¡A ponerse series! (XVI): Crónicas marcianas

16 julio, 2014

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Como complemento al trascendente libro Crónicas marcianas (1950), que reseñamos anteriormente, pasamos a continuación a comentar la mini serie que se basó en los relatos de Ray Bradbury (1920-2012) y que dan forma a la obra. Se trata de una adaptación realizada para la televisión por el igualmente notable autor de ciencia ficción Richard Matheson (1926-2013), que no es precisamente un desconocido para los amigos de este blog. Fue producida por Milton Subotsky (1921-1991), el co-fundador de la dicharachera productora británica Amicus (1962-1980), dirigida por Michael Anderson (1920) y contó con una entonada y melancólica música de Stanley Myers (1930-1993), cuyo tema principal bien podríamos describir como una elegía por los dos planetas protagonistas, la Tierra y Marte.

Crónicas marcianas (1979, estrenada al año siguiente), divide el material en tres episodios de unos cien minutos aproximadamente. Del libro a la serie habían transcurrido prácticamente treinta años y, en ese tiempo, los conocimientos sobre el planeta vecino se habían incrementado, hasta el punto de alterar significativamente la idea que de Marte tenían los científicos… y los escritores de ciencia ficción (algo similar sucedió con Venus).

Lo cual no resta valor literario a ninguna obra. Pero obligado resultaba el preludio de la sonda Viking (1975-76) en el primero de los episodios, Las expediciones. En él, la objetividad del pensamiento científico no es cortapisa para la apertura de la ficción (sin la cual no habría existido la propia ciencia). Todo ello, contando con la necesaria y saludable “suspensión de la credulidad”.

La acción salta entonces hasta 1999, donde asistimos a la encarnadura –¡no solo humanización!– de la mayoría de personajes del libro. Y lo que las maquetas no pueden proporcionar –en un efecto de feedback con la obra, de diseño igualmente “fabuloso”-, lo suplen los cambios de ángulo y unos decorados minimalistas (en un sentido provechoso).


La adaptación acomete cambios con respecto al original, pero al contrario de lo que se ha pretendido, nunca se desvirtúa el texto. Como ejemplos, la inolvidable tercera expedición se convierte en la serie en la segunda, y la cuarta, en la tercera. En esta última, el tripulante Spender (Bernie Casey) desarrolla con fidelidad su interesante evolución como personaje clave del libro, asumiendo, en un vacío existencial, cómo una civilización muere y otra ocupa su lugar, para acabar desapareciendo a su vez. “Aprenderemos de Marte”, le asegura el coronel Wilder (un estupendo Rock Hudson), representante en ese momento de la “oficialidad”.

El segundo capítulo, Los colonos, despliega un rosario de chantajes y corruptelas; la naturaleza humana en todo su esplendor. Una idea interesante se incorpora mediante la plasmación difusa de los seres “originales” de Marte, manifestados por medio de unas bolas de luz, que se aparecen a los misioneros Peregrino (Fritz Weaver) y Stone (Roddy McDowall), junto a la posibilidad de que aún existan marcianos escondidos en las montañas. De hecho, ¿tendrán “alma” los no humanos? Se trata de toda una transposición teológica; las preguntas planteadas se convierten ahora en universales (y aunque parezca extraño, es este un aspecto del que la moderna teología se ha ocupado). ¿Hasta qué punto los preceptos religiosos terrestres serán válidos en el universo? Y, ¿cómo afectará un determinado conjunto de creencias a la diversidad de la (posible) vida extraterrestre?


El tercer jalón de la etapa es Los marcianos. Ilustra otros segmentos inolvidables del libro, como el referido al (des)encuentro entre Geneviéve (una divertida Bernadette Peters) y el errabundo Benjamin Driscoll (Christopher Connelly), con alguna variante pero idéntico resultado que el original, como también sucede con el retrato de la familia Hathaway (liderada por Barry Morse).

