Adaptaciones (XLV): Harry Potter y la Orden del Fénix, de David Yates

15 junio, 2015

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La oscuridad llega a la saga cinematográfica de Harry Potter con su quinta entrega, la primera en la que dejamos atrás tras la bisagra que supuso la cuarta entrega, Harry Potter y el cáliz de fuego (2005), comenzando el proceso final hacia la última batalla y se contrapone a la calidez de las dos primeras películas de Columbus para adentrarse en un proceso que se asemeja a los tonos más oscuros alcanzados por Cuarón y por Newell, especialmente lo alcanzado en el cementerio al final de la anterior entrega. El encargado de esta obra fue David Yates, que se encargaría del resto de la saga hasta su conclusión.


El director británico había realizado capítulos de series y algunas miniseries y telefilmes hasta su llegada a la saga del mago, aunque predominaba entre lo que había realizado el tratamiento a temas como la corrupción o las intrigas institucionales. Estas cuestiones se relacionaban con la trama de esta entrega, aunque al final el director continuaría hasta el final, siendo el director con más películas de la saga realizadas, incluyendo el futuro spin off a estrenarse en 2016: Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

David Yates dirigiendo Harry Potter y la Orden del Fénix
El argumento de Harry Potter y la Orden del Fénix (2007) nos sitúa ante una doble opresión: el escarnio público al que es sometido el protagonista y la amenaza que pende sobre los personajes debido al retorno de Lord Voldemort (Ralph Fiennes). En este estado, nos encontramos a Harry Potter (Daniel Radcliffe) situado justo en el lado contrario al que nos ha tenido habituados: solo y con muchas dudas. Si ya en el pasado fue tentado con la oscuridad, en este caso se ve envuelto en ella por el odio de quienes temen el retorno de Voldemort, como es el caso del Ministerio, que lleva a cabo toda una campaña de manipulación mediática y control estatal sobre Hogwarts, como de quienes están a favor del Mago Oscuro. Pero también se verá marginado por quienes lo apoyan: si la esperanza reside en la Orden del Fénix, antigua compañía que ya luchó contra su enemigo y a la que pertenecieron sus padres y muchas de las personas a las que quiere, este se verá rechazado y desterrado al ostracismo, algo especialmente crucial por parte de Dumbledore (Michael Gambon), que había sido su mentor y guía hasta el momento.

Las primeras secuencias nos remiten precisamente a la opresión que sufre Harry en ambos sentidos: lo vemos acosado por los muggles y atacado por dementores. El mundo mágico había sido su refugio, sin embargo, ahora se verá maltratado por la justicia ejercida por el Ministerio y, posteriormente, despreciado por sus compañeros de Hogwarts ante las acusaciones de los medios de comunicación. Aunque cuente con el apoyo de Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), lo cierto es que Potter estará más señalado que nunca, en un proceso ascendente desde lo que se pudo observar en la anterior entrega, cuando todos lo culpaban de haber realizado trampas con el cáliz de fuego. El enfado y la desconfianza en el resto serán las reacciones que tenga nuestro protagonista, ahí veremos cómo grita a sus amigos cuando se entera de que han colaborado con la Orden del Fénix sin informarle ni mantener contacto con él en todo el verano.


Esta situación crea una tensión en Harry que se traduce tanto en el alejamiento de sus compañeros, con una soledad impuesta por su contexto y por sí mismo, como en una rebeldía de la que hará gala contra determinados profesores, incluyendo a Dumbledore. Entre las personas que, por el contrario, se acercan a él, se encuentra Luna Lovegood (Evanna Lynch), que por su particular forma de ser resulta poco consuelo para nuestro protagonista, pero un interesante apoyo. En cierto sentido, todo lo que le sucede a Potter también le hace dudar de su papel ante las circunstancias a las que se enfrenta y, como descubrirá más adelante, sobre si está preparado o no para enfrentarse a Voldemort si, después de todo, están íntimamente relacionados. Este es uno de los aspectos más suavizados con respecto a la novela, que dejaba al protagonista aún más aislado y con brotes de ira más usuales, especialmente por el esfuerzo mental que le suponían las clases de oclumancia de Snape (Alan Rickman), que, por otra parte, están reducidas en la adaptación cinematográfica. Precisamente, todo el estado mental en que se sitúa nuestra protagonista lo pone en alerta con su entorno y será lo que desencadene los últimos sucesos de la película.

