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¡A ponerse series! (XXXVI): Stranger Things 3

05 agosto, 2019

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La pandilla más famosa de Netflix vuelve para vivir una nueva aventura, aunque en esta ocasión tendrán que afrontar que están dejando atrás la infancia, que están abriéndose paso a otro tipo de relaciones y que sus vidas corren aún más peligro que en el pasado, porque la amenaza, en esta ocasión, es más personal. Volvemos al pueblo de Hawkins en la tercera temporada de Stranger Things, la simpática serie que a través de múltiples homenajes revivía el espíritu de aquellas aventuras ochenteras protagonizadas por niños. No obstante, era necesario dar un paso más: los personajes, como el reparto, necesitan crecer, y la segunda temporada (2017) había supuesto una repetición del esquema de la primera (2016), aunque explorando diversos terrenos que habían quedado anteriormente en el aire. Aunque de todo ello ya hablamos en nuestras anteriores reseñas sobre esas temporadas y ahora es el momento de centrarnos en esta nueva tanda de episodios. 

Como en anteriores ocasiones, el espectador es consciente de la amenaza que se cierne sobre el pueblo de los protagonistas mientras ellos siguen viviendo sus vidas tranquilamente, hasta que descubran la verdad. Y también como en anteriores temporadas, se seguirá empleando una historia coral con distintas líneas que acaban cruzándose al final, otorgándole espacio a cada grupo de personajes para su desarrollo propio, aunque en esto la serie ha sido algo irregular generalmente y lo sigue siendo en esta temporada, dejando entreabiertas líneas de evolución, como veremos.


Los primeros episodios de la temporada sirven para mostrar cuál es el nuevo status quo de los personajes. Y como ha sucedido en otras ocasiones, la trama comenzará de forma amena y cómica mientras se van introduciendo notas de suspense e incluso terror que irán in crescendo hasta finalizar con las escenas de acción de los últimos episodios, pero sin perder de vista que los conflictos personales de los personajes surgidos en esos primeros episodios requieren su propio desarrollo durante y tras la aventura, algo que no siempre se logra. Así, comenzaremos con observar cómo la pandilla original, compuesta por aquellos simpáticos y frikis niños ha crecido y comienzan a tener nuevos intereses. Se presta atención al romance adolescente con las parejas que ya habían surgido en la temporada anterior, Lucas (Caleb McLaughlin) y Max (Sadie Sink) por una parte, y Once (Millie Bobby Down) y Mike (Finn Wolfhard) por otra. La serie se fija con más atención en esta segunda, dado que Once prosigue con su desarrollo personal, para pasar de ser una niña asustada por el mundo exterior en el que se adentraba a tratar de descubrirlo, aunque para ello necesite separarse de Mike y encontrar nuevos horizontes, para lo que servirá Max y su particular excursión por el nuevo centro comercial de la ciudad.

Precisamente, el retrato que se hace de las turbulentas relaciones adolescentes pendula entre el cliché y la naturalidad. No en vano, estos romances servirán también para hacer que dos personajes se sientan desplazados: Dustin (Gaten Matarazzo), que encontrará su lugar en un nuevo grupo como ya comentaremos, y Will (Noah Schnapp), un personaje que sigue anclado a la infancia, a una infancia que seguramente se perdió por haberse perdido en el mundo del revés o por haber sido poseído en las dos anteriores temporadas. Protagonizará dos de las escenas más emotivos a nivel personal y que le permiten crecer como personaje, la primera es su discusión con Will, que certifica las cicatrices entre estos viejos amigos (y que deja entrever también la posible orientación sexual de Will como otro detonante de su diferencia) y la segunda, la destrucción del castillo Byers, símbolo de esa niñez que nunca iba a recuperar, obligándole a crecer. Lamentablemente, toda la evolución del personaje queda en eso, y en el resto de la temporada se convierte en un rádar humano sin mayor protagonismo.


Lo cierto es que los ahora adolescentes estarán al margen de las principales investigaciones hasta la mitad de la temporada. A partir de ese momento, con Once y Mike liderando de nuevo al grupo, tratarán de descubrir qué le sucede a Billy (Dacre Montgomery), cuyas acciones tan solo han sido conocidas hasta ese episodio por el espectador, jugando con la tensión y el suspense hasta el momento. A partir del cuarto episodio, La prueba de la sauna, se iniciará el aumento del terror dentro de las tramas, cuando los personajes sean conscientes de que están en peligro. A su vez, Once se revela como el principal arma de los protagonistas, en un tratamiento del personaje que bien podría recordar a los superhéroes actuales. Por suerte, se rompe el esquema clásico de la serie y la resolución de esta temporada no requiere de los esfuerzos mentales de nuestra protagonista, quien sufre un giro de tuerca a afrontar en el futuro de la serie. Además, protagoniza dos de las secuencias más tristes y emotivas del final de temporada, tanto por la redención de cierto personaje como por el final de una de las relaciones más entrañables de toda la serie.

