabedor de que, con mucha frecuencia, el ascenso puede significar una condena para alguien con las capacidades dinámicas de Kirk. Como le recuerda el oficial científico, su mejor cometido es el de comandar una nave estelar (el organigrama administrativo como adversario de la lógica es un apunte sumamente prometedor). Algo que, en cualquier caso, también enlaza con el hastío de ese Kirk que deseaba volver a hacerse con el mando del Enterprise en la anterior aventura, y que volverá a hacerlo en la siguiente, ya sin el consentimiento de sus superiores.

Pero, como he señalado, tales decisiones no conciernen únicamente a Kirk, sino también al vulcaniano. No puedo discutir esto lógicamente, concluye Spock ante McCoy, en el momento en que se dispone a entrar en la sala de fusión anti-materia de ingeniería. Una decisión individual en beneficio de muchos (y una determinación personal compartida con Kirk, cuando este superó las pruebas a las que ahora se enfrentan los aprendices). En cuanto a Khan, interesante es subrayar que escoge la venganza por encima de la libertad que le ofrece la posesión de una nave estelar. Antes que escapar, prefiere desafiar al almirante, pues tal es su inquina.

Significativamente, Khan y Kirk no comparten plano alguno en la película, pero sí secuencia, interactuando de forma continua desde sus respectivos emplazamientos. La astucia frente a la fuerza será la energía que el almirante Kirk necesite para renovar la confianza en sí mismo, en su enfrentamiento con Khan. Lo cual se ejemplifica en el atractivo combate final de las dos naves en la Mutara Nébula. Meyer sostiene muy bien toda la puesta en escena gracias a una sobria planificación de planos medios y generales.


La pugna conlleva el sacrificio del capitán Terrell (Paul Winfield) y el de Spock, aunque este último presenta una serie de ramificaciones, entre místicas y orgánicas, debidamente encauzadas a posteriori (a los actores les encanta morirse en la pantalla). No en vano, se trata de una desaparición a la luz de un mundo que nace y, en cualquier caso, ya antes había bromeado Kirk con Spock respecto al hecho de si había muerto o no, tras el simulacro en el puente del Enterprise. Genio y figura, en la conversación final con su amigo, Spock se ajusta el uniforme. Un detalle al que añado otro que me parece igual de apreciable: el interés de Kirk por los objetos antiguos, incluyendo los libros. Desde la serie original, mucho ha aprendido aquel capitán al que tales objetos llamaban poco la atención (Consejo de guerra, Court Martial, Marc Daniels, 1967).

Todos estos aspectos son potenciados por los minuciosos pero sencillos diseños y decorados de Joseph Jennings (-), la fotografía sombría y, sin embargo, brillante, de Gayne Rescher (1924-2008) y una emotiva partitura del irregular James Horner (1953-2015), cuyos mejores y más arriesgados trabajos se concentran en esta primera etapa de su carrera. El empleo de maquetas y otros efectos especiales artesanales proporcionan una textura realista, que cobra vida dimensional en la viveza de la iluminación y la logística del movimiento. Respecto a los añadidos del montaje del director (apenas dos minutos más sobre el metraje original), estos se limitan a completar algunas escenas y diálogos (o a interrumpir el notable doblaje en español), pero son prescindibles en su mayor parte, como suele suceder con la mayoría de los remontajes.

En definitiva, Star Trek II confirma los buenos resultados de la entrega precedente, así como el hecho de que los actos y sentimientos forman parte del equipaje del ser humano, allá donde se traslada.

Escrito por Javier C. Aguilera


Star Trek (La película), de Robert Wise

02 diciembre, 2015

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En el espacio conviven el caos, la belleza, lo primordial, el exceso, la violencia, lo sorprendente…

En el cine, tampoco es algo inusitado entremezclar distintos puntos de vista, muchas veces contrapuestos, que pese a todo y bajo una dirección adecuada, acababan dando como resultado una obra apreciable, incluso notable (como pienso que es el caso). Porque, naturalmente, todo está sujeto a cambio, por mucho que determinados conceptos permanezcan en la física o culturalmente.

De este modo, el ahora almirante Kirk (William Shatner) no es contemplado en Star Trek, la película (Star Trek. The Motion Picture, Paramount Pictures, 1979) como un simple estereotipo aventurero, sino como un ser humano. Recurre a su ingenio y farolea cuando se encuentra bajo presión, exactamente igual que hiciera en la serie original (exempli gratia: Las maniobras de la Carbonita). Sigue, por tanto, llevando la iniciativa, pues es un hombre de acción y no de despacho (retomaremos la cuestión después).