Por el contrario, su autoestima se recupera cuando crea el Ejército de Dumbledore como forma de contrarrestar el control gubernamental ejercido por el Ministerio en Hogwarts y, a la vez, ayudar a sus compañeros a adquirir habilidades mágicas defensivas. El personaje que representa el dominio del Ministerio y que se convierte en un enemigo más para Harry es Dolores Umbridge (Imelda Staunton), una mujer que representa los valores contrarios en los que han sido educados los alumnos durante los anteriores años, a excepción de los Slytherin, que se convertirán en sus lacayos. Como observaremos, detrás del tonos rosa chillón y de un cuerpo rechoncho y bajito, se halla un personaje altivo, puritano, vanidoso y arrogante, con actitud despectiva hacia las criaturas mágicas, en una especie de racismo que incluye a los magos nacidos de muggles y con un odio particular por Harry y todo lo que representa, especialmente al considerarlo un enemigo del Ministerio y de su adorado ministro.


Sus métodos habituales serán la represalia, la continua creación de leyes rígidas y excesivamente severas, y el regreso al castigo físico. No en vano toma posesión del título de Suma Inquisidora y se encarga de evaluar a los profesores por encima de la autoridad del director, al que cada vez va restando más poder. Para el espectador fiel a la saga, la imagen de Hogwarts como hogar cálido y abierto se ve alterada en una especie de internado de métodos educativos anticuados y medidas dictatoriales. La escena de la huida de los hermanos Weasley, con unos efectos especiales decentes, sirve para mostrar la necesaria lucha contra estos sistemas injustos, dejándonos, además, uno de los momentos más agradables de la película.

Esta es la trama que mejor se desarrolla durante la película; no en vano, Yates estaba acostumbrado a tratar con obras de contenido político y, aunque en ocasiones le otorga un carácter cómico, especialmente a través del personaje Filch (David Bradley), logra transmitir la opresión que ejerce Umbridge con algunas escenas clave que desarrolla de forma muy efectiva a partir de los acontecimientos del libro: el castigo con una pluma que escribe con la sangre de quien la usa, el despido de una profesora, su desprecio ante Dumbledore, a quien interrumpe y amenaza en cuanto tiene ocasión, o los interrogatorios al alumnado, incluyendo el uso de pociones de la verdad (en un adecuado cambio con respecto al libro para impedir la introducción de nuevos personajes y otorgar mayor dramatismo a un personaje denostado en contenido a lo largo de la saga cinematográfica).


Por todas estas cuestiones, estamos ante una obra más dramática, que aún contiene momentos dedicados al humor y con la amistad como principal motor, pero que centra su atención en las tensiones en las que vive Harry. Una buena muestra es la sesión de oclumancia con Snape en la cual revisamos distintos momentos del pasado a través de secuencias de las demás entregas, que se contraponen perfectamente a su situación actual: el recuerdo de sus padres muertos ante el espejo de Oesed o los momentos de celebración junto a Ron y Hermione se contraponen al sufrimiento que le ocasionan las visiones oníricas de Voldemort y su serpiente. Se recrea así un clima inquietante desde el inicio de la película hasta la batalla que se muestra al final.

Además, la película va de menos a más, incluso en la muestra de defectos cinematográficos. La secuencia inicial donde discuten Harry y su primo poca relación tiene al nivel de coreografía alcanzado en las batallas entre magos, mejor preparada y filmada que el uso de primeros planos y fotografía plana de ese principio. La preparación del tramo final muestra un interesante despliegue de efectos y una acción mágica que da buena muestra de lo que se esperaría en un enfrentamiento entre magos y la utilidad de todo lo que los personajes habían estado aprendiendo hasta el momento. Toda esta secuencia se complementa con dos escenas de auténtica impacto: la primera, dramática, en la que se prefiere el silencio y cierto efecto de cámara lenta, que representa perfectamente el quiebre del protagonista, y la segunda, un auténtico duelo entre dos poderosos magos, que finaliza con la representación más pura del terror de Harry a llegar a ser como Voldemort.


