Clásicos Inolvidables (LV): El tragaluz, de Antonio Buero Vallejo

26 septiembre, 2014

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Cuando hablamos de Buero Vallejo podemos caer en el error de considerar a este dramaturgo tan solo como un hijo de su tiempo, cuyas principales obras se relacionan en exclusiva con la oposición a la dictadura franquista, pero que fueron hechas, y de ahí su maestría, para decirnos cosas aún fuera de esos años de censura y control totalitario. Al igual que en Historia de una escalera (1948), nos encontramos con la historia de un tragaluz, El tragaluz (1967), el de un semisótano que viene a simbolizar el lugar, casi como un pozo, donde permanecen los personajes anclados, aún cuando han logrado marcharse y prosperar.

Antonio Buero Vallejo (Fotografía de José Aymá)
Buero despliega esta historia bajo un escenario que acoge diferentes espacios a la vez, de una manera incluso simbólica: la Editora, lugar de trabajo de Vicente, se alza por encima del semisótano de su familia, mientras que en primera instancia encontramos el cafetín y un muro donde la Esquinera, personaje de la prostituta, aparece. Estamos en Madrid, a mediados del siglo XX. Pero el espectador también forma parte de la función y esta obra lo convierte en un personaje del futuro. La ciencia-ficción que emplea el dramaturgo para realizar esta obra logra conferir a las escenas de un ambiente de estudio sobre la condición humana.

El espectador que vio en su producción original El tragaluz se encontró con una obra donde había un doble juego: dos personajes, Él y Ella, señalan que actualmente están en un siglo avanzado, en el futuro, y que lo que van a ver sucedió hace mucho tiempo, pero se relaciona con ellos en cuanto a que se plantea la pregunta esencial que ha hecho evolucionar al ser humano.

Buero casi se mofa del espectador al señalar a través de estos personajes que verán a los personajes usar un lenguaje hosco, pero también se sirve de ellos para alejarse de nociones como las del patriotismo (España ya no existe como tal en este futuro) a la par que el espectador hará una doble función: la figurada, la de sentirse como un auténtico investigador, y la real, la de ver reflejada la vida a la que pertenece. Así lo revelarán los narradores de esta obra. Aunque muchos críticos lo valoraron de manera negativa, incluso como una extravagancia, otorga un valor añadido a lo que hubiera sido un drama más de no contar con estas reflexiones.

Fuera del planteamiento filosófico, encontramos en esta obra una contraposición entre varias fuerzas: los que prosperan y los que no, los que olvidan y los que recuerdan, los que someten y los que aman. En todos los casos, serán respectivamente Vicente y Mario, hermanos, los que representen esos dos lados. Vicente ha avanzado en una sociedad basada en el egoísmo y en pisar a los demá para prosperar, a la par que ha olvidado y enterrado sus culpas sobre un hecho del pasado familiar, intentando solventarlo con ayudas económicas a su familia. Al olvidar, Vicente también trata se engaña y crea una realidad distinta de su pasado. Mario se niega a prosperar de esa manera, incluso rechazando la ayuda de Vicente. Él no quiere formar parte de una sociedad mezquina y por eso permanece en el semisótano, en el pozo, en un mundo aparte del real, por lo que será precisamente acusado de personaje quijotesco por su hermano. A la vez, será el que se eriga como juez del pasado, cuando sus sospechas crezcan entremezcladas con los recuerdos borrosos de infancia. Ambos hermanos también tendrán una disputa romántica por Encarna, aunque de distinto carácter, mientras Vicente se aprovecha de ella por su posición en la Editora, Mario está enamorado de la mujer.


