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¡Olvídate de mí!, de Michel Gondry

26 abril, 2016

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El amor ha sido, y sigue siendo, uno de los temas más relevantes de nuestra historia artística y cultural. No en vano, es uno de los sentimientos más complejos y poderosos de la humanidad, capaz de mover el ánimo de las personas a realizar cosas que seguramente no hubieran hecho de otra forma. Sin embargo, la visión romántica que se ha derivado hasta nuestros días está invadida de trampas, muchas veces consolidadas por el propio arte: la búsqueda del ser perfecto e idóneo para las relaciones felices es mucho más compleja de lo que aparentan la multitud de novelas y películas que versan sobre este tema. Cuando se muestra que el amor es todo felicidad, no nos preparamos para el dolor que conlleva la contrariedad en la convivencia con el otro. O incluso peor, el idilio o la obligación marital expresado en estas obras puede llevar a hacernos pensar que solo existe una persona para nosotros y que, una vez encontrada, estamos atados a esa persona para siempre, a pesar del daño que nos pueda hacer.

Por ello, resulta necesario mostrar la normalidad y la verdad que se encuentra en las relaciones humanas. Tanto las dificultades como los buenos momentos, de ambos hay, y, ¿por qué no? La ruptura, el final. Los problemas que nos llevan a acabar una relación y las emociones que se viven en ese momento. En los últimos años se ha tratado el tema desde distintas perspectivas. Ya mencionamos en el pasado la revisión del género rosa que realizó Manuel Puig en Boquitas pintadas (1969), pero ahora nos referimos a esa hornada de películas que transitan entre el drama y la comedia, con ejemplos como (500) Días juntos (Marc Webb, 2009) o la obra que hoy comentamos, ¡Olvídate de mí! (2004).


La traducción tan discorde del título nos resta el valor poético que tenía el original, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, que aparece explícitamente en la película señalando su origen en un poema de Alexander Pope. La dirección recayó en Michel Gondry (1963-), cineasta francés que tiene una amplia carrera en el mundo de los vídeos musicales, experiencia que supo plasmar a la perfección en esta película. No obstante, el alma principal de este proyecto es Charlie Kaufman (1958-), guionista cuya trayectoria está ligada al brillo original de sus libretos, además de ser una persona implicada en la labor de creación más allá de la simple -y laboriosa- escritura del guion. A él pertenecen las historias de Cómo ser John Malkovich (Spike Jonze, 1999) o Confesiones de una mente peligrosa (George Clooney, 2002). Y, por supuesto, esta historia que dirigió Gondry y por la que obtuvieron el Óscar a Mejor guion original. 

Como muchas veces hemos defendido, es mejor acudir al visionado de una película sin conocer demasiado acerca de su argumento, quizás lo básico. ¡Olvídate de mí! juega en su primer tramo con la premisa de sorprender al espectador mostrando el inicio de una relación aparentemente normal, aunque con un tono de extrañeza, de anormalidad. El monólogo inicial de Joel Barish (Jim Carrey, en uno de sus papeles más contenidos, pero muy solvente en su interpretación) nos muestra a un hombre solitario e introvertido, una persona gris que no parece arriesgarse. Aunque ese día toma una decisión impulsiva y acaba conociendo a Clementine Kruczynski (Kate Winslet, en un papel quizás extravagante para su perfil habitual, pero dominándolo), una mujer agradable, que se interesa por él y no duda en abordarle con su comportamiento excéntrico. 


Tras este prólogo, nos acercamos a los días previos a San Valentín descubriendo que Joel está desolado tras la ruptura con Clementine, sobre todo cuando ella parece ignorarle por completo, como si nunca lo hubiera conocido. Se abre entonces la puerta al elemento de la ciencia ficción y nuestra protagonista se adentra en un universo de recuerdos dentro de su cerebro, el espacio que ocupa la mayor parte de la trama. A partir de aquí, se revisará la relación entre ambos personajes desde su punto de vista, en una retrospectiva que nos ofrecerá las razones de su ruptura, pero también los hermosos o picantes momentos que Joel no quisiera olvidar, aunque tampoco recordara.

