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Para el sábado noche (CXXXII): Chacal, de Frederick Forsyth, y adaptación de Fred Zinnemann

02 octubre, 2023

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Un magnicidio es una cosa muy fea; incluso aunque nos puedan entrar ganas de vez en cuando. El hecho conlleva, además, un elemento simbólico muy marcado. Atacar tamaño cargo público es atacar un país, mostrar su vulnerabilidad. Presidentes de todo tipo y condición han sido abatidos. Emboscados, sin derecho a la menor defensa. Juan Prim (1814-1870), José Canalejas (1854-1912), Eduardo Dato (1856-1921), Antonio Cánovas (1828-1897), Abraham Lincoln (1809-1865), William McKinley (1843-1901), John F. Kennedy (1917-1963), Olof Palme (1927-1986), Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961), etc. Sin contar los intentos frustrados contra Gerald Ford (1913-2006), Ronald Reagan (1911-2004), o el propio Juan Pablo II (1920-2005). Pese a todo, los preparativos de un magnicidio pueden resultar fascinantes. Como casi todo lo relacionado con la parte oscura del ser humano. Un componente narrativo de primer orden.


En este sentido, uno de los mejores libros de suspense que recuerdo haber leído, es Chacal (The Day of the Jackal, 1971; G.P., 1972, Orbis, 1985, DeBolsillo, 2004), en traducción de Ramón Hernández (-), cuya relectura me ha reafirmado en mis pretéritas impresiones. Está dividido en tres cuerpos narrativos consecutivos. Anatomía de una conjura, anatomía de una cacería, y como en la película de Otto Preminger (1905-1986), anatomía de un asesinato.

Existe un proverbial resquemor contra el general y presidente de la República Francesa Charles De Gaulle (1890-1970), por una pequeña parte de la población del país galo, capitalizada por el coronel Jean Marie Bastien-Thiry (continuamos con los nombres y acontecimientos verídicos; 1927-1963). Para el que, el mandatario había traicionado a la nación al ceder Argelia a los nacionalistas (capítulo I). A partir de ahí se conformó la Organización clandestina y terrorista del Ejército Secreto, conocida por OAS, que había jurado matar a De Gaulle y derrocar su gobierno.

Cabe destacar la minuciosa y absorbente descripción de los distintos entramados organizativos; cómo operan los extremistas, y cómo está dispuesto el Servicio de Inteligencia Francés. Cuando las actividades de la OAS cobran una mayor virulencia y brutalidad, el director de la SDECE (Servicio de Documentación y Espionaje), el general Eugène Guibaud (comienzan los nombres supuestos), contrataca con sus hombres bien adiestrados, algunos de ellos infiltrados con mucho riesgo en la OAS.

Los paralelismos con determinado partido político de la actualidad política española son sorprendentes. Su implicación con un grupo terrorista reconvertido a la política, resultan escalofriantes. Ex ministros y ex militares, y otros cargos públicos de los que predican el bien común, están implicados en la trama criminal. Mientras evidencian su sibilino y retorcido punto de vista en los medios, a modo de acercamientos y diálogo. Pero el autor de la novela, el británico Frederick Forsyth (1938), es muy listo al desasirse conforme avanza la trama de esta tupida red de conexiones y desconexiones, que parece no tener fin, focalizando el peligro en un solo hombre, de apelativo Chacal. Último intento de la OAS para asesinar al General, antes de morir asfixiados por la infiltración policial (y sin vistas a que ningún gobierno les proporcione oxígeno).

Imágenes de la película

Antoine Argoud (de la OAS) dispuso para el ex ministro de Asuntos Interiores Georges Bidault una serie de entrevistas con las principales redes periodísticas y de corresponsales (las actuales prensa y redes), en las cuales el viejo político cubrió con una capa de respetabilidad las actividades menos aceptables de los duros de la OAS. Prosigue. El éxito de la operación propagandística de Bidault inspirada por Argoud, alarmó al gobierno francés tanto como las tácticas terroristas y la oleada de bombas de plástico que estallaban en los cines y cafés de toda Francia (íd.). A los que tenemos cierta edad esto nos suena muchísimo, fuera de las fronteras de Francia. El coronel Marc Rodin sustituye a Argoud, apresado por el Servicio de Acción de la SDECE en Alemania, como nuevo jefe de operaciones de la OAS.

