Clásicos Inolvidables (XXXIV): El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger

07 octubre, 2013

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Cuando a inicios de los años cincuenta J.D. Salinger publicó El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye) en su formato definitivo, lanzó al público estadounidense un joven que reflejaba toda la rebeldía y las experiencias a las que se enfrentaba entonces los muchachos como Holden Caulfield. 

Sin duda, tuvo la particularidad de conseguir una fama ascendente contra las críticas más puritanas y la controversia, que lejos de minar su popularidad, la aumentó. Como una piedra en medio de un estanque, Salinger provocó con esta obra una serie de repercusiones de las que ni siquiera él mismo se salvó, y que lo llevaron a una vida reservada y alejada de los medios desde mediados del siglo pasado hasta su muerte en 2010. Las reflexiones que había vertido en su protagonista revelaban los entresijos de una sociedad que realmente se tambaleaba entre apariencias, unos Estados Unidos que tras la Segunda Guerra Mundial habían ganado hegemonía pero que se adentraban en la denominada guerra fría.

Expulsado de su escuela preparatoria, Prencey, el joven Holden decide marcharse sin regresar a casa. Durante su viaje en fechas cercana a la Navidad, visitará antros de la ciudad de Nueva York, descubriendo el mundo real y reflexionando sobre su vida y su presente, a la vez que contempla su pasado con la desdicha de ver cómo ha cambiado mientras que otras cosas siguen estando igual. La muerte de su hermano Allie, la sexualidad en forma de prostitutas, la homosexualidad, la falta de inocencia en el mundo o la decisión de desaparecer del mundo y ser otra persona serán varios de los temas a los que se enfrente a lo largo de la novela.

Visto desde hoy, la historia puede resultar hasta inocente, considerando que la sociedad actual, especialmente la española, es mucho más liberal que antaño, y si bien otros autores habían criticado la falsedad estadounidense desde la muestra directa de sus relaciones, como contemplamos en El gran Gatsby, aquí se sitúa todo en boca de un joven, esa especie intermedia, que en este caso no parece madurar, sino que, incluso, se considera mejor que los adultos, a los que desprecia y en lo que nunca querría convertirse.

J.D. Salinger
En ese sentido, la obra de Salinger tuvo la suerte de estar en el sitio adecuado, en el momento más propicio, lo que no debe desmerecer una novela germen e influencia de muchas otras y con fragmentos realmente magníficos. La narración, pese a poder parecer excesivamente juvenil, es lo adecuado para poner en boca de su protagonista, un indisciplinado alumno que está descubriendo el mundo adulto desde el pie de la atalaya de la infancia que está abandonando.

Holden Caulfield se ve violentado por ese plano adulto donde está entrando a formar parte, con personajes que distan de ser todo lo que le piden a él. El mundo de las apariencias, del sexo, de lo políticamente correcto, que es, en realidad, la hipocresía de una sociedad que quiere mostrarse de una forma cuando actúan de otra. Frente a estos adultos, los niños del campo de centeno con el que sueña Holden. Al final, será el encuentro con su hermana menor donde nos señale su deseo de proteger ese paraíso perdido al que siempre nos hemos referido como infancia, una situación a la que, cabe destacar, muchos autores se habían referido ya. 

Holden Caulfield (dibujo de MadLibbs)
Los jóvenes lectores que se acercan a la obra se sitúan también en ese campo de centeno, y aunque sea la edad que se refleja, quizás solo en su situación histórica se pueda comprender la importancia de una narración como esta, o quizás solo tras haber abandonado esa frontera. Lamentablemente, lo que pueda parecer negativo en esta novela sigue estando vigente en nuestra actualidad más pujante, en un mundo donde se educa para ser de una forma, pero se vive de otra muy distinta.

En definitiva, este es el libro de uno de sus niños que cayó en el precipicio, ese destino que no podemos evitar, en el que caemos empujados por las circunstancias o por el tiempo. Nos lo dice la propia voz de Salinger a través de su personaje: La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego.