MARIO: [...] Y nos inculcó la religión de la rectitud. Una enseñanza peligrosa, porque luego, cuando te enfrentas con el mundo, comprendes que es tu peor enemiga. (Acusador.) No se vive de la rectitud en nuestro tiempo. ¡Se vive del engaño, de la zancadilla, de la componenda...! Se vive pisoteando a los demás. ¿Qué hacer, entonces? O aceptas ese juego siniestro... y sales de este pozo..., o te quedas en el pozo. (pág. 125)

Elvirita, la hermana fallecida, será un símbolo de gran importanca en este enfrentamiento entre ambos hermanos, como también el mencionado amor por Encarna o la obsesión por el escritor Beltrán, este último sin presencia en la obra, como signo de la culpa presente de Vicente. Elvirita es su culpa pasada junto a la locura del Padre. Este último personaje será el único que adquiera momentos de humor, pero un humor negro si tenemos en cuenta que los chistes proceden de una especie de demencia senil. Los espectadores descubrirán en este personaje un ser obsesionado con la infancia: creerá que es un niño, siempre oirá a un bebé llorar, pensará que otros niños son sus hijos y no será capaz de reconocer a sus hijos adultos. Pero, sobre todas las cosas, permanecerá obsesionado con Elvirita, recordándola dentro de su demencia hasta el punto de provocar la fatídica escena final, clímax de la obra tras la confesión de Vicente.

Junto al olvido obligado del Padre, salvando el hecho de recordar continuamente al tren y a su hija, momento al que está anclado en su mente, está el olvido escogido por la Madre, que no dudará en apoyar la versión oficial de la familia cuando el propio Vicente trate de confirmar sus sospechas. Incluso Encarna apoyará en el tramo final de la obra ese olvido. Mario, por el contrario, defiende el recuerdo, lo que refuerzan la tesis ofrecida por los investigadores futuros: hay que saber la verdad, descubrir lo que sucedió en el pasado, aunque duela, pero solo eso nos permitirá avanzar hacia el futuro con paso firme, lentos, pero con seguridad.

Salida de un tren. Año 1960. Fotografía de Xavier Santamaría. Extraída de Historias del Tren
No podemos terminar sin mencionar el hecho de que nos encontramos ante una obra valiente también en su denuncia hacia las guerras. Existe la clara evidencia de que la guerra que se menciona en la obra es la guerra civil española, igual que se menciona el hecho de que el Padre perdió su empleo en el ministerio por la depuración de todos los cargos que habían pertenecido a la II República y eso nos da la idea de que estamos ante una familia de vencidos. La tragedia familiar también está vinculada a la tragedia nacional, Vicente culpará a la época de la muerte de su hermana, como última excusa: "habían muerto cientos de miles de personas... Y muchos niños y niñas también..., de hambre o por las bombas...".

La contundente frase "¡Malditos sean los hombres que arman las guerra!" de la Madre nos proporciona la idea fundamental de que, por encima de la culpa personal de Vicente, está la culpa de la nación, la falta de solidaridad generalizada en esos momentos de crisis social, pero aún más: el tren sigue avanzando y aunque un vencido como Vicente se suba, no cambia nada, al contrario, es él precisamente el que cambia para adaptarse. A esta realidad era a la que se negaba Mario, aunque su postura no sea más que un inmovilismo autoimpuesto.

El espacio escénico de El tragaluz (Dibujo de Antonio Alegre Cremades)
En definitiva, El tragaluz ahonda en la dimensión humana a través de unos personajes tangibles junto a una estructura dramática de indudable calidad. Esa estructura hace uso de mecanismos esceneográficos, como las luces y las sombras, especialmente las proyecciones en la pared del fantástico tragaluz, o el sonido, como el empleo del ruido del tren como señal de pensamiento y recuerdo, para ofrecernos una obra que evoluciona y experimenta más que sus antecesores, entre los que encontramos la ya mencionado Historia de una escalera, pero que remite a un mismo mensaje alentador hacia la zona final: la mirada hacia el futuro que depende de ese enigmático ellos: los hijos, los investigadores del futuro, el público de la obra... o los lectores.

Escrito por Luis J. del Castillo



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