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El factor humano, de Graham Greene, y adaptación de Otto Preminger

22 mayo, 2021

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En una buena narración ha de haber un adecuado hilo conductor. Lo más habitual es que este venga dado por el protagonista principal. Pero eso no significa que tengamos que identificarnos con él. A lo largo de la historia de la literatura, los escritores han jugado con la permeabilidad, idiosincrasia, identidad, apostura, rasgos autobiográficos y demás giros argumentales de sus protagonistas; con frecuencia, convulsionados por los acontecimientos históricos que les ha tocado vivir.

Probablemente, lo que más define al ser humano es su ambigüedad. Lo segundo, su fácil -y a veces voluntario- sometimiento a las consignas de orden ideológico, cada vez más alejadas de la reflexión ponderada y adulta, expresadas en algo más que unos pocos caracteres.

En el primer capítulo de El factor humano (The Human Factor, 1978; Argos Vergara, 1982), el estupendo autor británico Graham Greene (1904-1991), personaje que en sí mismo conjura casi tantos retruécanos y engorrosas contradicciones como nuestro Miguel de Unamuno (1864-1936), realiza el retrato de su protagonista, dentro de un ámbito que llegó a conocer muy bien: el del espionaje gubernamental. Así, Maurice Castle es descrito como una persona metódica y reservada. Está al borde de la jubilación, tiene sesenta y dos años, y con la sagacidad que proporciona la madurez, prefiere pasar desapercibido (Parte I: capítulo I). Al menos en apariencia. Es contemplado por sus jefes como un tipo opaco, preciso y escrupuloso (I: III). El perfecto funcionario. Pero ya sabemos que los demás tan solo perciben una parte de cómo somos en realidad. Tan intuitivo como franco, Maurice Castle se rige por una grata rutina incluso en el trabajo. Si me permiten la cuña, es todo un ejemplar de Escorpio con ascendente en Libra y luna en Capricornio.

Maurice es padre de familia, pero de una familia particular. Se siente muy bien con su esposa de color, y así se lo hace saber a su compañero de sección, el joven soltero Davis.

Ya tenemos esbozado al personaje. De puertas para afuera. Maurice ha regresado al entorno londinense; más aún, al escenario de su juventud, en pleno campo, donde se ubica su casa, después de haber permanecido algunos años destinado en Sudáfrica. Es allí donde ha conocido a su compañera. Un matrimonio bien avenido por sus dos integrantes, pero relegado o visto con cierto recelo por el sector social más elitista (y gubernativo). El hijo que comparten es solo de ella, aunque Maurice le dedica tiempo al chaval, como demuestra su paseo y charla con él (si bien, esta es también objeto de otro propósito por parte de Maurice, un tipo que no da puntada sin hilo; II: II). Además, poco después sabremos que Maurice es estéril y, por lo tanto, no puede tener otros hijos (III: IV).

Graham Greene
Existen otros factores. Por ejemplo, el sentido del humor, que en Graham Greene no está desprovisto de una comprensiva humanidad; un recurso encaminado a la supervivencia personal. Su personaje central no resulta cruel innecesariamente, como otros colegas, mucho menos sardónico. Es más bien inteligentemente irónico (I: III).

Más aún. Yo nací para ser un creyente a medias. Con estas palabras, Maurice Castle trata de poner de manifiesto los vasos comunicantes que se dan entre la fe ortodoxa que le ampara, a su pesar o satisfacción, y la política profesada como una religión, como ocurre con tantos autoproclamados “agnósticos” o “ateos”, que no advierten que su dependencia devota y practicante se encuentra en la política. A pesar de ello(s), él estaba para equilibrar la balanza: es visto con las cualidades conciliadoras de un Libra (III: VIII).

El problema, entonces, no estriba en disponer de una vida rutinaria o reglamentada, sino en el enfrentamiento con unas aspiraciones insatisfechas, más allá de la plenitud -con sus vaivenes- matrimonial. Y con una voluntad algo esquelética para lograr tales aspiraciones. Una vez más, al menos en apariencia. Hemos de recordar que la máscara, sustancial a todas las personas, se intensifica en el marco de los espías.

Sin salirnos de esta atmósfera, las relaciones de Maurice con su madre son cordiales pero frías; estrictamente inglesas (III: IV). La singularidad anglosajona también se alinea con los oropeles y relumbrones de determinadas ideologías totalitarias, pero con buena presencia en la prensa, en las que nada escapa a esa frialdad intrínseca en las relaciones personales. Un aspecto cardinal en El factor humano.