Escrito por Luis J. del Castillo


Sinfonía de la vida, de Sam Wood

06 octubre, 2013

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Hablábamos recientemente de Neil Simon. Dábamos fe de su relevancia como autor teatral a lo largo de la segunda mitad del XX. De igual modo, no cabe duda de que, dentro de la escena americana, Thornton Wilder (Madison, Wisconsin, 1897 - Hamden, Connecticut, 1975), además de novelista, es uno de los mejores y más apreciados dramaturgos, o sea retratistas, de la primera mitad del XX, junto con Eugene O’Neill o Terence Rattigan en Gran Bretaña.

Con la película que hoy comentamos, ilustración cinematográfica de una obra teatral de Wilder, Nuestra Ciudad (Our town, 1938), obra con la que repitió premio Pulitzer, y de cuya adaptación al cine se encargó personalmente, cuatro nombres relevantes nos salen “a escena”. El primero, el propio Thornton Wilder, naturalmente, pero también el realizador Sam Wood (Filadelfia, 1883 – Los Ángeles, 1949), el ya mítico diseñador de producción (también realizador), William Cameron Menzies (New Haven, Connecticut, 1896 - Los Ángeles, 1957), y el músico Aaron Copland (N.Y. 1900 – N.Y. 1990). Gracias a ellos, está traslación de la obra teatral se convierte en una película inolvidable.


Sinfonía de la vida (Our town, 1940, United Artist), fue dirigida por Sam Wood, el realizador que hizo del camarote de barco uno de los momentos más recordados de la historia del cine, pero con el que la ceguera crítica de costumbre se cebó por motivos extra-cinematográficos. El relato, o mejor convendría decir micro-relatos, transcurre en una población de tintes atemporales y aspecto bucólico (veremos que no es así exactamente), llamada Grover’s Corners.

En una calle principal, gente que va y viene, literal y también metafóricamente: su trayecto parece haber sido establecido de antemano; y un narrador omnisciente (Frank Craven), que se dirige al público e interpela a sus propios convecinos (más adelante descubriremos que es el dueño de un drugstore-heladería en el pueblo). Podemos añadir el dato de la libertad de culto (la profusión de confesiones religiosas), para completar el cuadro de una arcadia venturosa donde sus pobladores se abandonan al “vivir cada día” sin hacerse demasiadas preguntas, salvo las más funcionales.

Pues bien, esto es solo lo que parece. En realidad, las cuestiones planteadas, al menos por dos de los más jóvenes pobladores de Grover’s Corners, George (William Holden) y Emily (Martha Scott), en continua identificación con el espectador, nos llevan hacia reflexiones existenciales, partiendo de la representación de esa cotidianidad realista, mostrada sin falsas alharacas. De la población en cuestión dice nuestro particular demiurgo que “nadie extraordinario ha salido de ella”, lo que en principio nos hace reflexionar acerca de lo que puede ser considerado “extraordinario” y lo que no.


Como en la bonita canción de The Browns, Three bells, asistimos a una ceremonia de la vida cuya acción transcurre en tres periodos temporales definidos, 1901, 1904 y 1913. Entre los actantes, los miembros principales de dos familias comunes del lugar, siendo en concreto las amas de casa quienes representan el eterno motor de dichas maquinarias. Pero advertíamos que la visión desarrollada en “nuestra ciudad” no es estereotipadamente idílica, pese a lo que pueda parecer. Como en la propia vida, se hace evidente que no todo el mundo es feliz, y un buen ejemplo de ello es el apesadumbrado pastor de una de las congregaciones.

Así, junto a los cambios, en principio irrelevantes, que imprime el paso del tiempo a los actos más cotidianos, como el modo de servirse la leche de puerta en puerta, Grover’s Corners es una ciudad de espectros con olor a tierra mojada; el olor que debe asaltar a los integrantes de esa procesión de paraguas bajo la lluvia que se dirigen hacia el cementerio, en una de las imágenes más impactantes y bellas del cine. Esta ciudad es un canto a los desaparecidos, cuya voz sofocada se superpone a la de los vivos. Literalmente, el cielo llora a los fallecidos, pero también a los que aún han de pasar por ese trámite sin estar “preparados”.


Lo hemos repetido muchas veces, la modernidad de una obra no depende del mucho o poco tiempo transcurrido. En Sinfonía de la vida, las características nada habituales en la figura del narrador, el uso de las voces interiores (durante la más que melancólica boda), el empleo de la elipsis o de otras transiciones, hacen que el tópico quede subvertido, dotando a la película de una modernidad auténtica. De igual modo y con respecto a la puesta en escena, objetos intercalados en primer plano, personajes de espaldas a la cámara o alguna que otra reminiscencia de tipo expresionista con la luz, re-semantizan el argumento, lo cargan con otro sentido.