Otra de las situaciones que nos encontraremos será con los jóvenes que empiezan a trabajar para intentar labrarse su futuro, aunque de forma dispar. El agresivo y macarra Billy de la segunda temporada se convierte en el socorrista más temible -para los niños- y querido -para las madres- de la piscina municipal. Por suerte, el personaje no quedará tan solo retratado desde este perfil, sino que se alzará como una figura trágica, obligado a ser una de las némesis más siniestras de la temporada. La joven pareja Nancy (Natalia Dyer) y Jonathan (Charlie Heaton) han entrado a trabajar en el periódico local, sin embargo, ella se encontrará con una situación sexista brutal dentro de la redacción, siendo relegada a ser la chica de los cafés sin más proyección ni posibilidad de crecimiento. Cuando Nancy quiera mostrar su valía frente a sus compañeros investigando el raro comportamiento de las ratas, lo que dará pie a otra de las tramas en que se divide la temporada hasta su unificación con el resto, tan solo recibirá su desprecio y sus burlas, bastante rocabomlescas, pero que sirven como crítica al seximo laboral. De nuevo, como sucedía con Will, esta trama queda cortada de manera abrupta y aunque tenga un metafórico final.


Para acabar con este grupo de personajes, tenemos a Steve Harrington (Joe Keery), que sigue con su particular evolución desde aquel matón de la primera temporada hasta convertirse en esta última de entrega de episodios en un personaje entrañable, siguiendo con el carisma que ya surgió en la segunda temporada. Si su posición de poder se ha ido devaluando, en esta ocasión lo encontraremos trabajando en una heladería, obligado a servir a clientes irritantes y observando cómo es incapaz de obtener el éxito ligando. A su lado encontraremos a la atrevida Robin (Maya Hawke), que se erige como uno de esos personajes que pasaban por allí y que se interesará por las locuras de Dustin y Steve, aunque no acabe de comprender todo lo que implica de fondo.

Sin duda, la amistad entre Steve y Robin nos permitirá disfrutar de escenas graciosas, tiernas y bastante frescas para la serie, que en ocasiones se resentía al tener una mayoría de personajes que se tomaban demasiado en serio. Eso no quiere decir que ambos no compartan una secuencia bastante íntima en el que ambos salgan enriquecidos como personajes. Además, protagonizarán una de las tramas más alocadas e inesperadas de la serie gracias a la aparición de Dustin (que se unirá a este nuevo grupo trayendo una de las tramas principales al mismo, y que proseguirá esa bonita historia de compañerismo iniciada con Steve en la temporada anterior) y la posterior incorporación de Erica (Priah Ferguson), la hermana de Lucas, quien detrás de su actitud repelente y mordaz esconde una personalidad más entrañable e inteligente de lo que quiere revelar tras su coraza. Los cuatro tratarán de averiguar la realidad tras una críptica transmisión de radio en ruso y se adentrarán, sin ser conscientes de ello, en la boca del lobo.


Por último, tendremos a unos adultos desubicados. Aunque poco relevante en el panorama global, el personaje de Karen Wheeler (Cara Buono) representa bastante bien la situación en que se encuentran estos adultos: hastiados de sus vidas, pero irremediablemente atados a las mismas. Además, Karen sirve también para volver a mostrar a esa parte de la sociedad que vive desconectada de los sucesos reales que ocurren a su alrededor, pero que no dejan de ser parte vital de quienes sí están implicados, como veremos en su breve encuentro con Nancy, en que la apoyará a seguir adelante. Por su parte, Jim Hopper (David Harbour) no sabe afrontar la adolescencia de su nueva hija y es incapaz de aplicar los consejos más modernos y educativos que le da Joyce (Winona Ryder) frente a su irracional brutalidad, lo que provocará algunos malentendidos entre, por ejemplo, Once y Mike.

A su vez, Joyce se siente superada por los recuerdos del pasado, sobre todo por la pérdida de Bob (Sean Astin). Sin embargo, demostrando su suspicacia habitual, acrecentada por las vivencias anteriores, será la primera en percibir que está sucediendo algo extraño a partir de la observación de unos imanes que han perdido su magnetismo. En cierta forma, el misterio llama a este personaje a sentirse realizada y distraerse de los miedos que la acechan entre sus recuerdos. A pesar de las reticencias de Hopper, lo convencerá para investigar el asunto. Y así volveremos a tener la buena química entre ambos personajes, cuya relación no ha llegado a fructificar aunque en esta temporada lleguen a estar más cercanos que anteriormente.


