El autocine (LXXV): La pequeña tienda de los horrores y Emisario de otro mundo (Not of this Earth), de Roger Corman

15 julio, 2020

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Las plantas lo devoran todo. El que tiene un jardín lo sabe. Hay que estar continuamente atendiéndolas, mimándolas, recortándolas, abonándolas… A cambio, nos proporcionan hermosura y frescor, y la sensación de que el mundo es más habitable de lo que parece. Sin embargo, al final la naturaleza siempre reclama lo que es suyo, recuperando su espacio. Aunque el proceso sea gradual y lento.

Supongamos que damos con una especie rara. Nadie sabe de dónde ha salido, pero nos la llevamos a casa. No se parece a nada que hayamos visto antes. Y de momento, nos sirve para conservar el empleo, porque este hallazgo y curiosidad botánica es capaz de llamar la atención de cualquier viandante. Una especie que, además de ser inteligente, se zampa lo que tiene a su alcance, sin pedir permiso. Cosas más raras se han visto; particularmente, en el radio de acción de la ciencia ficción más bullanguera.

Pues bien, esto es justo lo que le sucede al bueno de Seymour Krelborn (Jonathan Haze) cuando ve peligrar su puesto de dependiente en una floristería de mala vida y muerte. Ha estado cultivando en secreto una extraña planta, y ha llegado el momento de ofrecérsela al mundo. Una decisión de fatales pero muy entretenidas consecuencias.

De hecho, la “ley de la jungla” adquiere un nuevo significado en La pequeña tienda de los horrores (Little Shop of Horrors, Filmgroup, 1960), gamberrada orquestada por el insustituible, avispado y prolífico Roger Corman (1926). Cuenta el autor en su divertida autobiografía Cómo hice cien films en Hollywood y nunca perdí ni un céntimo (How I Made a Hundred Movies in Hollywood and Never Lost a Dime, 1990; Laertes, 1992) cómo de todos los films que “nunca” he dirigido, el que ha sobrevivido más tiempo como un genuino clásico de culto es el que hice más precipitadamente y por menos coste. Tan solo tardé dos días en rodar, aprovechando un plató de derribo, The Little Shop of Horrors, pero la obra ha perdurado durante treinta años en los pases universitarios de medianoche, ciclos de autor, cintas de vídeo y reposiciones para el teatro y la pantalla (capítulo VI)

Esto fue después de que Corman decidiera dedicarse a las tareas de producción y distribución, más que de dirección, y de que sacara a la palestra flamantes talentos como los de Francis Ford Coppola (1939), Joe Dante (1946), Jonathan Demme (1944-2017), Peter Bogdanovich (1939), James Cameron (1954), Martin Scorsese (1942), Ron Howard (1954), Jack Nicholson (1937) o Robert de Niro (1943), además de revitalizar las carreras de otras tantas figuras ilustres.


De las dificultades con los líquenes a los trífidos, pasando por las vainas ladronas de cuerpos (perturbaciones vegetales surgidas de la fértil imaginación de John Wyndham [1903-1969] y Jack Finney [1911-1995], respectivamente), la ciencia ficción siempre ha encontrado maneras de enraizarnos en los vericuetos de la condición humana, destilando subgéneros bien atendidos, como en el caso que nos ocupa: la invasión vegetal. No solo de la naturaleza humana intrínseca vive el género, si bien, esta constituye el lógico escenario de las múltiples manifestaciones narrativas. Los conflictos e idiosincrasia de los seres motejados de humanos no dejan de constituir el mantillo esencial e impepinable de estos encuentros y desencuentros en las distintas fases.

Escrita por Charles B. Griffith (1930-2007), nuestra película da inicio con una panorámica sobre un bonito grabado que muestra un barrio de clase incierta. Una trasposición fabulesca del lugar donde van a trascurrir los acontecimientos, y que responde al nombre de Skid Row (Barrio Bajo).

El ruinoso establecimiento donde trabajan Seymour y Audrey Fulquard (Jackie Joseph), es propiedad del emigrante polaco Gravis Mushnik (Mel Welles), y como digo, se ve al fin favorecido por la llamativa presencia de la plantita de marras y morros que sirve de reclamo, y a la que Seymour ha puesto el nombre de Audrey Junior, en cariñoso gesto hacia su compañera. Las semillas me las dio un jardinero japonés en Central Avenue, declara Seymour como toda explicación. Es un cruce, añadirá más adelante con espinoso acierto. Inolvidable es el momento en el que Seymour, que lleva de la mano al espectador, descubre de qué cuernos se alimenta la planta.

El horticultor se convierte poco menos que en un ídolo juvenil. A partir de ahí, se suceden las visitas, idas y venidas de los sujetos más extravagantes, como la clienta eternamente apesadumbrada Mrs. Shiva (Leola Wendorff), la señorita Hortensia Feuchtwanger (Lynn Storey), oficiante de un certamen floral, o la estrafalaria madre de Seymour, Winifred (Myrtle Vail), una hipocondriaca compulsivo-patológica. Personajes salpimentados con el gourmet comedor de flores Fouch Bullston (interpretado por el característico Dick Miller) y el paciente masoquista Wilbur Force (Jack Nicholson).

Aquejado de un (in)oportuno dolor de muelas, Seymour acude al dentista. Pero el doctor Phoebus Farb (John Hernan Shaner) no le inspira mucha confianza, así que, cuando este resulta ser un sádico que se enfrenta al muchacho bisturí en mano, el destino de ambos queda sellado: uno será el fiel jardinero y el otro abono para las plantas. Así, Farb se convierte en el primer aperitivo del herbáceo, que progresivamente irá aumentando su tamaño y sus ansias de conquista. Sin embargo, tras la pista de estos nutritivos sucesos andan los sargentos Frank Stoolie (Jack Warford) y Joe Fink (Wally Campo), que a veces nos regala la voz en off de esta jarana.


Cuando hice Little Shop estaba creando, como yo mismo intuía ya entonces, un género nuevo, la comedia negra de terror. Aunque había combinado el humor y la ciencia ficción en obras como Not of this Earth, lo que ahora alumbraba era un tipo diferente de film, más cínico, tenebroso y retorcidamente divertido (Op. Cit.).

En esta línea, el retrato de Seymour y Audrey es el de dos tortolitos tímidos e inocentones, o si se quiere, dos pardillos de sustrato paródico pero regados por buenos sentimientos, en un hábitat hostil y atacado de pulgones. Esto, al margen de que Roger Corman aún hace gala de una realización amateur, merced a la premura de un tiempo más que aprovechado. Su reconocimiento a través de las libres adaptaciones de relatos de Edgar Alan Poe (1809-1849) estaba a las puertas, en tanto andaba subido a la rama de un humor acendrado y macarra. Prueba de ello son los escenarios urbanos de segunda fila –¡también de séptima!– y ese cementerio de ruedas gigantes e inodoros donde acaban los protagonistas de este fertilizado cuento macabro.

