Para el sábado noche (CXXXVIII): Terremoto, de Mark Robson, y Pelham 1, 2, 3, de Joseph Sargent
El autocine (CVII): La noche que aterrorizó a América, de Joseph Sargent, y El gran apagón, de Eddy Matalon
Menuda se armó. Por la fuerza de un solo medio: la radio. ¿Qué tendrá la radio que seguimos conectados a ella? Es verdad que cada cual se hace su propia programación por medio de los podcast, lejos quedan los tiempos en que había que hacer mangas y capirotes para no perderte tu programa favorito (El Debate Sobre el Estado de la Nación de Luis del Olmo [1937], Medianoche de Antonio José Alés [1937-2009], La rosa de los vientos –la de Juan Antonio Cebrián [1965-2007], por supuesto-, o más recientemente, Cowboys de medianoche de Luis Herrero [1955]). Y a mí me parece bien. La radio ha estado siempre presente y siempre lo estará. Será raro que desaparezca, es (in)mutable como cualquier ser vivo de película de ciencia ficción. En mi caso, la prefiero a la televisión desde finales de los años ochenta; es decir, desde adolescente (y desde que Pilar Miró [1940-1997] se cepilló el cine para el sábado noche, no por casualidad, título de otra de mis secciones en este blog).
El treinta
de octubre de 1938, víspera de Halloween,
se radió la adaptación de la obra La
guerra de los mundos (War of the
Worlds, 1898), del autor inglés H. G. Wells
(1866-1946), puesta en escena radiofónica y -como comprobamos gracias a la
película y a algunas fotografías- también presencial, del entonces productor,
actor y locutor Orson Welles (1915-1985), a
través de su compañía The Mercury Theatre
on the Air (El Teatro Mercurio en el
aire).
Dirigida y
narrada por el propio Welles, que a la sazón contaba con veintitrés años, la
lectura fue avanzada porque trasladó los hechos de la novela, de la Inglaterra
victoriana, al Estados Unidos del presente histórico (lo mismo que hiciera la
posterior adaptación cinematográfica
emprendida por George Pal (1908-1980), La guerra de los mundos [War of the Worlds, Byron Haskin, 1953]). Lo hace alternando distintos
narradores, e intercalando anuncios, a modo de publicidad de la cadena,
conexiones puntuales con una orquesta de música, y avances informativos. Es
decir, como si lo radiado fuera total y absolutamente verdadero. Quienes
conectaron con la emisora CBS
tras el inicio de la narración, pensaron que se trataba de una emisión
auténtica, y por consiguiente, de un peligro real.
Esto fue lo
que pasó. Se desató el pánico en algunas personas. No tantas como el posterior
mito ha dado a entender, y la película para televisión que vamos a comentar, se
encarga de recordar. Pero pánico puro y
duro.
Por la fuerza de un solo medio, repito, una pesadilla entró en las casas. Principalmente en Nueva York y Nueva Jersey, donde Orson Welles focalizó la tragedia. A todos nos viene a la mente la famosa imagen de la Tierra vista desde el espacio, legado icónico de nuestros primeros astronautas. Puede ser también el punto de vista de los marcianos, tal y como H. G. Wells lo describe en los prolegómenos a la invasión. Un punto frágil y diminuto, como diría Carl Sagan (1934-1996), pero que nos da mucho que hacer. También se puede provocar una pesadilla en la mente de las personas con la debida sugestión. De una obra de ficción que se traslada a la realidad.
