Laura, de Vera Caspary, y adaptación de Otto Preminger

03 mayo, 2018

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Emprendo este comentario de la novela Laura (1942; Alianza 2016), pieza de la autora norteamericana Vera Caspary (1899-1987), no sin antes advertir al lector primerizo del giro que estructura la segunda mitad de la misma (y consecuentemente la película), sin el cual se hace imposible proseguir todo comentario (sin embargo, ¡ello no significa que les vaya a anticipar el desenlace señalando al asesino!).

Procedamos entonces. Escritor y autoridad en materia de crímenes, tal y como Vera Caspary lo define, Waldo Lydecker comienza por plantearse y plantearnos, al inicio del libro, una muy interesante reflexión. ¿Habría llegado Laura a ser tan conocida de haber llegado a vieja? (I: I). Es una buena paráfrasis de la célebre y terrible sentencia vive deprisa, muere joven y haz un cadáver bonito, a la que se le añaden algunos matices existenciales y hasta mediáticos.

En efecto, el tiempo parece haberse detenido (siquiera con un crimen), aparte de para la víctima, para algunos de los personajes. En el caso del columnista Waldo, este resulta ser el pulcro representante de una categoría elitista, que hace y deshace ídolos a conveniencia o capricho, como da a entender oblicuamente al referir su primer encuentro con Laura (I: I). Haciendo gala de una sensible insensibilidad y una oratoria algo afectada, Waldo se describe así mismo -y es descrito por la autora, en dos procederes que son uno solo-, como ególatra, clasista, y tal y como Waldo determina, ya de una forma directa, fiel a mis prejuicios (I: II). A diferencia del individuo mostrado en la posterior adaptación cinematográfica, se trata de una persona de aspecto grueso en lugar de enjuto. Pero lo que no varía es el hecho de que toma a Laura bajo su tutela y mecenazgo particulares, siendo quien narra la primera parte de la historia (de las cinco en que se divide en libro), ocupando el puesto habitualmente ejercido por el detective (¡tal es su egocentrismo!).

En efecto, las voces narrativas se irán alternando, como tendremos ocasión de comprobar, procurando una estructura moderna y singular (pero no embarrullada, intertextual o metalingüística), que es definitoria de la novela. Abundando en ello, Waldo es un narrador que incluso se complace en no haberse rebajado a escribir una historia de misterio (¡como la propia autora hace!) (I: II). La ironía es que nos narra los hechos de la novela como si lo hiciera, aunque indirectamente la entienda como un relato de amor y de humor, y no como un cuento detectivesco (I: II). Consciente de su papel de narrador, pero inconsciente del encaje que juega en él, Waldo se emplea como demiurgo al asegurar que describiré escenas que nunca vi y registraré diálogos que no escuché (I: II y V). Con lo que la narración queda impregnada de un acentuado sarcasmo (ese humor al que hacía referencia).

Más aún, la autora también define a sus personajes a través de comentarios procedentes de otras materias, como la astrología, cuando por boca de Waldo este asegura que, para Laura, siempre fui jupiterino (expansivo, social), en tanto que el policía Mark McPherson es visto como saturnino (garante del orden establecido y severo guardián del tiempo policial) (I: I). Es este un comentario aparentemente casual, y no reiterado en la novela, pero no por ello carente de interés. Hasta me permito añadir que ciertamente resulta Waldo sagitariano (regente de Júpiter), sin mesura y con un desprejuiciado sentido del humor (y el amor), al igual que McPherson se conduce de forma claramente capricorniana (reglamentada), sin renunciar por ello a sus capacidades más emotivas.

Nueva York, años 40.
Pero si Waldo parece erigirse en el principal protagonista de la novela, por encima de Laura Hunt, es gracias a ese carácter expansivo, que hace que no le falten recursos y calificativos. De este modo, también reflexiona acerca de la naturaleza del policía. Si a lo dicho sobre Laura agregaba que era la típica chica de pueblo que llega a la gran ciudad (es de Colorado Springs, I:I), de McPherson se pregunta ¿cuándo iba a tener un sabueso la oportunidad de ir a la universidad? (I: I). Las circunstancias narrativas determinarán que no estamos ante unos personajes tan estereotipados, lo que incluye a la tía de Laura, Susan Treadwell; la criada Bessie (I: VI), y Shelby Carpenter, novio de Laura, aparte de otros personajes como el marchante de arte Lancaster Corey (I: VII).

Además, Vera Caspary proporciona al libro su propia banda sonora: los personajes de la novela gustan de los famosos estándares y composiciones de George Gershwin (1898-1937), Jerome Kern (1885-1945), Duke Ellington (1899-1974), Oscar Hammerstein (1895-1960), Benny Goodman (1809-1986), Sibelius (1865-1957) o Beethoven (1770-1827).