Es esta pequeña tienda de los horrores una extraña encrucijada donde, sin duda, florece la semilla de la desconfianza que se da en las relaciones cotidianas, pero también el amor perenne, y la idea de que aquellos a los que ha engullido la planta son unos capullos, literalmente.

Si nos ponemos un tanto alegóricos, hasta podremos hacer notar el hecho de que la gente se queda fascinada con el espectáculo solapado de la sangre -real, mediática, hiperbólica, la que sea-. Aquella que incluso se llega a exhibir en un escaparate y se publicita en un espacio de radio, en forma de primicia atrayente y letal. Es posible. De momento, lo que hace La pequeña tienda de los horrores es poner de manifiesto la saludable indisposición que brota de nuestra sociedad, es decir, de la condición humana en todos sus variados arriates.

A la obra de Roger Corman le salió un esqueje en forma de musical. Esto fue en 1982, cuando se estrenó off-Broadway Little Shop of Horrors, adaptación del original de Griffith y el realizador. Hollywood, siempre atento a los flamantes y lozanos brotes, no tardó en contemplar la posibilidad de una adaptación muy entonada.

Fruto tardío pero sabroso, La tienda de los horrores (Little Shop of Horrors, Geffen-Warner Bros., 1986) cuenta con el aliciente de unas canciones pegadizas abonadas por el talento de Alan Menken (1949) -con el apoyo de Miles Goodman (1948-1996) para las transiciones necesarias al formato cinematográfico-, y el malogrado Howard Ashman (1950-1991), autor de las letras así como del guión de la película.

Esta nueva versión fue entutorada por Frank Oz (1944), al que muchos recordamos por sus estupendas labores de titiritero en películas tan espléndidas como El imperio contraataca (The Empire Strikes Back, Irvin Kershner, 1980) o Cristal oscuro (The Dark Cristal, Jim Henson y Frank Oz, 1982), sin olvidar su intervención en la entrañable La película de los teleñecos (The Muppets Movie, James Frawley, 1979). Posteriormente, Oz dirigiría la simpática Qué pasa con Bob (What About Bob, 1991).


Se repiten los roles principales y de soporte, y se respeta la ambientación original de los años sesenta, lo que sin duda es un acierto estilístico; esta vez, bajo los auspicios del color más radiante y estacional: de los tonos desenvueltos de la primavera, siempre dispuesta a la ensoñación, a los más austeros del otoño, sito en los atardeceres y en los callejones. Pese a todo, he de señalar que una orgánica versión coloreada del retoño de Roger Corman fue puesta recientemente a la venta en formato DVD.

Seymour (Rick Moranis) es un joven dependiente con aptitudes botánicas. Está secretamente enamorado de su compañera de trabajo y frustraciones Audrey (Ellen Greene). La tienda pertenece al igualmente desilusionado Mushnik (Vincent Gardenia). Pero sus vidas van a experimentar una metamorfosis, puesto que Seymour ha estado cultivando la planta en cuestión en el sótano del establecimiento, un espacio olvidado de Dios y los clientes. Ambos personajes centrales -con permiso de la planta- resultan de una inocencia definitivamente perdida, como la edulcorada -pero límpida- época que rememora Audrey en una de las composiciones.

En este sentido, las canciones son estupendas, de tonos irisados muy variados, aunque la raíz es claramente la música de los años cincuenta y primeros sesenta. Soy una mala hierba del espacio exterior, se congratula en cantar Audrey II, nombre que Seymour ha puesto al engendro botánico. Otra baza la hallamos en los decorados. Se incide en la idea del entorno destartalado característico del relato precedente, en esta ocasión, reproducido en los estudios. Un suburbio “deprimido” del que, aseguran algunas letras que cuando se es de este barrio no se progresa jamás. En suma, un espacio donde la depresión es un statu quo.

Que en tan desvencijada barriada haya lugar para una floristería ya es una rareza. Pero maravillosa.


En La tienda de los horrores sí se nos proporciona una explicación en consonancia. Según relata Seymour, un rayo ha impactado sobre una “atrapamoscas” durante un eclipse total de sol, en un establecimiento chino (un espacio que nos recuerda al del descubrimiento de Guizmo). En contraposición, otro tipo de corriente será la encargada de fulminar la amenaza, en un final más optimista que el dispuesto previamente. O casi.

Inolvidable es la presentación del novio “rebelde” y abusón de Audrey, Orin Scrivello (Steve Martin). De tal modo, que la extraña flora se incrementa con una no menos extraña fauna, de la que forman parte el locutor del programa Mundo raro, Wink Wilkinson (John Candy), el publicista Patrick Martin (James Belushi), y por supuesto, el fotosintético dentista, trasplante de “médico loco”, que es Orin himself. Sin olvidar a su boscoso y adepto cliente Arthur Denton (Bill Murray). Buenos recuerdos nos trae el alquiler de esta pièce de résistance en plena eclosión de los video-clubs.

El siguiente ofvi (objeto filmado no identificado) que hoy ha aterrizado en nuestra sección es Emisario de otro mundo (Not of this Earth, Allied Artist, 1957), aprovechando que andamos explorando la galaxia Roger Corman. Producida y dirigida por él, al igual que la anterior, la presente película reincide -aunque fuese filmada con anterioridad- en los aspectos ya destacados del ambiente marginal y suburbano.

Escrita por el mencionado Griffith, al alimón con Mark Hannah (1917-2003), nos situamos nuevamente en los extrarradios. Un coitus interruptus juvenil termina con el asesinato de la muchacha a manos y ondas de un encopetado Paul Johnson (Paul Birch). Con ello se pone de manifiesto el carácter “foráneo” del individuo, ser amenazador pero con aspecto humano, que ha venido a la Tierra para sojuzgarla (como un político pero sin sonreír jamás).

Se da la circunstancia, además, de que Johnson no soporta los ruidos demasiado agudos. Siempre porta un maletín inquietante, y si es verdad eso de que hay miradas que matan, la de Johnson lo evidencia con desparpajo. Los ojos de este señor de negro quedan ocultos tras unas gafas de sol, pero pronto nos son mostrados por Roger Corman, porque lo prometido en los sugestivos prolegómenos es deuda. Así, tras los títulos de crédito iniciales, advertimos que los ojos de Paul Johnson son blanquecinos y opacos, y que, en efecto, pueden causar la muerte. También emplea la hipnosis como peligroso recurso anulador de voluntades. De hecho, avanzado el relato, descubrimos la comunicación telepática entre los de su especie. Es este un recurso tanto argumental y amedrentador, como presupuestario, que anima a que el cotarro de las situaciones desarrolladas no sucumba al peso del estereotipo: como dan testimonio esas infracciones de tráfico que les son puestas al vehículo mal estacionado de Johnson. Luego sabremos que el policía en liza, el oficial Harry Shebourne (Morgan Jones), es pareja sentimental de la protagonista.


