Recuérdame, de Allen Coulter

10 agosto, 2013

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Todo lo que hagas en la vida será insignificante, pero es muy importante que lo hagas, porque nadie más lo hará. Como cuando alguien entra en tu vida y una parte de ti dice: no estás minimamente preparado para esto, pero la otra parte dice: hazla tuya para siempre.


Tyler Hawkins (Robert Pattinson) es un joven solitario y afectado por una trágica muerte familiar, una situación que desencadenaría el divorcio de sus padres (Pierce Brosnan y Lena Olin), incapaces de superar la traumática pérdida. En Tyler surge un sentimiento rencoroso hacia su padre, quien se refugia en su trabajo olvidando todo lo verdaderamente importante que le rodea, por lo que no creía poder encontrar a alguien pudiese comprender por lo que él estaba pasando. Refugiado en los libros, se siente totalmente solo y con una familia rota, hasta que, gracias a un infortunio, conoce a Ally (Emilie De Ravin), una chica que le hará reconciliarse con la vida y hará que vuelva a tener sentido.

Ally también esconde una gran fatalidad familiar en su pasado, que le hará estar sobreprotegida por su padre, que vive con temor a que le vuelva a ocurrir algo a la joven. Tyler y Ally coinciden en un pasado y en un destino que, por alguna razón, ha querido unir a estas dos almas perdidas. Estamos ante una historia dramática que se deja de manifiesto nada más comenzar la película, pero que acaba centrándose en dos amantes hacia la mitad de la misma, cuya reciente relación se verá amenazada al tener que hacer frente a sus respectivas familias y problemas personales. 


Hasta entonces, el único amor en la vida de Tyler había sido su hermana menor, la entrañable y virtuosa Caroline (Ruby Jerins). Tras la pérdida que sufren, siente que debe cuidarla y protegerla de la indiferencia de su padre o de las burlas de sus compañeras, debido a su carácter introvertido. Aunque el amor era lo último que figuraba en sus planes, a medida que el espíritu y cariño de Ally irrumpe en su vida, consigue reponerla y sanarla. Ella misma no es consciente de ello, pero poco a poco se empiezan a enamorar de forma inesperada. Es a través de ese amor por el que empieza a entrar un poco de felicidad a su vida. Pero no tardarán en desvelarse secretos ocultos, y la tragedia volverá poco a poco a sus vidas, cuando las circunstancias que propiciaron que se conocieran amenacen, de nuevo, con separarlos.

Allen Coulter dirige esta romántica pero, sobre todo, dramática historia; un director que en su trayectoria sólo descubriremos otro largometraje, Hollywoodland (2006), pero que en su haber hay una amplia andadura como director de series de televisión, destacando su dirección al frente de capítulos de series tan conocidas y consagradas como Los Soprano, Sexo en Nueva York, Ley y orden o Experiente X.


Aunque esta película puede recordar al típico film romántico trágicamente contado, siguiendo la estela de otras similares como Querido John o La casa del lago, acrecentado al estar protagonizado por el ídolo adolescente Robert Pattinson, el brillante Edward Cullen. Como siempre, hay que dejar los prejuicios a un lado para poder disfrutar de una película que, ofreciendo los ingredientes habituales, deja un sabor de boca distinto a las demás. El film no se recrea en el dolor, ni busca la lágrima fácil. Es sugerente, no muestra la tragedia explícita. Lo que verdaderamente importa no son los hechos en sí, sino lo que traen consigo, la forma en la que cada persona reacciona ante una misma situación, la importancia que se le da a cada acontecimiento. Por eso resulta tan interesante leer entre líneas el drama que pretende evocar una situación tan trivial como una travesura en una fiesta infantil, o el hecho de que una joven pase la noche fuera de casa.


En ocasiones, la película nos puede parecer lenta y predecible, aunque, según nos acerquemos a su final, no acertaremos de manera exacta, descartando opciones que en un principio nos parecieron posibles. Durante su transcurso, puede gustarte la historia en mayor o menor medida. Pero, si algo queda claro en la mayoría de críticas de aquellos que la han visto, es que toda la película queda justificada gracias a su estremecedor final.

