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Matrix Resurrections, de Lana Wachowski

28 septiembre, 2022

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No hay novedad en el horizonte. Desde hace siglos, el ser humano repite las mismas historias con distintos disfraces. Resulta difícil salir de nuestros moldes narrativos, casi imposible no ver los ecos de todos los que nos anteceden, y solo nos queda el refugio de la forma, del disfraz de esa historia. Han tratado de sorprendernos con giros, con retruécanos, con saltos mortales y fuegos artificiales, incluso con automatismos, onirismo e inconsciencia, pero al final siempre volvemos a las historias de siempre. Porque disfrutamos de ellas por muchos factores. Y la industria, que suele pensar más en el bolsillo que en el arte, lo sabe y lo exprime cuanto puede. Es más, ni siquiera estas palabras mías son originales, también son el eco de reflexiones leídas y de lugares comunes.

Pero lo cierto es que en los últimos años, a través del factor de la nostalgia, que es bastante rentable, podemos encontrar secuelas, reinicios, remakes o revisiones de títulos ya consagrados y queridos por el público, como forma de conseguir la atracción del público, más cómodo en terreno conocido. A veces, este tipo de estrategias acaban socavando a los creadores originales. Por ello, no nos debe de extrañar la manera en que Lana Wachowski (1965) afrontó la dirección de Matrix Resurrections (The Matrix Resurrections, 2021). Suponía resucitar, valga la redundancia, la saga que había catapultado a la fama a las hermanas Wachowski con aquel gran éxito que fue Matrix (The Matrix, 1999), pero sin haber sido una opción personal. Lo cierto es que con revisar la trilogía, como hicimos recientemente al repasar también las secuelas de manera conjunta, se percibe claramente que la historia de Neo estaba cerrada y concluida, incluyendo no solo una primera entrega de acción espectacular con trasfondo filosófico platónico, sino también dos continuaciones que proponían tanto una deconstrucción de la primera película como una aventura de tintes épicos y mesiánicos. 

No obstante, Matrix fue una saga que, pese a sus polémicas continuaciones, generó expectación y beneficio. Tanto es así, que resucitarla tras más de quince años para aprovechar el factor de la nostalgia era una oportunidad que Warner Bros. no parecía dispuesta a desperdiciar. Una de las creadoras originales accedió a dirigirla y encargarse del proyecto, aunque como descubriremos en la propia película, es evidente que le repudiaba la idea, pero que solo siendo quien se encargara podría, al menos, plantear su crítica a este sistema de reciclaje innecesario.


En la actualidad, Thomas Anderson (Keanu Reeves) es un desarrollador de videojuegos que se hizo famoso por crear Matrix, un videojuego que narraría la historia de la trilogía de películas. Se plantea así un quiebre con la realidad: ¿todo lo que vimos en las entregas anteriores es real o solo fue un videojuego? ¿Es esta otra simulación de Matrix? A excepción del prólogo, que ya nos arroja luz sobre estos interrogantes posteriores, el primer tramo aborda la apatía y depresión de Thomas, que acude a un terapeuta (Neil Patrick Harris) para abordar su dificultad para distinguir realidad y ficción. En este primer tramo, se le encarga hacer una secuela de su videojuego más célebre, para lo que cuenta con un equipo dedicado al desarrollo de ideas. Es en ese momento cuando Lana Wachowski descarga una serie de mensajes directos y críticos hacia la tendencia actual del mercado audiovisual, más preocupada en exprimir sus licencias que en plantearse los deseos de sus creadores o la búsqueda de nuevas ideas y horizontes. A través de las conversaciones entre el equipo de Thomas se va mostrando cómo puede llegar a retorcerse una licencia para tratar de conseguir beneficios, cayendo además en un bucle que hastía a nuestro protagonista.

