Noticias: Próximamente en BdC

31 enero, 2019

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Peñones de Almuñécar (Granada), fotografía de LJ
Ha llegado ya 2019 y ha cumplido su primer mes con enero. Nosotros seguimos nuestra andadura por la red con vuestras visitas, que han sumado más de 13000 durante este mes. En cuanto a nuestros seguidores, sois en este nuevo año 183 en Blogger, 643 en Twitter  y 177 en nuestra página de Facebook.

Desde el principio hemos tenido un mes dedicado a los niños por el final de la Navidad, con películas como Los 5000 dedos del doctor T. o Vaiana. También nos hemos adentrado en el maravilloso mundo de Wallace y Gromit y nos hemos acercado a la sensibilidad de La librería. Además, hemos tenido un clásico español como es El crack y hemos visitado los parajes del alma de Umbral en su libro Mortal y rosa

Por esta senda seguiremos, como habitualmente, durante todo el resto del año 2019. Con más películas, libros, música y demás elementos de la cultura. Os animamos a compartir con nosotros vuestras impresiones y a disfrutar de la cultura que nos rodea.

Para el próximo mes seguiremos con algunos estrenos de última hora y también recuperaremos algún clásico que no puede pasar desapercibido. Quizás disminuyamos un poco nuestra actividad, pero no os preocupéis, seguiremos al pie del cañón.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

Seuss y los Happy Fingers
PD: Hoy os invitamos a conocer un canal de Youtube dedicado a resumir la historia de la humanidad desde el principio hasta el final con cierto humor y buena dinámica. Una proeza titulada Pero eso es otra historia, del que os dejamos uno de sus vídeos.



"Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía."
                  - John Fitzgeral Kennedy (1917-1963)

La luna es una cruel amante, de Robert A. Heinlein

25 enero, 2019

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Hacia el año 2075 la luna se ha convertido, en buena parte, en una colonia penal, poblada por exilados, obreros y ex presidiarios. En dicho año, nuestro satélite es otro mundo computerizado. Hasta qué punto esto era inevitable y hasta dónde llega tal necesidad, es algo que Robert A. Heinlein (1907-1988) deja al lector de la mano de su narrador, el informático y encargado de mantenimiento Manuel García O’Kelly. Manuel entra en contacto con el díscolo ordenador Mike, el hermano más guasón de HAL 9000 o Colossus.

El caso es que Manuel y Mike se hacen buenos amigos, pues aunque el ordenador muestra una operatividad digamos que errática, se conduce como un ser humano, en el complejo espectro de la inteligencia artificial. Pertenece a la serie Holmes 4, es autoprogramable y muestra un evidente cansancio al realizar únicamente tareas administrativas; en suma, de estar al servicio del estado, aquí denominado Autoridad Lunar, y no emprender cometidos mucho más creativos.

Este es el núcleo central de la novela que hoy comentamos, La luna es una cruel amante (The Moon Is A Harsh Mistress, 1966; La Factoría de las Ideas, 2003), del escritor estadounidense Robert A. Heinlein, galardonada con el prestigioso Premio Hugo para obras de ciencia ficción.

La luna la pueblan unos tres millones de seres humanos. Allí también habita Manuel, pero él no es ningún preso, sino un técnico en reparaciones informáticas. Yo nací libre, nos informa (Libro I: I), para añadir que a las máquinas les gusto, lo que se confirma plenamente. Pero nunca he presumido de saber nada sobre las personas, agrega más adelante (II: XV). Además, asegura que la política nunca me ha tentado… hasta que las circunstancias me obligaron a cambiar (I: IX). También sabremos que Manuel es un nativo lunar de tercera generación (I: IX), y que dispone de una prótesis en su brazo izquierdo que, lejos de incapacitarle, le faculta para llevar a cabo tareas de particular precisión, a las que ningún otro técnico ha osado llegar jamás.

