Para el sábado noche (XXV): Una mujer de negocios (Rollover), de Alan J. Pakula

20 noviembre, 2013

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Como sucedió con otros grandes realizadores, para Alan J. Pakula (1928-1998) la fotografía, la planificación y el montaje eran los elementos que definían lo cinematográfico. Personajes y objetos se entrelazan continuamente en Una mujer de negocios (Rollover, Orion-Warner Bros, 1981), incluso cuando parecen quedar aislados, permanecen en un mismo plano, haciendo gala de un espléndido uso del formato scope.

Escrita por David Shaber, en Una mujer de negocios se plasma el proceso de una “simple fluctuación” al desconcierto de una crisis mundial. Es la ilustración física de un ciclo cuyo peor antecedente es que se trataba de algo “nada excepcional”, como asegura Max Enery, presidente del Borough National Bank (interpretado por el “pequeño” gran Hume Cronyn). Si Enery representa el poder en la sombra, Hubbell Smith (Kris Kristofferson), es el individuo en entorno hostil; en este caso, el ámbito económico (existen otros: política, enseñanza…, entremezclados las más de las veces). 

Finalmente, será el primero el que proporcione al segundo uno de los momentos más rotundos y álgidos del relato, en su doble acepción de importancia y frialdad. Un diálogo que no es casual que tenga lugar en un aula. Incluso las relaciones “folletinescas” quedan ensombrecidas por el trasfondo, aunque el deseo sexual entre dos personas (la consabida “erótica del poder”), se nos antoje un añadido. Pese a todo, será el detonante que active un engranaje que descubra un número de cuenta para desviar fondos.

 
La narración ofrece una imagen poderosa, la que muestra los ventanales iluminados de un edificio, el Two World Trade Center, y que nos acerca a un apartamento en concreto, casi diríase que al azar, donde lo general adquiere la corporeidad de un empresario que acaba siendo asesinado en su propio despacho. Este aspecto de lo “particular” se focaliza en la relación entre el “saneador” bancario, Hub, y la reciente viuda, Lee Winters (Jane Fonda), a quien les une la atracción física y, una vez comprendido el terreno que pisan, la resolución de un crimen.

Pese a no desperdiciar una buena ocasión, ambos personajes aún se conducen con cierta ética profesional (humanidad, si se quiere), frente a una línea de actuación que insinúa que el problema no estriba únicamente en el (mal) uso que los especuladores hacen de la información privilegiada, sino el hecho de que este tipo de acciones están amparadas por la ley. “Lo que hago es legal”, recuerda de nuevo Max Enery.


Como en Klute (Íd., 1971) o El último testigo (The Parallax view, 1974) –Todos los hombres del presidente (All president’s men, 1976), presenta otros aspectos-, complejidad no es confusión, ni visual ni argumental. Por ejemplo, si para Hub, “la seguridad es una ilusión”, sabedor de que puede hacer(se) bien su trabajo, decide ayudar a la compañía Winter Petrochemichal a invertir en otras empresas de investigación, medianas pero con posibilidades, una vez que Lee vence sus reticencias y toma las riendas de la empresa de su marido, de la que hasta ahora solo se había limitado a recoger los frutos, aprendiendo en primer lugar que determinación y conocimiento no son sinónimos, y finalmente demostrando, que ser una empresaria emprendedora no es ser una empresaria agresiva (o sin escrúpulos).


Arquitectura, espejos, cristales, lámparas, ágapes de luxe, forman parte de una simetría de lo oligárquico, el escenario de la especulación, la (des)confianza, el pánico reprimido… que junto con el buen manejo de la elipsis, hacen que la no muy tenida en cuenta Una mujer de negocios nos recuerde lo bien que filmaba Alan J. Pakula.

La fotografía de Giuseppe Rotunno ilustra a la perfección todos estos conceptos, resaltando la gama neutra de colores (razón por la que destacará el rojo cuando aparezca), dotando a la forma de un contenido desazonador e intrigante, y proporcionando una particular y contrastada dimensión al blanco y el negro. De hecho, parece que en el mundo de los negocios no es difícil pasar del “blanco” al “negro”. La música del interesantísimo Michael Small es igualmente definidora del estilo de Pakula.