Con la segunda parte cambia el punto de vista narrativo, que pasa a ser el de McPherson. Ahora yo continuaré la historia, advierte al lector, conociendo lo escrito de antemano; tal vez porque Waldo dejó una relación muy precisa de lo acontecido hasta ese momento, bien para su archivo personal, bien para formar parte de un nuevo artículo (II: I). El tono introducido por el policía se corresponde con una mudanza en la perspectiva argumental del relato. Para quiénes recuerden la película, es aquí donde se produce su célebre encuentro con Laura Hunt, en un estado cercano al duermevela, en tanto que el tránsito de la primera parte a la segunda sobreviene tras la significativa cena entre Waldo y McPherson (I: VIII).

Todo ello proporciona una cualidad orgánica a la novela, que se construye por medio de varias voces narrativas, sin que, en principio, mediara intención de ello.


Por mudar, lo hace hasta la identidad de la víctima, pues la asesinada resulta ser una conocida de Laura, que además se entendía con Shelby. Responde al nombre de Diane Redfern, y la confusión viene originada por la naturaleza del crimen: una cara destrozada por unos mortíferos perdigones, la presencia de la víctima en el apartamento de Laura, y la ausencia temporal de esta última (II: I). En el apartamento de la joven publicista se van congregando Bessie, Shelby y Waldo, alternativamente o todos a la vez, aparte de la reaparecida difunta. Y cuando el relato se focaliza en el descubrimiento del criminal y el deseo que Laura desata en el policía, por medio de su belleza apresada en un cuadro, Vera Caspary no olvida referirse a la auténtica víctima material del relato, por vía de McPherson. Lo hace a través de su prosa directa e inspirada, de felices asociaciones (esa escalera de suicidio) (II: X).

La tercera parte es la más breve y se estructura en torno a una transcripción taquigráfica, por la cual se determina que Shelby estaba en el apartamento cuando ocurrió el crimen (sin que esto le exima o responsabilice del mismo). En la cuarta parte, es Laura, que como queda dicho, trabaja de publicista, la que pasa a ser la narradora. Nadie mejor que ella para hacernos partícipes de su propia psicología (por medio de la autora, que puede ser contemplada como una médium), así como del resto de personajes conocidos por ella, pues de alteración de un psiquismo va precisamente el libro. Especialmente aguda es su descripción del carácter del sentencioso, locuaz y posesivo Waldo (posesivo en cuanto a Laura y consigo mismo).

Retrato de Laura para la película
Vital es señalar que el enamoramiento de Mark es recíproco. Sin prisa pero sin pausa, llega Laura a apreciar la honestidad y pretensiones del policía. Por mucho que Waldo pretenda convertirla en uno de sus adornos estéticos, tratando de convencerla de que tú y yo vivimos en un mundo irreal, castrado (IV: V). Con lo que, el cronista de realidades sórdidas y chismosas, evidencia su existencia fuera de la realidad, tratando de cerrar su privativo círculo. En esta parte del libro, está a punto de acontecer el segundo crimen.

En el quinto y último segmento, entra de nuevo en juego la psicología; esta vez, por parte de McPherson. Las pistas del carácter de una persona son las únicas que, sumadas, permiten resolver los crímenes más refinados, concluye el teniente, en la línea de un Hércules Poirot o un Maigret. La integridad del personaje queda igualmente indicada por el hecho de que, pese a que a Mark le ha sido arrebatado el protagonismo mediático, gracias a un subcomisario, él es, en justicia, el verdadero protagonista del relato en su vertiente tanto policial como psicológica. Un terreno donde nadie le preveía vencer, pero que lo equipara a los célebres detectives antes mencionados. Como resume la tía Sue, la selección natural es nefasta, excepto en la jungla (IV: IV).

Son estos aspectos de la novela los que hacen olvidar algunas inconsistencias, semánticas más que gramaticales o de estructura. Como lo improbable de un crimen así (disparar de inmediato a quien abre una puerta, sin reconocer antes a la víctima: lo que en la película se resuelve comentando que este acto se produjo a oscuras). O asimismo, la circunstancia de que Shelby mantenga la farsa respecto a la auténtica identidad de la víctima.

Es sintomático que en la adaptación cinematográfica del mismo nombre (Fox, 1944), los títulos de crédito se impresionen sobre el retrato de Laura Hunt (Gene Tierney), denotando así la importancia que van a tener sus encantos (no solo físicos, también connotativos) sobre el resto de los protagonistas masculinos; sobre todo, Waldo Lydecker (Clifton Webb) y Mark McPherson (Dana Andrews). Del mismo modo que se pone de manifiesto cómo los objetos artesanales son para Waldo algo más que unos meros fetiches de coleccionista. Poseen vida propia.