En realidad, la búsqueda en la que nos embarcamos para satisfacer nuestra nostalgia es el deseo de reproducir aquella sensación de fascinación que algo nos causó. Un espectador puede esperar que Matrix vuelva a producirle aquella sorpresa que le causó en 1999, pero esa ocasión ya pasó y la película se puede visitar de nuevo sabiendo que el tiempo ha pasado y que no será lo mismo. El descubrimiento de algo nuevo nos vendrá con las películas más inesperadas, sean de la época que sean, siempre que para nosotros signifiquen una primera vez. El ansia de esperar que una película nueva resguardada bajo un título antiguo nos vaya a producir las mismas sensaciones es una nostalgia malinterpretada.

Pero esto es una continuación de Matrix, por lo que hay que romper con esta realidad ficticia. Un equipo del mundo real trata de llegar hasta Neo, pero en esta ocasión le cuesta más aceptar esa división entre el mundo creado por las máquinas y el mundo real en que debería estar, luego se desarrollará el por qué. En el mundo real, las cosas han cambiado porque tanto máquinas como humanos han mejorado en su ausencia. En este sentido, la película emplea una considerable cantidad de autorreferencias, no solo siendo consciente de las mismas o para que el espectador las descubra por análisis, sino subrayándolas en varias ocasiones con cortes de las películas anteriores, especialmente de la primera entrega, calcando diálogos y tratando de exponer a nuestro protagonista a situaciones similares para logar que despierte


Sin embargo, también se sabotea, pues le han hecho creer que no sabe distinguir entre el mundo que creó en los videojuegos y la realidad, por lo que trata de rechazar lo que el nuevo Morfeo (Yahya Abdul-Mateen II) y Bugs (Jessica Henwick) le muestran, como la píldora roja o los espejos alterados; aunque también Lana aprovecha a estos personajes para cuestionar decisiones que se tomaron en la creación de las películas anteriores, mostrando también cómo la evolución de nuestro mundo afecta a la consideración que se tiene de un producto ya finalizado y, en ocasiones, mitificado. En su contra juega el Analista, que es el nuevo programa que dirige Matrix en sustitución del Arquitecto.

Así, se sigue ahondando en la parte filosófica de Matrix. En esta ocasión, el Analista recurre a las emociones, a la aceptación humana de su infelicidad, tratando de acercarse a la mentalidad humana en lugar de encerrarla u ofrecerle perfección. En lugar del destino y de un nuevo Elegido que dé esperanza, proporciona deseos insatisfechos, deseos que por temor las personas no alcanzan a conseguir porque la realidad, que es una ficción, se lo impide. Por ejemplo, Neo ha coincidido con Tiffany/Trinity (Carry-Anne Moss) en varias ocasiones, pero ha preferido amarla en secreto y en distancia que enturbiar la vida feliz de una mujer casada y con dos hijos, aunque tampoco ella, como descubriremos después, vive satisfecha.

Ahora bien, cuanto más avanza Matrix Resurrections en su trama, más se nota la desgana de su propia creación. No podemos considerar que lo sucedido no tenga una justificación, como el hecho de que Trinity ahora tenga los mismos poderes que el Elegido, dado que esta nueva versión de Matrix fue creada a partir de Neo y Trinity, siendo ambos el código fuente que alimentaba al sistema. Pero otras decisiones, como que Niobe (Jada Pinkeet Smith) cambie de parecer y les permita ir al rescate de Trinity cuando se estaba negando por completo, o que el Analista, pudiendo tener todo bajo su control sin necesidad de aceptar la petición de Neo, acepte unas condiciones que ponen en riesgo su control sobre Matrix. La acción no es más que un refrito de lo ya visto en la saga, incluso con cierta apatía, y la aparición de un nuevo agente Smith (Jonathan Groff) que actúa de nuevo por su cuenta es, cuanto menos, innecesario.