Escrito por Javier C. Aguilera


Regreso al futuro II, de Robert Zemeckis

19 noviembre, 2013

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Nos encontramos ante la segunda parte de una de las sagas más memorables que se ha hecho en el cine. Regreso al futuro II (Back to the future II, 1989) es una ampliación de su antecesora, con numerosos guiños a la misma pero, a su vez, llena de matices nuevos que no hacen más que ir despejando dudas y agregando muchas más, con más humor, acción y entretenimiento, demostrando que aquello de segundas partes nunca fueron buenas no siempre se cumple. 


Marty McFly (Michael J. Fox) y Doc (Christopher Lloyd), quienes apenas se han recuperado de su primera aventura a través del tiempo, se lanzan a una travesía por el espacio y el tiempo gracias (o por culpa) al alocado doctor, con intención de arreglar unos incidentes de los hijos de Marty. Pero en este viaje, su intento de arreglar el futuro en el año 2015 genera una caótica y paralela realidad en el año 1985 en Hill Valley, donde Biff Tannen es rico, poderoso e, incluso, padre de Marty. Ahora, su única posibilidad de arreglar el presente es regresar a 1955, año en el que tuvo lugar su anterior aventura temporal y en el que tendrán que tener mucho cuidado para no encontrarse con ellos mismos en esa época. Sin duda, han conseguido rizar el rizo en cuanto a los viajes en el tiempo se refiere.

En esta segunda entrega de la saga se deben tener en cuenta cada uno de los detalles que van apareciendo, ya que con el transcurso de la película se irán hilando y entremezclando hasta llegar al culmen del largometraje y de los preliminares de su siguiente entrega. Además, en esta ocasión es cuando Marty y Doc harán más viajes en el tiempo con sus respectivas historias, debido en parte a los sucesivos problemas que deben solucionar en cada uno de ellos; así, viajaremos al futuro, volveremos al presente y regresaremos al pasado en menos de dos horas de cinta.


El comienzo, como todo buen inicio, se sitúa en el presente, siendo, curiosamente, enlazado con el final de la primera parte. Según cuenta su director, Robert Zemeckis, la primera película no fue diseñada para tener una secuela, pero debido al éxito taquillero que obtuvo la primera parte, se rodó la segunda e, incluso, la tercera parte. Tal es así que Robert Zemeckis comenta que el hecho de que el DeLorean volara al final de la primer parte fue solamente un gag humorístico, y fue por eso que Jennifer estaba dentro de él. Un gag que casi le cuesta muy caro, ya que en el momento de hacer la secuela tuvieron que inventar una historia que involucrara a Jennifer, algo que si se hubiese sabido de antemano no hubiese sucedido.


Biff, el villano de la película, tendrá un protagonismo inesperado y trascendental. Ya nos lo podemos imaginar tras ver su cara al ser testigo del viaje de Marty, Jennifer y Doc, con el DeLorean elevándose ante sus ojos y desapareciendo en segundos. Y es que, posteriormente, el Biff del futuro será quien descubra que viajaron en una máquina del tiempo, encontrando al DeLorean en un descuido de nuestros aventureros, dándose cuenta de que tiene el poder de destruir a los McFly en la palma de su mano. Y ahí estará el centro de la trama de la película, cuyas aventuras y desventuras girarán entorno a ese momento. Una escena que merece citarse es la de Biff persiguiendo a Marty con su automóvil, el cual vuelve a chocar con un camión de estiércol, otro guiño a la primera parte, en la que también chocó con uno.

Otro de los detalles que merecen nuestra atención es el aspecto futurizado de la ciudad Hill Valley cuando nuestros protagonistas viajan al 2015. Sin duda, es una mezcla curiosa de avances tecnológicos con aspectos y estética sesenteros. Como hoy en día diríamos, una sucesión de efectos vintage. Actualmente nos encontramos a dos años de ese viaje temporal y, ciertamente, encontramos elementos que ya vaticinaron en 1989, año del estreno de la película. Nos mostró una mirada extraña y lejana sobre como veríamos la televisión en el futuro, en la que podrían verse varios canales al mismo tiempo. La publicidad estaba omnipresente, con innumerables muestras de ambient marketing, propagandas en pantallas gigantes o trailers en 3D de los próximos estrenos cinematográficos.