Aparte del giro argumental de la última parte de la película, también quisiera destacar una idea que se desprende de la historia, esa la rabia contenida de quienes pierden su lugar en el mundo y no lo encuentran hasta que aparece una persona que trae la llave para abrir el camino, ya sea una amistad, un familiar o ese gran amor. Sus protagonistas, Robert Pattinson y Emilie de Ravin (la entrañable y sufrida Claire en Lost o Bella en Once upon a time), saben transmitir ese sentimiento con mucha verdad, sin pretensiones y con diálogos sencillos y espontáneos. 


Aunque Robert y Emilie son el alma de la película, hay que destacar también el papel de Pierce Brosnan, en el papel de cruel e indiferente padre. Lena Olin está correcta como madre de Tyler, aunque su personaje no tiene mucha repercusión a lo largo de la película, al igual que el compañero de piso de Tyler, que pone la nota de humor del típico colega adolescente. Y, sin duda, una mención especial a la gran interpretación de Ruby Jerins como la pequeña de la familia, Caroline, que conmueve y se hace querer a partes iguales. Robert y ella son la otra gran pareja de la película.

Con Tyler y Ally veremos cada giro que da su historia, desde la tragedia más absoluta hasta el primer halo de luz que entra en sus vidas. Cada acto tiene su repercusión el uno en el otro. Tyler dio el paso para que su familia comenzara a unirse de nuevo, incluso para que Ally superara su trauma particular. En definitiva, eso es lo que nos consigue mostrar Recuérdame, lo pequeños e insignificantes que somos cada uno de nosotros y lo frágil e impredecible que es la vida ante ello. 


Recuérdame es una inolvidable historia acerca del poder del amor y la importancia de la familia, y una moraleja considerable sobre vivir apasionadamente y saber apreciar cada momento de la vida.

Nuestras huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos...


Escrito por Mariela B. Ortega




Para el sábado noche (XV): La legión invencible, de John Ford

08 agosto, 2013

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En La legión invencible (She wore a yellow ribbon, Argosy / RKO, 1949), el magistral segundo jalón de lo que se denomina la “trilogía de la caballería” de John Ford, junto con Fort Apache (1948) y Río Grande (1950) –y como curiosidad, uno de los retitulados en español que equiparaban el universo del far west con el clásico, junto a Centauros del desierto (The searchers, 1956), por no salirnos del universo Ford.

En el original, la cinta amarilla a la que alude la canción del título, hace referencia a la aparición de un nuevo amor, expresado mediante tal atavío (más curiosidades: otra canción pondrá título a otro gran western de Ford, Pasión de los fuertes, My Darling Clementine, 1946).

Me parece que se trata de la primera entrada que dedicamos al género western en nuestro blog. Ya era hora de hacerlo, y lo primero que conviene decir es que por más que se trate de un producto mil veces emitido por televisión, éste depende de la idiosincrasia de cada autor, como cualquier otro género: no es igual un western de Howard Hawks, que uno de William Wellman, de Allan Dwan, de Ford, etc.

Baste recordar la excelente anécdota que relata Steven Spielberg en el sentido documental Directed by John Ford (1971-2006), que dirigiera Peter Bogdanovich acerca de la figura del cineasta, y en la que relata su encuentro con éste y el consejo que le dio para llegar a ser un buen director, sobre la disposición de la línea del horizonte en el “cuadro” cinematográfico.

El western constituye en el cine la más perfecta conjunción entre sociología y arte. Susceptible de una enorme diversidad de enfoques, contenidos éticos y puesta en escena, es equiparable a los ciclos heroicos clásicos. Naturalmente los hay buenos y malos, como en cualquier otro género, pero para cualquier (verdadero) amante del cine, siempre será uno de sus modos de expresión más universales y productivos (por más que la localización sea definida, sus contenidos son globales: el amor, la muerte, la venganza, la amistad, la traición, la historia, la pertenencia a una colectividad o el desarraigo…). Todo ello, junto con la asimilación de otras características genéricas, como son el humor, la aventura, el drama, la epopeya, la fábula, e incluso el musical o el cine negro. De hecho, quien se siente ajeno al western lo está del cine realmente (no así de las “películas”, con sus mitomanías, gustos y disgustos).

