Tulipanes de Marte, de Javier Yanes

16 noviembre, 2014

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El sugerente título de Tulipanes de Marte nos lleva a descubrir la que se ha convertido en la tercera novela del autor madrileño Javier Yanes, un escritor que comenzó su andadura literaria en 2009 con la publicación de El señor de las llanuras y que nos deslumbraría con un viaje a la infancia en Si nunca llego a despertar (2011). Sin duda, la vida de Yanes ha dado muchas vueltas, como él mismo nos confiesa en su página web, pero debemos agradecer que decidiera entrar al mundo de la literatura, especialmente si con cada uno de sus libros va a conseguir mantener el mismo nivel.

Aunque considero importantes las sinopsis como forma de acercarse a las novelas, en ocasiones pueden delatar más de la cuenta. Plaza&Janés optó por tomar una cita del principio de la obra como contraportada en Tulipanes de Marte, y lo hizo de manera acertada, pues la experiencia de recorrer la vida de Ismael debe hacerse con la misma ignorancia con la que él la vivió: sin saber nunca cuándo su vida daría un giro, aunque el propio narrador nos vaya dando pistas de las tragedias que le sucedieron y que protagonizó.

Nuestro protagonista, Ismael, nos escribe como un astronauta en Marte cuyas circunstancias nos son ignotas, pero donde sabemos que estamos presenciando el desenlace agónico de una vida, la que él mismo se encargará de escribir a un futuro lector y que desmenuzará sus vivencias desde su más tierna infancia hasta los motivos que le llevaron a convertirse en el primer martenauta. Con él, partiremos desde su infancia en su Kenia natal, como hijo de emigrantes españoles, donde se crió junto a Samuel Waitiki, prácticamente su hermano, y trabó amistad con un antiguo astronauta de carácter excéntrico y deslenguado, pero de buen corazón, llamado Pancho Monaghan. Educado alrededor de un mundo creativo que dejaba sus sueños volar hacia el firmamento estrellado, su paraíso se quiebra hacia el final de su adolescencia, provocando que recorra caminos que nunca llegó a sospechar y que le acabarán llevando hacia Marte.

Atardecer en Marte por el Curiosity (2013)
La narración pivota entre fuentes diferente índole. La parte principal y más importante es el diario dejado expresamente a un lector futuro y desconocido por Ismael, cuya auténtica realidad solo conoceremos al final, ya que como pasa con todos los narradores subjetivos, ellos nos expresan su verdad, aún cuando su realidad es diferente. El resto de fuentes lo forman archivos privados y públicos relacionados con Samuel Waitiki y sus proyectos, desde su diario hasta artículos de prensa de Rita Heller, que servirán para mostrarnos una trama que avanza ajena a la historia de Ismael hasta el tercio final de la novela.

Gracias a estos textos conoceremos mejor la personalidad del niño Samuel Waitiki, importante para conocer sus reticencias con la religión y las creencias en el adulto en el que se convierte, pero también el avance tecnológico y científico que este personaje impulsa, especialmente en lo referido a la creación de Jacob y el posterior viaje a Marte.

Marte visto desde el Hubble
Durante la primera parte de la novela, nos encontraremos en la infancia de sus protagonistas, en un paraíso que se referirá siempre posteriormente como un lugar ansiado y querido, en la consideración de lo que podemos llamar paraíso perdido. Para los personajes, era un mundo más sencillo, pero a su vez, una vida rota que nunca se podrá recuperar. La muerte, el descubrimiento del sexo, la pérdida de la inocencia y, sobre todo, la cada vez mayor distancia entre los dos amigos servirán de brecha entre el pasado de ambos niños y su futuro como adultos.