Sin embargo, todo esto se puede sobrellevar. ¿Cuál es el problema entonces? Pues que ha habido una filtración en la sección 6-A. La de Castle y Davis. No se sabe quién ha podido ser el responsable; ni siquiera, si esta se ha producido dentro o fuera del país (la Commonwealth). La sección 6-A equivale al MI 6, y es la responsable de las actividades del espionaje en ultramar. Responde al nombre de Agencia de Inteligencia para los Asuntos Exteriores. Lo que conlleva la injerencia en los territorios supuestamente aliados, y la atenta supervisión, por decirlo de algún modo, en los no aliados. Esplendor y vileza, en recientes palabras del fenomenal Erik Larson (1954).

Imágenes de la película
Maurice dispone, cómo no, de algunos superiores (en un orden estrictamente jerárquico, no moral). Como los responsables de la sección 6. O sir John Hargreaves, un considerado gerifalte, que asegura que nuestros compartimentos son herméticos (II: I).

Aunque se trate de mantener un rigor realista, rayano a veces, con toda intención, en lo grisáceo (lo que se traslada a la puesta en escena de la película), Maurice asegura que nunca hemos tenido mentalidad de James Bond en la sección. Esto es, los sucesos están desprovistos de todo glamour, si bien no de dignidad. Mi único coche fue un Mini Morris de segunda mano, confirma Maurice (II: I).

De la antedicha grisura da buena cuenta la velada nocturna de Maurice y Davis con el doctor Percival, sicario de la Organización: para entendernos, de los que hacen que todo parezca un accidente (II: III).

Finalmente, se desvela quién es el causante del envío de información a los soviéticos (de nuevo, de forma aparente; III: V). Y la verdadera naturaleza del espía, quimérica, sensible y descaminada (puede que comprensiblemente).

Como ya he señalado, llama la atención la continua equiparación de esta relación política (de acopio y estraperlo de la información) con la de una confesión religiosa por parte de Graham Greene. Tal parece que el autor quisiera establecer un acusado símil entre ambas entregas. Un coqueteo atractivo, pero que suele salir muy caro. La pugna -interna- se traslada al terreno africano -en exteriores-, aunque en un tiempo narrativo anterior al europeo (en forma de analepsis). Allí, Maurice presta ayudas que le pasarán facturas: somos lo que fuimos. Aunque las irá pagando cumplidamente.

En este sentido, podemos decir que tanto nuestro protagonista como el autor del libro, se nos dibujan como aspirantes a creyentes angustiados. Lo que lleva parejo un rígido sentimiento de culpa. Una brecha que trata de sellarse a través del amor físico, así como del espiritual (o ideológico).


Amor y odio son una ambivalencia cercana. Buscar a Dios desde su precario catolicismo, a su manera, sin apenas intermediarios, contando con uno mismo, en un entorno que lo repudia, o al menos le reprende, es algo de lo que pueden dar fe muchos de los protagonistas de Graham Greene. Y trayendo a la realidad este terreno de la ficción, también el religioso español que fue amigo íntimo del escritor, Leopoldo Durán (1917-2008).

Cierto es que la mayoría de novelas de espionaje comparten la crítica hacia los estamentos gubernamentales, la opacidad de la administración y la intromisión encubierta, pero en Graham Greene todo esto se encuadra en una encrucijada de adversa identidad y temperamento. Un convoluto sazonado por la propaganda del partido en el poder.

Virtud de Graham Greene es que El factor humano no resulte, pese a todo, complicada de leer. Sino densamente psicológica. Es decir, sin perder de vista la cortesía del filósofo en la claridad que solicitaba Ortega y Gasset (1883-1955). En un entarimado de sutilísima ambigüedad moral. Todo lo cual enriquece un género de fructífero recorrido. Tipos contradictorios, ni buenos ni malos. Esta es una novela que huye del maniqueísmo, pero que no atiende a razones estrictamente lógicas, sino humanas. Vidas íntimas que corren paralelas a un estado de perpetua fachada exterior, las apariencias, encaminadas, en esta ocasión, a los estragos e injerencias de un país dominante en una de sus colonias (para nada inocentes, dicho sea de paso, sino en camino de alcanzar los beneficios políticos de la metrópoli, su propia indisciplina e imagen). A tal efecto, cobran fuera la naturaleza humana y sus distintos disfraces. También una persona puede corromperse por los contravenidos sentimientos en lugar de por dinero.

Difícil distinguir en este caldo de cultivo lo bueno de lo malo, salvo para personajes muy arriesgados (en el sentido ético positivo), que los han sabido diseccionar, como es el caso de Anthony Trollope (1815-1882), el autor por el que Castle asegura tener una especial predilección (V: II). Otra excelente ironía.


