Muerte de la luz, de George R. R. Martin

16 noviembre, 2016

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De alguna manera, Muerte de la luz (Dying of the Light, 1977; Edhasa, 1979; Gilgamesh, 2002-11), primera novela del escritor norteamericano George R. R. Martin (1948), está dedicada al interior de las gentes de los mundos exteriores. Esta dedicatoria a posteriori se focaliza en el planeta Worlorn, donde apenas si moran veinte seres humanos mal contados (Capítulo I). Pero esto no quiere decir que allí no coexistan otras personas, u otras almas. El planeta sufre un lento atardecer, ya que su estrella principal se está convirtiendo en una super gigante roja; es decir, que se halla en avanzada fase terminal. Como lo está la cultura desarrollada en dicho planeta, la cual, como es de suponer y se manifiesta a lo largo de la novela, ha conocido etapas mejores.

Dirk y Gwen se distanciaron tiempo ha, pero a requerimiento de uno de ellos, ambos se encuentran ahora presentes en Worlorn. Formaron una pareja aspirante a la estabilidad, aunque como suele ocurrir, uno debió de querer más que otro, porque ese otro decidió poner varias galaxias de por medio. Hasta el punto de que para alcanzar el recóndito emplazamiento en que se encuentra, tiempo después, Dirk deberá recorrer montones de años luz a través de los pliegues del espacio (una herencia de, entre otros, Frank Herbert [1920-1986] o la plausible física de los esquivos “platillos volantes”).

¿Qué es lo que desea Gwen en estos momentos? Dirk se pondrá manos psicológicas a la obra para tratar de averiguarlo. No será fácil, puesto que pese al cariño que se profesan, Gwen se sigue mostrando algo hermética (o bien el autor ralentiza en exceso su reiniciado proceso en la confianza mutua). Y mencionaba la psicología porque aquí entran en conflicto las fuerzas cósmicas de los llamados seres inteligentes en toda su magnitud, con sus ritos, costumbres y percepciones en liza, tratando siempre de aparentar una consentida convivencia.

El hecho es que Gwen teme ese desarrollo empático con Dirk, aunque sabe que lo necesita. El motivo de su desunión se dio en un terreno tan resbaladizo como es, nuevamente, el psicológico: Dirk proyectó en Gwen un ideal, la identidad de una persona que, según ella, no se correspondía con la realidad (incluso por medio del nombre: la llamaba Jenny, aunque en forma de apodo). En cualquier caso, culpable es ella igualmente de no aclarar antes la situación o de optar por la huida como única salida. La pareja estuvo descompensada desde un principio.


Si vencemos esta argumentación, algo traída por los pelos (cualquier pareja de auténticos enamorados resuelve semejante conflicto en cinco minutos terrestres), motejada por el primerizo Martin como un tonto malentendido de juventud (II), el caso es que Dirk trata de reconquistar a Gwen antes de ser consciente de su propio destino en Worlorn.

Y de igual modo que para evitar un exceso de radiación o de viento solar sobre el planeta, este se halla protegido por un escudo magnético, Dirk habrá de adquirir una pronta cobertura psíquica para poder adaptarse al entorno, en primer lugar, y a su nueva condición emocional, más tarde. Por su parte, Gwen se muestra ligada a unos vínculos culturales totalmente ajenos a su ex pareja. Pero si las distancias son un inconveniente en la mayoría de relaciones, y más hoy día, no es menos cierto que Dirk y Gwen se hallan juntos en un mismo territorio y, sin embargo, parecen estar separados por millones de parsecs.

No es extraño que el mismo planeta presente una vegetación exhausta y traicionera (los árboles “estranguladores” o los “espectros arbóreos”) junto a unos núcleos urbanos solo habitados por el pasado. Tal primitivismo planetario enlaza con la regresión que ha sufrido la cultura -o culturas- del lugar.


El viejo adagio de donde fueres haz lo que vieres se evidencia también por medio del lenguaje, cuando vocablos como esposa o propiedad adquieren distintos significados culturales. Un antecedente, no solo antropológico, sino también alienígena, en la creación de posteriores mundos, regidos por sus circunstancias históricas y filosóficas, en función de las diversas coyunturas fisiológicas de sus pobladores.

En el caso que nos ocupa, se trata de un entramado de relaciones identificadas con los elementos de una naturaleza universal (como el hierro, el jade, el fuego, la plata, la llamada piedraviva, etc.) y con esos nexos de gratitud y sometimiento que forman parte de los juramentos ancestrales de una civilización que agoniza. Patrones y códigos de conducta sostenidos férrea pero cansinamente por una serie de grupos sociales escindidos dentro de la misma cultura planetaria. Esta constituye una antropomorfa mezcla de adelantos técnicos y regresión asilvestrada, que no olvida el clásico enfrentamiento con el entorno natural anteriormente descrito, a modo de cacería humana, o humanoide, que se va postergando hasta que asoma su mortecina luz en el capítulo XII de la novela. A lo que se agrega una especie de duelo ritual como el que conforma el epílogo.


Este epílogo ofrece una conclusión elíptica, aunque en ella intuimos un final. Muerte de la luz establece un planteamiento que resulta especialmente interesante, no tanto por lo anteriormente expuesto -según el grado de originalidad que le otorguemos al relato- como por el hecho de volver a confrontar a dos personajes, dos seres humanos, uno de los cuales se halla libre de toda adscripción ideológica y subordinación socio cultural (el resuelto Dirk frente a la cautiva Gwen). Cuando quedan incontables mundos por conocer, Martin nos recuerda que uno de ellos bien puede ser el del amor de pareja. Al fin y al cabo, en el reino humano hay tantos mundos y culturas, tantas historias… (XII).

Junto a un glosario final de términos y expresiones, otra bonita idea sobresale en la novela. Es la que asegura que la sustancia de lo humano es un nombre, un vínculo, una promesa (…) una ilusión que se puede solidificar y adquirir realidad si se la acuña en hierro (XIII). Pese a lo cual, si una supernova se las arregla para proporcionar, después de su ciclo vital, nuevos materiales para la vida, renovando y ampliando el universo, no quedamos en situación de afirmar que lo mismo pueda suceder con los protagonistas de Muerte de la luz (de su luz). La materia amorosa es bastante más sufriente y menos moldeable que la energía liberada por una estrella.

Escrito por Javier C. Aguilera



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