Gracias también a este dúo se mostrará el desarrollo social de Hawkins, que solía ser obviado en anteriores entregas. Por ejemplo, la presencia del alcalde, Larry Kline (Cary Elwes), sirve para retratar el lado más nefasto de la política, en el que se anteponen los intereses personales al bien común, y se distrae a la población con fiestas y fuegos artificiales para mantenerlos contentos y provocar una reelección.  Así, veremos cómo se ha impuesto un capitalismo salvaje, pero habitual de Estados Unidos, con la incorporación de un centro comercial que ha arrasado con los pequeños negocios locales y que será capital para la trama, escondiendo no solo una historia especulación y corrupción política, sino también una base secreta de operaciones en la que se intenta abrir la brecha con otra dimensión que Once logró cerrar al final de la anterior temporada.

Precisamente, detrás de esta fachada realista de capitalismo, centrado en el centro comercial, se encuentra uno de los dos villanos de la temporada: los rusos, que siguen la estela de todas aquellas películas que los situaban como enemigos dentro del contexto de la guerra fría. Con su aparición encontramos estereotipos que se han empleado tanto el retrato de los rusos como de los nazis en las obras de ficción, tales como las bases secretas con tratamientos científicos al límite entre ciencia y magia, la carencia de escrúpulos (por ejemplo, para interrogar), el movimiento militar rígido y cruel, la presencia de algún personaje arrepentido, que demuestra tener buen fondo, en este caso, el carismático y entrañable Alexei (Alec Utgoff), o algunas otras características que ya hemos visto en películas de esta índole, como la regla de los dos hombres para activar algún artilugio científico o el soldado de élite que persigue a los protagonistas mostrando gran fuerza bruta y una persistencia inusual, en este caso con el personaje de Grigory (Andrey Ivchenko) que nos recordará en algunas secuencias a la frialdad de las máquinas asesinas de la saga Terminator. Incluso se incluye al estadounidense paranoico, Murray Bauman (Brett Gelman) que ya conocimos en la temporada anterior, pero que en esta ocasión se implicará mucho más en la aventura. Curiosamente, mantiene su rol como consejero matrimonial, que en Stranger Things 2 sirvió a Nancy y Jonathan mientras que en esta ocasión será para Joyce Byers y Jim Hopper. Por último, cabe destacar la capacidad de los guionistas para reírse a su vez de estos clichés y provocar que se sientan más naturales de lo que cabría esperar.


El otro y principal villano de la temporada será el Devoramentes (Mind Flayer). Como en anteriores ocasiones, no hay explicación alguna a los monstruos a los que nuestros protagonistas se enfrentan. Proceden de una dimensión paralela, pero su origen es desconocido y su naturaleza es descubierta según los propios personajes elucubran sobre sus características para enfrentarse a este ser, aunque ya conocían algunas por haberlo enfrentado en la anterior entrega. Precisamente, lo vimos como una figura amenazante en el final de la segunda temporada, como un adelanto de estos episodios. En esta ocasión, el enfoque que se le otorga es otro habitual en el género del terror de ciencia ficción: la mente colmena a través de parásitos.

En efecto, el Devoramentes irá extendiendo su poder a través de parásitos que irán ocupando los cuerpos de los habitantes de Hawkins, dominando sus conciencias. Sin duda, toda esta trama de dobles poseídos nos recuerda a clásicos como La invasión de los ultracuerpos (Philip Kaufman, 1978; que era un remake de La invasión de los ladrones de cuerpos [1956], de Donald Siegel) o La Cosa (John Carpenter, 1982), aunque con elementos visuales propios de otras películas, por ejemplo, las transformaciones de los humanos en los seres monstruosos -y viscosos- nos recuerda a la que pudimos contemplar en La mosca (David Cronenberg, 1986; también remake de la original de 1958 dirigida por Kurt Neumann), así como la forma de atacar del Devoramentes nos retrotrae a la forma de actuar de la cría xenomorfa de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979).


Pero, además, esta imitación u homenaje a títulos ya clásicos de nuestro cine no se detiene en el Devoramentes, sino que está muy presente en toda la estética de la temporada, como ya sucedió con las anteriores entregas. Así, tenemos el evidente reflejo de Aquel excitante curso (Amy Heckerling, 1982) en el ambiente del centro comercial, en el vestuario de Steve y Robin en la heladería o en las escenas más provocativas de la piscina pública, con Billy siendo observado e intentando ser conquistado por las mujeres del barrio. A su vez, la actitud de este personaje en el tercer episodio nos recordará al descenso a la locura de Jack Torrance (Jack Nicholson) en El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). También hay referencias visuales a Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993), por ejemplo, en el laboratorio de los rusos o en la persecución del Devoramentes a través de las tiendas del centro comercial en el octavo y último episodio de la temporada, que recuerda a la mítica secuencia en la que los niños se escondían de los Velociraptors en la cocina.

