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Otros mundos (II): El envés de la trama, de Antonio Ribera

19 septiembre, 2012

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¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena, haber nacido yo para tener que arreglarlo! (HamletWilliam Shakespeare

Antonio Ribera
Antonio Ribera (1920-2001) merecía ser el primer reseñado con un libro dentro de esta sección. Fue el primero y el mejor. Otros llegaron, pero no eran Antonio Ribera. Y no lo decimos por gratuidad, él fue el primer ufólogo español cuando en España ser ufólogo era una palabrota discordante. Se le ha llamado, con razón, el padre de la ufología en nuestro país, si bien él no pretendía paternidad alguna. Pero sí dejó una potente guía, un modelo de conducta. Tan solo le interesaba el trabajo bien hecho, serio, riguroso (se declaraba homo curiosus). Por ello cofundó en 1953 el CRIS, Centro de Recuperación e Investigaciones Submarinas, y en 1958 sacó adelante el CEI, Centro de Estudios Interplanetarios, ambas instituciones decanas en la investigación en España.

A bordo de su biscúter-batiscafo-nave portadora, recorrió mucho mundo, entrevistando a testigos y haciendo amigos importantes a este y al otro lado del charco, como el investigador y científico de la NASA Maurice Chatelain (1909-1995), los ufólogos Aimé Michel (1919-1992) y Fabio Zerpa (1928), y el imprescindible Joseph Allen Hynek (1910-1986), astrónomo y asesor científico para el ejército americano en el conocido Proyecto Libro Azul (hasta 1969, en que harto de injerencias decidió investigar por su cuenta), y que acuñó la no menos conocida terminología de los encuentros cercanos del primero, segundo y tercer tipo. Tal fue el prestigio de Antonio Ribera que fue el primer extranjero que habló en la Cámara de los Lores británica -sobre los no identificados-, en diciembre de 1979.

 
Antonio sabía muy bien que aquello que no se podía explicar no era necesariamente inexistente, y que el ser humano está llamado a ser ridiculizado por decir la verdad, mientras se debate en la totalidad de la conspiración. Pues nuestro adelantado explorador creía en lo bueno del hombre, en aquellos conocimientos adquiridos, luego perdidos, en lo que es una constante en el estudio del pasado. Como si las culturas se quintaesenciaran para luego conocer una severa etapa de anulación o manierismo. En lo que no creía era en una tecnología enfrentada al conocimiento, en el progreso tecnológico vacío y sin más (eso que todos denuncian pero todos practican).

Su fin no era el de convencer a nadie, sino el de aportar datos contrastados, si bien, al final de su trayectoria se permitió ofrecer sus propias conclusiones en una serie de libros temáticos que resumían toda su experiencia hasta la fecha (fueron los editados por Planeta, ya nos ocuparemos más adelante de ello), o como en el caso que nos ocupa, por medio de un compendio de sus fenómenos favoritos, entre los cuales figuran algunos de los casos más llamativos y recordados por el aficionado, como el sempiterno y simpático monstruo de lago Ness, durante décadas fuente de fascinación y misterio.

Edición del libro
En efecto, El envés de la trama (Plaza & Janés, col. Otros Horizontes, 1987), uno de los últimos títulos publicados por el autor (pese a fallecer en 2001; la década de los 90 fue más pródiga en artículos para revistas que en libros), puede ser una buena manera de acercarse a Antonio Ribera, precisamente por esa condición de vademécum, de grato resumen. La exposición es amena y diáfana, y al placer de la lectura y nostalgia por aquellas ediciones, se añade el íntimo diálogo con el lector. Conforman el envés del discurso dominante fenómenos como los sueños premonitorios, los objetos desconocidos en el cielo, la telergia (acción a distancia de la mente sobre la materia), los campos energéticos en el interior de la Gran Pirámide, y un sentido homenaje a San José Oriol (1650-1702), que incluye las manifestaciones paranormales en vida del santo, ya canonizado (su día en el santoral es el 23 de marzo), tales como un poltergeist, la sanación, la levitación, la telepatía, la bilocación o ubicuidad, y la precognición. Todo un personaje.


Un considerable bagaje que se ve fortalecido en un tiempo en que las publicaciones llamadas esotéricas en España se ven forzadas (vamos a decirlo así) a aparecer en el mercado una vez al mes. Lastre que a la larga conlleva un relativismo fatigoso donde los artículos acaban siendo más descriptivos que analíticos. Y demostración de que, ya que andamos con el ejercicio del escrutinio de los cielos, una parte importante de la ufología española murió con Antonio Ribera, sobre todo cuando los nuevos representantes se centraron más en los aspectos más subjetivos del fenómeno, que ya en su vertiente física resulta lo bastante apasionante (y comprometida).

Como el propio Antonio Ribera señalaba, el radar o el motor de un coche no acusan la influencia del inconsciente, y si dejan de funcionar es porque andan más sometidos a los fenómenos físicos. Dicho de otro modo, sin negar la impregnación subjetiva o la contaminación psíquica, para Antonio Ribera un fenómeno como el de los no identificados aporta suficientes pruebas físicas como tener que explicarlo siempre y en cada momento como un mero trastorno del psiquismo del individuo.

El eco (Paul Delvaux)
Algo se torció con la llamada segunda generación de investigadores, la de la explicación "especializada" en función de la profesión de cada cual, y se fastidió definitivamente con la tercera (fase), la de los comunicadores sin misterio. Una deriva de la que el propio Antonio Ribera se lamentaba amargamente al final de sus días. Pero, ¿hemos dicho definitivamente? No aún. Una cuarta hornada está volviendo a hacer acopio de pruebas materiales a través de las nuevas tecnologías, proponiendo interesantísimas teorías científicas. No en vano, seguimos inmersos en el país de las maravillas: la propia Tierra.

Otros mundos (XXII): El mar, ese mundo fabuloso y Los monstruos marinos, de Antonio Ribera

15 agosto, 2017

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En determinados ámbitos existen criaturas abisales de pesadilla. Pero no se alarmen, no nos referimos a ningún parlamento, sino a las profundidades de nuestros mares y océanos. Como saben, en esta sección me propongo abordar -nunca mejor dicho- aspectos muy particulares y misteriosos de nuestro entorno más visible o invisible, con el recuerdo y la ayuda de algún libro representativo. En esta ocasión, acudimos a la (re)botadura de dos de esos libros, firmados por un mismo autor.


Antonio Ribera (1920-2001) no fue solo el pionero de la ufología en España, también se interesó por ese otro mundo, más cercano, pero igual de sorprendente y extraño, que es el acuático. El autor de uno de los más logrados libros sobre OVNIS en lengua española, El gran enigma de los platillos volantes (Pomaire, 1966), fue uno de los fundadores, también en nuestro país, del Centro de Recuperación e Investigaciones Submarinas, o CRIS, así como fundador y presidente del Centro de Investigaciones y Actividades Submarinas de Cataluña, o CIAS (¡irónica sigla!).

Los libros en cuestión son los ensayos divulgativos El mar, ese mundo fabuloso, subtitulado Leyenda, aventura, historia y progreso (Hermanos Gassó, 1959; edición especial para Círculo de Lectores, 1968), y el más específico, aunque igual de delicioso, Los monstruos marinos (Telstar, 1967). Con ellos, se propuso Antonio Ribera hacernos partícipes de un mundo dentro de un mundo; un universo con sus propias leyes, sus habitantes y sus dramas (Los monstruos marinos, Introducción).

Jean Jacques Cousteau y Antonio Ribera
En efecto, el mar no es solo una maltratada reserva ecológica. También es contenedor de enigmas fascinantes y monstruosos, calificativo último al que, si añadimos la acepción de aquello que nos asusta y perturba, pues nos es desconocido, se ajusta perfectamente al patrón clásico de la prevención ante lo ignoto, en lugar de solo hacer referencia a aquello que muestra una apariencia horrísona y aterradora. Entre tales monstruos, sin duda, se encuentra el ser humano, pero justo es reconocer que, al menos, trata de redimirse enfrentándose a lo inexplorado, investigando, catalogando y haciendo frente a su curiosidad y sus miedos (otras veces, tratando de abarcar más de lo que su razón alcanza); en suma, tratando de dejar en buen lugar a sus semejantes.

