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El hombre vestido de blanco, de Alexander MacKendrick

06 diciembre, 2016

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Aún de forma bien intencionada, el perjuicio que han hecho y siguen haciendo todos los volúmenes “top-ten” es incalculable. La manía de constreñir la historia del cine, en el caso que nos ocupa, en función de “las mejores películas de tal género” o “las favoritas de fulano” hacen que el incipiente aficionado se encuentre con que existe todo un iceberg cinematográfico cuya base es tan colosal como desconocida. Ello no obsta para que cada uno de nosotros atesore su propia memoria cinéfila.

Al mencionar a la compañía cinematográfica británica Ealing muchos adjetivos se nos vienen a la mente: profesionalidad, modestia, personalidad, inventiva, excentricidad, espíritu innovador. La empresa sostenida por Michael Balcon (1896-1977) pronto se hizo célebre gracias a que sus películas de corte realista conectaban bien con las clases más populares.

Aunque fuera este un realismo pasado por el filtro de lo fabulesco y lo cómico, tan positivista como idealista, al menos en lo que a las comedias, ciertos melodramas y películas de aventuras se refiere, puesto que la producción se completaba con relatos de raigambre bélica y policíaca.

El hombre vestido de blanco (The man in the white suit, General Films-Rank, 1951), producida por Balcon y escrita por el realizador Alexander MacKendrick (1912-1993), John Dighton (1909-1989) y Roger McDougall (1910-1993), según una pieza teatral de este último, es justamente una de sus comedias más empíricas y reflexivas.


Humeantes fábricas y máquinas son la antesala de un paisaje tan externo como interno; concretamente, el de la fábrica textil en la que trabaja Sydney Stratton (Alec Guinness). Pero no lo hace en uno de sus laboratorios, como a él tanto le gustaría, sino como encargado del material, primero, y empleado de almacén después. Claro que esto no ha sido impedimento para que se haya colado de rondón en uno de estos laboratorios y haya instalado allí un artefacto que dificultosamente (los éxitos de los personajes Ealing suelen ser trabajosos) se revelará revolucionario.

En realidad, Stratton es un ingeniero experimental de profesión e inspiración, todo un emprendedor autónomo al que mandamases y el resto de empleados apenas conocen. En efecto, Stratton es apenas visible en la empresa, mucho antes de confeccionar su sorprendente invento: un resplandeciente y duradero tejido, cortesía de los efectos especiales de Sydney Person (-) y Geoffrey Dickinson (1892-1955), que además nunca se ensucia.


Un visionario y concienzudo trabajador que, como otros en su estilo, recibe ayuda tanto de su perseverancia como de la casualidad, y al que, como responsable de una idea literalmente brillante (una brillantez que simboliza la pureza tanto del personaje como del invento), le es arrebatado el descubrimiento. En este caso, tratando de enterrarlo. Sucede que, contra todo cándido pronóstico, los controladores del mercado lo rechazan, al tiempo que los sindicatos, de igual modo que ha venido sucediendo con las “carísimas” energías renovables o los “poco prácticos” coches eléctricos.

Apadrinados por sir John Kierlaw (el recordado Ernest Thesiger), estos custodios del mercado textil puesto en entredicho “entran en pánico” al advertir que se corre el riesgo -desde sus parámetros- de desnivelar la balanza de los mercados. Aunque supuestamente una cosa sea la prosperidad comercial y otra el afán por acumular dinero. Pensando que a Stratton lo retienen para explotar su invento -que es precisamente lo que los industriales pretenden evitar a toda costa-, los obreros de las fábricas amenazan con la huelga y con ese tipo de movilizaciones llamadas pacíficas. En esta coyuntura, el único amigo que tendrá el sufrido inventor será la hija de su jefe, Daphne Brinley (Joan Greenwood). En suma, y abriendo el abanico, se nos plantea la cuestión peliaguda de si, en efecto, todos los avances científicos resultan ser “convenientes”.


Ciertamente, el dinero no significa nada para Stratton. Él pretende salvaguardar en todo momento su genuina independencia en pos de hacer partícipe al resto de la sociedad de sus desvelos; al menos, hasta que la ilusión se descompone a causa de tantas presiones y se acaba difuminando por las industriosas calles fotografiadas por Douglas Slocombe (1913-2016).

