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Paula, de Isabel Allende

04 octubre, 2016

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Hay una conexión mágica entre las historias que nos narran nuestros padres y el presente que vivimos. Llegamos al mundo in media res y debemos adaptarnos, descubrirlo por nosotros mismos, pero nuestra familia suele ser la que primero nos descubre los antecedentes, las anécdotas que conforman todo un rompecabezas de personas que conocemos en otro punto de sus vidas o de otras que en realidad nunca llegaremos a conocer. No podemos evitar sentirnos identificados con esos sucesos que de alguna forma tuvieron repercusión en nosotros, aunque no estuviéramos allí por la mera imposibilidad de la no existencia. Sin embargo, después nosotros nos convertimos en transmisores de esos recuerdos. Otros vendrán y seguimos con ellos el vínculo.

Seguramente sea mucho lo que se pierda, fruto de la erosión de la memoria, pero también irán surgiendo nuevas y únicas historias. Así ha sido siempre. Y así el ser humano ha ido creciendo. No nos resulta ajeno encontrarnos con una voz que nos habla con naturalidad, aunque con cierta belleza literaria innegable, como si hablara en confidencia de esas historias familiares. Es cierto que nosotros no somos Paula y que seguramente nunca ocuparemos el lugar que ella dejó, pero la voz que le narra a ella también se abre a nosotros.

Quizás por eso sentimos que estamos ante una voz auténtica, más cercana que nunca, que rompe con la ficción aunque a la vez creamos que es ficción. Dudamos porque viene entre páginas de un libro. Pero son las mismas historias que hemos vivido o que nos han contado. Esto es lo que se deja ver en Paula (1994), de Isabel Allende (1942-). La escritora chilena llegó al mercado editorial con su obra más conocida, La casa de los espíritus (1982), tras su trayectoria como periodista humorística y directora de una revista infantil. Desde entonces, ha gozado del favor del público con sus siguientes novelas, como De amor y de sombra (1984), la trilogía juvenil Las memorias del águila y del jaguar, que recopila sus novelas La ciudad de las bestias (2002), El reino del dragón de oro (2003) y El bosque de los pigmeos (2004), y también sus obras autobiográficas, entre las que encontramos la que hoy reseñamos, Paula, o la más reciente La suma de los días (2007).


Hace once años escribí una carta a mi abuelo para despedirlo en la muerte, este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida. (pág. 19)

De manera general, a pesar de su éxito, la crítica especializada u otros autores han considerado a Allende como una escritora más bien mediocre, considerándola una imitación menor del estilo de García Márquez (1927-2014), sobre todo por la novela con la que debutó, que se inserta en el realismo mágico. Lo cierto es que como ella misma declara, no suele preparar en exceso sus obras, sino que se deja llevar por las mismas. La casa de los espíritus, como revela en Paula, surgió como desarrollo de una carta dirigida a su abuelo, cuando este estaba a punto de morir. Por así decirlo, las experiencias vitales de Allende unidas al estilo que había desarrollado en su trabajo como periodista la llevaron al mundo de la ficción, pero una ficción que parte irremediablemente de sus experiencias vitales, al menos en origen. En el caso de Paula, esta es directamente su historia.

Paula
El origen de esta obra autobiográfica es la enfermedad de su hija Paula, a la que se dirige de manera epistolar a lo largo de la narración. Cuando su hija cae en un largo coma del que ya no regresará, Isabel se refugió en la escritura para contarle lo que no había compartido con ella: la historia de sus abuelos, de sus padres, cómo fue la relación con su primer marido, el padre de Paula, y cómo vivió los acontecimientos más importantes de su vida, como el golpe militar en Chile o el posterior exilio.

Ambas líneas temporales se van dando la mano a lo largo del libro entrecruzando la dolorosa evolución sanitaria de Paula, con las vivencias en el hospital, los compañeros de habitación, las conversaciones con la familia y con el marido de Paula, con la narración de la vida de Isabel desde su infancia hasta el momento actual, ofreciéndonos en muchos casos las claves del origen de su primera novela, dada la correspondencia entre la historia familiar y la ficción de aquella obra, y sus diferentes reflexiones en torno a acontecimientos sociales e históricos.

Como sucede con algunos libros, el lector se sentirá como un observador morboso, una persona que no estaba invitada en origen a recibir esta historia, pero que no puede seguir avanzando, conviviendo con los sentimientos de la narradora y percibiendo la tragedia, pero también las alegrías, las incongruencias, la vida que desprende sus hojas. Mientras leía Paula no pude evitar recordar una obra similar en el tono que había leído tiempo atrás, El club de lectura del final de tu vida (Will Schwalbe, 2012), en tanto que se narraban precisamente vidas en un momento de desahogo ante la enfermedad y muerte de un ser querido. En este caso, el de una hija, en aquel, el de una madre. En estas circunstancias, más allá del mérito literario de estos libros, lo que subyace es ver reflejado nuestro propio dolor, nuestros propios pensamientos, escritos por otra persona, aún cuando no hemos vivido una situación semejante.

