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Clásicos Inolvidables (XXXIII): Las cuitas del joven Werther, de Goethe

28 agosto, 2013

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El estar descontento con el destino es una de las pasiones más comunes, y de ahí la simpatía y el contagio que provoca el corazón de Werther (Chistoph M. Wieland).

Es muy habitual que los escritores acudan a su propia experiencia vital para ambientar una trama o caracterizar un personaje. Siendo joven, Johann W. von Goethe (1749-1832) también se enfrentó con la muerte, por fortuna para todos sin éxito, cuando una grave enfermedad (que no he logrado determinar) le apartó de los estudios. Más aún, el autor hace que Werther cumpla años el mismo día que él, el veintiocho de agosto. Finalmente, una vez recuperado, Goethe se dedicó a explorar varias de las esferas del conocimiento humano, sin desdeñar el ocultismo, a la par que ejercía de abogado, sin demasiado interés, en su Fráncfort natal.

De 1786 al 88, estando en Italia, se consolida en Alemania el movimiento romántico, de resultas de lo cual, a su regreso, Goethe entabla una muy productiva amistad con el poeta, dramaturgo e historiador Friedrich Schiller (hasta la muerte de este en 1805), que lo pondrá de nuevo en contacto con las ideas de este poderoso movimiento, al que él mismo ya había contribuido, sin pretenderlo, cuando con veinticinco años escribió Werther (si bien el autor revisaría la obra e incluiría algunos nuevos párrafos en 1787). Como curiosidades, en 1807, contando cincuenta y ocho años, Goethe contrae matrimonio por vez primera, y en 1812 conoce personalmente a Beethoven, lo que dice bastante acerca de los intereses e independencia del escritor y estudioso alemán.

Retrato de un joven Goethe
No podemos modelar a nuestros hijos según nuestros deseos, debemos estar con ellos y amarlos como Dios nos los ha entregado (Goethe).

Werther (1774) supone para Alemania la popularización de la novela. Y aunque su extensión lo acerca más a un relato largo, se las apaña para acabar con la influencia de los escritores extranjeros, predominantemente franceses e ingleses, dando comienzo al clasicismo literario alemán. Tal fue el impacto de la obra en la cultura alemana, que al fin consolidaba una plena identificación literaria con el idioma.

A través de su estructura epistolar, Werther narra el enfrentamiento de un individuo consciente de sí, frente a una sociedad que pretende domesticarlo a su capricho. Y es que el desencuentro, además de pasional, es también con un colectivo que fomenta las diferencias de clase (cartas del 15 de marzo y 8 de enero). El encontronazo con esa realidad clasista, sumado a su frustración amorosa, resultará devastador. Para colmo, el entorno del joven, agresivo e insensible, como rubrica el episodio de la tala de los nogales de casa del pastor, le privará de un último y muy necesario asidero vital (15 de septiembre).

De ese modo, el joven Werther toma conciencia de que las relaciones vienen marcadas tanto por las diferencias de carácter como de estatus. Se trata de una delicada etapa de aprendizaje que parece perpetuarse en el tiempo, y en la que el joven más auténtico, apasionado y sincero, llega a magnificar todos los sentimientos, sin el atemperamiento de la madurez. Es a estos que Goethe pone voz de manera franca.

Werther con su vestimenta típica

No es fácil en este mundo entenderse mutuamente (Werther).

Sin embargo, de Werther no conocemos, por ejemplo, su pueblo natal, lo que de hecho “universaliza” al personaje. Goethe libra de hojarasca biográfica a su protagonista todo lo que puede, para encarnarlo como arquetipo. Las cartas que conforman la novela, datadas en 1771, se dirigen a su amigo Wilhelm (ocasionalmente a Lotte), y por medio de ellas sabremos del carácter y personalidad del joven. Por ejemplo, el hecho de que Werther no disfruta demasiado de las carnavaladas y mascaradas de los salones (sustitúyanse por las aglomeraciones festivas del presente), más allá de su asistencia por puro compromiso o para hacerse el encontradizo con Lotte, la cual le reprende “por el ardor que pone en todo(1 de julio).

En efecto, la mirada del joven es hiperestésica, lo siente todo (18 de agosto), y en las raras ocasiones en que toma parte del jolgorio, no llega a integrase en el mismo ya que su naturaleza le otorga la lucidez de saber que “nuestro destino es ser incomprendidos”. Ejemplo de esa humanidad son sus reflexiones acerca de la maternidad, o su relación con los niños, en concreto con los hermanos pequeños de Lotte, a su cargo debido a la ausencia de una madre (como la propia joven relata en uno de los pasajes más hermosos del libro - 10 septiembre).

Igualmente, resulta muy ilustrativo el debate acerca del suicidio que Werther mantiene con Albert, el pretendiente de Lotte (12 agosto), durante el cual, el impetuoso joven pide respeto por los que han muerto de ese modo, en la más absoluta tristeza y soledad. De hecho, Werther puede intuir ya su futuro en lo acontecido a una joven sirvienta, a modo de premonición. Su carácter ciclotímico se manifiesta por medio de un corazón “desigual e inconstante(13 mayo), al cual se suma otro desencanto anterior, el de la señorita B. (sic); hasta que, por fin, en carta fechada el treinta de agosto, Werther comprende por primera vez que su fatalidad no tiene solución.

El famoso Caminante sobre un mar de nubes, de C. D. Friedrich
Nos veremos de nuevo, y más contentos (Werther).

La obra está dividida en dos, y la segunda parte se abre con una lúcida reflexión acerca del poder. Nos hallamos poco más de un mes más tarde. Werther se encuentra en otra ciudad X, en el sur, trabajando para un embajador “celoso, puntilloso, prepotente e hipócrita” (que cada cual ponga rostro al sujeto, seguro que no faltan candidatos), envuelto, según añade el joven, en una “deslumbrante miseria” y por el tedio (24 diciembre). Hasta tal punto es opresivo el ambiente, que Werther llama la atención acerca del temor de la mayoría de las personas por alcanzar la verdadera libertad.

