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Ladrón, de Michael Mann

21 abril, 2017

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La trayectoria cinematográfica del realizador estadounidense Michael Mann (1943) ha tenido sus altibajos, pero, en conjunto, resulta estimulante, personal y bien calibrada. Como suele suceder, la que fue la primera de sus películas, Ladrón (Thief, United Artist, 1981), también fue uno de sus mejores cometidos tras las cámaras.

Antes de que tengamos acceso a algunos detalles de la vida personal del protagonista principal, el ladrón Frank -a secas- (James Caan), el director ya lo muestra, como se suele decir, en plena acción, perpetrando un robo. 

Pero Frank no lastima a los propietarios, si puede evitarlo, y con respecto a la mercancía, siente preferencia por las joyas, desechando otras futesas, porque las piedras forman parte de un circuito donde puede “colocarlas” sin demasiada complicación.

El problema surge cuando su intermediario para las ventas aparece muerto. Un inconveniente que le pondrá en contacto con un capo-perista de alta gama, Leo (Robert Prosky).

Entre tanto, sí que iremos descubriendo que Frank es un ex convicto, que hizo lo que pudo por sobrevivir en prisión, y que, de ascendencia humilde, se trata de una persona previsora (en casi todos los aspectos), algo espontánea de modales, y resuelta cuando tratan de engañarlo. Aparte de ello, presta su ayuda a un amigo (y en algún sentido maestro), el presidiario Okla (Willie Nelson), con objeto de sacarle de la cárcel, ahora que está muy enfermo. No le gustan los discursos y trata de ser discreto, aunque no siempre lo logre.


Una actitud mental derivada de sus años de encierro y de libertad. Pero también sabremos otras cosas. Por ejemplo, que además de emocionalmente combustible puede ser estrictamente leal, y que le gusta preservar su intimidad e independencia, por encima de todo. De hecho, como el propio Frank asegura, cuando quiera conocer a más gente me inscribiré en un club social… o en una agencia matrimonial, o en un sindicato (irá añadiendo).

En lo posible, prefiere trabajar por su cuenta, pero ello no quiere decir que el solitario y precavido ladrón (¡como han de ser todos los ladrones de buena condición!) sea una persona insociable o un misógino. Por el contrario, está muy interesado en la compañía de la camarera Jessie (Tuesday Weld), trabajadora del local donde suele tomar café todos los días. Aparte de que, siempre opera con un grupo fijo, formado por otros dos colegas con los que mantiene un buen trato y afinidad, Barry (James Belushi) y Joseph (William LaValley).

En resumidas cuentas, el hecho de querer preservar su propia individualidad, no le impide compartir su espacio con otros individuos (como tan afanosamente declaran los amantes del colectivismo moral y político). De este modo, él cuenta con su equipo y con una evidente maestría a la hora de practicar su versión de las bellas artes liberales. La tapadera de su ocupación es un negocio de venta de coches; como pueda serlo una hamburguesería en la que poder cerrar un trato. Lo excepcional se agazapa en el interior de lo convencional.


Es significativo que Michael Mann ilustre la vida pasada y futura de Frank en los márgenes de una postal que, a su vez, forma un collage de su existencia. La relación que entabla con Jessie no estaba concretizada, aunque sí prevista, por lo que no es extraño que Frank le diga a esta que la muchacha anónima que aparece en la fotografía debes de ser tú. Con ella se sincera prácticamente desde un primer momento, aunque de forma tan franca como brusca. Ello responde a que no deja de reconocer en la camarera una trayectoria vital tan intrincada y difícil como la suya, y algo así como un alma gemela; aunque el vínculo entre ambos está, como todo en la vida de los protagonistas, en construcción.

Pero si el pacto con Jessie avanza a buen ritmo, el del nuevo socio y perista se tuerce; de lo que derivará un enfrentamiento final entre el buen ladrón y el mal ladrón. Será tras un golpe milimétricamente organizado y escrupulosamente realizado en un edificio de alta seguridad. En este sentido, al igual que sucede con la personalidad de Frank, los robos son profesionales y precisos, pero rudos (en cuanto al deterioro del material se refiere); sumamente físicos, tal y como los ejemplifica Michael Mann, también autor del libreto (según la novela autobiográfica The Home Invaders [1975], de John Allen Seybold, alias Frank Hohimer [1923-2005]).

