Titanic en el cine: Jean Negulesco, Herbert Selpin y Roy Baker

20 agosto, 2017

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EL HUNDIMIENTO DEL TITANIC, TITANIC y LA ÚLTIMA NOCHE DEL TITANIC

El hundimiento del Titanic, en la versión de Jean Negulesco (1900-1993), para Twentieth Century Fox (Titanic, 1953), da comienzo con la inclusión de dos planos reales, los de sendos icebergs. Uno se precipita sobre sí mismo y el otro parece emerger de las aguas. Esta doble imagen también se puede aplicar a las conductas y motivaciones de los seres humanos que, como se dice ahora, focalizan el relato cinematográfico.

Maravillosamente escrita por Charles Brackett (1892-1969), Walter Reisch (1903-1983) y Richard Breen (1918-1967), El hundimiento del Titanic ilustra ese desmoronarse y emerger de las relaciones, tomando como ejemplo la situación crítica de una familia (entre los cónyuges y entre padres e hijos). Un morir para renacer, motivado por una catástrofe más amplia y definitiva, no solo en el caso de los supervivientes, sino también de algunas víctimas, a modo de redención.

El matrimonio en cuestión es el de los Sturges, formado por el británico Richard (el incisivo Clifton Webb) y su esposa americana Julia (una espléndida Barbara Stanwyck). Los Sturges tienen dos hijos, uno legítimo y otro ilegítimo, como se pondrá de manifiesto a lo largo de la narración. Lo que, a la larga, provoca ese tipo de conflictos tan severamente humanos que la desdicha del buque hará palidecer con vertiginosa e inexorable objetividad.

En el inicio de la película, el Titanic ya ha zarpado de Southampton (Inglaterra), y espera, sin moverse, a los últimos pasajeros que han de embarcar por medio de un transbordador. El viaje inaugural del enorme buque supone el involuntario final para muchos de ellos. De hecho, el Titanic se haya envuelto por una neblina hasta la llegada de la noche, donde la claridad del fatalismo toma el relevo.

El hecho de que Charles Brackett, además de guionista, sea el productor de la película, nos indica hasta qué punto el empeño posee un marcado componente de personal implicación. A ello se añade la estupenda ambientación, propiciada por la fotografía del admirable Joseph MacDonald (1906-1968), y algunos detalles atractivos, como el izado de la Union Jack que les es regalada al capitán Smith (1850-1912; Brian Aherne), así como la distribución de regalos para las personalidades más distinguidas, o la confianza fatal por parte del capitán y algunos miembros de la tripulación (o, como nos mostrará de una forma más amplia la última película que reseñamos, por parte de otras embarcaciones cercanas al lugar del siniestro).


Entre estos últimos aspectos, siempre bienvenidos a bordo, podemos agregar la campechanía de la señora Maude Young (Thelma Ritter), remedo de la brava Margaret Molly Brown (1867-1932), y dama asidua a las mesas de póker, además de ágil gobernanta de uno de los botes salvavidas.

Por su parte, Richard Sturges se vale de sus influencias para poder embarcar (los pasajes ya están vendidos, incluidos las del resto de su familia). En efecto, para él, el tomar el barco, es decir, el abordar a los integrantes de su estirpe, como paladín de la misma, es una cuestión de principios, por lo que no duda en “comprar” su pasaje al cabeza de familia de unos vinicultores españoles que, como tantos otros, han puesto sus esperanzas en el Nuevo Mundo. Aficionado al encuentro en sociedad y al póker, Richard es un distinguido adulador de puertas para afuera, además de un clasista y un arrogante de puertas para adentro, aunque poseedor del llamado don de gentes (que no de esposa). En este sentido, la diferencia de clases es mostrada por Negulesco con eficacia, y se evidencia en el idilio juvenil entre Anette Sturges (Audrey Dalton) y el simpático Giff Rogers (Robert Wagner). Aunque la trama se centra en el drama de esta familia de posibles, pero desunida, lo cierto es que, por particulares que resulten sus avatares, estos se convierten en genéricos. No obstante, este tipo de conflictos se trasladan esporádicamente a otros personajes de interés, como el ebrio ex reverendo George S. Healey (Richard Basehart) o los jóvenes vigías del barco. No tenemos tiempo de analizar nuestros errores, concluye Richard, lo que es totalmente cierto. Pero para lo que sí lo habrá es para adoptar la debida y honrosa compostura (y empleo el verbo adoptar en todas sus acepciones). La breve historia marítima del Titanic toca a su fin, pero no así la de tantos relatos encarnados en sus pasajeros.

