Laura, de Vera Caspary, y adaptación de Otto Preminger

03 mayo, 2018

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Emprendo este comentario de la novela Laura (1942; Alianza 2016), pieza de la autora norteamericana Vera Caspary (1899-1987), no sin antes advertir al lector primerizo del giro que estructura la segunda mitad de la misma (y consecuentemente la película), sin el cual se hace imposible proseguir todo comentario (sin embargo, ¡ello no significa que les vaya a anticipar el desenlace señalando al asesino!).

Procedamos entonces. Escritor y autoridad en materia de crímenes, tal y como Vera Caspary lo define, Waldo Lydecker comienza por plantearse y plantearnos, al inicio del libro, una muy interesante reflexión. ¿Habría llegado Laura a ser tan conocida de haber llegado a vieja? (I: I). Es una buena paráfrasis de la célebre y terrible sentencia vive deprisa, muere joven y haz un cadáver bonito, a la que se le añaden algunos matices existenciales y hasta mediáticos.

En efecto, el tiempo parece haberse detenido (siquiera con un crimen), aparte de para la víctima, para algunos de los personajes. En el caso del columnista Waldo, este resulta ser el pulcro representante de una categoría elitista, que hace y deshace ídolos a conveniencia o capricho, como da a entender oblicuamente al referir su primer encuentro con Laura (I: I). Haciendo gala de una sensible insensibilidad y una oratoria algo afectada, Waldo se describe así mismo -y es descrito por la autora, en dos procederes que son uno solo-, como ególatra, clasista, y tal y como Waldo determina, ya de una forma directa, fiel a mis prejuicios (I: II). A diferencia del individuo mostrado en la posterior adaptación cinematográfica, se trata de una persona de aspecto grueso en lugar de enjuto. Pero lo que no varía es el hecho de que toma a Laura bajo su tutela y mecenazgo particulares, siendo quien narra la primera parte de la historia (de las cinco en que se divide en libro), ocupando el puesto habitualmente ejercido por el detective (¡tal es su egocentrismo!).

En efecto, las voces narrativas se irán alternando, como tendremos ocasión de comprobar, procurando una estructura moderna y singular (pero no embarrullada, intertextual o metalingüística), que es definitoria de la novela. Abundando en ello, Waldo es un narrador que incluso se complace en no haberse rebajado a escribir una historia de misterio (¡como la propia autora hace!) (I: II). La ironía es que nos narra los hechos de la novela como si lo hiciera, aunque indirectamente la entienda como un relato de amor y de humor, y no como un cuento detectivesco (I: II). Consciente de su papel de narrador, pero inconsciente del encaje que juega en él, Waldo se emplea como demiurgo al asegurar que describiré escenas que nunca vi y registraré diálogos que no escuché (I: II y V). Con lo que la narración queda impregnada de un acentuado sarcasmo (ese humor al que hacía referencia).

Más aún, la autora también define a sus personajes a través de comentarios procedentes de otras materias, como la astrología, cuando por boca de Waldo este asegura que, para Laura, siempre fui jupiterino (expansivo, social), en tanto que el policía Mark McPherson es visto como saturnino (garante del orden establecido y severo guardián del tiempo policial) (I: I). Es este un comentario aparentemente casual, y no reiterado en la novela, pero no por ello carente de interés. Hasta me permito añadir que ciertamente resulta Waldo sagitariano (regente de Júpiter), sin mesura y con un desprejuiciado sentido del humor (y el amor), al igual que McPherson se conduce de forma claramente capricorniana (reglamentada), sin renunciar por ello a sus capacidades más emotivas.

Nueva York, años 40.
Pero si Waldo parece erigirse en el principal protagonista de la novela, por encima de Laura Hunt, es gracias a ese carácter expansivo, que hace que no le falten recursos y calificativos. De este modo, también reflexiona acerca de la naturaleza del policía. Si a lo dicho sobre Laura agregaba que era la típica chica de pueblo que llega a la gran ciudad (es de Colorado Springs, I:I), de McPherson se pregunta ¿cuándo iba a tener un sabueso la oportunidad de ir a la universidad? (I: I). Las circunstancias narrativas determinarán que no estamos ante unos personajes tan estereotipados, lo que incluye a la tía de Laura, Susan Treadwell; la criada Bessie (I: VI), y Shelby Carpenter, novio de Laura, aparte de otros personajes como el marchante de arte Lancaster Corey (I: VII).