Sigue esta película la idea de reorientar o repensar aquello que hemos visto a través de un giro que, esta vez sí, se puede adivinar pronto (sobre todo si conoces más del argumento de lo deseado). Sucede así en películas que pretenden dar un vuelco a toda su entidad, como en El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999) o aquellas que comienzan con escenas y guiños que solo comprenderemos alcanzado cierto punto, como ocurría en otra película protagonizada por Jim Carrey, El show de Truman (Peter Weir, 1998).


A través del repaso a la relación entre Joel y Clementine se deconstruye en orden inverso los pasos habituales en las relaciones amorosas rotas: desde el idilio inicial hasta el rencor final. Curiosamente, todo este proceso provoca una revalorización de los momentos bellos que forman una relación, a pesar de que haya acabado. En efecto, según señala la psicología, tendemos a quedarnos con la última experiencia respecto a nuestros recuerdos, lo que provoca que olvidemos u obviemos los momentos en que fuimos felices, que acaban en un segundo plano frente a las peleas y los desencuentros finales. Joel amaba a Clementine y a pesar del dolor de su pérdida y del odio por sentirse rechazado, no puede evitar querer conservar todos aquellos momentos en los que fue feliz junto a ella, aunque al final sea imposible iniciado el camino que ha decidido tomar en esta historia. 

El proceso aísla momentos de la relación, alejándose del orden cronológico y ofreciendo fragmentos puntuales con los que muchas parejas se podrían sentir ligados, desde los momentos de pasión entre sábanas, las discusiones imprevistas en lugares públicos o los momentos de romanticismo tan trascendental que suelen situarse como puntos esenciales de una relación. Para adentrarse en esta historia, Gondry recurre a unos elementos técnicos que comentaremos posteriormente, aunque quizás patina en el enfoque que se le proporciona a ciertos recuerdos de la infancia de Joel, que pueden parecer ridículas con el juego de perspectivas que emplea, aunque sean sin duda una original propuesta y también una forma de conocer mejor al personaje con breves menciones a sus características infantiles: la dependencia materna, su debilidad frente a los matones o cierto cariz inocente, incluso Kaufman se permite incluir una secuencia donde el niño Joel se ve obligado por la presión de sus supuestos amigos a tratar de matar a un pájaro, una de las imágenes que más se ha empleado para acabar con el tópico de la inocencia pura de los niños


El otro entramado que atraviesa la película tiene como personajes centrales a los miembros de la consulta del doctor Howard Mierzwiak (Tom Wilkinson), que en apariencia puede parecer superficial y poco relacionado con el argumento principal, aunque gradualmente se irá relacionando más. Primero, gracias al personaje de Patrick (Elijah Wood), sin duda el peor parado de la película tanto por un rol poco agradecido como por una interpretación debajo del nivel general, que sirve de nexo de unión con Clementine, y después con el giro argumental que se obtiene gracias al otro trío de personajes: Stan (Mark Ruffalo), Mary (Kirsten Dunst) y el doctor Howard.

No obstante, de las tramas de estos personajes destaca el hecho de que se sienta como un lastre para la película. Frente al buen desarrollo y a la humanidad que encontramos en el desarrollo de la pareja protagonista, aquí encontramos a personajes más planos, limitados por unas características básicas tan definidas que los alejan de parecer reales. Si bien es cierto que el giro que se produce en este apartado suple parcialmente este aspecto negativo, no podemos evitar sentir que ocupan demasiado espacio en la película siendo tan solo una muestra de manías personales y actitudes egoístas, que se deslizan en esta película rozando la americanada, aunque resuelta de una forma no solo eficaz, sino también más humana de lo esperado.