En el caso de Samuel, el empeño en cumplir sus sueños infantiles y superar su situación social provocará precisamente la ruptura con este pasado, aunque en el fondo sea la etapa que le persiga en sus obsesiones adultas. Ismael, por su parte, se adentrará en la segunda parte de la novela con cierto convencimiento en sus acciones, comenzando por viajar a Sevilla, aunque sintiéndose perdido en un mundo que le es ajeno, pero que irá haciendo suyo con la ayuda del amor. Se produce entonces un ascenso con la recreación de un nuevo universo cuyo destino será volver a romperse, para comenzar la caída hacia una vida desolada y cargada de culpas, violencia y pesimismo, cuya conclusión nos llevará, tras un viaje invadido por la casualidad, al origen de la historia: el sueño infantil de viajar a Marte.

Plaza de España (Sevilla)
Uno de los personajes de mayor relevancia, aunque algo ensombrecida por los protagonistas, es Nadine, joven promesa del atletismo, clave involuntaria en la ruptura de la amistad entre Samuel e Ismael, cuya vida se ve afectada por la tragedia, aunque también por la superación y la búsqueda de un nuevo destino. A diferencia de Ismael, asumirá sus pesares y perseguirá una vida digna. Su pasado común con los dos protagonistas la eleva a ser un personaje relevante especialmente en la primera parte de la obra y hacia el final de la misma, aunque de alguna forma u otra estará siempre presente a lo largo de la novela, como sucede con los recuerdos de infancia.

En la primera parte tienen precisamente más importancia los padres de los protagonistas, como ocurre en la relevancia de la familia en la infancia, desapareciendo su presencia prácticamente en la segunda parte. Atado precisamente a esa infancia se encuentra el astronauta Pancho Monaghan, representante de las locuras e ilusiones de los niños que fueron. A su lado, los enigmáticos Ayesha y Wewe, el segundo supone para Ismael un ancla a sus anhelos pueriles, aunque es empleado eficientemente por Yanes para proporcionar pistas a sus lectores sobre el devenir de la historia así como para crear la duda sobre el fenómeno de los clarividentes, sin faltar la crítica a la aberrante caza de los niños albinos en África.

Masai en Kenia (fotografía de Txema Moreno)
En el otro lado, el de la vida adulta, tenemos la influencia de Miranda del Mar y su hijo, el profesor de arte, Kurt, que ofrecerán al libro la presencia de un lado más desenfadado de la vida, así como tendencias de vida libre o liberada de prejuicios, abierta en definitiva a nuevas experiencias sin restricciones. Fiona también será clave en esa felicidad despreocupada que ocupará la vida de Ismael tras superar la ruptura de su adolescencia, aunque como demuestra el retorno a Sevilla, ella acabe por eclipsar la presencia de nuestro protagonista ante el resto de personas. Fiona se convertirá en una obsesión para Ismael hasta el final de la novela. Javier Yanes logra crear una bella historia romántica donde no falta la tragedia y todo ello sin necesidad de centrarse en exclusiva en esta temática amorosa.

En el último tramo de la novela tienen mayor presencia personas del mundo empresarial y periodístico, perfectamente representados por Khan, un hombre centrado en el mundo de los números y nada agradable en el trato, y Karen Heller, cuyos artículos en The Post nos servirá para seguir la trayectoria de Samuel Waitiki así como para observar el daño que la prensa puede llegar a provocar. En último lugar he dejado a Jacob, la inteligencia artificial y emocional cuya participación es leve en el relato, pero de gran importancia, especialmente en esta trama final. 

La escalera de Jacob (Murillo, 1665)
A diferencias de otras obras de ciencia ficción, Tulipanes de Marte nos ofrece una visión de un mundo y una sociedad no muy diferente a la actual, al contrario, se trata de la evolución de los patrones sociales actuales, especialmente si observamos el tejido empresarial y tecnológico presente en el último tercio de la novela. Se está visionando el devenir de las redes sociales, de la comunicación actual, de la globalización y de la tecnología, con claras simetrías con los actuales Facebook o Twitter, así como marcas como Apple o gurús como Steve Jobs e incluso a reality shows.

