La librería ambulante y La librería encantada, de Christopher Morley

25 agosto, 2017

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En La librería ambulante (Parnassus on Wheels, 1917; Periférica, 2012), de Christopher Morley (1890-1957), los personajes van a experimentar lo que les sucede a otros… en los libros. No porque vivan lo mismo que en ellos se describe, sino porque van a dar rienda suelta a su propia aventura. En este sentido, el autor hace uso y disfrute de la llamada meta-literatura sin ningún tipo de impostación de “genio”, es decir, sin aburrir ni tratar de epatar al personal, de una forma amena y asequible, con la consabida sofisticación y refinamiento británicos, importados en este caso, pues Christopher Morley era norteamericano de nacimiento. Pero la gracia literaria no entiende de fronteras.

Christopher Morley
Dos hermanos granjeros, Helen y Andrew McGill, despiertan al mundo de las letras. Pero no lo hacen al mismo tiempo. Esta llamada de la literatura es algo que llega a cada uno cuando le toca. El primero será Andrew que, más que lector, se convierte en un ávido escritor de célebres relatos campestres; sin duda, gracias a un don muy innato que reverdece. Después le llegará el turno a Helen, instalada ama de casa que apenas se ha planteado el rebasar sus horizontes domésticos. Esta otra realidad propuesta por los libros también se dará la vuelta irónicamente: cuando el hermano se convierte en escritor prestigiado, el mundo literario pasa a ser lo vergonzante para la esforzada granjera (Capítulo I). Hasta que un colorido carruaje en forma de vagón de tren, rebosante de libros fabulosos, le plantea una oferta que no puede rechazar (II). A partir de ahí, Helen MacGill emprende un acelerado curso de literatura o, lo que viene a ser lo mismo, de vida. Le compra el carromato al señor Roger Mifflin, librero trashumante oriundo de Nueva York, y, con la referida mercancía, decide vivir su propia aventura allende los márgenes de la granja, por el verde paraje de un valle de Connecticut (EEUU).


La intención primera de Helen es apartar a su hermano de esos libros, pero pronto comienza a apreciar tales artefactos, así como a la persona que le va instruyendo en su manejo y deleite. Ambos personajes complementarios emprenden un camino juntos, que es, como suele suceder, tanto físico como emocional. Esto quiere decir que, mientras Andrew se afana en plasmar sus anhelos sobre el papel -hasta que decide echarse al monte-, Helen los vive directamente, convirtiéndose en una protagonista de libro, por derecho y decisión propias.

El caso es que Roger echa de menos su Nueva York natal y anhela el regreso. Son ejemplares los momentos en los que condensa y narra a Helen lo que ha venido siendo su labor como librero ambulante, por medio de un lenguaje sencillo pero pleno de entusiasmo (IV y VI). Justo lo contrario de lo que no siente cualquiera de los empleados de nuestros modernos, desangelados e impersonales receptáculos, o departamentos, dedicados a la venta de libros (lo mismo da que sus propietarios vendieran salchichones).

El caso es que el espíritu impreso va impregnando a Helen, personaje vital pero adocenado por las tareas del hogar que, a sus treinta y nueve años, ¡se siente como una vieja granjera! (IV, X, XIII). Para Roger, sin embargo, es como si llevara dicho espíritu en la sangre. Para él, que tan solo cuenta con cuarenta y un años (XIV), y también se siente algo gastado, el llevar libros a la gente no es un oficio, sino una forma de vida, o de ser. De este modo, además de ir desarrollando su propia visión de la literatura (XI), Helen también irá conociendo en profundidad a Roger, incluso cuando este ya se ha marchado, a través de su diario personal (X) o del testimonio de otros granjeros (compradores de libros), como los Pratt (VIII).


Ahora bien, para pasar a la siguiente novela del díptico compuesto por Christopher Morley, se hace inevitable adelantar un dato, que no es otro que, transcurrido el anterior periodo de prueba y aprendizaje, ¡de rodaje, en definitiva!, los Mifflin ya se han establecido como un matrimonio de libreros en Brooklyn, Nueva York.

A diferencia de La librería ambulante, de carácter y estructura más anecdóticos, La librería encantada (The Haunted Bookshop, 1919; Periférica, 2013) ofrece una bien calculada y primorosa reflexión (más ambiciosa, si se quiere) sobre la cultura y los sentimientos a través de los libros, sazonada por una trama subterránea paralela, que se desarrolla, sobre todo, en la última mitad del libro, y que concierne al misterio de la desaparición de un valioso ejemplar del Cromwell (1599-1658) de Thomas Carlyle (1795-1881).