El diecisiete de mayo escribe que “amistades todavía no he encontrado”. Más aún, Werther constata cómo, pese a lo que solemos creer, no somos precisamente el centro del universo (18 agosto), y que el auténtico misterio está en la propia naturaleza. Del mismo modo, es consciente de que somos demasiados como para no pasar desapercibidos (26 octubre), razón por la cual, es preciso comprender que el “flechazo” de Werther no es tanto físico, como intelectual: no solo se siente atraído por la belleza de Lotte, ve en ella a un igual (16 junio). La incertidumbre es una terrible tierra de nadie que abona el terreno, y cuando esta da paso a la imposibilidad de la relación, a la constatación del amor no consumado, se produce el bloqueo.

Jonas Kaufmann como Werther. Representación de la ópera de Massenet
Como tengo tan poco tiempo para leer, el libro que coja ha de ser de mi gusto (Lotte).

Sin duda, otros grandes aciertos de esta obra “de juventud” los encontramos en la crítica a las “opiniones prestadas” y a la transmisión de frases estereotipadas (11 junio), tan fáciles siempre de asimilar, junto a la descripción de un ambiente juvenil poblado de celos vanos, y cuyo mal humor resulta contagioso (1 julio). Sin olvidar la descripción del atuendo característico de Werther (6 septiembre), como elemento diferenciador y dramático que llegó a ponerse de moda; y sobre todo, ese hermoso momento en que Werther retorna a los lugares de su infancia, a su paraíso perdido (9 mayo).

En cuanto a la cuestión religiosa, Werther asegura que la religión “no es consuelo para almas tan afligidas(15 noviembre). No la desprecia, sencillamente no responde a sus preguntas. De hecho, a diferencia de aquellos falsos católicos que manifiestan verdadero pavor ante la posibilidad de la muerte, Werther no la teme.

La información final de la obra la proporciona un editor ficticio, que actúa como albacea de toda la correspondencia. Este personaje, identifica al joven Werther con todas aquellas personas que se salen de lo común (30 noviembre). Se trata ésta de una característica que convierte la obra, por ironía de su autor, en un auténtico trabajo de editor.

En la edición de Cátedra a cargo de Manuel José González, resulta muy ilustrativo el apartado que desglosa los personajes históricos que sirvieron de modelo a Goethe. Cabe destacar finalmente, que el músico Jules Massenet (1842-1912), dedicó a la obra su no menos hermosa ópera Werther (1892).


Escrito por Javier C. Aguilera


Vampiros, desde ayer hasta hoy en la prosa

31 octubre, 2011

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Los vampiros han sido una de las figuras esenciales del terror, uno de los tópicos al que se unen el hombre-lobo, el monstruo de Frankenstein, la momia o los muertos vivientes. Sobresale, sin embargo, de todos ellos por su propia elegancia y su extraña unión entre la vida y la muerte.

El actor Béla Lugosi caracterizado como vampiro.
Han estado muy presentes dentro del folklore popular, coincidiendo todas en ciertos aspectos, como el hecho de absorber la vida de sus víctimas. Sin embargo, es a partir del siglo XIX cuando se comienzan a fijar las bases de las características que conformarán al vampiro literario. No obstante, según ha transcurrido el tiempo y se ha escrito cada vez más sobre estas criaturas, se ha derivado en una multitud de formas que han llegado a concluir en un estereotipo. Por ejemplo, el disfraz clásico de vampiro durante la festividad de Halloween no es más que una copia de la vestimenta que empleaba el actor Béla Lugosi en su interpretación del conde Drácula.

En la actualidad, se sufre una saturación de obras sobre vampiros, especialmente por el aumento de ventas de novelas de fantasía, dedicadas normalmente a un público joven. Sin embargo, muchas de las nuevas obras se alejan de la figura del vampiro como personaje de terror y lo van dotando, cada vez más, de capacidades poderosas.

No obstante, vamos a adentrarnos antes en el siglo XIX, en las últimas etapas del Romanticismo, en esta época algunos autores comienzan a usar la figura del vampiro para sus poemas, entre ellos Goethe (1749-1832), que en La novia de Corinto proporciona a la protagonista un carácter vampírico. Pero no será hasta la intervención del médico John William Polidori (1795-1821) que el vampiro aparezca como tal en una novela.

-El vampiro, de Polidori

John William Polidori
Durante el verano de 1816 se alcanzó una de las principales obras de terror de la época: Frankestein o el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley (1797-1851), a raíz de una reunión de amigos en la Villa Diodati donde quedarían encerrados a causa de una tormenta. En esos días, Lord Byron (1788-1824), uno de los invitados, propuso al resto escribir una historia de terror a partir de la lectura de una antología alemana de relatos sobre fantasmas. Sólo nos ha quedado constancia de la obra de Shelley y del relato que escribió también Polidori, otra de las personas que estuvieron en la Villa Diodati aquellos días. Sin embargo, no tuvo tanto éxito, al estar ensombrecido por la obra de Shelley.

No obstante, desde ese momento y tras su alejamiento de Lord Byron por ciertos conflictos personales, Polidori llegó a publicar El Vampiro (1819) de forma anónima, aunque después se le adjudicó la autoría. Fue la única obra que llamó la atención de los lectores de la época, y en ella el médico se vengaba de Byron al proporcionar al vampiro las características del noble inglés.

En el relato, además, se emplean los mismos recursos que Goethe para proporcionar el carácter vampírico, pero la principal diferencia con otras obras reside en su formato: no es poema, sino un relato en prosa, lo que provoca la incursión del vampiro en este campo que le será tan fructífero posteriormente.

Este relato supone la inclusión del vampiro en la prosa y lo que ello supondría décadas más tarde, cuando se impondría una moda de obras relacionadas con los vampiros, desde folletines de Varney el vampiro (James Malcolm Rymer, 1847), que tiene el reconocimiento de ser el primer vampiro en entrar por la ventana para beber la sangre de una joven dormida, hasta Drácula (1897), la novela del irlandés Bram Stoker.

-Drácula, de Bram Stoker

Situada a finales del romanticismo europeo, Drácula supondría el culmen de la literatura de vampiros que se había extendido por todo el siglo XIX. Reúne características de obras anteriores, como el uso de seductoras vampiresas, del mismo estilo bajo una escritura epistolar basada en numerosas cartas, fragmentos de diarios o recortes de prensa que provocan un tipo de lectura más realista. También aporta el factor del cazador de vampiros, situado en este caso bajo el nombre de Abraham Van Hellsing, que será empleado posteriormente para el estereotipo de cazavampiros por excelencia. 

Como obra romántica, comienza su ambientación en un lugar remoto y exótico, como es el caso de Rumanía, ambientada para el terror que debe producir ante la vista de Jonathan Harker, el primer personaje que se encontrará con el famoso conde Drácula.