Robert A. Heinlein
La relación de amistad entre nuestro protagonista y narrador de los hechos y el computador Mike, se hace extensiva al lector. El humano y la inteligencia mecánica muestran una mutua comprensión, una afinidad psicológica entre creador y creación. Entre tanto, el autor y sus protagonistas no dejan de poner de manifiesto la manipulación intrínseca a la política (I: II). De este modo, Manuel también entra en contacto con la idealista Wyoming Knott, que incluso ha llegado a ejercer, en el colmo de la anticipación, como “madre de alquiler profesional” (I: III). Los diálogos entre ambos personajes son deudores de la mejor novela negra, esto es, son concisos, certeros y están plagados de sugerencias.

Ambos acuden a una reunión donde, como suele ocurrir, se entremezclan idealistas, exaltados, indignados y hasta terroristas. Lo que, en un nivel menos dramático, pone de relieve lo difícil que es ponernos de acuerdo los unos con los otros, o lo mucho que nos gusta “escucharnos a nosotros mismos”. Allí conocerá Manuel a otro personaje capital, el profesor jubilado Bernardo de la Paz (I: VI). A largo plazo, el gran objetivo era hacer que las cosas empeoraran lo más posible (I: IX), con objeto de sustituir el “desorden” por un orden nuevo.

Siguiendo esta línea de anticipación, lo mismo podemos decir del ramificado e ideologizado organigrama destinado a abastecer a las agencias de noticias, estas últimas, gestionadas por un ordenador central donde, literalmente, puede añadirse, cortarse o cambiarse cualquier cosa. Así, el Alcaide (sic) y la Autoridad Lunar atesoran la capacidad de poder silenciar todo aquello que no les conviene (I: V).


Aquello era “la Roca”, comenta Manuel, un exilio y no un sitio al que amar. Al fin y al cabo, como especifica Heinlein por boca de su personaje, es más fácil conseguir que la gente odie que ame (I: IX). Con la información confidencial y reservada que les proporciona Mike, los tres rebeldes (los patológicos y el neonato) mutan a conspiradores de pacotilla, pero, por eso mismo, harto peligrosos. Tanto, que la luna ya no volverá a ser la misma. Protegido por una contraseña que solo responde a estas tres voces, Mike gesta las reivindicaciones nacionalistas, a las que se suman con ahínco los familiares más jóvenes del grupo, conocidos (no sin sarcasmo por parte de Heinlein) como “Los Irregulares”, nombre por el que eran conocidos los jóvenes ayudantes de Sherlock Holmes. Por lo tanto, asistimos a algo así como una mafia familiar, pero planetaria. Aparte de que, en la luna, el concepto de familia abierta se queda corto.

Junto al aspecto político ya destacado, el de la madurez intelectual no le anda a la zaga. A los niños les encantaba burlarse de los adultos en cuanto descubrían lo fácil que era (I: X), destaca Manuel, testigo y protagonista de esta revolución. Del otro lado, la Autoridad Lunar nombra al Alcaide, identificándose las personas a través de su cargo: los apellidos podrían ser, simplemente, “Estado”.

Por ello, los indignados y los rebeldes (insisto en que no son lo mismo, aunque ambos sucumban a los desmanes de la revolución) se hacen cada vez más fuertes. Pasan horas discutiendo (cómo no) qué acciones les encumbrarán y cuales les denigrarán de cara a la “galería” terrestre, con objeto de obtener el suficiente dinero para sustentar “el golpe”. Tales acciones pasan por fomentar el turismo por medio de agencias territoriales que, en su gran mayoría, se dedican a sostener la propaganda victimista. Con la tecnología (pirateada) a su servicio, y la tergiversación de la opinión pública, el “pobre” Alcaide no es más que un pelele en el diagrama de la novela, sin dejar de ser un inútil “de poltrona”.


Conversaciones intervenidas, medios de comunicación libres refutados o en entredicho (lo que incluye una emisora clandestina, II: XXII), y un personal infiltrado a la caza de debilidades ajenas, hacen que la pompa se expanda en esta circunstancia y, como supondrán, tras el estallido, fuese y no hubo nada (de progreso).