Comenzando por El mar, ese mundo fabuloso, Antonio Ribera dispone, como es su costumbre (y a diferencia de otros), un bien redactado y argumentado recorrido por la conquista humana del mar, desde los fenicios, pueblo bien curtido en las labores marinas, hasta los grandes navegantes de los siglos XVIII y XIX; pasando por la fauna abisal y las técnicas oceanográficas más novedosas, la historia de los barcos y la navegación, donde se engloba el mar como fuente de energía y riqueza, los primeros artilugios submarinos en la exploración subacuática, algunas oportunas pinceladas sobre derecho marítimo, la arqueología submarina en España y los congresos a nivel mundial, y finalmente, los deportes marinos (algunos de ellos practicados por el propio autor).

Nessie
Todo ello, con la impronta profesional y el sentido del humor característicos de Antonio Ribera, y su interés por el ejemplo concreto e ilustrativo. Sirvan para ello la historia de la hélice, el batiscafo o la escafandra, junto a las estremecedoras odiseas de algunos submarinos que hallaron su tumba en el mar (capítulo La navegación submarina) o, de forma más optimista, la pionera recuperación de algunas ánforas en aguas españolas, y el hallazgo arqueológico submarino más importante, también en aguas patrias, del Sarcófago de Hipólito, fechado hacia el siglo II o III D.C. (ambos, en El mundo submarino). Al fin y al cabo, como para otras tantas cosas, es al maravilloso pueblo griego antiguo a quien debemos acudir para hallar los inicios de la inmersión submarina (…) De hecho, los escritores clásicos griegos y romanos nos proporcionan las primeras noticas históricas acerca de la inmersión (Ibid.).

Prosigue el volumen con la mención a toda clase de animales y plantas, y a esa tercera división de la vida marina que es el plancton, tan colorista, que proporciona al Mar Rojo su nombre. Sin olvidar las diatomeas, tan necesarias para la supervivencia del ser humano en el planeta. Ni el estudio de la historia terrestre sería el mismo sin la extracción de sedimentos, por medio de grandes trépanos, ni las comunicaciones habrían avanzado, incluso cuando la rotura de un cable telefónico submarino nos ha deparado curiosidades geológicas apenas imaginadas, al proceder con su recuperación (Leyendas y mitos marinos).

Una singladura que parte de las propiedades físicas del agua (La Tierra, planeta marino) y de la sugestiva Vinlandia cantada en las sagas escandinavas, siempre “tierra de oportunidades” (El hombre a la conquista del mar), y que arriba a cómo se formaron los mares primitivos, cuando la Tierra se hallaba sometida a las inmutables leyes de la gravitación universal y de la atracción solar, que provocaba gigantescas mareas en la masa de materiales semifundidos (Ibid.). Incluso el Renacimiento humanista coincide con la época de las grandes navegaciones europeas de los siglos XV y XVI (El dominio del mar).

Sarcófago de Hipólito, Museo Arqueológico Nacional de Tarragona, España
Con respecto a Los monstruos marinos, descuellan de cuando en cuando el monstruo leonino, el fraile de mar o el pez obispo (del que se muestra un grabado de 1531), y naturalmente, los simpáticos (lo siento, pero estoy a favor del libre comercio) Monstruo del Lago Ness, o Nessie, y el menos conocido pero igual de ejemplar, Monstruo de Flathead, del que se dice que no perdona, aún de forma afable -esto es, dejándose ver-, ¡a quiénes han hecho burla y dudan de su existencia! (Capítulo VI). Realidad y folclore se dan la mano amistosamente bajo las aguas.

El presente Los monstruos marinos se complementa con el anterior por medio de datos muy queridos para los bibliófilos y filólogos (como es mi caso), tales, como que es en España donde hallamos el mayor repositorio de noticias sobre nereidas y otros seres fantásticos, en nada menos que el famoso Teatro Crítico Universal (1771), del padre Feijoo (1676-1764; Introducción). Apreciaciones que abarcan al propio Diccionario de Autoridades (1726-1739; V). No en vano, entre la bibliografía manejada por Antonio Ribera, figuran autores como el filólogo suizo Georg Finsler (1852-1916) o el estupendo antropólogo y lingüista español Julio Caro Baroja (1914-1995). De este modo, el autor hace un refrescante recorrido por los engendros marinos de la antigüedad (I), reales o inventados, pero siempre sujetos a las redes de la imaginación, con inclusión de algunas ilustraciones de la época; además de por la Edad Media y el Renacimiento (II), los cronistas de Indias (III), como el propio Cristóbal Colón (1436-1506), o los estupendos José Gumilla (1687-1750), Pedro Mártir (sic) de Anglería (1447-1526) o José de Acosta (1539-1600); y finalmente, por el hallazgo de monstruos modernos como el celacanto (VII) o el muy literario Kraken (IV).

Grabado del Kraken
Recuerda Antonio Ribera en sus páginas cómo los cartagineses consideraban las Columnas de Hércules como el final del mundo. Para que este mundo marino, en concreto, no tenga un final precipitado, se nos insta a comprenderlo mejor para poder conservarlo adecuadamente. En definitiva, siempre han existido notorias semejanzas entre las costumbres, ritos y tradiciones de las distintas culturas bañadas por este medio común. Y aunque la moderna exploración submarina ha arrinconado a los monstruos marinos a las profundidades oceánicas, o a las páginas de los libros de algunos autores de secano (Leyendas y mitos marinos), el recorrido histórico propuesto por Antonio Ribera, celebra el mantenimiento de la vida marina tanto como la del propio misterio. Aparte de que, en época de canícula, nunca está de más rescatar dos buenos volúmenes y sumergirse en las páginas de la incógnita, chapotear en los escurridizos pliegues de esos otros mundos y, en definitiva, viajar por el tiempo (de aquellas editoriales) y el espacio, propuesto por cada ejemplar; en esta ocasión, el de nuestro planeta Agua.

Escrito por Javier C. Aguilera




Otros mundos (XI): Las máquinas del cosmos, de Antonio Ribera

22 abril, 2015

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A decir de algunos, los interesados por el fenómeno O.V.N.I. están –o estamos– abocados a la credulidad o la inmadurez. En esta, como en otras tantas materias, parece que únicamente podemos pasar del escepticismo al misticismo. Es cierto que razones no parecen faltar para ello: timos, iluminados, escépticos rampantes, especialistas en distintas materias científicas totalmente desinformados con respecto al fenómeno, algún que otro oportunista televisivo o literario de exótico nombre...

Pese a todo, hablar de la cuestión O.V.N.I. es adentrarse, por más que su resolución se nos escape, en uno de los mayores misterios que el ser humano tiene planteados, un enigma que convive con la necesidad –que a esos algunos parece que les entusiasma negar– del individuo por lo misterioso, sin que esto quiera decir que toda explicación haya de ser necesariamente irracional o tenga que doblegarse al ámbito de lo psicológico, vertiente demasiado afín a la mayoría de ufólogos de segunda o tercera generación. De un tiempo a esta parte ha venido teniendo mejor prensa –y seguramente venta– la introspección soporífera en el interior de la Gran Pirámide que la posibilidad de presencia de otras vidas inteligentes en nuestro planeta. De este modo, el interesado no tiene, ni ha tenido nunca fácil, la búsqueda de una información fiable.


Ya he comentado en alguna otra ocasión que esta sección pretende ofrecer un material sugestivo acerca de los aspectos más insólitos y desconcertantes de nuestra realidad, así como traer a la memoria situaciones y personajes por medio de textos, dado que es una sección bibliográfica, de cierta solvencia literaria, referidos a ese mundo del misterio.

Aunque el fenómeno de los no identificados permanece en tablas o en punto muerto, ya sea por razones terrestres o extraterrestres, sí me gustaría recordar que el conjunto de manifestaciones categóricas y displicentes tienen más que ver con la (des)información de que uno disponga que con una cuestión de fe (de creencia o no en el fenómeno), así como de una actitud no apriorística frente el análisis. Debemos tener en cuenta que muchos de los mejores estudiosos del tema partieron del escepticismo.