La película
para televisión La noche que aterrorizó a
América (The Night That Panicked
America, ABC-Paramount TV,
1975), dirigida por el estimable Joseph Sargent
(1925-2014), es una fidedigna recreación de aquellos sucesos. Como muestra el
hecho de presentar a los actores de la cadena de radio preparando la emisión
con efectos de sonido caseros (algunos, empleando un retrete como
amplificador). Poniendo en danza el poder de la antedicha sugestión e imaginación,
incluso en las mentes más pragmáticas. Como comenta Paul Stewart (Walter
McGuinn), uno de los locutores-actores del Mercury
Theatre, cada vez que escucho la
radio no puedo creerme lo que pasa en Europa (estamos en la época del
ascenso del nazismo y la dejación de responsabilidades por parte de los
gobiernos europeos y otras organizaciones (des)unidas ante el poder coactivo de
Hitler [1889-1945]). Así que, volvamos al mundo real, parece pensar Paul. El de
la emisión. Una evasión que va a incidir de forma dramática en las fisuras de
la cotidianeidad.
Obviando una
voz en off, que salvo en los inicios,
resulta algo molesta, porque no aporta nada, excepción hecha de algunos datos
horarios y topográficos, prevalece la exposición maravillosa de la radio en
directo. Esta vez, no con público, como tantas veces se hacía, sino como un
teatro radiado.
Como ya he
mencionado, la narración es dada como un boletín de noticias. No se trata
entonces de una nueva adaptación por parte del Mercury Theatre, sino de una recreación, una dramatización realista,
cuando la gente vivía pegada al aparato de radio. Lo que provoca un temor selectivo,
desatado por todos los rincones de Norteamérica, como pone de manifiesto el
relato de varios personajes pertenecientes a distintos estados. La película se
centra en cómo esta narración incide en dicho grupo de personas, seleccionadas
por el destino y su guionista, Nicholas Meyer
(1945). Es curioso cómo un hecho no contemplado, venido de fuera, alienígena incluso (me refiero a la
emisión), es capaz de alterar nuestra visión de la realidad y el conjunto de
tareas cotidianas. Aún no había salido la población norteamericana de los
gravosos efectos de la Gran Depresión, cuando se vio sometida a otra dura prueba.
La que desembocó en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Creo que ahora
estamos en una encrucijada parecida. Y por cierto que, con recursos económicos,
léase baratos, se recrea bien todo este escenario dramático (la ambientación de
los años treinta). Lo que nos recuerda que contar con medios más exorbitantes
no siempre es garantía de un mayor impacto o eficacia.
Tampoco
deja de ser curioso cómo la radio es el único medio que no ha perdido por
completo la magia. Es bonita la imagen de los dos chicos que escuchan la
emisión a través de un aparato en la cama.
Nuestro
siguiente incidente tiene que ver con otro suceso real. De siempre la
televisión ha ofrecido productos entre lo estimulante y lo oportunista. Como
inoportuno puede ser un corte en el suministro eléctrico. Nos quedamos sin luz,
y estamos como en cueros.
Hubo dos cortes
que afectaron de forma directa a la ciudad de Nueva York. El del nueve de
noviembre de 1965, y el del trece de julio de 1977. Ambos se pueden compenetrar para dar pie a lo expuesto
en El gran apagón (Blackout, The
Blackout Syndicate, 1977; estrenada al año siguiente), una
co-producción entre Francia y Canadá, con cierto aire de telefilme. Esto no ha
de ser un demérito necesariamente. Fue escrita John C. W. Saxton (1930-1987),
en torno a una idea de John Dunning (1927-2011) y Eddy Matalon (1934), que se
encargó de la dirección.
En el
primero de los cortes no anduvieron lejos nuestros amigos de La guerra de los mundos. Multitud de OVNIS
fueron vistos sobre el skyline de la
majestuosa ciudad, principalmente, gracias a la ausencia de contaminación
lumínica; es decir, a la ausencia de luz. Lo que no está mal para una ciudad
que presume de no dormir nunca. Incluso pululan evidencias en las que otro
objeto desconocido fue visto sobre la subestación de Clay, foco del apagón, el
más largo de la historia de Norteamérica. Treinta y seis millones de personas
se vieron afectadas, incluidos dos estados canadienses, Ontario y Quebec. En el
segundo de ellos, el de 1977, un mal rayo partió la subestación Buchanan South,
cerca del río Hudson (Nueva York), y de paso, a las gentes de Nueva York,
sacudidas por el pillaje y todo tipo de desórdenes públicos.