Además, Vera Caspary proporciona al libro su propia banda sonora: los personajes de la novela gustan de los famosos estándares y composiciones de George Gershwin (1898-1937), Jerome Kern (1885-1945), Duke Ellington (1899-1974), Oscar Hammerstein (1895-1960), Benny Goodman (1809-1986), Sibelius (1865-1957) o Beethoven (1770-1827).

Con la segunda parte cambia el punto de vista narrativo, que pasa a ser el de McPherson. Ahora yo continuaré la historia, advierte al lector, conociendo lo escrito de antemano; tal vez porque Waldo dejó una relación muy precisa de lo acontecido hasta ese momento, bien para su archivo personal, bien para formar parte de un nuevo artículo (II: I). El tono introducido por el policía se corresponde con una mudanza en la perspectiva argumental del relato. Para quiénes recuerden la película, es aquí donde se produce su célebre encuentro con Laura Hunt, en un estado cercano al duermevela, en tanto que el tránsito de la primera parte a la segunda sobreviene tras la significativa cena entre Waldo y McPherson (I: VIII).

Todo ello proporciona una cualidad orgánica a la novela, que se construye por medio de varias voces narrativas, sin que, en principio, mediara intención de ello.


Por mudar, lo hace hasta la identidad de la víctima, pues la asesinada resulta ser una conocida de Laura, que además se entendía con Shelby. Responde al nombre de Diane Redfern, y la confusión viene originada por la naturaleza del crimen: una cara destrozada por unos mortíferos perdigones, la presencia de la víctima en el apartamento de Laura, y la ausencia temporal de esta última (II: I). En el apartamento de la joven publicista se van congregando Bessie, Shelby y Waldo, alternativamente o todos a la vez, aparte de la reaparecida difunta. Y cuando el relato se focaliza en el descubrimiento del criminal y el deseo que Laura desata en el policía, por medio de su belleza apresada en un cuadro, Vera Caspary no olvida referirse a la auténtica víctima material del relato, por vía de McPherson. Lo hace a través de su prosa directa e inspirada, de felices asociaciones (esa escalera de suicidio) (II: X).

La tercera parte es la más breve y se estructura en torno a una transcripción taquigráfica, por la cual se determina que Shelby estaba en el apartamento cuando ocurrió el crimen (sin que esto le exima o responsabilice del mismo). En la cuarta parte, es Laura, que como queda dicho, trabaja de publicista, la que pasa a ser la narradora. Nadie mejor que ella para hacernos partícipes de su propia psicología (por medio de la autora, que puede ser contemplada como una médium), así como del resto de personajes conocidos por ella, pues de alteración de un psiquismo va precisamente el libro. Especialmente aguda es su descripción del carácter del sentencioso, locuaz y posesivo Waldo (posesivo en cuanto a Laura y consigo mismo).

Retrato de Laura para la película
Vital es señalar que el enamoramiento de Mark es recíproco. Sin prisa pero sin pausa, llega Laura a apreciar la honestidad y pretensiones del policía. Por mucho que Waldo pretenda convertirla en uno de sus adornos estéticos, tratando de convencerla de que tú y yo vivimos en un mundo irreal, castrado (IV: V). Con lo que, el cronista de realidades sórdidas y chismosas, evidencia su existencia fuera de la realidad, tratando de cerrar su privativo círculo. En esta parte del libro, está a punto de acontecer el segundo crimen.

En el quinto y último segmento, entra de nuevo en juego la psicología; esta vez, por parte de McPherson. Las pistas del carácter de una persona son las únicas que, sumadas, permiten resolver los crímenes más refinados, concluye el teniente, en la línea de un Hércules Poirot o un Maigret. La integridad del personaje queda igualmente indicada por el hecho de que, pese a que a Mark le ha sido arrebatado el protagonismo mediático, gracias a un subcomisario, él es, en justicia, el verdadero protagonista del relato en su vertiente tanto policial como psicológica. Un terreno donde nadie le preveía vencer, pero que lo equipara a los célebres detectives antes mencionados. Como resume la tía Sue, la selección natural es nefasta, excepto en la jungla (IV: IV).

