Mostrando entradas con la etiqueta Darren McGavin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Darren McGavin. Mostrar todas las entradas

El vampiro de la noche, de John Lellewyn Moxey, y El estrangulador de la noche, de Dan Curtis

27 octubre, 2017

| | | 0 comentarios
ESPECIAL HALLOWEEN 2017

Con su pragmático magnetofón como único testigo leal, el arrojado periodista Carl Kolchak (Darren McGavin) refiere en El vampiro de la noche (The Night Stalker, ABC, 1971, estrenada al año siguiente) unos acontecimientos sorprendentes, cuya veracidad solo ha de ser juzgada por los destinatarios de su relato, sean lectores o espectadores.


Pero antes de adentrarnos en ellos, me gustaría señalar que la calidad de los productos ofrecidos por la televisión no es una cosa reciente, aunque sí el hecho de que las actuales series están tomando, por derecho propio, el lugar del cine (o para ser más precisos, de las películas que se exhiben en una sala comercial). Hago esta distinción porque, tradicionalmente, el verdadero cine de calidad siempre contó con unos guiones admirables sobre los que edificarse. Algo que no sucede con todas las series ni, por descontado, con todas las películas que se estrenan, por muy aparatosos y mediáticos que sean sus debuts. Cierto es que sigue habiendo buenos actores y directores, pero no así buenos guiones (o no tantos como se presume). Con lo que, el resultado cinematográfico final siempre se resiente, pues no basta con ser efectivo visualmente (cuando se es). De hecho, cuando el libreto falla, por estar deslavazado o resultar inconsistente, toda la estructura se viene abajo.

Ello, insisto, si no descarrila la propia puesta en escena, que es el otro caballo de batalla caído en el cine actual. Porque, aunque guiones deficientes también han existido en el pasado, no era infrecuente que sus inconsistencias se salvaran con nota gracias a la talentosa labor de un buen realizador. No les resultaba tan difícil, como parece ahora, el tomar las riendas de una película. Y aunque el resultado no fuera un producto colosal o apabullante, que no todos han de serlo, sí emergía una historia muy manejera y disfrutable (muchas de ellas ya son tenidas por películas de culto, pero esta es una distinción que proporciona el tiempo, y no ningún crítico de los que se avergüenzan del cine de género). Hecha esta aclaración, que consideraba oportuna, prosigamos por donde lo dejamos.


Buen ejemplo de un producto que, con todas sus limitaciones, sugiere y estimula (y doy fe del impacto que obtuvo cuando se emitió por televisión española a mediados de los ochenta) es este “acosador” tenebroso, que resulta ser una auténtica criatura de la noche. Se trata de lo que, por entonces, denominábamos un telefilme, aunque no en un sentido peyorativo. Tan es así, que fue escrito por el gran autor de ciencia ficción Richard Matheson (1926-2013), en torno a unos personajes creados por Jeff Rice (1944-2015), como actualización de lo que, en tiempos, fueron los cócteles de monstruos de la Universal, distribuidora final de la película. En esta ocasión, se trata de un vampiro trasladado al siglo XX, y de un “científico loco”, a lo Jekyll y Hyde, en la siguiente aproximación que veremos.

La estructura se focaliza en la figura de Carl Kolchak, un periodista de investigación que acostumbra a narrar los hechos haciendo uso de la voz en off, como sucede en los relatos detectivescos (en la versión al castellano, con el añadido de la estupenda voz del doblador español Rogelio Hernández [1930-2011]). Kolchak trabaja en el Daily News de Las Vegas (EEUU), escenario novedoso y sugestivo, pero también terrible, pues un escurridizo asesino está dejando un reguero de cadáveres femeninos por toda la ciudad.


Kolchak brega contra viento y marea. Un viento y unas mareas que, en este caso, se corresponden con la procelosa actitud de su editor jefe en el periódico, Vincenzo (Simon Oackland), y la ventolera del resto de representantes de la ley, que no de la justicia; a saber, el sheriff Butcher (el entrañable Claude Atkins, ¡por otros papeles!), el fiscal de distrito Thomas Paine (Kent Smith; lo mismo), y el jefe de la policía, Masterson (Charles McGraw). Sectores que confabularán tanto como el mismo asesino con tal de no salir mediáticamente perjudicados debido a su inoperancia. De hecho, se trata de ese tipo de funcionarios y políticos que están convencidos de que los problemas del entorno comienzan y terminan en sus cargos. Aterrados por la posible pérdida de los mismos, mucho más que por el propio vampiro, habrán de dejar de reír bajo el peso de las evidencias. Al menos, durante un tiempo.

