Otros mundos (XXIII): Los grandes libros misteriosos, de Guy Bechtel

18 octubre, 2017

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Ahora va a resultar que el interés por lo esotérico es característico de una determinada ideología política. Al menos, eso es lo que se desprende de algunos comentarios escritos o en audio, de argumentación demodé, pero que andan muy de moda, en los que se da por sentado un positivismo sacro, tanto religioso como estatal, como únicos organismos que han de establecer los cánones de la identidad ética.

Mientras para unos, el aficionado a los textos sapienciales o la historia de las religiones es, por definición, un santurrón intransigente, para otros, el lector de temas paranormales (por condensarlo todo), es un calmoso o exaltado sin valores, cuando no un renegado friki. No quiero ni imaginar lo que pensarán de alguien que se dispone a comentar un libro como el presente, donde ambas vertientes temáticas, con frecuencia, van de la mano. Mejor quedémonos con la idea de que estas dos disciplinas son competencia de las cada vez más maltratadas humanidades.

Que todo contenga tintes políticos para embadurnarse bien, parece condición sine qua non para que algunos respiren a gusto en su definición de un mundo en blanco y negro. Con tales mentalidades, desde luego, es imposible llegar a ningún puerto. Bastante le gusta ya al ser humano conducirse y ser conducido, no solo por doctrinas fervorosas, sino por las opiniones de terceros, tan cómodas de adoptar, o por lo que diga el líder político de turno (y este, a su vez, según soplen los vientos del partido), como para que en este blog adoptemos tal postura. En cualquier caso, quizá sea por todo esto que, a lo largo de la historia, han ido apareciendo multitud de iluminados, unos mejores y otros peores, todo hay que decirlo, para una vez difuminado el empacho de las adscripciones confesionales y las disciplinas “de partido”, por la acción de los siglos, hacernos reflexionar por nosotros mismos, que es a lo que debiera tender siempre el ser humano, con el debido respeto hacia quienes le rodean y hacia uno mismo. Otra cosa será el nivel cultural que cada “religioso” o “esotérico” posea, siempre con el peligro de anteponer su exclusivista forma de pensar a la praxis profesional.

En Los grandes libros misteriosos (Les grands libres mysterieux, 1974; Plaza & Janés, Col. Otros Mundos, 1977), del historiador y periodista Guy Betchel (1931), aparecen nombres relevantes del ámbito de lo mistérico y lo escolástico, no pocas veces, malinterpretados por los oponentes o por el exceso de fervor. Con demasiada asiduidad se ha pasado de la doctrina al adoctrinamiento.


¿Qué mano, desde hace siglos, se ensaña en incendiar los compendios del conocimiento?, se pregunta Bechtel al inicio de su libro (El misterio y la maldición). No se trata tan solo de la actuación dañina de algunas turbas metafísicas que, en el pasado, se enfrentaron las unas con las otras; también podemos trasladar esta pregunta a nuestra actualidad y contemplar cómo existen ideologías extremas que, en su afán por controlar al individuo, mutan el conocimiento, que es el sustento de la auténtica libertad, por la arbitrariedad y la moral bipolar de la vigente politicopatía. Porque todo es político a sus ojos (Op. Cit.). Baste comprobar el nivel cultural que, como media, poseen nuestros políticos en el presente.

La maldición que suponen gentes a las que el desconocimiento de la persona les viene de perlas, no puede sofocar, pese a todo, unos hechos que, como elucubra el autor, escapan a la mera casualidad. Además, recuerda Bechtel algo que, de puro evidente, se suele olvidar, como es el hecho de que la censura y la inquisición son ejercidas en todas las épocas en distintas formas (Op. Cit.).

Este primer capítulo introductorio resulta interesante por sentar las bases de lo que se va a desarrollar en los restantes, esta vez, con nombres propios. Obras no tomadas en su conjunto sino, de forma más acertada, centrándose en alguno de sus componentes. Por ejemplo, con respecto a la Biblia, Bechtel reflexiona, en los capítulos correspondientes, acerca de las fascinantes características del Génesis o el Libro de Enoch. También podemos destacar, y no porque se agoten aquí las reveladoras consideraciones del autor, el Zohar o Libro del Esplendor, tratado de la cábala que trata de arrojar luz en aquello que se nos muestra oculto, buscando una clave alfabética y numeral en los textos bíblicos. Una forma mágica de desvelar toda la Creación, en la que la divinidad no se manifiesta sino al que la trabaja. El autor incluye además una tabla con el valor esotérico de las distintas letras hebreas (El Zohar y las grandes obras de la cábala).