Ciertamente, su personaje no deja de caernos bien desde el momento en que las personas que lo rodean, a excepción de Jessie, Barry o Joseph, son comparativamente peores que él. Así sucede con los policías corruptos que reclaman una comisión o con los jueces que se dejan sobornar por medio de una buena suma de dinero (¡expediente bien señalado por el director a través de la expresión corporal!).


De esta manera, en un mundo de estafadores y deshonestos, el moderno bandido Frank sobresale incluso éticamente. No obstante, ante el giro de los acontecimientos, el esforzado ladrón no tendrá reparos, como hombre hecho a sí mismo que es, en romper drásticamente con todo su presente (en tanto que el pasado parece pesar mucho más, o estar más presente en su vida).

De hecho, Leo resulta ser bastante inteligente, y lo que él denomina cuidar de su gente, es un sibilino método para manipular y apropiarse de la vida de sus empleados, o de las personas que, como Frank, mantienen una relación de negocios con él. La viveza nocturnal que Michael Mann imprime a las imágenes queda debidamente impulsada por la vibrante música del grupo Tangerine Dream.

Escrito por Javier C. Aguilera


El Dorado, de Howard Hawks

20 agosto, 2015

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Todos los personajes de El Dorado (Ídem, Paramount, 1966) están marcados por el peso del recuerdo. Todos ellos atesoran un pasado que les condiciona. Un ayer que no se explicita pero que está presente.

Por ejemplo, del pistolero Cole Thornton (un estupendo John Wayne) apenas sabemos que le unen fuertes lazos de amistad con el ahora sheriff John Paul Harrah (igual Robert Mitchum) desde antes de la guerra (civil); del mismo modo que también formará parte del pasado, por vía de la elipsis, el desengaño amoroso que sufre este último y que lo transforma en un ser vulnerable. Únicamente somos testigos de las consecuencias, que es lo que narrativamente le interesa a Howard Hawks (1896-1977).

El pretérito también afecta al joven Mississippi (James Caan), entregado a vengar el asesinato de la persona que se hizo cargo de él desde niño (otro lazo familiar no directo de los que se establecen en la película), de la misma forma que sabremos, por boca de la común amiga Maudie (Charlene Holt), que se trata de la viuda de un jugador. Como señalaba, todo lo demás está ahí sin necesidad de ser nombrado.

Igual de elocuente es la cicatriz que exhibe en el rostro el mercenario Nelse McLeod (Christopher George). Más aún, según se comenta, nadie sabe de dónde pudo sacar su dinero el terrateniente Bart Jason (Edward Asner).

Todas estas informaciones desgranadas en el guión de la estupenda Leigh Brackett (1915-1978) son como pinceladas impresionistas que, de alguna forma, nos acercan a los personajes, pero manteniendo el debido misterio que siempre proporciona la otra persona…


En esta última etapa de su carrera, Howard Hawks se mostró más interesado en profundizar en el estudio de caracteres que en renovar unos vericuetos narrativos de sobra conocidos por él. Como muchos aficionados saben, El Dorado es una paráfrasis de Río Bravo (Ídem, Warner Bros, 1959), en base a unas líneas argumentales propuestas o derivadas de esta. Ahora bien, por mucho que el excelente guion de Brackett (de la que celebramos el centenario de su nacimiento) tuviera como base la obra precedente o una novela de Harry Brown (1917-1986), titulada The Star in their courses, el resultado no deja de ser absolutamente personal.

Algo en lo que también tiene que ver la contrastada fotografía de Harold Rosson (1895-1988), capaz de pasar del naturalismo de los exteriores al efecto crepuscular y nocturnal del resto de secuencias; así como la bella y melancólica balada compuesta por Nelson Riddle (1921-1985), sustento de los excelentes títulos de crédito iniciales, que se componen de una sucesión de pinturas del espléndido Olaf Gieghorst (1899-1988); unas estampas no exentas de añoranza que son tanto el reflejo de una épica como el respetuoso canto al individuo en la figura del hombre del oeste, sea cowboy o no (por cierto que, en la película, el artista interpreta al armero apodado “el Sueco”). Tampoco andaba lejos en esta ocasión la imprescindible diseñadora de vestuario Edith Head (1897-1981).