Sentía Marc Rodin odio mortal contra los políticos (II). El perfil de este personaje es distinto al de otros dirigentes terroristas; más complejo, y está muy bien expuesto. Su historial histórico y emocional, diríamos. El lector lamenta que un hombre de natural leal y brillante se acabe convirtiendo en un fanático. Lo que deriva en su encuentro con el mercenario inglés de nombre Chacal en Viena. De ojos transparentes, fríos y sin expresión (íd.). La primera víctima no mortal del inglés, pues la otra ya está fijada, atiende al robo del pasaporte de un sacerdote danés (en la película un maestro de escuela), en pleno Aeropuerto de Londres. Junto al de otros estudiantes de vacaciones en Inglaterra (III). La ejecución del Chacal es siempre sibilina y desapercibida.

Paul Goossens, héroe de la Resistencia y proveedor clandestino de armas, le abastece. Como es lo preceptivo, las apariencias engañan por defecto y el fanatismo se reviste de moral. Una lealtad mal entendida. Chacal encarga los servicios de otro falsificador de documentos belga. Entre tanto, el coronel Rolland, jefe del Servicio de Acción de la SDECE, se pone en marcha, sucediéndose todas estas acciones en paralelo (IV), magníficamente contrapuestas por Forsyth.


Otros personajes vienen a enriquecer la trama. De hecho, aún no hemos llegado hasta el antagonista principal de Chacal. Inspeccionando los escenarios de París, uno de los oficiales pertenecientes a la junta de gobierno, el coronel Raoul Saint-Claire, entra en contacto con la esteticista Jacqueline Dumas, de veintiséis años, lastrada por la muerte de su hermano y su novio en Argelia (V). Para obtener la primera pista contra el tirador profesional, la SDECE organiza un ardid con el guardaespaldas polaco y ex legionario Viktor Kowalski, al servicio de Rodin (VI). Trato de resumir todo lo posible, pues la concurrencia de personajes es grande, pero necesaria para no perder el hilo, sin desvelar más de lo aconsejable. Tras probar el fusil en un bosque de la zona belga de Las Ardenas, Chacal inicia un periplo que lo lleva hasta Londres (VII), Milán (XII) y Génova (IV, XII), y que por fuerza ha de acabar en París con una muerte. De la confesión de Kowalski se descuelgan algunas palabras inconexas que, pese a todo, sirven al coronel Rolland para elaborar un intranquilizador informe preliminar (VIII), que desemboca en el encuentro del Ministro del Interior Roger Frey con el jefe del Cuerpo de Seguridad personal de De Gaulle, el comisario Jean Ducret. El Presidente no da su brazo a torcer, no acepta ningún chantaje ni alteración de su rutina pública. Una cuestión de honor. El comisario jefe Bouvier propone entonces a su colega, el comisario de homicidios Claude Lebel, como responsable de llevar a cabo la investigación. Él va a ser el elegido para la captura de Chacal. Una coordinación monumental de las fuerzas del orden no solo francesas, sino de los países presuntamente implicados (IX). Se pone al corriente a Lebel, trabajador metódico que odiaba la publicidad, y personaje que de nuevo queda bien descrito por el autor bajo su apariencia sencilla, carente de pretenciosidad, y sumamente eficaz. Diez años como detective de la Brigada Criminal de la famosa policía judicial de Francia lo avalan. Su principal ayuda será el joven inspector de homicidios Lucien Caron (X). Por su parte, Jacqueline, convertida ya en amante de Saint-Claire, va dando parte del desenmascaramiento de la conjura. La carrera contra reloj no es solo entre Chacal y su encargo, sino entre la policía y la informadora. 