En el apartado puramente cinematográfico, destaca un montaje que sabe recurrir a diversos recursos visuales para encadenar las escenas bebiendo de los vídeos musicales a los que se dedica también el director, pero engarzados aquí de forma espléndida para regalarnos efectos visuales que están al servicio del argumento. Dado que la acción principal transcurre en el cerebro del protagonista, entre sus recuerdos, resulta coherente la forma en que se entremezclan imágenes, se juega con los planos, se crean espejismos visuales y se engarzan secuencias con cierto nivel autoreferencial a lo ya visto anteriormente, y todo ello sin recurrir en demasía a los efectos especiales por ordenador. Ahí tenemos la recuperación de la Clementine niña en un pasado en el que no existía, el juego de las almohadas, la calle infinita, los rostros borrados, las breves, pero importantes intervenciones de los personajes durante los diálogos o la fuerza visual de una casa desapareciendo acompasando a una conversación vital y cumbre en la relación entre Joel y Clementine.

Un estilo que puede resultar caótico, por lo que se deduce que no se trata de una película fácil, a pesar de que su premisa sea sencilla. Sin embargo, a pesar de su intencionada desorientación, el tejido narrativo es fuerte y cuenta con un sustento emocional que desprende luz sobre lo mostrado en escena. Todo ello obliga al espectador a permanecer atento, a trabajar lo que ve y a prestar atención a los detalles, como el pelo de la protagonista para conocer en qué tiempo nos encontramos o las pistas que se deducen de lo expresado por los personajes. Por último, destacamos la banda sonora de Jon Brion, de toques minimalistas, que también recoge canciones de distintos grupos, donde queremos distinguir Everybody's Got to Learn Sometime, versión de Beck del sencillo original de James Warren.


¡Olvídate de mí! nos ofrece distintos perfiles más o menos acertados, pero por encima de todos nos invita a reflexionar sobre aquello que tenemos en nuestra vida, a barajar y medir cuánto hay de bueno y cuánto resulta un lastre. Ahonda en el amor para rehuir el idilio y sumergirse en la agridulce realidad. El final es toda una declaración de intenciones que redondea a la perfección el sentido tan humano y real de la película y, por todo ello, se ha ganado un hueco entre las historias románticas del cine.

Escrito por Luis J. del Castillo



Descubriendo Nunca Jamás, de Marc Forster

18 septiembre, 2013

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Las vidas de los escritores que nos han deslumbrado con historias universales siempre han resultado interesantes para el mundo cinematográfico, sobre todo teniendo en cuenta el interés biográfico que una parte de la crítica literaria siempre ha suscitado por estos autores. Los hechos verídicos que rodean la creación de una obra pueden resultar así realmente interesantes para crear una película, como resulta ser Descubriendo Nunca Jamás, sobre la vida del famoso autor de Peter Pan, Sir James Matthew Barrie. 

Este film de 2004 no es el primero, ni será en último, en acercarse a la figura de un escritor, incluso aquí ya hemos hablado de Tierras de Penumbra, sobre un periodo en la vida de C. S. Lewis. Ambas películas comparten características, quizás por contener historias similares, aunque la dirigida por Marc Forster presta más atención a la creación de la obra más célebre de Barrie, Peter Pan, fruto de su relación con la familia Llewellyn-Davies. El director que apostó por esta historia se había hecho conocido con Monster's Ball (2001), tras la cual estrenaría este film con considerable éxito. En la actualidad, tras haber realizado Quantum of Solace (2008) dentro de la serie de James Bond, ha dirigido Guerra Mundial Z (2013).

Barrie: Los niños nunca deberían ir a la cama, cuando despiertan son un día más mayores.