La manipulación en los testimonios y en las comunicaciones no se hace de rogar, auspiciada por todos los medios de difusión al alcance de los cismáticos. De ahí al asesinato, solo media disponer de un láser, con lo que asistimos a algún que otro atentado destinado a culpar al enemigo: ya se sabe que primero se crea y luego se le demoniza. Lo que es una revolución en toda regla, vaya. La luna era nuestra es la última frase del libro primero.

En el segundo, subtitulado Una chusma en armas, Manolo, que es el “tonto útil” de esta historia, concreta tras la revuelta que allí estábamos, con el control antes de lo previsto, sin nada preparado y con mil cosas que hacer (II: I). Los lunares necesitaban un símbolo que odiar, insiste. Es el tiempo de la salida de la clandestinidad, de las purgas por acción u omisión. La ayuda de la tecnología es, en este sentido, inestimable. Que la estrategia y la teoría la marque y sostenga una máquina (no en vano revestida de atributos muy humanos), no deja de tener su lógica: la luna la habitan seres como los de la Tierra, solo que con otra atmósfera (sintética). Razón por la que, en nuestro satélite, se devana los sesos Adam Selene, presidente del Comité de Camaradas por una Luna Libre. A cuya labor se suma otro grupo de “amortiguación”, dispensador de una doctrina apaciguadora y responsable de escuchas ilegales, insignias conmemorativas, indicaciones sobre el uso de la lengua, porcentajes étnicos como forma de segregación foránea, impuestos a tutiplén (incluido uno sobre el aire) y un sistema de guardias propio.

Pintura de Jon Hrubesch
Ahora estamos hacia 2077, y como decía Serpiente Plissken (Kurt Russell) en Rescate en L. A. (Escape from L.A., John Carpenter, 1996), cuanto más cambian las cosas más siguen igual. Al punto de que Manuel acaba por reconocer que en el corazón humano debe de haber el anhelo profundamente enterrado de prohibir a los demás que hagan lo que les apetezca (II: XIV). No es de extrañar tampoco, que Heinlein sea tenido de “polémico”, en el mejor de los casos, por los extremistas de siempre. Más de seis personas no pueden ponerse de acuerdo en nada, reflexiona Manuel. Lo que queda expuesto en los siguientes capítulos. A la anterior lista de “conquistas”, debemos sumar la paridad del género. No permitiremos que aterricen más naves a menos que lleven tantas mujeres como hombres (II: XV).

A todo ello, añade Heinlein el excelente relato del viaje de Manuel a la Tierra, contado por él mismo (II: XVI). Una vez declarados independientes, toca hacerse los conciliadores con los terráqueos, el planeta “opresor”, echando mano de la demagogia. Una narración expuesta, como digo, con la desenvoltura del iluso. El profe siempre tuvo un don para cambiar de tema, recuerda en referencia a Bernardo, que no lo acompaña en ese viaje. El poder de recaudar, una vez concedido, es ilimitado, explica a su vez el buen profesor, añadiendo que el gobierno es una enfermedad inevitable de los seres humanos (II: XXII), como justificación de lo que ha acontecido después.

Pero el papel de las Naciones Federadas terrestre, que traga con todo, no es para dejarlo aparte. La Tierra había pagado todas las facturas, y ahora nosotros los colonos disfrutábamos de todas las ventajas (II: XVII). En suma, lo razoné tan bien que estuve a punto de creérmelo, asegura Manuel (II: XVIII)


En el libro tercero y último de la novela, los acontecimientos hacen que la curiosa relación entre Manuel y el ordenador Mike no sea retomada hasta casi el final del relato, cuando ya han transcurrido bastantes años (III: XXVI). Tal vez, aburrido de tanta injerencia, Mike ha decidido cortar toda relación con los selenitas.

Al final, la luna logra su independencia por la fuerza física y verbal, y el contacto más humano con el computador se pierde.

Aunque creo que la primera parte del libro debía haber estado algo más aligerada, son suficientes elementos de interés los que encontramos en La luna es una cruel amante. No estimo necesario repetir por qué.