En este sentido, El hombre vestido de blanco es una resplandeciente fábula confeccionada a medida de la Ealing, con la hechura de unos imaginativos medios y la simpática sisa de característicos como Michael Gough (1916-2011), empresario y novio de Daphne, o Miles Malleson (1888-1969), que interpreta al atónito sastre que toma las medidas del fenomenal invento.

Escrito por Javier C. Aguilera


Sleepy Hollow, de Tim Burton

25 octubre, 2014

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La historia del caballero sin cabeza bajo la visión del afamado director gótico Tim Burton, un cocktail que no podía fallar para los seguidores del cineasta y que podría haber resultado genial, como ha quedado en la nostalgia de los jóvenes que la disfrutaron. Quizás volver a visitarla y analizarla nos devuelva de ese mundo de niebla y paisajes grises. En efecto, Sleepy Hollow (1999) es una película que realiza los suficientes movimientos para hacernos creer que se mueve, pero tan solo logra crear el efecto, no sostenerlo.

Burton (1958) ya había demostrado solvencia suficiente a finales de los noventa en el ámbito de la creación de escenarios siniestros e historias con cierta profundidad a través de lo que podríamos llamar cuentos siniestros, como Bitelchús (Beetlejuice, 1988), Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990) o Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare before Christmas, Henry Selick, 1993), o adaptaciones como Batman (1989). Todas ellas con un tono adulto que configuraba películas bellas y bien construidas. Sleepy Hollow cuenta más con el primer factor que con el segundo, y no es precisamente por falta de ideas.


Más allá de los cambios que pudieran producirse con respecto al cuento de Washington Irving, la historia que Andrew Kevin Walker, el guionista, intentó captar para Burton abría diversos frentes que hubieran funcionado a la perfección si se hubiera manejado con mayor maduración. La idea de un funcionario de justicia, Ichabod Crane (Johnny Depp, con su característico buen hacer en las colaboraciones con Burton), reconvertido en investigador con ecos del pensamiento más científico de Sherlock Holmes, pero con capacidad e intuición nulas, no está mal traída, especialmente si esto hubiera sido una parodia de El sabueso de los Baskerville (donde, sin embargo, la razón vence). No obstante, se pretende una burla casi infantil e irónica de un funcionario con ínfulas de investigador privado que se ve superado claramente por la situación a la que se enfrenta, lo que puede acabar por resultar tedioso para el espectador.

Crane concentra así la mayoría de bromas y no es difícil notarlo perdido entre el resto de personajes, que suelen destacar tanto por aceptar la fantasía del lugar como por ser mejores que él, ya sean más astutos, más malvados o, incluso, más valientes. Su compañero, el joven Masbath (Marc Pickering), o Brom Van Bunt (Casper Van Dien) son buenos personajes para representar la antítesis de este personaje, que acabará por reconocer que "La razón me ha derrotado". La película deambula así por una especie de thriller donde los tintes fantásticos tratarán siempre de ser explicados, especialmente desde que Crane sea testigo de uno de los asesinatos hacia la mitad de la obra y admita la existencia corpórea de un jinete sin cabeza. A partir de este momento se abusará de los desmayos y el nerviosismo de este personaje, intentando a la vez justificar innecesariamente su apego a la razón mediante un recuerdo entre sueños que desvelará un trauma familiar. Esta idea se acrecienta en el momento en que Masbath lo deduce: "Está embrujado por la razón".


En efecto, el apego del personaje por racionalizarlo todo resulta infructuoso, pues tal y como descubriremos al final, hubo muchos muertos eventuales y prácticamente azarosos. En este sentido, la codicia y el ansia de venganza del culpable serán los responsables del exterminio que lleva a cabo el jinete. Por otra parte, el tramo final de la película, tras la confesión del culpable, remite al género de acción mediante una serie de secuencias que incluyen acrobacias, explosiones, combate cuerpo a cuerpo y hasta una persecución que, por sus características, resultan una mezcla entre el western y las actuales películas de acción. No obstante, los protagonistas son salvados gracias a su suerte, incluyendo la presencia del objeto necesario para detener al jinete en el lugar al que se dirigían, en un deus ex machina evidente.

La película cae en su propia trampa al tratar finalmente de razonar y dar explicación a todos los sucesos de la obra, dejando atrás la ambigüedad creada gracias a Katrina (Christina Ricci) y creando a un culpable que bien podría relacionarse con tantos villanos de caricatura, incluso deteniéndose a narrar todas sus acciones a la que iba a ser su última víctima.