En el interlineado de la novela converge la exacerbación de las ideologías, llevadas a su paroxismo, o a su inercia (sometimiento y lasitud), lo que tan solo conduce a la plena insatisfacción. Sobre todo, si dicha ideología es sustitutiva de lo trascendente y un aparente remedio del desarraigo (social, familiar…). Lo percibimos en la entrevista entre Maurice Castle y Roger Daintry, el asesor de seguridad de Asuntos Internos. Esta se produce a dos niveles, el formal y el subliminal (subyacente). También Daintry está sujeto al factor humano. En la salud y en la enfermedad. Parece otro esclavo de la infelicidad. Donde, una vez se entra, resulta dificultoso escapar. Otra escena lo confirma, cuando Castle se presta a acompañar Daintry a la boda de la hija de este último, debido a que en la profesión que ambos practican, no se tienen muchos amigos (III: VII).

En esta novela, casi nadie consigue lo que quiere, o lo que aspira. Y quienes lo hacen, es al precio de la hipocresía y la vanidad, las ocultaciones y la anestesia. A este respecto, los dos últimos capítulos son devastadores. Castle fuera de su país. Son la parte V: II y III. Parte contratante que pende de un hilo… telefónico.

En lo tocante a Graham Greene, su vida se entremezcla y hasta se confunde con su periplo vital. Sus personajes se mueven mucho, y no me refiero únicamente a kilómetros exteriores, sino interiores. Con lo que siempre supo ofrecer noveles vibrantes de fuerte hondura psicológica, en el fascinador marco de la literatura -y el cine- de género: el de los agentes secretos. Una obra que se nutre, por lo tanto, de sucesos reales, debidamente maquillados.

La adaptación cinematográfica realizada por Otto Preminger (1905-1986) es muy fiel y adecuada a la letra de Graham Greene. Tras los títulos de crédito de Saul Bass (1920-1996), que como siempre tiene la habilidad de condensar en pocas imágenes la esencia del conflicto dramático -o cómico- de una película, la grisura moral a la que hacíamos referencia parece impregnar cada plano de El factor humano (The Human Factor, MGM, 1979). Transcrita por el checo Tom Stoppard (1937), responsable de la escritura de, por ejemplo, las no menos emotivas, en confluencias históricas alambicadas, El imperio del sol (Empire of the Sun, Steven Spielberg, 1987), La Casa Rusia (The Russia House, Fred Schepisi, 1990) o Enigma (Íd., Michael Apted, 2001).

Imbuido en su rutina, también en lo que respecta a su trayecto diario, el funcionario Maurice Castle (el eficaz Nicol Williamson), aquí más joven que su homólogo literario, pone fin a una nueva jornada laboral. Posee aspiraciones, pese a que sabe disfrazarlas bien. Por ejemplo, asegura que no me interesa la política.

La suspicacia y la sospecha forman parte de dicha rutina. Un triste baile entre la desconfianza y la engañosa confianza (la Danza de la Muerte). Un día, el brigadier Tomlinson (John Gielgud) le requiere cuando ya se iba de las instalaciones donde trabaja. Se ha producido la mencionada filtración, y ha de responder ante el coronel John Daintry, del servicio de seguridad (el estupendo Richard Attenborough). Todo apunta -sin hacer diana- a un control rutinario. La forma de hacer el interrogatorio a Castle es tan educada como hábil. Los diálogos formales contradicen, o son el contrapunto, de las acciones incógnitas.

A este encuentro se suma la posterior charla con el doctor Emmanuel Percival (el impagable Robert Morley) y sir John Hargreaves (el no menos inspirado y avieso Richard Vernon, más reconocido en la televisión), que toma como punto de partida la antedicha filtración en la sección 6-A. Un embrollo que es coronado con la visita del supervisor destinado en África, Cornelius Muller (al igual que sucede en el libro; Joop Doderer), al que Castle conoce de tiempo atrás, y que se amplía con la presencia del librero, señor Halliday (Paul Curran).

Me encanta el ambiente de barrio y suburbio de toda la puesta en escena de Otto Preminger (en exteriores y, sobre todo, interiores: las viviendas de los protagonistas). Esta se nos muestra despojada, incluso desordenada, como si la cámara se hubiera abatido sobre la vida de los personajes sin previo aviso, de forma artera y sorpresiva. Nada hay de glamuroso, como antes advertía, en consonancia con el existir de estos protagonistas. Respetando la línea temporal expuesta en la novela, se evidencia por medio de un flashback el hostigamiento de Cornelius Muller, a causa de Sarah Mancosi (Iman), una chica bantú, es decir, de color. También asistimos a los determinantes encuentros con el abogado Matthew Connolly (Tony Vogel), o con Boris, el enlace ruso (Martin Benson). Después, ya tendremos ocasión de averiguar quién es el verdadero traidor (¿a su patria? ¿a su propia causa? ...).