Lo primero
que cabe decir de esta película es que no es una exposición pormenorizada de
los hechos e incidentes ocurridos en dichas fechas durante el corte de
electricidad. Ni mejor ni peor opción, es la que hay, y tenían derecho a ello.
¿En qué consiste entonces? En centrar los hechos en el interior de un edificio,
como es preceptivo, poblado de variopintos inquilinos.
Hasta él
llega un grupo de criminales con serios desequilibrios mentales, encabezados
por el ladrón de bancos Christie (Robert Carradine). Estaban siendo trasladados
en un furgón policial cuando se produjo el apagón. Una vez liberados de su
prisión rodante, el grupo de perturbados penetra en el edificio para guarecerse
y cometer todo tipo de tropelías.
La “mala
alineación cósmica” se da en forma de una tormenta con “aparato eléctrico” que deja
a oscuras la ciudad de Nueva York, cuyo principal factor de riesgo es el
vandalismo. El escenario es parco pero está bien escogido, edificios como
colmenas, la parte menos glamurosa de la ciudad. Necesidades presupuestarias
aparte, son imágenes que deparan, en un ámbito genérico, la necesaria
inquietud. Distintas subestaciones se ven alteradas debido a esta inclemencia
climática y dramática. Por ejemplo, para la señora Grant (June Allyson) y su
marido enfermo (Fred Doederlein), sujeto a un respirador y, por lo tanto, a la
corriente eléctrica. La señora Moore (Camille Ange), a punto de dar a luz.
Otros dos inquilinos encerrados en un ascensor (David Bloom y Anna Dorland).
Hasta un mago que trabaja en un espectáculo de variedades para sobrevivir,
Henry Lee (curioso reencontrarse con Jean-Pierre Aumont por estas lides). Lee
comenta que la gente ya no se quiere
divertir, solo encerrarse en casa y ver la televisión. Vive con su perro
Piper y los recuerdos de una vida mejor.
Por cierto
que ya hubo por aquella época otro telefilme, nada despreciable, acerca de un
grupo de personas encerradas en un ascensor con unos ladrones deambulando por
el edificio: Pánico en el ascensor (Claustrophobia, Jerry
Jameson, 1974).
Imaginen,
sin luz, sin teléfono, sin Smartphone, internet o wifi. Sin poder recargar su tableta.
Y un policía que entra de servicio en medio de estas o muy parecidas inconveniencias,
Dan Evans (James Mitchum, hijo de Robert [1917-1997]). Sin líneas rojas no hay
semáforos. Han caído las puertas del campo, donde campan a sus anchas policías
y ladrones. Christie y su séquito, el locuelo Marcus (Victor B. Tyler), Chico (Don Granberry) y el fortachón
Morgan (Maurice Attias). Todos con menos cerebro que un mosquito, excepto para
hacer el mal (¿cómo no acabarían en el ámbito de la política?). Frente a un
chaval que se queda solo en su casa, la celebración de una boda, o el asalto a una
pareja gay y a un matrimonio de potentados, con el gran Ray Milland (1907-1986)
haciendo su aportación villanesca y sibilina marca de la casa.
Por todo
esto, El gran apagón se asemeja más a
una película de terror que catastrofista. En un flamante contexto de crisis
social y económica. Por su parte, el policía trata de localizar a los
sospechosos mientras espera unos refuerzos que nunca va a llegar. Lo hace en
compañía de Belinda Montgomery (Annie Gallo), que ha sido violada por uno de
estos energúmenos y que, haciendo de
tripas corazón, al menos de momento, se presta a echar una mano a Dan. En
un buen momento de realización, Belinda no reconoce a su agresor, porque tal y
como está concebido el plano, ambos personajes no están a una misma altura (ni
moral ni física, en una escalera de servicio). Finalmente, Belinda y Dan se
enfrentan a los desaprensivos del edificio con más de una dificultad. Fuera del
mismo, se produce el saqueo más indiscriminado (del que forman parte los niños).