Johnson ha alquilado una casa en un apartado barrio, y cuenta con la ayuda de una enfermera capaz de controlar sus continuas transfusiones (algo que es atribuido a una extraña enfermedad de la sangre). Un aspecto que me recuerda al del sujeto vampírico de Kolchack, el vampiro de la noche (The Night Stalker, Dan Curtis, 1971). De nuevo la sangre como elemento vertebrador.

La enfermera está interpretada por la que fuera una de las indiscutibles reinas consanguíneas al género, Beverly Garland (1926-2008). Junto a Nadine Storey, que así se llama su personaje, está el espabilado chófer y doméstico contratado por Johnson, Jeremy Pittsburg (Jonathan Haze, en contrastado cambio de rol). Jeremy ejerce de fisgón con causa y correveidile. Completan el cuadro de mandos el doctor Rochelle (William Roerick), superior de Nadine, y el ocasional vendedor de aspiradores Joe Piper (Dick Miller, todo un talismán), que pasaba por allí proporcionando la gustosa pincelada desopilante. Por algo, el tal Johnson es una amenaza en toda regla para la especie humana, solo que en este caso presenta una carcasa humana en lugar de vegetal.

La música de Emisario de otro mundo la proporcionó el reivindicable Ronald Stein (1930-1988; una buena recopilación fue editada por el sello Varèse Sarabande: Not of this Eart, The Film Music of Ronald Stein, VSD 5634). Como de costumbre, Roger Corman acomete su empeño con generosas y desenfadadas dosis de emoción y suspense, como ocurre a lo largo de la conclusión, en la que se inserta una persecución automovilística, y un colofón deus ex machina.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Clásicos Inolvidables (CLX): Abel Sánchez, de Miguel de Unamuno

07 julio, 2020

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Cuando leemos a Miguel de Unamuno (1864-1936) es inevitable encontrar un reflejo del propio autor en su obra, no tanto por su personalidad sino por sus inquietudes. Es un autor que proyecta sus temores, sus preocupaciones y pensamientos en los personajes y en la forma de elaborarlos en sus nivolas. Es decir, no le interesa tanto la acción, lo que suceda, como la reflexión que surge de esos acontecimientos, es decir, el retrato psicológico de un conflicto o de una pasión. Y aunque quizás no sea una de sus obras más populares, Abel Sánchez (1917) reúne un rico panorama de las temáticas más usuales de la narrativa unamoniana.

Para ello, parte de un tema central, que es el motor de la obra: la envidia que el protagonista, Joaquín Monegro, siente por Abel Sánchez. Esta envidia es un reflejo del primer pecado capital que aparece en la Biblia y que llevó a Caín a matar a Abel en el Génesis. Unamuno no rehuye la referencia, sino que en esta obra articula una revisión y actualización del mito, dando origen a una de sus historias más realistas. Es más, la historia bíblica aparece mencionada en varias ocasiones en la novela.

Este enfrentamiento cainita es un tópico que a finales del siglo XIX y principios del XX sirvió como modelo para representar la lucha entre dos tipos distintos de entender España políticamente. Una idea que también nos mostraba Antonio Machado (1875-1939) en uno de sus proverbios más famosos. Aunque el poeta nos mostró también la envidia como una pasión que corría el alma del pueblo español a ojos de los intelectuales españoles en su magnífico romance La tierra de Alvargonzález, recogido en Campos de Castilla (1912), alejado de cualquier cariz político. En efecto, Unamuno ahonda a lo largo de toda esta novela en la historia de una pasión desmedida, que corroe la mente y el espíritu de Joaquín.

Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya (1746-1828)
Mediante el recurso del manuscrito encontrado, dando voz a su protagonista, nos muestra una confesión de tono íntimo, en el que Joaquín narra los hechos y sus reflexiones desde un futuro en que la historia ya ha concluido. Esto nos permite abordar el retrato psicológico de un individuo atormentado por la culpa, la envidia y la ira, un retrato que está inundado de pensamientos en torno al peso de la opinión ajena y a la interpretación que damos a las acciones de los demás. Es decir, en cómo podemos convertir desde nuestra óptica un hecho particular en una cuestión bondadosa o maléfica según la interpretación que queramos darle. Incluso la forma en que Joaquín proyecta en los demás los defectos que sabe que anidan en sí mismo; así, mantiene continuamente la duda de si Abel también le envidia y le odia, a pesar de que durante la novela se subraya siempre la idea de que su amigo le estimaba de verdad y no veía nunca en Joaquín la sombra de ese rencor. Sin embargo, Abel sí reconocía que detrás de la fachada fría e irónica de su amigo había un alma anclada a una pasión tremenda que le estaría devorando por dentro, dado que no era capaz de extraerla y sacarla hacia fuera, pero ignorando que él fuera la causa de esa pasión desmedida.

El punto de partida de su relación discordante era la diferencia de caracteres: mientras Abel tenía un carácter más abierto, amistoso y agradable, que provocaba la simpatía abierta de los demás, Joaquín aparecía como un ser terco, malhumorado, desprendiendo una antipatía que lo alejaba de los demás. Aunque las acciones de esta novela son nimias, dado que apenas suceden acontecimientos, encontramos pequeños hechos cotidianos a lo largo de todo una vida sobre los que se reflexionan profusamente. Como en la vida misma, no es tanto la suma de hechos, sino lo que cada uno concluye sobre lo que ha hecho y sobre lo que han hecho los demás. Por ejemplo, partimos de una breve descripción de la infancia de los personajes como seres opuestos, pero obligados a entenderse, en una amistad que les venía dada desde la cuna. Sin embargo, se atestigua ya en esa infancia que Joaquín siempre actuó en su vida en consecuencia a la figura de su amigo Abel, por entender que se mantendría inevitablemente bajo su sombra. 

Caín y Abel, de Pietro Novelli (1603-1647)
De esa forma, mientras que él se preocupaba por sobresalir en lo académico, envidiaba la popularidad de la que gozaba Abel entre sus compañeros, los mismos que le rechazaban a él por su carácter. Ahora bien, el punto culmen y el que articula la envidia y  toda la novela es el hecho de que estando enamorado Joaquín de su prima Elena, esta acabe comprometiéndose con Abel, a quien había conocido gracias a su amigo. Así pues, aunque en un principio se declara que la enemistad está justificada por entender Joaquín que Abel se aprovechó de la situación o, aún más, que fue la propia Elena la que lo hizo por molestarle a él, acaban reconciliándose de una forma casi obligada. En el fondo, en realidad, Joaquín nunca les va a perdonar ni a olvidar lo que sucedió, siendo tal que así que su molestia y envidia irá en aumento conforme ellos sean felices y prosigan su vida familiar. Por cierto, como nota intertextual, el nombre de Elena nos puede recordar a la Ilíada de Homero, incluso por el contexto de la historia, en que Paris se lleva a Helena pese a su relación con Menelao, lo que acabaría provocando la guerra de Troya. 