Justamente, con la voz en off de Waldo se inicia el relato (al igual que sucedía en la novela), mientras la cámara acomete una descriptiva y personal panorámica por el salón de su apartamento. Esta muestra sus valiosos jarrones y filigranas de cristal; en definitiva, parte de las posesiones más apreciadas por el escritor. El relato oral de Waldo añade la pieza que falta: Laura. Aparte de advertir sobre la presencia de un intruso en este cuadro viviente, Mark McPherson, el inconfundible policía, tal y como el articulista lo califica. Pese a la diferencia de naturaleza y temperamento, cierta corriente de simpatía surge entre ambos, así como cierta imbricación psicológica.

Tal es el arranque de Laura, producida y dirigida por Otto Preminger (1905-1986), según el guion de Jay Dratler (1911-1968), Samuel Hoffenstein (1890-1947) y Betty Reinhardt (1909-1954), y la franca fotografía de Joseph LaSelle (1900-1989), con alguna aportación de Lucien Ballard (1904-1988).


La película presenta a un Waldo algo más encantador, aunque igual de inmodesto que el de la novela. En cualquier caso, resueltamente apuesto y, en palabras de Laura, comprensivo en sus escritos más que en persona (aunque esta es una impresión que ella tiene de su primer encuentro). El resto de personajes mantienen su compostura literaria, si bien, incorporando algunos matices: el novio, Shelby Carpenter, queda descrito bajo los rasgos inevitablemente aviesos de Vincent Price (1911-1993); la tía, aquí llamada Ann Treadwell (la estupenda Judith Anderson), muestra a las claras su atracción fatal por Shelby (una eficaz forma de subrayar que se trata de otra sospechosa del crimen), y finalmente, la doncella Bessie (Dorothy Adams), se conduce de manera algo más arisca con el policía, aunque con análogo pundonor que en la novela.

La planificación de Otto Preminger es modélica. Baste mencionar el interrogatorio a dos bandas sostenido por Mark y Waldo, acompañados de Ann Treadwell (con un Waldo arrobado ante la psíquica fisicidad -concédanmelo- del policía). La cámara se desliza con idéntica significación entre Waldo, Shelby Carpenter y Mark, en el apartamento de Laura. Allí, deja el columnista claro que todo lo referente a Laura me concierne.


Guionistas y director respetan escrupulosamente la obra original, en su argumento y estructura narrativa (trasladada literalmente a la película). Así sucede con la escena de Waldo y Mark en el restaurante, o con el flashback del primer encuentro de Waldo con Laura. En esta misma línea, Preminger intercala fragmentos visuales de la vida de la joven dada por muerta. Hasta Laura le ofrece el mismo producto a Waldo para que lo avale con su prestigio periodístico (una pluma estilográfica). Tras el ingrato primer encuentro, donde una vez más entra en liza el aspecto psicológico, por medio de la costumbre de Waldo de almorzar sin interrupciones, este se disculpa con Laura, para acabar impulsando su carrera, y de paso, espantarle los posibles pretendientes. Ella tenía auténtico magnetismo, explica el escritor regresando a su presente. La imagen (inédita en la novela) que lo descubre en la bañera, donde acomete sus artículos (¡o parte de ellos!), es otro de estos aciertos que tratan de describir cabalmente al personaje.

Como acierto es que la víctima real del crimen, Diana Redfern (Dorothy Christy), entre en escena antes de que se sepa que es la asesinada, y no después, como se exponía en la novela. No obstante, al igual que sucedía en el libro, tras el encuentro en el restaurante de Mark y Waldo, la película también vira su punto de vista hacia el teniente de la policía, quedando bien establecido que el carácter desenvuelto e independiente de Laura es un sustancioso alimento para los celos. Los servicios prestados serán una deuda de gratitud que el mecenas y protector está dispuesto a cobrarse. Por algo, la gente está presta a desacreditar antes que a tender una mano, tal y como certifica Laura.


Se suele recordar el tema principal compuesto por David Raksin (1912-2004), con toda justicia. Sin embargo, el mejor segmento musical de la partitura es, desde mi punto de vista, el que acompaña psicológicamente los movimientos de McPherson, a solas en el apartamento de Laura (en menor medida ocurre después, hasta la interrupción de una llamada telefónica y la inesperada visita de Waldo, en idéntico escenario). En esta secuencia, Mark calibra la situación y descubre su amor por Laura, observando su retrato. No en vano, el detective acaba comprando el cuadro de Laura Hunt. Cuando ella reaparece, ya no está enamorado de un cadáver, y la rueda criminal vuelve a girar.