De este modo, Kolchak se enfrenta, no solo al criminal, sino a la incomprensión, la torpeza y, por qué no, la envidia de sus representantes; del mismo modo que las víctimas lo son doblemente, por el asesino y por la impericia de estos custodios del poder. Así, la libertad de Kolchak se ve amenazada de continuo, como profesional del periodismo y como ciudadano de a pie. Sinceramente piensa que, si algo ha sucedido, es porque debe de ser posible. Aunque su iracundo jefe le advierta que no te metas a policía.

Este superior resulta ser un energúmeno insoportable, genuflexo ante el poderío político y fiel sirviente de la manipulación (una conducta vampirizada, podríamos decir). No solo no considera a Kolchak en lo que vale, sino que, además, se permite abroncarlo por su “mala conducta”, esto es, por su referida independencia e integridad.


Condenado a ir de un lado a otro sin encontrar su sitio, como un vampiro en vida, Kolchak es otro tipo de outsider. Será mejor que acepte las reglas, le recuerda el alcalde (refiriéndose a las suyas, naturalmente). La necedad de las autoridades hará que sea el valeroso periodista quien se enfrente, cuerpo a cuerpo, con el asesino que, como decía, resulta ser un vampiro auténtico, y no un sanguinario o perturbado imitador. Más aún, lo que Kolchak observa con los ojos, como los balazos de la policía que este ser recibe sin inmutarse, también lo capta su cámara de fotos (unas pruebas comprometedoras que, como en otros volátiles asuntos, acaban por desaparecer). Dispuesto a emplear la conocida estaca y el martillo, Kolchak corre el irónico riesgo de convertirse, por esta acción, en un criminal premeditado. Al periodista no se le dejará de recordar que, en asuntos de vampiros, ¡existe un enorme vacío legal!

El vampiro de la noche fue producido por el realizador en ciernes Dan Curtis (1927-2006), del que nos alegramos de que al fin figure en nuestro blog. Escribió algunas de las páginas en celuloide más memorables del género de misterio y terror, sobre todo, en la fructífera década de los setenta. No obstante, en esta ocasión, Curtis ejerció únicamente de productor y confió la realización a un veterano de la televisión como John Lellewyn Moxey (1925). La simpática presencia del actor Elisha Cook, Jr. (1903-1995) redondea esta afilada narración, donde sobresale el recurso (de guión) del robo de la sangre de un hospital por parte del vampiro, la inspección visual de un ataúd repleto de tierra llevada a cabo por Kolchak, y la imaginería clásica del crucifijo y el poder redentor del sol.


Tal fue el éxito de El vampiro de la noche, que no tardó en surgir una secuela, esta vez, bajo la dirección del propio Dan Curtis. El resultado fue El estrangulador de la noche (The Night Strangler, ABC, 1972, estrenada al año siguiente). De nuevo, Kolchak nos pone en antecedentes acerca de las víctimas y de unos hechos que fueron manipulados, aunque en esta nueva aventura, el paisaje, no menos atractivo, es el de la ciudad de Seatle, en Washington, a la que se ha trasladado.

Conviene aclarar que, si bien El estrangulador de la noche repite argumentalmente algunos de los esquemas de la anterior, incorpora novedades suficientemente interesantes. Por ejemplo, el enojoso personaje del editor-jefe Vincenzo, que es vuelto a encarnar por el mismo actor -como sucede con el personaje principal-, se ve bastante matizado, aunque sus modales no hayan mejorado en exceso. Al punto de que es el quisquilloso editor quien, trabajando en otro periódico (no menos hostil a la libre información), vuelve a contratar a Kolchak, confiándole este nuevo misterio relacionado con la extrañísima estrangulación de algunas mujeres en plena noche. 

El guionista Richard Matheson añade, junto a los mecanismos narrativos ya descritos, tales como la voz en off del protagonista, otros aciertos, como la incorporación, no por breve menos estimulante, de personajes como el archivero Berry (Wally Cox), que echa una mano al periodista a lo largo de su investigación, o la doctora en paleontología Crabwell (Margaret Hamilton), que le habla del elixir, no solo de la vida eterna, sino de la fusión del hombre con el universo. A ello se añade el terrorífico retrato robot ofrecido por una testigo, o la magnífica idea de una ciudad subterránea bajo la actual Seatle, donde mora el criminal, como parte de ese pasado que se pretende enterrar, pero que comunica con el presente.


La extraña punción y pérdida de sangre de las víctimas vuelve a colocar el suceso en los límites de lo sobrehumano, en un trance que se repite matemáticamente cada veintiún años, de forma consecutiva. Una feliz ocurrencia que conecta los asesinatos con otros crímenes no resueltos del pasado, y que personalmente, me retrotrae al magnífico capítulo de la serie Star Trek (1966-1969), escrito por Robert Bloch (1917-1994) y titulado El lobo en el redil (Wolf in the Fold, 1967). La longevidad del asesino queda al descubierto, en tanto que su rostro no es mostrado al público hasta el final de la película. No tratándose, como ya he dicho, de un estrangulador al uso, sino de un verdugo cuyos atributos físicos van más allá.