En El Dorado, los paisajes reconocibles están al servicio del universo inconcreto y siempre en movimiento de los personajes (pistoleros, ganaderos, jóvenes impetuosos, mujeres de gran fortaleza, hasta unos conocidos “funcionarios de la ley” que Thornton encuentra en otra localidad). Personajes que, llegado el momento, están dispuestos a asentarse (casi definitivamente). Una fase vital que ya se anticipa en el comentario de Maudie cuando, al regreso de Thornton, esta comenta que se alegra de volver a tenerle cerca y que “John Paul parecía sentirse tan solo…”

La soledad también se evidenciada por medio de la planificación. Frente a unos personajes que irán interactuando entre ellos dentro del plano, el encuentro de Thornton con Bart Jason, primero, y con el cabeza de familia Kevin McDonald, después (R.G. Armstrong), muestra al pistolero separado mental y físicamente de sus interlocutores –como ellos lo están de él-, gracias al correspondiente empleo del plano-contraplano. Las razones para estos desencuentros varían, pero la soledad es la misma. Poco después, Thornton sí que compartirá el plano con Maudie, durante su despedida hacia los territorios de la frontera.


Raíces antiguas y recientes se dan cita en la población de El Dorado; espacio físico y de resonancias míticas. En esa involuntaria determinación de “echar raíces” no pesa solo la edad, sino también las deudas contraídas (Thornton respecto a los McDonald; Harrah como sheriff de la comunidad; Mississippi tras haber “ajustado cuentas”).

Sin domicilio conocido, es el de estos personajes un viaje continuo hasta dar con esas raíces afectivas y geográficas que pronostica el poema de Edgar Allan Poe (1809-1849) que recita Mississippi, y que da nombre al pueblo y a la película. Un lugar para el que también se precisa de tiempo para poder olvidar. Pero la “sombra” del poema de Poe impele al jinete (al viajero) a que no cese nunca en su búsqueda de la felicidad.

Como jocoso preludio a esta disposición, a su (inicial) regreso a El Dorado, Thornton le comenta a su amigo, antes de fijarse bien en la estrella que luce, que “¡oí decir que te habían hecho Sheriff!”. Toda esta red de relaciones dará como resultado la formación de una peculiar familia, como anticipaba, no unida por lazos de sangre pero sí de camaradería y lealtad.


Por ello, los personajes acaban acompañados de alguna forma; hasta el doctor Miller (Paul Fix) encuentra a un colega más joven (Anthony Rogers).

No podemos dejar de retener algunos momentos divertidos, como la elaboración del engrudo anti-alcohólico que Mississippi prepara con ayuda de Bull (el excelente Arthur Hunnicutt, y otro personaje con un pasado a cuestas, en su relación con los indios); junto a otros instantes más dramáticos, entre los que se cuenta la muerte del joven Luke McDonald (Johnny Crawford). En la desafortunada refriega somos testigos de dos disparos, que acaban convirtiéndose en tres…

Los lugares de ese asentamiento físico y vital tienen su parangón en los escenarios no menos “míticos” de western, pese a las confrontaciones. Así sucede con el tiroteo en el interior de una iglesia, la detención de un asaltante en el saloon, o la comisaría que cobija a esa familia en formación…

Escrito por Javier C. Aguilera


El profesor (Detachment), de Tony Kaye

27 mayo, 2015

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En la historia del cine podríamos distinguir claramente un tipo de películas enfocadas hacia el mundo de la educación y su funcionamiento, ya sea para criticar un sistema o para ensalzar una metodología más abierta, ambas postura las más frecuentes. Los retratos de profesores y maestros sirven de excusa para reflexionar sobre la problemática de un entorno que toda cultura considera importante: la transmisión de saberes y el proyecto de educar a las nuevas generaciones, pero también de afrontar los cambios y tratar de conducir el potencial humano que se encuentra en las personas, los estudiantes, con los que se trabaja. Esta labor ha sido reconocida no solo como vital, sino algo fundamental en nuestras sociedades, al menos hasta la llegada de una época inhóspita y extraña, catalogada como posmoderna y en la que se sitúa la película que hoy traemos a colación: El profesor (Detachment, 2011).