También habrá referencias cinematográficas directas, gracias, por ejemplo, al cine del centro comercial, donde proyectarán en el primer episodio El día de los muertos (George A. Romero, 1985), cuyo ambiente opresivo imita, y en el séptimo episodio Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985), cuyo espíritu juvenil replica y que aparece como evento generacional, incluso con un personaje tratando de explicar su argumento. Y, por supuesto, La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984), más bien por el popular tema de su banda sonora The NeverEnding Story, de Limahl, que si bien corta radicalmente la tensión del episodio, se ha convertido en una de las escenas más icónicas de la temporada, sobre todo por ser un giro tan repentino, inesperado y gracioso. Estas son solo algunas de las referencias que podemos encontrar de manera evidente, sin mencionar múltiples pósters u objetos promocionales que se pueden ver a lo largo de los episodios y que continúa una tendencia que siempre ha estado presente en esta serie.


Obviamente, Stranger Things siempre ha bebido de las referencias ochenteras, aunque en esta también encontraremos algunas noventeras, y no escapa de los clichés de esas épocas. Pero, por suerte, sabe otorgarle a cada trama y también a cada uno de sus personajes una entidad personal que va más allá de la referencia a la que podría imitar. Es más, no es necesario conocer esas referencias que hay para disfrutar de la serie, sino que son un complemento más para el cinéfilo sin dejar de prestar atención al desarrollo propio de la serie. Así, esta tercera temporada no solo logra mantener la conexión y el espíritu de las dos anteriores temporadas, sino que también avanza significativamente, desligándose del esquema que se había repetido en aquellas y explorando nuevas circunstancias que sirven para el crecimiento de sus personajes. Además, logra tener mayor redondez al entrelazar hechos que parecían puntuales durante los primeros episodios, como el intento de discurso de Hopper o la supuesta novia de Dustin, con el final. Eso no quiere decir que sea perfecta, ya que por su carácter coral no logra siempre darle el suficiente espacio a todos sus personajes, dejando su desarrollo pausado o en el aire, como sucede, por ejemplo, con Nancy, Jonathan o Will. Incluso algunos cambios están más orientados a una futura cuarta temporada, como aquel episodio tan criticado de la segunda temporada que no ha tenido repercusión alguna en esta nueva tanda.

En definitiva, Stranger Things 3 ha logrado crear un espíritu propio que atrae cada vez a más seguidores gracias a haberse alimentado no solo de lo mejor de las películas ochenteras, sino también del panorama actual, logrando dar cabida a la diversidad, a la reivindicación feminista y a una aventura que se siente más madura y que ha ido creciendo en consonancia con sus protagonistas.



¡A ponerse series! (XXX): Stranger Things 2

15 noviembre, 2017

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El éxito de la primera temporada de Stranger Things, debido a múltiples factores que ya comentamos en su momento, le dio el impulso necesario para una segunda temporada e incluso para pensar en un futuro más amplio para la serie, como demuestran sus creadores al idear ya hasta una cuarta temporada. No obstante, no siempre los retornos son tan brillantes como el primer viaje, y quizás se han perdido tanto el factor sorpresa como el poder de la nostalgia, lo que al final ha provocado que el espectador se mantenga más crítico con esta segunda temporada que hoy analizamos.

Los hermanos Duffer, creadores y directores de la serie, prosiguieron en esta temporada explorando las posibilidades que proporcionaba el otro lado y también cómo habían quedado afectados los personajes tras las experiencias del año anterior. En un principio, todo parece haber vuelto a la tranquilidad, el primer episodio nos transmite esa sensación, pero en el fondo todos los personajes arrastran tras de sí las cicatrices del pasado. Y quien más lo va a revelar de forma física será Will, que tiene aún visiones del lugar en el que se perdió, visiones que los médicos adjudican a un síndrome post-traumático a pesar de que quizá se trata de un aviso de un peligro mayor.

La pandilla parece haber regresado a sus hábitos más frikis, típicos de la época, como es el mundo de las recreativas, las clases de ciencias, el club de imagen y sonido y los disfraces de Halloween, incluso aunque ya se vislumbra que la adolescencia está llegando. No obstante, no solo el pasado sigue estando presente, en el caso de Mike con la ausencia siempre presente de Once, sino también el inminente presente: la aparición de un nuevo personaje, Max, una nueva integrante femenina con quien cada uno de los chicos tendrá sus más y sus menos, pero que creará una brecha gracias a los primeros escarceos amorosos de la adolescencia, tema que estará bastante presente en la temporada conforme esta se acerque a su fin.


Esta sensación de regreso a la normalidad también se siente en casa de los Byers, donde Joyce cuenta con nueva pareja, Bob, con el que parece idear un futuro más idílico y tranquilo, incluso alejado de Hawkins. Ahora bien, en todo momento sentiremos que la madre de Will sigue ligada y afectada por la desaparición de su hijo y por todo lo que vivió, resultando imposible tanto romper los vínculos con el pueblo como con el laboratorio secreto en el que siguen vigilando de forma constante la evolución de su hijo. De nuevo, Winona Ryder ejecutará su rol de madre sufrida con gran entereza, aunque el personaje vaya requiriendo ya cierta evolución.