Aparte de que una cosa es pasarlo bien o entusiasmarse con los arcanos que a uno le agraden y otra, muy distinta, hacer mofa de todo aquello que se desconoce, que suele ser la salida más cómoda y ordinaria, acrecentada por la actual impunidad que proporciona el anonimato; para ello basta con darse una vuelta por cualquiera que exprese su parecer, inmediatamente surge un aludido: las crucifixiones no son cosa exclusiva del pasado.

Fotografías de Arturo Robles
En cuanto al espinoso asunto de la ocultación de documentos, conviene recordar que, la mayoría de las veces, han sido los propios militares los que han levantado esta curiosa e incómoda liebre, siendo además las primeras víctimas de un opresivo pacto de silencio. Un personal militar no sujeto ya a un secretismo administrativo endiablado, por medio de rúbrica en documento severísimo, que visiblemente aliviado con respecto a esta conspiración de silencio, se vio relativamente libre de poder transmitir una información sorprendente, por la cual supimos que, más que los gobiernos –siempre de turno–, eran determinadas agencias gubernamentales –perennes–, las que sabían más de lo que ofrecían al contribuyente medio, y que, en efecto, procedieron a negar sistemáticamente el fenómeno que nos ocupa, principalmente por vía de la coacción y ridiculización del testigo. ¡Demasiadas molestias para tratarse únicamente de testimonios subjetivos!

La reciente desclasificación de archivos del proyecto Blue Book (primero Sign y más tarde Grudge), tampoco ha sido tal, sino una mera digitalización de documentos que ya estaban a disposición de los especialistas desde los años setenta. En este sentido, tampoco está de más recordar que el astrofísico J. Allen Hynek (1910-1986), bien conocido de Antonio Ribera (1920-2002), se interesó en proseguir con la investigación de los O.V.N.I.S de modo independiente, sin ataduras, después de haber soportado años de censura como asesor científico de las Fuerzas Aéreas americanas y director del referido programa de encubrimiento (lo que no obsta para que un elevado porcentaje de avistamientos atendiera a causas conocidas por la ciencia).

En cualquier caso, el ciudadano inquieto ha venido haciéndose las mismas preguntas desde hace décadas. Por ejemplo, si el estamento militar ya sabía que el fenómeno se reducía a supuestas pruebas de misiles secretas, ¿para qué investigar entonces la cuestión, tal y como han venido haciendo por su cuenta los distintos ministerios de defensa, invirtiendo en ello ingentes cantidades de dinero?


En este sentido, hasta tal punto llegó la cerrazón informativa en la antigua Unión Soviética, que toda la cuestión quedaba justificada en base a los consabidos globos sonda o de investigación, cohetes, bolsas de gas, satélites espía, efectos físicos tales como fuentes térmicas o lumínicas, cuando no se atribuía a fenómenos alucinatorios gestados por la mente del testigo, proyecciones mentales o visiones místicas, y otras teorías aún más pintorescas y alambicadas.

La enfermiza necesidad de algunos por creer que todo tiene explicación siempre que “suene a científico” (si non è vero…) ha contaminado el fenómeno de igual modo que han hecho los visionarios del mismo, cuando lo más aconsejable estriba en no esperar que ese todo responda a una explicación inmediata; ni siquiera, a una sola explicación. De este modo, a los fraudes y ocultaciones se suman las interpretaciones de los racionalistos, tan pueriles que ofenden a la razón misma. Sea como fuere, resignémonos al escarnio y procedamos con el texto que he seleccionado para esta ocasión.

Antonio Ribera
Tan grata de leer hoy como lo fue en su día es la obra de Antonio Ribera. Y, concretamente, el estudio que hoy recordamos, Las máquinas del cosmos (Planeta, colección Documento, 1983), un ensayo bien nutrido de ejemplos, a modo de relatos siempre sorprendentes, que salpican al lector con aspectos inquietantes y lo mueven a la reflexión. ¿Realidad, ficción… o ambos?

El libro se completa con un útil índice onomástico, una fértil bibliografía y un impagable documento en forma de transcripción de una entrevista radiofónica efectuada al referencial Allen Hynek. En sus textos para Planeta, Antonio Ribera decidió enfocar la cuestión O.V.N.I. desde sus vertientes más idiosincráticas e inquietantes (también incómodas), ofreciendo sus conclusiones personales cuando las había, y que, cercanas o alejadas de la realidad del fenómeno -que eso nadie puede asegurarlo como tampoco negarlo-, eran el testimonio sincero de quien dedicó gran parte de su vida y de forma pionera, al estudio y exposición de lo que acontecía en los cielos. Como ejemplo tenemos el posible origen de las “envolturas” de los tripulantes de O.V.N.I.S estrellados, que bien podrían ser el producto de una clonación (pg. 58 en adelante).

Una de las primeras cosas de las que advierte Ribera es que el vocablo O.V.N.I. no ha de ser necesariamente sinónimo de nave extraterrestre, sin que tampoco quiera decir con ello que tal posibilidad deba ser desechada (de hecho, es la que él prefería personalmente, como la “menos insatisfactoria de las hipótesis”). Como “notario ufológico”, los enxiemplos se alternan con datos que contienen pruebas tangibles y verificadas (como los efectos electromagnéticos de larga duración, sin que a un motor se le descubra ningún fallo mecánico, las captaciones por el radar o las huellas en el terreno con un anormal índice de radiación…).

En Las máquinas del cosmos el autor se interesa por esos extraños artefactos que mediante su desconocido y asombroso sistema de desplazamiento –más que de propulsión-, parecen manejar a su antojo el campo unificado einsteniano, como sabemos, conformado por las fuerzas electromagnética y gravitatoria (que el físico alemán trató de comprimir en una sola fórmula al final de sus días). Los tan cacareados límites en la velocidad, que en principio harían imposible el poder recorrer las mayúsculas distancias siderales, son tales exclusivamente aplicados a la actual ciencia terrestre. 

Por no mencionar –que lo hacemos– la patochada campestre de que estos fenómenos solo acontecen en tiempos de crisis o que todo el que cree en estas fábulas es porque ha dejado de creer en otros asuntos mucho más provechosos. La visión antropocéntrica del ser humano se extrapola al universo entero y (pre)determina que solo existe un medio de viajar, así como un solo origen, una sola clase de máquinas o una única explicación del fenómeno.

A la ingente casuística de avistamientos, aterrizajes y encuentros se suman en el libro los enriquecedores testimonios del ufólogo, relaciones públicas y especialista en marketing de productos químicos, Leonard Stringfield (1920-1994), y de Maurice Chatelain (-), este último, director de los sistemas de comunicación de las cápsulas Apolo, un grupo de científicos al que también podríamos agregar al filósofo Carl Gustav Jung (1875-1961), afecto al fenómeno.

Virgen con el Niño y San Juan, autor incierto, c. 1490
Una primera sección dedicada a “O.V.N.I.S estrellados”, hace especial hincapié en un posible empleo de campos de fuerzas como método de desplazamiento. Por ejemplo, para Stringfield una característica interesante consiste en lo que él denomina como “test de extrañeza(17), fenómeno por el cual el O.V.N.I. evidencia su condición de objeto “foráneo” según se aproxima al observador –prefiero que el lector descubra tan interesante aportación por sí mismo, producto de una “curiosidad evasiva”, en terminología del propio Stringfield (pg. 25)-.

No se trata, por lo tanto, de un problema de “credulidad”, sino de cierta apertura. Como resulta imposible que cada dato pueda ser verificado por cada aficionado, o se confía en una adecuada investigación (por parte de ufólogos, físicos, personal militar -cuando trasciende-, astrónomos…), y en los testimonios ya “cribados” de toda suerte de profesionales, hasta ese momento ajenos al fenómeno (agricultores, pilotos, sacerdotes, astronautas, médicos, abogados, biólogos, capitanes de barco, alcaldes, oficiales de policía…), o la “cerrazón” anula cualquier posibilidad. Para un científico, como para un filólogo, pongo por caso, resulta fascinante constatar cómo las “humanidades” ¡realmente existen!