La descripción de este mundo deja a la luz a una sociedad de moralidad subjetiva, pero abierta a las distintas opiniones, aunque esto no evite la confrontación entre diferentes posturas ni la manipulación a través de la influencia provocada tanto por la fama como por el criterio de que la prensa debe ser veraz y auténtica, pese a que pueda no serlo o actuar por sus propios intereses. Se deja espacio así a la manipulación tanto por las grandes empresas como en el periodismo, aceptando de manera definitiva el precepto de que el fin justifica los medios. En este sentido, el personaje de Sam Waitiki nos muestra la degeneración de un ser humano que pretendiendo ser completamente racional, ha acabado siendo esclavo de su emoción más recóndita: el sueño de no estar solos, en definitiva, el anhelo de que hay algo más.


Aunque Tulipanes de Marte es, como hemos podido observar, muy diferente a Si nunca llego a despertar se notan las preocupaciones y las preferencias de su autor, Javier Yanes, en ambos. No falta el apego a África o al ansia de viajar y descubrir mundo, el recuerdo de una infancia de aventuras, que recuerdan a las pandillas clásicas de películas como Los Goonies (Richard Donner, 1985) o libros como los protagonizados por Los cinco, pero también el sentido de un paraíso perdido, un estado de las cosas feliz, aunque ignorante.

Incluso está presente el amor a la naturaleza y cierta esperanza en el ser humano no tanto como ser racional, sino también como ser emocional, aceptándolo en todas sus vertientes. En este sentido, resulta muy clara la referencia de la inteligencia artificial Jacob al afirmar a Ismael que ambos son iguales, cosa que el protagonista no dudará en confirmar, "En cierto modo, los dos somos criaturas del mismo autor". Ismael acepta a Jacob y también su reflexión mejor de lo que lo hace Samuel, seguramente por haber formado una personalidad que no busca cumplir un sueño por cualquier medio y que ha conocido la desgracia en su vida.


Pero las referencias no acaban solo en la parte infantil, también encontraremos referencias a Bradbury y sus Crónicas marcianas, a Melville, a Julio Verne, a Shelley y su Frankenstein (1818), a Wilde, a 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968) y a la Biblia. Incluimos también el recurso del narrador que cuenta su vida a través de un manuscrito hallado por alguien ajeno, un elemento ya presente en El Quijote y que ha sido empleado en diversas ocasiones a lo largo de la historia como excusa para la disertación de una biografía ficcionada a la par que reflexiva. 

Además, la idea de un viaje sin retorno a Marte parte de la noticia real acerca de la misión Mars One, cuyo objetivo es crear una colonia en el planeta rojo; Yanes se basa así en un reportaje que él mismo realizó bajo el título "Viaje de ida a Marte" en el periódico Público. Como nota curiosa, mi lectura y posterior reseña de esta obra ha coincidido en el tiempo con el aterrizaje en el cometa Rossetta del módulo Philae, una buena ocasión para observar el avance de la tecnología espacial y cómo las preguntas que plantea la novela están completamente vigentes. Os dejo además con este fantástico artículo sobre el asunto en el blog Ciencias mixtas del propio autor de Tulipanes de Marte.

Javier Yanes
Javier Yanes ha dejado en esta novela una interesante mezcla donde hallamos reflexiones profundas sobre la identidad humana y nuestra sociedad, la recreación de unas vivencias únicas, la crítica a ciertas acciones humanas en nuestro mundo y las preguntas que nos persiguen desde hace mucho tiempo y para las que aún no tenemos ninguna respuesta segura. Todo ello con una escritura que resulta cercana, que logra emocionar y que está construida con buenos recursos, sabiendo reproducir los tonos que cada momento necesita e incluyendo simbolismo, giros a la trama, escenas falsas (un recurso que ya empleó en Si nunca llego a despertar) después desmentidas y una gran capacidad para captar la atención hasta el final, aunque quizás la sobrecarga de géneros literarios pueda confundir a los lectores. En definitiva, una novela para rozar Marte y que el planeta nos sirva de reflejo a nuestra felicidad, a nuestras mayores desgracias y a las grandes incógnitas de la vida humana.