Sin duda, es una relectura de aquella animadversión entre hermanos planteada aquí a partir de un hecho capital que separa definitivamente a los dos personajes, aunque ambos mantengan confidencias amistosas a lo largo de la novela. En este caso, las relaciones entre ambos personajes se mantienen durante toda la obra permitiéndonos observar cómo el rencor recorre el alma de Joaquín por una amistad que solo le produce ira y que se convierte en su mayor obsesión. Mientras que Abel vive tranquilo y considerándolo su mejor amigo, como un hermano. Es más, mientras Abel es capaz de desarrollar su trabajo como pintor, Joaquín no avanza ni consigue sus propósitos científicos o médicos, cegado generalmente por el éxito de su amigo. 

Lo cierto es que la figura de Abel, siempre vista de una forma externa, desde los diálogos, las opiniones de los demás o del protagonista, se refleja como un amigo que quita importancia a los motivos en los que Joaquín revela su envidia. Sin embargo, no se trata de un personaje idealizado, porque tiene defectos evidentes que se mencionan por parte de diversos personajes, como su posible adulterio, o que fuera desatento como padre, como muestra la actitud de su hijo siendo ya adulto. Es más, la novela muestra que si Joaquín envidió a Abel Sánchez, Abel pudo envidiar a su propio hijo por considerar que este podía superarlo como pintor, recayendo aquí en otro tema capital para Unamuno, el de la trascendencia: si su hijo le eclipsaba como pintor, se perdería su posibilidad de ser un artista inmortal.

Hombre en llamas (1939), de Clemente Orozco
Prosiguiendo con esta cuestión, en la novela se da importancia a la opinión ajena y a la forma en que las personas tenemos la capacidad para pasar a la memoria colectiva, es decir, a la forma en que podemos lograr la inmortalidad que nos otorga la fama. En este caso, se subraya tanto por el hecho de que los cuadros de Abel van a servirle como su patrimonio contra el olvido, pero también por el conflicto con uno de sus cuadros, que representaba precisamente el fratricidio de Caín contra Abel. La fama de este cuadro es ensombrecida por la interpretación en un discurso que Joaquín hace, que pudiendo haber sido un discurso llevado por el rencor, intentando localizar los defectos, se centró en ser un discurso de gran delicadeza, que elogiaba las virtudes del cuadro a tal extremo que acaba siendo más relevante y memorable esta interpretación que la obra en sí. Sin esa interpretación, no se podría entender con toda plenitud lo que Abel ha pintado, lo que impide al pintor disfrutar de su fama, dado que ahora ha sido desplazado por la labor erudita de Joaquín. A pesar de ello, la gratitud mostrada por su amigo impide al protagonista disfrutar de esta victoria.

Debemos tener en cuenta que al protagonista le preocupa y obsesiona la forma en que Abel lo trata, siendo incapaz de encontrar algún defecto en su relación. Por ello, trata de descubrir interrogando a otras personas sobre el comportamiento de Abel, sobre todo si habla de él a sus espaldas o si le envidia, como hace él. Sin embargo, esta empresa será infructífera, salvo por una única excepción: el hijo de Abel le muestra el lado menos amable de Abel, pero nunca le dará la razón sobre una posible envidia de su padre hacia Joaquín o de si habla mal de él. Al contrario, la valoración de Abel hacia Joaquín siempre será positiva, incluso contrariando a su esposa Elena, que en este caso es una figura que se muestra siempre hostil hacia Joaquín, rechazando abiertamente la amistad entre su marido y el protagonista.

No cabe duda de que se trata de una novela bien escrita que pretende trascender y actualizar el mito bíblico. Es más, en uno de los mejores capítulos de la novela, ambos personajes dialogan sobre el mito de Abel y Caín como si estuvieran interpelando a su propia historia, siendo este uno de los mejores diálogos por la forma en que Unamuno desnuda a ambos personajes y los contrapone entre la pasión de Joaquín y el optimismo de Abel. Además, el autor aborda múltiples temas dándoles cabida de forma natural y siempre subordinada a las características y necesidades de un protagonista caracterizado por unos matices ricos, capaz de revelar uno de los peores aspectos del ser humano, pero sin dejar de sentirse real.

Abracci, de Safet Zec
Como decíamos, en esta reletura moderna de la envidia, hay espacio para la reflexión en torno a las inquietudes que Unamuno mostraba también en otras de sus obras. Por ejemplo, tenemos la maternidad, como veíamos en el protagonista de Niebla (1914), que vivía subyugado al dominio de su madre, o su vertiente putativa, como sucedía en La tía Tula (escrita en 1907, publicada en 1921). En este caso, Antonia, la esposa de Joaquín, tiene una relación con el protagonista maternofilial, como bien nos muestra y subraya el autor en varias ocasiones. Como si fuese un niño incapaz de reprimir sus emociones, el protagonista está dominado por un odio irrefrenable que le impide conseguir la independencia y la madurez necesaria para comportarse como un adulto o para tener una relación responsable y sana con otras personas.

Por tanto, las relaciones familiares del protagonista están abocadas al fracaso, por estar distorsionadas. Sin embargo, a su vez, Joaquín logra cierta venganza personal cuando consigue alzarse como una figura paternal para el hijo de su ansiado enemigo, también llamado Abel, aunque para él no sea más que una herramienta para un fin o una pequeña satisfacción dentro de una vida agónica, sobre todo cuando repara en el hecho de que su amigo no parece sentirse enojado por este hecho.

También hay un dilema planteado en torno a la fe, a la manipulación eclesiástica y a las dudas sobre la creencia en Dios, cuestiones que eran centrales de San Manuel Bueno, mártir (1930). En Abel Sánchez, estas reflexiones recaen en el protagonista, Joaquín, que al inicio de la novela se declara prácticamente ateo, pero conforme avanza la novela se produce su conversión, aunque sea interesada. Su finalidad es servirse de la religión para encontrar una salida a su dolor, a su rencor y a su envidia. Unamuno aprovecha la ocasión para reflejar sus propias dudas sobre la fe, que se desarrolla en esta ocasión por el sufrimiento que Joaquín cree que Dios le ha impuesto o su capacidad para conseguir la inmortalidad a partir de su propia mano. Como ya sabemos, la trascendencia era una de las preocupaciones de don Miguel y en esta ocasión se refleja también a partir de los celos del protagonista, que siente que no ha sido capaz de cincelar su nombre en la historia de la ciencia mientras que el arte pictórico de Abel cautiva a todos.