Otros cambios que para nada alteran la sustancia del relato (si acaso lo concentran), son el hecho de que Mark sigue a Shelby hasta la casa de campo (en lugar de un oficial, como en la novela), tras el reencuentro de ambos con Laura (y no antes, como de nuevo sucedía en la novela). Además, el asesino contraataca mientras tiene lugar una emisión radiofónica previamente grabada. A lo que podemos añadir que el arma no está oculta en un accesorio (no diremos cual), sino que es una escopeta guardada en el interior de un objeto valioso (que igualmente presupone para el asesino un símbolo de su estatus). Asimismo, Mark se distrae estratégicamente con un juego magnético de baseball, para calmar los nervios o exasperar a los demás. El policía es tristemente incomprendido por el resto de los personajes (incluso por Laura, salvo al final). Pero esto es algo asumido. Por ejemplo, cuando Mark se lleva detenida a Laura, en otra espléndida escena. Lo hace para destapar al asesino, al igual que acontecía en la novela. De hecho, Mark se acerca a la sospechosa como un galán amartelado cuando la interroga, y se alivia al comprobar que Laura ya no está enamorada de Shelby…


Por descontado, esto hace que se desaten los celos de varios de los personajes; sobre todo Waldo: Laura ha de ser de él o de nadie, recuerda Mark. Sin embargo, de la identidad del asesino -o asesina- seguiremos sin soltar prenda.

Como despedida de esta inolvidable película, recordemos las palabras de los guionistas y de Preminger, puestas en boca de Laura, cuando esta asegura que nunca me sentiré obligada por algo que no hago por mi propia voluntad. Toda una declaración de principios, que algunos se afanan en socavar.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Noticias: Próximamente en BdC

30 abril, 2018

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Torre de la Vela, fotografía de LJ
Con una primavera desorientada, hemos pasado abril con el alivio de encontrar siempre un buen libro, una buena película o algún episodio que nos satisfaga. Por ello, nos habéis seguido acompañando con más de 13000 visitas, tanto los lectores anónimos como aquellos que nos seguís por distintas redes: Blogger, con 179, en Twitter con 617 o en nuestra página de Facebook, con 176.

Sobre todo hemos disfrutado de películas, con clásicos como la original del El planeta de los simios, obras ligeras como La familia Bèlier o nuevas incursiones en el western con El hombre de las pistolas de oro. Además, hemos viajado muy lejos con la serie Galáctica. Tampoco ha faltado nuestro repaso a una novela juvenil continuando nuestro análisis de La materia oscura con la segunda entrega: La daga.

Durante los últimos meses hemos tenido una actividad algo más baja, pero intentamos ser constantes y aumentaremos en los próximos meses. Esperamos vuestra compañía.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Os dejamos con el trailer de una nueva película de animación, Fireworks, no tanto por recomendarla, sino también para conocer el canal de Youtube que publicita su trailer: Selecta Vision, empresa que está llevando a cabo una gran labor en el terreno del anime en España. En su canal, podéis ver simultcast gratuito, licenciado y con subtitulado oficial de series como Ataque a los titanes o los nuevos episodios de Sakura, cazadora de cartas.



"¡Hay tantas maneras de leer, y hace falta tanto talento para leer bien!"
                  - Gustave Flaubert (1821-1880)



La daga, de Philip Pullman

28 abril, 2018

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Luces del norte (1995) transmitía la sensación de ir acumulando aventuras para la pequeña Lyra sin importar demasiado el rumbo a seguir. Había ciertos pasajes que nos hacían vislumbrar algo mayor, pero como si acaso todo lo vivido por la protagonista no sirviera de forma directa a ese fin determinado al que se dirigían los libros. En cierta forma, La daga (1997) confirma estas sospechas, porque, de pronto, nos encontramos desligados de ese mundo que ha creado Pullman que no se aleja tanto del nuestro y chocamos con la realidad del multiverso, de un mundo bisagra y de una Tierra que bien podría ser la nuestra. 

Y aún con todos esos elementos, en esta más breve obra, se consigue dignificar todos los elementos que la componen sin avasallar, siendo una novela más centrada, más madura y más enfocada a un futuro inmediato. No obstante, sigue arrastrando el problema de las incógnitas que se amontonan: ¿qué nos quiere contar Pullman realmente y cuáles son sus dimensiones? ¿Por qué estas historias más o menos pequeñas pretenden estar conectadas con una guerra de dimensiones divinas?