Prosiguiendo con nuestra singladura, he preferido intercalar aquí, no sin ciertas reservas, la película alemana Titanic (Íd., Tobis-Kino, 1942; estrenada al año siguiente). Sucede que hay producciones que zarpan ancladas a su fecha de confección, en este caso, los años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Razón por la que esta retorcida y escoradísima producción alemana es, sencillamente, una película de propaganda nazi, un pedazo de historia dentro de otra historia.

Tras unos títulos de crédito que casi se corresponden a los de una película muda (apropiados para la ocasión retratada, en cualquier caso), la historia arranca -o se encalla- con la presentación en sociedad… bursátil del famoso barco. El enorme costo de la empresa se refleja en el plano con travelling que el realizador Herbert Selpin (1902-1942) emplea para mostrar a los accionistas de la White Star Line. Incisiva preocupación por las finanzas de la compañía y por sus (des)intereses, que desemboca en una operación especulativa en toda regla (es decir, sin reglas), por parte de los sostenedores y el director de la misma, Bruce Ismay (Ernst Fritz Fürbringer). El objetivo es hacer aumentar la cotización después de haberla hecho descender a las profundidades abisales. De este modo, el presidente de la White Star Line es retratado en todo momento como un hombre sin escrúpulos, capitalista frío y sin entrañas, del que Selpin ya se encarga de subrayar su avidez -y maquiavélica inteligencia- por medio de expresivos planos de acercamiento al personaje. El cual no duda en conminar -o más bien en ordenar-, al capitán Smith (Otto Wernicke), con la aquiescencia de este, a que aumente la velocidad del barco, ya que, por cada hora de adelanto en la arribada a Nueva York, mayor será su recompensa. ¡Hasta a la orquesta se le ordena que no deje de tocar!


Por lo tanto, ya tenemos dos interesados parámetros para apuntalar la tragedia del barco, la velocidad y el dinero. Bruce Ismay es el punto focal de este relato, junto con su némesis, el igual de perjudicial y ambicioso John Jacob Astor (1864-1912; Carl Schönböck). El mismo Ismay asegura no disfrutar en absoluto de su permanencia en el viaje inaugural. Por descontado que, cuando la tragedia al fin acontece, ninguno de estos personajes sabrá estar a la altura de las circunstancias. 

La excepción y contrapeso la proporciona el oficial alemán Petersen (Hans Nielsen), que hasta se ve obligado por las circunstancias a trasgredir las normas, no solo del protocolo (¡pero siempre por una buena causa!). Él es el auténtico héroe en la sombra, la superviviente víctima de la (falta de) justicia.

Introduciendo un cariz algo más humano entre tanta marejada ideológica, está el efusivo y conciliador idilio que, en esta ocasión, corre a cargo del primer violín de la orquesta, Franz Gruber (Hermann Brix), y la camarera Hedi (Claude Farell). Sin embargo, ello no obsta para que, en la película, apenas se hable de otra cosa que de acciones, valores netos e informes de mercado, lo que convierte al Titanic en un representativo y extrapolable antro de iniquidades. Como ya hemos señalado, todas estas ambiciones acaban naufragando, como muy agudamente había predicho, casi como desvelando una profecía, el sobrecargo Petersen. 

En suma, estamos ante una visión desvergonzadamente maniquea y desprejuiciadamente oportunista, nada sutil, como suele ocurrir en estos casos, con una puesta en escena en exceso marcial y unos diálogos abiertamente beligerantes. Puestos a quedarnos con alguna imagen, podemos tomar prestada la del veterano telegrafista que pone en libertad a un pájaro enjaulado.

Retomando nuestro buen rumbo, si en El hundimiento del Titanic, Clifton Webb (1889-1966) era la personificación de uno de esos eternos e icónicos jugadores de póker del Titanic, que apenas se inmutaban ante la tragedia, o que adoptaban una pose valerosa al más puro estilo inglés -según se mire-, en La última noche del Titanic (A Night to Remember, Rank, 1958), el principal foco de la narración recae sobre el segundo oficial británico al mando, Herbert Lightoller (1874-1952; Kenneth More), el cual, deja bien claro que prefiere servir de segundo oficial en el Titanic que gobernar cualquier otro barco (a la fuerza, un paquebote al lado del “insumergible”). Centrar el relato en este personaje es un acierto, pese a que forme parte de un entramado mucho más amplio; por ejemplo, organizando la sala de máquinas, como el ingeniero Henry Hesketh, podemos distinguir al versátil Andrew Keir (1926-1997).