En la línea molona de las películas de catástrofes, y ampliando toda su gama, El gran apagón contó como productor ejecutivo a Ivan Reitman (1946-2022), futuro realizador de Los cazafantasmas (Ghostbusters, 1984).
La
complicada red de relaciones se acrecienta en lo bueno y en lo malo, dentro del
edificio. Impera la casualidad, también en lo bueno y en lo malo. Y la
necesidad de sobreponerse a lo sucedido, atendiendo los intereses más
inmediatos, la propia supervivencia.
La película
depara algunos buenos momentos, como el del policía, Dan, que entra en el
apartamento donde se está celebrando la boda y piensa -ve-, que todo está en
orden. Aunque como sabemos, las apariencias engañan. En este sentido, el film
es eficaz, y acaba con el enfrentamiento del líder de los criminales con el
agente de la ley. La persecución en el aparcamiento del edificio está bien
llevada, posee el suficiente nervio.
Al final, se
hizo la luz, pero no sabemos qué pasará con las vidas de todas estas personas
tocadas por la varita de la oscuridad.
La película
supuso cierto impacto, lo recuerdo bien. Incluso en su pase televisivo. Hace
poco se habló de la posibilidad de un corte eléctrico a gran escala.
Intencionado. De consecuencias humanas imprevisibles y económicas bastante
previsibles.
¿Estarían
ustedes a la altura? Yo sí sabría qué hacer. Pero no lo pienso decir.
El autocine (CVI): Silbido de muerte (Sssssss), de Bernard L. Kowalski, y Pesadillas, de Joseph Sargent
Antes de
los lagartos de V (íd., 1983-1985), reptó Silbido de muerte (Sssssss, Universal, 1973), una producción de Richard D. Zanuck
(1934-2012) y David Brown (1916-2010), que dos años más tarde producirían el
excelente Tiburón
(Jaws, 1975) de Steven Spielberg (1946). De la dirección de esta
película tan estimable se encargó Bernard L. Kowalski (1929-2007), conocido por
los aficionados por haber dirigido algunos de los capítulos de Colombo
(Columbo, 1968-2003), o el
largometraje Krakatoa, al este de Java
(Krakatoa, East of Java, 1969).
Escrita por
Hal Dresner (1937), en torno a un relato del especialista en maquillaje -también
en esta película- Daniel Striepeke (1930-2019), Silbido de muerte nos muestra en toda su esplendidez a un médico
loco, de los de remate. Es decir, de los que justifica su actividad ilegal y
siniestra tanto por vía de la religión como de la ciencia, y que tanto han hecho
por la dignificación del género de terror y el fantastique. Dresner, a su vez productor de la película, es el
responsable del guión de Licencia para
matar (The Eiger Sanction, Clint Eastwood, 1975). Como nota más que anecdótica, por
medio de un rótulo inicial se insiste en que las serpientes que aparecen en
escena están vivitas y coleando. O
sea, que son espantosamente reales. Y en efecto, se comprueba que así es. Basta
con observar el estupendo y (des)medido trato de los actores con los reptiles.
En efecto, el doctor Carl Stoner (Strother Martin), pertenece al tipo de los iluminados, en su doble vertiente, vuelvo a repetir: por los dogmas científicos y los religiosos. Ambas creencias estrictamente personales, pero de consecuencias grupales. Claro que, en comparación con el retrato que el realizador hace de un colega científico, el presidente de la junta Ken Daniels (Richard B. Schull), uno de esos típicos chupópteros académicos, casi compadecemos a Stoner.
Carl, que
vive apartado en el campo y experimenta en su propia vivienda, pretende que
Daniels le confíe a uno de sus estudiantes para sus experimentos. Se supone que
como ayudante, claro está, y no como sujeto de la experimentación. La “china”
le ha caído a David Blake (Dirk Benedict).