A Kolchak le son confiscadas las pruebas otra vez. No en vano, el personaje se está enfrentando continuamente a la “versión oficial” de los hechos (nada que ver con la casta mediática que padecemos). Asimismo, al igual que en el anterior relato, destaca en la secuela la presencia de un actor relacionado con el género. Esta vez, la aparición invitada se corresponde con la elegante y enjuta figura de John Carradine (1906-1988), como pérfido director del Daily Chronicle, periódico para el cual trabaja ahora el bueno de Kolchak, y en el que, como también he señalado, su único aliado será el archivero Berry; representante del internet de nuestros días, es decir, toda una mina de información para el que sabe buscar (si bien, con una mejor estética y el inestimable olor de los libros). Por suerte para nuestro periodista, sino las leyes, al menos las pruebas y los hechos sí le darán la razón.


Investigador de lo sobrenatural, en la línea del profesor Hesselius de Sheridan LeFanu (1814-1873), el Thomas Carnacki de William Hope Hodgson (1877-1918), o el John Silence de Algernon Blackwood (1869-1951), el periodista Carl Kolchak, sostenido con habilidad y convicción por el actor Darren McGavin (1922-2006), debe de tener su espacio particular en la memoria de los aficionados al género. Un género ya honorable, tan literario como visual, donde, como recuerda la doctora Crabweb, incluso tiene cabida un mortífero émulo del conde de Saint-Germain (1703-1784). Será por ello que el inestable estrangulador de la noche recrimina a Kolchak: usted ha profanado mi mundo.

Escrito por Javier C. Aguilera



¡A ponerse series! (XVI): Crónicas marcianas

16 julio, 2014

| | | 0 comentarios
Como complemento al trascendente libro Crónicas marcianas (1950), que reseñamos anteriormente, pasamos a continuación a comentar la mini serie que se basó en los relatos de Ray Bradbury (1920-2012) y que dan forma a la obra. Se trata de una adaptación realizada para la televisión por el igualmente notable autor de ciencia ficción Richard Matheson (1926-2013), que no es precisamente un desconocido para los amigos de este blog. Fue producida por Milton Subotsky (1921-1991), el co-fundador de la dicharachera productora británica Amicus (1962-1980), dirigida por Michael Anderson (1920) y contó con una entonada y melancólica música de Stanley Myers (1930-1993), cuyo tema principal bien podríamos describir como una elegía por los dos planetas protagonistas, la Tierra y Marte.

Crónicas marcianas (1979, estrenada al año siguiente), divide el material en tres episodios de unos cien minutos aproximadamente. Del libro a la serie habían transcurrido prácticamente treinta años y, en ese tiempo, los conocimientos sobre el planeta vecino se habían incrementado, hasta el punto de alterar significativamente la idea que de Marte tenían los científicos… y los escritores de ciencia ficción (algo similar sucedió con Venus).

Lo cual no resta valor literario a ninguna obra. Pero obligado resultaba el preludio de la sonda Viking (1975-76) en el primero de los episodios, Las expediciones. En él, la objetividad del pensamiento científico no es cortapisa para la apertura de la ficción (sin la cual no habría existido la propia ciencia). Todo ello, contando con la necesaria y saludable “suspensión de la credulidad”.

La acción salta entonces hasta 1999, donde asistimos a la encarnadura –¡no solo humanización!– de la mayoría de personajes del libro. Y lo que las maquetas no pueden proporcionar –en un efecto de feedback con la obra, de diseño igualmente “fabuloso”-, lo suplen los cambios de ángulo y unos decorados minimalistas (en un sentido provechoso).


La adaptación acomete cambios con respecto al original, pero al contrario de lo que se ha pretendido, nunca se desvirtúa el texto. Como ejemplos, la inolvidable tercera expedición se convierte en la serie en la segunda, y la cuarta, en la tercera. En esta última, el tripulante Spender (Bernie Casey) desarrolla con fidelidad su interesante evolución como personaje clave del libro, asumiendo, en un vacío existencial, cómo una civilización muere y otra ocupa su lugar, para acabar desapareciendo a su vez. “Aprenderemos de Marte”, le asegura el coronel Wilder (un estupendo Rock Hudson), representante en ese momento de la “oficialidad”.