A este aspecto de permanencia podemos añadir la camaradería entre los principales protagonistas, las observaciones y reprimendas del doctor McCoy, Bones (DeForest Kelley), la capacidad para la fusión mental de Spock (Leonard Nimoy), la progresiva recuperación, primero, y adecuación después, de los sentimientos humanos de este; los antedichos recursos in extremis de Kirk, las incidencias que atañen a los motores de la nave, competencia del ingeniero Scott (James Doohan), la presencia del transportador, el microcosmos que supone el puente de mando, las distorsiones espacio-temporales…

En definitiva, todos los conflictos básicos y reconocibles de la serie, pinzamiento vulcano incluido, trasladados a la película, y a un argumento en el que la mayoría de personajes ha de evolucionar necesariamente. Un conjunto admirablemente servido mediante la ejemplar realización (en absoluto circense) de Robert Wise (1914-2005).


Por todo ello, no es cierto que los únicos protagonistas de la puesta de largo de Star Trek, la serie creada por Gene Roddenberry (1921-1991), fueran los (soberbios y sugestivos) efectos especiales, como tanto se ha insistido; o que se tratara de un “producto” exclusivamente encaminado a los conocedores de dichos personajes. Indudablemente, este público se encuentra en mejor disposición de comprender determinados guiños y derivas argumentales, pero ello no dificulta la comprensión del relato, y mucho menos anula las capacidades cinematográficas del mismo.

Entre los aspectos abordados por Wise, se encuentran unas miradas que solo cobran sentido teniendo en cuenta el elaborado contraplano al que se enfrentan. No son imágenes de relleno o un mero ensimismamiento por parte del realizador, sino actitudes plenamente coherentes y significantes, como el cruce de miradas que antecede a la conclusión de la historia, entre dos de los protagonistas, conscientes ya de su destino.

Algunas de las críticas, por lo tanto, fueron tan desacertadas como contagiosas, puesto que en Star Trek, la película se compendian los elementos más reconocibles de la serie bajo una gran labor cinematográfica.


Entre ellos, circunstancias como la disciplina vulcana llamada “Kolinahr”, por la cual Spock esperaba poder renunciar a sus “pasiones animales”, esto es, tanto de recesión vulcana como estrictamente humanas, en favor de una lógica de corte positivista, puramente científica. Como sabemos, y esto en Star Trek, la película queda afianzado, Spock no podrá –ni deseará- finalmente desprenderse de ninguna de las dos naturalezas que lo componen. En este sentido, se incorporó una secuencia descartada del metraje original para la edición especial en DVD en la que el oficial científico vulcano llega a conmoverse en su constatación de las complejidades y soledades de V’Ger, la conciencia que le ha llamado desde el espacio.

En efecto, tal y como le confirman sus paisanos, allá en su planeta natal, “su respuesta está en otra parte”, dando lugar a una accidentada deriva que hallará acomodo en el resto de secuelas cinematográficas. En el presente relato, el viaje del vulcano prosigue física y mentalmente cuando toma la iniciativa y se hace con una capsula de impulso, con el fin de acceder al corazón de la entidad llamada V’Ger.

Como el resto de sus compañeros, Spock seguirá compartiendo el roce y la convivencia entre seres humanos, como única constante en el universo. Relaciones tan beneficiosas como difíciles. No en vano, Kirk prefiere, y así lo solicita, a un oficial científico preferentemente de Vulcano (antes de que se produzca la reincorporación de su antiguo compañero al relato).


Y al fin, arribamos a la secuencia, tan incomprendida, del reencuentro con otro personaje clave de la serie: el Enterprise, enteramente planificada en base a los sentimientos y la mirada de James T. Kirk. Una secuencia eminentemente musical, emocional, apenas punteada por las palabras, que conlleva cierta fascinación por la vida en el espacio, además de constituir una nueva cita entre amigos. Los que estamos en antecedentes, sabemos cuán importante es la nave estelar para el almirante. De hecho, ya se la identificó alguna vez con una esposa, a lo largo de la serie (supra cit.).