Escrita (o más valdría decir que dramatizada) por el estupendo Eric Ambler (1909-1998), el mismo autor de célebres novelas de espionaje, el guión toma como sustento el conocido libro de Walter Lord (1917-2002), de igual título que la película (Círculo de Lectores, 1998; DeBolsillo, 2012-17), junto al testimonio de varios de los supervivientes. Además, se beneficia de la música (mejor, apoyatura musical) de William Alwyn (1905-1985) y de la fotografía del excelente Geoffrey Unsworth (1914-1978). Y si me permiten la gracieta, la realización del estimable y futuro ilustrador de notables relatos góticos y de ciencia ficción, Roy (Ward) Baker (1916-2010), ¡no hace aguas por ninguna parte!


La última noche del Titanic es la primera lectura inglesa sobre la tragedia. Esta se inicia con las imágenes de la solemne y emocionante botadura del RMS Titanic, el 31 de mayo de 1911 en Belfast (Irlanda). A lo largo de la narración, se incide en su carácter simbólico de progreso y de victoria del hombre sobre la naturaleza (en lugar de en una adecuación entre ambos). La desigualdad de categoría social se denota incluso antes de embarcar, en la partida de muchos de los personajes y pasajeros. Hechas algunas de las presentaciones, la acción pasa directamente a la fatídica noche del domingo catorce de abril de 1912. El invierno templado ha desplazado los hielos más hacia el sur, y pese a que el capitán Edward Smith (Laurence Naismith) ha ordenado viajar por esta ruta, supuestamente más despejada, el encuentro con la fatalidad es inevitable.

En otro momento de la narración, Baker hace constar esa diferencia de estatus, no solo pasando visualmente de un ámbito a otro, sino, también, musicalmente (en cuanto a la música diegética se refiere, es decir, la que se escucha en cada uno de los ambientes del barco). Ni que decir tiene que la muerte no hará tales distingos; si acaso, el de hombres y mujeres, que han de separarse, para gran disgusto de la mayoría de ellas (aunque no por las mismas causas). Pero esta separación de clases incluso se quiebra irónicamente por medio del hielo que ha caído sobre cubierta, y con el que algunos quieren jugar (anteriormente, otros pasajeros de segunda y tercera clase ya se han atrevido a romper el hielo con los de primera), así como en los juegos para el pasaje o, desafortunadamente, en el mar helado.


La empatía siempre es necesaria, como el combinar el punto de vista. De esta forma, el realizador sabe hacer atractivo el relato bifurcándolo entre distintos personajes y anécdotas, ya históricas (incluso, las que comportan la negligencia o el arrojo de los otros buques cercanos). En cualquier caso, la presencia de ánimo y las prioridades de todos estos personajes no son las mismas. Entre ellos se cuenta el propio diseñador del barco, Thomas Andrews (1873-1912; Michael Goodliffe), figura sumamente interesante y bien descrita. A su vez, Lightoller se ve forzado a efectuar algunos disparos para tratar de contener a unas personas convertidas ya en muchedumbre. Es perfectamente consciente de que la falta de botes salvavidas -algunos de ellos, medio llenos- o la trabazón de los distintos accesos mediante rejas es cosa de juzgado de guardia. Estos objetos se erigen en desafortunados emblemas de una lucha por la supervivencia que proseguirá en mar abierto.

Baker también inserta un significativo plano en el que distinguimos uno de los telegramas que advierten del peligro, y que ha quedado “traspapelado”. Así mismo, destaca el momento en el que una mujer regresa a su camarote, a por su amuleto de la suerte, dejando tras de sí todas sus joyas; o el instante en que el grupo de bulliciosos irlandeses contempla, en silencio, el desierto y lujoso comedor de primera clase. O la triste imagen del capitán, solo en su cabina, mientras el barco se inclina para hundirse y la gente se apiña en la popa. Baker depara, además, un penúltimo plano de gran elegancia, durante la oración fúnebre en el buque Carpathia, al mando del decidido Arthur Rostron (1869-1940; Anthony Bushell), con el que va mostrando a muchos de los supervivientes. Incluso, casi podríamos atribuir al género de terror la imagen del iceberg que se acerca de frente, o en escorzo, provocando ese escalofrío “helado” ante lo inexorable.


No en vano, también lo sentimos por el Titanic, que por sí mismo no tuvo la culpa de nada. Al fin y al cabo, es el gran personaje del relato, capaz de mostrar su padecimiento por medio de lastimeros crujidos o escorándose, como bien comprueba su diseñador, el señor Andrews, también a solas.

Se mire por donde se mire, a babor o a estribor, El hundimiento del Titanic y La última noche del Titanic son dos estupendas películas. En ambas, la orquesta toca hasta el final, ennobleciendo con su valentía y decoro esa historia que se escribe con mayúsculas.

Escrito por Javier C. Aguilera


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