También, los videojuegos avanzan sin cesar, llegando hasta nuestros días el poder jugar sin necesidad de un mando o un accesorio, simplemente con nuestros movimientos, como ya adelantaba una escena de la película (en la que sería el debut de Elijah Wood, protagonista de la también trilogía El Señor de los Anillos). Gafas virtuales, videoconferencias o el auge de la cirugía estética son otros de los numerosos elementos que predijeron en la película y acabaron acertando, ya que los podemos situar incluso antes del año 2015. Como curiosidad, el periódico futurista de la película, el USA Today habla de un deporte llamado Slamball, que aún no existía en 1985, pero que en la realidad acabaría surgiendo en Estados Unidos en el año 2002, mezclando basketball y trampolines. Además, tiene similitud con películas como Fahrenheit 451 (1953), que muestra el mismo sistema televisivo, y con 2001, una Odisea en el Espacio (2001, A Space Oddysey, 1968) con respecto a la casa inteligente. Casualidad... o no.

Escena en la que aparece por primera vez Elijah Wood
Tras un sinfín de dichas y desdichas con Biff, el DeLorean, con los viajes temporales e, incluso, con ellos mismos, consiguen arreglar su futuro; o, al menos, en apariencia. Marty y Doc se disponen a volver a 1985 y, cuando parece que ahí acabaría la historia, un rayo impacta en el DeLorean mientras está en el aire, desapareciendo sin más. Marty se queda atrapado en 1955, pero en ese momento recibe una carta del Doc de hace 75 años. Para regresar al presente sólo tiene una salida: encontrar al Doc de 1955 para viajar a 1885, iniciándose así el camino a la tercera y (por ahora, nunca se sabe) última entrega de la saga.


Escrito por Mariela B. Ortega


Adaptaciones (XX): Viaje al centro de la Tierra, de Henry Levin

17 noviembre, 2013

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De entre todas las adaptaciones de la novela de Julio Verne (1828-1905) Viaje al centro de la Tierra (1864), la presente sigue siendo la mejor, lo que demuestra por enésima vez que disponer de medios digitales no es garantía intrínseca de un buen resultado cinematográfico.

Dejando al margen la entrañable y más que curiosa versión llevada a cabo por nuestro Juan Piquer Simón (1935-2011), lo cierto es que continua siendo muy grato volver a ver Viaje al centro de la Tierra (Journey to the centre of the Earth, 1959) de Henry Levin (1909-1980), realizador que suele recordarse casi exclusivamente por esta obra, aunque fuera responsable de otros trabajos tan apreciables como El maravilloso mundo de los hermanos Grimm (The wonderful world of the Brothers Grimm, 1962) o Genghis Khan (1965). Más prestigio tiene el director de fotografía Leo Tover (1902-1964), firmante de títulos como La melodía de la vida (Symphony of six million, 1932), La octava mujer de Barbazul (Bluebeard’s eighth wife, 1938), Si no amaneciera (Hold back the down, 1941), Callejón sin salida (Dead reckoning, 1946), Una mujer en la playa (The woman on the beach, 1947), La heredera (The heiress, 1949), Ultimátum a la Tierra (The day the Earth stood still, 1951), Los implacables (The tall men, 1955) o Fiesta (The sun also rises, 1957), más la presente Viaje al centro de la Tierra. No está pero que nada mal.

La acción de la novela se traslada al bello Edimburgo de 1880. Los pocos cambios efectuados no alteran el espíritu del original de Julio Verne. El más vistoso se refiere a la incorporación del –inevitable- personaje femenino en la trama, aquí la resuelta Carla Göteborg, encarnada estupendamente por Arlene Dahl. Su personaje es interesante, porque además de añadir unas notas divertidas sobre la “lucha de sexos”, se trata de la reciente viuda de un rival del profesor Lindenbrook (espléndido James Mason, como de costumbre).


Este Lindenbrook -en su grafía del inglés de Escocia-, es impulsivo, no posee un excesivo don de gentes, aunque se muestra coqueto, es abstraído y está fatalmente interesado por todo aquello que lo rodea; más que por los asuntos domésticos (lo que parece incluir a su sobrina). Entiende de química, y al igual que el Lidenbrock del libro, habla varias lenguas.