Como adaptación, aunque logra introducirnos en un ambiente más hostil y con el que conviviremos hasta el final de la saga, como lo hace notar el emblema de la Warner cada vez más oscurecido, lo cierto es que pesa bastante la reducción del libro más largo a la adaptación más breve (debemos tener en cuenta que a pesar de ser la segunda película más breve de la saga, la primera es, precisamente, una de las dos partes en que se dividió el último libro al ser adaptado). Debemos mencionar en este apartado el cambio de guionista, ocupándose en este caso Michael Goldenberg en sustitución de Steve Kloves, que volvería a la saga para el resto de películas. Aparte de lo que se alteró con respecto al libro, debemos mencionar el hecho de que se llegaron a omitir cerca de cuarenta minutos de grabación durante el montaje; algunas de estas escenas se recuperaron en la versión extendida del DVD.

Centrándonos en las modificaciones como adaptación, debemos apreciar que se pierde tanto dramatismo como acción. Que a estas alturas se elimine la trama de los elfos domésticos, no nos debe extrañar, de la misma forma que la presión gubernamental no requiere finalmente de la presencia de la periodista Rita Skeeter, perfectamente suplida por Dolores Umbridge. Sin embargo, se echa en falta la visita al Hospital San Mungo durante la Navidad, especialmente para ahondar en la historia de la familia de Neville Longbottom (Matthew David Lewis), por la que se pasa por encima, gracias entre otras cosas a la introducción de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter), pero que, además, añadiría más peso a la tensión interna de Potter, pues apenas queda apuntada la idea de que el hecho de que Harry sea el niño que sobrevivió fue, finalmente, decisión de Voldemort, al escoger entre él y Neville.


Es más, la búsqueda de la Profecía, que es parte esencial de la trama de esta película, se completa en el drama con esta omisión y en la acción con la secuencia, mucho más larga y con variados efectos en el libro, del combate contra los mortífagos en el Ministerio. En cuanto a lo que se elimina, también desaparece el quiddictch, aunque al principio tenemos una bonita escena de viaje en escoba por Londres, y todo lo relativo a las nuevas responsabilidades escolares de Ron y Hermione, que en la película no son nombrados prefectos. También lo relativo a los exámenes TIMO queda muy reducido, como en general todo lo relacionado con lo académico desde las explicaciones generales de la primera película.

Para solventar en cierta medida la ausencia de ciertos elementos que aumentaran la tensión, se optó por dar mayor preponderancia a Sirius Black (Gary Oldman), potenciando además la confusión de Harry con James, su padre, de forma que exista un distanciamiento entre lo que necesita su ahijado según la Orden del Fénix y lo que Black ve en él: su fiel compañero y amigo que fue asesinado por Voldemort. El momento clave será durante una secuencia de acción en la que, de forma directa, llame James a Harry, algo que no sucedía en los libros y que le otorga un carácter distinto al personaje, pero bastante apropiado para lo desarrollado en la película.


Entre otros elementos, podemos mencionar el ámbito musical. Nicholas Hooper sustituye a John Williams en la composición, aunque sigue sus pasos e imita el estilo creado por Williams para la saga, principalmente en la tonalidad general y en los recursos que empleó en anteriores entrega, recuperándolos dentro de la nueva composición. Esto otorga un sentido unitario en el campo musical a la saga. No obstante, Hooper no tiende a lo melódico; precisamente las melodías que usa son heredadas de Williams, siendo esencial el tema principal que representa a la franquicia. Y su estilo es más sencillo que el empleado por otros compositores, con algunos temas de corte minimalista, cierta tendencia a ritmos veloces y la incorporación de elementos electrónicos.

En conclusión, el resultado de esta película es una obra que abandona las aventuras autoconclusivas de las otras entregas para introducirnos en un proceso bélico que comienza con una guerra fría. Esto provoca tanto un giro en la forma de tratar a los personajes como en el tono de narrar la historia. Yates no se queda atrás de sus compañeros, pese a no ser tan reconocido, y solventa con eficacia la adaptación, con una dirección correcta y una buena composición dramática en suficiente equilibrio con un humor demasiado evidente y una acción fresca, diferente a lo desarrollado hasta el momento, pero que no alcanza cotas artísticas relevantes.



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