Isabel Allende en el año del golpe militar, 1973
La casona familiar, encantadora cuando ella la presidía, con sus tertulias de intelectuales, bohemios y lunáticos, se convirtió a su muerte en un espacio triste cruzado de corrientes de aire. [...] Con la muerte de mi abuela se vaciaron las jaulas de pájaros, callaron las sonatas en el piano, se secaron las plantas y las flores en los jarrones, escaparon los gatos a los tejados, donde se convirtieron en bestias bravas, y poco a poco perecieron los demás animales domésticos [...] (pág. 39)

Paula se convierte en un diálogo cómplice donde cabe todo. Aunque suponemos que Allende se guarda secretos, lo cierto es que acaba por contarnos momentos de extrema delicadeza: el acoso del que fue víctima cuando era niña, la presión y la amenaza que sintió sobre sí y sobre su familia durante la dictadura, los continuos robos de los que fue víctima, las casualidades por las que llegó a tener un trabajo a pesar de no estar en la mejor predisposición para el puesto o la petición de su abuelo de que, llegado el momento, le ayudase a morir. Idas y regresos a momentos oportunos que provocan que más allá del hilo conductor cronológico que habitualmente se sigue, sintamos en la obra una coherencia que se asemeja a la conversación personal, con algunos saltos temporales tanto hacia delante como hacia atrás en torno a momentos concretos. Todo ello unido a la narración del presente, dedicado al dolor y a la impotencia del proceso al que se vio sometido Paula hasta la muerte y, sobre todo, hasta que Isabel aceptó que no había marcha atrás para su hija.

El libro presta atención a diversos temas derivados de las vivencias de la narradora, incluyendo algunos comentarios con los que se podría debatir. Entre los temas que se tocan está el feminismo, centrada sobre todo en la situación en su país y que atraviesa de manera transversal otros subtemas, como la educación o la situación laboral; la política y el histórico golpe de estado chileno, con la muerte de su tío (primo hermano de su padre) Salvador Allende (1908-1973), incluyendo a los hechos históricos notables algunos cotidianos que ella misma vivió, como el entierro de Pablo Neruda (1904-1973); algunas menciones metaliterarios, como la forma en que crea historias o el trato con su agente, la célebre Carmen Balcells (1930-2015); las relaciones de pareja y familiares o la crítica a ciertos aspectos sociales de otros países, como el caso de la España de principios de los noventa o la Venezuela de los setenta. También hay espacio para las consideradas medicinas alternativas o para la vida naturalista.

Salvador Allende
Sin duda, se trata de una obra de gran intensidad humana, devastadora no solo en la enfermedad, sino también en el punto al que puede llegar el ser humano dominado por el poder. Paula parece una narración sincera y madurada cuyo valor reside más en el testimonio que en su aparato literario. Ello no le resta nada, dado que no se trata de una obra que lo pretenda, simplemente se lee con facilidad y hasta con cierta desazón cuando se va acercando el final. No en vano hemos entrado en contacto con una voz real, sincera, convencida de sus palabras, que lanza estas páginas a un mar de lectores como quien grita al aire para encontrar alivio. Puedes no estar de acuerdo con lo que diga, puede que no te guste el estilo, puede que no creas sus palabras, pero no le falta valentía y alma. Eso, al menos, hay que reconocérselo.

Escrito por Luis J. del Castillo


De Gabriel a Gabriel, de Marinella Terzi

19 octubre, 2014

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La muerte de un ser querido siempre es difícil de afrontar, pero la forma con la que el protagonista de esta novela descubriremos un punto de vista esperanzador y de perdón hacia la persona que se marcha. De Gabriel a Gabriel nos sumerge en el mundo del adolescente Gabriel, quien acaba de perder a su padre, también llamado Gabriel, y hacia el que decide escribir cartas como modo de escape y para intentar reencontrarse con una figura paterna que, en realidad, no conoce como él pensaba. El problema es que, a veces, las respuestas no son aquellas que desearíamos recibir.


Narrado en primera persona con el lenguaje y las preocupaciones propios de un adolescente de quince años, conoceremos los problemas a los que se enfrentará tras la muerte de su padre: una madre ausente, una amiga de la que rehuye pero a la que necesita más de lo que piensa y el primer amor imposible. Todo ello escrito en forma de cartas a su padre, con el que se desahoga explicándole sus preocupaciones, sus andanzas y su manera de ver la vida, algo que apenas llegó a hacer con él en vida. Nos encontramos, pues, ante una manera de perdonarse a sí mismo y de crear una gran fortaleza para enfrentarse a la muerte.

Marinella Terzi, autora de esta novela, es una escritora catalana con una amplia trayectoria profesional a sus espaldas. Su primer libro, Un problema con patas, lo escribió en 1989, y tras él vinieron Estornudos con sorpresa (1990), Rodando, rodando (1992), Espiral (1993), Un día estupendo (1997), Llámalo X (2000), ¿De vacaciones en México? (2002) y De Gabriel a Gabriel (2005). Terzi también ha ejercido de traductora al castellano de más de cien libros infantiles y juveniles (desde el catalán, el italiano y el alemán). Actualmente compagina la escritura con la edición y la traducción freelance, y colabora como columnista en el diario de literatura juvenil El Tiramilla.

