El autocine (XV): Trilogía Quatermass, de Val Guest y Roy Ward Baker

10 julio, 2015

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En esta ocasión, vamos a detenemos en uno de los más relevantes jalones del cine de terror y ciencia ficción. El experimento del doctor Quatermass (The Quatermass Xperiment, Exclusive-Hammer-United Artist, 1955) fue la adaptación cinematográfica de un aterrador -para la época- relato, curiosamente destinado a la televisión, obra del escritor Nigel Kneale (1922-2006), que para tal labor contó con la ayuda del guionista Richard Landau (1914-1993) y del propio realizador, el simpático Val Guest (1911-2006), a su vez, autor de la entrañable El pato atómico (Mister Drake’s duck, 1951).

En el apartado técnico, aunque igualmente podríamos decir artístico, no podemos dejar de mencionar la fotografía de Walter Harvey (1903-1979), la edición de James Needs (1919-2003) y la inquietante y obsesiva música de James Bernard (1925-2001), que justo entonces comenzaba su indeleble asociación con la productora británica Hammer Films.

Los buenos resultados de El experimento del doctor Quatermass permitieron a la productora proseguir su andadura por el género de terror; principalmente, mediante la adquisición de derechos de los iconos clásicos de la Universal; eso sí, potenciando los aspectos más turbadores de los argumentos e indagando en el tratamiento expresivo del color. Terror y ciencia ficción se dan la mano en la presente trilogía, pero muy particularmente en esta primera entrega. Una opción entonces arriesgada, que fue la baza personal del productor Anthony Hinds (1922-2013). De algún modo, esta tensión entre géneros, que tan bien casa, se traslada al propio relato, puesto que nada más comenzar, llama la atención la tirantez que se establece entre el profesor de física Bernard Quatermass (Brian Donlevy) y el señor Blake, del ministerio de defensa (un severo Lionel Jeffries). Dos mundos omnímodos en colisión, destinados a necesitarse pero no precisamente a comprenderse. 

Esta tensión entre el mundo de la ciencia (algunas veces de la creatividad) y el poder (gubernamental o militar) será una constante a lo largo de toda la serie. De hecho, el único apoyo y comprensión que obtendrá el profesor, lo hallará en el inspector Lomax (Jack Warner) y en algunos de sus trabajadores (no en todos, como sucede con Judith, la esposa del astronauta de esta narración, interpretada por Margia Dean).


Una joven pareja se dispone a retozar en un pajar (como está mandado), antes de que la chica se recoja en su hogar, una granja situada en plena campiña inglesa, cuando de pronto un considerable estrépito se adueña del cielo nocturno. No sabremos de qué se trata hasta que el fenómeno casi barre la propiedad en cuestión. En ese momento, los personajes podrán comprobar cómo un cohete se ha estrellado sobre aquellas tierras. Un artefacto que, como la propia Judith afirmará después, no se ha limitado a ir lejos, sino a otra galaxia.

El punto de arranque no puede ser más prometedor y apabullante, y las expectativas no se ven defraudadas. Inmediatamente, conocemos al responsable del “experimento”, el profesor Quatermass, que se nos muestra tan fríamente profesional y enérgico como arrogante, expeditivo, orgulloso y escasamente modesto, aunque, en definitiva, responda a los parámetros de lo que entendemos por un “genio” (el adusto Donlevy contribuye a todo ello). “En la ciencia no hay lugar para sentimientos”, llega a declarar.

Sin embargo, de no ser por el empuje y determinación de personas como él (se me antoja un remedo del profesor Challenger de Arthur Conan Doyle), “el mundo seguiría como está”. Son personas que logran logros, con una visión determinada, generalmente en conflicto con la prosaica burocracia.


A todo ello se suma el que no sabemos qué ha sucedido a bordo del cohete. Víctor Carroon (Richard Wordsworth), de cadavérica fisonomía, es el único ocupante superviviente, y padecerá un proceso de mimetismo, e incluso de mitosis (literalmente, la división en dos partes iguales de una ameba, en este caso gigante, que entre tanto va mutando su forma). Una traumática involución provocada por una energía desconocida. Inseminado de esta forma, la base de terror del relato estriba precisamente en la pérdida de la consciencia, de todo aquello que conforma al astronauta como persona.

Entre los hallazgos argumentales y visuales más destacados, podemos recordar el extremo calor que desprende la nave estrellada, el tacto ajeno que percibe Víctor y el que él mismo proporciona, dúctil y mórbido, junto a su imagen observando una planta. Dada su transformación, no resulta extraño que, además, acabe haciendo una visita nocturna al zoológico de la ciudad. En este sentido, sobresale la marca que delata el paso de “la cosa”… sobre una pared.

