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Adaptaciones (XXVI): Silent Hill, de Christophe Gans

06 junio, 2014

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El transvase del cine a los videojuegos y de los videojuegos al cine no ha sido un camino exitoso. Para desilusión de los aficionados al mundo de las videoconsolas, la calidad de las adaptaciones cinematográficas no ha llegado a cumplir unos mínimos satisfactorios, creando películas que, aún pudiendo ser entretenidas, no han resultado ser fieles al contenido ni a las ideas que se esperaban. Aunque realmente existen historias que podrían haber resultado en películas cinematográficamente buenas, lo cierto es que siempre han fallado en algo, sin conseguir convencer ni a aficionados al videojuego ni a espectadores habituales del cine.

Carátula del primer juego
La saga de videojuegos de Silent Hill surgió en 1999 para Playstation y desde entonces ha ido sacando títulos hasta un total de diecisiete lanzamientos, incluyendo recopilaciones y remasterizaciones. De la misma forma, ha ido creando a su alrededor una cantidad considerable de productos derivados como novelas, libros de arte gráfico y otros elementos de merchandising. No era de extrañar que, como otras franquicias, probara con el cine, aunque el camino fue largo: cinco años necesitó Gans para conseguir los derechos. Y, sin embargo, al final creó un producto que, en efecto, rinde homenaje a la saga, pero que se pierde demasiado en su oscuridad.

El director francés Christophe Gans se enfrentó al reto de adaptar Silent Hill debido a su afición a la saga de terror psicológico de Konami. Ciertamente, Gans tenía experiencia en el mundo del terror y en la creación japonesa, habiendo llevado a cabo adaptaciones de Lovecraft en su film Necronomicon (1993) junto a Brian Yuzna y Shusuke Kaneko, pero también de Crying Freeman (1995), basado en un manga japonés, o El pacto de los lobos (Le pacte des loups, 2001). En los últimos años lo hemos visto dirigir La bella y la bestia (Le belle et la bête, 2014) tras ocho años desde que se estrenó Silent Hill.

Christophe Gans (cen.) dirigiendo a Laurie Holden (izq.) y a Radha Mitchel (der.)
La película nos encuadra en la turbulenta aventura de Rose Da Silva (Radha Mitchell), madre adoptiva de Sharon (Jodelle Ferland, que realiza un triple papel), que tratando de encontrar el origen a las terribles pesadillas y al noctambulismo de su hija, se adentrará en las calles silenciosas y abandonadas de Silent Hill, convertida en una ciudad sobre una mina ardiendo indefinidamente. A su lado, la policía Cybil Bennett (Laurie Holden), una voluntariosa mujer que deambulará por el film intentando aportar un toque de acción, aunque sea de manera fallida.

Y de manera paralela, la investigación que lleva a cabo Chris (Sean Bean) tratando de seguir los pasos de Rose y de saber exactamente a quién adoptaron juntos; una trama que supone más tropiezos que aciertos, con la sensación -finalmente real- de que no conduce a ninguna parte. Todo ello salpicado con la aparición de monstruos que retratan los pensamientos y pesadillas de una niña maltratada y casi asesinada por la secta, pero que además simbolizan también los terrores personales de los distintos personajes. Entre ellos destaca Pyramid Head, el sanguinario monstruo que tiene mayor presencia en el film.


No podemos obviar el hecho de que la película deambula perfectamente en la incertidumbre, el miedo y ciertos elementos de gore, logrando recrear en multitud de ocasiones la atmósfera del videojuego. No obstante, lo hace con tanta fidelidad que abandona en varias secuencias el argumento, pareciendo que manejamos a un personaje mudo por los escenarios del videojuego. En este sentido, el espectador ajeno a la franquicia no entenderá ciertos hechos, normalmente homenajes, que se encuentran en el film. Por ejemplo, la búsqueda de pistas que marcan un camino hacia la niña perdida, pasando por escenarios como la escuela o el hotel, todo ello transcurriendo a una lentitud aburrida para un espectador pasivo, contrariamente a la tensión que se recrea en un jugador activo.

Por otra parte, la mezcla de elementos de diversas entregas de la saga provoca también un error con respecto a la adaptación fiel de alguna entrega en concreto. Quizás por esta razón se hizo necesario introducir una explicación final al mundo creado por Gans, para lo que buscó una crítica al fundamentalismo religioso a partir de una secta, pero concluyendo en una ambigüedad sobre la auténtica bondad o maldad de los personajes.


Cartel anunciador del film
Esa ambigüedad funciona perfectamente con la niña. No resulta novedoso el uso de niños en el mundo del terror, tenemos ejemplos en películas como El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980) o ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976), pero siempre funciona, seguramente por ese mundo distante que suponen los niños de nuestra mirada adulta. En este caso, el dolor de una niña inocente se reproduce en un odio terrorífico que se transmite en todo el pueblo, condenándolo a convivir con realidades cruentas y oscuras.

En definitiva, una película que tiene un ritmo irregular debido a su intento por resultar fiel a los juegos en un primer tramo y demasiado rápido, con un cúmulo de explicaciones finales -e inconsistentes en algunos casos- en la parte final. Todo ello con la acumulación de elementos gore en las últimas escenas que, sin restar valor al film, deben ser tenidos en cuenta por los espectadores que deseen acercarse a la cinta. El otro lado de la película, la parte más similar al thriller, se ahoga en medio de una atmósfera que requería más esfuerzo y más potencia. No obstante, es una de las adaptaciones más conseguidas en el mundo de los videojuegos, aunque no resulte completamente fiel a ninguna de las entregas en particular.