John Ford
Y así llegamos hasta John Ford (1894-1973), con toda justicia, uno de los grandes realizadores cinematográficos (confío que con el tiempo recordemos que en varios géneros). Al son del histórico tema musical adaptado por Richard Hangeman, se inicia La legión invencible, a la que su realizador imprime movimiento ya desde los primeros planos, del mismo modo que irá recreando todo el lirismo del periodo por medio de hermosos planos generales (por ejemplo, el la de la Caballería atravesando el río). La poesía de la épica es la del cine, en definitiva.

Formando parte de ella, pero con atributos muy humanos, está el capitán Nathan Brittles (un espléndido John Wayne), que recibe la misión de evitar un enfrentamiento con los indios, que un insurrecto les venda armas, y escoltar hasta un puesto de diligencias (Sudrose Wells) a la esposa y sobrina de su comandante, la sra. Allshard (la inolvidable Mildred Natwick) y la sta. Dandridge (Joanne Dru), la cual es objeto de las galanterías de dos oficiales, los tenientes Pennell (Harry Carey Jr.) y Flint (John Agar).

Y es que, pese a lo que podría pensarse, en muchos westerns planea y se destaca la figura de la mujer (por mucho que a veces su figura se revista de abnegación). En suma, historia e intrahistoria, frente a las miradas más veteranas del capitán y el sargento Tyree (Ben Johnson).

Por supuesto, los secundarios en Ford, como en casi todo el cine clásico, no lo son en sentido estricto. Su concurso resulta vital en el relato. Así, a los ya nombrados, debemos sumar a Victor McLaglen (el sargento Quincannon), portador de las raíces irlandesas del realizador, jolgoriosos sopapos incluidos, y a Chief John Big Tree (Jefe Caballo Andante), que como recordaba Joseph McBride en su Tras la pista de John Ford (T&B, 2004), compone el más memorable de los personajes indios de Ford, aunque su presencia “física” en la película sea escasa.


Es el año de 1876, las tribus indias tratan de reagruparse para la guerra bajo el mando de Toro Sentado y Caballo Loco. Custer ya ha muerto en Little Big Horn. La recreación que supone La legión invencible no invalida en absoluto el aspecto revisionista que Ford le imprime al relato. Junto a los asumidos excesos cometidos contra los indios, incluyendo a los desalmados que continúan traficando con ellos, está la lealtad de Brittles para con el líder de la tribu, con el que advertimos que ya ha vivido otras peripecias. Una lealtad que traslada a todo su regimiento, y unos jefes indios que observan cómo su sabiduría y su identidad corre el riesgo de perderse, ya que los jóvenes, que debieran preservarla, no desean más que la guerra.

Hablábamos nuevamente de intrahistoria; esta se focaliza en la figura del capitán Brittles, que ante su inminente jubilación ha de “soltar las riendas” del mando, no sin pesar y esfuerzo. Y es que para un hombre activo como Brittles, la jubilación es la peor noticia, presupone lo aprisa que ha transcurrido la vida, aunque en un pulso a esta, Brittles logra poner broche de oro a su misión, anteriormente fallida, como civil (aunque este estado no se prolongue demasiado).


Mención especial merece la admirable fotografía de Winton C. Hoch, que retrata y recrea unos atardeceres, cuyo tono anaranjado contrasta dramáticamente con el azul del cielo. Durante uno de esos inolvidables atardeceres, una sombra se proyecta sobre la lápida de la esposa de Nathan. Toda la secuencia es uno de los momentos más sobresalientes legados por John Ford, junto con la extraordinaria secuencia de la tormenta eléctrica durante la travesía por el desierto. Una tormenta siempre precedida por el sonido del viento, a modo de omnipresente banda sonora.

Se cuenta que Winton Hoch tuvo sus dudas (y no que se negara) respecto a la filmación, porque literalmente, les podía partir un rayo. La reciente remasterización de la cinta nos hace comprender hasta qué punto fue acertada la concesión del Oscar al cinematographer. Y es que la fisicidad del entorno (la película fue filmada en el mismo Monument Valley), pasa a ser un elemento consustancial de La legión invencible. Así ocurre con las nubes, el sonido de los grillos, el río, las carretas sorteando los obstáculos del terreno y el polvo en los uniformes, sobre los caballos o durante las cabalgadas.