Bram Stoker
El autor, Abraham (Bram) Stoker, supo encajar las piezas de esta obra para crear un clásico, inspirado por distintas historias húngaras, tomando al personaje histórico Vlad III Draculea como base para Drácula, para el que también tomaría características de Henry Irving, amigo al que había servido hasta que falleció siete años antes que Stoker.

También tomaría referencias de obras anteriores, partiendo de Polidori, hasta crear la figura del vampiro clásico que hoy conocemos. Para la descripción de Rumanía, el autor se sirvió de dos obras: un Informe sobre los principados de Valaquia, y La tierra más allá de los bosques (1888), ésta última de Emily Gerard y cuyo título remite a la traducción literal de Transilvania, zona en la que viviría Drácula y que se emplea por uno de los personajes de la película Drácula de Bram Stoker (1992), de Coppola.

Supuso un gran éxito, recibiendo los elogios de otros grandes autores, como Oscar Wilde (1854-1900) o Arthur Conan Doyle (1859-1930). Hoy es el clásico que más se relaciona con el mundo de los vampiros y que eclipsó la tradición anterior. 

Además, supuso el pistoletazo de salida a numerosas obras que emplearían al vampiro como figura de terror, llegando a una desvirtualización, incluyendo parodias.

-Siglo XX: desde el terror hasta la humanización.

Los ejemplos de autores que han empleado a los vampiros en sus obras ya eran numerosas en el siglo XIX, pero se multiplican en el XX. Hay escritores que le siguen proporcionando el carácter de personaje terrorífico, como es el caso de H. P. Lovecraft (1890-1937), pero también hay otros que simplemente toman características del vampiro para aplicarlo a nuevas criaturas, como en la novela Soy leyenda (1954), donde Richard Matheson (1926-2013) parte de la imagen tópica del vampiro para dar un giro de tuerca al típico relato vampírico.

Dentro de los autores hispanos, podemos mencionar el relato corto Vampiro (1901), de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), quien adapta al vampiro en un ser que absorbe la vitalidad de otros humanos, pudiendo incluirla en la creencia de que la sangre era el alma, o algunas obras del uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), como El vampiro o El almohadón de plumas.

Lovecraft, Matheson, Pardo Bazán y Quiroga
En el último tercio del siglo destacan otras obras que han tenido también su reflejo en el mundo del cine, como El misterio de Salem's Lot (1975), de Stephen King (1947-) o las Crónicas vampíricas, de Anne Rice (1941-).

Anne Rice
Nos centraremos en esta última autora, cuya saga forma parte indiscutible de la historia de la literatura de vampiros. Comienza la trayectoria de estas novelas con Confesiones de un vampiro / Entrevista con el vampiro (1976), un relato que nos sitúa en Nueva Orléans y que nos da una nueva perspectiva del vampiro: es el que narra su propia historia, desde su conversión hasta la actualidad, mostrándose no cómo un ser diabólico y bestial, sino como un ser maldito, que razona como un ser humano y que se ve condenado a su eternidad sedienta.

Si bien no es la primera novela que nos sitúa al vampiro como narrador, pues ya lo había hecho Lovecraft en su relato El intruso, sí comienza una exploración hacia el ser vampírico que continuará con el segundo volumen de las crónicas: Lestat, el vampiro (1985).

En esta segunda novela, nos situaremos en la piel del que habríamos podido considerar el malvado de Entrevista con el vampiro, y que se convertirá en el protagonista de la mayoría de las novelas posteriores. Lestat se convierte en el vampiro humanizado, con los poderes de un ser sobrenatural, la maldición de la sed y la razon y los sentimientos de un humano normal.


Anne Rice consigue situarnos en la piel de diferentes vampiros, conociendo los motivos que les llevan a actuar como lo hacen, deslindándose de las criaturas que se movían sólo por el poder y la sangre. Viajaremos a través de distintas épocas, retrocediendo hasta los orígenes de los vampiros, narrado con gran detalle, hasta hacernos sentir ante un relato verídico, como le ocurriera a Drácula en su momento.

El éxito de esta saga, que ha continuado hasta la actualidad, lo ha conducido a ser otro clásico dentro de la literatura de vampiros, especialmente la trilogía inicial: Entrevista con el vampiro (con adaptación cinematográfica), Lestat, el vampiro y La reina de los condenados (1992).

 -Actualidad: el vampiro desvirtuado en héroe juvenil

La literatura sobre vampiros había quedado apartada dentro de un tipo de literatura especializada, que suele ser leído por algunos sectores de la población. Por ejemplo, resultaba complicado encontrar personas que leyeran las Crónicas vampíricas de Anne Rice si estas no mostraban interés por los vampiros. Esta tendencia cambiará en el siglo XXI con un boom de novelas juveniles que emplean el nombre del vampiro como insignia, pese a que las características de esta figura clásica se pierden.

Ahora bien, se continúan haciendo novelas que intentan captar el espíritu de terror clásico más la humanización que se les había proporcionado a lo largo del siglo XX, como puede ser el caso de obras como Déjame entrar (2005), del sueco John Ajvide Lindqvist, Tierra de vampiros (2007), de John Marks, La historiadora (2005), de Elizabeth Kostova o Drácula, el no muerto (1997), de Dacre Stoker e Ian Holt. La primera supone una historia más original, con la relación de un muchacho con una vampiresa de aspecto infantil, y que se sumerge en los aspectos más sombríos de la humanidad, mientras que las tres últimas vuelven a centrar su atención en Drácula, siendo la primera una especie de adaptación moderna; la segunda una investigación acerca de Vlad III Draculea; y la tercera es un intento de continuación del Drácula original, escrita por un descendiente de Stoker.

Novela Déjame entrar e imagen de su autor
Pero la moda llega a imponerse a modo de novelas juveniles, un sector que se comienza a explotar en esta época tras los éxitos de otras obras como Harry Potter, de J.K. Rowling, que supuso el comienzo de esta tendencia gracias a la buena acogida de sus adaptaciones cinematográficas. Así, es la saga de Crepúsculo, de Stephenie Meyer, quien comienza una trayectoria de obras de la misma tendencia que convierten al vampiro en un superhéroe, alejado normalmente de las debilidades clásicas.