¡A ponerse series! (XVIII): Poirot (Telón)

14 noviembre, 2014

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Hace algunos meses dedicamos nuestra sección de series de televisión a la británica Poirot (1989-2013), interpretada con acierto y convicción por David Suchet. Pero comentábamos, al final del extenso texto, que aún faltaba una última temporada, por aquel entonces en preparación.

Pues bien, hoy nos referimos a esa última temporada de Poirot (ITV, 2013), deseando que, como ya ha ocurrido con otros personajes del “mundo” de la ficción, más reales para la mayoría que las personas que nos rodean, también el detective belga creado por Agatha Christie (1890-1976), pueda continuar su andadura con nuevas peripecias, elaboradas por guionistas capacitados para dicha tarea.

David Suchet sin caracterizar
Esta temporada se completa con las cuatro novelas originales que quedaban por adaptar, más un conjunto de relatos. El templete de Nasse House tiene por escenario uno de esos incomparables entornos naturales ingleses, una mansión en el condado de Devonshire. Allí, Hercules Poirot (David Suchet) acude como invitado a la celebración de un “Festival del crimen”, donde se escenifica el juego de “averigüe quién es el asesino”.

Sobresale el retrato de una gente (una clase) con posibles, aunque bastante consentida, junto a los prejuicios más pueblerinos de algunos de los lugareños; un magma que oculta una terrible insatisfacción, cuya imagen metafórica podría ser la de ese templete abandonado en mitad del bosque que da título a la novela.

Así mismo, destaca la encuesta policíaca de rigor, al resolverse de forma entrecruzada (una buena solución visual) o el hecho de que la Sra. Ariadne Oliver (Zoë Wanamaker), la amiga escritora del detective, le inspire al modo que Watson hacía con Holmes. Todo ello, junto con la imagen de un Poirot sentado frente a una mesa de té, en un continuo trasiego de ir y venir gente, o la que lo muestra ganando un muñeco espantoso en una caseta de feria.


Los trabajos de Hércules, cuyo título hace referencia –en la ficción- a una serie de pinturas acerca de los doce cometidos míticos del héroe clásico, hace que Poirot, al igual que Holmes hiciera, se enfrente a un enemigo formidable: el anónimo Marrascaud (pues solo conocemos su nombre, no su identidad).Por mediación de un chófer que trata de localizar a su desaparecida enamorada, Poirot termina en un refugio de alta montaña en los Alpes suizos. Concretamente, en el “Hotel Olympos”, todo un microcosmos antropomorfo y de difícil acceso.

El investigador se autodefine graciosa y certeramente como un hombre con “una carrera extraordinaria, a costa de no tener una familia”. Otros buenos detalles enriquecen la narración: Poirot escuchando por el lavabo la trifulca de al lado o la forma que tiene de reconocer a los policías que trabajan de incógnito. Mención especial merece “Mimoso”, el inenarrable perro de la hija “criminóloga” de una condesa, una antigua relación del detective.

Los trabajos de Hércules adapta libremente el conjunto de relatos que, en este caso, forman el libro original. Por poner un pero, la ceremoniosa, convencional y parece que inevitable despedida del “asesino” no debería causar en el ánimo de Poirot la menor pesadumbre. A cambio, nos regocijamos con la explicación “de primera mano” de por qué el detective se refiere siempre así mismo en tercera persona. En esta aventura, el criminal es todo un monstruo con “mil cabezas”. Por ello, la alusión final a una de las pinturas, “Hércules vence a la Hydra” (podría haberse aludido al maravilloso cuadro de Zurbarán), no es en absoluto desacertada. Literalmente, así es.