Escrito por Javier Comino Aguilera


La librería, de Isabel Coixet

21 enero, 2019

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Suele haber grandilocuencia en esas historias que tratan sobre la trascendencia del ser humano. Como si propusieran un cambio sustancial en nuestras vidas y nos impulsaran a la felicidad por tener la dicha simple pero efectiva de estar vivos. Así es habitual en los biopics sobre esos personajes históricos que marcaron algún hito por el que debemos congratularnos. En otras ocasiones, sin embargo, se alejan de los grandes gestos para acercarse a los sueños más cotidianos. A la intrahistoria de los anónimos provincianos y a las desdichas que habitan en quienes se saben alejados de los grandes letras de la historia con mayúsculas. Esas narraciones llenas de pequeñas y fugaces ocasiones de felicidad y tormentos y preocupaciones que parecen querer instalarse para siempre.

Mientras adaptaba una novela de la inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000), Isabel Coixet (1960) nos lanzaba de nuevo a uno de sus dramas de soledades personales, ubicado en esta ocasión en un pequeño pueblo costero de la Inglaterra de 1959. Estamos ante La librería (The Bookshop, 2017), la sencilla historia de una joven viuda, Florence Green (Emily Mortimer), que decide abrir una librería en el pueblo en el que ha recalado, aunque para cumplir con ese particular sueño se encontrará tanto con la oposición de algunos como con el paternalismo de otros y la actitud maruja y cotilla de otros tantos.

A lo largo de esta película no encontraremos un desarrollo profundo y concreto de todos los sucesos, sino la pretensión de transmitir unas sensaciones emotivas. Básicamente, siempre se nos mostrará a Florence Green como una mujer que vive aislada, pero no sola: su mundo se encuentra entre las páginas de los libros que ama. Pero a diferencia de otros, dedicados a la creación de esas páginas, ella tan solo se identifica con lo que lee, por lo que se empeñará en cumplir su sueño de tener una librería en la tranquila Hardborough, ocupando un viejo edificio emblemático del pueblo, pero abandonado durante varios años: Old House.


Si en los tiempos que corren ahora nos podría parecer más que arriesgado abrir una librería, el mismo correlato de locura extravagante parece invadir a los conciudadanos de Florence, que lo observan como un disparate, dado que la población local no tiene interés por los libros. No obstante, con tesón y certeza, la joven viuda logra abrir oponiéndose al criterio de su banquero y su abogado. Sin embargo, se ganará la desconfianza de los pueblerinos y, sobre todo, el rechazo de Violet Gamart, una aristócrata que domina los hilos del pueblo desde su pedestal. Por contra, se ganará la admiración del señor Brundish (Bill Nighy), otro aristócrata que reside en su particular torre de marfil, tan solo rodeado de libros y de una mansión que parece abandonada, ocupándola como una figura misteriosa que desprecia lo relacionado con el ser humano. No obstante, como gran admirador de la literatura, le agradará la existencia de la librería y pronto se convertirá en el principal y más devoto cliente de la misma.

No hay mucho más detalles que aportar sobre la trama, siempre que no desvelemos los acontecimientos más relevantes. Coixet emplea el minimalismo de este argumento para abordar sobre todo a los personajes. Por ejemplo, encuadra a la señora Gamart desde la distancia, como un ser manipulador y altivo, rodeada de sus lujos y de las influencias de la política. Se acentúa en sus apariciones su hipocresía y despotismo, lo que, por otra parte, no permite ningún tipo de humanización. Al señor Brundish le ocurrirá lo mismo, aunque estará siempre rodeado de colores más fríos, mostrando que es un hombre frío, sí, pero sincero: lo que le rodea es lo que es. Las casi ruinas, los libros, la sequedad y la firmeza. Por su parte, la protagonista, Florence, aparecerá sobre todo representada como una mirada perdida en el mar, aceptando la soledad, pero también tomando el coraje (palabra clave dentro de la película) para intentar cumplir su pequeño sueño y encontrar la felicidad anhelada. Por cierto, tienen cierta gracia la forma en que Coixet plasma las conversaciones epistolares entre el señor Brundish y Florence.