Otra decisión -a mi modo de ver acertada-, afecta al personaje del coronel Wilder, que interactúa más en las sub-tramas, lo que lo convierte en una especie de hilo conductor que favorece su transformación “psicológica” (el texto original jugaba más la carta del nihilismo temporal: los personajes nos acompañaban y desaparecían, con la excepción de Wilder, aunque su presencia resultaba, en cualquier caso, menor).

De igual modo, es de justicia señalar entre los mejores momentos legados por la mini serie, el fragmento en el que un marciano encuentra refugio en una iglesia de “latón-piedra” para acabar apareciéndose a un terrestre con la apariencia de Jesucristo (bajo los rasgos de Jon Finch). Un apunte original en el que, junto a la necesidad de “racionalizar” aquello que no comprendemos, se une el eterno deseo de una segunda oportunidad. Es la reincidente manifestación de unos recuerdos y vivencias que aquí, aún siendo de carácter individual, alcanzan la definición de planetarios.

Bernadette Peters
Igualmente dramático, aunque definitivamente simpático, es el segmento dedicado al ex astronauta que abre un local de comida rápida, Sam, junto a su compañera Elma (los estimados Darren McGavin y Joyce Van Patten). Y por supuesto, sobresale la entrevista final de Wilder con un marciano, escrupulosamente fiel al original, y en la que cada uno percibe una visión diferente de la realidad (o del tiempo). ¿Quién forma realmente parte del pasado? 

Cuando finalmente, Wilder arroja al fuego su archivo privado, vestigios de su existencia y responsabilidad anterior, está quemando todo un estilo de vida. La estampa se convierte en una perturbadora pero grata imagen de la evolución.

2007 es la última fecha de la mini serie, gracias a lo cual el coronel Wilder es también el protagonista del postrero picnic marciano. Pero además de su familia, a Wilder le acompañan mentalmente los recuerdos de las personas que le han precedido. Es un reencuentro sin solución de continuidad, una especie de “muerte” que antecede a otra vida; un final majestuoso, no por espectacular, sino por resultar honesto y conmovedor.


Como curiosidad, podemos señalar que a lo largo de los cincuenta, algunos episodios de Crónicas marcianas fueron igualmente adaptados al cómic. Concretamente, por la enjundiosa E.C. Comics, en Los largos años (el relato de la familia Hathaway) y Marte es el cielo (la indeleble tercera expedición). Se encuentran en español en Clásicos de la Ciencia Ficción, vols. III y IV (Planeta-DeAgostini, 2005; correspondientes a Weird Science, E.C. Comics, nºs. 17 y 18, respectivamente).

Otra exquisitez la hallamos en la selección de dos de los relatos en formato vinilo, narrados por Leonard Nimoy (1931): Vendrán lluvias suaves y Usher II, en The Martian Chronicles read by Leonard Nimoy (Caedmon Records, 1975).


Nunca he considerado que los aspectos referidos a los efectos especiales sean definitorios a la hora de valorar en conjunto un producto de modo cinematográfico. Por supuesto que incrementan su valor, pero si nos atenemos a ese planteamiento, dentro de X años también nos pueden parecer obsoletos, por no decir ridículos, los efectos que hoy causan asombro. En cualquier caso, no está de más recordar que la imagen en movimiento, como forma artística sincrética, se hizo acompañar de la imaginación desde sus comienzos, con Georges Méliès (1861-1938) o nuestro Segundo de Chomón (1871-1929).

Filmada en Malta y Lanzarote, Crónicas marcianas en versión televisiva es, pese a su insuficiencia tecnológica, un digno representante de la obra maestra de Ray Bradbury, en una época que probablemente fue el mejor de los tiempos para la ciencia ficción (¡incluidos los dibujos animados!).

Escrito por Javier C. Aguilera


Próximamente: El velo


Momo, de Michael Ende

14 julio, 2014

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Ilustración extraída de Ediciona
La historia interminable (1979) eclipsó al resto de obras del alemán Michael Ende, siendo su novela más notable. Sin embargo, años antes, el autor había publicado una exquisita y sensible novela bajo el nombre de Momo (1973), la otra pieza más sobresaliente de Ende y que reúne en sí las críticas veladas a una sociedad de consumo y mercantilista hacia la que, según el autor, se dirigía la sociedad. La historia de esta novela parte con la llegada de la huérfana Momo a un barrio de clase media baja, donde será recibida, atendida y cuidada por los vecinos, quienes la querrán gracias a su facultad de escuchar a las personas para ayudarlas. Momo es una de esas personas especiales cuya presencia es suficiente para ayudarnos, aunque no diga nada. 