En Los elefantes pueden recordar, un hecho luctuoso de 1925 aún está pendiente de aclaración. Al menos, así lo cree la ahijada de la señora Oliver, Celia Ravenscroft (Vanessa Kirby). Sus padres fueron las víctimas del terrible suceso y ahora, la acción se sitúa en 1938, la joven se propone esclarecer los hechos antes de casarse con el hijo de una amiga de los fallecidos.

Nuevamente, Poirot se ve impelido a profundizar en el pasado (como sucedía en la excelente Cinco cerditos), y a sacar a la luz aquello que la gente no recuerda (o no quiere recordar). A ello se sumará otra investigación, aparentemente desconectada, acerca de un profesor de psiquiatría retirado que ha sido asesinado. La narración resulta fluida y está servida por medio de una caligrafía visual clásica y totalmente efectiva. A retener la imagen del detective meditando durante un concierto de piano, totalmente ajeno al mismo.


En Los Cuatro Grandes asistimos, siquiera como conclusión del relato, al reencuentro de Poirot con su antigua secretaria, miss. Lemon (Pauline Moran), su amigo y ex colaborador, el capitán Hastings (Hugh Fraser) y el ahora “subcomisario” Japp (Philip Jackson), que sí interviene más activamente en este nuevo asunto.

Se tratará este de uno de los casos más sorprendentes del detective, por el que asoma un benefactor de origen chino en plenos tiempos de crisis (¡cosas de la ficción!), en este caso, los previos a la Segunda Guerra Mundial. Aquí, destaca una partida de ajedrez que queda, literalmente, “en tablas”, y que será el prolegómeno de una serie de muertes que se van encadenando y que están relacionadas con la organización de un llamado “Partido por la Paz” (no cabe mayor sarcasmo).

A la irónica resolución de los hechos, se suma el de que una tragedia amorosa y personal, esté a punto de desencadenar otra de carácter mundial. También resulta interesante la figura del periodista (Tom Brooke) como inicial propagador de miedo y confusión (¡lo que llegan a inventar los escritores!).


Telón es, cronológicamente, el último caso de Poirot. La novela fue escrita por Agatha Christie mucho antes de ser publicada, en 1975. La animadversión entre autora y criatura, además de emular (otra vez) el caso de Conan Doyle con Holmes, hizo que este ácido y contundente relato fuera (lógicamente) rechazado hasta aquel entonces (lo contrario habría sido matar la gallina de los huevos de oro) y que, en cierta forma, pueda verse como un “aparte” dentro de la biografía literaria y televisiva del detective belga.

Ello no quita para que nos encontremos ante una buena novela y adaptación. El juego con los tiempos vuelve a ser fundamental de cara a la representación del “juego de las identidades”, junto a la sensación mustia de asistir al final de una época (tal vez la autora lo sintiera así realmente), la que sobrevino tras la Segunda Guerra Mundial. Estamos en octubre de 1949, y pese a que nada es lo que parece, Telón nos presenta a un Poirot envejecido y mermado físicamente, aunque con plenas capacidades mentales.


El relato se construye sobre una idea muy buena, la de volver al escenario de un crimen anterior resuelto por el detective. Concretamente, al de El misterioso asunto Styles, acontecido en 1916, y en puridad, primer caso resuelto por Poirot en tierras británicas. La mansión Styles es ahora, tras los estragos de la contienda y el tiempo, una tristona casa de huéspedes.

Toda un aura de melancolía impregna el caso y la casona, destartalada, desolada, desangelada, desvaída, vencida por el tiempo y perteneciente a otra época. “Deprimente”, según definición de Miss Cole Litchfield (Helen Baxendale), una de las propietarias. Lo confirman las ruinas que forman parte del entorno. El que será el último caso de Poirot le plantea un conflicto no pequeño, el de “poder matar sin menoscabo para la conciencia”, para con ello, “evitar un mal aún mayor”. Algo que el detective siempre había podido evitar. Hasta ahora.