Los mecanismos narrativos son básicamente la anticipación y la autocontemplación espacio-temporal. Por ejemplo, cuando la vida de los personajes se nos adelanta nos parece cruel, porque la obra de Thornton Wilder nos hace reflexionar ontológicamente pero desde la propia cotidianidad, y sobre ella misma, a partir de todo aquello en lo que apenas reparamos.

Así, como preludio al Hitchcock de La sombra de una duda (Shadow of a doubt, 1943, en cuyo guión participó Thornton Wilder), y anticipándose al Dreyer de La Palabra (Ordet, 1954), con quien comparte su atmósfera “onírica”, Sinfonía de la vida se transforma en un hermoso relato de fantasmas, lectura esta más que pertinente, casi diríase que necesaria. Tal pareciera la ensoñación de alguno de sus ya muy lejanos habitantes (puesto que el relato diacrónico se proyecta hacia el futuro), o tal vez uno de esos sueños reminiscentes que nos asaltan algunas veces durante la noche.


Producto de una literatura “maravillosa” y un modo de hacer cine, al cual se retorna de cuando en cuando con desigual fortuna, Sinfonía de la vida plantea la desmemoria como la peor de las “muertes”, desde un punto de vista cinematográfico y más allá. En este sentido, el parlamento del narrador en el cementerio, al comienzo del “tercer acto”, es sencillamente admirable.

Acto final que cuenta con el desasosegante sueño (¿o presagio, o rememoración…?) de Emily, donde se ejemplifica esta idea: asistimos a la representación de una representación (una película dentro de la película), un lugar donde no se puede interferir, donde nada puede ser cambiado. De hecho, el lugar mental donde nadie muere mientras se le recuerde.

La vida peor es la no disfrutada. Los protagonistas de “Nuestra Ciudad” acaban regresando a ella al final de su trayecto, porque es tal vez el lugar donde mejor lo hemos pasado, el de las experiencias que deseamos recordar, aquellas que muestra, en parte, el relato escenificado maravillosamente por Sam Wood, durante los dos primeros actos del drama y el goce de la vida.


Gran obra sobre el paso del tiempo, Sinfonía de la vida se convierte en un gran “clásico” sobre la fugacidad (el conocido tempus fugit) de los clásicos. Más aún, la aportación de Copland recuerda el estilo trascendente de una sinfonía de Mahler (pienso en la Sexta, por ejemplo).

Con Sinfonía de la vida se opera el milagro del (buen) cine, aquel que hacía a las personas mejores a la salida de una sala, que cuando entraban.

Escrito por Javier C. Aguilera


El ladrón de palabras, de Brian Klug­man y Lee Sternt­hal

05 octubre, 2013

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Cartel de la película
Lo que pudo haber sido. Esa es la sensación final que deja el film El ladrón de pala­bras (The words), ópera prima de los direc­to­res Brian Klug­man y Lee Sternt­hal, quienes parecen haberse quedado a mitad de camino entre lo que la película pretendía ofrecer y lo que realmente ha aportado en la gran pantalla. 

Descubriremos la historia de Clayton Hammond (Dennis Quaid) escritor de éxito el cual se encuentra leyendo su nueva novela ante una multitud de entregados admiradores. En ella se narra la historia de un escritor fracasado, Rory Jansen (Bradley Cooper), un joven que vive en Nueva York con su novia Dora (Zoe Saldana) y que espera publicar su primera novela mientras trabaja en una agencia literaria como repartidor del correo. Pero durante un viaje con su pareja tiene la fortuna de encontrar un manuscrito en una tienda de antigüedades parisina. Tras haber desistido de escribir e intentar publicar sin éxito, decide publicar el manuscrito como suyo y obtiene un éxito espectacular que no había tenido con ninguno de sus anteriores trabajos, convirtiéndose en uno de los mejores escritores de su tiempo.