Obviamente, el rechazo ante esta clase de obras por parte de los admiradores del género fue abierto desde el principio, pues estas obras no pueden ser consideradas dentro de la literatura de vampiros, no sólo por el contenido, sino también por el aspecto formal. Mientras que en Crepúsculo encontramos un estereotipo de amor "imposible" entre jóvenes con una prosa sencilla y empalagosa, en La reina de los condenados, de Anne Rice, encontrábamos diferentes reflexiones existenciales producidas por los propios vampiros, culminando en un debate sobre si los humanos eran realmente beneficiososo para el mundo o si no lo eran, debate que recuerda a distintos argumentos filosóficos de autores como Hobbes o Rousseau. Entre ambas obras no hay comparación.


Actualmente, acudimos a esta saturación del género que acabará por desaparecer, como toda moda, y que nos dejarán obras cuya supervivencia al paso del tiempo será determinado por los futuros lectores, quienes gozarán de mayor perspectiva para considerar qué se salva o qué debería abandonar hasta la vida inmortal de las letras escritas.

Ilustración de un vampiro
Escrito por Luis J. del Castillo


El escritor en su paraíso, de Ángel Esteban

15 junio, 2014

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La idea de “nacer” de una biblioteca y de perpetuarse en ella, vertebra El escritor en su paraíso (Periférica, 2014), de Ángel Esteban (1963), con el que todos los lectores empedernidos o curiosos tienen una inmejorable cita, porque por él desfilan treinta grandes escritores que tuvieron relación, deseada o no, con el inimitable espacio de una biblioteca. El prólogo de Mario Vargas Losa (1936) resulta valioso por su carácter biográfico, siempre en complicidad con el lector. En él señala la importancia del autodidactismo y rememora su permanencia como bibliotecario en el Club Nacional de Perú. Él será otro de los escritores referenciados en el libro.

Junto a él, figuras trágicas como la de Reinaldo Arenas (1943-1990), en confrontación con esa política que suele presentarse como salvadora, pero que acaba anulando las voluntades y al individuo. Por suerte para el cubano, al menos durante un tiempo que fue feliz, pudo encontrar en cada libro “la promesa de un misterio único”. ¡Y si no que se lo preguntaran a August Strindberg (1849-1912) y su encuentro con la Biblia del diablo!

Reinaldo Arenas y August Strindberg
El escritor en su paraíso nos propone un viaje en el tiempo, pues cada autor nos traslada a una época determinada. Como la del extremeño Benito Arias Montano (1527-1598), pieza fundamental en la política cultural de Felipe II y auténtico hombre del humanismo. Su caso se asemeja al de Robert Burton (1577-1640), Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) -caso verdaderamente excepcional-; Ricardo Palma (1833-1819), José Vasconcelos (1882-1959), Eugenio D’Ors (1881-1954) o el propio Goethe (1749-1832), puesto que todos ellos dedicaron gran parte de su tiempo a engrandecer las respectivas bibliotecas de sus ciudades y países, y por lo tanto, a ensanchar el horizonte cultural, no solo de sus contemporáneos, sino de los que estaban por venir.

Hasta los hubo que inventaron nuevos sistemas de clasificación, como Georges Perec (1936-1982), o quien disfrutó de una envidiable biblioteca familiar, caso de Jorge Luis Borges (1899-1986) o de Marcel Proust (1871-1922), que convirtió la vida en literatura después de visitar sus propios cielos azules de la infancia.

Marcelino Menéndez Pelayo y José Vasconcelos
Especialmente señalado es el apartado dedicado a Jacob (1785-1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859), que pese a padecer una infancia nada sencilla, fueron inapreciables recopiladores de relatos orales, creadores de la filología alemana, y en gran medida, fundadores de la lingüística moderna. O el del gran Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), cuyo Nobel (1970) nos hace creer en una auténtica justicia poética, de rasgos definidos.

Ningún escritor está de más. Cada vida y avatar fue una obra sostenida por aquellos que nos precedieron, como condición sine qua non de cualquier arte que se precie de serlo. Así lo corroboró Rubén Darío (1867-1916), para el que sin una base cultural sólida, no se podía llegar a escribir una obra de calidad. O Martín Luis Guzmán (1887-1976), en pugna continua con el analfabetismo y en pro de la popularización de las bibliotecas nacionales, coronel del ejército de Pancho Villa y posterior académico de la lengua. Habiendo sido revolucionario él mismo, estuvo finalmente dispuesto a exigir a los políticos que fueran hombres de letras e instruidos. Casi nada (¡y es que hay revoluciones que sí que parecen imposibles!)

Alexander Solzhenitsyn y Martín Luis Guzmán
Alejado de la dispersión, Ángel Esteban siempre concreta e interesa –apelativos fundamentales para un docente, pero que el alumno no encuentra siempre-, alternando la narración con testimonios del propio autor o de otros colegas.

El escritor en su paraíso es uno de esos libros que uno no puede dejar un momento, que lamenta que acabe, y que sabe que volverá a consultar. Lo recorren unas vidas sustentadas por los libros; en sus páginas hallamos reflejadas ilusiones, amarguras, frustraciones, determinaciones e identificaciones casi mágicas.

Y junto a dichos autores, la inseparable compañía de la soledad más gozosa, la que se traduce en horas de aprendizaje, asombro y esparcimiento.

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (XXXI): Fausto, de Estanislao del Campo

26 junio, 2013

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Mira: si fuera pastor
Y si tú pastora fueras
Me parece que andarían
Mezcladas nuestras ovejas

El tono vivaz y jocoso de estos versos, recogidos en el volumen de poesías completas de Estanislao del Campo (Buenos Aires, 1834-1880), que apareció en 1870 con prólogo de José Mármol, se traslada a la que con el tiempo se ha convertido en la obra más popular del poeta y militar argentino. Nos referimos, desde luego, a su singular y disfrutable “versión” sobre el mito germánico de Fausto (c. XV), versionado a su vez por otros autores, como Christopher Marlowe, Dietrich Grabbe, Thomas Mann y, por supuesto, Goethe.

El estreno el 24 de agosto de 1866 de la ópera Fausto (1859) de Charles Gounod, en el Teatro Colón de Buenos Aires, proporcionó la idea al inquieto Estanislao del Campo que, literariamente, hasta entonces se había limitado a publicar poemas sueltos en numerosas publicaciones, fusionando así la citada leyenda con los principales aspectos de la gauchesca, aquella literatura que tomaba como argumento las cuitas de los peones y campesinos de las llanuras (aunque es posible que el origen de la idea como tal proviniera de otra representación anterior, la de la ópera Safo -1840- del italiano Giovanni Pacini, a la que acudió el escritor, el diez de agosto de 1857).