La conclusión de la autora da a entender que todos podemos tener razones para matar. No solo asesinos, sino personas como nosotros. Dicha conclusión, no exenta de causticidad, propone un doble asesinato donde algunos culpables desconocen serlo, y nos son presentados en una resolución a modo de flashback, cuando el capitán Hastings lea una carta de su (aquí descarnado) amigo. El “verdadero” asesino también parece pertenecer ya a una nueva era: es un sádico, una novedad en el repertorio, con la que Agatha Christie vislumbra el futuro que vendrá. Como detalle final, observamos a Poirot rezando por segunda vez (tras Asesinato en el Orient Express).


Si en todos estos relatos hay una nota en común, es la corriente subterránea de las falsas apariencias. Los enmascaramientos, tropos, juegos de identidades ocultas o latentes y demás entrelazamientos (que alcanzan su paroxismo más desbocado en Los trabajos de Hércules), son sustancia común en cada uno de ellos.

Nada es lo que parece, pocos son lo que aseguran ser (hasta Hercules Poirot llega a lucir un bigote falso, en el sumun del engaño).


Escrito por Javier C. Aguilera


Próximamente: Broadchurch



El golpe, de George Roy Hill

12 noviembre, 2014

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Cartel de la película
A inicios de los años setenta, George Roy Hill (1921-2002) se interesó por el guión que había elaborado David S. Ward sobre un timo ambientado en los años treinta. Tras tomar el control absoluto de la obra, condición impuesta por el director tras una mala experiencia con la película Hawaii (1966), donde fue despedido durante unas semanas y no se le permitió realizar el montaje, Roy Hill pulió el escrito de Ward para crear la película que hoy comentamos, El golpe (1973).

La historia centra en el mundo de los timadores basándose en la idea de que dos hombres preparan el golpe perfecto, pero dirigido precisamente a un gran timador de Chicago, Doyle Lonnegan (Robert Shaw), en parte propiciado por el ansia de venganza de uno de ellos, Kelly Hooker (Robert Redford) y elaborado gracias a la experiencia indiscutible del otro, Henry Shaw (Paul Newman), para quien este timo es un reto y "la venganza es de imbéciles". Ward se había basado en un hecho real de 1914, aunque modificado por el guionista para la producción cinematográfica. La película fue un éxito en taquilla gracias a crear una historia entretenida y contar con la buena química de dos actores tan carismáticos como eran Paul Newman y Robert Redford, que ya habían trabajado juntos en Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969).

No obstante, como revelaron los propios actores y el director, no había un excesivo interés en la película por parte de ambos protagonistas, lo que propició un buen ambiente de bromas y humor en las grabaciones, que no se tomaron con demasiada seriedad, pese al obviamente buen resultado. 

Paul Newman, George Roy Hill y Robert Redford
Precisamente el recuerdo del trabajo anterior supuso un escollo para un buen visionado crítico de esta obra. Precisamente hubo quienes observaron en esta película una especie de continuación del anterior trabajo, no tanto por la historia como por la relación de compañerismo entre los personajes de Newman y Redford. Sin embargo, lo cierto es que en esta película no mantienen esa misma relación, sino más bien la de un maestro, Newman como Shaw Gondorff, y un aprendiz, Redford como Kelly Hooker. Además, son pocas las secuencias en las que permanezcan juntos, aunque siempre dé la sensación de que ambos siguen un plan prefijado por ambos. Incluso podemos llegar a dudar de su compañerismo cuando Hooker entabla relaciones con el FBI para capturar a su compinche. 