Como pasa con los libros que Maurice lee, El factor humano sopesa las ideas reguladoras que caen sobre los hombros del individuo. Se acerca la era de la transitoriedad y la precariedad entre los vínculos y redes humanos, en un tiempo en que los avances tecnológicos van a sufrir un tremendo desarrollo. Una amarga desilusión. Que muta como los virus. Lo cual se verá confirmado tras la caída del Muro de Berlín, el nueve de noviembre de 1989, cuando se quedaron desnortadas determinadas ideologías políticas y, en compensación, otras formas de reestructurarle la vida a la gente y de sofocar la libertad individual han venido surgiendo (como ejemplo, el sometimiento de las lenguas a las arbitrarias leyes de la política en lugar de a la gramática).

Lo que queda claro es que el traidor de la novela cree cumplir con su deber (personal); que está sujeto a los condicionamientos humanos. Aunque ello signifique comprometer su situación y actuar como un encubridor. La huida que se supone es su salvación, se convierte en una condenación. Da igual que se intervengan los teléfonos o los actuales móviles, todos quedamos al arbitrio de las restricciones legislativas. Desolador, por decir algo, es el apartamento de Maurice en suelo extranjero. Como lo es su desalentadora charla con Bellamy (Frank Williams), del consulado británico. El engaño es doble. Los espías también pueden ser burlados por los espejismos ideológicos. Cuántos se caen del guindo demasiado tarde… Por eso cobra especial importancia la pregunta que Sarah le hace a Maurice cuando este se halla oculto, se supone que por un frugal espacio de tiempo. ¿Tienes algún amigo?


Escrito por Javier Comino Aguilera

El autocine (LXXXIII): La reina de África, de John Huston

12 marzo, 2021

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Rose Sayer (Katharine Kepburn) y su hermano Samuel (Robert Morley) son ingleses, de las Midlands, según comentan, y llevan diez años en el continente africano dedicados a una esforzada labor apostólica (del cristianismo protestante). En concreto, profesan el metodismo, y son tan austeros y púdicos como representan. No obstante, sienten un respeto evidente hacia los nativos. Creen en lo que están haciendo. De forma que, en la maravillosa La reina de África (The African Queen, Romulus-Horizon / Independent Films, 1951), los personajes principales resultan siempre fieles a su esencia. Una naturaleza que bascula entre lo indómito y la entrega a los demás. Son personajes puros, en este sentido.

El sector en el que se encuentran Rose y Samuel es el este del África germana, y la fecha, septiembre de 1914. Acaba de estallar la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y lo que parece un entorno tranquilo va a sufrir pronto los embates periféricos del conflicto. Esto no sucede de un día para otro, puesto que ya existe un puesto de vigilancia ante un río que los protagonistas deberán sortear, y se habla del incremento de los destacamentos militares, pero sí es cierto que en cuestión de veinticuatro horas, la vida -o la visión de la vida- de estos personajes va a cambiar sustancialmente. Van a ser desalojados e impelidos. Pero a una gran pérdida suele seguir un correspondiente hallazgo, que se encuadra en esa naturaleza humana cuya fortaleza permanecía arrinconada o adormecida, como temerosa de quedar expuesta ante los otros.

A Rose y Samuel los ha venido visitando con cierta asiduidad el propietario de un barquito llamado La Reina de África. Se trata de Charlie Allnut (un espléndido Humphrey Bogart). Él es el único contacto de los dos misioneros con el mundo exterior; es decir, con las noticias novedosas y algunos “chismes” moderadamente desenfadados. Charlie les proporciona el correo y otros utensilios y encargos, junto a esa relación con el exterior, esencial para quienes han decidido ofrecer un servicio quedando en buena medida aislados. No deja de ser mordaz, dadas estas circunstancias, que una sonada cacofonía se eleve a los cielos por parte de los indígenas durante el servicio religioso, al tratar de entonar un himno. El humor va a estar presente a lo largo de toda la película, en sus muchas facetas; aquí, la ironía es palmaria.


De este modo, el cántico sacro va a ser interrumpido de manera (in)oportuna por el más “armónico” e “insustancial” sonido del silbato de la embarcación, al acercarse Allnut al poblado. Un contrapunto que, más que romper, acompasa. Allnut es canadiense, y me he permitido señalar las distintas nacionalidades no por capricho, sino porque a través de este dato, el magnífico realizador John Huston (1906-1987) enhebra un relato poblado de sus típicos perdedores, no apátridas, cuya conducta precisamente patriótica los redefine y redime. Diríamos que son perdedores de cara a la sociedad, pero no ante sí mismos. Seres tocados, pero nunca hundidos.