Este coronel Saint-Claire es otra de las perlas idiosincráticas de Forsyth. Se trata de un personaje jactancioso y receloso del resto del gabinete presidencial. No estima en nada a Lebel (XI). Entre tanto, prosiguen las pesquisas en Londres, donde el inspector Anthony Mallinson y su súper intendente Bryn Thomas son un ejemplo de la buena coordinación entre países. Lo que conlleva horas de búsqueda en archivos, recientes o polvorientos. Thomas recibe la ayuda de su amigo Barry Lloyd, del MI6 (Servicio Secreto de Inteligencia), al situar a Chacal en el escenario de la muerte del presidente de República Dominicana, Trujillo (XIII). Mientras Chacal pasa de contrabando las distintas piezas de su fusil especial por la aduana francesa, Thomas se entrevista con el Primer Ministro, por aquellas fechas, Maurice Harold McMillan (1894-1986), en Downing Street. Se averigua el nombre falso con que viaja Chacal, único pasaporte expedido a un difunto (un niño fallecido a los dos años y medio en un accidente de tráfico) (XV), que entra en contacto con madame Colette de la Chalonniére, la baronne, en un hotel de Gap (Francia) (XVI). El cerco se va estrechando, al punto que Lebel se sentía más cerca de aquel hombre que de los políticos que le rodeaban (XVII). Chacal adopta la identidad de un estudiante americano, pero será su aproximación a Jules Bernard en un bar gay de París, la que le proporcione un refugio hasta el día del asesinato. Ese día, adopta la identidad del ex combatiente André Martin, un veterano de la II Guerra Mundial, con condecoraciones y todo (XX). El “beso de la muerte” quedará sellado la jornada en que De Gaulle asista a los actos del Día de la Liberación (XXI).


La adaptación cinematográfica Chacal (The Day of the Jackal, Paramount Pictures, 1973), transcrita por Kenneth Ross (-), comienza con la emboscada fallida a De Gaulle que da inicio a la novela, y se sitúa un año antes de la acción principal del libro. El del general es probablemente uno de los cargos públicos más amenazados de la Tierra. Es esta una secuencia casi muda, es decir, estrictamente cinematográfica, que ejemplifica la habilidad del realizador de origen polaco y educación vienesa, afincado en EEUU, Fred Zinnemann (1907-1997). En ella también se hace hincapié en el proverbial menosprecio de De Gaulle por su protección personal, pues para él obrar de otra manera es falta de confianza y gallardía. Su enemigo acérrimo, el coronel Rodin (Eric Porter), no desaprovecha la circunstancia. No somos terroristas, somos patriotas, asegura (como muchos terroristas). En Chacal, todo lo que es necesario ser contado con la cámara, es decir, con el cine, no es preciso rubricarlo con ningún diálogo o voz en off, salvo en una breve concentración de datos iniciales. Es una de las particularidades de Zinnemann en su extraordinaria adaptación. He ahí la diferencia entre un gran director, y un director eminentemente tecnológico, de los que tanto abundan en la rugosa actualidad. Los dinámicos prolegómenos son refrendados por una puesta en escena y montaje ágiles.

A esta vertiente netamente cinematográfica se suma la imagen de Chacal ante un panel de tráfico que señala la encrucijada París-Italia, cuando está pensando que camino (vital) tomar. También la que muestra al comisario Lebel (Michael Lonsdale) caminando entre el gentío el Día de la Liberación en la capital francesa, como último recurso a su intuitivo olfato. Pasando de la organización policial grupal desplegada hasta ese momento, a la relativa soledad de las pobladas calles de París; por los distintos actos de tan señalado día. Un trabajo que culmina a pie de calle, tras la ardua investigación entre cuatro paredes. Así mismo, destaca su imagen charlando con el gendarme (Philippe Leotard) que le proporciona la pista final. Otro momento espléndido en una película que no carece precisamente de ellos, en idéntico procedimiento al empleado por Alfred Hitchcock (1899-1980) en Topaz (íd., Universal, 1969).


Pero antes del desenlace, resta hacer tiempo hasta el advenimiento del “Día D”, en los lugares más apartados posible. Por ejemplo, un hotel de montaña, en compañía de la insatisfecha señora Colette Chalonnière (Delphine Seyrig), mientras la búsqueda infatigable va dando sus frutos (un cerco entre los amantes ocasionales, y entre el asesino y sus buscadores).

