La hermana pequeña, de Raymond Chandler, y adaptación Marlowe, detective muy privado, de Paul Bogart

19 enero, 2018

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A comienzos de la primavera, el detective Philip Marlowe está, literalmente, papando moscas (o más bien un moscardón). Pero el estilo sardónico, conciso y desenvuelto del excelente Raymond Chandler (1888-1959), entre abisal y bellamente metafórico, hace que, en apenas tres páginas, Marlowe ya haya sido puesto tras la pista de un nuevo caso; en concreto, el de La hermana pequeña (The Little Sister, 1949; Alianza, 2001) (capítulo I).

Marlowe es un personaje sumamente perspicaz. Hasta el punto de que comprende que la auténtica igualdad consiste en saber diferenciar a cada uno, y por ello, resulta políticamente incorrecto en sus manifestaciones. Su cinismo es, en buena medida, su protección contra lo que hay ahí fuera. Es, además, muy observador, y aunque alguno se le escape, nada se les escapa.

El caso en cuestión es el siguiente. La joven provinciana Orfamay Quest, llegada de Manhattan, Kansas (no Nueva York, primera circunstancia sujeta a equívoco), busca desesperadamente a su hermano desaparecido Orrin, que se disponía a ser médico (II). Algo le ha debido de pasar al muchacho, puesto que no ha vuelto a dar señales de vida. Los dos hermanos proceden de un entorno rural, pero se revelarán más mundanos de lo que aparentan. Diríamos que tanto uno como otro han adquirido esa coraza irónicamente californiana (se provenga de la urbe o no), serpenteando la senda trazada por Raymond Chandler y sus circunstancias, pues en el reino genérico de las apariencias estamos.

No desvelo nada crucial para la trama si prosigo diciendo que Marlowe comienza su investigación en un mugriento hotelucho situado a las afueras de Los Ángeles (III) y, más tarde, en su destartalado sinónimo, el hotel Van Nuys (VIII). En ambos escenarios materiales y humanos es regalado el detective con sendos cadáveres, asesinados con un instrumento punzante, lo que añade más busilis al misterio.


Cuando Marlowe comienza a tirar del hilo de la madeja, quinientos dólares le son ofrecidos para olvidar el asunto, por parte del obeso Sr. Sapo y su sobrino yonqui Alfred (a diferencia de en la película, como veremos, dos son los intrigantes en lugar de uno, aunque ese uno ciertamente valiera por tres). Ni que decir tiene que, haciendo gala de su autonomía, el investigador rechaza la coacción revestida de oferta, y prosigue con una búsqueda en la que encuentra de todo.

Resulta que el joven Orrin Quest tomó unas fotografías comprometedoras de la emergente estrella de cine Mavis Weld con un gánster, propietario del restaurante Los Bailarines (The Dancers), además de ex novio de su amiga (si tal epítome cabe emplear), Dolores Gonzales (sic). Las fotos muestran a la pareja en el referido local, y dejemos así las cosas por el momento.

Azote de los presuntuosos, antídoto contra el engaño universalizado, luminaria que opaca a los faroleros y retribuye a los pagados de sí mismos, el excelente escritor que es Raymond Chandler envuelve a su sólido personaje en una desconfiada y apabullante socarronería, sobre todo, desde que Marlowe atraviesa la puerta (¡o portal dimensional!) que da acceso a unos estudios de cine (XIX). Una visita donde al autor se le lee disfrutar de lo lindo. Metáforas hiperbólicas y dicharacheras florecen por los parterres de un escenario urbano, gris y desolado, más de puertas para adentro que para afuera.

Los Ángeles, años 40 (fotografía de Ed Alinder)
Una penetrante e incisiva capacidad que, pese a todo, no exime al personaje de ser falible; por ejemplo, cuando el doctor Legardie se las apaña para dejarlo fuera de combate, momentáneamente. Pues es la de Marlowe una agudeza no exenta de humanidad, que se desenvuelve entre otros seres humanos… más o menos afines. Así lo denota el magnífico párrafo donde el detective describe a la policía (como cuerpo), al final del capítulo XXIV. Claro que los policías también se saben defender literariamente, en palabras igual de afiladas, por boca del teniente comisario Christy French (XXIX). Ello, sin dejar de reflejar el investigador privado su propia y consciente soledad, a comienzos del siguiente capítulo (sintomáticamente, bastante más breve, aunque argumentalmente enlace con el posterior).

