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Para el sábado noche (CVI): Vencedores o vencidos, de Stanley Kramer

02 junio, 2021

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Los Juicios de Nuremberg, para imputar a altos cargos del partido nazi, acusados de crímenes y abusos contra la humanidad, tuvieron lugar del veinte de noviembre de 1945 al uno de octubre del siguiente año. Pero hubo otros juicios posteriores, de no menor importancia, donde se juzgaron a todo tipo de funcionarios siniestros. En la misma ciudad alemana donde, diez años atrás, se habían sancionado las leyes racistas y antisemitas auspiciadas por el canciller y dictador Adolfo Hitler (1889-1945).

Vencedores o vencidos (Judgment at Nuremberg, United Artist, 1961) comienza, precisamente, con las imágenes de una ciudad en ruinas, que después el juez Dan Haywood (el estupendo Spencer Tracy) va a recorrer a pie, sin más compañía que el eco de los atroces discursos y consignas ideológicas cargadas de razón que aún resuenan entre las piedras.

Estamos en la metrópoli que da título original a la película. Cuando Haywood pasea por estos lugares emblemáticos, sabe, en efecto, que aquí es donde el partido nazi celebraba sus reuniones. A su llegada a la vapuleada y simbólica ciudad, el juez es recibido (sospechosamente agasajado) por el senador Matt Burkette (Edward Binns). Luego retomaremos a este personaje. Para servirle de apoyo en su labor de administración de la justicia, está el capitán Harrison Byers (William Shatner), enlace y secretario del magistrado. Este, hablando de simbolismos, ha sido alojado en la antigua mansión de unos ex miembros del partido.

El empleo de la conjunción “o”, en lugar de la más integradora y coexistente “y”, en el título en español, enlaza y entremezcla de forma más directa ambos extremos. Los vencedores y los vencidos, en forma de interrogante. Pero la propia película se encarga de dirimir claramente la cuestión que se expone desde dicho título.

Escrita de forma brillante y alumbradora por Abby Mann (1927-2008), con fotografía de Ernest Laszlo (1898-1984), discreto y marcial acompañamiento musical de Ernest Gold (1921-1999), y producida y dirigida por Stanley Kramer (1913-2001), Vencedores o vencidos no se pierde en prolegómenos, va al grano.

Al inicio del sumario, sabemos que Haywood no ha sido el primer candidato propuesto por los representantes aliados. Probablemente, buscaban a alguien más moldeable, o bien han acabado pensando que un juez campero, perteneciente a un modesto condado, es el ideal para dejarse dirigir por los intereses de la política. Craso error. También es posible que los otros nombres propuestos hayan desertado del poco grato encargo -lo que es un auténtico compromiso-, ante la dificultad de no ser libres en la aplicación de la justicia; el mismo asunto que se está dirimiendo en suelo germano.

Haywood lo sabe; y en efecto, en cuanto a los otros candidatos, se nos da a entender que ha habido jueces que se han batido en franca retirada ante los avances de las nuevas imposiciones gubernativas, recién acabada la contienda.

El proceso arranca, en especial contra los jueces alemanes. Lo que nos recuerda que cuando se retuerce y falla la ley, todo lo demás no tarda mucho en desmoronarse.


Respecto a los acusados, estos actuaron de jueces en tiempos del Tercer Reich (1933-1945). Como declara un testigo, el doctor Heinrich Geuter (Karl Swenson), muchos de ellos se conducían con rectitud antes de la llegada al poder de Hitler, es decir, del advenimiento del nacional socialismo. Un periodo previo en el que gozaban de una situación de completa independencia.

Con los debidos traductores simultáneos se va desarrollando el proceso. El defensor Hans Rolfe (Maximilian Schell) y el fiscal Tad Lawson (Richard Widmark) se aprestan a singular combate ético y legal (lo que no siempre va de la mano). Entre los acusados se haya el prestigiado jurista Earl Janning (un magnífico Burt Lancaster), nombrado ministro de justicia en 1935. Su frialdad en el banquillo es el anticipo de un paulatino remordimiento. El actor sabe sostener al personaje de forma admirable.

La defensa trata de exculpar a los acusados con la idea de que un juez es quien hace cumplir las leyes, no quien las propugna. Y que, por lo tanto, no es a Janning y los demás a quienes se procesa, sino a todo el pueblo alemán. Como si una serie de leyes, por el hecho de resultar normativas y obligatorias, no fueran un desatino coercitivo. La falacia está bien urdida, antes igual que ahora, pero en sus redes no caerá el avezado juez Dan Haywood. Ciertamente, se trata de una perversión justificadora que solo se sostiene por las lagunas demagógicas bien articuladas por Rolfe, ante las cuales se posiciona el fiscal Lawson.