Se respetan las líneas argumentales del libro, sintetizándolas: el contacto con la OAS del maestro Valmy (François Valorbe) –lo que está lleno de inquietantes sugerencias-, y el apresamiento de Viktor Kowalski, aquí rebautizado Wolenski (Jean Martin). El ardid de las alfombras para apresar a Wolenski es el que en la novela se emplea para atrapar al coronel Argoud. Toda la fascinadora tensión de la visita al armero belga (Cyril Cusack) y el falsificador de documentos genovés (Ronald Pickup), se trasladan a la película. El principal cambio respecto a la versión original recae en el propio Chacal (Edward Fox), menos adusto y más simpático en la adaptación. Más encantador, menos frío, aunque no por ello menos despiadado. Creo que es un acierto. Ambas vertientes me agradan, la del libro y la de la película. La cooperante terrorista Jacqueline pasa a llamarse Denise (Olga Georges-Picot). Ahora bien, el segundo cambio más significativo no proviene del trueque de ningún nombre, sino, una vez más, de la naturaleza del oficial que se le asigna a Denise, aquel al que se pide que entre en contacto, el coronel Saint-Claire (Barrie Ingham). Este personaje, de breve aparición pero capital desenvolvimiento, es descrito de forma más humana y, por lo tanto, vulnerable, en la película. Digno de lástima, incluso. Mucho menos pagado de sí mismo que en la novela. Pese a su posición dominante como eslabón más fuerte en la cadena de mando, es en puridad, el más débil, como quedará demostrado. Pero esto convierte al (fugaz) personaje de la película en alguien más digno. Otro cambio, nada trascendente, pero sí interesante de constatar, estriba en el hecho de que, en la película, Chacal acude a las posesiones de la baronesa estando ella al tanto de que está siendo buscado por la policía, lo que proporciona un suspense adicional a lo descrito en la novela. La necesidad de compañía por parte de la mujer se hace más evidente, carnal y anímicamente hablando. La ejecución por parte de Zinnemann conlleva, además, una salida menos dramática y más airosa de la mansión de Colette (por la puerta, cuando los empleados aún duermen, en lugar de por la ventana). Pero como digo, ninguno de estos factores altera el orden. El bar gay del libro es sustituido por una sauna. Ello le procura el consabido refugio a Chacal, mientras aguarda sus últimos días en París.


A lo largo de la película, Fred Zinnemann ejerce todo su dominio para desplegar el organigrama de informaciones cruzadas y pesquisas ejecutadas, con brío y sin descanso. El coronel Rolland (Michel Aucalir), el comisario inglés Mallinson (Donald Sinden) y, por último, el abnegado comisario capaz de dar una lección a todos, Lebel, espléndidamente encarnado por Michael Lonsdale (1931-2020), promueven todo un trabajo de equipo policiaco mutuo, que incluye a motoristas mensajeros. Una puesta en escena que lega imágenes, nuevamente sin palabras, tan certeras como la de la joven y perdida Denise viendo desaparecer por las llamas las cartas y fotografía de su novio, muerto en combate en Argelia; en definitiva, toda su vida anterior, ya que no pueden quedar pruebas. Cuántas buenas disposiciones han quedado torcidas en nombre de la utopía más holística y descabellada. En otra certera imagen, Fred Zinnemann muestra la aduana que registra a todos los rubios que acceden a suelo francés, puesto que aún no se conoce la identidad con que viaja Chacal (Oliver Duggan). Quisiera remarcar, por último, que, junto a su contemplación en versión original, el excelente doblaje de la película al español procura todo un festival de voces, para los que amamos y reconocemos tan familiares y enriquecedoras aportaciones.



El autocine (XCV): Solo ante el peligro, de Fred Zinnemann

12 marzo, 2022

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Que a una persona la pueden dejar aislada resulta algo plausible. Y curiosamente, a un nivel de colectivo más que de individuos, puesto que el comportamiento replegado de unos convecinos, puede dar lugar a un miedo tan cerril como grupal, es decir, amparado en los otros.

También es irrefutable el hecho de que existen monomaniacos, personalidades alteradas que, de forma no menos sorprendente, se las apañan para acabar casi siempre dentro del ámbito de la política, atalaya desde la cual se puede dominar a los demás. Cumplir con la ley sigue siendo una entelequia tácita: cuando algo no conviene al desaprensivo, la ley se cambia. Pero existe otra ley natural, dependiendo de los redaños, que es aún más difícil de sobrellevar, la que atañe a uno mismo (por no irnos a otras alturas menos tangibles). A eso es a lo que se enfrenta Gary Cooper (1901-1961) en Solo ante el peligro (High Noon, United Artist, 1952).