La
especialidad de Stoner es la herpetología, y aunque se dedique a los ofidios,
“agallas” no le faltan, como demuestra su exhibición ante diversos turistas en el
patio de su propia casa, extrayendo el veneno de una cobra. Además, Carl posee
un apoyo laboral y emocional importante en su hija Kristina (Heather
Menzies-Urich). En su trato con las serpientes, y con la excusa de la
inmunización, Stoner aplica al sujeto paciente una inyección que, según él, es
un gran paso para la humanidad. Lo curioso del entramado es que dicho paciente
queda sometido a un proceso evolutivo que, en puridad, es involutivo, merced a
los efectos, no digitales, sino manufacturados, esto es, de toda la vida, por parte de los especialistas John Chambers
(1922-2001) y Nick Marcellino (1919-1999). Ambos veteranos procuran una
terrorífica efectividad y desasosiego (al contrario de lo que sucede en la
película que veremos a continuación). A cargo de la música, por cierto, estuvo
uno de esos compositores cinematográficos más que respetables, pero no tenidos
demasiado en cuenta a la hora de reeditar sus trabajos por las distintas
compañías dedicadas al mundo de la banda sonora. La totalidad de títulos suyos disponibles
en este momento se pueden contar con los dedos de una mano. Me refiero al
espléndido Patrick Williams (1939-2018).
Con la mosca detrás de la oreja
está el jefe de la policía, el sheriff
Dale Harbison (Jack Ging), y su ayudante, Morgan Bock, pronunciado como Bach (Ted
Grossman). En un apunte irónico, Stoner le pregunta al agente si su apellido tiene
que ver con el músico, pero este no sabe de qué le está hablando. Las sospechas
se acrecientan tras la muerte “en extrañas circunstancias” de un estudiante de
la universidad de la población, Steve Randall (Reb Brown). Al margen de la
chifladura del protagonista, el director tiene el acierto de incidir en su
particular sensibilidad. Por ejemplo, nos lo muestra leyendo a Walt Whitman (1819-1892), con lo que, además de
científico, se remarca que estamos ante una persona culta. Excelente es, así
mismo, la idea de la feria donde se siguen exhibiendo tristes “fenómenos” (freaks)
reales, bastante espeluznantes. Lo que, además, emparenta Silbido de muerte con otras propuestas clásicas extraordinarias
como La isla del doctor Moureau (The Island of Doctor Moureau, 1896) de H. G. Wells (1866-1946), La metamorfosis (Die
verwandlung, 1915) de Franz Kafka
(1883-1924), o La mosca (The Fly, 1957) de George Langelaan (1908-1972), y sus respetivas
adaptaciones. O esos documentales en los que un naturalista o aventurero
convive con los animales y que podemos contemplar en alguna plataforma o en Youtube.
Ahora
pasamos a nuestro siguiente título. En la estela de producciones para
televisión como el revival Alfred
Hitchcock presenta en los 80 (The New
Alfred Hitchcock Presents, VVAA, 1985-1989), Cuentos asombrosos (Amazing
Stories, 1985-1987), y otras películas por episodios como En los límites de
la realidad (The Twilight Zone,
John Landis, Steven Spielberg, Joe Dante y George Miller, 1983), que retoma lo expuesto en la
década anterior por la productora Amicus. Por no retrotraernos a piezas tan
espléndidas como Almorir la noche (Dead of Night,
Alberto Cavalcanti, Robert Hamer, Charles Crichton y Basil Dearden, 1945). En
cualquier caso, hay que retroceder -o avanzar, según se mire- a una época sin
móviles.