Restos del OVNI de Roswell, Nuevo México, en 1947, mostrados por el mayor Jesse A. Marcel
Seguidamente, Ribera aborda en otro capítulo los casos de “O.V.N.I.S averiados”, donde destacan sucesos como el avistamiento de la misión anglicana de Boianai (Nueva Guinea), con el reverendo William Booth Gill como testigo principal, junto a otros colegas maestros, en junio de 1959 (89). O el de Socorro (Nuevo México, 1964), donde se obtuvieron raspaduras de metal y otros restos de metales poco comunes, como demostraron los análisis de laboratorio. Una tarea que, como recuerda nuestro “antólogo”, más se asemeja a una investigación policial que a una cuestión esotérica (98). También recoge el autor el impresionante “incidente” en el bosque de Rendlesham, Bentwaters, en Reino Unido (corroborado años después en el interesante -y espeluznante- documental UFO Files: Great Britain’s Roswell, 2005). 

En la sección tercera, Tres abducciones y una sola máquina, Antonio Ribera recuerda el no menos sorprendente asunto del O.V.N.I. barroco contenido en Los viajes de Gulliver (1726) de Johnathan Swift (1667-1745), o el jocoso O.V.N.I. “mal aparcado” del agente de policía Herbert Schirmer, que se llevó la sorpresa de su vida, y que está pormenorizado en otra obra anterior del autor, Secuestrados por extraterrestres (Planeta, Documento, 1981). Una casuística que convive junto a teorías que se refieren a las formas de comunicación, cuestión resuelta –por raro que suene– mediante el empleo de la telepatía en el idioma oriundo. Posibilidad no tan sorprendente si tenemos en cuenta que nosotros mismos seguimos desconociendo los fondos oceánicos de nuestro propio mundo.

Recreación del OVNI de Socorro
En el capítulo La posible tecnología, Antonio Ribera aborda los “atajos dimensionales que se valen del campo unificado einsteniano(247), un apartado que incluye el caso de la desintegración sobre la playa brasileña de Ubatuba, en el estado de Sao Paulo (285). Seguidamente, aporta sus conclusiones (293) junto a las teorías de otros investigadores competentes, que incluyen un interesante y extenso informe acerca de la “anti-gravitación” (302), elaborado por el enigmático profesor Marcel Pagès.

No en vano, algunas veces el misterio también se traslada a -o se encarna en- los propios investigadores, caso del español Francisco Aréjula (327), el astrónomo estadounidense Morris K. Jessup (1900-1959) (340), o el malogrado locutor Frank Edwards (1908-1967) (66 y 210), autor de otro excelente libro sobre O.V.N.I.S publicado en la colección Otros Mundos de Plaza & Janés: Platillos volantes, aquí y ahora (Flying saucers, here and now, 1967). Muertes y desapariciones escalofriantes, envueltas por la oscuridad y el secreto.

Frank Edwards y Morris K. Jessup
Ribera se pregunta finalmente (360), ¿por qué el gobierno norteamericano ha gastado más de doscientos millones de dólares en comisiones de encuesta para estudiar algo “inexistente”? ¿Por qué nuestra Junta de Jefes de Estado Mayor creó la Materia Reservada para asuntos relacionados con los O.V.N.I.S?

También cabe la posibilidad de que, aunque dispongan de más dossiers, no tengan necesariamente una mayor información, pese al placer que han demostrado en tachar párrafos –a veces completos- en documentos oficiales que, más que la luz, solo han llegado a ver la oscuridad. Documentos que afectan al departamento de defensa, puesto que se refieren a la violación de los espacios aéreos nacionales por parte de objetos que no se identifican, por lo que el asunto pasa casi inmediatamente a convertirse en un secreto militar gestionado por los distintos servicios secretos de información, tales como la C.I.A., el K.G.B. o el M.I. 5, siendo además objeto de estudio por parte de entidades eufemísticas como la “Oficina de Investigaciones Especiales” o la “Policía Secreta”.

En cualquier caso, “¿y si lo que nos parece una posibilidad teórica fuese una realidad natural en otro planeta?(330). Estas consideraciones siguen siendo válidas en la actualidad, y hemos de recordar que en numerosas ocasiones se han puesto de manifiesto gracias a unos inesperados aliados naturales –elementos que escapan al largo brazo de las agencias de intoxicación-, como sucedió en 1991 con el eclipse sobre una franja de México, que permitió la observación de multitud de objetos que en condiciones habituales están vedados a simple vista. Con Las máquinas del cosmos, Antonio Ribera reclama el interés científico de un fenómeno apasionante.


No quiero dar a entender con lo expuesto que toda la información que circula sobre el fenómeno sea fiable. Si en asuntos tan vitales como son la política o la historia la tergiversación es casi una condición sine qua non, no parece que haya mucha razón para exigir al ciudadano medio un conocimiento especialmente relevante en la materia. Pero el aficionado e interesado sí debería tener en cuenta que hubo autores que desde su honestidad profesional y pese al –relativo– tiempo transcurrido, merecen una consideración especial. Hasta el punto de que, “se crea o no se crea”, textos como el que hoy traemos a colación pueden contemplarse como una buena ocasión para reflexionar acerca de la naturaleza del fenómeno, o incluso de disfrutar –por qué no– de unas historias muy humanoides, a modo de breves relatos de suspense. Narraciones de unos sucesos sumamente extraños que, en muchas ocasiones, dejaron una huella bastante física sobre el terreno o en un dispositivo de radar.

Por otra parte, es justo señalar que el ejército, como institución, no es algo monolítico: las explicaciones de corte académico les afectan en igual medida, y a ellos mismos se les oculta información, cuando no se les obliga a firmar documentos restrictivos, como mencionábamos anteriormente.

Mostrando humildad ante lo inconmensurable del fenómeno, Antonio Ribera no elude los casos fraudulentos, ni oculta los errores, propios o ajenos, de apreciación (213), expone sus dudas (230 y 240), y refuta teorías absurdas, como la de una Tierra hueca (216). ¡Bastante ocultamiento existe ya con respecto a la cuestión! Pero más aún, en todo este periodo de “estancamiento”, o de “no injerencia”, la ciencia ha venido corroborando muchos de los aspectos del espacio-tiempo hasta entonces tildados de meramente fantásticos. Esa “apertura” mental sigue siendo la mejor aliada del ser humano.


Estamos inmersos en un universo conformado por un tejido tan manipulable como la propia actuación por parte de determinadas agencias, cuya interpretación de los derechos humanos es, la mayoría de las veces, abracadabrante. Frente a estos groseros inconvenientes, la vasta erudición, inigualable amenidad y sentido del desparpajo, son la cálida comunicación que Antonio Ribera sigue tendiendo al lector desde los confines estelares.

Si alguna certeza hemos tenido en todo este tiempo con respecto al universo es que el ser humano está, en buena parte, constituido por elementos venidos de las estrellas. De modo que, si nosotros mismos estamos compuestos de materia extraterrestre, qué mejor prueba de que ellos sí existen.

Escrito por Javier C. Aguilera


Otros mundos (VI): Pasaporte a Magonia, de Jacques Vallée

25 septiembre, 2013

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Hablábamos en un artículo anterior de François Truffaut (1932-1984). Fue precisamente el conocido realizador quien se ocupó de encarnar en el cine a la figura que nos disponemos a comentar. Como muchos aficionados saben, nos estamos refiriendo a la excelente Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Columbia Pictures, 1977) de Steven Spielberg (1946), en la que además, también hace un cameo otro investigador fundamental del terreno de la ufología, el astrónomo J. Allen Hynek, a quien se debe precisamente la clasificación, tan cara al mundillo ufológico, de los “encuentros cercanos” por tipos.