Podríamos concluir, por tanto, con que Matrix Resurrections subraya todo lo que ya se había dicho anteriormente en la franquicia, pero otorga un happy ending a sus protagonistas, Neo y Trinity, que no pudieron tener al final de la trilogía. Es una obra basada puramente en las referencias, que insulta su propia existencia (hasta en la escena postcréditos), que reivindica la aceptación de la diversidad y el rol de Trinity así como su historia de amor con Neo como vínculo necesario para la saga, ya que sigue la estela de lo visto en Matrix Reloaded y Matrix Revolutions: Neo antepone a Trinity a todo lo demás. Y, además, sirve como epílogo para mostrar qué ocurrió tras el fin de la guerra con las máquinas, mostrando cómo los programas informáticos han tomado conciencia y capacidad de decisión para escindirse de Matrix, y cómo los humanos abogan ahora por una paz sostenida y sostenible que por una guerra continua y autodestructiva. Seguramente, una ruptura con las expectativas que tendría cualquier secuela.

Escrito por Luis J. del Castillo



Matrix Reloaded y Matrix Revolutions, de Lana y Lilly Wachowski

11 julio, 2022

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Esta reseña comenta y explica cuestiones relativas al argumento. Atención, spoilers.

Matrix (The Matrix, Lana y Lilly Wachowski, 1999) supuso un éxito que exigía más. Después de haber logrado unir un planteamiento de tintes filosóficos con una acción clásica, pero modernizada gracias a los efectos visuales y especiales, era de esperar que las hermanas Wachowski siguieran abordando esta fusión, pero ampliando aún más su propio cosmos, esta distopía en la que las máquinas dominan un planeta prácticamente inhabitable mientras usan a los humanos como fuente de energía. Para ello, realizaron lo que considero que fue un díptico que completaría la trilogía, en la que podemos situar a Matrix como una introducción que queda suelta mientras que las dos siguientes están irremediablemente unidas, tanto es así que se estrenaron con apenas meses de diferencia. Nos referimos a Matrix Reloaded (The Matrix Reloaded, 2003) y Matrix Revolutions (The Matrix Revolutions, 2003).


Para situarnos, es necesario tener en cuenta que al final de Matrix, nuestro protagonista y héroe mesiánico, Neo (Keanu Reeves), ha descubierto que el mundo que conocía era una mentira virtual creada por las máquinas para someter a los humanos, pero también que él puede ser el Elegido, según una profecía, alguien capaz de conocer y alterar el código de programación de ese mundo digital. Ha conseguido, por tanto, desarrollar su potencial enfrentando a los terribles agentes que mantienen el control de Matrix, habiendo derrotado a uno de los más peligrosos, el agente Smith (Hugo Weaving). Ahora bien, si podemos entender que Matrix fue una historia que podríamos considerar autoconclusiva, con un personaje que debe aceptar su rol de Elegida y escapar de la realidad virtual en la que vive, ¿cuál debe ser el siguiente paso que debían abordar las hermanas Wachowski? 

El cumplimiento de la Profecía. En realidad, Neo solo había abarcado su aceptación como héroe, consiguiendo además desplegar su potencial dentro de Matrix, pero ahora debe cumplir con la misión que el destino le tenía reservado. Al menos, así lo cree Morfeo (Laurence Fishburne), que sigue los designios del Oráculo (Gloria Foster, en la que fue su última película, en la siguiente entrega sería sustituida por Mary Alice), un ente de Matrix que descubriremos que es un programa informático que ha tomado conciencia. El destino del Elegido en esta historia es acabar con la guerra que existe en la realidad entre máquinas y humanos. Aunque ahí es donde se plantea el dilema filosófico que rige Matrix Reloaded: ¿tiene Neo capacidad de elegir o debe cumplir con lo que el destino le dicta?