El profesor es recibido al son del Gaudeamus Igitur (Alegrémonos pues), el himno universitario por antonomasia, tras recibir el honor de una encomienda. Este reconocimiento de alumnos y colegas (¡sin dedicarse a la política!), certifica su dedicación y entusiasmo por las disciplinas que imparte (para entendernos, se trataría de un gran especialista en la materia, además de un buen docente, cualidades no tan fáciles de encontrar). Pues bien, será en este momento cuando el profesor reciba el más extraordinario regalo de la mano de un aventajado -y algo pelotillero- alumno, Alec (Pat Boone): un singular fragmento de lava.


De ese modo, junto a Alec, el profesor viajará acompañado de Carla y de un fiel guía islandés, Hans (Peter Ronson), que al igual que en el original, se dedica al comercio de plumas de ave. Proponiendo una bien sostenida trama “policiaca”, los exploradores serán seguidos muy de cerca por un descendiente del explorador Arne Saknussem, el conde Saknussem (avieso Thayer David), lo que proporciona el divertido episodio del secuestro de Lindenbrook y su alumno, en el que el profesor podrá ejercer sus dotes como políglota. Más tarde, en inolvidable ritual, los exploradores podrán iniciar su descenso por el volcán Sneffels Yokul de Islandia, el último día de mayo.

Gracias al empleo del scope, se extrae el mejor partido a unos decorados notables, y se proporciona un sentido físico al encuadre. Por ejemplo, cuando Alec toma el camino equivocado. Y es que el decorado ha de ser necesariamente un protagonista fundamental del relato. La aparición de formas geológicamente caprichosas, los pozos fosforescentes o los abismos insondables, son el anticipo de otros momentos maravillosos, como el descubrimiento de los restos de la Atlántida (el otro gran “añadido” de la película), el bosque de setas o el mar subterráneo, que alberga la unión de fuerzas magnéticas que indican el centro de la tierra.

Y como señales del paso del hombre por ese otro mundo, las muescas del explorador Saknussem acompañan a estos nuevos habitantes prácticamente desde el inicio del viaje.


Como muchos aficionados saben, la película se beneficia de una memorable partitura del gran Bernard Herrmann (1911-1975), que emplea el arpa y el órgano (en el episodio de Atlantis), para ofrecer uno de sus más estimulantes trabajos.

Entre lo momentos anteriormente señalados, no podemos pasar por alto una imagen convertida en icónica por el posterior Indiana Jones, pero que tiene su antecedente aquí: la de los personajes huyendo de una gran piedra rodante. Por no hablar de la loable labor de los técnicos, convirtiendo unos lagartos en dimetrodones, e insertándolos en la imagen, con el mayor realismo que les era posible.

Escrito por Javier C. Aguilera


Verbo, de Eduardo Chapero-Jackson

16 noviembre, 2013

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Desde la mirada de Sara, una joven de quince años, nos adentraremos en una vida gris, normal y corriente, que una gran mayoría de espectadores compartirán seguramente. Pero ella, como otros, trata de mirar más allá, ver la belleza ignorada por dinero, y en esa misión se enfrentará a la batalla más dura de nuestra realidad, la lucha interna por vivir o morir.

Las líneas anteriores resumen en esencia el argumento de este film de 2011, porque fuera de su estética o de planteamientos a caballo entre la ciencia ficción y la fantasía, este relato cinematográfico que nos presenta Eduardo Chapero-Jackson no es otra cosa que una reflexión sobre la vida oprimida de jóvenes que se sienten presionados por el mundo que les rodea. Aunque da pinceladas a otros temas de índole social, en la problemática de las familias de clase media. Sobre cuestiones similares han transcurrido sus tres cortos anteriores a este largometraje, que fueron integrados en una trilogía titulada A contraluz (2009).