Pero si la nave ha sido remodelada, también James Kirk ha cambiado. El antaño capitán es ahora, al menos en una primera fase del relato, un burocratizado y expeditivo superior que anhela volver a explorar el espacio, probablemente, debido a la desilusión y el tedio que le acarrea su nueva y reglada vida.

Por su parte, el Enterprise mantendrá un nuevo y sofisticado duelo con lo desconocido. A lo cual contribuye el excelente trabajo de los diseñadores de efectos especiales Douglas Trumbull (1942) y John Dykstra (1947), el director de fotografía Richard H. Kline (1926) y el compositor Jerry Goldsmith (1929-2004). Este último desarrolló para la película una serie de leitmotivs (tema de amor, tema de V’Ger, tema dedicado a la nave), entre los que se intercala la composición original de Alexander Courage (1919-2008); concretamente, en aquellos momentos en que, como ocurriera en la serie, el almirante redacta su cuaderno de bitácora.


En esa edición especial a la que hacíamos referencia, no solo se incorporaron instantes descartados por cuestión de metraje, sino que se añadieron algunos efectos especiales, con la particularidad de que estos trataron de no distorsionar el estilo de lo realizado en 1979. No obstante, sin demérito hacia la labor digital, pienso que están de más los planos que muestran el aspecto exterior de V’Ger, puesto que una de las particularidades más atractivas de la película, siempre a mi modo de ver, consistía precisamente en la cualidad informe del intruso, abierta a todo tipo de especulaciones e inventiva.

Pese a todo, insisto en que, más que los añadidos o retoques de algunos de los efectos originales, interesan los diálogos recuperados (siempre y cuando no se pase por el aro del espantoso re-doblaje que sufrió la película; en cuyo caso, es perentorio acudir a la versión original de la misma).

En cualquier caso, estos aspectos no hacen sino abundar en un excelente guión (a pesar de su laboriosa gestación), en el que sobresale la idea de una máquina viva, que pretende conocer a su creador, y en cuyo viaje de regreso adquiere conciencia propia, así como la identidad real del propio V’Ger y su ubicación última en un decorado casi minimalista, junto a otros aspectos como la perspectiva de unos seres humanos y sus logros, reducidos a impersonales “datos de información”, o la sonda con apariencia humana (de uno de los tripulantes del Enterprise, la oficial de derrota teniente Ilya [Persis Khambatta]). Un escenario donde no solo caben, sino que serán vitales, los sentimientos humanos, así como nuestra capacidad para trascender la lógica. Un salto evolutivo más allá de donde ningún ser humano ha ido antes, y cuyo espectacular preludio es el periplo del Enterprise por el interior de la nube que conforma a V’Ger; toda una catedral de luz estelar, e indirectamente, otro producto del ser humano. La nave evoluciona por su interior como un OVNI lo haría en tierra extraña.

Robert Wise, sentado, junto a Gene Roddenberry y parte del reparto
Si en el resto de películas de la saga, y en buena parte de la serie original, subyace la idea de frontera como elemento físico, en Star Trek, la película, esta idea se haya sujeta a lo más esencial: la frontera es puramente ontológica. Y en cualquier caso, que esta peripecia cósmica sea más ciencia ficción que aventura no hace a la película peor que las demás, ni mucho menos. Además, su trascendente argumento también enlaza con algunos de los planteamientos abordados en la serie (El suplantador, Síndrome de inmunidad, El factor alternativo, La colección de fieras…). Argumentos más tendentes a la ficción abstracta y pura. De hecho, de esa mezcla concordante surgió y surge la fascinación que aún sigue despertando una de las mejores series de ciencia ficción de la historia de la televisión.

En definitiva, lo mejor que pudo sucederle a la presente Star Trek fue alejarse del (estupendo) modelo de space-opera propuesto por Star Wars (antes La guerra de las galaxias), para, de ese modo, poder preservar y desarrollar su propia personalidad.

Escrito por Javier C. Aguilera


Star Trek, de J. J. Abrams

05 julio, 2014

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Cartel de la cinta
En varias ocasiones hemos mencionado el hecho de que la ciencia ficción ha servido para meditar y acercarse a la condición humana. Lo mencionamos en Soy leyenda (Richard Matheson, 1954) y seguramente sea visible en el lúcido análisis de la serie original de Star Trek (1966-1969) que se encuentra entre nuestras reseñas. Sin embargo, no siempre resulta ser tan clara esta conexión, aún menos según han avanzado los años y se han banalizado los argumentos.