Miguel de Unamuno
Por último, podemos mencionar también el hecho de que se hace un reflejo de la labor médica, con ciertas críticas a la ciencia, como ya pudimos encontrar en otras novelas unamonianas, como Amor y pedagogía (1902), que era más cruel en su crítica. En este caso,  se hace hincapié tanto en el trato con los pacientes a los que Joaquín visita como en la envidia que también subyace en la labor científico, no siendo relevante el hecho de encontrar una cura, sino de ser el primero en hacerlo, en lograr un nombre para los anales de la medicina. Sin embargo, si la envidia había corroído a Joaquín para impedirle mantener una amistad sana con Abel, su generosidad será abrumadora cuando se trate de su hijo putativo, con quien comparte oficio y a quien intenta inculcar aquellos propósitos que la envidia le impidió llevar a cabo. Curiosamente, el hijo de su enemigo se convierte en el auténtico heredero de la persona que hubiera sido Joaquín si nunca se hubiera dejado llevar por la envidia.

En conclusión, Abel Sánchez es una obra centrada en la creación de un personaje bien caracterizado que se abre para el lector de múltiples formas, tanto por sus palabras como por sus acciones. Una revisión de la envidia que no rehuye abordar otros temas del sentir humano que preocupaban a Unamuno y que logra sentirse como una de las obras mejor desarrolladas de su autor. En definitiva, una actualización moderna, madura y profunda del mito bíblico.


Animando desde Oriente (XVIII): Sword Art Online

04 julio, 2020

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La ficción nos sirve para situarnos ante situaciones irreales que provocarían reacciones humanas. Como sucedía con el naturalismo, se trata de exponer a los personajes a hechos que nos permitan observar cómo actuarían, ya sea para servir de modelo de comportamiento, de exploración de la psicología humana o, simplemente, como reflejo y/o crítica de la sociedad. Incluso como ya hemos advertido en otras reseñas, las historias de ciencia ficción suelen explorar cuestiones relacionadas con la condición humana a partir de un alejamiento de nuestras circunstancias más cotidianas. Sin embargo, la historia en la que nos adentramos hoy quizás no sea un futuro tan lejano como cabría esperar.

Sword Art Online propone un mundo contemporáneo en el que ha surgido un sistema de entretenimiento completamente inmersivo a través de la realidad virtual. Son videojuegos en los que las personas se crean su propio avatar, un juego de rol como los que ya existen, pero en los que todo se siente realista gracias a una conexión directa con el cerebro del jugador, lo que permite explorar toda una serie de sensaciones que se alejan de la experiencia que hoy tenemos en el terreno de los videojuegos, siendo un paso más. En el caso de la serie, todo empieza con el juego homónimo al título, el primero que usaría este sistema tan innovador creado por Akihiko Kayaba: Sword Art Online, un juego de rol multijugador masivo en línea en realidad virtual que consiste en avanzar en un mundo de cien pisos encerrados en un castillo volador, avanzando hasta alzarse con la victoria en el último piso. Sin embargo, con diez mil jugadores conectados en su estreno, sucede una anomalía: no pueden desconectarse.

Antes de avanzar para comentar las diferentes tramas que se dan en este anime, debemos mencionar algunas cuestiones generales. Para empezar, una aclaración necesaria: como sucede en muchos casos con producciones de anime, estas se basan en mangas o novelas ligeras y, a su vez, suelen seguir teniendo adaptaciones posteriores, incluso con años de diferencia, o reinicios o capítulos especiales o incluso películas adicionales. En este caso, en este artículo se van a comentar los arcos narrativos correspondientes a dos temporadas de la serie anime, que fueron tituladas respectivamente como Sword Art Online (2012) y Sword Art Online II (2014). Sin embargo, no hablaremos de la película Sword Art Online: Ordinal Scale (2017) ni de las siguientes temporadas o series derivadas, como Sword Art Online: Alicization (2018-2019).


Por otra parte, Sword Art Online tiene un contrapunto que la convierte en una serie anime peculiar, tan irregular como interesante, y capaz de ofrecernos lo mejor como lo peor. Esto se debe al enfrentamiento que surge dentro de su esencia. Por una parte, es una clara historia de aventuras fantásticas o de ciencia ficción, según el caso, en la que los personajes usan habilidades mágicas o especiales para enfrentarse a sus enemigos, demostrando su crecimiento como guerreros en un trayecto clásico de héroes o heroínas. Sin duda, su lado más manido y clásico, que, sin embargo, se convierte en esencial para mantener entretenidos a sus espectadores. Por otra parte, tenemos una reflexión en torno a varios temas, como el valor de la vida, el significado de la muerte, las relaciones humanas, las bondades de la tecnología y también su cara más amarga o el peor aspecto del egoísmo empresarial. Esta reflexión que toca tantos temas permite que Sword Art Online sea una serie de mayor calado, pero que parece perder su rumbo por no tener una narrativa más compacta y armónica y por no poder escapar de ciertos tropos del anime que empiezan a resultar cansinos y que hace tiempo que dejaron de aportar nada. 

Como decíamos antes, la historia de Sword Art Online se inicia con la entrada al videojuego homónimo de diez mil jugadores que descubren que no pueden desconectarse. El creador del juego les ha encerrado en ese mundo virtual y ha provocado que el aparato con el que se conectan pueda acabar con sus vidas mediante una descarga eléctrica si alguien intenta desconectarlos físicamente o si mueren en el juego. Además, les despoja de sus avatares digitales y les deja en la apariencia que tenían en el mundo real (lo que, por cierto, revela los peligros del anonimato que nos brinda la red, aunque sea de forma paródica). El reto para los jugadores en esta aventura es llegar al último nivel del juego y derrotar al villano final, logrando así liberar a todos en el mundo real, menos a quienes hayan fallecido. Y así comienza esta propuesta tan original en la que solo viviremos en el mundo virtual, ajenos a la repercusión en la realidad.


Durante esta historia acompañaremos a Kirito, un muchacho solitario que probó la Beta del juego y que es consciente de los peligros del juego, hasta el punto de que decide alejarse de todos para no tener vínculos afectivos con jugadores que puedan fallecer. Sin embargo, a pesar de su carácter solitario, tiene el arrojo y la determinación de avanzar y lograr salvar a todos. Juega en su contra el hecho de que estamos ante un Gary Stu de manual, que incluso guarda una habilidad única y que sale airoso de cualquier situación. Su superioridad llega a ser ridícula, pero nos otorga por lo menos la seguridad de un personaje fuerte en la supervivencia, pero delicado en sus características psicológicas. Por eso mencionábamos antes que lo mejor de Sword Art Online se encuentra en sus reflexiones, en la forma de explorar la psique de sus personajes, y no tanto en sus aventuras, que son más tópicas de lo que cabría esperar. De esa forma, en el lapso de dos años dentro de la historia, se nos narran las aventuras de Kirito en el mundo de Aincrad, mostrándonos sus encuentros con distintas personas con las que entabla distintas relaciones (por ejemplo, un grupo inicial al que se une y con los que adquiere una experiencia traumática que le confirmará que su camino es seguir siendo un jugador solitario; o una niña a la que ayuda en determinado trayecto del juego y que le recuerda inevitablemente a los vínculos familiares que ha dejado en el mundo real), siendo la más importante la que tiene con la coprotagonista, Asuna, con quien comparte una relación irregular que parte de la amistad y de la oposición de sus caracteres hasta finalizar en un romance bastante azucarado e idealizado. Ella representa un personaje contrario a Kirito, alguien que ha tenido que crecer en el videojuego hasta ocupar un lugar importante dentro de uno de los principales equipos que avanzan en el juego, liderando la ofensiva por llegar al último nivel.