Marinella Terzi
La novela de la que hoy hablamos es también de corte juvenil. Sin llegar a tener una evolución concreta en su argumento, sí que comprobaremos el cambio de actitud en nuestro protagonista, desde la incredulidad y la rabia por la pérdida de un padre hasta la madurez alcanzada una vez asumidos los golpes que asesta la vida. Por lo demás, la historia en sí es realmente plana, no llega a tener momentos decisivos ni claros incentivos que motiven la lectura. Entretiene en su justa medida, gracias al evidente y coloquial lenguaje adolescente empleado a lo largo de la novela y también a todos los imprevistos y locuras que se realizan durante esa edad. Lazos familiares, la importancia de la amistad o el primer amor son temas de vital importancia en la adolescencia, y por los que la autora pasará de puntillas, debido, en gran parte, a la breve extensión de la historia.

Una vez concluida la lectura, nos quedaremos con buen sabor de boca por el optimismo, entereza y esperanza con la que el protagonista afronta su futuro. Porque siempre hay una oportunidad para reencontrarse con uno mismo y con los que se marcharon en su día.

De Gabriel a Gabriel (Fotografía de LJ)

Escrito por Mariela B. Ortega

Clásicos Inolvidables (LI): Carta de una desconocida, de Stefan Zweig

20 agosto, 2014

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No nos sorprende que en nuestros tiempos de redes sociales e ídolos surjan reacciones desmesuradas de toda clase de personas, a los que llamamos fanáticos o fans, que hacen todo lo posible por resultar visibles para sus famosos favoritos así como sacrificando su tiempo para poder verlos o disfrutar de lo que hagan. Podemos incluso mencionar al amor platónico que muchos sienten por estas personas, situándose en una clara desigualdad, donde se quiere, pero se siente tan inferior respecto al otro, que se considera imposible una relación real. Todas las historias sobre estos amores imposibles suelen reunir cursilería y acontecimientos estrambóticos, todo lo contrario a lo que en 1922 nos ofreció el escritor austriaco Stefan Zweig con su novela corta Carta de una desconocida, una historia atemporal que consigue relatar una de estas relaciones imposibles entremezclando la devoción con una narración fluida y falta de juicio moral sobre sus protagonistas, eso queda para los lectores.


A Stefan Zweig nos acercamos anteriormente con los relatos recogidos en Noche fantástica y ya hemos mencionado en alguna ocasión su obra El mundo de ayer. La breve novela que comentamos lleva el título de Carta de una desconocida y nos traslada a la epístola de una mujer hacia un famoso escritor por el que ha sentido admiración desde que él se trasladó al piso de enfrente, siendo ella una niña. Esta historia de admiración pueril por una vida diferente a la suya desemboca en un amor febril y obsesionado que es mostrado con naturalidad por Zweig a través de las palabras de su narrativa.

Este amor arrastrará a nuestra protagonista a rechazarlo todo y, finalmente, a perderlo todo. Será precisamente su última pérdida la que le otorgue las fuerzas para hacer lo que nunca fue capaz: contárselo todo a su amado. Esta idea se refuerza en las partes en que se divide la carta, repitiendo al inicio de cada una cómo ha muerto su hijo. A lo largo de la carta no encontramos sentimentalismos innecesarios, pero sí la resignación de lo imposible, aquello que impide a la mujer desconocida darse a conocer a su amado, aún cuando se haya acercado hasta lo más íntimo. 

Por su parte, el escritor reúne entre sus elementos el hecho de ser un mujeriego y la permanencia en su forma de ser. Ella lo desvela en numerosas ocasiones en su carta, cuando ve que su casa sigue igual desde que era niña o que su actitud es la misma que antaño. Él es libre y esa libertad no tiene tiempo ni atesora recuerdos, lo que conduce a la indiferencia con la que trata a la protagonista: la indiferencia del olvido. El dolor de esta circunstancia es lo que retumba en la melancolía de la desconocida.

La fidelidad a un amor obsesivo que la ha marcado durante su vida la ha alejado de todo lo demás, incluso cuando pudiera ser beneficioso para ella y para su hijo, aún pudiendo haber esquivado a la muerte de esa forma o haberse acercado a él de esa forma. Ella también ha respetado su libertad, porque su amor ha considerado que él debía ser así y que, de cambiar, dependía de él mismo.

El destino de ambos se funde a través de este relato que concluye con un final de ciertos ecos fantásticos, como el aire que envuelve al escritor y su incapacidad, constante en toda la carta, de recordar a la mujer. Él también está solo, pero no ha sufrido lo mismo que la mujer; en verdad, no lo conocemos más que por las palabras de ella, unas palabras muy bien escogidas por Zweig, que nos adentra en una historia de entrega absoluta que parece descabellada y que apenas resulta creíble en tantas creaciones actuales que tratan de contarnos una historia similar.


Esta intensa carta fue llevada al cine por Max Ophüls en 1948, encabezando el reparto Joan Fontaine y Louis Jourdan, aunque también fue adaptada en 2001 por Jacques Deray y en 2004 por Xu Jinglei. Pero siempre es bueno acercarse a la escritura original, especialmente cuando pertenece a la pluma de un gran autor como fue Stefan Zweig.