El segundo capítulo, Los colonos, despliega un rosario de chantajes y corruptelas; la naturaleza humana en todo su esplendor. Una idea interesante se incorpora mediante la plasmación difusa de los seres “originales” de Marte, manifestados por medio de unas bolas de luz, que se aparecen a los misioneros Peregrino (Fritz Weaver) y Stone (Roddy McDowall), junto a la posibilidad de que aún existan marcianos escondidos en las montañas. De hecho, ¿tendrán “alma” los no humanos? Se trata de toda una transposición teológica; las preguntas planteadas se convierten ahora en universales (y aunque parezca extraño, es este un aspecto del que la moderna teología se ha ocupado). ¿Hasta qué punto los preceptos religiosos terrestres serán válidos en el universo? Y, ¿cómo afectará un determinado conjunto de creencias a la diversidad de la (posible) vida extraterrestre?


El tercer jalón de la etapa es Los marcianos. Ilustra otros segmentos inolvidables del libro, como el referido al (des)encuentro entre Geneviéve (una divertida Bernadette Peters) y el errabundo Benjamin Driscoll (Christopher Connelly), con alguna variante pero idéntico resultado que el original, como también sucede con el retrato de la familia Hathaway (liderada por Barry Morse).

Otra decisión -a mi modo de ver acertada-, afecta al personaje del coronel Wilder, que interactúa más en las sub-tramas, lo que lo convierte en una especie de hilo conductor que favorece su transformación “psicológica” (el texto original jugaba más la carta del nihilismo temporal: los personajes nos acompañaban y desaparecían, con la excepción de Wilder, aunque su presencia resultaba, en cualquier caso, menor).

De igual modo, es de justicia señalar entre los mejores momentos legados por la mini serie, el fragmento en el que un marciano encuentra refugio en una iglesia de “latón-piedra” para acabar apareciéndose a un terrestre con la apariencia de Jesucristo (bajo los rasgos de Jon Finch). Un apunte original en el que, junto a la necesidad de “racionalizar” aquello que no comprendemos, se une el eterno deseo de una segunda oportunidad. Es la reincidente manifestación de unos recuerdos y vivencias que aquí, aún siendo de carácter individual, alcanzan la definición de planetarios.

Bernadette Peters
Igualmente dramático, aunque definitivamente simpático, es el segmento dedicado al ex astronauta que abre un local de comida rápida, Sam, junto a su compañera Elma (los estimados Darren McGavin y Joyce Van Patten). Y por supuesto, sobresale la entrevista final de Wilder con un marciano, escrupulosamente fiel al original, y en la que cada uno percibe una visión diferente de la realidad (o del tiempo). ¿Quién forma realmente parte del pasado? 

Cuando finalmente, Wilder arroja al fuego su archivo privado, vestigios de su existencia y responsabilidad anterior, está quemando todo un estilo de vida. La estampa se convierte en una perturbadora pero grata imagen de la evolución.

2007 es la última fecha de la mini serie, gracias a lo cual el coronel Wilder es también el protagonista del postrero picnic marciano. Pero además de su familia, a Wilder le acompañan mentalmente los recuerdos de las personas que le han precedido. Es un reencuentro sin solución de continuidad, una especie de “muerte” que antecede a otra vida; un final majestuoso, no por espectacular, sino por resultar honesto y conmovedor.


Como curiosidad, podemos señalar que a lo largo de los cincuenta, algunos episodios de Crónicas marcianas fueron igualmente adaptados al cómic. Concretamente, por la enjundiosa E.C. Comics, en Los largos años (el relato de la familia Hathaway) y Marte es el cielo (la indeleble tercera expedición). Se encuentran en español en Clásicos de la Ciencia Ficción, vols. III y IV (Planeta-DeAgostini, 2005; correspondientes a Weird Science, E.C. Comics, nºs. 17 y 18, respectivamente).

Otra exquisitez la hallamos en la selección de dos de los relatos en formato vinilo, narrados por Leonard Nimoy (1931): Vendrán lluvias suaves y Usher II, en The Martian Chronicles read by Leonard Nimoy (Caedmon Records, 1975).


Nunca he considerado que los aspectos referidos a los efectos especiales sean definitorios a la hora de valorar en conjunto un producto de modo cinematográfico. Por supuesto que incrementan su valor, pero si nos atenemos a ese planteamiento, dentro de X años también nos pueden parecer obsoletos, por no decir ridículos, los efectos que hoy causan asombro. En cualquier caso, no está de más recordar que la imagen en movimiento, como forma artística sincrética, se hizo acompañar de la imaginación desde sus comienzos, con Georges Méliès (1861-1938) o nuestro Segundo de Chomón (1871-1929).

Filmada en Malta y Lanzarote, Crónicas marcianas en versión televisiva es, pese a su insuficiencia tecnológica, un digno representante de la obra maestra de Ray Bradbury, en una época que probablemente fue el mejor de los tiempos para la ciencia ficción (¡incluidos los dibujos animados!).

Escrito por Javier C. Aguilera


Próximamente: El velo


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717