Tony Kaye (1952-) es el director que se encargó de llevar a la pantalla la historia escrita por el guionista Carl Lund, encargándose además de la fotografía. Kaye tiene una carrera cinematográfica breve, aunque centrada en la temática de los conflictos sociales, plasmados en forma de drama: American History X (1998) y el documental Lake of Fire (2006) junto a la obra de la que hoy hablamos dan buena fe de ello. Se unen a su labor cinematográfica todos los trabajos realizados para el mundo del videoclip, faceta importante en el factor de experimentación que tienen sus trabajos.

Henry Bathes es un profesor sustituto de literatura que llega a un instituto catalogado por el sistema educativo como difícil, con resultados por debajo de la media, y que está al borde del cierre por intereses ajenos a la educación. Un lugar donde los profesores agonizan y quienes aún mantienen la ilusión en su trabajo y en su vocación, ven cómo sus esperanzas en un futuro mejor se ahogan entre sus estudiantes. A pesar de ello y del recibimiento de su alumnado, Henry conectará con ellos, aunque sin dejar que nadie se acerque a su historia. Como sustituto, deja que su habilidad para alcanzar a los alumnos sea efectiva, pero en un breve espacio de tiempo, quizás sin darse cuenta de lo que provoca a su alrededor, entre otras cuestiones por tener el peso de un pasado que le persigue bajo la forma de su abuelo (Louis Zorich) enfermo y demente.


La película desarrolla una historia basada en la indiferencia y el desapego, correspondiéndose mejor con el título original: Detachment. El protagonista, encarnado por un solvente Adrien Brody, actúa con desinterés hacia lo que le rodea, aunque desempeñe su mejor papel en el aula para sus alumnos, lo hace de forma tajante, asumiendo un papel indiferente ante las burlas y los comportamientos poco cívicos de sus alumnos y deteniéndose en lo que ellos pueden demostrarle. No obstante, esta trama la suponemos por el breve espacio que le ofrece la película a su interacción con el aula, dado que la historia se centra más en seguir a este personaje en tres ejes de su vida: el instituto, su pasado y su relación con una prostituta adolescente, Erika (Sami Gayle), a la que acoge en su casa.

La trama del instituto nos muestra las consecuencias de una sociedad posmoderna, con una serie de acontecimientos que muestran la indiferencia hacia una auténtica educación en pos de intereses egoístas y ajenos a los valores tradicionales. Precisamente, quienes luchan por estos son vapuleados por las circunstancias: una directora (Marcia Gay Harden) que ve su vida (personal y profesional) desmoronarse por no ser capaz de alcanzar una "cuota" de aprobados, una psicóloga (Lucy Liu) que pese a su continua labor de comunicación con los alumnos, ve cómo estos jóvenes desaprovechan un futuro sin remedio, sin ser conscientes de la ruina en la que se adentran, o unos profesores en el último tramo de su vida profesional, superados por las circunstancias, como la profesora interpretada por Blythe Danner, o buscando medios para sobrevivir y tratar de salvar a cuantos alumnos puedan, aunque ellos se sustenten a base de medicamentos, como el caso del profesor interpretado por James Caan.


Hasta cuando otros profesores tratan de hacer algo tan solo reciben el odio de las familias (que no dudan en anteponer los derechos de su hijos a una educación apropiada), la postura desagradecida de sus alumnos o la completa indiferencia a su existencia, esto último representado por el profesor (Tim Blake Nelson) que es ignorado hasta en su hogar y que pasa las horas previas a la entrada en el instituto apoyado en una valla, como un crucificado, ausente y ignorado por todos. Hacia el final de la película, exclamará "¿Me ves?" cuando Henry interaccione con él al verlo en tal postura, como si hubiera aceptado esa posición en el mundo como algo natural.