No obstante, este film podría considerarse casi un mediometraje que queda a mitad de camino, como si no lograra completarse, pues da pinceladas a muchos temas de los que el espectador debe suponer lo que realmente sucede, sugiriendo y, a la vez, dejando incompleto el film en sus tramas secundarias. Lo mismo que sucede con las actuaciones. La protagonista, Sara, y la actriz Alba García son el centro de atención de todo el film, tan solo ensombrecida en una parte por el otro protagonista, en menor medida, Líriko, interpretado por Miguel Ángel Silvestre. El resto del reparto está muy descompensado, llegando incluso al casi cameo de Adam Jezierski o Macarena Gómez o las pocas intervenciones de Verónica Echegui, Víctor Clavijo, Álvaro Cañete, Nasser Saleh o Najwa Nimri, aunque podríamos incluir a prácticamente todos los demás.

Eduardo Chapero-Jackson dirigiendo a Alba García en Verbo
Aunque curiosamente lo que consigue este film con estos actores, especialmente el que conforma el grupo liderado por Líriko, es sorprender ante la distancia de la línea argumental con respecto a lo que nos tiene habituados el cine español en estos últimos años, con pocas excepciones. Ese efecto dura poco. La estética steampunk, los escenarios post-apocalípticos o los sistemas similares a otros films como Matrix (1999), así como la animación de algunos fragmentos, la reivindicación de las denominadas subculturas son los elementos que destacan frente al retrato gris que se hace de las relaciones paterno-filiales o del ambiente escolar, muy bien representados ambos por Fernando Soto y Manolo Solo. Las figuras masculinas en este caso son vistas de forma negativa con respecto al punto positivo, algo tenue también, que recibe la madre, interpretada por Najwa Nimri. Sin embargo, todos estos elementos son importantes.

Najwa Nimri y Alba García en una escena del film
Precisamente otra de las reivindicaciones de este film, que puede pasar desapercibida frente a la clara reprobación del suicidio o de la continua destrucción de la belleza, pudiendo entenderla tanto arquitectónicamente como relativa a la naturaleza, es la de la lectura, en este caso concreto de Don Quijote, libro con el que la protagonista se sentirá relacionada más allá de la simple y vacía explicación académica.

El film brilla precisamente por esa crítica a un mundo adulto que se percibe triste, destructor, cansado o hastiado, cuestión que se transmite a los propios jóvenes, como Sara, que se siente ahogada en un extrarradio donde la única belleza con la que se encuentra son los preciosos graffitis de Líriko, su obsesión; considerada por los adultos una molestia estética. En efecto, los graffitis como verdadero arte, como nos muestra en una escena preciosa que nos recuerda al estilo de Gaudí y su Parque Güell, y no como vandalismo en forma de firmas o rayas sueltas en un monumento. Se trata de ofrecer otra visión al mundo para cambiarlo y hacerlo más bello, pero no contra lo que ya es bello de por sí.

 
En ese sentido, puede recordar al mensaje que Hayao Mizaki ha otorgado a sus películas (La princesa Mononoke [1997] o El viaje de Chihiro [2001] pueden servir de ejemplo), director al que el mismo Chapero-Jackson ha nombrado como influencia. De ahí podemos notar la influencia de la animación japonesa. Otro de los elementos destacables, en este caso de forma musical, es el rap, muy presente como género musical en el film, tanto en el personaje de Líriko, con sus continuas rimas tomadas de letras conocidas en ese mundo, como en algunas de las canciones que conforman la banda sonora, entre ellas la cantada por Nach en los créditos.

Líriko (Miguel Ángel Silvestre) y  Sara (Alba García)
La cuestión final es que esta película, que ofrece guiños a tantos productos, se queda bastante corta. Experimenta, efectivamente, entremezcla y ofrece unos mensajes que podríamos considerar poco originales, pero que son positivos. Tantos elementos en tan poco tiempo, con unas interpretaciones planas gracias, en gran parte, a un guión que desaprovecha a los personajes con los que cuenta, y con unos diálogos que, en ocasiones, no se comprenden. La película queda desinflada, dejando con la sensación de que no se ha contado todo lo que se debía contar o que, al final, la película ha sido más simple de lo que se esperaba, incluso con la escena inicial y la final, que pretenden asumir otra realidad. Nada mal como esbozo, pero aún queda mucho por trabajar. Tendremos que darle tiempo y nuevas oportunidades al director novel.

Después de todo, la alegoría y los mensajes que lanza Chapero-Jackson desde esta película son bienvenidos, aunque el resultado cinematográfico haya sido claramente insuficiente.


Escrito por Luis J. del Castillo


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