La película, una producción del avezado Stanley Kramer (1913-2001), con actores sobresalientes, es una ventajosa adaptación por parte de Carl Foreman (1914-1984), del relato The Tin Star (1947), obra de John W. Cunningham (1915-2002). Recordemos que Foreman es responsable, así mismo, de los libretos de El ídolo de barro (Champion, Mark Robson, 1949), El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, David Lean, 1957), junto a Michael Wilson (1914-1978), o Los cañones de Navarone (The Guns of Navarone, J. Lee Thompson, 1961).

La adaptación cinematográfica cuenta, además, con la fotografía del veterano Lloyd Crosby (1899-1985) y una edición ejemplar a cargo de Elmo Williams (1913-2015); y no me refiero solo al hecho de que estemos ante una producción de modesto presupuesto. Ello no implicaba el hacer un mal trabajo con dicha fotografía y montaje. La música ya era otro cantar, aunque aquí resulta igual de memorable, al encargarse de ella Dimitri Tiomkin (1894-1979). La balada central, interpretada por Tex Ritter (1905-1974) se hizo muy conocida en todo el mundo, como, pongo por caso, la composición de Victor Young (1900-1956) para Johnny Guitar (Íd., Nicholas Ray, 1954). No me abandones, debo enfrentarme a un hombre que me odia. No habrá paz hasta que haya matado a Frank Miller, reza la letra de la canción.

Así, una comunidad apacible puede verse perturbada por partida doble, por unos matones y por su propia cobardía. No basta con santiguarse y esgrimir aquello de el Señor proveerá. Lo quiera o no, conviene saber defenderse. Lo estamos viendo a nivel de naciones (lo que incluye la heroicidad de otros grupos mucho más resueltos y con las ideas no embadurnadas). De hecho, la paz siempre suele ser relativa, o como dijo Winston Churchill (1874-1965), consecuencia de la guerra. Para Miguel de Cervantes (1547-1616), las armas tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida (Don Quijote de la Mancha, I: XXXVII). De modo que hay que saber preservarla con algo más que bellas palabras, ya que, de lo contrario, esta se convierte en mero espejismo y decadencia. Acostumbrarse a vivir bien resulta deseable y hasta inevitable, pero puede hacernos perder de vista esta verdad incómoda acerca del ser humano. Por eso, la película dirigida por Fred Zinnemann (1907-1997), que sabía bien de traslados y ostracismos, continúa siendo tan moderna.


Es el día de la boda del sheriff de Hanleyville (en realidad marshal, pues posee una mayor autoridad, al menos de iure), Will Kane (Gary Cooper, soberbio como siempre en su apostura minimalista), con Amy Fowler (Grace Kelly). Los contrayentes se ven prontamente separados, por las circunstancias y, en consecuencia, la postura que adopta cada uno.

En efecto, este feliz acontecimiento coincide con la incursión en el pueblo de unos renegados que esperan la llegada de su líder. Y como las desgracias no vienen solas, también con la jubilación de Will de su cargo (a partir de ahora se dispone a regentar una tienda).

Ciertamente, a todos nos ha de llegar la hora, pero mejor es decidirlo uno mismo que los demás, si tal es el caso. Sobre todo, si se trata de desalmados.

La cuestión es que la ley ha indultado al matón Frank Miller (Ian McDonald), y este se dirige de nuevo al pueblo, donde ha dejado huellas de todo tipo, físicas y sentimentales. Se le espera en el tren de las doce. En la estación le aguardan sus secuaces Pierce (Robert J. Wilke), Colby (Lee Van Cleef), y su hermano Ben (Sheb Wooley). Will Kane fue quien lo envió a prisión. Indultado no se sabe cómo (ejemplos no faltan en la actualidad), el marshal tan solo cuenta con la potencial ayuda de su subalterno Harvey (Lloyd Bridges), que se muestra desdeñoso por no haber sido designado para ocupar el puesto de su jefe, ahora que este lo dejaba.

Will puede eludir su responsabilidad. Se acaba de casar y se dispone a partir con Amy. Pero a la salida del territorio que ha protegido hasta entonces no se muestra muy satisfecho; está preocupado. Yo jamás he huido ante nadie, declara a Amy. Ella no le apoya. Al estilo de las damas pusilánimes casadas con policías que ponen como excusa el trabajo de su marido y el peligro que conlleva, como si este no fuera lo bastante heroico (uno de los recursos de guión más habituales y chapuceros). Pero en este ejemplo, veremos que Amy posee sus propias razones, que habrá de permutar casi sobre la marcha.