Por su parte, Nancy y Steve prosiguen con su relación amorosa con aparente cotidianidad, con la presencia siempre algo apartada de Jonathan. Este triángulo tiene heridas con nombre de amiga, la fallecida Barbara, cuya muerte sigue dando juego narrativo en esta segunda temporada, y muros de falta de iniciativa y confianza. Y por último, Hopper trata de imponer y mantener la seguridad de la rutina en que cada uno de los demás personajes se halla; sin embargo, le resultará realmente imposible, no en vano mantiene en secreto a Once intentando ver en ella a una hija, casi una sustituta de aquella que perdió, mientras que sigue acompañando a la familia Byers a las revisiones en el laboratorio secreto. En gran medida, su idealismo es bastante candente y la realidad volverá a golpearle. Al final, en gran medida, será él quien deba ser salvado.


Ahora bien, el nivel de la temporada ha sido irregular, por varias cuestiones dispares. Por una parte, el mundo más fantástico de la serie se expande con una invasión que tiene un gran tono terrorífico, incluyendo algunos conceptos interesantes con el personaje de Will. Por ejemplo, el juego del doble espionaje, la forma en que lo interrogan o la solución a su posesión, que tiene tintes de exorcismo. Este aspecto acaba siendo un homenaje a las cintas de terror en torno a poseídos por el demonio o abducidos; no faltarán los guiños cinematográficos, y en este orden, a Encuentros en la Tercera Fase (Steven Spielberg, 1977), La invasión de los ultracuerpos (Philip Kaufman, 1978) o El exorcista (William Friedkin, 1973). No obstante, puede ofrecer cierta fatiga para el espectador que se repita el esquema, no de forma idéntica, pero sí formal: la desaparición de Will centra toda la acción y movía la primera temporada como ahora mueve la segunda su posesión, lo que en cierto sentido no permite que el personaje evolucione, de la misma forma que encasilla a otros, como es el caso de Joyce.

Lo mismo sucede con el dúo de Jonathan y Nancy, cuya trama tiene sentido para un aspecto imprescindible del final, al cerrar un hueco dejado en la primera temporada, pero no nos ofrece un avance significativo. Al revés, al encontrarnos con un retroceso en su relación al inicio, deudor de la anterior, en esta segunda temporada tan solo se vuelve a confirmar su conexión. Quien sale favorecido de esta situación es Steve, aquel chulo de buen corazón que seguirá profundizando en su vena más honorable y honesta, saliendo enriquecido además en su vis cómica gracias a su inesperada amistad con la pandilla, especialmente Dustin.


También pierde protagonismo Mike, cuya historia estará supeditada principalmente a la de Will y a las alusiones a Once, a favor de sus compañeros, que tendrán tramas propias y de quienes por fin conoceremos a sus familias. Dustin nos recordará el peligro de ciertas mascotas, al más puro estilo Gremlins (Joe Dante, 1984) aunque sin advertencias previas, mientras que Lucas será el puente por el que se introduzca a Max, nuevo personaje femenino que enriquece el espectro del grupo protagonista con cierta toque rebelde. Esta última será una de las nuevas incorporaciones, junto a un hermano bastante agresivo, un rebelde sin causa, pero que traen de fondo una historia en torno al maltrato y las presiones familiares, que queda pendiente para la siguiente temporada. Finalmente, entre Dustin, Lucas y Max tratan de componer un triángulo amoroso de resultado más que evidente. En general, las tramas amorosas serán bastante endebles.

Curiosamente, el personaje de Once representa a la perfección la irregularidad de la temporada antes mencionada, incluso con un inicio algo inconsistente para justificar su aparición. Por una parte, su relación con Hopper es de lo mejor de la temporada, logrando que sea una de las que mejor crezca en pantalla y permita también al sheriff mostrar más facetas sin perder su fondo esencial en torno al tema de la paternidad perdida, aquí tratando de crear un nuevo vínculo como el perdido. Pero por otra, aunque la intención de que Once ahonde en su trágico pasado nos pueda resultar acertada, toda su trama queda muy distanciada de las demás, especialmente con el vilipendiado capítulo siete, La hermana perdida, que supone un paréntesis más orientado a una tercera temporada que a la conclusión de esta.


Un problema que no procede tanto del contenido de esta subtrama, que vendría a incorporar la idea de más niños con poderes gracias a la aparición de Kali, lo cual resulta lógico, sino de la forma en que se incorporó, primero con un capítulo que frena todas las demás historias, cuando podría haberse podido incorporar fragmentadamente como se había hecho hasta el momento con todos los personajes, y después con un tono que se aleja bastante del ambiente de Stranger Things, lo que unido a lo antes mencionada provoca un contraste muy abrupto. Por cierto, no han faltado las menciones a las semejanzas con Star Wars, en concreto el entrenamiento con Yoda en El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980), en la forma en que Once se entrena con Kali, aunque también cabría mencionar la similitud con X-Men: primera generación (Matthew Vaughn, 2011) en la relación entre Magneto y Xavier.