En La librería encantada, sobresale un incisivo análisis del ser humano (y no solo del ser humano lector), pese a que, como es bien sabido, para los anglosajones apenas existe la literatura en otras lenguas (al menos Morley, o su personaje Roger Mifflin, tiene la deferencia de nombrar a Vicente Blasco Ibáñez [1867-1928]).

Conviene detenerse un momento en otro de los personajes, el joven Aubrey Gilbert. Podría tratarse de cualquier muchacho de nuestra actualidad. Su rol es principal más que de soporte. Morley lo describe como un universitario que, concluidos sus estudios, apenas ha leído buenos libros (I); sin embargo, su buena voluntad es evidente en el desarrollo de la narración, porque Gilbert posee algo más valioso que el conocimiento, y son sus deseos de aprender, su interés por dicho conocimiento, a su ritmo y según sus propios intereses o gustos. Como cualquier joven bien dispuesto, le agrada conocer aquello que desconoce, siempre que se le dé la oportunidad para ello, algo que compartirá con la señorita Titania Chapman, heredera del emporio de Ciruelas Chapman, que queda a cargo del matrimonio de libreros por indicación de su padre (un empresario amante de los libros). No hace falta tener una gran imaginación para augurarles a estos jóvenes un porvenir común, además de ilustrado.

Aubrey trabaja en una agencia de publicidad y se convertirá en un asiduo -y salvador- de los Mifflin y su librería. La cual describe diciendo que aquello parecía un templo secreto, un lugar destinado a extraños rituales (I), sostenido por el hecho de que la gente necesita de los libros, pero no lo sabe, en palabras de Roger Mifflin (I). Dentro de la agudeza ya señalada, una saludable ironía se desprende respecto de los agentes comerciales, los críticos y los libros de moda, y un marcado ingenio psicológico anima a los personajes centrales. Como se suele decir, todos ellos están muy bien dibujados y descritos (un nivel no tan fácil de alcanzar, sobre todo, cuando tanto se lleva el estereotipo). En fin, para Roger, la oferta es creada por la demanda, y no al revés (II).


También es significativo el que, a diferencia de otros establecimientos, en la librería de los Mifflin, los libros sean de segunda mano, lo que se traduce en que son portadores de una vida propia y particular. La mejor definición de por qué está encantado este lugar la ofrece el propio Roger al final del capítulo VI. Hasta cuando dirige una misiva a Andrew, el hermano de Helen, no puede evitar expresarse como un librero muy versado (IX). Para Roger, el único consuelo permanente son los libros (IX).

Aquí, nuestro personaje tiene la más afín edad de sesenta años (más adecuada a las vivencias expresadas en el relato). Lo cual, o bien determina un lapso de tiempo mayor entre ambas novelas, o bien debemos considerar sus cuarenta y un años -¡tan solo un par de años antes!-, como una licencia. Sea como fuere, gracias a su sopesada experiencia nos confiesa que aprendí a desconfiar de la mitad de lo que se publicaba en los periódicos (…), además de que cuando se rasgan todas las fibras de la civilización, es preciso mucho tiempo para volver a tejerlas (VI).

Aun siendo un librero, ambulante o establecido en Brooklyn, Roger no deja de ser partícipe, en cada una de las novelas, de una apasionante aventura (en compañía de Helen o del joven Aubrey, respectivamente).


Por su parte, Aubrey Gilbert trata de sobrevivir en la creciente jungla de asfalto con sus habilidades y recursos. Pese a no ser un lector tan eminente, el muchacho se convierte en otro personaje de libro, esta vez, de género policíaco, al desentrañar toda la trama misteriosa que se cierne sobre la librería encantada. Entre una determinación pragmática, como publicista, y una imaginación desbocada, como detective amateur, el chico se muestra tan honesto como (felizmente) impulsivo. Para el personaje, no puede haber lo uno sin lo otro. Si en Roger Mifflin, la literatura se confunde con la vida, para Aubrey Gilbert, este está comenzando a vivirla sin darse cuenta de que forma parte de ese universo que se plasma sobre el papel. De hecho, a los cuatro personajes principales dedica Christopher Morley unas últimas palabras, por boca de Roger, que nos recuerdan que la gente que sale en los libros se vuelve más real para el lector que cualquier ser humano de carne y hueso (XV).

Escrito por Javier C. Aguilera


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