La trama se diluye así entre el thriller, la acción, el romance soso, un humor simple y bajas cuotas de auténtico terror, primordialmente en el jinete sin cabeza, interpretado por un Christopher Walken especialmente aterrador en esta caracterización, y en un gore suave durante los numerosos asesinatos (con actores como Michael Gambon, Richard Griffiths, Michael Gough o Ian McDiarmid como víctimas o potenciales) . Este último elemento marca realmente el avance de la película, que avanza a saltos entre muerte y muerte, las cuales tan solo logran alargar la obra siguiendo el mismo esquema: cuando alguien está a punto de confesar la clave necesaria a Crane, es asesinado, llegando al culmen de esta propuesta en la escena de la iglesia.

La película resalta por cómo es visualmente, tan solo debemos remitir a los planos fantasmagóricos de la aldea, la impresión tenebrosa del bosque o el montaje del sueño de Crane, a medias entre lo mágico bello y la inquietud de un pasado oscuro. Precisamente por ello obtuvo el Óscar a la dirección artística. Pero no se aprovechó bien la unión entre el potencial visual y un argumento que resultara coherente y no simplemente entretenido o divertido, limitándose seguramente a satisfacer a los jóvenes, que aún hoy la recuerdan con el cariño de la nostalgia, como decíamos al principio.

Tim Burton proyectó una estética gótica que le queda grande a una película con momentos de brillantez y entretenida, pero perdida en su intención de resultar atractiva y macabra.



Batman, de Tim Burton

10 septiembre, 2014

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Una ciudad Gótica -en traducción latinoamericana- se nos presenta con el aspecto oscuro que esperaríamos de una sociedad degradada, lo que realmente representa Gotham antes de la aparición de un salvador tan oscuro como la ciudad: Batman. Tim Burton, por su parte, se ha relacionado de manera íntima con esa ambientación que tan bien supo recrear cuando recayó sobre sus manos el proyecto de Batman en 1989, donde dejaría su marca.

Batman junto a Tim Burton
Para entonces, Burton no era tan reputado como ha conseguido serlo de manera posterior, pese a que la crítica no ha visto con tan buenos ojos sus últimos films, tales como Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, 2010) o Sombras tenebrosas (Dark Shadows, 2012). Sin duda, Burton se ha caracterizado por seguir unas pautas personales y, en cierto sentido, caprichosas, ejemplo de ello es su afición a ciertos actores fetiches, tales como su amigo Johnny Depp o la que fue su pareja, Helena Bonham Carter, pero también ciertas temáticas, como una figura paterna en conflicto con el hijo o las tramas alrededor de la Navidad (en este sentido, no podemos olvidar mencionar Pesadilla antes de Navidad de la que fue guionista y productor).

Estas dos últimas menciones no son azarosas: Batman como personaje siempre se ha caracterizado por su orfandad, debida al asesinato de sus padres en su presencia, aunque lo cierto es que Burton no explota la parte de Bruce Wayne, alter ego del superhéroe, en este sentido. De la misma forma, aunque no sea exactamente Navidad, Gotham celebra durante el film la fiesta de su fundación, alrededor de la cual sucederán los acontecimientos. Pese a lo que puedan pensar los espectadores actuales, más habituales a la acción y a los efectos especiales de las últimas superproducciones sobre superhéroes, esta película no guarda este patrón, sino que se asemeja más a las aventuras alrededor de gángsters, con la presencia de un avezado detective, con alta tecnología a su alrededor, que les sigue la pista; nos referimos a Batman.


La película explota con gran acierto la vida del archienemigo más célebre del héroe de los cómics, interpretado por un soberbio Jack Nicholson, quien concede veracidad a un frío y psicópata mafioso, mano derecha del capo que domina la ciudad, Grissom (Jack Palance). No obstante, un accidental encuentro con Batman convertirá a este mafioso, Jack Napier, en el villano Joker, que se hará con el poder de la mafia y sembrará el caos en la ciudad gracias al envenenamiento de los cosméticos y productos de higiene.

La macabra sonrisa de sus víctimas sirve para representar su eterna sonrisa, fruto de una herida producida por nuestro superhéroe. Una excelente secuencia la encontramos en el momento en que Joker descubre su desfigurado rostro tras la operación quirúrgica, donde la locura gana a la poca moderación que tenía el personaje antes.