La primera parte de la obra, dividida en tres, se detendrá en las pequeñas aventuras de esta niña junto al resto de vecinos, tanto adultos como niños, tratándose quizás de una parte más insustancial para el lector ansioso o resabido, pero que contiene bellos fragmentos, como el cuento que narra Gigi Cicerone a Momo, que merecen su lectura. Además, el contenido de esta primera parte sirve de contrapeso a las intenciones oscuras de los antagonistas, presentados en la segunda parte.

Los hombres de gris representan la parte de la humanidad ahogada por el mercantilismo, por la necesidad imperiosa de hacerlo todo economía, de las prisas por ahorrar para el mañana, disfrutar después de las horas que tenemos ahora, haciéndolo todo con hastío y enfado. El sistema empresarial, el judicial y el bancario son tres ámbitos que representan los hombres de gris y que sirven para quemar el tiempo de los hombres. Su presencia se incrementa a lo largo de la novela y no solo se muestra a través de estos hombres de negocios que estafan a distintos personajes en la trama, sino que también están presentes en las prisas de las personas que rodean a Momo en la tercera parte, en los agentes que mantienen ocupado a Gigi cuando este alcanza la fama o en el control establecido desde las autoridades a niños y personas inocentes, como Beppo Barrendero. Las cosas buenas que hicieron por Momo desaparecen en pro de unos beneficios desconocidos y que nunca llegan, un paraíso destruido en búsqueda de otro prometido como mejor.

Michael Ende y Radost Bokel en la adaptación Momo (1986, Johannes Schaaf)
Esta desilusión no es original de Ende, ya estuvo presente a principios del siglo XX y condujo a la literatura a resultar crítica con la realidad hasta en su forma. No obstante, la escritura del alemán es tierna al mostrarnos con la sencillez de la infancia los problemas que los adultos han creado a su alrededor. No en vano, advierte el maestro Hora, los hombres de gris nacen a partir de los humanos, quienes les ofrecen su tiempo y les dan la oportunidad de estafarles; en definitiva, nos traicionamos a nosotros mismos. Se trata de una idea que no debe de resultarnos extraña, pues los sistemas que tantas veces nos cierran los caminos del futuro han sido creados por la humanidad a la que pertenecemos. Esa idea de autodestrucción viene en Momo con un hálito de esperanza, el que representa la protagonista, abanderada de la amistad, el juego, la imaginación y la alegría.

Será en la tercera y última parte de la novela cuando comience la trepidante aventura de Momo en la situación inversa a la original: su nueva llegada al mismo barrio sucede sin ninguna repercusión, ni siquiera sus antiguos amigos estarán para ayudarla y todo lo que ella conocía ha cambiado... ¡y tan solo en un año!

Ese ritmo vertiginoso también se da en nuestro tiempo, pero aún más, en muchas ocasiones, y en esta misma novela se menciona, no será el lugar el único que haya cambiado, también nosotros mismos.

La novela funciona uniendo antítesis: la primera parte se refleja de manera negativa en la tercera parte, cuando el mundo ha dejado de estar del lado de Momo para pertenecer a los hombres de gris. De la misma manera, Ende realiza juegos de palabra en los títulos de los capítulos enfrentando a contrarios, con ejemplos en la traducción de Susana Constante como "Una persecución alocada y una huida tranquila", "Miseria en la abundancia" o "Un viejo callado y un joven parlanchín".

Todo ello podría quedar en la ficción de una aventura infantil encabezada por una intemporal huérfana Momo y sus compañeros, tortuga Casiopea incluída, pero Ende da un giro de tuerca en su epílogo final al introducir al narrador en la propia historia, creando así un ámbito neofantástico: existe en nuestra realidad esta historia, aunque sea para todos desconocida o, quizás, aunque aún no haya pasado.