Son estos aspectos de la novela los que hacen olvidar algunas inconsistencias, semánticas más que gramaticales o de estructura. Como lo improbable de un crimen así (disparar de inmediato a quien abre una puerta, sin reconocer antes a la víctima: lo que en la película se resuelve comentando que este acto se produjo a oscuras). O asimismo, la circunstancia de que Shelby mantenga la farsa respecto a la auténtica identidad de la víctima.

Es sintomático que en la adaptación cinematográfica del mismo nombre (Fox, 1944), los títulos de crédito se impresionen sobre el retrato de Laura Hunt (Gene Tierney), denotando así la importancia que van a tener sus encantos (no solo físicos, también connotativos) sobre el resto de los protagonistas masculinos; sobre todo, Waldo Lydecker (Clifton Webb) y Mark McPherson (Dana Andrews). Del mismo modo que se pone de manifiesto cómo los objetos artesanales son para Waldo algo más que unos meros fetiches de coleccionista. Poseen vida propia.

Justamente, con la voz en off de Waldo se inicia el relato (al igual que sucedía en la novela), mientras la cámara acomete una descriptiva y personal panorámica por el salón de su apartamento. Esta muestra sus valiosos jarrones y filigranas de cristal; en definitiva, parte de las posesiones más apreciadas por el escritor. El relato oral de Waldo añade la pieza que falta: Laura. Aparte de advertir sobre la presencia de un intruso en este cuadro viviente, Mark McPherson, el inconfundible policía, tal y como el articulista lo califica. Pese a la diferencia de naturaleza y temperamento, cierta corriente de simpatía surge entre ambos, así como cierta imbricación psicológica.

Tal es el arranque de Laura, producida y dirigida por Otto Preminger (1905-1986), según el guion de Jay Dratler (1911-1968), Samuel Hoffenstein (1890-1947) y Betty Reinhardt (1909-1954), y la franca fotografía de Joseph LaSelle (1900-1989), con alguna aportación de Lucien Ballard (1904-1988).


La película presenta a un Waldo algo más encantador, aunque igual de inmodesto que el de la novela. En cualquier caso, resueltamente apuesto y, en palabras de Laura, comprensivo en sus escritos más que en persona (aunque esta es una impresión que ella tiene de su primer encuentro). El resto de personajes mantienen su compostura literaria, si bien, incorporando algunos matices: el novio, Shelby Carpenter, queda descrito bajo los rasgos inevitablemente aviesos de Vincent Price (1911-1993); la tía, aquí llamada Ann Treadwell (la estupenda Judith Anderson), muestra a las claras su atracción fatal por Shelby (una eficaz forma de subrayar que se trata de otra sospechosa del crimen), y finalmente, la doncella Bessie (Dorothy Adams), se conduce de manera algo más arisca con el policía, aunque con análogo pundonor que en la novela.

La planificación de Otto Preminger es modélica. Baste mencionar el interrogatorio a dos bandas sostenido por Mark y Waldo, acompañados de Ann Treadwell (con un Waldo arrobado ante la psíquica fisicidad -concédanmelo- del policía). La cámara se desliza con idéntica significación entre Waldo, Shelby Carpenter y Mark, en el apartamento de Laura. Allí, deja el columnista claro que todo lo referente a Laura me concierne.


Guionistas y director respetan escrupulosamente la obra original, en su argumento y estructura narrativa (trasladada literalmente a la película). Así sucede con la escena de Waldo y Mark en el restaurante, o con el flashback del primer encuentro de Waldo con Laura. En esta misma línea, Preminger intercala fragmentos visuales de la vida de la joven dada por muerta. Hasta Laura le ofrece el mismo producto a Waldo para que lo avale con su prestigio periodístico (una pluma estilográfica). Tras el ingrato primer encuentro, donde una vez más entra en liza el aspecto psicológico, por medio de la costumbre de Waldo de almorzar sin interrupciones, este se disculpa con Laura, para acabar impulsando su carrera, y de paso, espantarle los posibles pretendientes. Ella tenía auténtico magnetismo, explica el escritor regresando a su presente. La imagen (inédita en la novela) que lo descubre en la bañera, donde acomete sus artículos (¡o parte de ellos!), es otro de estos aciertos que tratan de describir cabalmente al personaje.