En el lado contrario, poco sabemos de Batman: simplemente aparece como un rumor entre maleantes, hasta que su figura aparece con la capa desplegada, como si fueran alas. Sutiles guiños en un plano alejado durante una conversación entre ladrones nos permite verlo rodear la escena. Sus métodos, algo bruscos, sorprenden tanto por su capacidad marcial como por su imponente figura. 

Michael Keaton, que fue una elección controvertida en su momento al estar considerado como un actor de comedia, realiza un buen Batman, pero se queda escaso en el papel de Bruce Wayne, que parece un personaje ausente, en exceso ensimismado, algo que quizás no sea solo culpa de Keaton, sino de la poca presencia que el alter ego tiene en el film, que junto a la seriedad que se le quiere imprimir al personaje, fortalece la personalidad de Batman.


En realidad, no resultaría difícil adivinar su identidad por ese carácter y su forma de actuar. Debemos defender, no obstante, la ausencia del pasado de Wayne, salvo por referencias concretas y relacionadas directamente con la historia del film, ya que aligera la carga de la película, especialmente para la mayoría de espectadores que ya conocían y conocen a personaje.

En posición de dama en apuros encontramos a la periodista Vicki Vale, interpretada por Kim Basinger, que pese a presentarse como un personaje fuerte, sobre todo en contraposición con el denostado Alexander Knox (Robert Wuhl), acaba cayendo en el perfil de la mujer en manos del villano, esperando el rescate del superhéroe. Perfiles básicos y clásicos que no son malos a priori, pero que no funcionan bien cuando se ha intentado presentar al principio la imagen de una mujer valiente y atrevida. Por otra parte, podemos destacar la actuación de Michael Gough como un mayordomo Alfred pendiente a todo, colaborando con sigilo y buen hacer.


No faltan en este film la cuestión de los sobornos y los chantajes, especialmente entre la policía y la mafia, aunque la película deja poco espacio al comisario Gordon y al resto de personajes relevantes. Gracias al ambiente siniestro empleado por Burton, de colores oscuros, la representación de la industria con sus humos y el único colorido proporcionado por el Joker, principalmente el verde, la realidad de Gotham recuerda a la corrupción del ser humano.

No es esta historia la presentación de un super-hombre contra el mal abstracto, sino que nos presenta una historia creíble y muy bien planteada en la creación del villano. Una vuelta de tuerca pretende enlazar el pasado de Bruce Wayne con el Joker, obteniendo así una motivación personal, aunque muy forzada, bajo la fórmula de una rocambolesca pregunta: Dime una cosa, amigo mío. ¿Has bailado con el demonio a la luz de la luna?


Tim Burton acertó en su planteamiento, pese a todas las críticas que obtuvo durante su producción: Batman no es un personaje de fantasía, es un hombre real. La ambientación, la selección de las historietas en que se basa el film y un guión que sigue la línea del género negro, aunque desde la perspectiva del criminal, obra de Sam Hamm y Warren Skaaren, lograron este resultado digno y entretenido. Gotham se ve como una ciudad oscura, representación de cómo son sus ciudadanos corruptos por el entramado mafioso.

Su ambientación también nos recuerda a Blade Runner (Ridley Scott, 1982), y ambas, sin duda, tienen una herencia, que merece esta mención, de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), de esta última Burton recoge e imita algunas tomas para su recreación de Gotham. También de Orsen Welles bebe el director para varios elementos de la película, como el policía corrupto o la torre que sirve de escenario final. No en vano Burton rinde homenaje a través de la recuperación de elementos del cine que admiraba, lástima que sus últimas películas sigan otra senda.


Su éxito en taquilla produjo el interés por las secuelas, lo que acabaría por degenerar la franquicia hasta el tremendo fracaso de Batman y Robin (Joel Schumacher, 1997), dejando al personaje en el olvido cinematográfico hasta que Christopher Nolan lo recuperó con Batman begins (2005). No obstante, ni un hecho ni el posterior reinicio de la franquicia deben hacernos olvidar esta obra, que sin duda disfrutaron los espectadores en su momento y que, pese a sus defectos, especialmente en la estructura del guión, sigue siendo disfrutable, ofreciendo un tono sombrío y una perspectiva alejada de la que se ha instalado entre los superhéroes actuales, aunque estas películas sean herederas de la puerta que abrió en 1989 Batman.




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