Los paralelos no acaban aquí. Otro investigador, estupendo escritor y experto en submarinismo, que nuestros seguidores recuerdan, Antonio Ribera (1920-2001), del que recientemente comentamos su obra El envés de la trama (Plaza & Janés, 1987), fue quien tradujo al español el libro de Vallée que hoy traemos a colación. Y es que Ribera también se dedicó a la traducción de obras de diversa índole gracias a su conocimiento de varias lenguas.

Jacques Vallée
Así pues, Steven Spielberg se inspiró en la figura del informático y astrofísico francés Jacques Vallée (1939) a la hora de componer el personaje de Claude Lacombe para su película, porque comprendió la relevancia e interés de sus investigaciones, abordadas desde un punto de vista científico. Pasaporte a Magonia (Passport to Magonia, 1969; Plaza & Janés, Otros Mundos, 1972), es buen ejemplo de ello. Con esta obra, originalmente publicada en 1969, Vallée no trató de aportar LA solución definitiva al fenómeno OVNI, sino ofrecer una documentación de campo personalmente supervisada, junto con la debida “ilustración literaria” del folclore, bajo la perspectiva de los antiguos mitos.

Este último aspecto, lo ejemplifica el investigador a través de testimonios clásicos, como la presunta (y plausible) aparición de objetos no identificados en los textos sagrados: Isaías 13,5; Salmos 68,17; Ezequiel 1,13; sin olvidar los interesantísimos relatos de Agobardo de Lyon (779-840), clérigo del periodo carolingio que hace referencia a Magonia como una “ciudad flotante” habitada; Plutarco (46-120), San Antonio de Padua (1195-1231), Paracelso (1493-1541), o incluso un joven Goethe (1749-1832) (pg. 32).

Pero además de estos estimulantes sucesos del mundo antiguo, el autor hace referencia a otros más recientes, aunque no menos clásicos, como fueron el incidente de Socorro (Nuevo México, EEUU), el caso sonadísimo de Betty y Barney Hill (1919-2004 y 1922-1969, respectivamente), del que el autor aporta nuevos datos a los entonces conocidos, y el no menos canónico encuentro (encontronazo, más bien) de Antonio Vilas Boas en Brasil (1934-1991) (pg. 137). Junto a ellos, Vallée recopila curiosidades, como el primer avistamiento sobre suelo norteamericano del que se tiene noticia, por medio de la prensa escrita: el de 1897. A toda esta tradición y casuística dedica Vallée su célebre Catálogo Magonia, ordenado cronológicamente, y que el libro recoge en su extenso apéndice (pgs. 189-417).


Para el astrofísico, la ciencia moderna no abarca todo el espectro fenomenológico -y su testimonio debe ser tenido en cuenta porque es proporcionado desde dentro-. Insiste en que se corre el riesgo de “desfocalizar” la cuestión ovni: de tanto insistir en la posible vida de orden bacteriano, existe la idea de que los visitantes no pueden ser antropomorfos, es decir, de tipo humanoide. Pero esta probabilidad, respaldada por multitud de casos, amplía considerablemente el abanico de posibilidades del fenómeno hacia teorías hoy claramente refrendadas, como las del viaje temporal o la existencia de universos paralelos (pgs. 126 y 178).

Además, Vallée llama la atención sobre otro peligro de “desfocalización”, esta vez desde fuera, como es la creación de una nueva “religión de los ovnis”, mal que desde los sesenta-setenta ha enturbiado el panorama para una investigación seria y profesional, además de desorientar a una amplia fracción de la opinión pública, ya de por sí bastante mal informada.

En efecto, como también advirtió desde España Antonio Ribera, observando los distintos grupos de “iluminados” de lo paranormal, y convertido el fenómeno ovni poco menos que en un mensaje redentorista, resulta fácil explicarse el descrédito que tan apasionante cuestión ha alcanzado desde las últimas décadas: el interesado se ve incapaz de separar el grano de la paja.

Vallée con el astrofísico J. Allen Hynek
 Un problema éste último que se ve dificultado por el (des)interesado empleo con el que los medios de comunicación han abordado este y otros asuntos “no explicados” (el buen periodismo de investigación tiene nombres propios… y muy contados). Un ejemplo de ello lo proporciona el propio Vallée, al referirse de pasada a los polémicos “círculos de las cosechas” (pg. 52), junto al no menos perturbador fenómeno de la desaparición y mutilación del ganado (pg. 66); ¡por no hablar del inquietante Mothman, el hombre-polilla! (pg. 100).

De hecho, el autor ya apuntaba al estudio del impacto psicológico del fenómeno, pero sin ahondar en una falsa escisión del mismo, es decir, sin llegar a negar la evidencia o supeditar las pruebas físicas al referido aspecto psíquico, “no demostrable objetivamente”: he ahí la clave de la errónea interpretación que se ha dado con frecuencia a su trabajo. En cualquier caso, parecemos condenados a quedarnos estancados en una posible solución… hasta que “ellos” quieran, vengan de donde vengan.

Jacques Vallée nos recuerda en este libro ya mítico que, pese a todo, algunos ovnis han dejado huellas físicas en los suelos y que nada tienen que ver con la mística, aunque esta los haya interpretado de “buena fe” en algunos casos, desde un punto de vista piadoso o milagroso (probabilidad esta, la del origen no místico, que suele irritar profundamente a varios de los que observan una sola y absoluta verdad).

Insiste el astrofísico en que lo que diferencia al fenómeno del estudio del folclore es, además de poder contar con testigos vivos, la propia evidencia de esos efectos físicos, mensurables.

En resumidas cuentas, Pasaporte a Magonia desmiente con rotundidad el desinformado argumento de que los científicos “serios” jamás se han ocupado del estudio de la fenomenología de los no identificados.

Escrito por Javier Comino Aguilera "Patomas"


¡A ponerse series! (XLI): Proyecto Blue Book

22 enero, 2021

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Ya me he referido en otras ocasiones, en varios artículos publicados en este blog, a la figura del investigador y astrofísico Josef Allen Hynek (1910-1986). Su trabajo se ceñía al de profesor de dicha materia en la Universidad de Ohio (EEUU), cuando fue requerido para desacreditar el fenómeno de los OVNIS por parte de las Fuerzas Armadas. Las razones eran y son muy variadas, y ninguna parece del todo convincente: que se comenzó a ocultar la información al público, y son tantas las mentiras que ya no saben cómo parar; que los OVNIS suponen una amenaza para nuestra seguridad, que el resto de los mortales no estamos preparados para conocer la verdad, que ellos ya están entre nosotros… Pese a todo, teniendo en cuenta que nos situamos en el perímetro de la prepotencia y ansia de dominio del ser humano, cualquier respuesta se convierte en algo más que una posibilidad.

Nuestro Antonio Ribera (1920-2001), de quien fue bastante amigo, siempre recordó a Hynek con afecto. Por lo demás, pasa como de costumbre, cuando se desconoce alguna disciplina, o no se está en disposición de asimilarla, se ataca. Tal y como se continúa haciendo en algunos medios de difusión donde se va de saberlo todo, y lo paranormal se toma a chufla, que es más sencillo y barato que ponerse a indagar (desde luego que hay personas que vienen al mundo no con esta misión en particular).

En calidad de astrónomo y figura científica respetada, Hynek fue reclutado para darle a la prensa las explicaciones lógicas que el fenómeno precisa (en pasado y presente). De esta guisa, todo aquello que no se pueda controlar, caerá en el socorrido ámbito de la histeria colectiva, la radiación anormal, la refracción, las corrientes de aire, el planeta Venus, y todo el arsenal de rigor que sigue vigente.

El joven encargado de este proyecto, bautizado como Libro Azul, el programado capitán Michael Quinn (Michael Malarkey), se lo expone así al profesor Hynek (Aidan Gillen): ¿le gustaría ayudar a las Fuerzas Aéreas a reinstaurar el razonamiento científico en la conciencia de la gente? (temporada I: capítulo I). Fácilmente controlable e inexperto en eso de la apertura de mente -no ya de conciencia-, Quinn tiene muy claro que su labor es lo que le digan que haga. Por su parte, como el científico no deja de enfrentarse a la burocracia académica, la oferta de Quinn le resulta altamente estimulante, aun en el caso de serle dictada de primeras la conclusión del primer avistamiento que se dispone a investigar, oficialmente, debido a un satélite de rastreo. A lo que Hynek argumenta que, si los “platillos” no existen, ¿por qué hay tantos testimonios?