Escrito por Luis J. del Castillo



Clásicos Inolvidables (XXXIII): Las cuitas del joven Werther, de Goethe

28 agosto, 2013

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El estar descontento con el destino es una de las pasiones más comunes, y de ahí la simpatía y el contagio que provoca el corazón de Werther (Chistoph M. Wieland).

Es muy habitual que los escritores acudan a su propia experiencia vital para ambientar una trama o caracterizar un personaje. Siendo joven, Johann W. von Goethe (1749-1832) también se enfrentó con la muerte, por fortuna para todos sin éxito, cuando una grave enfermedad (que no he logrado determinar) le apartó de los estudios. Más aún, el autor hace que Werther cumpla años el mismo día que él, el veintiocho de agosto. Finalmente, una vez recuperado, Goethe se dedicó a explorar varias de las esferas del conocimiento humano, sin desdeñar el ocultismo, a la par que ejercía de abogado, sin demasiado interés, en su Fráncfort natal.

De 1786 al 88, estando en Italia, se consolida en Alemania el movimiento romántico, de resultas de lo cual, a su regreso, Goethe entabla una muy productiva amistad con el poeta, dramaturgo e historiador Friedrich Schiller (hasta la muerte de este en 1805), que lo pondrá de nuevo en contacto con las ideas de este poderoso movimiento, al que él mismo ya había contribuido, sin pretenderlo, cuando con veinticinco años escribió Werther (si bien el autor revisaría la obra e incluiría algunos nuevos párrafos en 1787). Como curiosidades, en 1807, contando cincuenta y ocho años, Goethe contrae matrimonio por vez primera, y en 1812 conoce personalmente a Beethoven, lo que dice bastante acerca de los intereses e independencia del escritor y estudioso alemán.

Retrato de un joven Goethe
No podemos modelar a nuestros hijos según nuestros deseos, debemos estar con ellos y amarlos como Dios nos los ha entregado (Goethe).

Werther (1774) supone para Alemania la popularización de la novela. Y aunque su extensión lo acerca más a un relato largo, se las apaña para acabar con la influencia de los escritores extranjeros, predominantemente franceses e ingleses, dando comienzo al clasicismo literario alemán. Tal fue el impacto de la obra en la cultura alemana, que al fin consolidaba una plena identificación literaria con el idioma.

A través de su estructura epistolar, Werther narra el enfrentamiento de un individuo consciente de sí, frente a una sociedad que pretende domesticarlo a su capricho. Y es que el desencuentro, además de pasional, es también con un colectivo que fomenta las diferencias de clase (cartas del 15 de marzo y 8 de enero). El encontronazo con esa realidad clasista, sumado a su frustración amorosa, resultará devastador. Para colmo, el entorno del joven, agresivo e insensible, como rubrica el episodio de la tala de los nogales de casa del pastor, le privará de un último y muy necesario asidero vital (15 de septiembre).

De ese modo, el joven Werther toma conciencia de que las relaciones vienen marcadas tanto por las diferencias de carácter como de estatus. Se trata de una delicada etapa de aprendizaje que parece perpetuarse en el tiempo, y en la que el joven más auténtico, apasionado y sincero, llega a magnificar todos los sentimientos, sin el atemperamiento de la madurez. Es a estos que Goethe pone voz de manera franca.

Werther con su vestimenta típica

No es fácil en este mundo entenderse mutuamente (Werther).

Sin embargo, de Werther no conocemos, por ejemplo, su pueblo natal, lo que de hecho “universaliza” al personaje. Goethe libra de hojarasca biográfica a su protagonista todo lo que puede, para encarnarlo como arquetipo. Las cartas que conforman la novela, datadas en 1771, se dirigen a su amigo Wilhelm (ocasionalmente a Lotte), y por medio de ellas sabremos del carácter y personalidad del joven. Por ejemplo, el hecho de que Werther no disfruta demasiado de las carnavaladas y mascaradas de los salones (sustitúyanse por las aglomeraciones festivas del presente), más allá de su asistencia por puro compromiso o para hacerse el encontradizo con Lotte, la cual le reprende “por el ardor que pone en todo” (1 de julio).

En efecto, la mirada del joven es hiperestésica, lo siente todo (18 de agosto), y en las raras ocasiones en que toma parte del jolgorio, no llega a integrase en el mismo ya que su naturaleza le otorga la lucidez de saber que “nuestro destino es ser incomprendidos”. Ejemplo de esa humanidad son sus reflexiones acerca de la maternidad, o su relación con los niños, en concreto con los hermanos pequeños de Lotte, a su cargo debido a la ausencia de una madre (como la propia joven relata en uno de los pasajes más hermosos del libro - 10 septiembre).

Igualmente, resulta muy ilustrativo el debate acerca del suicidio que Werther mantiene con Albert, el pretendiente de Lotte (12 agosto), durante el cual, el impetuoso joven pide respeto por los que han muerto de ese modo, en la más absoluta tristeza y soledad. De hecho, Werther puede intuir ya su futuro en lo acontecido a una joven sirvienta, a modo de premonición. Su carácter ciclotímico se manifiesta por medio de un corazón “desigual e inconstante” (13 mayo), al cual se suma otro desencanto anterior, el de la señorita B. (sic); hasta que, por fin, en carta fechada el treinta de agosto, Werther comprende por primera vez que su fatalidad no tiene solución.