Como acierto es que la víctima real del crimen, Diana Redfern (Dorothy Christy), entre en escena antes de que se sepa que es la asesinada, y no después, como se exponía en la novela. No obstante, al igual que sucedía en el libro, tras el encuentro en el restaurante de Mark y Waldo, la película también vira su punto de vista hacia el teniente de la policía, quedando bien establecido que el carácter desenvuelto e independiente de Laura es un sustancioso alimento para los celos. Los servicios prestados serán una deuda de gratitud que el mecenas y protector está dispuesto a cobrarse. Por algo, la gente está presta a desacreditar antes que a tender una mano, tal y como certifica Laura.


Se suele recordar el tema principal compuesto por David Raksin (1912-2004), con toda justicia. Sin embargo, el mejor segmento musical de la partitura es, desde mi punto de vista, el que acompaña psicológicamente los movimientos de McPherson, a solas en el apartamento de Laura (en menor medida ocurre después, hasta la interrupción de una llamada telefónica y la inesperada visita de Waldo, en idéntico escenario). En esta secuencia, Mark calibra la situación y descubre su amor por Laura, observando su retrato. No en vano, el detective acaba comprando el cuadro de Laura Hunt. Cuando ella reaparece, ya no está enamorado de un cadáver, y la rueda criminal vuelve a girar.

Otros cambios que para nada alteran la sustancia del relato (si acaso lo concentran), son el hecho de que Mark sigue a Shelby hasta la casa de campo (en lugar de un oficial, como en la novela), tras el reencuentro de ambos con Laura (y no antes, como de nuevo sucedía en la novela). Además, el asesino contraataca mientras tiene lugar una emisión radiofónica previamente grabada. A lo que podemos añadir que el arma no está oculta en un accesorio (no diremos cual), sino que es una escopeta guardada en el interior de un objeto valioso (que igualmente presupone para el asesino un símbolo de su estatus). Asimismo, Mark se distrae estratégicamente con un juego magnético de baseball, para calmar los nervios o exasperar a los demás. El policía es tristemente incomprendido por el resto de los personajes (incluso por Laura, salvo al final). Pero esto es algo asumido. Por ejemplo, cuando Mark se lleva detenida a Laura, en otra espléndida escena. Lo hace para destapar al asesino, al igual que acontecía en la novela. De hecho, Mark se acerca a la sospechosa como un galán amartelado cuando la interroga, y se alivia al comprobar que Laura ya no está enamorada de Shelby…


Por descontado, esto hace que se desaten los celos de varios de los personajes; sobre todo Waldo: Laura ha de ser de él o de nadie, recuerda Mark. Sin embargo, de la identidad del asesino -o asesina- seguiremos sin soltar prenda.

Como despedida de esta inolvidable película, recordemos las palabras de los guionistas y de Preminger, puestas en boca de Laura, cuando esta asegura que nunca me sentiré obligada por algo que no hago por mi propia voluntad. Toda una declaración de principios, que algunos se afanan en socavar.

Escrito por Javier Comino Aguilera


1 comentario :

  1. Desconozco la novela de Vera Caspary lo que me incapacita para establecer comparaciones o diferencias narrativas novela-película. Por otro lado, creo que en la mayoría de los casos de adaptaciones literarias (y éste podría ser uno de ellos) el libro solo es una base de la que partir, una herramienta en la construcción de la película. En "LAURA", el rigor de esa construcción y la suprema elegancia de sus sugerentes imágenes llegan a convertir este pequeño thriller en una obra maestra subyugadora, cuya anécdota argumental es sólo el punto de apoyo –lo decía antes– desde el que se consigue crear un inquietante clima de misterio y romanticismo no exento de una cierta dosis de necrofilia.
    Antológico el Waldo Lydecker que compone Clifton Webb y en cuanto a la bellísima Gene Tierney, se me antoja la única acrriz imaginable para encarnar a Laura. Memorable ese momento en que el obsesivo policía McPherson (enamorado de una "difunta" tras un proceso de fascinación) dormita en un sillón ante el retrato al óleo de ella y despierta encontrándose con una realidad que en cierto modo es como la continuación de su sueño.
    Nota para curiosos: Otto Preminger se incorporó a la película como sustituto de Rouben Mamoulian, quien ya había rodado algunas escenas.

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