Las víctimas del explorador del espacio (víctima así mismo) aparecen deformadas, deshidratadas. El realizador adereza esta amenaza mostrando el arriesgado encuentro de Víctor con una niña (Jane Asher), tal y como sucedía en la mítica El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931), aunque con resultados más felices para la muchacha. Por otra parte, Lomax, representante de la socarronería inglesa, llega a admitir (no sabemos si en función de tal), que no entiende nada de los asuntos que Quatermass le plantea, porque se limita a leer la Biblia (lo que admitiría otra lectura: como todo libro sagrado, este no está precisamente exento del componente “fabuloso”; lo que diferenciaría entonces su recepción sería más una cuestión de “autoridad” que de “creencias”).

En definitiva, El experimento del doctor Quatermass encuentra sus mejores bazas en la atractiva investigación policial, y en su resolución como película de atmósfera, incluyendo el clímax en la abadía de Westminster.

Su inmediata secuela, Quatermass 2 (Ídem, Exclusive-Hammer-United Artist, 1957), es un nuevo vehículo para el misterio y la acción. El protagonista se enfrenta ahora a una conspiración del gobierno en toda regla, urdida por Kneale y Guest, en esta ocasión, con el concurso de la fotografía de Gerald Gibbs (1907-1990) y la importante incorporación de Bernard Robinson (1912-1970) como director artístico; junto al referido editor James Needs, dos profesionales que pasaron a formar parte de la importante nómina artística de la productora, como también sucedió con algunos actores, principales o de reparto, que participaron de esa marca de la casa. En este caso, distinguimos a Michael Ripper (1913-2000), aunque como curiosidad, también hay que consignar la presencia del futuro realizador Brian Forbes (1926-2013).

Si en la anterior película concluíamos mencionando su capacidad “atmosférica”, en la presente esta se focaliza en un único escenario: la inquietante fábrica de alimentos donde transcurre buena parte de la narración (en realidad, la no menos inquietante refinería de Shell en Essex), y sus alrededores.


Quatermass continua trabajando tan independientemente como puede, pero aún sigue sujeto al gobierno; concretamente, al departamento de defensa aérea.

En su base aeroespacial se produce una alerta cuando son detectados unos meteoritos “inteligentes” que, parece que de forma predeterminada, van a precipitarse en el perímetro de una zona deshabitada. En esos momentos, Quatermass ha regresado malhumorado de Londres porque el gobierno ha echado para atrás su anhelado proyecto de una base lunar por falta de fondos. Lo que aún no sabe el profesor es que tal proyecto ya ha sido aprobado, aunque con distinto destino. La ironía reside en que los mismos gobernantes que han rechazado la idea de una colonia en la luna, han permitido, directa o indirectamente, que esta ya exista sobre la tierra, con fines bastante extraterrestres.

En Quatermass 2 asistimos a una narración que no desfallece en ningún momento, y que contiene imágenes tan sugestivas como la de la carretera que no conduce “a ninguna parte” o la de la base de cohetes dirigida por el profesor, con la silueta de uno de ellos al fondo, dispuesto para su lanzamiento.


También en el relato, despunta la idea del organismo venido del espacio exterior que no puede desenvolverse en nuestras condiciones medioambientales, pero que ha encontrado el modo de resolver el problema, por medio de un singular lavado de cerebro -una forma de invasión-, que deja como marca unas considerables quemaduras, tal y como tendrá ocasión de comprobar el doctor y parlamentario Winne Broadhead (Tom Chatto), en el interior del alambicado complejo, un enclave verdaderamente fascinante. En este sentido, el papel del gobierno es absolutamente terrorífico, ¡con la posibilidad de estar integrado por seres sin ningún ápice de humanidad!

Abundando en ello, destaquemos la quemadura que delata a los infiltrados, o esa ráfaga de viento que sobreviene tras la explosión del emplazamiento. Por su parte, el ya avisado inspector Lomax (ahora interpretado por John Longden), advertirá nuevamente que “soy una persona normal en un mundo normal”, poco antes de que lo anormal vuelva a hacer acto de presencia en su rutina.

Cuando se estrenó la tercera entrega del díptico cinematográfico original sobre la figura del profesor Quatermass, ¿Qué sucedió entonces? (Five million years to Earth, también conocida como Quatermass and the pit, Fox-Hammer, 1967), algunas cosas ya habían cambiado en la compañía. Esta se hallaba en pleno apogeo creativo y, aunque aún depararía sorpresas muy agradables, el periodo de plena madurez ya había pasado.

Al nuevo libreto de Nigel Kneale, debemos añadir las aportaciones electrónicas del compositor Tristram Cary (1925-2008), que comunican bastante bien con el estimulante y desestabilizador argumento; además de los decorados del referido Bernard Robinson y el montaje de James Needs, junto a la fotografía de Arthur Grant (otra conmemoración relevante: 1915-1972), y la dirección del estupendo Roy Ward Baker (1916-2010), todos bajo los auspicios del productor Anthony Nelson Keys (1911-1985). El relato parte de otra excelente premisa. Como sabemos, no es extraño que durante una remodelación urbana emerjan restos arqueológicos. 