Pero John Ford nos depara otros momentos inolvidables, junto al inevitable “interludio irlandés” y la ceremonia social del baile, están el regreso al fuerte tras el “tormentoso” viaje por el desierto, y el funeral militar con la bandera confederada (una lección aún no aprendida por otras latitudes).


Lo que se desarrolla en las obras de John Ford es la vida misma. Y como no medimos las películas por el número de “estrellas” que aparecen, sino por su aporte artístico y por aquello que nos hacen descubrir a día de hoy (en definitiva, por su modernidad), un cineasta como John Ford siempre tendrá cabida en este blog.

Será la demostración de que por encima de borrosas ideologías y caracteres “tormentosos”, sobresalen unas obras que, como muchos autores han reclamado, son testimonio de la propia dignidad del hombre.

Escrito por Javier C. Aguilera


La confianza en el freno motor, de Víctor Manuel Ruiz

06 agosto, 2013

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Traemos a nuestro Baúl la compilación de relatos de Víctor Manuel Ruiz que Stonewall sacó al mercado editorial el pasado mes de febrero. En nuestras manos tenemos la obra novel de un malagueño que ha sido bastante activo en el mundo de la blogosfera y ha participado en diversos medios. Bajo el título de La confianza en el freno motor nos ofrece ocho relatos variopintos, pero de calidad apreciable, unidos por la temática homosexual, en este caso masculina, que su editorial trabaja fundamentalmente, como ya pudimos ver con Nocturnabilia o Heliópolis

Diego Béjar (editor de Stonewall), Víctor Manuel Ruiz y Miguel G. (prologuista) [extraída de este blog]
Pese a que es nuevo en este mercado, Víctor Manuel ya tiene en su haber el primer puesto en el I Concurso de Literatura LGTB de la Asociación Ojalá Málaga, además de publicar en su blog No es país para gordos diversos textos, la mayoría en protesta y para desmitificar las actitudes sociales contra el canon de perfección plasmado en los medios de comunicación. Ahora se nos presenta con esta serie de relatos que prometen viajar en el tiempo y el espacio, hacia diferentes situaciones con las que el lector se podrá sentir relacionado, sea cual sea su condición sexual, porque como defenderemos siempre, una historia de amor lo es independientemente del sexo de los amantes.

No obstante, aunque se presentan de forma conjunta, los ocho relatos distan entre sí y deben ser examinados de forma independiente, observando cada árbol entre este bosque de letras. Los dos primeros sí cumplen la expectativa de viajar en el tiempo y el espacio. En El Zar en la hoguera nos adentramos en la vida de un joven esclavo en los albores de la Revolución Rusa, donde observaremos la brutalidad de un sistema donde se dan abusos sexuales por parte de quien tiene el poder hacia el débil, una situación que, pese a estar situada a inicios del siglo XX, sigue estando presente en nuestros tiempos. El autor, dentro de la turbulenta historia, nos deleita con parte de esa intrahistoria, como diría Unamuno, que es profundamente más humana que la de los grandes héroes y hazañas bélicas, recordando también al estilo de Ayala en sus obras La cabeza del cordero y Los usurpadores, dejando también el examen de conciencia para protagonista y lector, que deberán ver cómo la historia, en su devenir, arrasa con buenos y malos, con amores y abusos por igual.

Soldados durante la Revolución Rusa
Este primer relato muestra esta represión histórica, mientras que el segundo, Cocula, se detendrá en la perspectiva familiar y cultural. Nos situamos ahora en México, donde el protagonista se enfrentará a su reflejo, a su verdadera orientación, descubriendo a la par secretos familiares y frustraciones debidas a la pesada carga paterna. Este es el conflicto con el que muchas personas se siguen encontrando hoy, incluyendo el rechazo familiar en un ambiente donde se valora la hombría de una forma casi prehistórica. Como confesábamos antes, algo que aún hoy se vive, pero sin necesidad de recurrir a grandes acontecimientos históricos, sino en la cotidianidad de una familia. Y de estos dos relatos tan alejados, nos encontramos con el más breve y poético, Porque.