Escrito por Luis J. del Castillo


Descubriendo Nunca Jamás, de Marc Forster

18 septiembre, 2013

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Las vidas de los escritores que nos han deslumbrado con historias universales siempre han resultado interesantes para el mundo cinematográfico, sobre todo teniendo en cuenta el interés biográfico que una parte de la crítica literaria siempre ha suscitado por estos autores. Los hechos verídicos que rodean la creación de una obra pueden resultar así realmente interesantes para crear una película, como resulta ser Descubriendo Nunca Jamás, sobre la vida del famoso autor de Peter Pan, Sir James Matthew Barrie. 

Este film de 2004 no es el primero, ni será en último, en acercarse a la figura de un escritor, incluso aquí ya hemos hablado de Tierras de Penumbra, sobre un periodo en la vida de C. S. Lewis. Ambas películas comparten características, quizás por contener historias similares, aunque la dirigida por Marc Forster presta más atención a la creación de la obra más célebre de Barrie, Peter Pan, fruto de su relación con la familia Llewellyn-Davies. El director que apostó por esta historia se había hecho conocido con Monster's Ball (2001), tras la cual estrenaría este film con considerable éxito. En la actualidad, tras haber realizado Quantum of Solace (2008) dentro de la serie de James Bond, ha dirigido Guerra Mundial Z (2013).

Barrie: Los niños nunca deberían ir a la cama, cuando despiertan son un día más mayores.

Lejos de la acción y los thrillers en los que el director se ha visto envuelto en los últimos años, aquí tenemos una pieza más dedicada a la emoción y a los sentimientos, pero sobre todo, a la imaginación y a los sueños. El mundo de Nunca Jamás se deja vislumbrar gracias a Barrie, interpretado por un Johnny Depp menos esperpéntico de lo habitual en sus últimos papeles, y que nos regala una actuación digna. Su personaje es, sin duda, el centro de la historia, el que más se explora, y, sin embargo, el gran incomprendido. No lo podemos valorar por lo que piensa, pues pocas veces lo cuenta, pero sí podemos verlo, descubrir junto a él ese Nunca Jamás que crea junto a los niños. La película nos deja esa comparación entre el estreno de su obra anterior y el de Peter Pan, incluyendo para ello el breve papel de Eileen Essell como la señora Snow, que nos deja en su segunda intervención una brillante conversación con Depp, donde sin duda queda reflejado el propósito de Barrie con su obra.


Señora Snow: Ya sólo queda la labor del cocodrilo y su "tic tac", el tiempo nos termina dando caza a todos

Alrededor del escritor, otros personajes por los que sobrevuela el argumento, trazando pinceladas sueltas. No hay actuaciones brillantes, sobre todo por la poca profundidad que se les otorga, salvando al pequeño Peter, interpretado por un Freddie Highmore que se estaba dando a conocer con esta actuación tan lograda. No obstante, el film, pese al melodrama, planea superficialmente por las circunstancias de sus personajes, insinuando, enseñando, pero sin dar explicaciones, aligerando la marcha y siguiendo siempre el rastro, las dudas y las emociones de Barrie, combinando la tristeza, que aumenta según avanza el film, con los momentos de humor, que nunca se pierden. Se logra así un film que deja algunas dudas, pero que logra emocionar, que acabe con la sensación de lo necesaria que es la magia, volver a encontrarse con ese Peter Pan que era el autor.

Nos deja así el film a un autor un tanto idealizado, en contra de las convenciones sociales que trataron de tacharlo, pese a que la historia finalmente ha mostrado que no fue deshonesto en sus acciones. También se toman algunas licencias para aumentar el drama y se tacha a personajes como Mary Ansell Barrie o Emma du Maurier por pertenecer a esa alta sociedad estricta, aunque también se haga de forma equivocada, dadas las razones que ambos personajes muestran. Julie Christie dibuja una Emma luchadora y estricta, que sólo muestra su verdadero carácter al final, y Radha Mitchell actúa como la esposa de Barrie de una forma un tanto anodina, pasando por encima y sin llegar a transmitir lo que sería necesario para su papel.


Barrie: Cuando se atisba un resquicio de felicidad siempre hay alguien que quiere destruirlo.

Al otro lado, tenemos a Kate Winslet que crea a una madre cariñosa y, a la vez, una mujer cansada, que lucha contra lo imposible por mantener la infancia de sus hijos, guardar el paraíso que la muerte de su marido les ha cerrado. Sin duda, se trata del personaje que nos deja con momentos más emotivos junto a Barrie y a Peter, momentos brillantes que, sin embargo, pueden resultar algo huecos en su conjunto. La posible relación entre el escritor y la viuda queda también en el aire, quedando claro el cariño que ambos se tenían, pero más centrado en los hijos de esta que entre sí.


Así pues, la película de Forster deambula entre la vida real de Barrie y su mundo imaginado, el que a veces sorprende al espectador con escenas oníricas, sacadas casi de películas para un público infantil y que nos devuelve también a esos juegos infantiles e imaginativos. Junto a ellos, las primeras representaciones de Peter Pan en un logrado recuerdo al teatro de principios del siglo XX, por el que vale la pena echar un vistazo a las escenas del teatro en la parte final. Finalmente, una mención aparte para el polaco Kaczmarek, que nos deleita con una banda sonora idónea para el film y por la que ganó un Premio Óscar.


Escrito por Luis J. del Castillo





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