Todo un recorrido divulgativo e instruido, que incluye las principales guías de la literatura zoroástrica, los textos cátaros o los códices aztecas y mayas, respecto a los cuales, el autor aclara que no solo la destrucción voluntaria ha sido la causante de la actual escasez de textos, sino también accidentes e imprevistos como los de los archivos reales y la biblioteca del templo, junto al hecho de que los propios indios alfabetizados olvidaron cómo se escribía el náhuatl, o igualmente, que lo poco que pudo ser salvado se debió, principalmente, a algunos misioneros. Entre los grandes libros mágicos, Bechtel también se acuerda de obras como el Enchiridion, y los más anecdóticos pero exóticos recetarios Las clavículas de Salomón, El Pequeño Alberto y El Gran Alberto

The Obsequies of an Egyptian Cat, de John Weguelin
De todo este conjunto, los escritos atribuidos a Hermes Trimegisto ocupan un lugar primordial. En concreto, su Libro de Tot, que nos adentra muy particularmente en la cultura egipcia, de brumosa transición desde el neolítico y de un marcado desarrollo hermético, y que de forma más genérica, nos habla de los aspectos más incógnitos y espirituales del ser humano en su conjunto (una trascendencia más allá de la peculiaridad de los pueblos). El Libro de Tot es, entonces, como un código de cartomancia egipcia, claro antecedente de las setenta y ocho láminas que configuran el actual Tarot. Un tratado que conocerá un nuevo periodo de popularidad durante los siglos XVIII y XIX, donde cada individualidad integra un Todo, si bien, con el riesgo de ramificarse en una serie de imposiciones sin la adecuada independencia de criterio de dicha individualidad (Los escritos de Hermes Trimegisto).

El mismo interés desprenden los libros de profecías, misteriosos por su contenido y malditos por ser perseguidos y destruidos. El mensaje que llevaban, anunciando las cosas futuras, no podía resultar más que insolente a los ojos de algunos que creían dirigir el destino del mundo (El misterio y la maldición).

De este modo, junto a la visión del apocalipsis de los egipcios, destaca la gesta que supuso la recuperación de los papiros coptos, en manos de los traficantes, así como las obras maestras salidas de las manos de los monjes de Spanheim, Alemania, convertida en toda una ciudad del libro. Obras con los que se pretendía reemplazar la magia negra por una magia natural, a base de cábala, alquimia espiritual y ciencia secreta y cristiana (La esteganografía de Tritheim). Otras bibliotecas y catálogos mágicos fueron pasando de mano en mano y de mente en mente, en un amor tan bibliófilo como evocador de esas ciencias ocultas, en su acepción más positiva, aunque también reservada. Buen ejemplo de ello es la rareza del Mutus Liber, de 1677, un libro para todos que solo leerán algunos (El irrecuperable Mutus Liber). O la historia del adolescente que, en busca de sí mismo, legó una obra destinada a un nuevo equilibrio del mundo, entre el simbolismo poético y el iluminismo (Las misiones de Saint-Ives D’Alveydre). Y en fin, un compendio que tampoco se olvida del sugestivo enigma del autor de El misterio de las catedrales (Le mystère des cathédrales, 1926) y Las moradas filosofales (Les demeures philosophales, 1930).


Los diversos avatares que han sufrido estos textos emblemáticos son abordados por Guy Bechtel con rigor y amenidad. Todas estas vidas y obras nos siguen planteando cuestiones que animo a cada lector a descubrir por sí mismo (¡el privilegiado lector de buenos ensayos histórico-esotéricos!). De este modo, Los grandes libros misteriosos ofrece el desglose de una serie de cosmogonías, que tal vez formen parte de una sola, que se ha venido transmitiendo a pesar de todos los impedimentos. Valores universales desgranados por épocas y culturas (hebrea, cristiana, egipcia, griega, árabe, mesopotámica, caldea, etc.), y que conforman un corpus hermeticum denigrado por la voluntad de los poderes, la incompetencia o, como recalca Bechtel, la estupidez humana (La destrucción de los libros). Todos ellos, contenidos en este estupendo ensayo, que de nuevo demuestra que el tiempo mantiene eternamente jóvenes las buenas obras.

A fin de cuentas, nada hay peor que no saberse un siervo. Cuando se cede o imposibilita la libertad individual, se crea un hueco que otros llenan. Ahí radica el verdadero reto diario. Así, al menos, podremos hacer frente a dos de los grandes males de nuestro tiempo: el maniqueísmo y la ignorancia.

Escrito por Javier C. Aguilera


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