Uno de los aspectos más interesantes a debatir de la obra es cómo Neo se convierte en Elegido dentro de un mundo virtual dominado por las máquinas. Y ese es el precisamente el giro de tuerca que se da al final de Matrix Reloaded. En realidad, no solo es que Matrix sea un mundo virtual, sino que ha sido reiniciado en varias ocasiones y en cada reinicio se coloca a un nuevo Elegido para que, al cumplir con la profecía, se una a la base de datos central, o Fuente, y se reinicie el programa con la recopilación de datos realizada. Es decir, en realidad Neo es una pieza más del sistema que funciona como actualización y al que se le somete a una serie de falsas dicotomías en las que se le presupone libre albedrio, cuando nunca tuvo ninguna capacidad de elección. Este es, sin duda, el punto más interesante de la trama, que se resume en el encuentro final entre el Arquitecto (Helmut Bakaitis) y Neo, momento en que el protagonista rompe la rueda y toma una decisión que supone evitar ese reinicio, aún a costa de la vida de los habitantes de Sion, de la que hablaremos posteriormente. Cabe destacar que el Arquitecto es quien explica tanto a Neo como a la audiencia la realidad de Matrix, retorciendo el significado de la primera entrega y mostrando mejor que nunca los límites de esta distopía, construida con las bases de 1984 (George Orwell, 1949)

En efecto, como en todo viaje del héroe, en toda la saga de Matrix se dan una serie de circunstancias casuales que permiten al héroe lograr la victoria, pero en este caso es que el propio enemigo es quien permite que esto suceda. Estamos ante un paradigma de eterno retorno, en el que la inteligencia artificial que maneja Matrix crea una falsa ilusión de mesías para dar esperanza a los seres humanos y así mantener controlados a quienes acaban liberándose del dominio de este mundo virtual. Esto supone para Neo una gran desestabilización, porque acaba con la fe que le había inculcado su mentor, Morfeo, y también con su propia identidad. Sin embargo, hay un elemento crucial, y algo tópico, que permite que el protagonista rompa este ciclo: el amor. De manera egoísta, nuestro héroe opta por intentar salvar a la persona que ama, Trinity (Carrie-Anne Moss), siendo consciente de que con esa decisión está permitiendo que las máquinas ataquen la ciudad en la que viven los supervivientes de Matrix. Y es una decisión bastante curiosa, porque en secuencias anteriores había incluso llegado a besar a otra mujer por lograr cumplir con la profecía, pero cuando su decisión puede suponer la muerte de Trinity, entonces el amor juega un papel superior al de su misión.


En Matrix Reloaded y muy especialmente en Matrix Revolutions juega un papel muy relevante Sion, la ciudad en la que sobreviven los humanos que han logrado escapar del control de Matrix. Debemos mencionar que la ambientación postapocalíptica y tecnológica que plantean las hermanas Wachowski muestra la degradación absoluta del medio ambiente (el mundo está cubierto por una tormenta eterna y los seres humanos malviven en las entrañas terrestres, en cuevas hechas mediante conductos metálicos, sin vegetación ni muestras de vida natural) y también una sociedad militarizada y en guerra continua con seres que son superiores en armamento y número. Sobre ello podemos destacar la semejanza en la ambientación que tiene Aliens: el regreso (AliensJames Cameron, 1986), incluso en el modo en que las máquinas atacan Sion por conductos, causando el mismo pavor que los xenomorfos, o los exoesqueletos que usan los humanos para combatirlos, ya en la tercera entrega. No obstante, a pesar de esta ambientación futurística, también tiene un componente tribal o prehistórico, que se puede observar en algunos elementos de vestuario o en la forma en que realizan una fiesta de tintes eróticos que supondría un reflejo opuesto al mundo que han creado las máquinas: carne y calor incluso en los colores rojizos y ocres frente al metal y los cables, es decir, la frialdad azul o verde de las máquinas.