Continuamente interesado en las adaptaciones cinematográficas, Huston abordó aquí la traslación de una novela de Cecil Scott Forester (1899-1966), publicada en 1935, de igual título que la película, aunque de resolución más pesimista (si bien se contemplaron ambos finales: quien no haya visto la versión cinematográfica no tendrá dificultad en averiguar a qué me refiero). De la revisión definitiva de un guión original firmado por Huston y el malogrado James Agee (1909-1955), se encargó Peter Viertel (1920-2007), siendo el conjunto llevado a buen puerto por el meritorio productor Sam Spiegel (1901-1985; aquí, bajo el sobrenombre de S. P. Eagle, que pronto abandonó). La fotografía corrió a cargo del extraordinario Jack Cardiff (1914-2009), y buena parte del elenco y equipo técnico fue inglés, debido a la asociación de Spiegel con productoras de aquel país. La fotografía de Cardiff no es meramente preciosista. Resulta material, psicológica y de tonos bien contrastados gracias al expresivo tecnicolor. Hablamos de un tiempo en que la labor de un director de fotografía dotaba de alma a una película.


La embarcación porta todo tipo de suministros, pese a su aspecto desvencijado. Parece que nada tenga que hacer frente al destructor alemán Luisa, que deambula por el Lago Albert (Uganda).

Sin embargo, como comenta Samuel a su hermana, hasta para ti tiene Dios una misión. Poco más tarde declarará la propia Rose, ante Charlie, que pocas veces he experimentado una emoción así. En efecto, la sensación de una experiencia física, y no solo espiritual, resulta novedosa para ella (aunque no sea ajena al trabajo físico en el campamento indígena). Luego vendrá el contacto íntimo con Allnut, que al fin revela su nombre de pila: Charlie. En realidad, La Reina de África es una historia de amor, que se desarrolla en la pequeñez de un transporte, pero en la inmensidad de un escenario histórico-natural. El ritmo es sostenido, y el contexto exótico. Con sus peligros, como pueda ser el ataque virulento de un cúmulo de mosquitos. Retos ante los que solo cabe la fuerza antropocéntrica de voluntad. La aventura es, por lo tanto, tan exterior como interior. Como bien muestran las imágenes de Rose y Charlie reparando la hélice y el eje de la barcaza bajo el agua, compartiendo destino. A ello se añade el esfuerzo de atravesar un tupido cañaveral, con el peligro añadido de quedar definitivamente atrapados. El empeño físico y emocional se traduce en el aspecto fatigado de los protagonistas. Este vínculo creciente ilustra una relación que se basa en el respeto mutuo y el mantenimiento de los buenos principios y modales. Ambos actores centrales están magníficos. Y la dirección de Huston, lejos de toda pretenciosidad. Sus imágenes, expuestas sin tapujos, están al servicio de la narración. Y deparan momentos tan poéticos y trascendentales como la plegaria de Rose, que da paso a un plano con (pseudo) grúa que revela al fin la salida del cañaveral, que los personajes no pueden distinguir aún. De hecho, parece cosa de la intercesión divina que la Reina de África pueda escapar de allí, mecida por una naturaleza en su expresión más amplia, a modo de fenómeno natural, o extranatural revestido de natural. Próximos al final, tanto Rose como Charlie podrán ver naufragar sus recursos, pero nunca sus esperanzas.


Samuel, Rose, Charlie… ponen pasión y convicción a la adversidad, ante unas estructuras que se desploman, en un tiempo de amargos conflictos. Pero las estructuras están para ser reformadas, reenfocadas y saneadas (no destruidas, como tanto presumen los que tienen una idea de la continuidad dañina y desbocada). Este es un pilar básico de La Reina de África, aventura filmada prioritariamente en escenarios naturales, con algunos interiores fotografiados en los Estudios Isleworth, de Londres. Acompañados por una música de Allan Gray (1902-1973), con buenos pasajes descriptivos, aunque aún deudora de las orquestaciones de la pasada década.

Del barro, las privaciones y las adversidades, emerge el perfil mítico de los protagonistas. Ella es misionera; él mecánico transportista. Dos extracciones sociales y dos culturas diferentes. Pero un único cariño. Más allá de las circunstancias colectivas. Qué más se puede pedir cuando se va de viaje por el mundo.