Aquí entra ya en conflicto la libertad de pensamiento e investigación con la presión de los poderes fácticos, a los que se les presupone el libre desenvolvimiento (ya que no la libre circulación de los resultados). En este caso, no hablamos de un gobierno determinado, sino de un grupo -perdón por lo sobado de la imagen- en la sombra. Su misión: desacreditar y guardarse la información. Una postura encomiable para el descrédito, que se desmorona ante la presencia palpable de los diversos testigos y determinadas pruebas físicas. El problema es que la jugada les saldrá mal con el científico. Aunque en un principio, el proceso será largo y hasta cierto punto, exageradamente tortuoso. Sea como fuere, darse cuenta de la manipulación a nivel institucional no ha de ser plato de gusto para nadie.

Más para una personalidad Tauro: los pies de Hynek están bien anclados a la Tierra. No obstante, lo interesante y valioso de su progreso es que este se produce desde el raciocinio, poniendo en evidencia la muy extendida y falsa teoría de que sobre los fenómenos no mensurables en un laboratorio no se ocupan los científicos. Desde los tiempos de Hynek o Jacques Vallée (1939) no se puede afirmar semejante cosa.

J. Allen y Antonio Ribera

Todo esto es lo que nos narra Proyecto Libro Azul (Project Blue Book, 2018-actualidad), una serie producida por el Canal de Historia, red que ha ampliado su repertorio desde las familiares civilizaciones antiguas. Además, así nos alejamos de la órbita “progretona” de la invasiva Netflix. El presente es un producto relativamente modesto, bien ejecutado y entretenido, aunque con interferencias prescindibles, como veremos, que incita a reflexionar acerca de -lo primero de todo y como es usual- la naturaleza humana, y el lugar que ocupamos en el cosmos. El siguiente avance copernicano consistiría en la aceptación de la materia a tratar (o en plural).

Nuestro personaje central se debe a la ciencia. Por eso mismo no puede rechazar los datos objetivos que se muestran a sus ojos, y cuya meta son el entendimiento. De tal modo que, cuando estos datos resultan ser demasiado tozudos, conviene admitir que la ciencia no lo sabe todo, ni antes ni ahora. Una buena cura de humildad que para nada va en demérito de los avances que procura dicha técnica. Incluso para una mente científica como es la de Hynek, las pruebas físicas se acumulan y son las que mejor encajan en la (sorprendente) teoría que demuestra la (posibilidad) de la existencia de los llamados platillos volantes.

Creada y escrita en buena parte por David O’Leary (-), la serie desgrana muchos de los sucesos investigados por el petit comité, con píldoras de la vida del investigador principal, un expedicionario en su propio planeta. Lo hace en la línea de otros intentos anteriores de dignificar nuestra relación con los alienígenas y dejar expuesta la ocultación de esta probabilidad; más allá de la mítica V (Íd., Warner Bros., 1983-1984), digamos que en la estela de la bienhallada Expediente X (The X Files, Fox, 1993-2002) o la eufemística, arrinconada pero interesante Cielo negro (Dark Skies, Columbia, 1996), por ceñirnos únicamente a series de televisión. Por otro lado, Proyecto Libro Azul (paso a llamarla en español) nos retrotrae al especial encanto de los años cincuenta, estética y culturalmente… Otra época; casi otra dimensión, con el telón de la amenaza atómica de fondo.


La primera toma de contacto de Hynek con el fenómeno acontece en Fargo (Dakota del Norte, EEUU); claro está, en el primer capítulo. Aquí se pergeña el inaugural “simulacro de investigación”, con el caso del teniente Henry Fuller (Matt O’Leary), que ha visto “luces en el cielo”. En realidad, el avistamiento es mucho más complejo, como tendremos ocasión de comprobar, razón por la que se procede a echar tierra de por medio con la mayor premura. Sin embargo, nuestro científico investigador ya acomete una acción positiva y honesta durante el cenagoso empeño. Literalmente, se pone en el lugar del citado teniente, al penetrar y sentarse en la carlinga del aparato en el que se produjo el incidente. Más tarde, Hynek y Quinn realizan una repetición del avistamiento con un globo sonda (que culmina en desastre).

Pero los mecanismos de abuso de poder, en esta ocasión representados por los generales James Harding (Neal McDonough) y Hugh Valentine (Michael Harney), se van a poner en marcha desde el minuto uno, al quedar sometidos Hynek y Quinn a la disciplina de estos dos gerifaltes. Hasta la esposa del profesor, Mimi (Laura Mennell), que en principio está de acuerdo con su marido en que los OVNIS no existen, va a ser acechada.

Pronto averigua Hynek que el fenómeno nada tiene que ver con las tapaderas que se esgrimen, y que tras este existe algo mucho más profundo. Tú cierras el caso a la primera, le recrimina a Quinn (I: I).

La conclusión de este primer capítulo de la primera temporada, es que Hynek podrá creer o no en los OVNIS, pero en lo que sí empieza a creer es en la cerrazón y cerrojazo de los referidos poderes fácticos, y en la poca ejemplaridad de determinados estamentos y representantes estatales. La desinformación en este y otros temas continúa siendo brutal a nivel de calle.


En lo que respecta al aspecto visual y de puesta en escena, tal y como suele suceder con los insertos a modo de flashback, salvo que estos tengan una justificación argumental -no solo estética-, devienen totalmente innecesarios.

Se suceden los casos. Un OVNI se precipita a tierra en Flatwoods, West Virginia. A los testigos no les esperan más que sinsabores mediáticos. Sin contar con las secuelas físicas, como son las quemaduras de los muchachos de este segundo capítulo. De nuevo, Hynek y Quinn probarán una teoría, que igualmente da por tierra con toda posible explicación racionalista (que no racional). Es un buen trabajo de campo en equipo, pero de conclusiones apriorísticamente sesgadas. A los de Lubbock, Texas (I: III), se suman los avistamientos de todos los tipos, según la diestra clasificación del propio Hynek, en zonas como Terre Haute, Indiana, con el piloto Randall Kavanagh (Patrick Gallagher) (I: V), White Forest, en Nevada (I: VI), o Hopkinsville, Kentucky, donde salen a escena algunas naves terrestres que semejan las extraterrestres (y ahí acaban las analogías) (II: IV). Sin olvidar los célebres foo-fighter (I: I y V). Esto, por no salir del país, que Hynek lo hizo, por ejemplo, para participar en el primer Congreso Internacional sobre Ufología en Acapulco, México (1977), junto a Antonio Ribera.

Los sucesos son polimorfos, responden a distintos patrones, y no a uno solo. A veces los hay con multitud de testigos (I: III); algo sorprendente para los infatigables investigadores, acostumbrados a “lidiar” con uno solo, o con un desnutrido grupo de amedrentados observadores. 

Esta indagación se produce a la sombra de los “hombres con sombrero” y el espionaje soviético, personificado en la espía infiltrada Susie Miller (Ksenia Solo). Lo que incluye el temor al mencionado enfrentamiento nuclear. Asuntos tratados con respeto, sin estridencias, y con la incorporación esporádica de algunas figuras clave en la historia de la investigación OVNI, como el mayor Donald Keyhoe (1897-1988) (I: III), por desgracia, convertido aquí en poco menos que un farsante televisivo (como todos los personajes hayan sido re-adaptados de la misma forma engañosa estamos apañados). Son las asombrosas, pueriles e inútiles alteraciones geomagnéticas del guión a las que antes me refería.