El famoso Caminante sobre un mar de nubes, de C. D. Friedrich
Nos veremos de nuevo, y más contentos (Werther).

La obra está dividida en dos, y la segunda parte se abre con una lúcida reflexión acerca del poder. Nos hallamos poco más de un mes más tarde. Werther se encuentra en otra ciudad X, en el sur, trabajando para un embajador “celoso, puntilloso, prepotente e hipócrita” (que cada cual ponga rostro al sujeto, seguro que no faltan candidatos), envuelto, según añade el joven, en una “deslumbrante miseria” y por el tedio (24 diciembre). Hasta tal punto es opresivo el ambiente, que Werther llama la atención acerca del temor de la mayoría de las personas por alcanzar la verdadera libertad.

El diecisiete de mayo escribe que “amistades todavía no he encontrado”. Más aún, Werther constata cómo, pese a lo que solemos creer, no somos precisamente el centro del universo (18 agosto), y que el auténtico misterio está en la propia naturaleza. Del mismo modo, es consciente de que somos demasiados como para no pasar desapercibidos (26 octubre), razón por la cual, es preciso comprender que el “flechazo” de Werther no es tanto físico, como intelectual: no solo se siente atraído por la belleza de Lotte, ve en ella a un igual (16 junio). La incertidumbre es una terrible tierra de nadie que abona el terreno, y cuando esta da paso a la imposibilidad de la relación, a la constatación del amor no consumado, se produce el bloqueo.

Jonas Kaufmann como Werther. Representación de la ópera de Massenet
Como tengo tan poco tiempo para leer, el libro que coja ha de ser de mi gusto (Lotte).

Sin duda, otros grandes aciertos de esta obra “de juventud” los encontramos en la crítica a las “opiniones prestadas” y a la transmisión de frases estereotipadas (11 junio), tan fáciles siempre de asimilar, junto a la descripción de un ambiente juvenil poblado de celos vanos, y cuyo mal humor resulta contagioso (1 julio). Sin olvidar la descripción del atuendo característico de Werther (6 septiembre), como elemento diferenciador y dramático que llegó a ponerse de moda; y sobre todo, ese hermoso momento en que Werther retorna a los lugares de su infancia, a su paraíso perdido (9 mayo).

En cuanto a la cuestión religiosa, Werther asegura que la religión “no es consuelo para almas tan afligidas” (15 noviembre). No la desprecia, sencillamente no responde a sus preguntas. De hecho, a diferencia de aquellos falsos católicos que manifiestan verdadero pavor ante la posibilidad de la muerte, Werther no la teme.

La información final de la obra la proporciona un editor ficticio, que actúa como albacea de toda la correspondencia. Este personaje, identifica al joven Werther con todas aquellas personas que se salen de lo común (30 noviembre). Se trata ésta de una característica que convierte la obra, por ironía de su autor, en un auténtico trabajo de editor.

En la edición de Cátedra a cargo de Manuel José González, resulta muy ilustrativo el apartado que desglosa los personajes históricos que sirvieron de modelo a Goethe. Cabe destacar finalmente, que el músico Jules Massenet (1842-1912), dedicó a la obra su no menos hermosa ópera Werther (1892).


Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (XIII): Cartas finlandesas, de Ángel Ganivet

29 mayo, 2012

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Nos encontramos ante una de las obras del insigne y simbólico precursor de la Generación del 98, Ángel Ganivet, alejado de la Ilustración de Cadalso o Moratín y dentro de una época turbulenta que llevará desde las corrientes románticas hasta el realismo y el naturalismo. Pero él compartirá la angustia espiritual que le valdría un puesto al lado de Unamuno, amigo suyo, en la clasificación hecha por Ortega y Gasset de las últimas generaciones del siglo XIX. Compañeros de Ganivet pedirían al granaíno información de Finlandia y encontrarían respuesta en esta obra, publicada primero en un periódico local llamado El Defensor de Granada, y posteriormente recopiladas en una edición de 1898.

Edición de las Cartas finlandesas con otra obra de Ganivet
Llaman la atención en estos capítulos a modo de cartas, del irrepetible escritor granadino, los geniales encabezamientos, preludio de un contenido tan actual como lo fuera en su día, narrado con la gracia del que se sabe, como diría Heinlein, forastero en tierra extraña. Enunciados tales como “donde el corresponsal, auxiliado por su criada, satisface la curiosidad de una curiosa cocinera granadina” o “donde se aplican al gran ducado de Finlandia las diversas teorías inventadas acerca de la constitución de las nacionalidades, y se demuestra que todas esas teorías son completamente inútiles”.

