Ciudad violenta & Revolver, de Sergio Sollima

22 noviembre, 2014

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En un mundo opacado por tarjetas bancarias descontroladas y por modernos piratas de uniforme, emboscados tras matorrales y cartelones, para en nombre de una sobrevalorada protección, sangrar más al contribuyente, casi parece que las películas de Sergio Sollima (1921), Ciudad violenta (Citta’ violenta, Unidis-Paramount, 1970) y Revolver (Íd., Mega Film, 1973), se dedicaron a anticipar ese mundo como un ejercicio de ciencia ficción. Pero la conclusión puede ser otra: la naturaleza humana parece inalterable, para lo bueno y para lo malo, aunque ahora estemos más informados respecto a esto. 

Podría añadirse que, ya que la naturaleza humana es la que es, al menos habría que hacer un esfuerzo, no en implantar nuevos sistemas totalitarios, sino en regular adecuadamente las maltrechas democracias. Porque cuando la indefensión es abusiva y la protección un mantra, no parece quedar mucho lugar para el individuo.


Comencemos cronológicamente por Ciudad violenta, una película donde la acción posee un significado más allá de las imágenes vibrantes o el coyuntural empleo del teleobjetivo. Tras una persecución por las empinadas calles de una población de las Islas Vírgenes, Jeff Heston (Charles Bronson) finalmente reconoce a una persona que le acaba traicionando, instante que vuelve a cargar con otro significado toda esta secuencia de apertura: las “puñaladas” suelen venir sin previo aviso.

Se trata de una persecución filmada con brío y sin diálogos (cuán innecesarios son la mayoría de las veces). Además, cuando se echa mano de estos, sobre todo en el caso de Jeff, son sucintos y secos, aunque también plenos de significado. Podemos incluir los rostros (impasibles o angelicales) dentro de este apartado del lenguaje, por lo que reflejan y por lo que ocultan. Más aún, en el último tramo de la película, Sollima prescinde casi por completo del sonido, excepción hecha de unas detonaciones y un escueto diálogo final.

El caso es que para Jeff Heston (Charles Bronson), dicha traición será solo la primera de varias. Pero el estólido Jeff no es un personaje “limpio”, aunque dentro de su “profesión” procure comportarse de forma “honesta”. En el argot, es un “técnico”, mata por dinero, en sintonía con el personaje que interpretaría poco después para Michael Winner en Fríamente, sin motivos personales (The mechanic, Warner Bros., 1972).


Su estoicismo queda reflejado en su (breve) estancia en prisión. “¿Por qué no abres nunca la boca?”, le reprocha uno de sus compañeros de confinamiento. Ocurre que Jeff es de los que prefiere no decir nada cuando no hay nada que decir, en lugar de hablar por hablar. Honesto en definitiva porque pese a que mata por un motivo como es el dinero, se halla en una fase de cuestionamiento. El descubrimiento de la conciencia supone otro golpe violento para él, como prueba su indecisión, momentos antes de apretar el gatillo contra su última víctima. Definitivamente, se da cuenta de que ya no sirve para tan ajetreado “trabajo”, como también le recuerda su otro compañero de celda.

De hecho, tal y como Jeff le comenta a su partenaire Vanessa Shelton (Jill Ireland), cuando esta le propone una escapada juntos, “ni siquiera sabes quién soy”. En efecto, todos se conocen entre sí pero no saben quienes son, aunque en el caso de Jeff y la chica, acaben sabiendo donde se encuentran. Forman parte de un entramado formado por sujetos en lugar de personas, que a su vez son cebos disponibles. Relaciones asonantes donde el “tuerto”, en este caso el empresario Al Weber (Telly Savalas), es el rey en un país de “ciegos”. No en vano, ni de un invidente puede uno fiarse, como comprueba Heston cuando conoce a uno que es traficante. En su trono empresarial, Weber “exprime a la gente y luego les da ‘el pase’”.

A su modo Jeff es un hombre libre y no quiere volver a formar parte del conglomerado mafioso de rigor, una (o la) “organización” en la que tratan de comprometerle. “Siempre he sido huérfano, me gusta la soledad”, comenta a Weber; a lo que este último replica -en nombre de muchos- que “no se puede vivir aislado hoy día, hay que pertenecer a algo, sino te aplastan”.


En efecto, ya sea con una buena pensión para el retiro o a base de buenas comisiones, los integrantes de esta familia global tienen su futuro más que asegurado. El punto de vista es siempre el de este ente superior; incluso cuando Jeff cree tener controlada una situación, resulta que sus pasos han sido estrechamente vigilados. Es el motor de la riqueza unida al poder de la que habla Vanessa: irresistible pero que “lo arrasa todo”. Un hedor parecido al que muestra esa vía fluvial donde todo se descompone, o como la imagen de esa carretera que atraviesa Jeff y que se pierde en el horizonte.