Ahora bien, a pesar de cómo quedan retratados los personajes, hay poco desarrollo. Se logra con cierta intensidad íntima acercarnos a su carácter, pero apenas hay un par de encuentros memorables entre estos tres personajes, los cuales, se suponía, debían estar más involucrados entre sí; es más, los tres no coincidirán nunca juntos en escena. Lo que provoca, sin duda, que se sienta desaprovechada la ocasión de haber ahondado más en ellos y en sus relaciones. Curiosamente, dado que se opta por darle siempre el protagonismo a Florence, sí tendrán mayor presencia y constancia dos relaciones.

La primera es bastante interesante y sucede entre la librera y Christine (Honor Kneafsey), la niña a la que contrata, la más joven de su familia, pero también la más despierta e inteligente. Sus conversaciones serán premonitorias y ambas se enriquecerán mutuamente. Su relación está bastante asentada y se nota más meditada que otras, incluyendo además la secuencia final, que bien podría recordarnos a una versión más agridulce de Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), pero variando la música por los libros y mostrándonos que Christine tenía bastante razón cuando afirmó que, a diferencia de lo buena que era Florence, ella prefería ser mala. La segunda es algo siniestra y resulta hasta cargante durante la película: se trata de los encuentros entre el periodista Milos North (James Lance) y Florence. Un personaje cuyas intenciones son excesivamente evidentes y al que podemos ver rechazado en varias ocasiones por la librera. Sin embargo, dado que la definición de los personajes, incluida la protagonista, llega a ser bastante vaga, asistiremos con sorpresa a que este despreciable ser sea contratado por ella en la librería, a pesar de haber mantenido siempre una atenta y cuidada distancia con este hombre durante toda la narración anterior.


No se trata de la única contradicción. Se pretende mostrar, por ejemplo, que el pueblo está invadido de gente que no lee o que lo interesan los libros, sin embargo, la librería tiene éxito. También hacia la mitad nos encontramos con una lucha legalista entre la señora Garmant y Florence que no se entiende, dado que se centra en que la aristócrata se queja de la cantidad de gente que rodea a la librería, algo bastante absurdo, cuando quizás hubiera sido algo más eficaz lo que se menciona de pasada: la inmoralidad del libro de Nabokov (1899-1977), Lolita (1955). Precisamente, este libro, junto a los de Ray Bradbury (1920-2012), tanto Fahrenheit 451 (1953) como Crónicas marcianas (1950), serán los que permitan una mayor interacción entre Florence y el señor Brundish, una relación que rozará un sutil enamoramiento, en una contenida escena en que ambos tienen un bello diálogo previo al final de la película. 

Este hecho no es una excepción dentro de La librería. En general, Coixet evita los grandes gestos. Otro ejemplo lo encontramos en cómo la villana es, ante todo, una hipócrita de buenas maneras, alguien acostumbrado a conseguir todo lo que quiere moviendo los hilos necesarios. Sin embargo, no nos equivoquemos, se deja en evidencia en la película hasta donde llega su maldad, dado que el empeño por conseguir el edificio de la librería no cejará a pesar del tiempo que transcurra y a pesar de que su deseo podría quedar bien cubierto con cualquier otro edificio: es tan solo un capricho pueril de alguien demasiado poderoso. Lo que nos puede dar buena muestra de hasta donde llega la visceralidad humana. No obstante, por eso mismo resulta maniquea hasta el exceso. Uno llegaría a esperar una mayor exploración de las motivaciones de esta mujer, por ejemplo, en su conversación con el señor Brundish, pero nunca se llega a eso. Ni creo que se pretendiera. De la misma forma que tampoco se evita dejar retratados a toda la población, sobre todo a los hombres, como fantoches sujetos a los deseos del poder, representado aquí por la señora Garmant. En fin, el coraje de Florence Green reside en combatir a Goliath sin realmente desear combatirlo, porque tan solo se trataba de un sueño personal e íntimo.