Retrato de Ángel Ganivet, por J. Ruiz de Almodóvar
Ganivet pasó unos dos años en Finlandia, de 1896 al 98, año de su muerte, como cónsul. Pero en tan poco tiempo publicó varias de sus obras más notables, incluyendo, claro está, las presentes Cartas finlandesas, todo un alarde de narrativa epistolar, elegante y amena. Sentencias como “aquí he encontrado ya varias personas que hablan y escriben correctamente media docena de lenguas y que no saben decir nada en ninguna”, perteneciente al capítulo X, parecen extraídas de la ácida y nihilista sit-com Sí, Ministro (1980-87), pieza maestra de la historia de la (buena) televisión, de la que espero ocuparme cualquier otro día, y que comparte no poco de la ironía, e incluso por qué no, de la típica malafollá granaína, en su vertiente más desprejuiciada y humorística. Pensamientos como “hay que ir dando largas e ir dejando el trabajo a los que vengan detrás, porque las gentes nunca están satisfechas y si se les da lo que ahora piden, no tardarán en pedir algo nuevo”, muy bien podría suscribirlos el mismo sir Humphrey de la citada serie, que se halla en sintonía -precisamente-, con el gran cronista de su tiempo (y por ende de todos los tiempos) que fue Ángel Ganivet, en hipotética y tronchante relación.

No obstante, parece más que improbable que Anthony Jay o Johnnatan Lynn, creadores de la irrepetible serie, conocieran a Ganivet o la tradición satírica española desde Quevedo, aunque cabe destacar que la pléyade de escritores sarcásticos británicos es igualmente abultada: desde Oscar Wilde a Lytton Strachey.

Otra joya. Dice Ganivet “para que una universidad (en España) emplee bien el dinero, tiene que ganarlo ella misma” en el capítulo XIII. Y siguiendo con el paralelo, otro impresionante ejemplo relacionado con la política que no nos resistimos a transcribir: en una de las innumerables revueltas estudiantiles que agitaron la vida escolar de mi tiempo, no recuerdo en cuál, en una que sería provocada, como de costumbre, por las reacciones gubernativas (…) se reveló un nuevo orador que desde lo alto de una reja nos arengó, nos entusiasmó y nos inflamó a los incipientes revolucionarios (…) En la reunión se hallaban dos señores viejos atraídos por la curiosidad, y tengo muy presente que el uno dijo: “este muchacho llegará a ministro”; “¿en qué te fundas?” - repuso el otro-, “porque lo que yo creo que está diciendo es una sarta de disparates”; “porque los dice bien, y además tiene una agilidad sorprendente para encaramarse en sitios altos; repito que ministro tenemos”.

Alhambra y Granada desde el Generalife, fotografía de MB&LJ
Junto a estas, otras afirmaciones sarcásticas y políticamente incorrectas (por eso mismo muy valiosas, por imperecederas), respecto al matriarcado en Finlandia, como en “esbozo crítico, un tanto benévolo, de las cualidades estéticas de las mujeres de Finlandia”; así como incisivas observaciones acerca del progreso, los cargos públicos o la familia, se deslizan por la obra con la implacable finura del gran observador, que además sabe transmitirlas.

Ganivet define al individuo finlandés como “calmoso hasta un extremo desesperante, aunque con una constancia a prueba de bomba”. Pero la intención crítica es bidireccional. Igualmente disfrutable es el apartado acerca de cómo nos ven los finlandeses a los españoles en el capitulo XI, así como la descripción de sus vistas, paisajes y cuadros en el XII, sus diversiones populares en el XVI, o el tipo de borracho finlandés, al que dedica el capítulo XVIII, proponiendo el autor un singular mapa de pimpantes isoglosas, según la intensidad alcohólica, y que animamos a descubrir al lector curioso por sí mismo, ya que representan, con pasmosa modernidad, la experiencia e impresiones del autor en la tierra de Sibelius y Alvar Aalto.

Paisaje finlandés
Pero junto a estas divertidas y certeras impresiones, no olvida el autor su gran amor por la literatura, tratando de averiguar todo lo posible con respecto a la finlandesa. De ese modo, Ganivet apunta que la literatura primitiva de Finlandia comprende géneros muy diversos, cuyo ejemplo son composiciones de carácter lírico o canciones, algunas relativas a la magia. Una especie de saber elevado o filosofía natural, como la define el autor, cuyo objeto era el conocimiento de los términos mágicos con los que se creía poder dominar a las fuerzas naturales.

Ángel Ganivet
El asunto principal de los primitivos cuentos épicos es la lucha entre dos regiones del país: al sur Kalevala, representación de la propia Suomi, es decir, Finlandia, y al norte Tapiola, reino de las tinieblas sito en la zona de Laponia.

Un gran pensador y escritor, alguien que llegó a decir que “el hombre es el más misterioso y el más desconcertante de los objetos descubiertos por la ciencia”. Se habla, con motivo, de su angustia espiritual, pero leer a Ganivet sigue siendo fuente de placer, reflexión y entretenimiento. Un tres en uno pocas veces superado.

Obra para leer (y disfrutar) una y otra vez, como volver a contemplar una buena película. Las Cartas finlandesas se erigen como un monumento al ingenio y el gracejo granadinos de su autor. Por su claridad expositiva, facilidad del dardo verbal, elocuencia desternillante e irrepetible trascendencia, cuando yo sea mayor quiero ser como Ángel Ganivet.