Le ruego que me dentre a relatar el cómo llegó a topar con el malo.

Estalisnao del Campo
Conviene recordar que Estanislao del Campo fue muy activo dentro de la política de su país, y que tras la unificación argentina en 1861, ostentó el cargo de secretario en la Cámara de Diputados, pasando a ser uno de ellos poco tiempo después. Y precisamente, para su obra más conocida, su Fausto de 1866, Del Campo se inspiró en la “realidad” de una representación, es decir, en una ficción que, como veremos, es tenida por realidad por uno de sus espectadores.

El poema Fausto narra así las impresiones que la representación de la ópera de Gounod provoca al gaucho Anastasio, apodado el Pollo (en homenaje al Aniceto el Gallo de su amigo, el también poeta argentino Hilario Ascasubi), y que este a su vez narra con todo desparpajo y asombro a su viejo amigo don Laguna, un paisano de la zona de El Bragao -que además de dar nombre a un lugar, en el glosario criollo argentino se emplea para referirse a un caballo de tonos claros; de hecho, como apunte divertido, el rocín de don Laguna, llamado Záfiro, es descrito como un “overo rosado”.

El poema, distribuido en seis partes, la primera escrita en décimas y el resto en redondillas, será por tanto la conversación entre don Anastasio (que realmente no duda en mandar a Mefistófeles al infierno) y don Laguna. De tal modo que el Fausto de Estanislao del Campo parece recrearse en el placer de la contemplación de la amistad entre ambos personajes (¡al menos en el mundo de las letras!), razón más que suficiente, me parece a mi, para disfrutar de la obra y descubrir a un autor de evidentes méritos artísticos, en el que sobresale el respetuoso sarcasmo que se agazapa tras la historia: el amor de senectud del erudito en la ópera, sincero y meditado, acaba transformándose, con su renovada juventud, en un sentimiento efímero y egoísta.


-¿Y cómo no disparó?
-Yo mesmo no sé por qué.

No me resisto a destacar varios de los momentos más agradecidos del poema, como la divertida entrada al teatro del público, la (involuntaria) equiparación por parte de Anastasio de la orquesta con una banda de música, o sus comentarios acerca de la “encarnadura” de la heroína, momento en el que sobresale la comparación de la belleza femenina con una flor (parte VI), en “agreste” carpe diem que parece homenajear el famoso Soneto para Helena de Ronsard.

Así, a lo largo del poema, seremos copartícipes de todas las nuevas y sinceras emociones que han embargado al buen gaucho durante la representación operística: empatía, rabia, aprensión, congoja, asombro, ternura… que conllevan una identificación total con la obra por parte de quién no está versado en tales manifestaciones artísticas, pero que paradójicamente, participa de todas y cada una de las emociones que se pretenden transmitir.

De ese modo, Anastasio será capaz de captar hasta las aptitudes musicales del Diablo cuando tañe su guitarra, será participe de cómo el tiempo queda suspendido, acortándose o dilatándose por designios de una obra, junto a la transformación del buen doctor en ingrato jovenzuelo, haciéndose incluso eco de los efectos escenográficos de la representación: la mar embravecida, los efectos ópticos y todo el atrezo… Hasta llega a ver los pájaros que vuelan y se tropiezan con tal de guarecerse en su nido: milagro de la orquestación de Gounod.

Ilustración de Óscar Grillo
Pero sola y despreciada
En el mundo ¿qué ha de hacer?
(…)
Cuando duerme todo el mundo
usté, sobre su recao
se da güeltas, desvelao
pensando en su amor projundo

Pero se ha hecho tarde y a Anastasio y Laguna solo les queda un poco de ginebra y echan en falta algo de salchichón. No obstante, tan emocionante quedó el relato con el transcurso de los actos, que antes de que los amigos partan de nuevo, cada uno hacia su destino, el Pollo relata la sorprendente resolución de lo acontecido sobre el escenario. Entre estos momentos finales, como aquel en que las joyas tientan a la desafortunada heroína cuando acomete la conocida aria de la Canción de las joyas, solo cabe compadecerse del infortunio de la muchacha, de su posterior condición de madre soltera y de los truculentos actos que decidirán su suerte. Todo este dramatismo tan tremendo y funesto queda puntuado maravillosamente por el léxico “gauchesco” empleado por el autor: “pelar la lata” por desenvainar; “cortinao” o lienzo, por telón, etc.

Charles Gounod
Fausto, en versión de Estanislao del Campo (o de Anastasio, el Pollo, cabría decir), supone una de esas genialidades con las que uno se topa de cuando en cuando. En cuanto a sus ediciones, un sentido y acertado prólogo de Borges se encuentra en la edición conmemorativa de Edicom (Buenos Aires), de 1969, pero más completa e igualmente bien anotada es la de Bruguera de 1974, a cargo del doctor Agustín del Saz. Naturalmente, existen otras ediciones recomendables, como la que mostramos a lo largo del texto, a cargo de Ediciones de la Flor, con estupendas ilustraciones de Óscar Grillo.

A modo de complemento, y por si alguien desea disfrutar (¡aunque no en igual modo!) de lo que presenció el bueno de don Anastasio, recomendamos, sin ánimo de tener la última palabra, algunas de las grabaciones de la extraordinaria ópera de Gounod. Dos sonoras, la primera con la formidable Joan Sutherland y con Franco Corelli, dirigida por Richard Bonynge (Decca, 1966); la segunda con Plácido Domingo y Mirella Freni, dirigida por Georges Prêtre (EMI, 1978); más otra visual, en formado DVD, con el gran Ruggero Raimondi y Francisco Araiza, dirigida por Erich Binder (Deutsche Grammophon, ORF, 1985, que es de la que dispone servidor).

Estanislao del Campo, el más querido de los poetas argentinos según Borges, por medio de la recurrente visita del gaucho a la ciudad, y jugando con una realidad “sobrenatural”, nos recordó que el humor puede ser el género más adecuado con el que abordar las cuestiones más serias.