En este punto encontramos el llamado reinicio de una de las sagas o franquicias más longevas de este género: Star Trek. Una película que ha querido viajar a los inicios de la amistad de ese binomio tan popular que son Kirk y Spock armando a su alrededor una aventura intergaláctica en ocasiones más cercana a la espectacularidad y al espíritu de la saga Star Wars que al toque trekie original.

Quizás este hecho ha provocado que, en cierta forma, tengamos un caparazón hermoso, pero vacío de alma. J. J. Abrams pone cierto empeño y por ello resulta confuso que sea capaz de lograr cosas tan positivas para perderse en un ritmo y en una técnica que las desmerece.

Entretenimiento espectacular, algo a lo que se ha acostumbrado Abrams, aunque sus resultados no siempre hayan sido del gusto de todos, como sucedió con Lost (2004-2010). Más acostumbrado a verlo en televisión, lo cierto es que ha producido varias películas y se ha abarcado en proyectos de gran magnitud, como con esta recuperación de Star Trek o la continuación de Star Wars, Star Wars: Episodio VII - El despertar de la Fuerza (2015). Como película menor, tan solo en ambición por no tener una marca o una franquicia detrás, entre estas grandes producciones, Super 8 (2011). 

J.J. Abrams (sentado en el centro) junto a parte del reparto
Lo cierto es que el prólogo de esta aventura es realmente emotivo y trepidante, quizás tan trepidante como vertiginoso será el film desde ese momento en el trato a los personajes y su evolución personal. La película tiene un ritmo excesivamente veloz para que realmente nos acerquemos bien a los personajes, lo que finalmente provoca que estos caigan en clichés, sobre todo los protagonistas, que los ajustan demasiado y provocan que dejen de funcionar con la profundidad que les dotaba su pasado televisivo o cinematográfico.

Kirk (Chris Pine) queda reducido al chico malo y chulo destinado a ser héroe, mientras que Spock (Zachary Quinto, en ocasiones brindando una actuación digna como el vulcaniano) es el chico inteligente y ciertamente soberbio que se ve superado por la situación, aunque no quiera aparentarlo. Sobre ellos hemos apenas levitado sobre su pasado para conocerlos, lo que resultará molesto para aquellos que los estén descubriendo en este film, puesto que las alusiones que se realicen a su prometedor futuro resultan ciertamente ilusas e infantiles en comparación a lo que vemos, más aún cuando los hechos de esta cinta cambian los transcursos de los acontecimientos que todo aficionado a la saga conoce.

Kirk y Spock de niños
Este hecho choca precisamente con la tendencia de Abrams a construir cuidadosamente a sus personajes, especialmente en televisión, aunque le sirve para construir desde cero el universo trekkie y conseguir el reinicio de la franquicia.

La cuestión de que esta construcción resulte vacua también provoca que la acción en la que nos embarcamos poco después resulte fría, pese a toda su espectacularidad. Realmente, de nada vale un buen presupuesto en efectos especiales si estos solo sirven para crear un espectáculo vacío, ¡aún más cuando en la ciencia ficción resulta tan fácilmente justificable su empleo!


No obstante, no todo reluce, frente al maravilloso aspecto de Vulcano o la recreación del espacio exterior, tenemos una colección de extraterrestres poco trabajados y algún que otro desliz en este campo técnico que desentona con un buen trabajo general.

Además, realmente son molestos algunos tics del director durante toda la cinta, como el uso del movimiento de cámara, que provoca desconcierto y confusión en el espectador y contra el que ya hemos hablado en alguna que otra ocasión, y los destellos hacia la pantalla, que resultan completamente molestos en el visionado de la cinta y que arruinan la experiencia y la credibilidad de una posible buena historia, haciéndonos ver que nuestra pantalla no parece ser más que un cristal. No faltan tampoco primeros planos, más típicos de la televisión, a los que recurre con frecuencia.


Como puntos a favor, los guiños a lo original, especialmente con la aparición estelar, casi un cameo, de Leonard Nimoy, como Spock, y el trabajo argumental para justificar lo que vemos en pantalla, aún cuando se derroche acción en lugar de contenido. Sobran ciertos chistes infantiles, especialmente en los actores secundarios de la tripulación, pero en general tenemos unas interpretaciones correctas, con apariciones breves de actores como Chris Hemsworth (conocido por ser Thor) o Jennifer Morrison (habitual en televisión, tanto en la serie House como en Once upon a time), ambos interpretando a los padres de Kirk en el prólogo de la película.