Escrito por Javier Comino Aguilera





Adaptaciones (XV): Miss Marple, de George Pollock con Margaret Rutherford

12 abril, 2013

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Agatha Christie
Siguiendo con nuestro especial dedicado a la figura de Agatha Christie, iniciado con el análisis de la serie Poirot (vid, ¡A ponerse series!), procedemos ahora a comentar las cuatro estupendas películas que en la década de los sesenta tuvieron como protagonista a la entrañable Margaret Rutherford en el papel de miss Marple, el otro gran personaje creado por la novelista inglesa. Continuamos inmersos en el fascinante mundo de expresiones tales como ¡¿No estará usted sugiriendo…?!, o ¿Cómo diablos lo supo? Fortunas familiares, bizcochos de té, y un pueblecito donde se leen novelas policiacas.

Las cuatro películas fueron realizadas por George Pollock para Metro Goldwyn Mayer y contaron con la música pegadiza de un estupendo compositor, Ron Goodwin.También el reparto principal fue el mismo, lo que otorga cohesión al conjunto: Margaret Rutherford como miss Marple, Charles Tingwell como el sufrido inspector Craddock, y Stringer Davis como el amigo bibliotecario, compañero y confidente de miss Marple, el Sr. Stringer (sic).

Al parecer, la propia Agatha Christie quedó contenta con el resultado, porque si bien no se trataban de unas adaptaciones en sentido estricto de sus novelas, como sí se haría años más tarde, todo el ambiente recreado, la interpretación de Rutherford y el conjunto en general, chispeante y ameno, fueron del agrado de la escritora.

Miss Marple (Margaret Rutherford)
Miss Marple al Sr. Stringer: ¿Ha leído usted alguna novela de detectives que se detenga en un solo asesinato?

Cronológicamente, El tren de las 4:50 (Murder, she said, 1961) es el primer título. Miss Marple se encuentra en el tren que parte de Paddington y la lleva a su idílico lugar de residencia, el pueblecito de Milchester. Para entretenerse durante el viaje lee la novela de detectives “La muerte tiene ventanas” (casi parece un título de Cornell Woolrich) cuando, de repente, es testigo de una escena de asesinato, en el compartimento de un tren que pasa a su lado. No puede haber error y, debido al escepticismo del inspector, inicia por su cuenta una investigación con la complicidad del bibliotecario del pueblo.

Las pesquisas la conducen hasta un curioso caserón, se diría que perdido en la nada, junto a las solitarias vías del tren. Es bonita la imagen de la entrada a la finca con el tren a sus espaldas. En dicha finca, por supuesto, anida una disfuncional familia rondando en torno a la fortuna del patriarca.

Una pléyade de personajes, mezquinos de opereta, que incluye la figura de un jardinero siniestro, pero de entre los que destaca el resuelto nieto del propietario, Alexander (Ronnie Raymond), que tiene bastante gracia. En esta casona entrará finalmente a trabajar miss Marple como cocinera.


Un buen apunte de puesta escena lo hallamos durante el encuentro final entre la investigadora y el asesino, que queda reflejado en el espejo. La clave, más que en mirar, está en observar. Por ejemplo, por medio de los faros de una bicicleta, que descubren un cuerpo en mitad de la noche. O entre las antiguas caballerizas, con sus carricoches abandonados, cubiertos de polvo los pescantes y arrumbados unos curiosos objetos egipcios, de los que ya nadie se acuerda, pero que hablan de un pasado más esplendoroso para la familia.

Entre los actores, característicos como Thorley Walters, James Robertson Justice y Joan Hickson, que curiosamente será la encarga de interpretar a miss Marple en la posterior y celebrada serie para TV de la BBC. Mención aparte hacia un actor tan relevante como Arthur Kennedy, que interpretó aquí al médico de la familia.

El tren de las 4:50
Después del funeral (Murder at the gallop, 1963) prosigue esta línea de misterio y sentido del humor que ya no abandonará el ciclo.

El arranque muestra a miss Marple como un miembro activo de la comunidad. Acude a pedir un óbolo a una decrépita mansión de Milchester (de nuevo la idea de un pasado esplendor), donde su dueño, el señor Enderby (bajo los esporádicos rasgos de Finlay Currie) cae literalmente fulminado a sus pies. Para colmo un visitante la pilla con el arma en la mano y agarra un susto morrocotudo. Muerte por un gato, certifica miss Marple ante la nueva pasividad de las autoridades.

Miss Marple con el inspector Craddock
De nuevo asistimos a un edificante desfile de personajes ácidos o abiertamente depravados, no exentos de ese elemento paródico con que Agatha Christie gustaba de adornar sus relatos. El escenario, en esta ocasión, se traslada a un coqueto hotel-escuela ecuestre en pleno campo.