En resumen, este problema de montaje también se nota en la forma en que sentimos desconectados a todos los personajes durante la temporada. Aunque al final todos coincidan juntos, no sentimos la redondez que hacía que sus caminos se entrelazaran en la primera temporada; es más, la conclusión del penúltimo capítulo y gran parte del último se convierte en un deus ex machina. Esta cuestión unida a la sensación de repetición y a la ausencia del factor sorpresa nos ha ofrecido mayor sensación de decepción. Sin embargo, y sin duda alguna, se consolida su carisma. En general, la introducción de nuevos personajes enriquecen, como Max o Bob (Sean Astin), representante de los primeros frikis y con algún homenaje a Los Goonies (Richard Donner, 1985), además de algunos personajes de fondo que sirven para apuntalar a los principales, como la madre de Dustin o la hermana de Lucas. No faltan sus característicos homenajes al pasado más ochentero, marca de los Duffer, pero han orientado demasiado la temporada hacia el futuro, tanto que quizás se han olvidado que había un presente que cuidar. 



Escrito por Luis J. del Castillo

Próximamente: Galáctica, estrella de combate




¡A ponerse series! (XXVII): Stranger Things

26 marzo, 2017

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Esta reseña comenta detalles de la trama de la primera temporada (spoilers no resolutivos)

Juventud, aventuras, ciencia ficción, cuentos audiovisuales, un mundo que explorar, creaciones inolvidables y una infancia que se acercaba a un punto culminante de no retorno. Esa fue una de las grandes explosiones que se dieron en los años ochenta del siglo pasado y cuyas consecuencias aún nos alcanzan. Consecuencias que se basan en la nostalgia de la magia de ese tiempo, que está siendo rentable dado que se crearon entonces modelos que ahora pueden ser reutilizados, revisados, recreados o resucitados.

Resulta obvio comentar que hay un abismo entre la empresa que quiere el máximo rendimiento económico y los actuales directores que fueron niños o jóvenes en aquellos años y que quieren ofrecer su tributo a las aventuras que les encandilaron.

Aunque ambas tendencias pueden coincidir, no siempre acaba por salir bien, sobre todo con reelaboraciones que no terminan de convencer ni a público ni a crítica. Por el contrario, algunas obras logran brillar y cautivar, como ha sido el caso del éxito de Netflix auspiciado por los directores y guionistas mellizos Matt y Ross Duffer (1984), la serie Stranger Things (2016-).


Como sucedía con Super 8 (J. J. Abrams, 2011), la serie nos ofrece una historia original que bebe de aquellas aventuras de antaño, aunque su elaboración sea mayor en este caso permitiéndose un mayor número de referencias, cruces argumentales y hasta diferentes estilos narrativos. Adentrándonos en la anodina población de Hawkins, el inicio de la serie lo marca la desaparición de Will Byers (Noah Schnapp) cuando volvía a casa tras pasar el día jugando una partida de rol de Dragones y Mazmorras con sus amigos. A partir de ahí, todos los personajes, agrupados en líneas paralelas que acabarán por cruzarse, tratan de investigar y encontrar a Will, acercándose cada vez más a un peligroso misterio guardado por el gobierno. A su vez, en el pueblo aparece una peculiar niña con extrañas y sobrecogedoras habilidades.

La serie avanza a través de líneas cruzadas, separando a los protagonistas en grupúsculos que abordan diferentes problemas relacionados tanto con su manera de afrontar la situación como de solucionarla, además de plantear sus diferentes conflictos personales. Todos acabarán avanzando hacia un mismo destino, hasta que sus caminos se entrecrucen en los últimos episodios y se resuelva la trama principal. De esta forma, estamos ante continuos cliffhanger, incluso en el capítulo final, que como es costumbre en las series actuales, tratan de fidelizar al espectador. No obstante, la calidad de la obra va más allá de este recurso y tiene que ver con su manera de contar la historia y de dar credibilidad a sus personajes.


Para empezar, no estamos ante una serie genuinamente original, todo lo contrario: sabe que está reciclando ideas que homenajea de una época concreta, tanto que hasta en lugar de basar la historia en la época actual, como hace La La Land (Damien Chazelle, 2016) en su homenaje a los musicales clásicos, lo ambienta en los años ochenta. A pesar de ello, consigue sentirse nuevo, transmitiendo esa mezcla de emociones y conexión que las obras de las que se alimenta, sin que, además, ninguna acabe por sobreponerse a las demás.