A partir de los ojos de Kirito contemplaremos cómo se establece una sociedad en Aincrad capaz de reflejar los aspectos más favorables de la realidad, como la solidaridad, el trabajo en equipo o el valor de la amistad, como los más nocivos, dado que surgen criminales capaces de matar a otros para conseguir sus bienes. En este sentido, la historia se regodea en sus propios tragedias, dado que propone diferentes situaciones que adquieren más valor por el hecho de que las muertes de los personajes son definitivas y no se están perdiendo solo vidas virtuales, sino vidas reales. Sin embargo, en la mayor parte de ocasiones, no habrá ningún vínculo con el espectador o este será breve. Las pequeñas tramas que van surgiendo son leves, desconectadas entre sí, aparecen personajes que luego no tienen apenas relevancia o directamente no vuelven a aparecer, y Kirito se mantiene como único eje central junto a Asuna, que va ganando relevancia conforme avanza la historia. Incluso la trama predominante, que combina el avance hacia el último nivel con el enfrentamiento directo con el creador del juego en la realidad, acaba por diluirse de forma espontánea y brusca, provocando que toda la creación de un mundo con reglas asentadas se desvanezca sin tener la sensación de que su historia se ha cerrado adecuadamente. Un final desinflado que partía de un giro argumental bien traído, pero que no se aprovecha.


Así da comienzo un segundo arco que unirá el mundo real con el virtual, enriqueciendo así la profundidad de su historia. Sin embargo, este segundo arco ofrece menor calidad que el primero y una historia más simple. Para empezar, debemos conocer un nuevo mundo virtual, con nuevas normas y con un nuevo personaje coprotagonista, Leafa, cuya identidad real supone el primer giro argumental, fácil de predecir, de este arco. Kirito, a pesar de iniciarse en un juego nuevo, sigue teniendo grandes habilidades, y en este caso, todo se reduce a lograr rescatar a Asuna, quien no ha podido despertar de su estado comatoso por haberse quedado encerrada en el mundo virtual, teniendo de fondo una historia de ambición empresarial y acoso machista -y bastante asqueroso, dicho sea de paso-. Se potencia en este segundo arco el carácter de thriller que se consolidará en la segunda temporada del anime y también se deriva cada vez más el tono harem. Con esto nos referimos a las características de un subgénero del anime por el que un protagonista masculino se ve rodeado de personajes femeninos que están enamorados de él. Precisamente se rescatan personajes esporádicos de las aventuras de Kirito, que no habían vuelto a aparecer hasta ahora, para que cumplan con este factor enamoradizo que nada aporta a la trama y que supone más un escollo que otra cosa. De la misma forma que el amor platónico que siente su hermana adoptiva, Suguha, por Kazuto (nombre real de Kirito), supone un punto de conflicto innecesario entre ambos personajes. Al final, en este segundo arco se nos ofrece una resolución más definitiva, pero menos satisfactoria. El nuevo universo virtual al que se nos ha arrojado resulta más lejano al espectador, los nuevos personajes no se sienten relevantes, todo se ha reducido a una historia de romance típico y el villano final no tiene el empaque ni la relevancia de Akihiko Kayaba. En este sentido, cabe plantearse si no podrían haber aprovechado las mejores ideas de este segundo arco y haberlas implementado en el arco inicial, logrando que se sintiera más armónico, sin necesidad de crear un nuevo entorno virtual y sin caer en tópicos rancios que poco benefician a un anime que se perfilaba más profundo de lo que logra ser. 

Cerrada la historia principal, nos encontramos con Swort Art Online II, dentro de un mundo real que ha dado la bienvenida a los nuevos mundos virtuales, ahora más seguros gracias a la tecnología, pero siempre pendientes del incidente SAO. Al inicio de esta serie, se prosiguen explorando los efectos que tuvo en la realidad los acontecimientos de la primera temporada, mostrando además que los nuevos juegos de realidad virtual siguen expandiéndose y gozando de éxito. Hay que destacar que se da un paso necesario en la evolución de Kirito como personaje, dado que se plantea cómo sus acciones en el mundo virtual de Sword Art Online tuvieron un impacto directo en el mundo real, sobre todo en lo relacionado con la muerte de personas. Esta temporada se inicia con un tono definitivo de thriller, en el que nuestro protagonista habitual se ve involucrado de nuevo al ser contratado por el gobierno japonés para investigar un incidente en el nuevo juego de éxito, Gun Gale Online (GGO), un shooter competitivo que representa el avance de los actuales e-sports, al recompensar a sus mejores jugadores con dinero real. En este caso, un jugador parece haber asesinado a otro dentro del juego, por lo que el gobierno y las empresas quieren investigar si se está usando el mismo sistema que en Sword Art Online. Kirito tendrá que arriesgar su vida de nuevo para descubrir qué está sucediendo realmente.


De nuevo, toca adentrarse en un nuevo mundo, con una nueva coprotagonista, Sinon, que en esta ocasión cuenta con una historia personal más rica y detallada, basada en un trauma personal y que finalizará con un peligro inminente en la vida real, abordando un tema tan delicado como el acoso enmascarado de falsa amabilidad y paternalismo. El capítulo de cierre de este arco nos permite mostrar la evolución del personaje y una historia de superación que muestra las cotas a las que puede y podría llegar esta serie si se lo hubiera propuesto anteriormente. Por contra, como puntos negativos, volvemos a tener a Kirito como un protagonista absurdamente poderoso en un entorno nuevo de usar y tirar, cuyas normas aprenderemos y olvidaremos con la misma velocidad. Al final, el espectador de Sword Art Online acabará comprendiendo que estos mundos virtuales no tienen mayor importancia, sobre todo porque en todos se cumple el mismo factor y esquema argumental: Kirito conoce sus normas, Kirito usa sus espadas para salir airoso de la situación, a pesar de que el juego sea de pistolas. Y de esa forma, el protagonista se convierte en la excusa para contar la historia.