De forma anafórico, Víctor Manuel parece describirnos una tercera represión, la que nosotros mismos nos imponemos. Según avanza en sus motivos, el narrador se va liberando de ese estado, ofreciendo además un toque más realista, justificando su decisión final en diferentes razones de su vida. Quizás la continua anáfora del porque puede resultar agobiante pese a encontrarnos con la pieza más breve del libro. Como podemos observar solo con estos relatos, subyace entre estos relatos la idea de una represión que afecta a los homosexuales desde diversos campos, como los propios acontecimientos históricos y la mentalidad de sus protagonistas, la cultura, la familia o la propia persona. Aunque seguirá siendo fundamental esta idea en el resto de relatos, de una u otra forma, el que atiende a todas estas puertas será Viraje, el más extenso de todos y, sin duda, la mejor pieza narrativa.

Porque tenía que elegir entre desear desear o desear realmente. Y salté. (Porque, p. 87)


Dentro de una forma más tradicional tras la experimentación anterior, nos ofrece un relato más coloquial y cercano, que comienza in media res, ofreciéndonos un extenso flashback que nos llevará desde la adolescencia de nuestro protagonista hasta la actualidad, transcurriendo junto a las páginas los años de la Transición y de la Movida madrileña, dejándonos la historia no solo de una vida, sino de todos los que la rodean, amigos, novios, familia, una ciudad, un pueblo y todos sus tiempos. Desde esa revelación inicial tan sorprendente, cosa que volverá a repetir en Dos deditos de Viagra, veremos el paso del pueblo a la ciudad, similar al segundo relato pero situado en la España de los último cuarenta años. También habrá un paso de la represión al exceso, idea que se ofreció también en Porque, y de ahí a una estabilidad salpicada de momentos de depresión y nuevas ocasiones estables, hasta que se dé un paso más con las dudas hacia la orientación sexual en una ida hacia la heterosexualidad.

A la par, también nos ofrece el escenario de la evolución de la lucha en pro de los derechos de gays y lesbianas, con la participación del protagonista en diversas plataformas. No obstante, también hace notar las incomodidades de un colectivo tan plural, salpicado también de sus desenfrenos y enfermedades, como en otros ámbitos. Sin lugar a dudas, este relato despliega en toda su extensión una vida de dudas, angustia y tragedia personal que resulta verdaderamente real, también gracias a una prosa limpia y ligera. El lector quedará anclado en este viraje y en las dudas de si el optimismo y el deseo final del protagonista verán la luz, abandonándolo en ese momento con el sentimiento de que cierras la historia de un amigo.

Ese era yo. Esa era mi verdadera naturaleza. La realidad. Un invertido. Un maricón. Ese era yo. Un puto. Un cualquiera. Un promiscuo. Ese era yo. Era homosexual. [...] Apoyé la cabeza contra la  almohada y lloré hasta el amanecer del siguiente día. Que fútil me parece todo eso ahora. (Viraje, p. 100)

Two Men (Lucian Freud, 1922-2011)
Los dos siguientes relatos, El momento ha llegado y La confianza en el freno motor, comparten el mismo tema de un primer encuentro entre dos amantes, con todas sus dudas y desazones. En este punto se centra sobre todo el primero, con una reflexión acerca de la primera vez desde el punto de vista del hombre experimentado que va a disfrutar el momento. Además, ofrece una relación entre el sexo y la muerte, otorgando a esa primera ocasión un valor mayor, algo que no es novedoso si atendemos a la idea de algunos escritores que ya en el Siglo de Oro español consideraban al orgasmo como una pequeña muerte, pues se concebía que se estaba entregando la identidad al otro.

Se nota, sin embargo, una prosa más apresurada, que ofrece ideas fútiles y prescinde en ocasiones de enlazar mejor la escena, pudiendo descolocar un poco al lector, especialmente tras el gran hilo que supone Viraje. Aunque deja buenas escenas, es quizás el más flojo de los relatos a falta del factor poético de Porque.


El relato homónimo a la obra entera nos deja a los lectores habituales, y más a los filólogos, una sonrisa nerviosa cuando vemos nombres como Mario del Cid o Jimena que parecen ser un guiño a las primeras piedras de nuestra literatura con el Cantar del Mío Cid, un simple detalle curioso de esta pieza concreta. De Córdoba a Torremolinos, nos ponemos al volante de la vida de Mario, un abogado en sus treinta y seis años que, recuperando la represión como factor esencial, sigue atado a sus dos anteriores relaciones y a su familia, encabezada por su madre. De todo ello intentará sacarlo Gonzalo, mucho más joven que él, que le muestra la libertad que le está esperando, la vida que él realmente desea vivir con autenticidad. 