Escrito por Javier C. Aguilera



Otros mundos (VII): Relatos fantásticos, de Luciano de Samósata

23 marzo, 2014

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Siempre se ha dicho que con el tiempo llega la parodia; hasta Alan Alda lo recordaba en Delitos y faltas (Crimes and misdemeanors, Columbia-Orion, 1989), de lo último bueno que hizo Woody Allen (1935-), pero el caso del –presuntamente- sirio Luciano de Samósata (125-181 D.C.) es especialmente interesante, por constituir uno de los más antiguos referentes del relato de ciencia ficción, aunque sea por vía irónica. En este caso, el blanco de Luciano son las narraciones aventureras y las hazañas legendarias de buena parte de su época y entorno, aunque conviene tener cuidado a la hora de señalar esto, puesto que los presentes relatos, recopilados por Alianza (2008), basculan continuamente entre la necesidad del ser humano por la invención y la credulidad más rampante.

En cualquier caso, el interesado por el autor puede completar su cosmovisión con sus Diálogos cínicos y Diálogos de los dioses (recogidos por la misma editorial).


Algo sabemos de este escritor, como que desempeñó tareas jurídico-administrativas en la por entonces provincia romana de Egipto, y que nos encontramos en el siglo II D.C. cuando alumbra estos relatos.

Soslayando la costumbre -que nunca entenderé- de parafrasear parte o la totalidad de los contenidos de un texto que el lector se dispone a leer a continuación, digamos que, en efecto, estas narraciones de Luciano de Samósata se caracterizan por “lo extraño del argumento y lo gracioso de su tema”, y resumen con desparpajo la idea de que por vía de un envoltorio “maravilloso” o pretendidamente irreal, se pueden abordar asuntos comprometidos que de otro modo, y en determinados momentos, no se podrían tratar. Es cierto que los relatos de Luciano son “fantásticos” en un sentido paródico, incluso nihilista, pero no dejan de ser ingeniosas invenciones. Es por ello que lo incluimos en nuestra sección Otros Mundos, que no debe ser ajena a la sátira (de hecho, muchos de los mejores divulgadores de “lo extraño” se han valido de ella, que una cosa es informarse y otra aburrir al personal). Además, las traducciones se benefician de un tono cercano y ameno.

A la sombra de Homero, los Relatos verídicos están narrados en primera persona y en ellos se testimonia la visita del protagonista a varios lugares quiméricos: una Isla Maravillosa, una Luna donde se enfrentan dos pueblos enemistados, el bullanguero interior de una ballena, la Isla del Queso, la Isla de los Aventurados -con la gracia del banquete en la llanura Elísea- y finalmente, la Isla Engañosa.

En todo este recorrido el humor es fundamental compañero de viaje (como ejemplos destaquemos las secciones cuarta del “Libro primero”, acerca de la “sinceridad” del autor con respecto a sus ficciones; y las decimo octava y decimo novena del “Libro segundo”, sobre las distintas corrientes filosóficas y a costa del sufrido Platón).

El rayo de Arquímedes
En Ícaromenipo asistimos al diálogo entre el astrónomo Menipo y un amigo. Sobresale aquí la idea de un ser humano incapaz de evolucionar, pues se limita a cambiar unos dioses por otros nuevos, aunque no sea consciente de ello. En este metonímico teatro del mundo, “se lleva la palma quien grita más alto”.

Siguiendo la estructura de un diálogo platónico, Cuentistas o el descreído es un pulso entre la necesidad de la fantasía y la caída en la más aberrante superstición, cual dogma de fe. Por ejemplo, en las causas atribuidas al rapto de una doncella o a las presuntas posesiones del maligno. En el fondo lo que subyace es la conveniencia de razonar por uno mismo, apartándose de la corriente dominante -que no siempre tiene por qué ser la más numerosa-.

Divertido es el fragmento en que el filósofo amedrenta a un aparecido en el interior de una casa encantada -lo que subraya la idea de algunos investigadores de que más que a los muertos, a quien debe temerse es a los vivos-. En este sentido, resulta gratificante hallar aquí la referencia original a la aventura de El aprendiz de brujo, que sirvió de base al poema de Goethe y al magistral capítulo de Walt Disney para Fantasía (Fantasia, 1940).

Grabado de Atalanta fugiens representando el sol y la luna, 1618, de Michael Maier
El gallo es la obra maestra del conjunto para quien esto suscribe. En él, Micilo charla con su gallo, que es filósofo. En realidad, el espíritu que lo anima ha sufrido varias reencarnaciones, por lo que la experiencia del animal resulta inapreciable para el joven Micilo, un chico deseoso de amasar una gran fortuna (y no necesariamente por obra de su esfuerzo personal).

Curiosamente, al inicio del relato, el canto del gallo representa la quiebra de la imaginación –de nuevo entendida como cosa vana-, del mundo de las ensoñaciones. Junto con la codicia, la reencarnación es aquí el blanco de una sátira que alcanza su mejor momento en la narración de Micilo acerca de la cena en casa de su amigo Éucrates.

Lucio o el asno, el relato con el que se cierra esta recopilación, es una dura fábula, hasta el punto de anticipar ficciones posteriores como las de Jonathan Swift o Anthony Burgess. En Tesalia y a causa de un ungüento tan portentoso como cruel, un joven es convertido en borrico por error (no, en este caso el prodigio no es metafórico), y hasta que se deshaga el entuerto -menos mal- habrá de aprender una vertiente más de la crueldad de los hombres –no todos, pero sí muchos-: la del maltrato a los animales. En sentido estricto, este relato de metamorfosis es una narración de ficción fantástica.

Obra de George Grie, n. 1962
No dejando títere con cabeza en el Panteón, Luciano de Samósata se posiciona frente a la superchería, contra las “mercancías intelectuales” y la retórica bonachona que las adorna, denunciando el idealismo hueco, huérfano de todo análisis realista, señalando la extendida mentira de la media verdad (arma sutilísima de las tarimas).

Por otro lado, siempre ha sido relativamente fácil valerse de la credulidad de la gente, pero ello no ha de enfrentarse con el deseo de conocimiento, o el goce ante lo mistérico, que en el fondo, aunque bien enjuiciado, interesa a buena parte de la humanidad. Dicho de otro modo, el referido sarcasmo, incluso cinismo, de los relatos de Luciano de Samósata, no desactiva -a día de hoy- el placer ante lo maravilloso, lo misterioso, lo inquietante, como afluente de la propia tradición mitológica; una tradición que es pilar fundamental de ese otro mundo que es el literario, tal vez el único refugio para un autor tan certero como implacable. Y autor que, puede que algunos días, aún siendo ciertos los defectos que critica, olvidase recordar que si a la tragedia de la vida le arrebatamos la épica y lo arcano, privamos al ser humano de sus mejores armas para poder sobrevivir (¡y todavía hay quien se interroga acerca de la utilidad del arte!).