Momo y Casiopea en la adaptación de dibujos animados
Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas, Esta cosa es el tiempo. 
("La cuenta está equivocada, pero cuadra" - Momo)

Escrito por Luis J. del Castillo


Clásicos Inolvidables (XLVIII): Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

11 julio, 2014

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Crónicas marcianas (1950) fue la primera novela editada por la inapreciable editorial Minotauro (1955), fundada por Francisco Porrúa (1922), con traducción propia (bajo el pseudónimo de Francisco Abelenda), y con unas palabras iniciales del prologuista profesional Jorge Luis Borges (1899-1986), al servicio, principalmente, de su enorme erudición.

La reedición que poseo es de 1997, pero como he podido comprobar localizando las imágenes para el artículo, ha habido otras después, lo que demuestra que Crónicas marcianas es un clásico que sigue gozando de buena salud.


Se abren los cortinajes y el escenario es un planeta Tierra que ya está determinado a poner el pie, y el resto de extremidades, sobre Marte; en definitiva, a dar la réplica a la gran novela de H. G. Wells.

Ray Bradbury
Durante un periodo de tiempo “alternativo” que va de 1999 a 2026, o lo que es lo mismo, del “verano del cohete”, hasta esa fecha final en la que “un millón de años nos contemplan”, participamos de esperanzas y ansiedades, de frustraciones y fracasos… aspectos de los que, por fortuna, acaba emergiendo la actitud provechosa de un individuo que representa lo mejor de la especie (en este caso la humana).

Y es que junto al espacio, en su doble acepción, es el tiempo la mejor y más moldeable arma del excelente autor de ficción que fue Ray Bradbury (1920-2012). El tiempo que fue, el que pudo haber sido, o el que nos habría gustado que fuera, es el marco para dicha decepción, pesadumbre, esperanza, ironía o sorpresa… Pues todo ello se amalgama en Crónicas marcianas. No en vano, al nombrar a autores del género, se hace necesario recordar a Bradbury, uno de sus más lúcidos representantes.

Las “crónicas” dan comienzo en un pueblo de Ohio del que “zarpa” una primera expedición. Pero antes que los propios tripulantes, arriba la premonición de su llegada, que es captada por unos marcianos que, intuimos que son de tipo antropomorfo. La telepatía de los habitantes de Marte parece una capacidad natural, en principio ejercitada por uno de sus miembros femeninos. Pero el apunte supera la mera representación anecdótica: ¿estamos realmente preparados para abordar y superar prejuicios ajenos, cuando no los obviamos ni siquiera entre nosotros?

Ya en estos primeros “episodios”, el autor hace un buen uso de la elipsis y el “fuera de campo”, convirtiendo al lector en un sujeto participativo, no pasivo; alguien que se involucra en lo narrado. Por otro lado, es la de este Marte una atmósfera árida pero también ancestral: hubo una gran civilización marciana, de la que aún permanecen unas obras bien conservadas, hasta impolutas, pero completamente desiertas. Humanidad y marcianidad son dos términos equivalentes –o si se prefiere, intercambiables- en los relatos que componen Crónicas marcianas. Es el recurso principal del que se provee Ray Bradbury para elaborar una alegoría cimentada por la imaginación, la empatía, el altruismo, el miedo… y los sueños.


Su planeta es un Marte de Schiaparelli (1835-1910), anterior a las sondas Viking (1975-76), esto es, adornado con canales y con un cielo azul. Realmente, es el de Bradbury un Marte de la melancolía, en el que también resultan interesantes determinados paralelismos. Como la negación de una evidencia “extra-marciana”: aunque nos tengan delante, los oriundos de Marte son reticentes, en un principio, a abandonar su “marcianocentrismo” (para lo cual, con toda seguridad, se hallan las explicaciones “razonables” más peregrinas, de mucha raigambre “positivista”). Y cuando al fin, la posibilidad se materializa -tránsito de la segunda a la tercera expedición-, ésta es contemplada como una amenaza (en el caso de la segunda expedición, la ironía se focaliza sobre la psiquiatría y recae en la figura de un “buen doctor” marciano).