Sin embargo, como era de esperar,  aparece el misterioso autor del manuscrito, que resulta ser ya un anciano (Jeremy Irons) y que lo escribió durante su juventud, cuando estuvo destinado en París tras la Segunda Guerra Mundial, época en la que encontró al amor de su vida. Jansen tiene un encuentro con el anciano donde le hace saber que él escribió el manuscrito, contándole su historia de su juventud y de cómo escribió el libro. Posiblemente, la parte más emocionante y de mayor calidad cinematográfica de la película.


Quizás el objetivo de narrar una historia dentro de otra historia (y dentro de otra más) ha sido una pretensión bastante difícil de cumplir con éxito. Un objetivo similar a los que suele firmar Paul Auster, con un escritor como protagonista, con un tremendo conflicto de identidades y de autorías que llega a trascender a la mente de los personajes. Las tres historias y sus respectivos flashbacks están equilibradas, destacando la del escritor real del manuscrito, pero quedando a veces en un segundo plano por centrarse en las historias más cercanas al presente y recaer el peso, fundamentalmente, en la actuación un tanto anodina de Cooper. 


Y es que el trascurso de la obra va resultando cada vez más previsible conforme nos acercamos al final de la misma; aunque existan ciertas sorpresas, son bastantes evidentes para el espectador. Puede parecer una novela filmada en flasbacks, pero sin ese hilo argumental o ese giro definitivo que le dé un sentido completo a la película.

No es original el contar la historia de un escritor que se convierte en un ladrón de palabras, apropiándose de la autoría de una obra ajena ya se ha contado en cine y literatura, incluso ha ocurrido en la vida real, pero, en esta ocasión, no con la calidad y fuerza argumentativa que requería dicha obra para destacarse por encima de otras ya realizadas.




Escrito por Mariela B. Ortega



Adaptaciones (XIX): Sherlock Holmes (VI) La vida privada de Sherlock Holmes

02 octubre, 2013

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Como muchos aficionados saben, La vida privada de Sherlock Holmes (The private life of Sherlock Holmes, United Artist, 1970), escrita por el tándem Billy Wilder e I.A.L. Diamond, es una obra mutilada. Pero advirtamos desde el comienzo que lo que se ha conservado es espléndido. Se trataba de una apuesta personal de su realizador, Billy Wilder (1906-2002), confeso “sherlockiano”, y de una producción de cierta envergadura y logística, que el estudio decidió acortar poco antes de su estreno comercial. Podemos aventurar una hipótesis y decir que La vida privada de Sherlock Holmes es la última gran película clásica de un estudio, junto con El Padrino (The godfather, 1972) de Coppola. Y empleo el término “clásica” no como sinónimo de “antigüedad” o de producto “pasado de moda”, sino de aquello que se revaloriza con el tiempo, pese a los estragos que las efímeras modas pudieron infligirle.

Parece ser que los descartes incluían una aventura en un transatlántico, el llamado “suceso de la habitación patas arriba”, e incluso un flashback de la época universitaria de Holmes. De estos, solo se ha conservado o bien la imagen sin el sonido, o viceversa. En cualquier caso, insisto en que lo que ha permanecido nos proporciona una gran película y una espléndida labor de realización de Billy Wilder.

La vida privada de Sherlock Holmes da comienzo cuando los recuerdos contenidos en una caja, guardada en la cámara acorazada de un banco londinense, “salen a la luz”, y cual caja de pandora literaria, ofrecen relatos y detalles inéditos, todos muy definitorios de la personalidad del genio de Baker Street. Esta idea de los manuscritos “perdidos”, magnífica de por sí, es el preludio de la recreación de la idiosincrasia del Holmes más íntimo, descritas con innegable gracia aunque con absoluta fidelidad y respeto hacia la obra de Conan Doyle y la estampa tradicional del detective. Ya en esas primeras imágenes, correspondientes a los bellos títulos de crédito, podemos percatarnos de la foto de “ella” en un reloj. Por supuesto, serán los legajos de este nuevo “archivo”, escritos por el doctor Watson, los que procuren la puesta en imágenes que se va a desarrollar. El espectador pocas veces se sintió tan voyeur.