Precisamente, la forma de organización social está militarizada: todos responden ante un gran consejo de sabios, que son los mayores en la sociedad, pero, a la vez, están liderados por un comandante, que controla a los capitanes de las naves que emplean para desplazarse por el mundo. Una de las cuestiones principales que se trata en esta sociedad es la división entre los creyentes en la profecía, que estarían representados por Morfeo, quien cuenta con el apoyo del consejo, y los ateos, que están representados por el comandante Lock (Harry J. Lennix). Este personaje mantiene una actitud arrogante y contraria a todo lo que representan los protagonistas; sin embargo, como descubriremos posteriormente aunque nunca se le reconozca, tenía razón y actúa siempre a lo largo de la obra para conseguir el mayor bien para Sion. No obstante, la forma en que está escrito e interpretado suele suponer un rechazo para el espectador, que sentirá más empatía por los protagonistas, sobre todo al conocer las habilidades de Neo.


Mientras que en Matrix Reloaded hay un equilibrio entre ambos mundos, el real y el virtual, en Matrix Revolutions ocupa un lugar primordial el mundo real, en el que las hermanas Wachowski colocan una gran batalla final entre el ejército humano y las máquinas a las puertas de Sion. Sin duda, una muestra más de su efectismo y de la identidad de acción bélica que acaba adquiriendo la saga conforme avanza. Ahora bien, como en otras obras épicas, el héroe real no suele estar en esta batalla, sino que son otros, esos anónimos que acaban adquiriendo un nombre propio tras esta contienda, los que luchan mientras el héroe toma un derrotero distinto: el camino para acabar con todo de una vez por todas. Así lo vemos en, por ejemplo, El retorno del rey (The Return of the King, J.R.R. Tolkien, 1955) o en varias ocasiones en la saga de Star Wars, por ejemplo, en El retorno del Jedi (Star Wars. Episode VI: Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983) o en la más reciente El ascenso de Skywalker (Star Wars. Episode IX: The Rise of Skywalker, J.J. Abrams, 2019). En efecto, junto en las terceras partes o desenlaces de sus respectivas trilogías. Pero es más, la historia finaliza, como no es de otra forma, con el sacrificio del protagonista, en este caso con el tono mesiánico de tintes cristianos (podemos observar la forma de cruz que tiene el cuerpo de Neo en las últimas secuencias o su entrada hacia la luz). A pesar de su reticencia inicial, de su deseo egoísta y romántico, Neo acepta su destino, pero lo hace de forma consciente y libre, logrando, de camino, cambiar no solo el mundo virtual, sino también el mundo real, al otorgarle un nuevo significado con su trato con las máquinas para lograr la paz.

No obstante, más allá de este viaje del héroe, nos encontramos con algunas características que acaban desmereciendo el resultado final. Por una parte, la historia plantea al agente Smith como villano, pero un villano alternativo al de las propias máquinas: es un programa consciente de sí mismo que ha logrado independizarse del control de Matrix y que se acaba convirtiendo en un virus informático. De facto, como él mismo se encarga de explicar, es la contraparte necesaria del héroe, su rival, contra quien se tendrá que enfrentar en el tramo final de la historia. Ahora bien, la manera de funcionar de este personaje es anómala, aparece por conveniencia del guion y su objetivo va variando sin demasiado sentido. Por ejemplo, acaba teniendo la capacidad de alterar la mente de un ser humano y llegar al mundo real (algo que el espectador sabe mientras que los personajes lo desconocen), pero en vez de simplemente seguir su designio de encontrarse con Neo y acabar con él, decide colaborar con las máquinas acabando con las naves de los humanos, a pesar de que acaba absorbiendo y manejando todo Matrix quitándole el control a las máquinas a las que antes había ayudado en el mundo real. Es más, a pesar de dominar el sistema, sigue sin conocer los paradigmas que lo rigen, como demuestra al enfrentarse a Neo al final. Es más, podemos también decir que los combates entre Neo y Smith en ambas partes son excesivos y bastante repetitivos.