En suma, una visión o particular forma de mirar, que se hace extensiva y se personaliza en vehículos y autopistas, prendas de vestir y gestos faciales, o la realista maquinaria de Hollywood, y que, en definitiva, alcanza a todo lo que la ciudad contiene, a modo, precisamente, de contenedor. 

En este entorno, el querer a una persona constituye un lujo que escapa incluso a las manos más pudientes. Porque, como hacía notar, lo que está viciado es el propio ser humano. De hecho, las apariencias no engañan si siempre crees que engañan. De este modo se despliega, muy negro sobre blanco, un entramado de falsas apariencias, donde la locución hermanos de sangre cobra una particular y trágica definición. Como Marlowe descubrirá, se ha lanzado sin flotador a unas revoltosas aguas familiares; por ser estas ya conocidas y por referirse a una muy particular familia.

Para el detective es duro mantener la independencia y los sueños, no ser engullido por la globalidad y no sucumbir ante los deslumbrantes espejismos, aunque a la larga, resulta mucho más saludable (condición que Marlowe disfruta en solitario), el ser consciente de que la verdad no reside en ninguna parte y está en todas; que por lo tanto, es poliédrica, tanto personal como comunalmente, es decir, por nosotros mismos y en función de quiénes nos rodean. No en vano, salvo en las conciencias, dicha verdad es siempre rehén del personal punto de vista (también moral).


Finalmente, será en el despacho con Orfamay (XXXIII), donde para Philip Marlowe acontezca el fin de fiestas de las revelaciones sorprendentes; el envés de lo aparentado. Lo que se traduce en una estructura donde el chantaje emocional y pecuniario es moneda de cambio, un pasaporte a la nada, salvo la fortuna más efímera, y donde la fatal connivencia salta cuando menos se le espera. Los enemigos pasan a ser aliados según convenga (y viceversa), y muy significativamente, los verdugos (del tipo que sean), pasan a ser víctimas. Cargar con el muerto, como le sucede a otro de los personajes, será una forma de hacerse valer, más allá de las ingentes sumas de dinero. Hasta el punto de dejar Marlowe que las cosas sigan su propio curso, desembocando en el tormentoso pero salvífico final de la novela.

A través de la genial prosa de Raymond Chandler, la mirada del detective es lúcida, atrevida y prominente, además de desengañada. Lo que equivale a decir que también lo es su lenguaje. Para poder ir de un lugar a otro, Marlowe ha de estar de vuelta de todo. Cualquier descripción se convierte por parte de autor y personaje en una apreciación personal y psicológica (XIII). Por ello, es la psicología una herramienta de trabajo y supervivencia inestimable, del mismo modo que el detective ha de conocer al dedillo la topografía y el paisaje urbano, todos esos rincones frecuentados y pintorescos sin puntos éticos de referencia.

Es la razón por que resulta tan difícil transferir este mental estado de ánimo al lenguaje de la imagen, sin abusar del recurso narrativo de la voz en off. Hace falta un talento especial correlativo al del propio detective. Howard Hawks (1896-1977) lo tenía, y en menor medida, tratan de emularlo Paul Bogart (1919-2012) o Robert Altman (1925-2006). Pero, que no brillen con la misma intensidad, no significa que sus buenas intenciones carezcan de interés. En el caso de la adaptación de La hermana pequeña, esto me parece especialmente remarcable.

En los psicodélicos y chillones títulos de crédito de la película, vemos a Orrin Quest (Roger Newman) sacar las (im)pertinentes fotografías del relato que, en esta ocasión, no son tomadas en el restaurante Los bailarines, sino en una piscina más o menos privada. El estupendo guionista Stirling Silliphant (1918-1996), responsable, por ejemplo, de las apreciables Flores para Algernon (Charly, Ralph Nelson, 1968) y El coloso en llamas (The Towering Inferno, John Guillermin, 1974), hace una buena lectura y recreación del original literario, trasladando la acción al presente histórico, esto es, el año de realización.