A continuación, la citada tercera expedición se constituye en uno de los más bellos relatos escritos acerca de la coexistencia y el temor a perder la libertad o la propia identidad. La integración aún no parece posible.

Pintura de William Hartmann
Por su parte, el sentimiento de culpa por las anteriores tripulaciones, se suma al acontecer marciano en la cuarta expedición, comandada por el capitán Wilder, que en un curioso caso de “desdoblamiento”, hallará su conciencia (más que “verde”, “rojiza”), en el tripulante Spender.

Es este el prolegómeno de la “conquista” humana de Marte en toda su extensión. Y es que la clave para comprender la totalidad del texto son los colonos, representantes de lo mejor y lo peor de esa humanidad que, desde las primeras expediciones, ha visto como variaba la profesionalidad. Ejemplos como el de Benjamin Driscoll, de 31 años y precursor del “terra-morfismo” marciano; o la graciosa experiencia de Walter Gripp, un hombre solo, aunque con la compañía única de la señorita Geneviéve… O el encuentro de otro colonizador, Tomás Gómez, con un marciano, en una carretera solitaria allá por 2002: ambos personajes están viviendo la “realidad” desde su punto de vista, porque pese a compartir un mismo espacio, contemplan dos tiempos diferentes.

Muy simpática resulta la Casa Usher marciana del señor Stendhal, un relato que, a su vez, contiene el germen de la posterior Fahrenheit 451 (1953).

Pintura de Maxfield Parrish
Otro de los más conmovedores relatos contenidos en el libro es El marciano, un jalón indispensable dentro de la escalada de “conquista” propuesta por la novela, en el que un sentimiento terrestre traspasa las fronteras: la necesidad de afecto. En realidad, se trata del primer contacto realmente amistoso, y un episodio que tiene su correlato en la experiencia de la familia Hathaway, creada por otro de los supervivientes de la cuarta expedición.

Ray Bradbury nos propone a través de todos estos personajes y situaciones una parábola plausible, prescindiendo de un maniqueísmo entre “buenos y malos”; confrontando dos naturalezas que en el fondo son una, pero en la que, desde luego, juega un papel importante la dualidad (en este sentido, resulta interesante la riqueza que proporciona una segunda lectura). No en balde, el éxodo que emprende buena parte de la población terráquea recuerda el producido hacia las tierras del oeste, en busca de una mejor situación y de una atmósfera distinta (sin tener en cuenta que lo que no puede cambiarse es la propia naturaleza humana).


Crónicas marcianas es uno de los mejores libros de la literatura de ficción y de Ray Bradbury en particular, excelente autor de relatos (como Asimov y Clarke), así como de otras novelas más fantasmagóricas o con carácter “de duermevela”: pienso en La feria de las tinieblas (1962); en tanto que la luna marciana gemela del escritor sería la desesperanzada y bastante anticipadora, Fahrenheit 451 (la primera fue objeto de una adaptación muy apreciable por parte de Jack Clayton, y la segunda cuenta con la revalorizada lectura de François Truffaut).

Crónicas marcianas apareció en un momento propicio, tendiendo la mano entre los grandes maestros del pasado (el pretérito solo es cronológico) y los nuevos y brillantes autores de ciencia ficción (a los que cabría sumar, solo por recordar a unos pocos, a Robert Heinlein, Philip K. Dick, Frederik Pohl o Philip José Farmer).

Gracias a la novela de Ray Bradbury, un buen día descubrimos que bajo la luz de dos lunas y junto a unas ruinas, se reflejaba la voluntad de un futuro mejor.