Escrito por Javier C. Aguilera


Para el sábado noche (XX): Jennie, de William Dieterle

09 octubre, 2013

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Cartel de Jennie
Eben: ¿Dónde estamos?
Jennie: Juntos.

El relato de fantasmas, o de “aparecidos”, no es asunto de reciente creación, podemos retrotraernos a la ghost story del siglo XIX, que tantos momentos memorables sigue proporcionando (la literatura existe en presente), por no remontarnos a ejemplos más clásicos, como los lugares “encantados” descritos por Plutarco, Plinio el Joven o Luciano de Samósata (al que en un futuro no lejano dedicaremos una entrada), los celebrados aparecidos de Shakespeare o la magistral Novia de Corinto de Goethe. Pero el género como tal se consolidó durante el periodo decimonónico. De este modo, las citas de John Keats o de Eurípides que aparecen en Jennie (Portrait of Jennie, Selznick Studios / RKO, 1948), poseen un sentido, no se insertan como un mero elemento culterano. No serán las únicas dentro de esta excelente adaptación del relato escrito por Robert Nathan, al que ya tuvimos ocasión de conocer con motivo de La mujer del obispo (The bishop’s wife, Henry Koster, 1947).

Eben Adams (espléndido Joseph Cotten) es un pintor desanimado con prácticamente todo aunque, como tendremos ocasión de comprobar, al menos le queda su orgullo: esa rara cualidad, o identidad inalienable, que le hace, vaya por Dios, no conformarse con todo; lo cual le permite, al menos, ser consciente del derecho básico a poder decir lo que piensa (no lo que piensan otros por él), sin necesidad de plegarse a modas o convencionalismos; lo que es un inadaptado, vamos, y algo que nunca podrán entender los expertos en “regalar los oídos” a los jerarcas (existe por supuesto un matiz: su actitud airada e individual no está en contradicción con una ética, en su más amplia acepción).


Pues bien, Eben, que huye espantado de celebraciones y otros jolgorios, pronto tropezará con una muchacha muy peculiar, Jennie Appleton (Jennifer Jones), en pleno Central Park. Este encuentro del pintor, es decir, de aquel que eterniza lo efímero, con la que será su modelo, le hará interactuar con el pasado, del mismo modo que lo hace un determinado tipo de lector. Eben llegará incluso a pisar las huellas de ese pasado cuando muestre a Jennie su boceto de un faro, en un momento en que está alcanzando su madurez como artista y como persona.

Así pues, se suceden las apariciones de Jennie al pintor. Estas se corresponden con saltos temporales, hasta que van acercándose a la fecha del “presente histórico” del protagonista. Realmente, es el modo en que la memoria actúa. Eben trasladará a su futuro retrato todas estas vivencias, cumpliendo así la promesa formulada a Jennie acerca de no olvidarla. También la galerista Miss. Spinney (Ethel Barrymore) es un personaje magníficamente trazado e interpretado, “soy una solterona, y nadie mejor que nosotras conoce el amor”, afirma. Miss Spinney sabe lo que quiere, y aún más aterrador, lo que es artísticamente bueno (potencialmente) y lo que no, condición que, como podemos suponer, también ha acabado abocándola al ostracismo. En efecto, hay muchas y muy variopintas razones por las cuales se puede adquirir una obra. Su valor crematístico es solo una de ellas…


En Jennie podríamos decir que existe otro personaje más, la ciudad de Nueva York durante la primera mitad del XX; incluso cuando no se nos muestra, está ahí. Una sugerente Nueva York de décadas pasadas, con sus respectivas juventudes malogradas, fijadas en el tiempo como figuras anónimas pero inmortales, que son en definitiva las huellas físicas de una ciudad, evocadas momentáneamente por el portero de un cine, una monja, un viejo marino y una ex encargada de vestuario.

Así, el parque, el puerto…, son lugares que han quedado impregnados. Toda la ciudad parece envuelta en una atmósfera onírica, como una potencial puerta al pasado. Es una percepción que a veces se sugiere por medio de la textura de la imagen, a modo de lienzo sobre el que se va plasmando el relato de Jennie y Eben. Un relato que comienza con los largos y solitarios paseos de un pintor que crea su propia compañía; imaginaria o no, esto es lo de menos: resulta real para el personaje. Esto marca la diferencia de Eben, no ya como “carácter” (en contraste con su buen amigo Gus –David Wayne-, por ejemplo), sino como artista; supone el germen que le convierte en alguien diferente, especial.


La maravillosa fotografía de Joseph H. August, de un expresivo y contrastado blanco y negro, “ilumina” una narración cuya inolvidable resolución “romántica”, literalmente la plasmación de un sturm und drang, durante la secuencia del faro y el vendaval, es ilustrada por medio de unos virados a color. El realizador William Dieterle (1893-1972), saca un excelente partido al material, por ejemplo cuando las figuras de Eben y Jennie se nos muestran oscurecidas en el parque mientras caminan (o a contraluz, cuando la chica hace su primera aparición). En otro momento “expresivo”, en la salita de Miss. Spinney, observamos a los patinadores del Central Park por la ventana, mientras el pintor, en continuada fase de sinceridad “consigo mismo”, rememora su infancia.

Igualmente, debemos hacer mención al extraordinario momento en que la Madre María (Lillian Gish), lee a Adams una de las cartas de Jennie. Y tampoco resulta baladí el guiño a Walt Disney, es decir, a la imaginación, por medio del cartoon que se proyecta en un cine. Además, los arreglos musicales de Dimitri Tiomkin, en base a la envolvente y ensoñadora música de Claude Debussy, proporcionan otro momento realmente extraordinario, en el que el sonido se va diluyendo durante un concierto a causa de la abstracción de Eben Adams.


Así pues, ¿y si la persona con la que mejor podríamos compenetrarnos, o a la que podríamos amar más, resulta que vivió hace años -o lo hará en el futuro-? ¿Y si por una mágica posibilidad pudiéramos ponernos en contacto con esa persona? En la película de William Dieterle, la afinidad logra una unión tan poderosa, que es incluso capaz de superponerse al propio paso del tiempo. Tanto Eben y Jennie, como personas, como el creador y su obra, permanecerán unidos para siempre.