De hecho, el defensor Rolfe es el tipo de persona que con su ímpetu juvenil y distorsión ideológica de la realidad (presente, pasada y futura) es capaz de amedrentar a los posibles testigos. No en vano, Stanley Kramer visualiza los discursos iniciales de defensor y fiscal a través de sendos y significativos planos semicirculares (envolventes). A lo que podemos sumar, dentro de una bien definida y ajustada puesta en escena, el antedicho plano general de Haywood caminando por el envarado frontispicio, ahora vacío, que sirvió de lugar de reunión a las cohortes nazis. La antesala punitiva de cualesquiera cosas que, como el buen doctor Geuter recuerda con pesar, fueran declaradas actos contra el Estado.


Pero sobre la trama planean otros supuestos, no menos perturbadores que la función de la justicia y su conveniente separación de la maquinaria estatal. ¿Debemos olvidar a los muertos cuando estos no nos convienen? ¿Sabía la población civil lo que pasaba en los campos de concentración? ¿En qué momento se corrompe un juez? ¿Es mejor olvidar y no conocer la historia para poder seguir viviendo, o lo contrario? Esto es, mirar al futuro y no al pasado, en oportunista expresión del defensor Hans Rolfe.

Ahí entran en juego testigos especialmente vulnerables, como el “invertido” y algo retardado tras su “esterilización” Rudolf Petersen (Montgomery Clift), o la joven chivo expiatorio Irene Hoffman (Judy Garland), que fue manipulada siendo una niña con objeto de acusar a un inocente comerciante judío.

Un conjunto sobre el que sobrevuela la identidad histórico cultural de Alemania, y su nueva relación con los EEUU, que parece ser la clave de la supervivencia en Europa (el senador Matt Burkette dixit). Si Alemania se pierde, se pierde Europa. Lo que, como aclarará el juez Haywood, no es óbice para hacer justicia sin dejar de congraciarse con las víctimas -reales- del pueblo alemán.

Las presiones que, en este sentido, afronta Haywood, son formidables. A la de sus compatriotas políticos se añade la alemana. Ese enturbiamiento entre la sociedad civil y sus representantes legales (al menos, los que se sientan en el banquillo). Algo a lo que se opondrá el desahogado e ilustrativo discurso del hasta entonces reticente Emil Janning, con sus miras puestas muy especialmente en las nuevas generaciones y supervivientes representados por Rolfe. De lo que se deduce que no escarmentamos en cabeza ajena. Hace falta mucha dignidad para hacer frente a los medrosos y achantados que se hayan en el mismo bando (que los hay). En palabras de Janning, no resulta fácil decir la verdad, sobre todo cuando le alcanza a uno. Hasta los buenos hombres son susceptibles de corromperse.

La culpa de Janning es la culpa del mundo, asevera Rolfe, tratando de salvarle las castañas a su defendido, y como es práctica común, echando la culpa de nuestros propios errores al y tú más. Como si eso nos eximiera de las faltas. ¿Acaso no deben ser por ello los responsables de atroces delitos castigados? Si se han cometido errores de percepción en varios frentes, tal y como expone Rolfe, bien es cierto que todos merecen su correspondiente y equitativa sanción.


Como la mayoría de las grandes obras cinematográficas, Vencedores o vencidos acierta al ponerle rostro dramático a informes y víctimas. Quizá preguntándose, al igual que Haywood a lo largo de sus paseos, cómo es posible que uno de los países de la gran música y la cultura en general fuera capaz de alcanzar semejantes extremos de vileza. El pilar de la cultura occidental, en manifestación de otro de los acusados, el juez Emil Hahn (Werner Klemperer). Lo que no puede encubrir la circunstancia de que la cultura y el alto nivel tecnológico de un país no son garantía de moralidad. A la vista está por todas partes. Es lo que Haywood está a punto de descubrir, salido como está de su terruño protector, tutelado por los valores democráticos. Tengo que comprender, declara ante sí mismo. Lo cual no es tarea fácil, parafraseando a Janning, habida cuenta de que cada cual defiende y justifica su punto de vista primordial (en cuanto a la subsistencia de cara al dictamen histórico se refiere). Así actúa la señora Bertholt (Marlene Dietrich), que toma a Haywood como descarga de su conciencia, y la de todo un pueblo. Al fin y al cabo, están siendo juzgados ante la posteridad. Demasiada responsabilidad para los fatigados -pero lúcidos- hombros del juez, que asegura que no alcanza a comprender cómo nadie ha sabido ni visto nada de lo ocurrido, cuando el hecho imbatible es que las víctimas fueron conducidas por alguien a los campos de concentración para ser exterminadas. A nadie le interesa, la sociedad parece adormecida, además de cansada de la guerra. Un punto tan escalofriante como todos lo demás.