En general, la acción de la saga es excesiva en varios puntos. Pero mientras que en Matrix contaba con el factor de la novedad de un lenguaje y unos efectos especiales propios, como el tiempo bala, el uso entremezclado de armas de fuego y artes marciales o el uso de la ralentización o la cámara lento en algunos segmentos, estos se repiten hasta la extenuación en sus secuelas. No es de extrañar, pues una vez asentado el sello personal, se sigue con las mismas normas que se sello impone y que otorgan coherencia interna a la saga, pero en algunos segmentos se perciben especialmente alargados de manera innecesaria. Por ejemplo, el combate entre Neo y múltiples copias de Smith en la mitad de Matrix Reloaded es extenuante, sobre todo porque no tiene ningún final ni resulta significativo para la trama, salvo para mostrar hasta dónde está llegando el poder del villano, que ya había sido derrotado en la primera entrega. A rescatar, no obstante, la secuencia en la autopista de Matrix Reloaded, a pesar de ser también bastante larga, pero está bien firmada y se escapa de lo usual de la saga proponiendo diferentes enfoques y repartiendo protagonismo entre Morfeo y Trinity. Lástima que su conclusión sea un deus ex machina de manual.

Algo similar sucede con la estructura y el ritmo que tienen ambas películas. En todo momento, la historia avanza de la misma forma: los protagonistas deben acudir a cierto personaje, mantienen una conversación con este personaje, consiguen nueva información, avanzan hacia el siguiente punto. Esta repetición es bastante evidente en Matrix Reloaded, mientras que en Matrix Revolutions está más disimulado por el inicio del conflicto bélico. En este sentido, ambas películas se resienten frente a su predecesora, que tenía unos tramos que funcionaban de manera diversa entre sí. En este caso, las películas se convierten en una carrera continua por llegar a la siguiente explicación, haciendo desfilar por medio a diversos personajes que dan entidad a este universo, pero que parecen existir por y para darles más contenido y nuevas pistas a los protagonistas. Es más, en ocasiones los diálogos son extensos y se resumen en soliloquios que dan vueltas sobre los temas de destino, libertad, identidad y causalidad, siendo a veces innecesarios por ser repetitivos o por no llevar a ninguna parte, ya que no aportan nada a la trama y solo la ralentizan.


Por contra, debemos agradecer que al menos desarrollen a ciertos personajes usando la técnica de sembrar y recoger. Plantean algunas ideas en Matrix Reloaded que resuelven en Matrix Revolutions, como el muchacho (lo llaman Kid como apodo, lo interpretaba Clayton Watson) que está obsesionado con demostrar su valía a Neo o la relación entre Link (Harold Perrineau) y Zee (Nona Gaye), con esta última desconcertada porque su marido haya aceptado el puesto en la nave de Morfeo por el riesgo que entrañaba para acabar siendo una de las principales heroínas de la guerra contra las máquinas. También podemos tener en cuenta al comandante Lock, ya mencionado anteriormente, o el curioso triángulo amoroso que se establece entre él, Morfeo y Niobe (Jada Pinkett Smith), aunque apenas se profundiza en esta cuestión. Por suerte, podemos considerar que sirve para humanizar a Morfeo, que se siente más humano que en la primera entrega, donde ejercía como mentor del héroe. Por contra, muchos otros personajes (e incluso estos que tienen un mínimo desarrollo) importaron poco o nada al espectador, al no haber creado ningún tipo de empatía con ellos, como sucede con, por ejemplo, Mifune.


En conclusión, ambas películas expanden las características de la primera entrega, lo que supone ahondar en sus virtudes y también agrandar sus defectos. De manera evidente, siguen planteando un argumento de tintes filosóficos sobre el libre albedrio, con parlamentos poco concisos, pero también nos ofrecen un espectáculo de acción potente y variado, aunque reiterativo. A nivel técnico, las animaciones no solo han quedado desfasadas, sino que en su momento resultaban llamativos, como el CGI que se usa para Neo en ciertos segmentos de lucha en los que usa sus poderes. 