Como sucede con tantas películas, La librería no llegará a todos, ni siquiera aunque se comparta la pasión por la literatura de la protagonista, porque es evidente que tiene defectos, que es una obra  lenta, desapegada y algo fría, con poca claridad en su desarrollo y una profundidad basada en la sutileza. Lo que no podemos dudar es que se sirve bien de preciosistas paisajes retratados a partir de la mirada y la presencia de los personajes, que tiene un encanto particular invadido de melancolía y esperanza y que muestra tanto lo mejor de nosotros como un mensaje desolador: si alguien con poder se lo propone, puede acabar con hasta los sueños más pequeños y cotidianos.


Mortal y rosa, de Francisco Umbral

16 enero, 2019

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Como si un vate fuera, se ha cumplido lo que Francisco Umbral (1932-2007) deseaba en Mortal y rosa (1975): convertirse en un olvido, abandonando toda solemnidad y siendo uno de esos escritores que se recuerdan ocasionalmente, descubierto casi por casualidad por un lector. Sin más. Aunque sin que él lo sepa su recuerdo ha quedado asociado a lo que podríamos considerar un meme ibérico, como ya comentamos que le pasó también a Fernando Arrabal (1932), dado que su exabrupto televisivo (He venido a hablar de mi libro) le ha eclipsado como escritor. Y dado que su obra más numerosa, las columnas de opinión a las que dedicó casi toda su vida, está anclada a un tiempo y unas circunstancias sociopolíticas muy concretas, cabe rescatar entonces su obra literaria y sorprendernos de descubrir detrás de su comportamiento y palabras bastas la existencia de un ser profundo, invadido de aristas, pesadumbre, melancolía y decepción.

Desde 1958, con veintiséis años, Umbral empezó su carrera periodística colaborando en El Norte de Castilla y pasando también por medios provincianos de León. Recalaría en Madrid y frecuentaría la tertulia del Café Gijón siendo apadrinado por escritores como José García Nieto (1914-2001) y Camilo José Cela (1916-2002). Tras un tiempo comenzaría a hacerse un nombre relevante como columnista y cronista en diarios de tirada nacional, como El País o El Mundo, en esta última con su columna Los placeres y los días. Pero antes de convertirse en un autor entregado a ese mundo de crítica contracultural, polémicas y enemistades, vivió un tiempo de felicidad que recogió en su diario, un diario que se convertiría finalmente en el testimonio de su mayor desgracia personal: la muerte de su hijo Pincho, Francisco, con tan solo seis años a causa de la leucemia. Ese diario, híbrido que mezcla estilos, géneros y temas, apareció publicado en 1975 con un título que recuperaba un verso de Donde habite el olvido, de Pedro Salinas (1891-1951): Mortal y rosa.


Se trata de una obra peculiar, invadida de reflexiones, con poca narración directa, pero sí descripciones, secuencias de una vida fragmentada, nunca expuesta de forma concreta con fechas, y donde se mezcla lo personal e íntimo con lo social y literario. Así, podemos hablar de una obra con múltiples facetas imbuidas todas por un tono lírico general, pero abordados de muy distinta forma.

En primer lugar, el tema primordial que aborda Umbral es el paso del tiempo. Desde un principio, nos muestra su esceptismo recordándonos el crecimiento continuo del cuerpo, es decir, el recorrido hacia la muerte. Desde la inusual pero certera descripción de cómo el cabello desaparece, el cuerpo se deforma, aparecen las arrugas... Sin duda, el primer tramo del diario sorprende por cómo se asoma al lado más íntimo y pudoroso del autorretrato, que pronto dejará espacio para la presencia del hijo, el hijo como la representación del paraíso perdido e inalcanzable (La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, solo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse). Conforme avance el diario, avanzará la sensación de profunda pérdida del ser humano. Para el autor, la infancia del hijo supone un revivir del tiempo de su propia infancia, que llega incluso a incidir en la trascendencia de los hechos cotidianos como la forma de resucitar y poner en comunión el pasado con el presente. Por ejemplo, en el hecho de cortar las uñas a su hijo, descubre la conexión con aquel mismo momento de su infancia en que su madre le cortaba las uñas. Es tan solo un ejemplo de la forma en que Umbral logra imbuir de belleza lo cotidiano y lo hace trascendente a través de sus reflexiones, cargadas tanto de emotividad como de sentido trágico, una tragedia que se irá acentuando.