Entre los momentos más divertidos, aquel en que Miss Marple cita a Agatha Christie como una de las fuentes que más conviene leer si se pretende resolver un crimen; o la lectura del testamento a los familiares, donde se nos dice que el difunto les lega toda su fortuna para que les haga lo más desgraciados posible. O ese otro en que el heredero Hector Enderby (bajo los rasgos del gran Robert Morley), asegura que es inusual que una mujer inglesa prefiera leer a montar a caballo, ¡pero es posible!

Un sarcasmo que incluso se traslada a la propia puesta en escena, cuando miss Marple, en ventajosa posición, no alcanza a ver a uno de los interlocutores de una conversación desde una ventana.

Rutherford con Robert Morley
En La señora McGinty ha muerto (Murder most foul, 1964), un bobby rural con aire furtivo recibe una cerveza al hacer la ronda nocturna, mientras al lado perece la vecina de Milchester Miss McGinty. El destino quiere que el policía descubra al falso culpable ¡con la soga en la mano y rodeado de billetes!

Los créditos se superponen a las imágenes del juicio sin que medie sonido alguno, salvo la banda sonora, logrando transmitir en todo momento el buen humor y la socarronería del relato. Y formando parte del jurado, aparece miss Marple, que lejos de quedar convencida con las pruebas circunstanciales logra, como el personaje de la obra de Reginald Rose y por agotamiento, la revisión de la causa, para desesperación (siempre amistosa) del comisario Craddock.

Junto al señor Stringer
De hecho, toda la película parece una representación teatral, en el sentido más positivo, donde realidad y ficción se entremezclan: los acontecimientos se desarrollan en el interior de una humilde compañía de teatro comandada por H. D. Cosgood (Ron Moody), en la que entrará a formar parte miss Marple como actriz de reparto y posible patrocinadora (o “angel”, como ellos lo denominan en argot).

Miss Marple va esparciendo motivos para el asesinato cometido aquí y allá, con el ánimo de atrapar al criminal, cosa que finalmente logra, tras salir ella misma indemne de varios intentos de asesinato, tan ingeniosos como el del gas de cianuro. Entre los momentos más hilarantes, aquel en que se dice en escena, puede que creas que la policía es tonta, mientras que tras el sargento de guardia se comete una fechoría.


Asesinato a bordo (Murder ahoy, 1964) fue la última película, y cuenta un episodio totalmente original. Acontece en un Centro para la reeducación de la Juventud, a cuyo Consejo pertenece miss Marple por razones de parentesco: es la sobrina-nieta del fundador. El Consejo de dicha Fundación está regido por el obispo Faulkner (interpretado con su habitual desenvoltura por Miles Malleson), pero el centro en cuestión es un escenario genial, un antiguo galeón.

Este está gobernado por el capitán Rhumstone (Lionel Jeffreys; la similitud con la palabra ron en inglés es evidente), un hombre que aún cree en el mal fario y que en determinado momento recrimina a un subordinado diciendo: ¡Prometido! ¡A una mujer! ¡Explíquese!


Buenos apuntes a retener son las estanterías de miss Marple, todas repletas de libros policiacos, o una sombra fugaz en ventana del barco, por la parte exterior; o la imagen del cadáver atravesando una estancia. Y entre los momentos más sarcásticos, está el asesinato de uno de los miembros del Consejo, lo que pone en marcha toda la investigación. O el comentario del capitán, que no puede reprimir decir ¡qué manera más hermosa de morir! al contemplar al occiso. Y por supuesto, el descubrimiento de que la joven tripulación del navío es una buena colección de Rinconetes y Cortadillos con disciplina militar, cuya hilarante complicidad provoca un baile de luces entre el barco y la costa.


Asesinato a bordo es el divertido y digno colofón de una serie de películas que ningún aficionado debería perderse.

Una imagen irrepetible: Rutherford, Sophia Loren y Charles Chaplin en el rodaje de La sra.McGinty ha muerto

Escrito por Javier C. Aguilera



Cromwell, de Ken Hughes

05 marzo, 2013

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Casi asusta comprobar como existen obras en la literatura, la pintura, el teatro o el cine (añádase lo que se quiera) que son de absoluta actualidad. Lo es un escrito de Galdós o Unamuno, la séptima sinfonía de Beethoven o la película que nos ocupa. Y a pesar de la relativa atención que suscitan los citados clásicos (con todas las excepciones que se quieran, el olvido es más que evidente en un momento donde todo resulta tan confuso como apresurado), lo cierto es que “ellos” tratan de transmitirnos un mensaje: el de evitar que tropecemos dos veces con la misma piedra.

Pero la naturaleza del ser humano es la que es, lo mismo hoy que en la Gran Bretaña del siglo XVI, en la que un labrador puritano, Oliver Cromwell (1599-1658) logró alcanzar el gobierno de Inglaterra, Escocia e Irlanda (el título era el de Lord Protector), desde 1653 hasta que falleció, según parece a causa de la malaria.