En efecto, otro factor no menor es el de mirar hacia otro lado, el de la permisividad entre las naciones libres ante desafíos y agravios que son evidentes (el complejo fin de las sociedades modernas). Nunca faltan los que contemporizan con el abuso y la corrupción, cuya antesala es el mangoneo (AKA nombramiento) de jueces por parte de los políticos. Algo así como ser un antisistema y pasarse el día en los medios del sistema (televisión, radio, prensa, etc.). Ello, con el telón de fondo de un antisemitismo cada vez más palurdo, sostenido por algunos grupúsculos que se caracterizan por su presunta tolerancia hacia otras religiones e ideologías bastante menos tolerantes.


La declaración de Irene Hoffman, de un lado, como la de Emil Janning por otro, devienen decisivas para airear esta viciada atmósfera. Cuando el tribunal se reúne a deliberar, tan solo el magistrado Curtis Ives (Ray Teal), sometido a la (in)disciplina de partido que le marca el senador, muestra su disconformidad. Las películas filmadas por los aliados en los referidos campos “de internamiento” y que son expuestas en la corte resultan igual de concluyentes, además de estremecedoras, como todos sabemos. Estos últimos días han significado mucho para mí, concluirá Haywood ante una vencida pero digna madame Bertholt. En última instancia, el juez comprenderá que hacer cumplir la ley no es revanchismo, y que se juzga de forma justa a quienes han trasmutado la tolerancia y el respeto por el crimen puro y duro, bajo todas las coartadas ideológicas posibles.

Así es. Cuando Haywood llega lo hace con la intención de hacer justicia, pero aún desconoce muchos aspectos que se van a poner de manifiesto durante el proceso. Se encuentra en terra incognita, pero su asidero será su herramienta principal de trabajo: las leyes.

De hecho, el de Haywood va a ser también un proceso, un recorrido. Como ya hemos visto, hasta los jueces pueden ser presionados. Es lo que el magistrado está juzgando. En su caso, la presión que recibe se evidencia incluso en los aspectos más cotidianos. Valga como ejemplo que a Haywood ni siquiera le dejan preparase un bocadillo a su antojo los antiguos empleados domésticos de los Bertholt. Lo que también sería privarlos de su función (su trabajo).

Una vez que prosigue dicho recorrido, Haywood comienza a oponerse por primera vez a las sempiternas protestas del defensor (a veces del fiscal), por resultar claramente sacadas de contexto.

Dicho de otra manera, la señora Beltholt podrá tratar de influir todo lo que pueda en el dictamen (¿de verdad cree usted que el pueblo alemán sabía todo lo que estaba pasando?). Pero la justicia no es una cuestión de creencias, sino de hechos objetivos y probados.

Escrito por Javier Comino Aguilera

El mundo está loco, loco, loco, de Stanley Kramer

02 febrero, 2017

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Podemos considerar la avaricia humana casi como un subgénero artístico por sí mismo; literario o, como en el caso que nos ocupa, cinematográfico (que, al fin y al cabo, es una ecléctica manifestación que contiene elementos literarios). Y ello, sin la necesidad de caer en la demagogia o el esteticismo de algunos planteamientos; sino ironizando y reconociéndonos en los distintos personajes.

Para los protagonistas de El mundo está loco, loco, loco (It’s a mad, mad, mad, mad world, United Artist, 1963), todo comienza cuando Grogan, apodado el Narizotas (Jimmy Durante) se sale de la carretera y va a dar con sus huesos al fondo de un barranco. Antes de estirar la pata (literalmente), Grogan pone en antecedentes a una serie de automovilistas acerca del secreto bien guardado de una gran suma de dinero.

La ironía reside en que el moribundo asume que tal cantidad, en lugar del producto de un robo, es el resultado de su esfuerzo personal y de años de privaciones; lo que en un sentido puramente burlesco y pragmático es verdad.