Sin duda, Jennie es una obra maestra, y solo me resta decir que será muy grato poder tener la ocasión de leer el original de Robert Nathan algún día.

Escrito por Javier C. Aguilera



Clásicos Inolvidables (III): Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle

04 agosto, 2011

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¿Quién no ha oído hablar del detective inglés que habitaba en el 221-B de Baker Street junto a su inseparable (o no tanto) compañero John H. Watson?

Nuestro famoso detective, alejado de la mayoría de estereotipos que se le han adjudicado debido a las versiones cinematográficas que se han realizado de sus casos, era, y sigue siendo, uno de los más celebres y curiosos personajes de la literatura negra. Sin duda, a Sherlock Holmes no le ha ocurrido como a otros personajes novelescos de cierta fama, como pudiera ser Werther, del alemán Goethe, sino que se ha mantenido fresco para los lectores del actual siglo, pese a que hace cerca de cien años que sus aventuras terminaron.
Una vez que el lector entra dentro del mundo londinense de finales de siglo XIX, donde las clases sociales todavía tenían gran relevancia y donde la investigación policial era el neandertal del conocido CSI, surge la figura de este humilde detective consultor, al que poco le importa la fama o el dinero, sino la intriga y la curiosidad de los casos que llegan a sus manos.

Era tan poca la importancia que le daba a la fama de sus dotes deductivas y prácticas que hasta su amistad con el doctor Watson no se encargaría de recopilar y dar a reconocer sus investigaciones. De esto se ocupará su compañero que, a excepción de algunos pocos casos, recopilará por escrito sus vivencias junto al detective, dejándonos entrever el extraño carácter de Holmes y sus impresionantes habilidades, que lo acercan a una vida bohemia entremezclada con un pensamiento práctica. Un hombre capaz de sacar los mínimos detalles de la vida de una persona con tan sólo observarlo.

Portada original de Estudio en escarlata
La primera obra que nos habla de Holmes es el Estudio en Escarlata, una de las cuatro novelas del detective, además de los varios relatos breves que componen una amplia colección de casos policiales donde las habilidades de Sherlock, para quien pueda sorprenderle, no siempre resolverán el caso. Esta primera novela sería la primera historia larga que los londinenses tendrían en sus manos del que se convertiría en una de las figuras más afamadas de la época, teniendo que responder su propio autor a cartas enviadas al ficticio domicilio de Baker Street, algo que todavía los encargados del museo siguen haciendo.

Pese a que esta obra logra esbozar las características de las historias de Holmes, no sería uno de los mejores relatos de Doyle, quien tan sólo estaría dando el paso hacia los cientos de casos (contados y sin contar) del detective que oscurecería su nombre, como Drácula ensombrecería a Bram Stoker o Frankenstein a Mary Shelley. Este hecho marcaría profundamente al autor, que llegaría a asesinar a su personaje tirándolo por una cascada junto a su némesis, el doctor Moriarty, cuyo nombre ya se dejó ver en la cuarta, y última, novela, El valle del terror. No obstante, ante las reclamaciones de los seguidores ingleses, tendría que rescatar a su célebre personaje para traerlo de nuevo a la vida en siguientes casos.


Ilustración de una novela de Holmes
¿Qué te encontrarás al leer algún relato de Sherlock Holmes? En primer lugar un texto contado normalmente en primera persona por el doctor Watson, usando Doyle el reconocido narrador transcriptor, fingiendo que él es el editor de los textos del compañero de Holmes. La historia transcurrirá sin demasiadas florituras adjetivales, alejado de metáforas o de un lenguaje poético; Doyle, como Holmes, aplica el pensamiento práctico en su obra y cuenta principalmente la sucesión de hechos a través de breves oraciones, siendo la parte más amplia los diálogos, donde se suelen explicar los hechos y las conclusiones que detallan con exactitud los motivos o los hechos acontecidos según el caso que Sherlock está investigando.

En ocasiones puede parecernos sorprendentes las cualidades deductivas de Holmes, en especial en los relatos, que debido a su brevedad deja pocos datos sueltos para que el lector pueda sacar sus propias conclusiones, aunque en ocasiones nos podemos encontrar con reconocidos hechos que han sido usados posteriormente por series de televisión o por otros autores, como los casos de habitaciones cerradas. En las novelas, de mayor amplitud, el lector puede llegar a ser partícipe de la obra, siendo un investigador más. Además, es en estas obras donde se nos expone, una vez resuelto el caso, un relato sobre el pasado, ajeno a Holmes o Watson pero que también llega a sus manos, que esclarece los hechos acontecidos. El uso de un documento dentro la novela que hace así de doble narrador transcriptor: Watson encuentra o escucha la historia y la escribe, siendo transcriptor de la misma, y siendo Doyle el último narrador, que recoge toda la información expuesta por el doctor.

Sir Arthur Conan Doyle, creador de Holmes

Este estilo sobrio, marcado de las descripciones puramente necesarias y con algunas escenas de acción en varios de los casos, donde no falta el revólver que Watson guarda de la guerra o donde se muestran las habilidades de boxeo de Holmes; aunque hemos de notar que el principal cometido de la obra no es la acción, sino la resolución del caso, con los motivos que llevaron hasta él. Quizás lo más complicado sea situarse bajo las ediciones actuales de los relatos y las novelas, siendo casos independientes, pero que mantienen la línea histórica de la vida de Holmes y Watson, puesto que la selección suprime en ocasiones algunos relatos donde aparecen hechos personales, como cuando dejaron de vivir juntos en el 221B de Baker Street, debido a las relaciones amorosas de Watson, que llegó a casarse hasta en tres ocasiones, siendo consecutivamente viudo en dos ocasiones.

Por tanto, si quieres conocer mejor a este personaje del que tanto, posiblemente, has oído hablar y del que, quizás, tengas algunas ideas equivocadas, te invito a leer los relatos y las novelas de Sherlock Holmes, a dejarte intrigar por sus casos, sorprender por las veloces deducciones, aterrarte por algunos escalofriantes hechos y, ante todo, disfrutar de la apasionante lectura de un héroe que no pasa de moda.

Escrito por Luis J. del Castillo

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