La fuerza de impulso la toma la serie de lo que mejor se les da a los para-gobiernos: la ocultación y la mentira (al secretario del gobierno no le pasan cierta información determinante Harding y Valentine). Nuestro trabajo es cerrar el caso, se afana en explicarse más para sí que a los demás, el bien adiestrado capitán Quinn (amenazado además con perder su puesto de trabajo y graduación). A lo que, por supuesto, Hynek le responde que nuestro trabajo es buscar la verdad (I: III). Un Hynek paulatinamente alejado de la labor de procurar explicaciones “tan lógicas” que escapan a la misma realidad, y que le precipitan a la más hiriente de las patrañas (verbigracia, un búho, un cúmulo de avefrías, las luces de unas farolas, el gas de los pantanos…). Sucesos verídicos más ridículos que perversos.


El capítulo cuarto (seguimos en la primera temporada), tiene la particularidad, no pequeña, de que el testigo es el propio Hynek. Aunque los guionistas se siguen haciendo los remolones. Esto sucede en Gurley, Alabama, donde campa a sus anchas un siniestro Wernher von Braun (1912-1977), en versión nada edulcorada, distinta a cómo nos fue vendida su figura. Recordemos que el ingeniero aeroespacial fue el responsable de las fatídicas V-2. En cualquier caso, este asegura con perspicacia que los hombres adelantados a su tiempo son menospreciados en el presente. En este capítulo, también hacen su aparición los tan traídos y llevados Círculos de las Cosechas. Pero no se indaga mucho en esta vertiente del fenómeno. Sí en la posibilidad de ocultación de un cuerpo humanoide en una base militar.

Entre tanto, Hynek y Quinn prosiguen a la busca y captura del sufrido y evadido teniente Fuller, se desvela la verdadera identidad de Susie Miller, y emerge la emisión de una emisora clandestina. Un canal que solo pueden sintonizar los que han tenido un encuentro cercano (o al menos aéreo).

Estas derivadas conspirativas (me refiero a las terráqueas) me resultan bastante cansinas. La desconfianza de los que mandan, el secretismo, el oscurantismo. De la tal Susie acaba uno hasta la coronilla. Porque nos proponen un culebrón en paralelo a las investigaciones ufológicas, que es el único núcleo interesante -y menos trillado-; como si no se confiara en la efectividad y capacidad de fascinación de esta única componente, que se hace necesario adornarla -lastrarla- con las demás.

En suma, mucha tela que cortar para tan delimitadas pretensiones. A las que se añade la desaparición de una vecina cotilla, Donna (Heather Doerksen), o el aderezo de los experimentos del propio ejército con sus propios hombres (un ataque neuroquímico, I: VIII).

No por ello deja de ser el asunto de los contactados uno de los más espinosos de todo el entramado. Somos antenas, concreta Fuller, en un capítulo que nos lega las estimulantes imágenes de las ruinas de un viejo parque de atracciones (contraposición muy indicada), en Cedar Rapids, Iowa (I: V).

Después, hacen su aparición los famosos, sonados y enojosos -para Hynek- gases de los pantanos (I: VII). Con los que se pretendió dar carpetazo al asunto de Bowling Green, Ohio. Un episodio recogido por Frank Edwards (1908-1967) en su magnífico Platillos volantes, aquí y ahora (Flying Saucers, Here and Now, 1967; Otros Mundos, Plaza & Janés, 1972). Por algo el profesor Hynek sigue en sus trece de querer investigar bajo los bien pertrechados auspicios del ejército, y guardarse la información para sí, en lo que será el inicio de un rebosante archivo (como le comentaba a Antonio Ribera -cito indirectamente-, existen pruebas más que suficientes, lo que nos sobran son casos). De tal modo, comienza a desacreditar a modo para poder seguir en el ajo. Si bien es verdad que, en este caso tan polémico, se juega a la ambigüedad. ¿Realmente se persigue el proseguir con la investigación? ¿Es este avistamiento un auténtico fraude? Chi lo sa.


Y por fin arribamos a la base de Wright-Patterson, en Dayton, Ohio (I: VIII). Lo que nos sirve para constatar que, como es obvio, no todos los militares están involucrados en el menoscabo (de hecho, aquí el arroz lo reparten Harding y Valentine casi en exclusiva, con un puñado de subalternos sin identificar). Más bien, se trata de una fracción de mercenarios.

Y es que al de los contactados se añade el inevitable asunto de las abducciones, más que complicando el fenómeno y casuística OVNI, haciéndonos ver lo complejo que este resulta verdaderamente (I: IX). Aquí destaca el caso del matrimonio Hill, formado por Betty (1919-2004) y Barney (1922-1969), del que hemos de decir, de nuevo y por desgracia, que se solventa de modo equivocado con la irrupción del matrimonio en las dependencias del Proyecto Libro Azul. Una situación con rehenes que para nada tiene que ver con lo que sucedió -o pudo suceder- en la realidad. No sé si esto es flaco favor a la causa, o es aconsejable en nuestros días -ya digo que necesario no- a la hora de sostener una serie que, en principio, se encuadra en la no-ficción (puesto que de hechos históricos -reales o no-, hablamos). El caso es que Hynek y Quinn acaban tan “abducidos” como el matrimonio Hill bis, entre cuatro paredes. Con la inclusión del célebre mapa estelar transcrito a mano, que hace las delicias neurológicas del profesor Hynek. Unos engramas mentales de las Pléyades que han sido insertados en la mente de Barney Hill. La cuadratura del círculo la propone el empleo de la hipnosis, ¡que aquí aplica el propio Hynek!, en sustitución del médico Benjamin Simon [-], que trató el caso. Una vez más, se trata de una incorrección innecesaria. Por cierto, que el apellido Fuller, ya mencionado, se corresponde con el del autor del reputado libro donde, precisamente, se relataba la historia de los Hill, el famoso El viaje interrumpido (Interrupted Journey, 1966; Otros Mundos, Plaza & Janés, 1969), obra de John G. Fuller (1913-1990).

A lo que se suma la entrecortada -como mandan los cánones catódicos- información proporcionada por el cabo Thomas (Malcolm Goodwin), que también irrumpe en las oficinas de Blue Book. Dos visitas a la desesperada, pues en situaciones tan apuradas, ¿a quién acudir? Jocoso -aunque triste- es el momento en el que Thomas se sorprende de la incredulidad de quiénes se supone que están investigando el fenómeno. ¿Pero ustedes no eran los expertos?, se desespera, y con razón. También confiará en ellos el ingeniero mecánico John (Daryl Sabara), reclutado en el famoso Hangar 18 de Wright-Patterson. Donde se acumulan aparatos que van más allá de nuestras competencias. Trabajo en la Base, oficialmente no existo, les asegura John con su mejor voluntad (II: VIII).

Este episodio IX del percance con los Hill contiene, no obstante, la exposición de la no menos célebre taxonomía ufológica propuesta por el profesor Hynek. En realidad, el capítulo me resulta un punto de inflexión en varios sentidos. El cabo Thomas ha proporcionado a los dos miembros del Blue Book una prueba física, tangible (tan es así, que la tenía implantada, como Barney Hill). Información que deriva en la disputa, también física, entre Hynek y Quinn. Sin embargo, ¿hasta qué punto se nos va a relatar la verdad acerca de estas investigaciones, cuando un analista aficionado al fenómeno OVNI como yo ha sabido detectar tantas alteraciones e incongruencias gratuitas a lo largo de la serie? Es decir, ¿hasta qué punto la no-ficción, todo lo adornada y dramatizada que se quiera, pasa a ir de la mano de la ficción más pura y simple? Si la realidad es nebulosa de por sí, esta va a quedar mucho más oscurecida a partir de este momento.


La historia (ufológica) también es la gran protagonista del último capítulo de la primera temporada. Pues en él se aborda la espectacular oleada del diecinueve de julio de 1952 sobre los cielos de la capital norteamericana, Washington D.C. Un avistamiento “en público y en abierto”, a plena luz del día, donde los OVNIS juegan al gato y al ratón con los cazas del ejército. No hay problema, como declara el Secretario de Defensa de Truman, el pelele William Fairchild (Robert John Burke), la verdad será la que nos venga bien (aunque, claro está, a un Presidente también se le puede engañar, además de adular). Tampoco hay de qué preocuparse en este sentido, está cantado que el secretario pronto va a ser quitado de en medio. Por su parte, Hynek, al que siempre pillan en mitad de estos tira y afloja, comienza a admitir haber visto la luz, asegurando que no se me ocurre ninguna explicación lógica. También dispone de su Garganta Profunda particular -al punto de reunirse en un aparcamiento subterráneo-, en la figura del representante de esos conspicuos y extraños hombres con sombrero, William (Ian Tracey). Este trata de iluminarle el camino a Hynek, las más de las veces oscureciéndoselo.