Para ello, podemos echar un vistazo a los distintos grupúsculos-trama que desarrolla. En primer lugar, la pandilla de niños frikis: les gusta la ciencia, quieren montar una radio en el colegio, pasan las tardes enteras jugando partidas de rol de Dragones y mazmorras, se pasean en bicicletas por el pueblo y hasta sufren abusos de los niños populares. Son la herencia de los niños que protagonizaron Los Goonies (Richard Donner, 1985), Exploradores (Joe Dante, 1985), Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986) o E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), entre otros, con una amistad consolidada, pero también abierta al conflicto, con roles que se acercan al cliché. Nuestra principal atención se centra en Mike Wheeler (Finn Wolfhard), quien comparte mayor tiempo con Once y que establece con ella el lazo más fuerte, al estilo de la amistad entre Elliot y ET en un principio, tratando de enseñarle su mundo, y acabando por un acercamiento al romanticismo pueril o al primer contacto amoroso e inocente.


Menor desarrollo cuentan sus compañeros: Lucas Sinclair (Caleb McLaughlin) es su mejor amigo y, a la vez, quien más le debate, casi una especie de rival en las disputas donde divergen en actitud, aunque su amistad suela prevalecer a pesar de las circunstancias, y Dustin Henderson (Gaten Matarazzo), más bonachón, similar a Gordi de Los Goonies, que suele aportar la nota más humorística al grupo mientras trata de mantenerlo unido. Como es obvio, el personaje de Will apenas cuenta con presencia en pantalla, lo que no impide que lo conozcamos precisamente por la huella que ha dejado en los demás. Un chico indeciso pero valiente, por el que sus amigos se atreven a arriesgarse, que cuenta con una sensibilidad que, aparte de haberle convertido en blanco de burlas, incluso de rechazo por parte de su padre, le otorga cierta madurez precoz. Con todo, cabe mencionar el hecho de que su trama suele avanzar de una forma extremadamente lenta, con ciertas situaciones que pueden provocar cierto hastío en el espectador entre los capítulos intermedios frente a las tramas de los adultos.

Íntimamente relacionado con ellos, encontramos a Once (Millie Bobby Brown), la joven que gracias a este grupo de amigos encuentra su lugar en el mundo. Víctima de experimentos científicos gubernamentales por parte del doctor Martin Brenner (Matthew Modine), quien dice ser su padre, en el camino de la serie conocerá tanto un mundo que le había sido prohibido como el amor y el cariño real por el que no temerá luchar para protegerlo. De manera significativa encontramos la diferencia radical entre la distancia que el doctor establece en los experimentos y en el uso de sus poderes, que veremos en flashbacks, con el trato maternal que le otorgará Joyce (Winona Ryder), la madre de Will. Sobre todo porque en un lado observamos cómo ignoran sus emociones por considerarla una cobaya o, peor, un arma, mientras que en el otro no solo hallará agradecimiento, sino también afecto y calor humano. Todo ello irá provocando un cambio lento en el personaje desde su primera aparición más bestial e individualista, tratando siempre de salvarse, hasta el control racional que ejercerá sobre sus poderes para proteger a quienes quiere.


Por otra parte, y subiendo en edad, tenemos la trama de calado más adolescente, protagonizada por los hermanos mayores de Will y Mike, Jonathan (Charlie Heaton) y Nancy (Natalia Dyer) respectivamente, junto a la pandilla más macarra encabezada por Steve Harrington (Joe Keery) y la mejor amiga de Nancy, Barbara Holland (Shannon Purser). Este conjunto entremezcla las historias románticas al estilo de Grease (Randal Kleiser, 1978) o incluso West Side Story (Robert Wise, 1961), aunque sin música, con el slasher, sobre todo conforme avance la trama con la desaparición de más personas. Como su hermano menor, Jonathan es un inadaptado, aficionado a la fotografía, sobre el que pesa cierta incapacidad social debido a su carácter retraído. Junto a estos rasgos, una acción casual y desafortunada lo pondrá en la mira de Steve, quien comenzará una rivalidad que irá in crescendo cuando su supuesta novia comience a acercarse a él. No obstante, a pesar de caer en clichés obvios, el tramo final ofrecerá un ligero giro de tuerca, mostrando que el fondo, Steve es más honesto de lo que aparentaba. De la misma forma que Nancy mostrará arrojo y Jonathan se sobrepondrá a su timidez para ejercer de líder.

Como se ha podido deducir, la serie pendula entre dos familias principales: los Wheeler y los Byers. Los primeros arrojan una imagen de perfección a la norteamericana, pero la serie muestra siempre sus fisuras, mientras que a los segundos se les muestra como una familia desestructurada, con un padre ausente y desinteresado en sus hijos, una madre excesivamente ocupada por su trabajo y la tragedia de la desaparición del hijo menor, Will. Estas diferencias se remarcan incluso visualmente, siendo lo más evidente el aspecto desigual de sus hogares: la casa de los Wheeler parece sacada del vecindario de Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990) mientras que la casa de los Byers casi parece un hogar prefabricado, desordenado y alejado del resto de civilización, al situarse en las lindes de un tenebroso bosque.