La película es realmente directa, sin detenerse en detalles irrelevantes: todas las secuencias sirven para mostrarnos información acerca del proceso del golpe o de las características y personalidades de los protagonistas, así como de sus vidas. Hay precisamente un homenaje al cine más clásico en la persecución del policía Snyder (Charles Durning) a Hooker, momento genial apoyado por la música de Scott Joplin con los arreglos de Marvin Hamlisch, otro de los aspectos más memorables de la película. Siguiendo con el comentario musical, no podemos dejar de mencionar la pegada The entertainer, que forma parte esencial del éxito del film.


En cuanto a otros recursos empleados por Roy Hill que recuerdan al cine de principios de siglo, podemos observar también que apenas se emplean figurantes o extras en las secuencias, tal y como se hacía en las películas de gánsteres de los años treinta. También la inclusión de cartelas que sirven para dividir los distintos acontecimientos que se suceden en la película, desde su prólogo (Los protagonistas), pasando por los preparativos (El plan, El tinglado) hasta llegar al proceso de la estafa (La trama, El tiroteo) y al propio golpe (El golpe).

Por otra parte, podemos destacar también el hecho de que el espectador también ve engañado las secuencias. Aunque consideremos que estamos al tanto de todos los planes de los dos timadores, lo cierto es que desconocemos gran parte de las razones por las que realizan ciertos actos así como el plan completo hasta el momento en que se ejecuta y todo encaja. La relación amorosa que se da sobre la mitad de la obra entre Hooker y la camarera de la cafetería resultará finalmente más importante de lo que pudiera parecer en la trama. Otras secuencias destacables son la partida de cartas en el tren entre Gondorff y Lonnegan, las persecuciones a Hooker y el clímax final, el momento en que todo se resuelve.


Mencionando a Lonnegan, podemos comentar su característica cojera, que le otorga un aspecto más temible y que fue un hecho casual al accidentarse el actor, Robert Shaw, mientras hacía deporte. Con respecto al resto de actores secundarios (Ray Walston, Harold Gould, Eileen Brennan, Dana Elcar, Robert Earl Jones, Charles Dierkop, entre otros), debemos hacer hincapié en el gran reparto que reunió esta producción para crear una película convincente donde cada uno tenía su momento de brillantez. 

Su éxito no solo se quedó en la taquilla, sino que alcanzó un total de siete premios Óscar de diez nominaciones, en un año que había visto estrenos como Malas calles (Martin Scorsese), American Graffiti (George Lucas), El exorcista (William Friedkin), El último tango en París (Bernardo Bertolucci) o Serpico (Sidney Lumet). También le valió una secuela, El golpe II (Jeremy Kagan, 1983), aunque sin tanto éxito ni fortuna como la original.


Aunque la crítica norteamericana se cebó duramente con la película por sentirla muy cercana a la anterior colaboración entre Redford, Newman y Roy Hill, lo cierto es que estamos ante un film digno, que nos muestra precisamente la recreación de todo un timo como si fuera una producción interna, casi metacine. Una película de puro entretenimiento que ya se considera un clásico de los setenta.



El autocine (VII): El poder invisible, de Lambert Hillyer

10 noviembre, 2014

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La ciencia avanza a veces traumáticamente. Arduos años de investigación, ostracismo, contagios, intereses (o desintereses) económicos, incluso descubrimientos totalmente fortuitos… El poder invisible (The invisible ray, Universal, 1936) trata acerca de uno de esos –posibles- hallazgos sorprendentes y beneficiosos para la humanidad, aunque con consecuencias fatales para su descubridor.

Dirigida por el semi-desconocido, aunque de extensa filmografía, Lambert Hillyer (1889-1969), este recomendable producto de los estudios Universal se benefició de los efectos visuales del mítico John P. Fulton (1902-1966), la dirección artística de Albert S. D’Agostino (1892-1970), la fotografía de George Robinson (1890-1958) y una entonada partitura de Franz Waxman (1906-1967).