Escrito por Javier C. Aguilera


Enredados, de Nathan Greno y Byron Howard

09 julio, 2014

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Con Enredados (Tangled, 2010) Disney volvía a sorprendernos con otra película de animación en 3D en el año 2010, previa al indiscutible éxito de Frozen (2013). Con su inconfundible sello mágico, contiene las características que cabe esperar en la mayoría de películas con tintes Disney: una princesa, una antagonista malvada, un encantamiento, un héroe, animales que se comportan como seres humanos, y una mezcla entre el género de comedia y acción a las que ya nos tiene acostumbrados desde su unión con los estudios Pixar. Cabe destacar, además, una creativa banda sonora, compuesta por Alan Menken, y una excelente labor de animación, unido al 3D, que siempre causa expectación.


Flynn Ryder (o Eugene, su verdadero nombre) es un intrépido y descarado ladrón que huye de la ley tras haber robado una corona, y también de sus compinches, a los que ha traicionado para largarse con el botín. Acaba escondiéndose, accidentalmente, en una torre en la que, casualmente, vive Rapunzel, una princesa que está recluida en dicha torre por culpa de la bruja Gothel, quien se aprovecha de los poderes mágicos que posee el largo cabello de Rapunzel y así mantener para siempre siempre su juventud. Rapunzel ignora por completo su procedencia, y está convencida de que Gothel es su madre, a pesar de que ésta le trata de forma muy posesiva y autoritaria, impidiéndola salir de la torre pase lo que pase. Por eso, cuando Ryder llega al lugar, Rapunzel le pide que le acompañe a la gran ciudad, para así descubrir el mundo exterior que la rodea y ver en persona el lanzamiento de unos farolillos aerostáticos que tiene lugar cada año, coincidiendo con su cumpleaños. La princesa ignora que esos farolillos guardarán una relación mucho más directa con ella que la que aparentemente piensa.


«He mirado a través de una ventana durante dieciocho años, soñando sobre lo que sentiré cuando esas luces se alcen al cielo. ¿Qué pasa si todo no es como lo he soñado?»

Como hemos mencionado, la película mezcla con habilidad la aventura, el drama y la diversión, convirtiéndose en una historia de corte familiar que satisface tanto a mayores como a pequeños. El público más adulto reparará, principalmente, en los anhelos de Rapunzel y en la relación que mantiene con su protectora, mientras que los más pequeños disfrutarán de las partes más cómicas, como los animales imitando el comportamiento humano (la testarudez del caballo que persigue a Flynn o las travesuras del camaleón que la protagonista tiene por mascota). Tras un arranque algo lento, con unas bromas algo previsibles, poco a poco el largometraje comienza a coger ritmo y deja a un lado las situaciones triviales para profundizar en el desarrollo de los personajes, sobre todo a lo largo del viaje de Rapunzel y Flynn hacia la gran ciudad. Al respecto, el guión de Dan Fogelman traza muy bien los rasgos malvados que definen a Gothel, convirtiéndola en una perfecta manipuladora y astuta villana a la que tan sólo le preocupa mantenerse joven para siempre.


Oficialmente la película número 50 de la factoría Disney, cumple con las aspiraciones y expectativas puestas siempre en la productora, reafirmando su marca tan emblemática sobre el resto de las compañías de Hollywood con este renovado cuento de hadas medieval. Y es que la mayoría de características de Disney se repiten una vez más en Enredados: una historia medieval con visión contemporánea, valores familiares inquebrantables, estructuras sociales incuestionables o la división del mundo en buenos y malos hacen que Disney sea una marca firme, un cine de género puro. Pero con la diferencia de que también tiene esa capacidad de reinventarse una y otra vez, haciendo siempre lo mismo pero buscándole el matiz para aportar la solidez y frescura suficiente, reafirmando la marca una vez más.


Construyendo su historia sobre la metáfora de la madre protectora a la que su hija se revela con su mayoría de edad, su mensaje conservador se va convirtiendo en un verdadero mensaje liberal conforme avanza la película. Y es que, en definitiva, Enredados tiene los elementos justos para entusiasmar al público juvenil, y un empaque profesional suficiente para que el resto de sus espectadores, con mínimas expectativas, pueda pasar un rato más o menos entretenido frente a la pantalla.


Escrito por Mariela B. Ortega



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