Lejos de la acción y los thrillers en los que el director se ha visto envuelto en los últimos años, aquí tenemos una pieza más dedicada a la emoción y a los sentimientos, pero sobre todo, a la imaginación y a los sueños. El mundo de Nunca Jamás se deja vislumbrar gracias a Barrie, interpretado por un Johnny Depp menos esperpéntico de lo habitual en sus últimos papeles, y que nos regala una actuación digna. Su personaje es, sin duda, el centro de la historia, el que más se explora, y, sin embargo, el gran incomprendido. No lo podemos valorar por lo que piensa, pues pocas veces lo cuenta, pero sí podemos verlo, descubrir junto a él ese Nunca Jamás que crea junto a los niños. La película nos deja esa comparación entre el estreno de su obra anterior y el de Peter Pan, incluyendo para ello el breve papel de Eileen Essell como la señora Snow, que nos deja en su segunda intervención una brillante conversación con Depp, donde sin duda queda reflejado el propósito de Barrie con su obra.


Señora Snow: Ya sólo queda la labor del cocodrilo y su "tic tac", el tiempo nos termina dando caza a todos

Alrededor del escritor, otros personajes por los que sobrevuela el argumento, trazando pinceladas sueltas. No hay actuaciones brillantes, sobre todo por la poca profundidad que se les otorga, salvando al pequeño Peter, interpretado por un Freddie Highmore que se estaba dando a conocer con esta actuación tan lograda. No obstante, el film, pese al melodrama, planea superficialmente por las circunstancias de sus personajes, insinuando, enseñando, pero sin dar explicaciones, aligerando la marcha y siguiendo siempre el rastro, las dudas y las emociones de Barrie, combinando la tristeza, que aumenta según avanza el film, con los momentos de humor, que nunca se pierden. Se logra así un film que deja algunas dudas, pero que logra emocionar, que acabe con la sensación de lo necesaria que es la magia, volver a encontrarse con ese Peter Pan que era el autor.

Nos deja así el film a un autor un tanto idealizado, en contra de las convenciones sociales que trataron de tacharlo, pese a que la historia finalmente ha mostrado que no fue deshonesto en sus acciones. También se toman algunas licencias para aumentar el drama y se tacha a personajes como Mary Ansell Barrie o Emma du Maurier por pertenecer a esa alta sociedad estricta, aunque también se haga de forma equivocada, dadas las razones que ambos personajes muestran. Julie Christie dibuja una Emma luchadora y estricta, que sólo muestra su verdadero carácter al final, y Radha Mitchell actúa como la esposa de Barrie de una forma un tanto anodina, pasando por encima y sin llegar a transmitir lo que sería necesario para su papel.


Barrie: Cuando se atisba un resquicio de felicidad siempre hay alguien que quiere destruirlo.

Al otro lado, tenemos a Kate Winslet que crea a una madre cariñosa y, a la vez, una mujer cansada, que lucha contra lo imposible por mantener la infancia de sus hijos, guardar el paraíso que la muerte de su marido les ha cerrado. Sin duda, se trata del personaje que nos deja con momentos más emotivos junto a Barrie y a Peter, momentos brillantes que, sin embargo, pueden resultar algo huecos en su conjunto. La posible relación entre el escritor y la viuda queda también en el aire, quedando claro el cariño que ambos se tenían, pero más centrado en los hijos de esta que entre sí.


Así pues, la película de Forster deambula entre la vida real de Barrie y su mundo imaginado, el que a veces sorprende al espectador con escenas oníricas, sacadas casi de películas para un público infantil y que nos devuelve también a esos juegos infantiles e imaginativos. Junto a ellos, las primeras representaciones de Peter Pan en un logrado recuerdo al teatro de principios del siglo XX, por el que vale la pena echar un vistazo a las escenas del teatro en la parte final. Finalmente, una mención aparte para el polaco Kaczmarek, que nos deleita con una banda sonora idónea para el film y por la que ganó un Premio Óscar.


Escrito por Luis J. del Castillo





Titanic, de James Cameron

09 julio, 2013

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Titanic es una de esas grandes producciones del cine que, por muchos años que pasen, se mantiene todavía viva en el recuerdo de los espectadores. Pese a que su historia es por todos conocida, posee un encanto y una distinción propia que hace que su extensa duración, que llega a sobrepasar las tres horas, navegue rápidamente en la visión del espectador; casi tan veloz como el propio hundimiento. Para muchos, Titanic sigue siendo una de las muestras evidentes de la existencia de la magia del cine.