No en vano, los personajes de soporte resultan a veces demasiado fríos, envarados, chulescos, estólidos y poco naturales. Pero esto es algo que observo no únicamente en la presente serie, sino en la mayoría de ellas. Un aspecto que afecta a Quinn y, por supuesto, a sus dos generales (a los que, pese a todo, casi hacen buenos los integrantes de la inminente CIA). La disciplina castrense junto a la científica. Por otra parte, en este capítulo décimo, podemos decir que Quinn prueba su propia medicina, siendo testigo directo de uno de esos hechos insólitos que él desacredita.

Haciendo frente al descrédito de los racionalistas –o razonalistas-, pero formando parte de los mismos, esta tensión se va a ir acumulando como la electricidad estática en el discurrir de las dos temporadas de que disponemos hasta el momento. Al igual que sucede con la obsesión por los rusos de los dos generales, Harding y Valentine, más allá de lo razonable que dictaba el clima de aquella época. Personajes que no se explica que puedan conciliar el sueño por las noches: quizá por ese motivo se trata de humanizar sus figuras a raquíticos rasgos durante la segunda temporada (por Dios, hasta Harding se llega a confesar, en un acto inaudito, II: III). En cualquier caso, todas estas bifurcaciones suponen la zona más endeble de las tramas.


Aún así, pese a adolecer del mal que aqueja a casi todas las series televisivas de la actualidad -guiones apresurados, datos alterados y música sosorrona-, procedemos con mal disimulado interés a adentrarnos en la segunda temporada de Proyecto Libro Azul, que incide y avanza en determinados aspectos. Que básicamente son estos: tibiamente ganado para la causa, Quinn continúa sus investigaciones (y cerrojazos) junto a Hynek. Lo que no es óbice para que, como recuerda el buen profesor, una cosa sea la explicación científica y otra la excusa científica. En los dos primeros capítulos de esta segunda andadura, el espacio a revisitar es nada menos que Roswell, Nuevo México, donde en 1947 se produjeron los incidentes que todos los aficionados e historiadores del fenómeno conocemos: el presumible accidente de una nave alienígena que cayó a la Tierra, el posterior acopio de pruebas y la consiguiente ocultación (torticera como pocas). Esta vez, Mimí se implica más en los asuntos del marido (allende las insinuaciones y situaciones “escabrosas” elaboradas por Susie Miller). A la fuerza ahorcan. Sin embargo, no nos libramos del recurso sobado de tratar de presentar unas pruebas “que van a cambiar el rumbo de la historia”, y que indefectiblemente, se frustran. Como las audiencias en el Congreso propuestas por el senador Andrew Garner (Brian Markinson) (II: VIII). Una conspiración, en palabras de este personaje, al más alto nivel del gobierno (que no es lo mismo que el núcleo visible de un gobierno).

Lo demás sigue igual, siendo la cadena de mando harto curiosa: todos han de obedecer ciegamente, excepto Harding y Valentine, que no obedecen a nadie. Y uno se pregunta para qué demonios les valdrá mantenerse en el secreto, salvo por el hecho de que son lo más parecido a unos hijos de perra, que ven en ello la excusa perfecta para recriminar a los soviéticos los avistamientos e iniciar una Tercera Guerra Mundial. Esa es la tramoya. En el fondo, resultan tan sectarios como los actuales progres millonarios de algunas redes sociales y medios de comunicación, que creo que ahora se llaman Big Tech. El acoso a civiles es brutal. Al punto de que ser testigo de un avistamiento es lo más parecido a estar sentenciado a muerte. O tratar de solicitar la verdad, en un mundo dominado por el encubrimiento (no sé si hemos mejorado en este sentido o estamos peor, eso cada cual), lo arroja a uno a los márgenes de la ilegalidad. Hagamos una cosa u otra, pasamos a convertirnos en enemigos del Estado, en palabras del investigador aficionado Evan (Keir O’ Donnell). Razón no le falta a este líder de un grupo ufológico asentado en Roswell.

La excursión por este enclave afamado prosigue en el capítulo segundo, donde emergen la autopsia alienígena (¿se acuerdan?), que resulta ser falsa (al menos, en la ficción). O no, no queda claro.


Antes me refería la CIA. La agencia creada por Truman (1884-1972) hace su aparición en el capítulo tercero (II: III). Es responsable de la gestión del Área 51, en Nevada. Resulta descorazonador. La gente confía en ellos, y esta es invariablemente burlada, pues ellos solo tienen por misión recabar y encubrir las pruebas, de forma tan privilegiada como cruel. Encubrimientos y ocultaciones que a veces se pagan a muy buen precio (II: VII). La CIA ha de operar en las sombras (…), se dedica al espionaje, declara Daniel Banks (Jerod Haynes), personaje que resultará ser un infiltrado, en un cambio de estrategia argumental no sé si muy creíble, aunque desde luego nada imposible. Al menos tan probable como la disección animal -y humana- que investigan nuestros protagonistas. A ellos se les reserva otro momento ciertamente estimulante, en el mismo capítulo: el descubrimiento del auténtico emplazamiento del Área 51.

De ahí pasamos a la Isla de Maury, en Washington. Donde resulta que los hombres trajeados con sombrero (no de negro), resultan ser unos ex agentes paranormales de la previa CIA (II: V). Nada es lo que parece. De hecho, lo más sensato y certero es admitir la visita de seres extraterrestres, habida cuenta de la cantidad de teorías disparatadas que nos depara el Proyecto Libro Azul, en nombre de la ciencia, y de que hasta el contactado David Dubrovsky (Bronson Pinchot), resulta ser otro topo de la pegajosa CIA. Traiciones que desembocan en el llamado Proceso Robertson (II: VI), destinado a finiquitar el Proyecto Libro Azul. Daniel Banks vuelve a dar en la diana: la CIA quiere arrebatarnos el control del programa de los OVNIS. Un cambio de polaridad, aunque no de intencionalidad, donde todo caso investigado es susceptible de ser malinterpretado… por la lógica científica. Es lo que, en esta temporada, aprenderá Hynek. La ufología sigue requiriendo de investigación y recursos, insiste.

Esto último se nos narra en retrospectiva desde el plató donde se está filmando la sensacional Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Columbia Pictures, 1977), de Steven Spielberg (1946).

La temporada culmina con encuentros y desencuentros de todo tipo. Como los de la familia Chapman, en Uintah County, Utah (II: VII). O en Columbia Británica, Canadá, donde los protagonistas tendrán el encuentro cercano con una bomba atómica, en una coyuntura donde una nave no identificada ha interferido en nuestra historia evitando su uso -su entrega-. O con la aproximación a los OVNIS que proceden del mar, escenario donde concluye esta segunda etapa (II: X). No sin antes encontrar a alguien que por fin cree en la labor de Hynek y Quinn. Se trata del senador John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) (Caspar Phillipson), futuro presidente de los EEUU, tan disperso como endiosado. Sin embargo, como advierte el taimado Daniel a este respecto, para la CIA no hay nadie intocable (II: VIII).


Por mi parte, no sé si tiraré la toalla. Con las series actuales sucede que se sabe que tienen un principio, pero nunca dónde está el final. Como en los agujeros de gusano. Creo que la figura de Hynek merecía más condensación y menos dispersión. Y esto parece que va para largo. Adquiere visos de telenovela. En cualquier caso, pese a las irregularidades, más o menos “ficticias”, lo que verdaderamente nos interesa resaltar aquí es el tributo que merece la figura del audaz y pionero investigador ufológico J. Allen Hynek. Ufo por los OVNIS, y lógico por su aplicación a esta labor.

Escrito por Javier Comino Aguilera




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