El profesor (Detachment), de Tony Kaye

27 mayo, 2015

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En la historia del cine podríamos distinguir claramente un tipo de películas enfocadas hacia el mundo de la educación y su funcionamiento, ya sea para criticar un sistema o para ensalzar una metodología más abierta, ambas postura las más frecuentes. Los retratos de profesores y maestros sirven de excusa para reflexionar sobre la problemática de un entorno que toda cultura considera importante: la transmisión de saberes y el proyecto de educar a las nuevas generaciones, pero también de afrontar los cambios y tratar de conducir el potencial humano que se encuentra en las personas, los estudiantes, con los que se trabaja. Esta labor ha sido reconocida no solo como vital, sino algo fundamental en nuestras sociedades, al menos hasta la llegada de una época inhóspita y extraña, catalogada como posmoderna y en la que se sitúa la película que hoy traemos a colación: El profesor (Detachment, 2011).


Tony Kaye (1952-) es el director que se encargó de llevar a la pantalla la historia escrita por el guionista Carl Lund, encargándose además de la fotografía. Kaye tiene una carrera cinematográfica breve, aunque centrada en la temática de los conflictos sociales, plasmados en forma de drama: American History X (1998) y el documental Lake of Fire (2006) junto a la obra de la que hoy hablamos dan buena fe de ello. Se unen a su labor cinematográfica todos los trabajos realizados para el mundo del videoclip, faceta importante en el factor de experimentación que tienen sus trabajos.

Henry Bathes es un profesor sustituto de literatura que llega a un instituto catalogado por el sistema educativo como difícil, con resultados por debajo de la media, y que está al borde del cierre por intereses ajenos a la educación. Un lugar donde los profesores agonizan y quienes aún mantienen la ilusión en su trabajo y en su vocación, ven cómo sus esperanzas en un futuro mejor se ahogan entre sus estudiantes. A pesar de ello y del recibimiento de su alumnado, Henry conectará con ellos, aunque sin dejar que nadie se acerque a su historia. Como sustituto, deja que su habilidad para alcanzar a los alumnos sea efectiva, pero en un breve espacio de tiempo, quizás sin darse cuenta de lo que provoca a su alrededor, entre otras cuestiones por tener el peso de un pasado que le persigue bajo la forma de su abuelo (Louis Zorich) enfermo y demente.


La película desarrolla una historia basada en la indiferencia y el desapego, correspondiéndose mejor con el título original: Detachment. El protagonista, encarnado por un solvente Adrien Brody, actúa con desinterés hacia lo que le rodea, aunque desempeñe su mejor papel en el aula para sus alumnos, lo hace de forma tajante, asumiendo un papel indiferente ante las burlas y los comportamientos poco cívicos de sus alumnos y deteniéndose en lo que ellos pueden demostrarle. No obstante, esta trama la suponemos por el breve espacio que le ofrece la película a su interacción con el aula, dado que la historia se centra más en seguir a este personaje en tres ejes de su vida: el instituto, su pasado y su relación con una prostituta adolescente, Erika (Sami Gayle), a la que acoge en su casa.

La trama del instituto nos muestra las consecuencias de una sociedad posmoderna, con una serie de acontecimientos que muestran la indiferencia hacia una auténtica educación en pos de intereses egoístas y ajenos a los valores tradicionales. Precisamente, quienes luchan por estos son vapuleados por las circunstancias: una directora (Marcia Gay Harden) que ve su vida (personal y profesional) desmoronarse por no ser capaz de alcanzar una "cuota" de aprobados, una psicóloga (Lucy Liu) que pese a su continua labor de comunicación con los alumnos, ve cómo estos jóvenes desaprovechan un futuro sin remedio, sin ser conscientes de la ruina en la que se adentran, o unos profesores en el último tramo de su vida profesional, superados por las circunstancias, como la profesora interpretada por Blythe Danner, o buscando medios para sobrevivir y tratar de salvar a cuantos alumnos puedan, aunque ellos se sustenten a base de medicamentos, como el caso del profesor interpretado por James Caan.


Hasta cuando otros profesores tratan de hacer algo tan solo reciben el odio de las familias (que no dudan en anteponer los derechos de su hijos a una educación apropiada), la postura desagradecida de sus alumnos o la completa indiferencia a su existencia, esto último representado por el profesor (Tim Blake Nelson) que es ignorado hasta en su hogar y que pasa las horas previas a la entrada en el instituto apoyado en una valla, como un crucificado, ausente y ignorado por todos. Hacia el final de la película, exclamará "¿Me ves?" cuando Henry interaccione con él al verlo en tal postura, como si hubiera aceptado esa posición en el mundo como algo natural.