La idea de una “fuerza” extraña transmitida desde la vastedad del universo a un aparato mecánico de observación, un telescopio, es un planteamiento que nuevamente nos remite a la novela de William Sloane (1906-1974), El tiempo de la noche, que recientemente tuve ocasión de comentar en este blog.

Paralelismos aparte, el interesante y heterodoxo guión de El poder invisible fue obra del autor teatral John Colton (1887-1946), en base a un argumento de Howard Higgin (1891-1938) y Douglas Hodges (1900-1966). A Colton debemos, además, las obras que dieron pie a Bajo la lluvia (Rain, Lewis Milestone, 1932), El embrujo de Shangai (The Shangai gesture, Joseph von Sternberg, 1941) o Atormentada (Under Capricorn, Alfred Hitchcock, 1949), junto al guión de la estupenda El lobo humano (The werewolf in London, Stuart Walker, 1935).


El relato comienza cuando el taciturno físico y astrónomo Janos Rukh (Boris Karloff; o como se promocionaba en los créditos: Karloff, a secas), saliendo de su aislamiento, decide compartir sus descubrimientos con otros científicos, entre los que destaca el renombrado aunque escéptico profesor Felix Benet (Bela Lugosi).

Naturalmente, también existe un “conflicto amoroso”, llevado con la suficiente gracia: a la esposa “por circunstancias” de Rukh, Diana (Frances Drake) no le costará demasiado sentirse atraída por el joven Ronald Drake (Frank Lawton), sobrino a su vez de otro matrimonio de científicos y exploradores. 

Pero quizá de todos ellos, el personaje más interesante sea el de la madre de Janos (Violet Kemble Cooper). Aunque aparece en un principio privada de la vista, de hecho tiene buena “visión” e intuye lo que va a ocurrir. “No estás acostumbrado a la gente”, “los experimentos son tus amigos”, le espeta a su hijo, más como advertencia que como reprimenda “castradora”. Más tarde, cuando al fin recupera la vista (gracias a los descubrimientos del hijo), podrá restablecer el equilibrio roto y salvaguardar la memoria del científico y su invento.


Rukh es un hombre cuya soledad profesional le ha conducido a cierta fijación no exenta de rencor. Hasta que, fatalmente (puesto que no es culpa suya, sino producto de las radiaciones), se adueña de él la locura del poder (ahora, él tiene la capacidad de decidir y de aniquilar). En su evolución, el cambio psicológico antecede al físico.

Pese a la celeridad propia de este tipo de producciones (El poder invisible se filmó en tan solo treinta y seis días), la concisión actúa en beneficio de la historia. Incluso los decorados, con frecuencia reutilizados de otras filmaciones, permiten destacar la imagen cautivadora del refugio del científico, en plenas montañas de los Cárpatos, así como el interior del mismo.

Terror, ciencia ficción y aspectos del relato de aventuras, concretamente del género de las “expediciones”, proporcionan una mixtura dinámica y de atractiva plasticidad. El argumento se fracciona en varios escenarios: la referida casa-fortaleza, una permanencia en África, y finalmente, otra en París, donde la narración también participa de elementos propios del thriller.


Resultan atractivas ideas como la del antídoto que ha de tomarse en dosis regulares, el hecho de que el rostro del asesino quede plasmado en los ojos de sus víctimas y la “desaparición” de unas estatuas religiosas, relacionadas con dichos crímenes. En cuanto a la atmósfera, esa soterrada “maldición del radio X” que envuelve los sucesos también resulta atrayente.

En este sentido y como sabemos, en el espacio, las distancias son tanto espaciales como temporales. En base a esta idea, el rayo proveniente de Andrómeda supone, además, un potencial viaje en el tiempo (aunque la idea no se desarrolle más allá del enunciado).

Cacharros chispeantes y convincentes dosis de credibilidad, nos ofrecen este relato, en el que “Karloff” se convierte en un científico sumamente brillante… ¡sobre todo en la oscuridad!

Escrito por Javier C. Aguilera



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