Las elipsis empleadas son casi igual de bruscas que el escenario: así sucede con el paso de Jeff por la prisión o con la localización de los distintos traidores a los que trata de localizar, con ayuda de otro “amigo” (Michel Constantin). Pero si algo sobresale en la película es la apariencia de respetabilidad. Está en Weber, en el picatoste Coogan (-), aficionado a las carreras de coches, en el abogado Steve (Umberto Orsini) y en la propia Vanessa (curiosamente su apellido recuerda fonéticamente a “shelter”: refugio, algo que siempre ha buscado desesperadamente). Un ejemplo último será el ritual de la apariencia de Vanessa, antes de tomar posesión de su nuevo cargo en la empresa.

Destaquemos igualmente el curioso flashback en que la mujer relata a Jeff cómo entró en contacto con Weber: un momento que es ella quien narra. O la carrera de automóviles celebrada en Michigan, junto con la marca en la bala que emplea Jeff, a modo de firma, ejemplo de su temple y precisión cronométrica. Aunque ciertamente, como él mismo recuerda, existen otras armas además de las de fuego.


Revolver comienza con una huída. Una física, porque la anímica durará toda la película. La primera concluye cuando Milo Ruíz (Fabio Testi), un atracador frustrado, guardaespaldas y gigoló de origen francés, entierra a su compañero de fatigas junto a un río.

La segunda no tiene conclusión y se centra en un ambiente corrupto que aquí está ya totalmente generalizado. Lo que en esta ocasión hay que tapar es el asesinato de un magnate del petróleo, “incómodo” para la sociedad, por lo que se hace necesario eliminar tanto a su asesino como a sus allegados. Este magnate es descrito como un “idealista” que pretende alterar el “orden establecido”. Un tipo del que la sociedad debe defenderse (quiénes realmente mueven los hilos siempre se mantienen en la sombra). Al “cerrar” el caso, un funcionario de la policía comenta que es mejor así, pues “en cualquier dirección que nos hubiésemos movido habríamos encontrado la oposición de alguien”.

Incluso estrellas de la canción como Al Miko (Daniel Beretta) son utilizados y desechados a conveniencia. Lo expresa aún más claramente el sicario Granier (Frédéric de Pasquale) al decirle a este que “gracias a asuntos como este has triunfado (…) porque eres de los nuestros”; o cuando más tarde asegura que no se puede detener todo el engranaje.


Pues bien, aunque aún no conoce la conexión con este asunto, cuando la reciente esposa del subdirector de prisiones Vito Cipriani (Oliver Reed) es raptada (todo hace pensar que se trata de una joven “de la calle” que él ha redimido), se produce la segunda fuga de Milo, que de nuevo se halla en prisión, y un posterior encuentro para entregarlo a quiénes lo reclaman (unas personas que el propio Milo Ruíz desconoce). Cuando finalmente Vito decide acudir a las “autoridades” para aclarar su situación y pedir ayuda, el comportamiento despótico de las “altas instancias”, junto a una enriquecedora charla con un abogado de la policía, le obligan a asumir la misma postura propuesta por el sicario; todos están conectados.

El periplo de Vito es una travesía por la grisura (ni el funcionario de prisiones puede ser honesto siempre, ni el delincuente de poca monta es un asesino a sangre fría: ambos son personajes completamente humanos). Amigos serán a la fuerza, siquiera por interés, aunque desafortunadamente, a veces las amistades están para ser traicionadas y siempre penden de un hilo. En un momento dejan de convenir, y sálvese quién pueda. Claro que “ya no hay ningún sitio donde escapar”, como asegura Carlotta (Paola Pitagora), la chica que les ayuda a alcanzar la frontera con Francia.

De igual modo, destacan como balazos los comentarios de otros dos personajes secundarios: un preso que reclama trabajo para sí y su familia, y un confidente apodado El Grapa (Peter Berling), que asegura, refiriéndose a la corrupción en Italia, que “éramos un país atrasado, pero nos estamos poniendo a la altura de los demás”. Pero el final es más devastador aún para Vito, cuando su esposa, “felizmente” recuperada, descubra que su marido también ha mentido.

Sergio Sollima
Estas premisas tan tremendas las acomete Sergio Sollima con brío narrativo y desolado, en las antípodas de la frialdad soporífera de un David Fincher, por ejemplo. Un buen ritmo sostenido por un montaje ágil y la colaboración de profesionales como Aldo Tonti (1910-1988) y Aldo Scavarda (1923) en la fotografía, así como la trepidante música de Ennio Morricone (1928), que en Revolver parafrasea la celebérrima y melancólica Para Elisa de Beethoven en un tema íntimo.

Contra lo que luchan Jeff Heston y Vito Cipriani desde su modesta postura y con las armas de sus determinaciones -además de las de fuego-, es contra la impunidad. Ambos acabarán perdiendo, pero lo hacen desde el conocimiento del que se sabe solo y no tiene que impartir lecciones de ninguna clase a nadie.

Por su parte, habiendo ofrecido aquello que le interesaba en el terreno del espagueti-western y del policíaco de acción, Sollima encaminó sus pasos hacia otros géneros.

Escrito por Javier C. Aguilera


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