También destaca un estilo musical muy marcado por sonidos fuertes y potentes, con una distorsión y oscuridad que casan con la ambientación de la película. En general, este díptico completa una trilogía bastante sólida, pero en los que se percibe de forma clara tanto el desgaste de las virtudes de la primera entrega como la aparición de ciertos debilidades que muestran las costuras de una narrativa no tan bien cerrada como podría haberse esperado.
 
Escrito por Luis J. del Castillo



Matrix, de Lana y Lilly Wachowski

04 noviembre, 2014

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Esta reseña comenta y explica cuestiones relativas al argumento. Atención, spoilers.

A finales del siglo XX aparecía una película que gozó del gusto de la cultura popular y que parecía consolidarse como una original y gran película de ciencia ficción.

En realidad, las hermanas Wachowski consiguieron reciclar ideas de distinta índole, fusionando filosofía, psicología y ciencia ficción para crear una película de acción que tuviera todos esos elementos, además de gozar de novedosos efectos especiales y el "efecto bala", que aunque ya había sido empleado en alguna película con anterioridad, se popularizó a partir de este film.

Las directoras se dieron a conocer con esta película en 1999, prosiguiendo con una trilogía que se cerraría en 2003 con The Matrix Revolutions. Han continuado de manera posterior con películas relacionadas con el control estatal, como es el caso del guión de V de Vendetta (V for Vendetta, 2006), u otras de carácter también filosófico, adentrándose en la condición humana a través del tiempo, como fue el caso de la seguramente infravalorada El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2012).

La historia de Matrix comienza con un diálogo entre los créditos de inicio, donde se da la sensación de una sociedad vigilada, para pasar después a una escena de acción donde se notará que algo extraño sucede, especialmente en las habilidades de Trinity (Carrie-Anne Moss). Sin embargo, donde da comienzo es con Neo, pseudónimo de un hacker que trabaja como programador informático, llamado Thomas A. Anderson (Keanu Reeves, que encaja bastante bien en este papel dentro de su limitada capacidad expresiva dado que encarna a un personaje perdido en una realidad nueva, aunque su opacidad nos impida acercarnos emocionalmente). El espectador tomará el punto de vista de este personaje, que desconoce lo que sucede a su alrededor y la revelación de lo que es Matrix le supondrá un duro golpe, como podría suponer para cualquiera descubrir que toda su vida ha sido mentira. Quizás por ello, se empleará el nombre de Neo en contraposición a Anderson, el nombre por el que lo llamará el antagonista agente Smith (Hugo Weaving, en un papel que le otorgó cierta fama, antes de su periplo por la Tierra Media en El señor de los anillos y en El hobbit, y que sería el primero de sus colaboraciones con las Wachowski).


Hacia la mitad de la película, se nos desvelará que Matrix es un mundo creado a partir de un programa informático, fruto de una guerra entre máquinas y humanos que llevó al casi exterminio de la humanidad en favor de su reconversión en fuentes de energía para las inteligencias artificiales que controlan el mundo real. El personaje de Morfeo (Laurence Fishburne) servirá de guía a Neo, además de intentar descubrirle su destino, idea continuamente rechazada por el personaje, aunque en el momento en que la acepte, tras su encuentro con el Oráculo (Gloria Foster), sea precisamente cuando incumpla su profecía personal, una completa ironía que hará cumplir, sin embargo, el destino que tanto Morfeo como Trinity le habían impuesto por sus propias ideas. A raíz precisamente de esto surge un forzado romance que podía haber sido innecesario, aunque otorga cierto carácter especial al amor en una película donde no parecía relevante.

La película no tiene mayor contenido, salvando el último tercio, en el que contemplaremos la traición, bastante evidente, de un miembro de la tripulación y el posterior rescate de Morfeo de las manos de los agentes de Matrix, en lo que será la epifanía del Elegido y las secuencias más espectaculares de acción, explosión de helicóptero incluída.