Para concluir, hay dos mini-arcos más, que podrían considerarse capítulos adicionales. El primero, el arco Caliber, es apenas una aventura clásica de fantasía con tintes de mitología nórdica, sin más. Una pequeña aventura que no añade nada y que apenas llega a ser algo entretenido. No tiene trascendencia alguna. El segundo, Mother's Rosario, al  contrario, supone ceder el protagonismo a Asuna, bastante olvidada desde la primera temporada, para legarnos una interesante reflexión sobre el uso médico de las nuevas tecnologías y sobre la oportunidad que esta tecnología supone para muchos enfermos. Podemos considerar que se trata de una historia excesivamente trágica, aunque es un defecto generalizado de toda la serie. Además, es bastante positivo que haya dos subtramas entremezcladas: una en el mundo virtual, con un grupo pequeño al que Asuna quiere ayudar para dejar su nombre en la historia del juego por un motivo que se mantiene secreto, y el otro en el mundo real, en el que se produce un enfrentamiento entre madre e hija. Sin duda, un breve arco que se perfila como lo mejor de Sword Art Online por haber sido capaz de tocar ambos terrenos: el de una historia de aventuras combinada con una erizante historia trágica y personal, tocan temas tan relevantes como la presión familiar, el reconocimiento a las raíces familiares, la necesidad de ayudar a los demás y también de encontrar un camino propio. Incluso se aprovecha de la superioridad de Kirito para dejarlo como un personaje de fondo que sabe más de lo que dice, pero que interviene en los momentos justos y necesarios.


En definitiva, Sword Art Online es un anime muy irregular. O, mejor dicho, muy desaprovechado. Nos mostraba en sus orígenes un planteamiento original que sería la base de cualquier serie de ciencia ficción, con un personaje en crecimiento que debe superar sus miedos y su incapacidad social, pero que se desarrollaba sin lograr el impacto deseado, con arcos variopintos, no todos bien cerrados, y tocando tantos temas que acaba por sentirse poco trascendente. A pesar de ello, algunos de sus arcos y capítulos logran erigirse como una opción bastante válida en el mundo de anime, capaz de emocionar y plantear una serie de temas encima de la mesa que no suelen ser tan corrientes en una historia que partía como una aventura fantástica. Se nota en todo caso que Sword Art Online es un conglomerado de ideas varias, de retazos de historias que no están bien compactadas, por lo que su valoración positiva acaba siendo más individual que conjunta. Como ha pasado en otras ocasiones, y siendo una licencia que ha logrado cierta popularidad, lo cierto es que podría tener su reboot, como ya ha sucedido con otras franquicias similares, para lograr erigirse como una serie mejor narrada, aunando todos esos retazos y puliendo sus asperezas, como la construcción de sus personajes principales o la unión entre la aventura fantástica y el tono reflexivo entre el mundo virtual y el mundo real. Pero hasta que eso pueda llegar a suceder, tan solo nos queda disfrutar de lo mejor que nos ofrece esta serie y pasar por alto sus carencias, sus excesos y sus defectos.


Para el sábado noche (XCV): Recuerdos (Stardust Memories), de Woody Allen

02 julio, 2020

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La gracia para el que la trabaja. Es lo que se desprende, entre otras muchas cosas, de la reciente autobiografía de Woody Allen (1935), A propósito de nada (A Proposs of Nothing, 2019; Alianza Editorial 2020). El humor es visto como un empeño personal que, más que trasladar, disfraza o entretiene una visión pesimista de la vida. Inamovible desde hace casi ochenta años. Un libro que, en su edición al español, aprovecho para decir, carece lamentablemente de índice onomástico.

Relaciones afectuosas y desafectas aparte, Allen acomete un sentido análisis de su carácter, allende los gustos y disgustos de propios y extraños. La risa no es una ciencia exacta (Op. Cit.), certifica con la voz de la experiencia.

Aparte de desarticular todos los intentos previos de negar la identificación con sus propios personajes-alter egos en la pantalla, y tratar de no aparentar ser un quisquilloso planetario (neurótico es un término que se me escapa), cosa que es a manos llenas, Woody Allen emerge como una personalidad de costumbres prefijadas, negado para la trascendencia, pero persona indudablemente dotada para el humor sustancioso; como se suele recordar, para la inmensa minoría. Otra de las conclusiones que entresaco del libro es que, con frecuencia, conviene separar la opinión del receptor de la del creador (en este caso, los guionistas y directores). Por la sencilla razón de que a veces no son los más indicados, por mil y un motivos, a la hora de calibrar sus propias realizaciones. Para ellos puede suponer una experiencia que nada tiene que ver con la del espectador.

Este Sagitario -algo que se nos recuerda en la película que pasaré a comentar- es enteramente humorístico, pero para nada optimista, y mucho menos espiritual. El mismo Allen destaca mi absoluta falta de curiosidad (Op. Cit.), como característica apesadumbrada. Una personalidad que roza lo hiperestésico, al modo de nuestro Juan Ramón (1881-1958), pero con la virtud de su socorrido arte de ingenio. Es el suyo un molde roto, o al menos delicado, exclusivista en su idiosincrasia, su forma de relacionarse y demás pejigueras urbanitas, maquilladas por el humor enjundioso. Una capacidad casi infinita para ironizar, lo cual es siempre bienvenido.

Por algo cada naturaleza humana es distinta, pese a los vasos comunicantes de los que nos encanta beber a sorbos. No me apetece vivir en el pasado (Op. Cit.), declara Woody Allen. Como en la analogía de los tiburones extraída de Annie Hall (Íd., 1977), el autor siempre ha mirado hacia delante, con todo lo bueno y malo que hay en eso. Jamás vuelvo a pensar en mis películas una vez hechas, ni a verlas (Op. Cit.). Le gusta más la lluvia que el sol (en eso le alabo el gusto), y se considera fundamentalmente un escritor.

Pues bien, toda esa capacidad poliédrica del existir es algo que también comprueba su personaje en la bienhallada Recuerdos (Stardust Memories, Orion-Warner Bros., 1980).


Escrita y dirigida por Allen, como viene siendo habitual a lo largo de su bien nutrida filmografía, Recuerdos es probablemente la película donde él se auto cuestiona de una forma más directa o dramática, poniendo en valor esa visión pesimista, pero al mismo tiempo, resaltando el haber del entretenimiento en medio de tal vacío. Al inicio de la película, su alter ego mira por una ventanilla y comprueba con congoja que se no se halla en el tren de los animados, sito en la vía paralela, sino en el de los siesos y deprimidos. Por supuesto que el personaje desea cambiar de vagón, pero el intento es fútil. Ha de seguir su propio recorrido vital. Destino, el vertedero de la humanidad (una visión agria y alegórica que se repetirá, con distintos escenarios, en muchas de sus puestas en escena: el infierno, el cielo, las visiones retrospectivas, el interior de cuerpo humano…).