En efecto, compuesta por capítulos está la simpática Pesadillas (Nightmares, Universal, 1983), puesta en escena de forma tan eficiente como anodina por Joseph Sargent (1925-2014), responsable de uno de los mejores policiacos de los setenta, Pelham 1, 2, 3 (The Taking of Pelham One, Two, Three, 1974), y abocado a la televisión, en el sentido más noble del término, en sus inicios y al final de su carrera. Lo que le proporcionó una indudable capacidad para contar historias en dicho ámbito y ampliar de forma considerable su currículum. Junto a largometrajes como Colossus: el proyecto prohibido (Colossus, the Forbin Project, 1970), La noche que aterrorizó América (The Night That Panicked America, 1975), MacArthur, el general rebelde (MacArthur, 1977), La chica de oro (Goldengirl, 1979), El niño del mañana (Tomorrow’s Child, 1982), El terrible Joe Moran (Terrible Joe Moran, 1984) o La historia de Karen Carpenter (The Karen Carpenter Story, 1989), sobresalen algún capítulo de Bonanza (íd., 1959-1973), El fugitivo (The Fugitive, 1963-1967), Daniel Boone (íd., 1964-1970), Los invasores (The Invaders, 1967-1968), varios de Lassie (íd., 1954-1974), El agente de CIPOL (The Man from UNCLE; 1964-1968), y el episodio Las maniobras de la corbomita (The Corbomite Maneuver, 1966), de la seminal Star Trek, la conquista del espacio (Star Trek, 1966-1969).
El primer y
el segundo episodio de Pesadillas fue
escrito por Christopher Crowe (1948), también productor de la película, y el
tercero y cuarto por Jeffrey Bloom (1945).
Terror en Topanga (Terror in Topanga) es el título del primer relato. El nombre responde a una localidad californiana en la ciudad de Los Ángeles (EEUU). Un lugar aislado lindante con un extenso parque, tan solo comunicado, por tierra, por una serpenteante carretera. Las casas salpicadas por la zona no tienen más vías de acceso que esta.
La historia
no es nada del otro jueves, parte de
una idea convencional (que incluso John Carpenter
[1948] retomaría en su posterior Bolsa de
cadáveres [Body Bags, Showtime,
1993]). Un perturbado ha escapado, no del Palacio de Congresos, sino de un
centro para enfermos mentales (sí, ya sé que las similitudes son obvias). Pero la
resolución sí es algo más novedosa. El juego con las (falsas) apariencias de
las situaciones, es simple, pero sorprendente y eficaz.
Se da la
circunstancia de que la protagonista de este trance, Lisa (Cristina Raines), es
adicta al tabaco. Así es descrita por
su marido Philip (Joe Lambie). La necesidad de ir a comprar un paquete de
cigarrillos es la excusa para su encuentro, totalmente fortuito, con la maldad.
La angustia que acompaña las acciones más cotidianas está bien expuesta (la
visita a una tienda de ultramarinos y la falta de gasolina).
Hay un guiño muy de la época, que establece lazos emocionales entre el cine ya considerado clásico y las nuevas propuestas formuladas en los ochenta. Me refiero a la emisión televisiva de algún título referencial; en este caso, El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931) de James Whale (1889-1957).
Otra adicción será el desencadenante del que considero el mejor capítulo de todo el conjunto, El obispo de Battle (The Bishop of Battle). Ambientación, los salones recreativos en plena era de “los marcianitos”. Uno a pie de calle, y otro en un centro comercial. Personalmente, recuerdo la llegada de los videojuegos a inicios de los años ochenta. Más propiamente, pues estos comenzaron a desarrollarse en la década de los setenta, me refiero al desembarco del ordenador personal en los hogares, y el querido magnetoscopio (el video doméstico), que ha desembocado en los actuales dispositivos audiovisuales.
Este es el
escenario para el adolescente J. J. (Emilio Estévez). Su máximo afán consiste
en alcanzar el treceavo nivel de un juego llamado “Pléyades”. Nivel que es tenido
por imaginario -un bulo, un reclamo- para muchos. Pero J. J. está seguro de que
existe. Lo anticipa un gráfico en forma de rostro, digamos que poco
tranquilizador. Sobre todo cuando tiene la osadía de comentar que eres muy bueno, terrícola, pero no lo suficiente.
