Cita en San Luis, de Vincente Minnelli

15 diciembre, 2014

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El género del musical, además de participar de otros géneros como la comedia o el drama, propone una exteriorización de los sentimientos que, tal vez, a algunos espectadores de la actualidad, más acostumbrados a describir sus estados de ánimo por medio de emoticonos, no les resulte del todo cómodo. Pero ascendiendo a un estadio más “fantasioso”, emocional y de sencilla cercanía, el musical depara no pocas sorpresas. Una película donde coexisten comedia y sentimientos en una cálida armonía, es Cita en San Luis (Meet me in St. Louis, MGM, 1944), de Vincente Minnelli (1903-1986).

La base argumental de la película se debe a una serie de artículos publicados en el The New Yorker por la autora Sally Benson (1897-1972), durante el invierno de 1941 al 42. Unas crónicas de carácter autobiográfico que, debido al interés del productor de la Metro, Arthur Freed (1894-1973), fueron recopiladas en forma de libro a finales de 1942 por la propia autora, siendo este el material del que, finalmente, se procedió a extraer el guión definitivo para la película, obra de Irving Brecher (1914-2008) y Fred Finklehoffe (1910-1977).

Parte del éxito artístico de Cita en San Luis se debe también a la extraordinaria fotografía en tecnicolor de George Folsey (1898-1988), la creación de tres maravillosas canciones originales (el resto eran adaptaciones de temas populares), por parte del dúo Hugh Martin (1914-2011) y Ralph Blane (1914-1995), junto a otra tonada del propio Arthur Freed, y los no menos logrados decorados de Cedric Gibbons (1893-1960): la casa por fuera y por dentro es todo un portento, inspirado en la arquitectura gótica americana. Para Minnelli, Cita en San Luis significó, además, poder acceder a una película de mayor “envergadura”.


Hay, en la biografía de cada uno de nosotros, un año señalado por encima del resto, unas cuatro estaciones más especiales que otras. Para la familia Smith, ese tiempo abarcará del verano de 1903 a la primavera de 1904. Dicha familia la forman los padres, Lorenzo (Leon Ames) y Ana (Mary Astor), sus hijos Rose (Lucille Bremer), Lon (Henry Daniels, Jr.), Esther (Judy Garland), Inés (Agnes en el original, Joan Carroll) y la pequeña Tootie (Margaret O’Brien, un trasunto de la autora), un abuelo (Harry Davenport) y Katie, la doncella y cocinera (Marjorie Main; en efecto, un miembro más de la familia, como demuestran las cordiales reuniones en la cocina).

Es una época de corsés y carnés de baile, en la que aún existe la preocupación por quedarse soltera, presión aliviada, en este caso, por el interés que despierta the-boy-next-door, es decir, el vecino de al lado. Una cuita sentimental que proporciona una de las canciones más recordadas y que, a su vez, es motivo de uno de los mejores momentos de la película. Nos referimos a aquel en que el referido vecino, John Truett (Tom Drake), acompaña a Esther por la casa mientras esta va apagando todas las luces (en un solo plano-secuencia). Todo un ritual casero convertido en amoroso.

De hecho, la luz tiene mucha importancia en las vidas de estas personas y, por consiguiente, en la puesta en escena. Se trata de una luz de gas, por efecto del tecnicolor, completamente viva, que refleja el primer amor o, sobre todo, la primera ilusión.


Pero encuentros y música conviven, o forman parte, del entorno de la ciudad, como elemento constitutivo del propio proceso vital y la idiosincrasia. Estampas que van desde vendedores de hielo a domicilio hasta la orgullosa celebración de la Gran Feria Mundial de 1904. Un ambiente que enlaza con otro momento esencial, de exclusivo canto a la alegría, que tiene por protagonista al tranvía que lleva a los jóvenes del contorno a visitar los terrenos de la Feria. Más adelante, con la venida del otoño, esta cordialidad se patentiza en la noche mágica de HalloweenCita en San Luis despliega unas continuas texturas y matices tanto estacionales como emocionales.

Hasta que una oportunidad de ascenso laboral para el padre supone una gran desilusión para el resto de la familia, porque conlleva el dejar atrás toda una forma de vida, por excitante que resulte la perspectiva de trasladarse a una ciudad como Nueva York. De hecho, al oír hablar de tanto edificio de apartamentos, Rose llega a preguntarse “¿es que no hay casas en Nueva York?”.

Una difícil decisión que llevará al padre a reflexionar, en la bonita secuencia en que contempla las huellas dejadas por los cuadros, ya descolgados, en las paredes de la casa. O que anteriormente ha ofrecido otro buen momento, cuando tras el anuncio de la “buena nueva”, Ana se sienta al piano para interpretar una canción de tono elegíaco e íntimo (You and I, el tema compuesto por Freed y por Nacio Herb Brown, 1896-1964). Una interpretación a la que se sumará su marido y, probablemente, una canción que no habían cantado juntos desde hacía mucho tiempo. Y aunque Lorenzo pregunta “¿qué es lo que te hizo pensar en ella?”, la respuesta les resulta evidente.


Minnelli ilustra el cordial relato por medio de elegantes y casi imperceptibles movimientos de cámara, como cuando esta se adentra en la intimidad de un baile navideño. De igual modo hay que señalar el desparpajo y llaneza de una excelente Judy Garland (1922-1969) o el cariño y sobriedad de Mary Astor (1906-1987), en el papel de la madre.

Cita en San Luis fue, además, el primer musical donde la incorporación de los números musicales no interrumpía la trama (por fastuosos y bien coreografiados que estuvieran, que justo es reconocerlo), sino que formaban parte de la misma, haciéndola avanzar como una parte fundamental.

Elementos que hacen que Cita en San Luis siga siendo una película tan disfrutable como imprescindible.

Escrito por Javier C. Aguilera


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