Vestigios atávicos después de la lluvia, de Salvador Dalí
Hacia el final del libro, se sustituyen los paseos por el parque con el hijo con los paseos por el hospital, portando la silla de ruedas. El diario crea un contraste cruel entre la luz que desprendía la niñez del principio con la oscuridad y el dolor que se apoderará de la voz final, una voz sincera que no recuerda, sino que vive en el momento, dado que el autor al empezar su diario no conocía el final de la historia. Resuenan en el final los ecos de las reflexiones iniciales y así, si en los paseos por el parque se sentía desaparecer en la observación de los niños que juegan, acompañando a su hijo en el paseo por el hospital se siente muerto, y desearía aún vivir eternamente en ese momento tan mecánico en que los juegos infantiles eran sustituidos por las miradas tristes del resto de pacientes. Pero en ambas circunstancias, en la vida y en la muerte, siente la fragilidad de la existencia, la importancia de la realidad tan auténtica de la niñez frente al ansia inalcanzable de la madurez, del ser adulto que anhela una felicidad que jamás alcanzará, porque solo existe en el pasado. Podría ahondar y repetirme en las reflexiones de Umbral, porque sin duda el carácter con que se acerca a la infancia, con que aborda el absurdo de la existencia y el dolor, sobre todo en los capítulos finales, incluye la dura carta a su mujer, madre del niño, son lo mejor de este diario. Lo mejor y lo más trágico, y lo más duro, y lo que más te golpea. Por tener una carga de universalidad y lirismo como pocas veces encontramos en las memorias emborradas de la vida o en la ficción más dramática.

En un segundo lugar, podríamos destacar las reflexiones sobre otros aspectos de la vida, incluyendo la crítica literaria. El autor no evita las críticas directas ni el halago fácil hacia los autores, reivindicando a su vez cierto tipo de obras y también cierto tipo de escritor. No obstante, como un buen ser humano, y más en plena crisis, es inconsistente: acaba por rechazar el realismo, dado que no ve ninguna utilidad en regodearse en lo que ya es crudo de vivir, pero no puede evitar admirar a Proust, como tampoco puede huir de los mismos libros de siempre, esos libros que siente más como suyos que del autor al que pertenecían. Cuestiones como la fama, a la que remitíamos al principio de la entrada, la cuestión religiosa o el necesario esfuerzo para dedicarse a la escritura.

El escritor (1940), de H. Pippin
Por último, tan solo hay un aspecto, reiterado a lo largo de la obra pero más presente al principio, que no me convence e incluso llego a detestar en el conjunto de Mortal y rosa: las reflexiones en torno a la mujer, a la que el autor demuestra su admiración, pero que no deja de cosificar como un objeto para el deseo y el placer sexual. Si bien es cierto que Umbral defendió varias veces, como lo hiciera Cela en La colmena (1950), la necesaria libertad sexual de las mujeres frente al recato puritano impuesto por épocas más grises, la lectura de los fragmentos que aquí se les dedica parecen extraídos de un acosador que solo las contempla como esferidades, como algo a lo que perseguir o con lo que tener sexo. Contrasta tanto con la calidad de todo lo demás, que me resulta irritante las ocasiones en que se perdía por esos desvíos innecesarios y de resultado siniestro.

En definitiva, Mortal y rosa no es una obra literaria al uso, no encaja en los moldes habituales, y está cargado de lírica, de reflexiones existenciales trágicas y rotundas, de trascendencia de lo cotidiano, pero también de los tintes más oscuros del ser humano, de cierto realismo sucio que no huye de lo escatológico ni de lo sexual. En fin, la unión de los elementos buenos y malos que componen al ser humano y que finaliza con la rotundidad no de un fallecimiento, sino de sentirse muerto en vida.


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