Pero van mas allá. Resulta evidente el rol protagonista de Joyce como madre coraje que trata de nadar contracorriente para rescatar a su hijo. Además, por lo que nos dejan ver los flashbacks, existía una relación maternofilial estrecha, con confidencias. Ella conocía y se interesaba por sus gustos y por todo lo que hacía su hijo. Por contra, Karen Wheeler (Cara Buono) no consigue crear un auténtico vínculo con sus hijos, incluso aunque se remarca en los diálogos hasta en tres ocasiones su intención de que la vean como alguien en quien confiar. Sin embargo, ni Nancy ni Mike compartirán esta aventura con ella, quedándose siempre al margen. De la misma forma, su marido será un personaje apartado, un retrato satírico sobre el habitual padre de familia que ni se interesa por la familia ni por el hogar. En definitiva, la perfección idílica de los Wheeler acaba por resultar tanto fría como irreal frente al sentimiento y la cofraternidad de los Byers, sin que por ello los personajes sean negativos o positivos, sino, simplemente, más auténticos.

Por último, pero no menos importante, el jefe de policía del pueblo, Jim Hopper (David Harbour), presentado como un hombre de costumbres y comportamiento censurables, pero que demuestra siempre ser honesto y preocuparse de verdad por el caso, hasta llegar al fondo de la cuestión. La serie nos lo irá dando a conocer no solo de forma directa, sino también a través de los comentarios externos, mostrándonos que detrás de ese muro antipático, se encuentra un alma resquebrajada, como acabarán por mostrarnos en la recta final de la temporada en una comparativa entre la situación que vive en el presente con el hecho traumático que vivió en el pasado. A su vez, representa a las fuerzas del orden en carácter positivo, aquellas que buscan la justicia y el lado humano, sin dejarse cortar en su empeño por innecesaria burocracia o cortapisas a su libertad para investigar.


Como hemos podido ver, Stranger Things combina elementos de la ciencia ficción y el terror manteniendo cierta mística misteriosa en torno a ambas fuentes, característica que nos recuerda al Spielberg de los cuentos que fueron E.T. o Encuentros en la Tercera Fase (1977). Lo paranormal es abordado con dos personajes antítesis, aunque en realidad ambos sean letales: Once y el monstruo de apariencia extraterrestre, llamado Demogorgon por los protagonistas, cuyo origen es desconocido. A través de ambos encontramos guiños que van desde la ya mencionada E.T. (como el disfraz con que los niños visten a Once) hasta Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), con la morfología del monstruo. Es tal el cúmulo que podemos citar la semejanza con imágenes de Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), con algunas secuencias sobre los sucesos paranormales, como el contacto a través de las paredes, Carrie (Brian de Palma, 1976) u Ojos de fuego (Mark L. Lester, 1984), especialmente por los poderes de Once, La cosa (John Carpenter, 1982) o hasta Tiburón (Steven Spielberg, 1975), estos dos últimos por los rasgos del monstruo, incluyendo la atracción que le suscita la sangre, o la sensación de peligro que crea a su alrededor, aún cuando no es visible para el espectador o para los personajes. Como curiosidad, algunas de estas películas mencionadas aparecen reflejadas como pósters dentro de la escenografía de la serie, en un evidente guiño no solo temporal, por el desarrollo cronológico de la serie, sino también como homenaje creativo.

Toda esta herencia de la estética ochentera llega también a la música, obra de la banda electrónica Survive, compuesta por Kyle Dixon y Michael Stein. Entre ellos, es de agradecer la recuperación del sintetizador, presente desde la introducción de los créditos, así como el uso de canciones de la época o justo anteriores, con grupos como The Clash (1976-1986), The Seeds (1965-1972), David Bowie (1947-2016), Foreigner (1976-), Tangerine Dream (1967-), Vangelis (1943-) o hasta Dolly Parton (1946-), sin olvidar la reutilización de temas clásicos de Johan Sebastian Bach (1685-1750) o Johannes Brahms (1833-1897). Cabe mencionar que uno de sus elementos más pobres reside en un doblaje muy irregular, que nos hace preferir y recomendar la versión original.


En conclusión, la serie nos lanza a los ochenta con un gran carisma y ofreciéndonos una historia a la que engancharse sintiendo que revivimos algunos clásicos, pero sin perder la sensación de novedad. Algunos de sus elementos toman una entidad propia que les separa del simple homenaje y que, en su conjunto, nos ha dejado una serie ligera con la que disfrutar. Solo cabe esperar que la segunda temporada mantenga o hasta supere el nivel de esta primera.

Segunda temporada reseñada


Escrito por Luis J. del Castillo

Próximamente: Lou Grant





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