El relato nos deja, por ejemplo, una escena que combina el descubrimiento de la orientación sexual dentro de la camaradería juvenil combinada con cierta inocencia infantil en un desnudo adulto; pero también, diversas recomendaciones que se trasladan desde el autor hacia sus lectores a través de estos personajes. Un recurso que muchos emplean, que podemos ver, por ejemplo, en El tiempo que querría, del italiano Fabio Volo, y que siempre engancha al lector a descubrir más, a motivar su lectura con las canciones que se escuchan durante el relato o a coger los libros que reposan en los estantes imaginarios de estos personajes.

Eso es la vida: aprovechar lo que tienes sin obsesionarte en lo que ya perdiste. (La confianza en el freno motor, p. 186)

Couple hugging (Raphael Perez, 1965-)
El encuentro con Gonzalo cambiará la vida de Mario, quien confiará desde entonces en el freno motor, seguramente uno de los consejos más provechosos del libro, encabezado precisamente por estas palabras del padre del protagonista. Nos muestra la necesidad de tomar las riendas de nuestra vida, a acabar con las anclas de amores pasados truncados y, sobre todo, acabar con la represión para liberarnos y ser realmente quienes deseamos ser.

De una forma muy diferente a los demás, nos encontramos La muerte es bizca, que de una forma experimental recoge la crisis artística del escritor, con una profunda reflexión hacia las fuentes y cómo escribir, acogiendo cierto sabor justiciero en su final. Víctor Manuel despliega sus habilidades y conocimientos para recrear diferentes comienzos y escenas en una historia algo intrincada, algo más alejada del resto de relatos, pero que te arrastra con cierto gancho intrigante. Quizás no sea la mejor pieza de la obra, pero, sin duda, es la más curiosa de todas.

Para cerrar la obra, Dos deditos de Viagra, un agradable colofón que entremezcla sonrisa y lágrima, gracia y emotividad, incluyendo un giro final mágico y dejándonos una relación llena de cierta ternura que llega al corazón. Todos querríamos, en cierta forma, poder compartir un baile con don Aurelio y descubrir que no importa, que no hay ojos que juzguen ni miradas que rehuyan la realidad, la mágica realidad, de un momento tan auténtico. Conserva este relato el característico proceso de la represión a la liberación, pero pesa con más fuerza el descubrimiento de un personaje tan atractivo como don Aurelio, que queda dibujado en pocas líneas y que, junto al protagonista de Viraje, es uno de esos personajes clave que hacen a una obra ser única.

El balance de la obra es muy positivo, pese a momentos más dudosos, Víctor Manuel Ruiz ha conseguido con su ópera prima crear una obra coherente, creíble, muy humana y con una lectura tan amena como atractiva. Confiemos en que continúe con motor suficiente para deleitarnos de más escritos, para seguir regalándonos historias vivas sin abandonar nunca su carácter crítico.

Escrito por Luis J. del Castillo



Cadete del espacio, de Robert A. Heinlein

05 agosto, 2013

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Heinlein en el set de Con destino a la luna
Quién no se ha perdido en una nueva ubicación y le ha dado vergüenza reconocerlo; quién no se ha sentido apabullado ante el ataque hacia parte de nuestras creencias más inamovibles; quién no se ha visto acuciado en determinado momento por una economía enclenque, o en suma, quién no ha sido puesto a prueba por vez primera en algún asunto y ha tratado de salir del trance lo más airoso posible. Todo esto -y más- sucede a Matt Dodson, el joven protagonista de Cadete del espacio (Space cadet, 1948, La Factoría de las Ideas), escrita por Robert A. Heinlein (1907-1988), uno de los autores de ciencia-ficción más sobresalientes (evito la distinción “clásico” – “moderno” conscientemente).

Además de ello, su experiencia como militar e ingeniero mecánico le hicieron participe como guionista y asesor técnico de la notable creación de George Pal Con destino a la luna (Destination Moon, Irving Pichel, 1950), la primera película que trató de manera científica el ansiado viaje a la luna.