Escrito por Javier C. Aguilera

Clásicos Inolvidables (XII): Cartas marruecas, de José Cadalso

28 mayo, 2012

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Dentro de la literatura de la Ilustración, de la cual ya hemos visto El sí de las niñas, de Moratín, nos dirigimos ahora a la prosa de la época a través de una obra epistolar: Cartas marruecas, de José Cadalso.  Es importante recalcar que el movimiento ilustrado, como ya dijimos, buscaba la utilidad en el arte, y así sucedía con la literatura. En esta época surgen, precisamente, los ensayos, textos escritos en prosa que pretendían divulgar ideas científicas para el bien común, llegando a la razón, motor principal de una sociedad feliz y equilibrada. Y como fuente difusora de todos estos textos, el periódico, que tendrá su auge en el siglo XVIII, llegando a publicarse más de cien en España, aunque debido a la censura y la represión sufrida a finales de siglo por el miedo a una revolución social el número de periódicos descenderá de forma drástica. Estos periódicos fomentaron la aparición de ensayos breves cuya forma se iría acercando al artículo periodístico de autores del siglo XIX, como Espronceda o, más conocido por este tipo de obras, Larra.

Salón donde se transmitía los pensamientos ilustrados
Debemos tener en cuenta que no podemos hablar de novela, pues este género tendrá su formación a partir del siglo XIX, retroproyectando el término a obras narrativas anteriores. No obstante, sí existían elementos novelescos en las Cartas marruecas, que tratan más de realizar un retrato objetivo de España y de sus habitantes, en algunos casos con carácter moralista e ilustrado. Fueron publicadas por entregas póstumamente a lo largo de 1789 en El Correo de Madrid. Cadalso había fallecido en el asedio a Gibraltar en 1782, días después de haber ascendido a coronel. Su vida estuvo marcada por los viajes por Europa de su juventud, por su romance trágico con María Ignacia Ibáñez, fallecida prematuramente por tifus, y por las tertulias y círculos literarios en los que se movió, tanto en Madrid como en Salamanca, donde coincidiría con autores como Moratín, Tomás de Iriarte o Menéndez Valdés. Todas estas influencias le valieron para escribir dos obras en prosa fundamentales de esta época: Noches lúgubres y Cartas marruecas.

José Cadalso y Vázquez (1741-1782)

Noches lúgubres
Noches lúgubres indaga en el corazón, en la parte sentimental del ser humano, el otro peso del equilibrio ilustrado. Una obra que merece otra entrada y que supone la introducción del género sepulcral, muy importante en Inglaterra y que Cadalso imita, especialmente a Young, uno de los autores más importantes de esta temática.

En el caso de las Cartas marruecas, sigue el modelo que marcó Montesquieu en sus Cartas persas de 1721, obra exitosa que se convirtió en un modelo para otras similares, como es el caso. Además, el género epistolar estaba en auge en esta época, por lo que una adaptación de este tipo era fácilmente posible. La idea de este tipo de obras era ofrecer diferentes puntos de vista de algunos temas, especialmente las costumbres de un país, observando vicios y virtudes de la nación, en la tendencia que podríamos denominar costumbrismo y que alcanzará su máxima representación en las novelas de costumbres del siglo XIX. 

Cartas marruecas
Para ofrecer utilidad en estos comentarios, se mezclan opiniones de nativos y de ajenos al país, estando los segundos limpios de patriotismos, sin estar afectado por prejuicios, lo que les hace ser imparciales, aunque será una imparcialidad superflua, pues el autor es el que habla a través de esos personajes.

A través de noventa cartas, precedidas de una introducción y concluidas con una nota final y una protesta del editor, Cadalso nos muestra la correspondencia de tres personajes, hombres sabios y racionales, que tratarán diversos temas. En la introducción Cadalso se muestra como editor de este compendio de cartas que le ha cedido un amigo y que ha tenido que revisar y reescribir para los lectores, por esta cuestión aparecen varias anotaciones a lo largo de las cartas señalando partes ininteligibles para el editor o posibles confusiones de palabras. 

De esta forma, realiza el autor el papel de un falso editor, que le sirve para proporcionar veracidad al texto, de la misma forma que Cervantes hizo con su Quijote, al que menciona como obra satírica útil por criticar las costumbres, una visión de esta obra muy extendida en esta época. No obstante, defiende la publicación de estas cartas por tratar temas filosóficos y de costumbres, pero sin alcanzar temas políticos o religiosos, una declaración contra la censura, que, pese a ello, caerá sobre esta obra. Sobre los temas tratados, intenta expresar un justo medio, tratando de no ponerse en ningún bando, ni conservador ni reformista, pues pretende usar la razón para llegar a la mejor conclusión. Esta idea se repite a lo largo de la obra por parte de los tres personajes que componen el trío de destinatarios y remitentes: Gazel, Nuño y Ben Beley. 


En el primer caso, se trata de un joven marroquí que acompaña al embajador y que se quedará en España para estudiar las costumbres, a las que se adapta, vistiéndose de cristiano y haciendo amigos en el país, especialmente Nuño. Él será el encargado de introducirlo en círculos cristianos, especialmente en las tertulias; es un filósofo que le enseñará sobre las costumbres y la historia de España, coincide en algunos datos biográficos con el autor, Cadalso, pudiendo ser su voz principal dentro de la obra. Desde Marruecos estará la figura de Ben Beley, maestro de Gazel que no llega a visitar España y que suele escribir en sus cartas reflexiones generales que abstraen lo dicho por Gazel y Nuño, tratando de aleccionar con reflexiones universales.