Sherlock Holmes (Robert Stephens) se encuentra a la espera de un caso digno de atención, decepcionado con el mundo en general, y con el criminal en particular. Escasean los retos que pongan en funcionamiento los mecanismos deductivos y científicos del detective (para este, la deducción es una ciencia, considerando el conjunto como una de las bellas artes), en definitiva, aquello que constituye sus mejores armas contra la injusticia. 

Por fortuna, estos desafíos no tardan en presentarse, para alivio de su amigo y colega el doctor John H. Watson (Colin Blakely), situándose la acción en el periodo de 1887 a 1888. Una acción en clave de sorna pero con los pies en la tierra, es decir, irónica con la imagen establecida pero sin desnaturalizar a los personajes; por ejemplo, cuando el detective recrimina a su entusiasta biógrafo toda una serie de “licencias literarias”.

Sin desvelar demasiado acerca de la trama (en atención a quienes desconozcan el film y deseen acercarse a él), diremos que estos asuntos se refieren al embarazoso “episodio del ballet”, junto al caso, que ocupará el resto del metraje, de la desaparición de un ingeniero belga, coincidente con la aparición de su amnésica esposa Gabrielle (Genevieve Page); extenso relato del que también formará parte el hermano de Holmes, Mycroft (espléndido Christopher Lee), todo un epítome del poder en la sombra.


El relato escrito por Wilder y Diamond hace que nos planteemos cuestiones muy sugerentes, como el simpático juego con las identidades sexuales (que queda abierto), para qué pueden requerirse los servicios específicos de alguien tan popular como Sherlock Holmes (además de para resolver un intrincado caso, desde luego) o ¿qué es lo que da pie a muchas de las leyendas esparcidas por el globo? En cuanto al aspecto psicológico, “privado” del personaje, queda patente que a Holmes solo le interesa “lo extraordinario”, lo que se sale de lo común. Stephens compone un Holmes espléndido, elegante, afectado y falible. Una atención al detalle que también se traduce en apuntes bien cuidados, como la marca (real) que presenta Gabrielle en la cabeza, a consecuencia del golpe (irreal) que le ha provocado la amnesia…

Por su parte, este Watson mundano también es avispado (por ejemplo, en su descripción de la situación en que se halla la huésped). Su condición caballerosa, “victoriana”, proporciona algún detalle visual divertido: ese estetoscopio que surge de improviso del sombrero del médico, cual chistera de un mago, durante su encuentro en el tren con los -a su vez- falsos trapenses.

Billy Wilder saca en todo momento un espléndido rendimiento expresivo del formato en scope (ancho). Un buen ejemplo en la composición del plano, se da durante la entrevista de Holmes con la bailarina en el camerino: la puerta por la que aparece un Watson entusiasmado queda estratégicamente en medio; o durante el accidentado baile con las bailarinas del ballet, que van tornándose en bailarines. Otros buenos apuntes abarcan la peripecia completa, la aventura no hace sino confirmar la opinión de Holmes acerca del bello sexo, destacando un momento muy hermoso, el que muestra al detective entrando en el dormitorio donde descansa Gabrielle.


Como en toda obra extraordinaria, resultan indispensables los aportes de otros profesionales, como en este caso, la fotografía de Christopher Challis (1919-2012), la inspirada y nostálgica partitura de Miklós Rózsa (1907-1995), en realidad, su Concierto para violín y Orquesta, op. 24, y la labor del diseñador de producción y escenógrafo Alexandre Trauner (1906-1993): las dependencias de Holmes y Watson son maravillosas hasta el más mínimo detalle. Junto a la labor de Billy Wilder, logran fijar en el tiempo una de las películas más melancólicas, sugestivas y románticas del séptimo arte. 

El amor es contrariado, la visión de los seres humanos pesimista (¿realista?), y muy particularmente, se refiere a la soledad como pilar fundamental del sujeto romántico (aspecto no solo adscrito al espacio temporal en que eclosionó); y aún así o precisamente por ello, es La vida privada de Sherlock Holmes una de las más hermosas películas de toda la filmografía de Billy Wilder y repito, del cine en general. Si la película no es una obra maestra -por incompleta que esté-, se le parece bastante. De hecho, frente a las vanguardias fílmicas, de las que ya pocos se acuerdan, o si se acuerdan a pocos importan, a La vida privada de Sherlosk Holmes, el tiempo le ha acabado dando la razón.

Escrito por Javier C. Aguilera


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