 En este sentido, podríamos notar la sensación de que es una película incompleta, ya que deja puertas abiertas que se intentaron cerrar en las continuaciones, The Matrix Reloaded y The Matrix Revolutions (2003 ambas), aunque estas no resultaron tan del gusto de los espectadores como la primera, al menos de forma general. Por lo demás, se trata de un film notable en cuanto a sus efectos, pero normal en cuanto a su desarrollo, quizás por eso se alejó de los grandes premios para acabar consiguiendo los puramente técnicos.

Tampoco destacan en exceso las actuaciones, aunque el trío principal, Neo, Morfeo y Trinity, encajan perfectamente en sus papeles, especialmente con esa mezcla de estética prácticamente gótica, al igual que el antagonista, opacado por sus callados compañeros. El resto desfilan por la pantalla sin mayor participación; ni siquiera nos influirán las muertes de algunos de ellos, aunque la escena goce de cierta crueldad.


Matrix no presenta ideas realmente nuevas, no es original aunque lo pretenda y haya conseguido dar la sensación de que es así. Se trata más bien de un buen combinado, donde se consiguen exponer la filosofía platonista, según la cual el mundo físico no existe sino como la sombra de uno ideal, así como el neoplatonismo que llevó a la duda cartesiana o a que en el barroco se considerase que la vida terrena no era más que un sueño o un teatro (en ello tenemos los ejemplos españoles de Sueños y discursos [1627] de Quevedo o el teatro de Calderón de la Barca, esencialmente La vida es sueño [1635] y El gran teatro del mundo [1655]).

Tampoco la guerra entre máquinas y humanos es novedosa, si nos ceñimos a lo cinematográfico, Kubrick ya propuso en 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) la rebeldía de la inteligencia artificial, así como James Cameron compuso otra franquicia basada en la combinación de una guerra similar y los viajes en el tiempo, que se originó con Terminator (1984). Incluso encontramos el eco de los Replicantes de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en la confesión final del agente Smith a Morfeo, así como la idea de un mundo informático que atrapa a los humanos, por ejemplo, en Tron (Steven Lisberger, 1982), aunque sea también típica en algunos films juveniles, o la última ciudad de humanos, subterránea y post-apocalíptica.


Por otra parte, se recurre a la mitología en varias ocasiones, ya lo vemos en el propio nombre de Morfeo, referencia al hijo del dios del sueño griego. No obstante, donde encontramos mayor número de referencias mitológicas es en todo lo relacionado con el Oráculo, que incluye desde la incomprensión de sus revelaciones por parte del solicitante hasta el aforismo de origen griego "Conócete a ti mismo", que estaba inscrito en el Templo de Apolo, en la ciudad de Delfos, famosa por su oráculo. También el carácter mesiánico de Neo, a quien Morfeo parece ungir como el Elegido, pese al escepticismo de otros miembros de su tripulación.

Los conceptos psicológicos están presentes en algunos comentarios, por ejemplo, el monólogo de Cifra (Joe Pantoliano) cuando come un filete en Matrix y habla del poder de la mente para hacer que el cuerpo se sacie de un alimento que, en realidad, no existe. Por último, las referencias a la obra de Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (1865), para atraer a Neo y servir de metáfora al descubrimiento de la verdad de Matrix, así como la posible referencia al mundo de las drogas, con la elección de las pastillas roja y azul.


Todo esto que hemos comentado hasta ahora subyace en la película, lo cual es bastante interesante, dado que en ese sentido combina entretenimiento con un planteamiento que tiene sus antecedentes, por lo que no es tan original como se nos presentaba, y que podría ser más profundo de lo que es realmente. En definitiva, la acción más vacua a la par que de gran espectacularidad de disparos y artes marciales bastante logradas consiguen entretener mientras las hermanas Wachowski muestran un futuro entretejido de una idea filosófica clásica y en el que la informática, especialmente los mundos cibernéticos, incipientes en 1999, ha evolucionado de tal manera que controlan nuestra vida. Quizás no se alejaban tanto de lo que sucede realmente, en eso no les quitaremos el mérito.


Escrito por Luis J. del Castillo


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