Carlos III y el embajador marroquí
Gazel es el autor de la mayoría de las cartas, siendo el único que escribe en un principio. Caldalso escoge Marruecos por la verosimilitud, razón que señala en la introducción, pues no hubiera sido coherente un personaje de un país más exótico, como Turquía, ya que era más posible la visita y el interés de un marroquí que de un turco o un persa. Gazel es, además, una mirada limpia, un hombre que se guía con la razón, como sus dos compañeros.

En esta idea redundante a lo largo de la obra se alude en la primera carta, donde se describe el contexto de las cartas, criticando otros análisis superficiales sobre los países mientras en este caso Gazel se sumerge en España. Se describen a Nuño y Ben Beley como personas racionales, el primero como persona que ha sufrido un desengaño y al segundo como un gran consejero y maestro.

Las cartas, escritas de forma divulgativa, sin contenidos eruditos, nos muestra de forma clara la ilustración insuficiente que había en España, con grandes contradicciones. Por una parte, Cadalso critica al siglo XVI y al XVII y defiende el nuevo pensamiento ilustrado, pero, a la vez, muestra que todos los errores provenientes de esos dos siglos fueron por influencias extranjeras, que censura. El pensamiento ilustrado es, por otra parte, otra influencia externa y en España ha sido principalmente la casa de los Austria la encargada de llevar a cabo las reformas, pero Cadalso alaba a la casa de los Trastámara, dinastía anterior, por ser puramente española. Esta temática aparece en la tercera carta, donde, realizando un repaso a la historia de España, admira y exalta el valor de los españoles y a los Reyes Católicos como los mejores monarcas españoles, encargados de unificar la penínusla y expandir el cristianismo, mientras que tras ellos comienza una decadencia debida a una dinastía extranjera: la de los Austria, que gastará más en cuestiones extranjeras y que perderá el esplendor obtenido. 

Rendición de Granada, de Pradilla, donde los Reyes Católicos unifican España
En la carta IV marca Cadalso la diferencia entre la nobleza del siglo XVI y del siglo XVIII, siendo la primera ensalzada como ejemplo de lo mejor de España y la segunda criticada por las ideas ilustradas y por ser nobles que no han ganado ese prestigio por méritos propios, sino por herencia. Es una muestra de estas contradicciones de insuficiencia ilustrada.

Critica que los vicios eurpeos se han extendido frente a las virtudes nacionales, algo que también mencionará en la carta XXI; reconoce los vicios de España, pero en su argumento muestra que todos no son realmente de origen español, sino extranjero, pero los habitantes han considerado que lo son y los han defendido arduamente como patriotas. Se redunda en esta influencia negativa de Francia, principalmente, en las cartas XXXV y LVI. Será en la carta LXXVIII cuando critique la mentalidad anticuada del sabio escolástico y defienda que el nuevo pensamiento extranjero mejorará a España.

Voltaire en la corte de Federico II de Prusia, por Tafelrunde
Como su contertulio Moratín, también criticará la educación de los jóvenes, haciendo hincapié en la que reciben los primogénitos nobles, los beneficiados por el mayorazgo y que no se forman realmente, siendo ignorantes que necesitan de otras personas para valerse en distintas cuestiones. En este sentido, la carta VII muestra la superficialidad en la que viven este tipo de personas, rechazando el saber y disfrutando de la fiesta. En la carta XIII critica cómo la nobleza hereditaria no es positiva, pues los méritos para obtener el título nobiliario pertenece a los antepasados de los actuales nobles, que no tienen las mismas virtudes. Siguiendo con la educación y el reparto del conocimiento, es elitista, criticando en la carta XXIII los debates escolásticos por ser una discusión sin utilidad y en la carta LIX a los libros, que deberían repartirse en tres géneros según los diferentes tipos de personas: para el pueblo, al que destina libros fantásticos, para la clase media, al que destina libros especializados pero simples, y finalmente, a una élite compuesta por los dirigentes políticos y los príncipes, con libros críticos, imparciales y justos.

Finalmente, cabe destacar el tema de América, tratado en la carta V, sobre el cual Cadalso mostrará su admiración hacia los conquistadores americanos y señalará que hay críticos europeos contra esta conquista, pese a que él considera que fue positiva, pues llevó una cultura contra la barbarie. Debemos considerar que realmente fue una destrucción de civilizaciones hoy en día condenable, igual que las conquistas realizadas por otros países europeos en todo el continente americano.

Hernán Cortés, alabado por Cadalso
Es una obra que no ha trascendido, en parte por el poco interés que pueden suscitar las obras ilustradas, aunque trata temáticas que aún siguen en debate, como la importancia de invertir en ciencia o la frivolidad del consumismo. Interesante como obra divulgativa, aunque si os embarcáis en la aventura de su lectura, no esperéis encontrar una novela al uso.


Escrito por Luis J. del Castillo

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