Lo que involucra como intérprete circunstancial al coyuntural paisanaje hippy, como sucedía en el Harper (Ídem, 1966) de Jack Smight (1925-2003). Pero Paul Bogart hace gala de una buena economía narrativa y efectividad visual, como cuando Marlowe ya dispone de la foto de Orrin Quest sobre la guantera de su vehículo. La película arranca con la investigación en marcha. De hecho, a la hermana del desaparecido la conoceremos a continuación, cuando concluya el bloque de la visita del detective al hotelucho donde se hubo alojado Orrin.


Prosiguiendo con esa efectividad visual, el encargado del susodicho hotel (Mark Allen) marca el número de teléfono del doctor Legardie (Paul Stevens) ante Marlowe (poniéndole en conocimiento de este otro personaje). A su vez, el detective deja un reguero de tarjetas de visita, como la que se guarda el inquilino Frank W. Hicks (Jackie Coogan), que lo sitúan en la escena de cuanto pueda acontecer. De hecho, en este ocultamiento obsesivo de la identidad al que se enfrenta Marlowe, los hay que atesoran hasta tres personalidades distintas, caso del corredor de apuestas Mileaway Marston, alias Humbleton, alias Hicks. No nos sorprende, por tanto, el desconcierto del dependiente (Jason Wingreen) ante la identidad cambiante de quien reclama las famosas fotografías (Marlowe se hizo pasar por Hicks, un contagioso retruécano realzado por el uso de la pantalla dividida -y divertida-).

A continuación, y al igual que en la novela, Marlowe devuelve su dinero a Orfamay (cincuenta dólares en la película, veinte en la novela: han transcurrido veinte años entre una y otra).


Siguiendo la estela del original, cobra especial importancia el perfume de una dama, el calibre de un arma (el treinta y dos) o la foto familiar de varios de los involucrados. Solo se le añade a Marlowe la sombra poco alargada de una novia que, con criterio, resulta ser una buena colaboradora, pues trabaja para el departamento de policía: July (Corinne Camacho). Y hasta mariposea por allí el simpático peluquero Jack (Christopher Cary). Más aún, Mavis Weld (Gayle Hunnicutt), trabaja ahora para una serie de televisión, finiquitada la etapa dorada de los estudios de cine.

Muy simpáticas son, asimismo, las calculadas provocaciones de Marlowe al impetuoso malandrín Winslow Wong (el estupendo e insustituible Bruce Lee), que pasa de redecorar el despacho del detective a tratar de darle el finiquito por todo lo alto, en la terraza del restaurante Los bailarines. Dos escenas justamente célebres y recordadas, ¡sin que ello deba servir de excusa para no valorar el resto de la película!

En este sentido, me parece reseñable el ambiente bullicioso y cosmopolita que muestra el edificio donde tiene su despacho Philip Marlowe, o el hecho de que mal doctor Legardie, que andaba a pachas con Orrin, ponga abrupto broche de oro al caso en una sala de fiestas. Cambio de escenario, pero idénticos resultados que en la novela. Además, la película simplifica el trasiego de armas idénticas del libro, y las implicaciones de las fotografías para el personaje de Sonny Steelgrave (H. M. Wynant), pues son la prueba de su salida de la cárcel cuando, en la novela, fue asesinado otro individuo (de soporte). Creo que esto es acertado, en el sentido de no sobredimensionar una narración cinematográfica de noventa y cinco minutos. Pero, en cualquier caso, Marlowe, detective muy privado (Marlowe, MGM, 1969), que es como se acabó llamado la adaptación, me sigue pareciendo una lectura pulcra y razonable, que aprovecha bastante bien los andamiajes de su literaria hermana mayor.


Cierto es que la tensión sexual y profesional entre Mavis y Dolores también está rebajada, pero el clima viciado persiste. De igual modo, Marlowe se deshace de las fotografías, aunque esta vez lo hace a solas. Lo que no exonera de culpa a ninguno de los implicados de tan sórdida trama, con menciones honoríficas a Orfamay Quest, personaje sostenido con prestancia por Sharon Farrell (1940), como Philip Marlowe lo es por James Garner (1928-2014).

Probablemente, de haber sido dirigida (no niego que con mayor brillantez) por algún otro director de renombre crítico, Marlowe, detective muy privado, de seguro que habría sido mejor apreciada.

Escrito por Javier C. Aguilera



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