Horizontes azules (The far horizons, Paramount, 1955), es el relato de una expedición asombrosa, destinada a alcanzar la costa del Pacífico norteamericana por vez primera. De un lado, William Clarke (1770-1838), de treinta y cuatro años, tan buen cartógrafo como inconstante “en amores”, encargado de los así llamados Asuntos Indios y general del ejército; de otro, el capitán Meriwether Lewis (1774-1809), de veintinueve, secretario y “hombre de confianza” del presidente Thomas Jefferson (1743-1826), y del que no se ha llegado a saber con certeza si acabó quitándose la vida tras una deslucida andadura como gobernador del estado de Luisiana.
Los aspectos más espinosos de ambas personalidades -por otra parte tan “humanas”-, más que omitidos, son sugeridos. Con todo, la película de Rudolph Maté (1898-1964), retrata a dos personas de “carne y hueso” desde el principio, y no estrictamente a dos “mitos”; además de que la película detiene su andadura poco después de la expedición, un hito tanto geográfico como científico. Y en cualquier caso, la honestidad en ambos retratos parece superar con creces biopics tan recientes y maniqueos como el de cierto gurú informático.
Lewis y Clarke |
Bien, el caso es que, auspiciados por el Presidente (Herbert Heyes), los expedicionarios atravesaron todo el agreste noroeste del país, valiéndose de la vía natural que les proporcionaba el bello río Misuri. Esto sucedió tras consumarse la compra del estado de Luisiana en 1803, un terreno vendido por los españoles a los franceses, y estos a los E.E.U.U. Que Jefferson es tenido por un Presidente “cercano” lo confirma su encuentro con Lewis, en el que el segundo es recibido en las dependencias privadas del primero, mientras se afeita.
En Horizontes azules, Lewis es Fred McMurray, y Clarke, Charlton Heston. De forma concisa pero bien contada, participamos de la aventura siguiendo el curso fluvial del río, y a un “cuerpo expedicionario” que se va abasteciendo a través de los puestos fronterizos. Así, tras recorrer once mil kilómetros en dos años y medio, desde un 14 de mayo de 1804 en que se inicia de forma oficial el viaje, hasta un 23 de septiembre de 1806, día del regreso a San Luis, y contando con solo una baja -un sargento muerto por apendicitis-, quedó debidamente documentado todo el territorio de los E.E.U.U. La llegada a las costas del Pacífico se produjo el quince de noviembre de 1805.
Como era usual, en Horizontes azules se incluyen personajes femeninos, pero su relevancia es mayor de lo que pudiera pensarse. Julia Hancock (Barbara Hale) y la india Sakajawea (Donna Reed) son, de igual modo, “personajes de carne y hueso”, por más que el papel de la segunda sea más extenso. Pero esta rivalidad de corte amoroso está bien servida; como luego Clarke se queda prendado de la joven india, la cosa tendrá su suspense…
Tratándose de una producción con medios limitados (y recordemos que medios y resultados cinematográficos no son sinónimos necesariamente), Horizontes azules se centra en las relaciones de los principales artífices, también en su contacto con los distintos pueblos nativos (sioux, principalmente). Unos pueblos en absoluto unidos, sino escindidos en facciones, por lo que se ha hecho necesario el establecer alianzas con otras tribus.
Y es que el mundo indio es un universo tan primordial como complejo, con sus propias normas y ritos. Por eso resulta tan interesante el personaje de la raptada –por otra de las tribus- Sakajawea (ella pertenece a los shoshone); ya que su personaje es el eje entre las costumbres de su pueblo y el idealismo y romanticismo -con las dosis de fatalismo que conlleva- del hombre occidental de la época. Su arrojo es mostrado sin ambages, y en otro momento de la película, descubrirá con horror que su propio hermano es el responsable de una de las facciones belicosas. Este episodio se ejemplifica, a su vez, con el rechazo de unas medallas, antiguo símbolo de entendimiento (o sometimiento), que el jefe indio acaba arrojando al suelo.
Por supuesto, los exteriores de la película se filmaron en escenarios naturales. Rudolph Maté demuestra su capacidad de síntesis, no solo como condición de un tipo de producción, sino como virtud de la misma.
Horizontes azules lega buenas imágenes, como la de los expedicionarios remontando una montaña con la barcaza a cuestas. En su tercio final, de regreso a la civilización, la resolución del “conflicto amoroso” no se centra únicamente en Clarke, Lewis y Julia, sino en Clarke y Sakajawea. La joven india no desea ser una “pertenencia” ni comprometer el estatus de Clarke; pese a recibir un discreto respeto, entre ella y Julia pesa en todo momento la relevancia social, y la india será consciente de ese “abismo” al poco de su llegada a la ciudad. De hecho, le preguntará a Julia si no es suficiente con amar al marido.
Otros buenos detalles los encontramos en esas semillas para el invierno que Sakajawea quiere hacer llegar a su pueblo “para que dejen de ser ignorantes y cultiven la tierra”. O el nombre con que Lewis y Clarke bautizan cada meandro de la bifurcación del río. Como curiosidad, destacar que la música fue compuesta por Hans J. Salter (1896-1994), músico por excelencia del fantastique.
Escrito por Javier C. Aguilera "Patomas"
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