La película se inicia justamente con la explicación de cómo llegaron estos profesores a esta profesión, en forma de falso documental, algo que proseguirá el personaje de Henry durante toda la película, otorgando su reflexión sobre las cuestiones que se desarrollan en la película. Kaye postula así un retrato duro del sistema escolar estadounidense y, seguramente, del tipo de sociedad occidental ante el que nos encontramos, donde los profesores son denostados por las cirscunstacias sociales y son presa de esa indiferencia en la que nadie les agradece su labor, aún cuando desde altas esferas se considere de gran necesidad, al menos de cara a la plana, por lo que se deduce de las visitas institucionales al centro de la película, en la que se da más valor a la propiedad territorial del centro que al valor educativo del mismo.


Entre los alumnos, destaca la presencia de Meredith (Betty Kaye), que desprende una gran pasión por la fotografía y el arte, aunque sea víctima del acoso de sus compañeros por su aspecto y la presión familiar, en este caso, del padre, en contra de sus sueños artísticas por considerarlos poco útiles y rentables para su futuro. Con el único apoyo de Henry, Meredith no dudará en adentrarse en un oscuro final ante la marcha del sustituto. Este personaje representa en la película la condena que sufren aquellos que, a pesar de la situación actual, siguen necesitando el apoyo de otras personas y no su indiferencia, a la vez que continúan teniendo sueños en un sistema que parece predispuesto a restarle cuantas oportunidades tenga: por el resto de compañeros, por su familia e, incluso, por profesores poco atentos, a pesar de que la obra de Kaye se detenga más en defender y victimizar a estos últimos.

Por otra parte, la historia, preocupaciones y traumas de los profesores están velados para el alumnado y, en el caso de Henry, para todas las personas a su alrededor. Este profesor sustituto vive instalado en el contacto breve con otras personas, viajando de centro en centro, seguramente por miedo a esa intimidad con otros. Así lo veremos en el caso de Erika, la persona que logra conocer su historia y por la que el espectador descubre la tragedia en la que vive envuelto el personaje, enfrentado a la muerte de su madre y al olvido demencial de su abuelo, del que pende la sombra de una sospecha que no será desvelada. El trauma de descubrir el cuerpo de su madre durante la infancia y la inseguridad de una vida de desconfianza con su abuelo arrastran al personaje a una huida constante, a una continua búsqueda de la soledad en la que se cierran las puertas a otros, lo que arrastra consigo a quienes acaban enamorándose o dependiendo, en cierta forma, de él: la profesora Sarah Madison (Christina Hendricks), Erika o Meredith. El final se entremezcla en sensaciones agridulces, con espacio para la esperanza, pero también para la tragedia.


Los principales problemas de la obra se sustentan, sin embargo, en el enfoque cinematográfico que Tony Kaye le otorga. El repetido cambio de primeros planos en los diálogos, una cámara de ángulos imposibles o la incapacidad para mantener un mismo plano donde dos personajes interactúen saturan la narrativa visual de la película, que se luce precisamente cuando el director decide apostar por lo contrario: ahí tenemos la escena de reencuentro entre Erika y Henry con una pared roja de fondo, las fotografáis en blanco y negro de Meredith, los diálogos entre Henry y su abuelo o las últimas secuencias, que se desarrollan con la narración de El hundimiento de la casa Usher, de Poe.

Una fotografía muy granulada en ciertas partes o saturada de forma excesiva en otras daña la experiencia fílmica, que no es constante y cuyo montaje se muestra vertiginoso en escenas donde no hay tal virulencia. No obstante, consideramos interesante la propuesta del pasado representado con un tipo de película borrosa, difuminada y fragmentada, en cuanto a que representa la memoria infantil de un adulto y funciona de manera acertada con respecto a lo que se pretende narrar; de la misma forma que podemos destacar algunas de sus transiciones, empleando fondo verde y dibujos en tiza animados.


En definitiva, una historia que nos traslada la crudeza del sistema educativa y la indiferencia a la que se enfrentan sus profesores, convertidos en justos mártires en esta obra. Una visión muy negativa que atiende muy poco a lo positivo que podemos encontrar en el mundo de la educación reglada y que en su experimentación visual entorpece la narración en algunos segmentos y nos deja otros muy interesantes visualmente. Se nos lega finalmente una película irregular en su desarrollo, pero de la que podemos aprender a observar el mundo de la educación desde un punto de vista más duro: el de la indiferencia, el desinterés hacia el mundo que nos rodea y las personas que los componen.

Escrito por Luis J. del Castillo



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