La película del mismo nombre dirigida por Ken Hughes (Columbia Pictures, 1970), nos recuerda esta porción de la historia, en la que el otro personaje del drama, más que antagonista, fue el rey Carlos I de Inglaterra, casado con una católica, Enriqueta María de Francia, lo que no le impidió batallar contra la misma Francia y España, o disolver y convocar el Parlamento según anduviera escaso de fondos.

Y aunque el film concluya con la, a su pesar, toma del poder por parte de Cromwell, lo que sucedió después de su elección podemos imaginarlo. Al fin y al cabo, también él fue un hombre, con sus aciertos y contradicciones. Ambas vertientes quedan bien ilustradas en la película, desde las justas motivaciones de Cromwell hasta la injusta resolución del juicio celebrado contra el rey (enero de 1649). Casi se diría que los dos caracteres son intercambiables, como las caras de una moneda.


El choque entre Cromwell y el monarca, un conflicto tanto de clase como religioso, llevó a los británicos a una guerra civil (sí, la tuvieron, aunque solo nos acordemos de otra). Hughes no la escamotea, si bien su visualización es casi intimista (el punto de vista del rey y el de Cromwell), como “de cámara”. No en vano, en un principio, ambos contendientes están formados por unas milicias poco más que improvisadas.

Finalmente, en la batalla de Naseby, y ya con el grado de teniente coronel, Cromwell se enfrenta y vence al ejército del rey. Pero como digo, el realizador focaliza el relato sobre la pugna moral y política, de tal modo que, por paradójico que pueda parecer, los personajes de la película están acendrados, libres de una excesiva retórica (principalmente religiosa, católica y protestante, que sí inflama los escritos de ambos), para así lograr concentrarse en los aspectos más relevantes del conflicto. Todo se muestra condensado, de tal modo que las dudas se proyectan sobre nuestro presente histórico.


Por su parte, Cromwell se nos presenta como un lúcido parlamentario con una habilidad instintiva para liderar. Y el monarca como un (in)consciente representante de su estatus, al que no se perdonará, en última instancia, su acercamiento a los católicos para alimentar una guerra civil entre británicos. En tan brillante resultado cinematográfico tiene mucho que ver tanto el inteligente guión del propio Ken Hughes, que condensa magníficamente el conflicto, como las soberbias interpretaciones de Richard Harris y Alec Guinness en los principales roles.

Hughes no fue muy pródigo a la hora de ponerse tras las cámaras, pero se le recuerda con afecto por esta gran película, por Chitty Chitty Bang Bang (1968), basada a su vez en el relato de Ian Fleming, creador de James Bond; y sobre todo por la magistral Nueva moda en el crimen (The Internecine Project, 1974).


Son grandes relatos que nos siguen conmoviendo porque en definitiva tratan del tema universal del Hombre. Da igual el tiempo que haya transcurrido o los adelantos (?) técnicos con que se adorne. Siempre será, en esencia, el mismo. Es por ello que, los referidos autores clásicos nos siguen “hablando”. En este caso, de la “restauración” de unos mecanismos que permitan la libertad de un pueblo frente a la opresión. Como muchas buenas ideas, bella en su concepción, que no en su ejecución -perdón por el chiste- práctica.

Por otro lado, la Historia y los que se afanan en escribirla, que con frecuencia no son los que pasan a ella, al menos positivamente, se empeñaron en comparar la figura de Cromwell con otras menos felices del siglo XX, pero sus motivaciones –resultados al margen- y el periodo histórico que le tocó vivir, no hacen sino alejarlo de estas. Su celo religioso es fundamental para comprender sus actos y al fin, su propia vida.


Desconozco hasta qué punto se desechó material durante la fase del montaje (más que con vistas a una duración estándar, la cinta prefirió incidir en los aspectos fundamentales de ambos personajes, como comentaba), ya que los actores de apoyo aparecen fugazmente. No obstante, también ellos merecen ser recordados: Patrick Wymark (que falleció demasiado pronto), Robert Morley (inolvidable siempre, y al que rescataremos en la siguiente entrada de Sherlock Holmes), Frank Finlay (exactamente lo mismo, y antes de convertirse en un inolvidable Porthos), Patrick Magee (antes de sus trabajos para Kubrick), Charles Grey (después de Terence Fisher y antes de James Bond), Timothy Dalton (también antes de James Bond) o Nigel Stock (al que también recordaremos como doctor Watson). ¡La historia se bifurca, se imbrica y se entrelaza hasta en el cine!

Escrito por Javier C. Aguilera
 

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