La película se inicia justamente con la explicación de cómo llegaron estos profesores a esta profesión, en forma de falso documental, algo que proseguirá el personaje de Henry durante toda la película, otorgando su reflexión sobre las cuestiones que se desarrollan en la película. Kaye postula así un retrato duro del sistema escolar estadounidense y, seguramente, del tipo de sociedad occidental ante el que nos encontramos, donde los profesores son denostados por las cirscunstacias sociales y son presa de esa indiferencia en la que nadie les agradece su labor, aún cuando desde altas esferas se considere de gran necesidad, al menos de cara a la plana, por lo que se deduce de las visitas institucionales al centro de la película, en la que se da más valor a la propiedad territorial del centro que al valor educativo del mismo.


Entre los alumnos, destaca la presencia de Meredith (Betty Kaye), que desprende una gran pasión por la fotografía y el arte, aunque sea víctima del acoso de sus compañeros por su aspecto y la presión familiar, en este caso, del padre, en contra de sus sueños artísticas por considerarlos poco útiles y rentables para su futuro. Con el único apoyo de Henry, Meredith no dudará en adentrarse en un oscuro final ante la marcha del sustituto. Este personaje representa en la película la condena que sufren aquellos que, a pesar de la situación actual, siguen necesitando el apoyo de otras personas y no su indiferencia, a la vez que continúan teniendo sueños en un sistema que parece predispuesto a restarle cuantas oportunidades tenga: por el resto de compañeros, por su familia e, incluso, por profesores poco atentos, a pesar de que la obra de Kaye se detenga más en defender y victimizar a estos últimos.

Por otra parte, la historia, preocupaciones y traumas de los profesores están velados para el alumnado y, en el caso de Henry, para todas las personas a su alrededor. Este profesor sustituto vive instalado en el contacto breve con otras personas, viajando de centro en centro, seguramente por miedo a esa intimidad con otros. Así lo veremos en el caso de Erika, la persona que logra conocer su historia y por la que el espectador descubre la tragedia en la que vive envuelto el personaje, enfrentado a la muerte de su madre y al olvido demencial de su abuelo, del que pende la sombra de una sospecha que no será desvelada. El trauma de descubrir el cuerpo de su madre durante la infancia y la inseguridad de una vida de desconfianza con su abuelo arrastran al personaje a una huida constante, a una continua búsqueda de la soledad en la que se cierran las puertas a otros, lo que arrastra consigo a quienes acaban enamorándose o dependiendo, en cierta forma, de él: la profesora Sarah Madison (Christina Hendricks), Erika o Meredith. El final se entremezcla en sensaciones agridulces, con espacio para la esperanza, pero también para la tragedia.


Los principales problemas de la obra se sustentan, sin embargo, en el enfoque cinematográfico que Tony Kaye le otorga. El repetido cambio de primeros planos en los diálogos, una cámara de ángulos imposibles o la incapacidad para mantener un mismo plano donde dos personajes interactúen saturan la narrativa visual de la película, que se luce precisamente cuando el director decide apostar por lo contrario: ahí tenemos la escena de reencuentro entre Erika y Henry con una pared roja de fondo, las fotografáis en blanco y negro de Meredith, los diálogos entre Henry y su abuelo o las últimas secuencias, que se desarrollan con la narración de El hundimiento de la casa Usher, de Poe.

Una fotografía muy granulada en ciertas partes o saturada de forma excesiva en otras daña la experiencia fílmica, que no es constante y cuyo montaje se muestra vertiginoso en escenas donde no hay tal virulencia. No obstante, consideramos interesante la propuesta del pasado representado con un tipo de película borrosa, difuminada y fragmentada, en cuanto a que representa la memoria infantil de un adulto y funciona de manera acertada con respecto a lo que se pretende narrar; de la misma forma que podemos destacar algunas de sus transiciones, empleando fondo verde y dibujos en tiza animados.


En definitiva, una historia que nos traslada la crudeza del sistema educativa y la indiferencia a la que se enfrentan sus profesores, convertidos en justos mártires en esta obra. Una visión muy negativa que atiende muy poco a lo positivo que podemos encontrar en el mundo de la educación reglada y que en su experimentación visual entorpece la narración en algunos segmentos y nos deja otros muy interesantes visualmente. Se nos lega finalmente una película irregular en su desarrollo, pero de la que podemos aprender a observar el mundo de la educación desde un punto de vista más duro: el de la indiferencia, el desinterés hacia el mundo que nos rodea y las personas que los componen.

Escrito por Luis J. del Castillo



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