Completando la tripulación del Enterprise, Zoe Saldana interpreta a Uhura con soltura, Karl Urban al doctor Leonard McCoy, Anton Yelchin como el piloto ruso Pavel Chekov y John Cho como Hikaru Sulu. Durante el metraje hará aparición el ingeniero Montgomery Scott, interpretado por Simon Pegg.

Eric Bana caracterizado como Nero
Con menor aparición, Winona Ryder y Ben Cross interpretan a los padres de Spock, mientras que el primer capitán de la Enterprise, Christopher Pike, es interpretado por Bruce Greenwood. En el otro lado, el malvado Nero, interpretado por Eric Bana, que, aunque motivado por la venganza, es un antagonista plano. A su lado, Clifton Collins Jr. como el general Ayel, que en ocasiones muestra una mayor cordura que Nero, pero sin demasiado éxito.

No es necesario realmente ser un gran conocedor de la franquicia (en lo personal, no lo soy) para percatarse de que, en efecto, no estamos ante una mala película, pese a sus claros defectos, pero sí ante un film más de acción, que no de auténtica ciencia ficción, ni aún menos, por lo que creo, de auténtica alma.


Escrito por Luis J. del Castillo


¡A ponerse series! (V): Star Trek (1966-1969)

31 diciembre, 2012

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Una nave desaparecida hace dos siglos (la Valiant) envía una señal de aviso. Otra nave, un Enterprise aún no refinado ni con toda su tripulación habitual a bordo, pero con un capitán arrojado y valiente, y un oficial científico leal y pimpante, acude al rescate. Desde el episodio piloto, Donde ningún hombre ha estado antes, quedan establecidos muchos de los que serán los rasgos definitorios de Star Trek, la serie que ayudó a soñar y “pensar” en el espacio a miles de personas y cuyo legado permanece a día de hoy.

Entre la información que se nos da, por ejemplo, sabremos que el referido oficial científico es medio humano, medio extraterrestre; concretamente del planeta Vulcano, un lugar regido por la lógica (a veces de forma implacable y en conflicto con los emotivos humanos). Ésta condición “mestiza” de Spock (un extraordinario Leonard Nimoy) confiere una densidad notable al personaje, por encima de la media estereotipada del momento (y de después). Spock se debate continuamente entre su tendencia a la lógica y la naturaleza reprimida de sus emociones humanas, un conflicto interno con el que resulta fácil la empatía.


Kirk: Ya tengo una mujer de la que preocuparme, se llama Enterprise. (Las maniobras de la corbomita)

Porque de una serie de “personajes” hablamos, aunque transcurra en el espacio, del mismo modo que muchos temas de carácter comprometido y aspectos sociológicos de toda índole, generalmente silenciados, parecían poder abordarse desde la perspectiva de una serie de ciencia-ficción (al fin y al cabo, el hombre seguirá siendo el mismo por muy lejos que se traslade). Star Trek supo beneficiarse de esta coyuntura como ninguna otra serie, a través del talento de sus responsables, ofreciendo un collage que aún sigue resultando válido y muy disfrutable. 

El creador de Star Trek (o Viaje a las estrellas, como se conoció en España en un principio), Gene Roddenberry (1921-1991), tuvo el acierto de saber rodearse de un excelente equipo de actores, diseñadores, músicos y guionistas. El hecho de no tener miedo a ello, a rodearse del mejor, es algo que habla a su favor y que explica la calidad de la serie original.

Spock: Puedo amarte. (Esa cara del paraíso)


Como comentábamos, el plato fuerte estriba en el trazo e interacción de los principales protagonistas. De hecho, el eje sobre el que pivota la serie es la relación que se establece entre el capitán Kirk (William Shatner), Spock y el médico de la nave, el más emotivo e idealista Leonard McCoy “Bones” (De Forest Kelley; en el capitulo piloto el médico fue el entrañable Paul Fix). Ello sin olvidar al resto de la tripulación, el jefe de ingenieros Scott (James Doohan), la teniente de comunicaciones, Uhura (Nichelle Nichols), el oficial de navegación Sulu (George Takei), la enfermera Chapel (Majel Barrett), y a partir de la segunda temporada, el joven alférez Chekov (Walter Koenig). Ellos conformaban una tripulación multirracial, otro de los aspectos adelantados a su tiempo ofrecido por la serie.

