Más allá de los sueños, de Vincent Ward

14 abril, 2017

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La muerte forma parte de la vida, habiéndose convertido en una preocupación que ha obtenido diferentes respuestas a lo largo de nuestra historia. Por ello, su presencia en el arte no nos debe extrañar, al contrario, ha sido uno de los grandes temas universales, vinculado al pensamiento, a la filosofía o a la religión dominantes en cada periodo. La acumulación de miradas ha creado ciertos tópicos y no siempre resulta fácil que un autor innove en la reflexión en torno a la muerte, o que al menos se atreva a plantearla.

En la trayectoria del escritor Richard Matheson (1926-2013), Más allá de los sueños (1978) fue una propuesta que se alejaba de sus historias habituales en torno al terror y la ciencia ficción, campo que ya hemos observado que manejaba con gran acierto. Esta salida de su terreno habitual le acercaba a una novela donde el autor exploraba los límites de la muerte, mostrando cierta mezcla filosófica entre distintas corrientes de pensamiento. Quizás una obra densa que en su traslado cinematográfico dirigido por Vincent Ward (1956-) se vio mermada en contenido y condensa a una vistosa película que logró el Óscar por Mejores efectos especiales: Más allá de los sueños (1998).


En un prólogo de escenas sueltas que resumen la vida del protagonista, conocemos al pediatra Chris Nielsen (Robin Williams) en su historia de amor y tragedia con Annie (Annabella Sciorra): cuando se conocieron, cuando se casaron, su vida idílica junto a sus dos hijos, Marie e Ien, y finalmente, la tragedia que les golpeó y marcó inevitablemente hasta su posterior recuperación aparente, momento en que Chris fallece en un accidente. Ahí comenzará la auténtica aventura del protagonista tratando de situarse como un espíritu perdido entre los vivos, con la ayuda de un viejo maestro que le servirá de guía, Albert Lewis (Cuba Gooding, Jr.), y después construyendo su paraíso sin poder olvidar su pasado ni su amor por Annie, su alma gemela. Tanto que hasta su cielo se altera desde la distancia o que, cuando ella también muera, emprenderá una odisea hacia los infiernos con tal de regresar a su lado.

La propuesta resulta ser muy interesante y en su planteamiento del paso entre la vida y la muerte hay una mezcolanza de conceptos cristianos y budistas, partiendo de la división entre cielo e infierno, pero también con la posibilidad de la reencarnación, el efecto de los espíritus entre los vivos, la presencia aún lejana de la divinidad o las infinitas posibilidades de un mundo propio que depende de las propias decisiones del alma. Sin embargo, lo que se traza como argumento es una historia más simple, que hemos visto reiterada en mitos y clásicos, además de ser contada de forma irregular y confusa.


Entre sus defectos, un montaje atropellado en ocasiones, escenas inservibles y una mala planificación narrativa. Básicamente, el primer tramo de la película debería haber servido para conocer a los personajes y sentir mejor las continuas catarsis que la película pretende mostrarnos. Incluso se podría haber hecho alguna trampa narrativa para permitir la sorpresa del espectador y jugar con el elemento de la memoria: un breve recorrido cronológico por los recuerdos agradables de Chris que después contrastasen con los flashbacks de redención que sí encontramos en la película, ya sea con sus hijos o, finalmente, con su mujer, esta última mejor planteada. Sin embargo, Vincent Ward opta por situar la memoria junto a la aventura espiritual del protagonista, lo que ocasiona cierta desconexión con los personajes, cuyo culmen es el personaje de Albert Lewis, supuesto maestro y casi un padre para Chris al que no conocemos hasta que él ya está muerto y cuya relación nunca es referida visualmente.

Ello no resta para que el espectador sí pueda proporcionar contenido a lo que está viendo. Como sucede en otras ocasiones, la escasez con la que trata Ward de proporcionarnos las relaciones paternofiliales provoca que sea el espectador quien opte por poner sus propios sentimientos en lo que ve en pantalla. No obstante, ello no resta fuerza a las dos escenas que retratan la relación de Chris con sus hijos. Y seguramente sea lo peor retratado por no ser el centro de interés, situado en este caso en el amor entre Chris y Annie. Después de todo, el tesón de Chris por alcanzar su objetivo provocará que haya quienes les ayude en su ruptura con las reglas para viajar hasta el infierno, incluyendo a un misterioso hombre (Max von Sydow).


En ese viaje encontraremos reminiscencias a la Divina Comedia de Dante (1265-1321), con un suelo invadido de cabezas, un maestro que sirve de guía espiritual o la tortura bélica de los fuegos infernales, que en esta producción parecen extraídos de una serie B frente a los efectos del tramo celestial, o al viaje de Orfeo para rescatar a Eurídice, incluyendo la barca al estilo de Caronte. Además, ambas contienen la historia de sacrificio romántico, con la búsqueda de la amada a través de la muerte. También de herencia romántica o gótica también encontramos el elemento de la casa abandonada en el tramo final o los cuadros que pinta Annie, que recuerdan al pintor Caspar David Friedrich (1774-1840). La actitud de Chris llegará a ser de sacrificio absoluto, tanto que cambiaría una eternidad en el cielo por una en el infierno junto a ti. En este aspecto encontramos los mejores elementos de la historia, con una digna secuencia sostenida por un diálogo en el que se reconstruye su pasado común. Por su parte, en los efectos especiales encontramos sus mejores aspectos visuales, sobre todo en el bello panorama pictórico del paraíso.

Sin duda, los efectos especiales resultan fascinantes, aunque en algunos casos hayan envejecido de forma regular. Sin embargo, en varias escenas, sobre todo al inicio de su paso a la muerte, se sienten huecos o innecesarios, vacíos de contenido, como sucedía con otra película similar en temática, la posterior The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009). En algunas ocasiones, quizás por asemejar un retorno a la infancia por la candidez del cielo, encontramos ciertas escenas de pretensión risueña que no aportan o que, incluso, resultan incoherentes con el tono general de la película. Se podría explicar por ser algo producido con la intención de explotar la vena humorística del actor principal, Williams, algo que sí se logra mejor en escenas más cotidianas, como la consulta en el médico. A su vez, se posterga en demasía algunas aclaraciones sobre lo que estamos viendo, creando confusión dentro de un batiburrillo de elementos rescatados seguramente de la novela de Matheson.


A pesar de sus desaciertos, Más allá de los sueños suele transmitirnos cierta sensación de esperanza, de ilusión, de ganas de vida y de cierto amor inmortal. No se trata de la mejor propuesta sobre la muerte y seguramente no sea la mejor adaptación realizada sobre Matheson, pero mantiene cierto encanto que cala en los espectadores capaces de entrar en sintonía con sus catarsis.






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