Nos adentramos en la búsqueda de un tesoro de la mano de Brock Lovett (Bill Paxton) y su equipo de exploración, cuyo propósito consiste en sumergirse en los restos del clásico hundimiento del Titanic y encontrar una valiosa joya, la conocida como Corazón del mar. Lejos del mismo, en los restos de un camarote hallan otro objeto de escaso valor a simple vista: un boceto de una joven desnuda. Lo que no tardarían en averiguar es que en dicho dibujo se encontraba escrita la fecha del 14 de abril de 1912, la misma en la que se produjo el hundimiento del barco tras chocar con un iceberg. Ante tal descubrimiento, Lovett decide poner de manifiesto dicha noticia, con tal de encontrar datos e información de algún superviviente o familiar. Así fue cómo Rose Dawson Calvert (Gloria Stuart) descubrió ese hecho en los medios de comunicación, y cómo decidió contactar con Brock Lovett por ser ella la joven retratada. A partir de dicho encuentro, comienza propiamente la película con una emotiva Rose, que nos traslada a un ambiente aparentemente idílico y del que relata su atormentada e inolvidable experiencia a bordo del barco de los sueños, confesando, al mismo tiempo, que su nombre verdadero es Rose DeWitt Bukater y que por eso se la dio por muerta.

Restos del Titanic
Rose (Kate Winslet) será la protagonista de una historia de amor aparentemente de lo más convencional a principios del siglo XX: jóvenes de clases sociales distintas separados por sus respectivas circunstancias. Rose, una joven acomodada y comprometida con un importante empresario, y Jack (Leonardo DiCaprio), un pobre pero incansable luchador nato que se gana la vida gracias a su fantástico talento con el dibujo, llegando fortuitamente a un majestuoso Titanic con muy poco en sus bolsillos. Él los unirá, y quizás sea él lo único que podría separarlos.

La película cumple fielmente con su principal objetivo: describir detalladamente la catástrofe del Titanic de una manera espectacular. Sin embargo, notaremos dos partes bien diferenciadas dentro de la historia. La primera mostrará el encuentro y posterior romance entre Rose y Jack, contando con los detalles más flojos de la película, así como pobres diálogos o escenas carentes de desarrollo.


Tampoco se desarrollarán muchos de los personajes secundarios que, en un principio, aparentaban un protagonismo mayor, como Fabrizio (Danny Nucci), el fiel amigo de Jack que embarca con él al inicio del film y que no lo volveremos a ver salvo en contadas escenas, o la madre (Frances Fishes) y el prometido de Rose (Billy Zane), cuyos carácteres encarnan básicamente el prototipo de villano. Al margen de estos personajes fic$ticios en la realidad del Titanic, encontramos al capitán Smith (Bernard Hill) o a Molly Brown (Kathy Bates), cuyos papeles sí representan a dos personajes históricos reales. Smith, como también veremos en la película, aceptó su destino encerrándose en la cabina agarrando por última vez su timón, esperando a que los cristales cediesen ante la presión del agua. Sin embargo, Brown queda en un segundo plano, y tan sólo sabremos más de ella cuando Rose confiesa que es una nueva rica de la época y que la historia acabaría recordándola como La Insumergible Molly Brown, debido al valor que demostró en el hundimiento real pero que no queda remarcado en el film.


La segunda parte, dentro de las dos que destacábamos, comenzará con el momento más esperado por su espectacularidad. Desde el momento del choque con el iceberg hasta el definitivo hundimiento del barco seremos testigos de un continuo compás de inquietud, emoción y ritmo, narrado casi a tiempo real, envolviéndonos y aumentando así su realismo. El choque con el iceberg, Rose abandonando cualquier posibilidad de salvarse en uno de los botes salvavidas para ir en busca de Jack, el agua inundando toda estancia posible, la orquesta inseparable que no duda en amenizar la amarga velada hasta el final, la muerte del capitán Smith, pasajeros que se dejan abandonar a su suerte o la imagen del gran barco inclinándose mientras la gente caía sin cesar. Sin duda, una segunda parte espectacular y memorable, que hace olvidar los posibles fallos de la primera.