McCoy: ¡Soy médico, no albañil! (quejándose, en infinidad de capítulos).

Bastante ricos en matices, los tres protagonistas principales, harán gala tanto de su responsabilidad, como seremos testigos de sus vulnerabilidades, a lo largo de toda su singladura. Por ejemplo, Spock se halla basculando siempre entre su humanidad y su lógica vulcaniana; por desgracia, dos intereses en conflicto que, no obstante, proporcionaron uno de los personajes más “fascinantes” de la historia de la televisión y la ciencia ficción. No es extraño que Spock se convirtiera, desde el primer momento, en uno de esos personajes-guía para muchos jóvenes y adultos.


Otro ejemplo: al adentrarse (se supone que con el debido permiso), tras la (supuesta) barrera de energía que delimita nuestra galaxia, esa “última frontera”, en el mencionado capitulo piloto, hallamos a un capitán dispuesto a sacrificarse por su tripulación, enérgico y con don de gentes (señala varias veces que conoce a los humanos, hecho que se ve refrendado cuando, a través de su compañero Gary Mitchell, el cual tiene ocasión de “evolucionar”, éste sigue actuando con la injusticia propia de dichos humanos, y Kirk ha de tomar una drástica solución). Como curiosidad, Mitchell fue interpretado por Gary Lockwood, uno de los astronautas de 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), y resulta perturbadora la imagen del personaje mirando fijamente al monitor, como tomando conciencia de su destino, y del de los demás… 


El desenlace en el planeta Delta Vega, con la doctora Denner (esplendida Sally Kellerman), es ya una buena muestra de una ciencia ficción más madura, pero sin detrimento de la acción. Digamos que la aventura queda al servicio de la reflexión, algo no muy usual entonces en televisión, al menos hasta ese extremo. (En realidad, este primer episodio es un segundo piloto. El primero, más primitivo, recogido en las ediciones en DVD y Blue Ray de la serie, y de argumento tan cerebral como apasionante, fue reciclado en color, con el nombre de La colección de fieras, formando ya parte de la serie). Lo he sentido, declara finalmente Spock al final de la “aventura”, refiriéndose al triste final de Mitchell y recuperando por un momento su faceta más humana.


Spock: No admito la inteligencia sin disciplina. (El escudero de Gothos)

Se suele decir, y es cierto, que el éxito (merecido) de La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977) reactivó el interés por la ciencia ficción, emprendida ahora por los extintos estudios con desigual avidez; pero no deja de ser cierto que series como Star Trek, pionera en estas lides, forma parte indispensable del sustrato de la creación de Lucas, por mucho que esta derivara más hacia la space-opera, en una “lógica” relación de feedback que no ha cesado.

El legado Star Trek se ha perpetuado de muchas formas. Por eso resulta conveniente, de cara al aficionado, acercarse a las fuentes originales y no a las “fotocopias” siempre que sea posible (y en todo tipo de artes). Y por eso me hace gracia comprobar como en determinada publicación en español, por otra parte satisfactoria, siempre se hace escoger al invitado del mes entre Star Trek y Star Wars, como forma de “posicionarse” ante dos “universos” por lo visto excluyentes, cuando la gracia de ambas obras estriba en que, pese a esporádicos -e inevitables- puntos en común, son diferentes: dicho más claro, lo bueno de ambos universos es que resultan atractivos, estética y argumentalmente, precisamente por resultar genuinos, disfrutables cada una a su manera.

 
McCoy: En este vasto universo, cada uno de nosotros es único, irrepetible. (Las maniobras de la corbomita)

En tan poco espacio no da tiempo a desgranar los episodios de Star Trek (haría falta un libro para eso, que de hecho los hay: hasta existe un diccionario de klingon), así que bástenos con comentar “de pasada” algunos de los temas abordados, y señalar también algunos de los grandes escritores de ciencia ficción que trabajaron para la serie.

Como señalaba antes, gran parte de la calidad de la misma parte del nivel de excelencia de sus guionistas, el punto de partida determinante que hace que, pese a la relativa pobreza de medios, pueda brillar un argumento o resaltar una interpretación, en un momento, además, de eclosión del género que no ha vuelto a repetirse, al menos con tanta intensidad y profusión: guionistas como Richard Matheson, Robert Bloch, Theodore Sturgeon, Harlan Ellison, o la joven D. C. Fontana, junto a realizadores como el prolífico y excelente Joseph Pevney (tan imprescindible aquí como en La familia Monster, muchos de los mejores episodios son suyos), Marc Daniels, Ralph Senensky, Jud Taylor, Vincent McEveety o John Meredyth Lucas.