Luego averiguamos que las imágenes pertenecen al último trabajo de Sandy Bates (Woody Allen), realizador de cine que se halla inmerso en un mar de dudas existenciales, en el que es, a lo largo de todo el relato, un estimulante juego de cajas chinas. Bates pretende un giro en su carrera porque no encuentra motivos en la comedia para seguir alegrando a un público que, según él, interactúa en un mundo desolador cuyo sentido se le escapa. No quiero hacer más películas cómicas, anuncia a los sufridos productores.

Sandy se aloja en el Hotel Stardust, en la costa, para sobrellevar un fin de semana de cine cultural. Un espacio donde se proyecta la filmografía de un autor y este la comenta. Y le ha llegado el turno (casi diríamos que “la hora”). Allen ironiza acerca de cómo es entendida la creación artística una vez es ofrecida al respetable. De tal guisa, es definido por una de las asistentes al sidral como un representante de la desesperación con un toque de Kafka. Otra le dice, a modo de cumplido, que ¡tiene usted una mente tan degenerada!...

Dicho repaso de lo que hasta ahora ha venido siendo su vida creativa se alterna con el inevitable recuerdo de otras personas y situaciones. Por ejemplo, Dorrie (Charlotte Rampling), una actriz con la que trabajó y acabó relacionándose, o ya en la dimensión del presente, Isobel (Marie-Christine Barrault), su actual pareja. A las que se añaden nuevas y fugaces amistades en las figuras de Jack (John Rothman) y, sobre todo, Daisy (Jessica Harper), una asistente a la muestra con la que filosofa a gusto (otra manera de hacer el amor para él). Las relaciones de pareja, o de forma más precisa sus complicaciones, a veces sorteadas, a veces embestidas, siempre están en un primer plano a lo largo de la filmografía del director, bifurcándose en tres para la ocasión. Como un telón de fondo final frente al escenario físico donde se desarrolla el evento, que pasa de estar muy concurrido a parecer fantasmagórico. Está todo muy muerto, ¿verdad?, se pregunta Sandy a la caída de la tarde.

Compañero inseparable de la angustia, Woody Allen nos obsequia, pese a todo, con su perspicaz ingenio y chascarrillo, tan innato e indeleble como sus dudas metafísicas; y como imperecedera y personal fue la contribución de Miguel Ángel Valdivieso (1926-1988) al prestarle la voz en español al actor.


¿Qué pretendía contar en esta película?, le preguntan al protagonista en un determinado momento del coloquio festivalero. Solo pretendía hacer gracia, contesta Sandy-Allen. Realidad y ficción se entremezclan en la esencia cinematográfica por naturaleza, pero aquí -y en otras de las obras de Allen- el cóctel adquiere visos narrativos especialmente elaborados. Así, Sandy desea ser útil haciendo reír, pero ha de enfrentarse a los directivos del estudio que quieren cambiar el final de su última película. Una situación aderezada por los rostros pintorescos, casi deformados, de las personas que lo rodean. Rasgos exóticamente retratados junto a algún que otro sueño grotesco de la infancia -contemplado como adulto-; un mecanismo por el cual Sandy se convierte en espectador y actante de la película de su propia vida. Remembranzas aleatorias donde la magia ocupa un lugar destacado; un hecho confirmado por su evanescente presencia en la citada autobiografía. Ineludible es el reencuentro con algún que otro amigo, como Jerry Abraham (Bob Maroff) o su colega de profesión Tony (Tony Roberts), con los que también evidencia la tragicomedia del existir.

Sarcasmo a raudales con el concurso del decorador Mel Bourne (1923-2003), el director de fotografía Gordon Willis (1931-2014) y el diseñador de vestuario Santo Loquasto (1944). Un desbarajuste vital del que no se libra ni la relación de Sandy con su secretaria (Louise Lasser in person), y entramado argumentativo que alcanza su paroxismo con la “ilusión” de ser asesinado por un fan.

Regresando al aspecto mágico de nuestra realidad, este no deja de constituir un engranaje más formal que de fondo. De este modo, su encuentro en la tercera fase en pleno campo resulta desvaído, mera y estéticamente felliniano, como muchos de los figurantes que van desfilando a lo largo de la trama. Pertenece solo a dicho ámbito amarcordiano porque, como ya hemos señalado, Allen no está particularmente interesado -o capacitado- en sacar partido a lo trascendente, aunque conserva el suficiente sentido del humor para incorporar la parte más vistosa y lúdica (no es lo mismo la comicidad que la parodia). Como, pese a todo, a lo mejor incluso le hace alguna gracia, acudí al “DNI” de su Carta Natal, y en efecto, todo concuerda. El señor Allen hace honor a su Carta, como nos sucede a todos, por otra parte. Y que me perdonen los no iniciados, es solo un párrafo -los escépticos me traen al fresco-. Sol, Mercurio y Júpiter en Sagitario (era de prever), poderoso ascendente en Virgo (signo de tierra), Neptuno (imaginación) en igual signo, Marte en Capricornio (organización establecida), Luna en Acuario, Saturno en Piscis (se veía venir) y Plutón en Cáncer (mal rollo trascendente), junto a tutiplén de oposiciones que ahora no hacen al caso. Ah, y Venus en Libra, ¡es evidente!, Allen solo entiende los aspectos de su vida tanto pública como privada en relación con los demás. En fin, valga este comentario, si bien esquemático, como un añadido pertinente a la sustancia de la película.


Aunque se echan en falta en el libro más anécdotas relacionadas con la filmación de muchas de sus películas, centrado como está en el follón Mia Farrow - Soon-Yi, podríamos decir que, por el contrario, Recuerdos (innecesariamente rebautizada como Recuerdos de una estrella para su edición española en DVD), está plagada de ellas, sean reales o inventadas. Es la historia, o más cabría decir, la mente, de un creador (en este caso un realizador cinematográfico), que pasa unos días en un festival típicamente atípico, y aprovecha para hacer balance de algunos jalones importantes de su vida, mientras batalla con el presente.

Creo que Woody Allen siente un especial afecto por esta película (algunas de ellas han sido vapuleadas sin demasiado orden ni concierto). De igual modo que califica de bella y mágica a La comedia sexual de una noche de verano (A Midsummer Night’s Sex Comedy, Orion-Warner Bros., 1982), cosa que me alegra, porque para mí sigue siendo una de sus creaciones favoritas. Sea como fuere, en su libro de memorias, Woody Allen se pregunta por el secreto de su éxito. La única respuesta a la que yo llego es que, como le ocurre al personaje de su película -o películas-, la gente siempre necesita un amigo, aunque sea en el mundo virtual del cinematógrafo. Y él, pese a sus altibajos netamente terrestres, lo ha venido siendo para muchos de nosotros. Woody Allen y su plétora de personajes son, pese a lo intransferible de su persona, alguien con el que poder identificarte y, tal vez, contar (¡triunfo de sus componentes sagitarianos e ímpetu marciano!).

Escrito por Javier Comino Aguilera

Este artículo se ha publicado conjuntamente en la revista electrónica cultural La Retaguardia.


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