James Cameron se dedicó a ejercer una extensa labor de documentación sobre el Titanic para reflejar en la pantalla, con todo lujo de detalles, cómo sucedió la catástrofe. Las productoras estaban preocupadas, ya que dicho trabajo se traduciría en una de las películas más caras de la historia, y Cameron afirmó que se trataría de uno de los mayores fracasos de la historia. El 19 de diciembre de 1997 llegaba Titanic a la gran pantalla, que llegaría a convertirse, a diferencia de lo que creía su director, en una de las películas más recordadas y con más repercusión del séptimo arte, siendo número 1 de taquilla cuatro meses consecutivos, llegando a recaudar la cantidad de 1800 millones a nivel mundial. James Cameron tardaría más de una década en volver a dirigir, haciéndolo por la puerta grande con Avatar, una nueva revolución en el mundo del cine.


Otro sonoro éxito de Titanic fue su banda sonora. La canción My heart will go on de Celine Dion supuso toda una revolución en radios de todo el mundo, consiguiendo el Oscar en ese año a la Mejor Banda Sonora. Titanic hizo historia al conseguir catorce nominaciones, las mismas que en 1950 lograría Eva al Desnudo, que se convertirían finalmente en once premios, siendo así la película más oscarizada junto con Ben-Hur y, años después, El Retorno del Rey. Mejor Película, Director, Montaje, Fotografía, Sonido, Efectos Sonoros, Efectos Especiales, Banda Sonora, Canción, Vestuario y Dirección Artística.

Una nueva revolución la protagonizó el joven Leonardo DiCaprio, convirtiéndose en el actor de moda tras haber triunfado también un año antes en Romeo+Juliet. Para él también tuvo consecuencias el desmesurado éxito de la película; el actor llevaba una carrera de lo más interesante y pasó a convertirse en un reclamo para las más jóvenes que pedían su presencia en films más convencionales. El hombre de la máscara de hierro y La Playa fueron dos propuestas muy diferentes aunque con una menor repercusión. Por suerte, directores como Scorsese o Spielberg le ofrecieron papeles que demostraron que su talento iba más allá de Jack Dawson. 


Actualmente, el último film que ha protagonizado ha sido la adaptación de El gran Gatsby, ambientada también en los años veinte y en el que veremos a un DiCaprio más maduro en un papel impecable. En cuanto a Kate Winslet, sigue en activo aunque no haya protagonizado un éxito de tal repercusión como le llevaría encarnar a Rose. En 2008 estrenó la película Revolutionary Road, dirigida por su marido, Sam Mendes, y que protagoniza junto a Leonardo DiCaprio, lo que supuso el reencuentro de la pareja cinematográfica tras el éxito que protagonizaron en 1997. A raíz de su aclamada interpretación, obtuvo el Globo de Oro a la mejor actriz dramática.

El 6 de abril de 2012, cuatro días antes de la fecha en que el RMS Titanic partió de Inglaterra, se produjo el reestreno de Titanic en la gran pantalla en versión 3D, sorprendiendo de nuevo por su gran recaudación mundial. Como curiosidad, su debut alcanzó bastante notoriedad en China, donde obtuvo 67 millones USD, considerándose como el mayor ingreso en taquilla en apenas un día.


Sin duda, Titanic es una película imprescindible dentro del mundo del cine. Una versión que podría recordar a la historia de Romeo y Julieta, pero contextualizada en la sociedad clasista de principios del siglo XX y en la tragedia del transatlántico más famoso de la historia, que hundió con él a miles de historias, seguramente tan maravillosas y trágicas como ésta. Porque, pese a todo, los amores titánicos existen.



Escrito por Mariela B. Ortega



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