La acción desarrollada en Cadete del espacio es cercana, casi cotidiana. Estamos en 2075, es decir, en un futuro inmediato. Heinlein sortea con ecuanimidad la potencial caterva de tópicos y prejuicios castrenses, ofreciendo un retrato abiertamente humano de la institución y del protagonista. Sus vivencias e instrucción resultan tan fascinantes en la actualidad como debieron serlo en 1948 (¡incluido su incidente con una caja de guindas al marrasquino bañadas en chocolate!).

En efecto, Matt Dodson posee una habilidad muy concreta a desarrollar, pero no es un superhombre, sino uno más dentro de una organización de propósitos firmes y altruistas, si bien, como sucede a menudo, la aplicación de estos no siempre sea sinónimo de pureza (si es que existe algo puro, o que no resulte ambiguo, en el ser humano: basta recordar las diversas opiniones, muchas veces encontradas, de los compañeros de Matt).

Venus (imagen de la NASA)

Así, su esclarecedora conversación con el teniente Wong acerca de la diferencia entre los cadetes y los marines, o la renuncia del veterano Bill Ansara, harán reflexionar al futuro cadete acerca del papel de la Patrulla y acerca de sí mismo (capítulos 9 y 10). Otro buen apunte más sobre el personaje estriba en el hecho de que buena parte de su instrucción no es solo de orden físico, sino que se dirige a adquirir una cultura. De hecho, el bueno de Dodson se verá abrumado ante un exceso de materia nueva que estudiar.

Entre las curiosidades de Cadete del espacio, encontramos la de la anticipación del teléfono móvil, o del microondas, aparatoso invento que aún andaba cociéndose a finales de los cuarenta. Pero quisiera destacar, además, el tratamiento de la inocencia, no como sinónimo de simplismo (nunca debería serlo), sino como un componente vital ante lo novedoso, y asunción del papel que desempeña el hombre como un inquilino más en el vasto conjunto del espacio. La camaradería y humanidad de los aspirantes hace que sea fácil identificarse con los personajes principales. Una humanidad que, revestida de sus atributos más positivos, se encamina hacia la natural familiaridad a la que tiende todo ser humano (sea cual sea el tipo de familia).

Por otra parte, destaca el tratamiento dado al planeta Venus, donde transcurre parte de la acción, y cuyas características no fueron desveladas hasta bien entrada la década de los sesenta. Tanto da, el planeta escogido sirve a Heinlein para abordar el asunto de los tabúes hacia otra cultura, como una forma de solicitar una “tolerancia tolerante”, es decir, aquella que no atenta contra los demás. Como decíamos, el personaje central es el joven Matt, el cual se distingue de todo el proceso de adiestramiento y de quienes lo conforman por su aplicación, por la adquisición de conocimientos (lo que incluye algún que otro periodo de “flojera”: la “etapa floral”). A la larga, esto le preparará de cara al futuro como cadete y persona indivisiblemente.


Otro apunte excelente reside en el hecho de constatar hasta qué punto limitamos la realidad que nos circunda a la realidad de nuestros sentidos (capitulo 12). De hecho, ¿cómo reconstruir toda una civilización contando solamente con unas pocas piezas aisladas en el tiempo? Es lo que debió preguntarse la tripulación de la Exploradora, una nave considerada desaparecida hasta entonces...


Naturalmente, Cadete del espacio propone un viaje iniciático hasta el interior, hacia el encuentro con uno mismo, con nuestro propio camino, por muy doloroso que sea el constatar hasta qué punto se es un extraño dentro de lo que hasta entonces habían sido el hogar y los vínculos familiares. En este sentido, Matt experimenta un inevitable alejamiento de su entorno, cierta desconexión con el pasado.

Son los prolegómenos para alcanzar las estrellas. Pero no de cualquier manera sino, como se asegura en el capítulo 4 de forma elocuente y bien hermosa, tratando de defender la paz del sistema solar, la Constitución de la Federación Solar, desempeñando los deberes del puesto asignado y obedeciendo las órdenes legítimas de los oficiales superiores (…), más allá de toda ambición, engaño y avaricia, respetando las libertades y la dignidad de todas las criaturas, junto a una inquebrantable voluntad de hacer justicia y ofrecer piedad.

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