Y eso es precisamente lo que sucede cuando unas obras para la ampliación de la línea del metro sacan a la luz (no necesariamente pública) toda una serie de esqueletos prehistóricos de homínidos, acompañados de un misterioso artefacto, en idéntico estrato geológico.


El desconcertante aparato parece fabricado con un material tan resistente como desconocido. Se trata de un descubrimiento que tiene lugar en el legendario barrio londinense de Hobb’s Lane, nombre al que se hubo de añadir una “b”, con respecto al original Hob, por hacer referencia este a uno de los apodos con los que era conocido el diablo en la antigüedad...

Como curiosidad, podemos recordar cómo el nombre del lugar fue retomado por John Carpenter (1948) para bautizar la siniestra población de su película En la boca del miedo (In the mouth of madness, New Line, 1994).

Los científicos quedan perplejos ante el hallazgo, entre ellos, un más humanizado profesor Quatermass que, aunque igual de irritable (razones no le faltan, en cualquier caso), queda ahora retratado con gran prestancia por el estupendo -y escasamente aprovechado- Andrew Keir (1926-1997), al que, igualmente, podemos recordar como el inolvidable padre Sandor de la excelente Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula, prince of darkness, Terence Fisher, 1966), o como uno de los docentes del, a su modo, también terrorífico colegio de Absolución (Absolution, Anthony Page, 1978).


Especies ya extinguidas, mundos que se han superpuesto, el fascinante relato se consolida gracias a unos personajes de reparto más sólidos. En suma, cabe la posibilidad de que el ser humano haya pasado por evoluciones aún más sorprendentes que las asumidas. Una situación que resume muy bien el doctor Mathew Roney (James Donald) cuando observa que, en realidad, “todos somos ya viejos”.

Roney se sirve de la prensa, o lo que es lo mismo, de la “opinión pública”, para que no se detengan las excavaciones, aún con la excusa de hallarse ante una bomba de la Segunda Guerra Mundial sin explotar. Y es que, en vista de esta posibilidad, el asunto ha quedado finalmente en manos del ejército. Concretamente, del coronel Breen (un estupendo Julian Glover), hombre de determinación aunque escasa imaginación.

Quatermass se enfrenta a este nuevo reto cuando su codiciado proyecto de cohetes ha sufrido otro golpe radical, al haber cambiado el gobierno de “política” con respecto a su finalidad, encauzada ahora hacia fines más castrenses. Él mismo padece en propia carne la consabida explicación “científica” y “verosímil” de manos del gobierno y los militares.


No obstante, no será la última vez que la prensa se convierta en una buena aliada científica, ya que Roney volverá a servirse de ella, esta vez, con la aquiescencia de Quastermass y de su ayudante, la joven antropóloga Barbara Judd (la inolvidable Barbara Shelley).

Entre los mejores aciertos de la película, se encuentra ese micrófono imantado que, sin embargo, no es capaz de adherirse a la superficie del objeto semi enterrado, un ente latente para el que el racional profesor admite que “no encuentro una explicación lógica”. También queda bien resuelta la insospechada capacidad psíquica desplegada por el obrero Sladden (Duncan Lamont). Un estado que, continuado por Barbara, proporcionará imágenes ancestrales de nuestros vecinos del cosmos, paradójicamente ya extinguidos, que han permanecido impresas en el subconsciente humano, en plenos centros cerebrales. Unas visiones detenidas en el tiempo y recogidas en el vetusto volumen que la joven y Quatermass consultan en la abadía de Westminster (escenario caro al guionista), a lo largo de su investigación.

Lo que en esta subyace es un elemento mucho más aterrador e invisible, como es el miedo, transmitido de generación en generación por medio del elocuente silencio de los vecinos de Hobb’s Lane, acerca de los “fantasmas” de la vecindad, causantes de auténticos fenómenos de poltergeist, que se verán magnificados durante el cuasi apocalíptico desenlace (una idea retomada por Tobe Hooper [1943] en la conclusión de su excelente Lifeforce, fuerza vital [Lifeforce, Cannon-Tri Star, 1985]).


Pero subyace otro matiz sumamente interesante: la facilidad con la que puede manipularse a esa referida opinión pública.

De igual modo, los efectos de esa entidad autónoma que es la nave extraterrestre, también pueden ser vistos como una alegoría de lo que, precisamente, sucede con la prensa u otros medios de comunicación: pocas son las personas verdaderamente libres que escapan a su influjo, y los adeptos tienen como misión primordial la eliminación de aquellos sujetos que han resultado ser inmunes, de todos los que no son como ellos.

Por su parte, Quatermass terminará por asumir que la ciencia no tiene respuestas para todo. Su colega, el doctor Roney, lo sintetizará aún más cuando, nuevamente, determine que “no todo lo que emerge de la Tierra procede de ella”.

Escrito por Javier C. Aguilera


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