Esto no molesta a J. J., lo incita aún más a seguir jugando.
El caso es
que J. J. acaba venciendo a la máquina sin público, a solas, lo que refuerza la
idea de que su pugna es tanto un reto como una obsesión estrictamente personal.
La interacción con lo imaginario se ve fatalmente alterada, provocando una
virtualidad en el plano de lo real (los gráficos salen de la pantalla), con lo
que realidad y fantasía se (con)funden. El mejor amigo de J. J., Zoch (Billy
Jacoby), asistirá atónito a la resolución de esta ruptura con la materialidad.
Lo que se
deriva de esta adicción a “las pantallitas” es algo que sigue en plena
vigencia. Puede que con más fuerza.
En La bendición (The Benediction), el tercero de los relatos, el estupendo característico Lance Henriksen (1940) interpreta al sacerdote católico Frank. En plena crisis de fe. Aunque el trayecto físico que emprende (co)incidirá de manera drástica con el espiritual: un encontronazo en una polvorienta carretera que recuerda mucho -de hecho es una relectura, por ser fino-, de El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971). Es decir, el acoso de un conductor sin identificar. Esta crisis se fundamenta en que el concepto del bien y del mal es una falacia. No se trata de determinismo, pues Frank piensa que todo está regido por la anarquía. La prueba a la que va a estar sometido, le va a hacer recapacitar a la fuerza, y nos es contada con algunos insertos en flashback.
El más
insatisfactorio es el último de los capítulos. Visual y narrativamente. No
porque la historia sea mala, sino porque su resolución visual, a base de
imágenes superpuestas de baja calidad, deja mucho que desear (incluso en 1983).
Se trata de La noche de la rata (Night of the Rat), que se implica con el
miedo a lo monstruoso-animal. Más gracia tenía, en este sentido, Fieras radiactivas (Deadly Eyes, Robert Clouse, 1982). Steven (Richard Masur) y Claire
(Veronica Cartwright) componen un clásico matrimonio con problemas y niña
interpuesta, Brooke (Bridgette Andersen). El entorno de la casa es lo mejor. En
lo bueno y en lo malo, puesto que, para mí, lo verdaderamente aterrador es ese
inframundo que algunas viviendas norteamericanas tienen por basamento o sótano.
Quedémonos con la profesional labor de los actores principales, en especial, Veronica
Cartwright (1949), enfrentada de nuevo a un bicho de lo más desconcertante y a
la búsqueda de un gato, y con la constatación del monstruo al final del relato,
cuyo gruñido es capaz de provocar un auténtico fenómeno de poltergeist. Lástima que, como decía, la plasmación visual del
engendro resulte tan pobre. Lo mismo para la música de Craig Safan (1948);
previsible, no es de sus mejores empeños.
Curiosamente, ninguna de estas pesadillas acontece en el plano del sueño, sino en el de la vida real. Por otra parte, característica de la época es la excelente composición del cartel de la película. Salvo honrosas excepciones, otro arte que se ha venido abajo (como el de los trailers o avances de la película, provocativos y estimulantes en aquella época, a veces, por medio de una sola imagen).
Escrito por Javier Comino Aguilera
El autocine (LI): Colossus, de Joseph Sargent
Existe un conocimiento en el que la sabiduría está ausente. Cuando se infringen las leyes naturales, e incluso las políticas (aunque sean dos cosas distintas), no se produce una intelección armónica, sino ese género de conocimiento que, aún revestido de buenas intenciones, solo sirve a la ambición del ego. ¿Quién necesita de un nuevo tribunal del Santo Oficio cuando en la actualidad el peso y la presión de la propaganda teledirigida son inconmensurables sistemas de adoctrinamiento social? Ningún control más eficaz que aquel que no se percibe, hasta que ya es demasiado tarde.Lo más visto esta semana
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