En cualquier caso, trata de que su peculio no vaya a parar a las garras y colmillos del fisco, y de ese modo, ofrece su ubicación a las personas que se han detenido a socorrerlo. Estos, naturalmente, pronto pasarán de auxiliadores a lobos esteparios, en el campo o la ciudad. Entre ellos hay un transportista (Jonathan Winters), un viajante de comercio (de algas marinas; Milton Berle), un recién casado en su luna de miel (Sid Caesar), y un par de amigos que acuden a visitar a un familiar enfermo (Mickey Rooney y Buddy Hackett).


Este punto de partida hará que, por tierra, mar y aire, se desaten las pasiones más primordiales a la caza del tesoro; un dinero caído del cielo y libre de impuestos (¡como debe ser!). A los sones de la excelente banda sonora de Ernest Gold (1921-1999) y bajo la atenta mirada de la fotografía de Ernest Lazslo (1898-1984), se suceden los primeros adelantamientos por carretera, las imprudencias, el hurto, los engaños y las más taimadas deslealtades, aún a riesgo de la integridad física de los actantes. Ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo en el reparto, se determina que cada cual parta por su cuenta y riesgo, y se las componga como pueda. Lo que, a la larga, hará que el número de implicados se vaya ramificando.

Es por ello que la película compone un desenfrenado collage que da cabida a elementos estructurales del cine mudo o el slapstick (las persecuciones, la búsqueda en el parque, la destrucción de una gasolinera y una ferretería, el desprecio por la lógica, el rescate de los bomberos, el vuelo en sendos aeroplanos…). Y en efecto, las acciones acaban confluyendo hacia el desastre (el gozoso desastre característico del cine cómico mudo, desde luego).

Todo lo cual conforma una verdadera masterpiece de la avidez y la alteración del orden, pero también de la aventura, el desparpajo y el sano sentido del humor, puesto en escena por el siempre estimulante productor y realizador Stanley Kramer (1913-2001), de carrera tan interesante como parcamente valorada. Como muestra de ese humor, remarcable es la imagen del taxista de color (Eddie Rochester Anderson) que se precipita sobre los brazos de una estatua de Lincoln. No es extraño, por lo tanto, que sea precisamente la risa el elemento culminante en la gesta de estos personajes; el único recurso que, al final, compartirán y pondrán en común.


Entre las figuras de esta narración coral también se encuentra un policía de San Diego (California), encarnado por el maravilloso Spencer Tracy (1900-1967). Responde al nombre de Culpeper y, no por casualidad, es un oficial que aún viste sombrero. Mantiene en estrecha vigilancia a los caza-tesoros con objeto de averiguar el paradero del botín. Pese a todo, el capitán Culpeper, más que un Gran Hermano, parece un primo venido a menos. Y de ello tiene bastante culpa la calamitosa situación de su pensión, congelada desde hace décadas, y la revuelta vida familiar que padece como un espectador inocente. Admitiendo su mala situación económica y vital, su propio compañero, el jefe de policía Aloysius (William Demarest), le recuerda que esta es tu recompensa por haber sido un policía honesto.

Culpeper ve languidecer su pretérito y su provenir ante la bonanza de otros colegas corruptos, y ante unos políticos que, según se nos cuenta (y no hay que hacer demasiados esfuerzos para creerlo), obtienen sus mordidas de los garitos que él mismo ha cerrado, así como de toda clase de información privilegiada. De hecho, ni siquiera su mujer recuerda el caso del que se ha estado ocupando los últimos quince años. Como sucede con el resto de personajes, la esposa e hija del policía tratan de comunicarse, pero no se escuchan (tanto en persona como por medios interpuestos: el teléfono). Tal hastío hará que el capitán tome una resolución sustancial y sustanciosa.

El tono de comedia, incluso de tebeo, es el más adecuado para mostrar esta farsa humana con ribetes de tragedia, sin que por ello tenga el espectador que sentirse zaherido o rechazado. Al fin y al cabo, como resume mordazmente el coronel Hawthorne (el estupendo Terry-Thomas), el tiempo es billetes.


La historia desarrollada por William y Tania Rose (1914-1987 y 1920-2015) bien demuestra que más puede una maleta cargada de dinero que dos carretas. Un clima y clímax que ya son puestos de manifiesto por los austeros, aunque muy expresivos -marca de la casa-, títulos de crédito del recordado Saul Bass (1920-1996).

Todo aficionado al buen cine que desee pasar un momento inolvidable tiene una cita ineludible con El mundo está loco, loco, loco, imborrable película en la que lo que queda dinamitada es la buena voluntad de aquellos que no creen que el ser humano sea más que la víctima incorregible de su propia naturaleza.

Escrito por Javier C. Aguilera


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