Kirk: El riesgo es nuestro oficio, es para lo que esta nave fue construida. No hay nada desconocido, solo cosas temporalmente ocultas. (Las maniobras de la corbomita)

Star Trek seguirá siendo una de las más inspiradas series de la historia del medio, por dignificar la ciencia ficción en televisión y mostrarnos a través del microcosmos de una nave estelar la posibilidad de mundos no explorados (por inventar no quedó, ¡hasta anticiparon el teléfono móvil!). Y es que si solo tuviéramos que alimentarnos con la realidad, estábamos apañados. La deuda contraída con Star Trek, se reconozca abiertamente o no, es muy grande, como la variedad de temas inteligentes abordados.

Entre estos, la estulticia de políticos, gobernantes y embajadores en Apocalipsis, el descubrimiento de un ser alienígena que inserta un intruso en el cuerpo de la víctima mediante un aguijón en Operación Aniquilación, el respeto por toda forma de vida en El diablo en la oscuridad y Las maniobras de la corbomita, el ser humano actuando como anticuerpo de un organismo mayor en Síndrome de inmunidad, el espléndido “whodunit” (¿quién lo hizo?) de El lobo en el redil. El contacto con formas de vida que actúan sobre el subconsciente en el halloweeniano Los cuatro gatos, las inolvidables historias de amor de Metamorfosis, La ciudad al borde de la eternidad (o en el límite del tiempo) y Réquiem por Matusalén, el desarrollo más allá del cuerpo físico en Tentativa de salvamento (la primera aparición de los klingon, bajo los rasgos de John Colicos). El encontronazo con los fantasmas del pasado –con lo peor del ser humano- en La conciencia del rey, los universos paralelos en El factor alternativo, El parpadeo de un ojo y Espejo, espejito, la cibernética en El suplantador, los zombis en Miri, el racismo en Equilibrio de terror, Arena y Que éste sea tu último campo de batalla, la supresión de los mecanismos de autocontrol y el viaje en el tiempo en Horas desesperadas y El mañana es ayer


El ordenador como nuevo elemento alienante en Consejo de guerra o El mejor ordenador, las relaciones personales, las falsas apariencias y la necesidad de “querer gustar” en Las chicas de Mudd, los androides (replicantes) con los mismos implantes de recuerdos y actitudes en ¿De qué están hechas las niñas pequeñas? y Yo, Mudd. La inteligencia y la emotividad en ¿No hay en verdad belleza?, la importancia de todo aquello que nos conforma como humanos en los citados Equilibrio de terror, Las maniobras… y La máquina del juicio final, el planeta vivo de El permiso, las esporas dicharacheras de Esa cara del paraíso. La servidumbre humana, que diría Maugham, en La manzana y Los guardianes de la nube (con la bella representación de la ciudad-nube), el encuentro con entes totalmente ajenos al hombre y su concepción “de la vida”, antropomorfa y basada en el carbono, en La telaraña tholiana, Obsesión, Las luces de Zetar, el mencionado El diablo en la oscuridad, y hasta en Los “tribbles” y sus tribulaciones. Etc.

Scotty: ¡No puedo cambiar las leyes de la física! (Horas desesperadas)


¿Qué diablos hacemos aquí? (refiriéndose al espacio), ¿hasta qué punto merece la pena la preservación de una cultura amenazada por la destrucción?, ¿somos el centro del universo?, ¿hasta dónde arriesgarse por amistad?...

La misión de cinco años del Enterprise es uno de los más apasionantes e inteligentes viajes propuestos a través del medio televisivo. En un tiempo en que la calidad parece haber regresado, al menos en lo que a productos catódicos se refiere, no está de más acercarse a las raíces, a los pioneros. Y para el que aún no se haya adentrado en este universo -o multi-universo- maravilloso, la edición remasterizada ofrece una oportunidad muy atractiva para viajar por vez primera (o regresar) al espacio, resultando una experiencia de todo punto… fascinante.

Escrito por Javier C. Aguilera

Próximamente: Poirot.

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