El guion está modélicamente hilvanado. Transcurre a tiempo real. Poco más de una hora es lo que resta para la llegada del tren, ergo de Frank Miller. Para Will, ser un héroe consiste en cumplir con su responsabilidad (gran lección), como trata de explicarle a la afligida -pero pertinaz- consorte. El individuo frente a la fuerza bruta de la manada y la cobertura que proporciona el repliegue del colectivo. Los caracteres quedan muy bien expuestos por Carl Foreman. Sortea los estereotipos. Buen ejemplo de ello es la dueña del salón, Helen Ramírez (Katy Jurado), personaje con fuerza, determinación y atractivo. Todos los personajes son portadores de una historia, incluso la joven Amy.

Entre tanto, Will trata de conseguir ayuda. No lo logra. Esa voluntad y arrojo no la muestra el ayudante Harvey, escocido, como se ha dicho, por no haber sido elegido para ocupar el espacio profesional y social de Will, y sentirse un segundón incluso en su relación con Helen (antes pareja de Will). No quiero comprar tu ayuda, le dice el marshal. Incluso el juez de Hanleyville (Otto Kruger) se marcha. Mientras, los facinerosos esperan ansiosos en la estación de tren. Estos delincuentes resultan ser bastante populares entre algunos miembros de la población, como los comerciantes. Por paradójico que pudiera resultar, no sería la última vez que esto pasara.

De este modo, para un número de personas, el enfrentamiento en ciernes es poco menos que un espectáculo digno de verse. Como estar delante del televisor o el móvil. Los sermones entonados en la iglesia resultan más hipócritas que de costumbre (la doble moral protestante), propios de una comunidad enfocada exclusivamente a lo práctico: el punto de vista crematístico. Sus cantos son un bálsamo falso. De hecho, el pastor (Morgan Farley) recrimina a Will el no haberse casado en su iglesia. Al punto de organizarse un debate en el recinto sagrado (¿violado?), donde el mayor daño lo hace el demagogo de turno, que no en vano, es el alcalde de la localidad, Jonas Henderson (Thomas Mitchell). Los parroquianos se pasan el muerto unos a otros. Solo que el muerto aún no lo está.


Pero el que no perdona es el tiempo, que aunque suele pasar volando, a veces pesa como una losa, por corto espacio que sea. A Will solo le procuran ayuda el adolescente Johnny (Ralph Reed) y un viejo tullido, Jimmy (William Newell). El asistente Herb (James Millican), que se ofreció el primero, dará marcha atrás ante la posibilidad real de verse vestido con madera de pino. La charla de Will con su mentor en el cargo, Martin (Lon Chaney Jr.), en su casa, es ilustrativa a este respecto. Como lo es la imagen de un Harvey que, sentado en un bar, contempla a Will avanzar con decisión por la arteria principal de Hanleyville. Solo ante el peligro lega, además, otras imágenes y situaciones admirables, como el momento en el saloon donde ante la pregunta qué respondéis, que Will lanza a sus conciudadanos, estos guardan un elocuente silencio. Ello conlleva el darse cuenta de quiénes son los que hasta ahora han pasado por tus amigos. Una oportuna caída del caballo.

Podemos añadir, como curiosidad, la breve intervención de Jack Elam (1920-2003) como el borracho del pueblo, que rumia su mona en el interior de una celda. Y por supuesto, el plano con grúa que ilustra la soledad de Will, justo antes del enfrentamiento final, estupendamente filmado.

Si todo esto no conforma una obra notable, no sé qué puede hacerlo. La película fue despreciada por algunos realizadores afines al género. No comprendo qué les pudo molestar en realidad. Que el protagonista solicitara ayuda y no se enfrentara solo a los malhechores desde un principio. Que finalmente quedara solo. O que alguien tuviera una buena idea y ensanchara los límites del género. Lo que para mí queda claro es que Solo ante el peligro es el excelente western de un director menospreciado, y de un equipo artístico y técnico magnífico. Y ya que de coexistencia hemos hablado, no veo por qué Solo ante el peligro no ha de convivir en el olimpo de las demás piezas maestras del género.

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