La novela se inicia de forma trepidante con la presentación de un nuevo personaje, Will Parry. Este muchacho de doce años arrastra consigo la enfermedad de su madre, que vive aislada en su propia cabeza, la ausencia de un padre explorador y la persecución a la que es sometido por un grupo de personas misteriosas. En una de esas ocasiones, acaba con la vida de uno de estos hombres de forma accidental y, en su huida, encuentra una ventana hacia otro mundo, un lugar misterioso donde los niños se mantienen con vida mientras los adultos deben huir de los espantos, criaturas que les arrebatan la cordura... o el alma. Allí conocerá a Lyra, la portadora del aleitómetro. Ella confiará en él y llegarán al acuerdo de colaborar mutuamente, aunque sin sospechar que sus destinos ya están marcados y que son muchos quienes tratarán de impedir que logren sus metas.

Sin duda, uno de los puntos interesantes de esta novela es la incorporación de Will, que a pesar de ser un niño, otorga una trama más realista y seria que las aventuras fantásticas, pero algo infantiles de Lyra. En este nuevo personaje notamos una percepción del mundo más sombría, lo que conjuga bien como contrapunto con el idealismo tan puro y blanco de la protagonista de Luces del norte. En gran medida, la oscuridad de este segundo volumen supone una mejora con respecto a la primera historia, donde a veces escaseaba cierta madurez, perdida más por la sensación de encontrarnos ante un cuento. Aquí se han dejado atrás los largos viajes con gipcianos o los osos polares, se ha reducido en un tipo muy determinado de fantasía para potenciar elementos más enigmáticos, como la susodicha daga (objeto bastante interesante que hace buena dupla con el aleitómetro), las ventanas a otros mundos, los espantos, los ángeles o incluso la reaparición de las brujas, personajes de gran importancia que se deciden a buscar y proteger a Lyra.


Lamentablemente, de nuevo existe la sensación de que lo relevante está oculto o alejado de las aventuras que estamos leyendo. Lord Asriel vuelve a estar ausente en gran parte del relato, a pesar de que se suponía que Lyra lo perseguía. De nuevo, hay menciones a la profecía que influye a Lyra, sobre lo que casi al final de la novela se da un paso más, pero no es suficiente. La historia global avanza excesivamente despacio para la cantidad de pequeñas aventuras que sufren los personajes. Incluso en ocasiones son aventuras motivadas por acciones tontas de estos protagonistas: la forma en que se pierde el aleitómetro o no se hace uso de él pese a lo útil que resultaría, la misión que les encargan a cambio de poder recuperarlo o la permanencia de Lyra y Will en la ciudad de los niños a pesar de ser conscientes del peligro en que se encuentran. Ello sin contar lo incoherente que resulta la rapidez con la que la villana, la señora Coulter, consigue todo aquello que necesita o quiere para perseguirlos o viajar entre mundos, que contradice todo lo que sí tardan las brujas, por ejemplo, o Lee Scoresby. De este último debemos resaltar su trama, que a pesar de tener un inicio anodino, va ganando tanto en su desarrollo como en su devastador final, que se convierte en uno de los mejores y más álgidos momentos de la saga. Incluso en emotividad supera el desenlace de Roger en Luces del norte, más caótico y repentino.

En definitiva, La daga abrevia el camino tortuoso en que podría convertirse la saga si seguía encaminada el exceso de aventuras y viajes sin un fin determinado, otorgándonos además situaciones más dramáticas, un mejor entendimiento del multiverso y del telón de fondo de la historia, incluyendo un refinamiento de las críticas a la autoridad religiosa, en este caso, y varias escenas duras, pero más sentidas que las vistas en el final de Luces del norte. Sin embargo, sigue ofreciéndonos algunas aventuras originadas de forma pueril o algo tonta, algunos momentos de clímax que, en realidad, pueden resultar ridículos o cierta incoherencia en el desarrollo de los acontecimientos, especialmente entre los villanos. Se desaprovecha, por otra parte, el juego que podría haber dado el contraste entre mundos, dado que todos parecen adecuarse bastante rápido a la nueva situación. En cierta forma, La daga arrastra algunos problemas que, supongo, estarán presentes en toda la saga literaria, pero consigue sentirse más cautivadora, mejor escrita y más centrada. 




Para el sábado noche (LXIX): El hombre de las pistolas de oro, de Edward Dmytryk

26 abril, 2018

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El sheriff de Warlock, Ray Thomson (Walter Coy) es dejado solo ante el peligro. Así, El hombre de las pistolas de oro (Warlock, Fox, 1959) se inicia con un duelo en el que el representante de la ley está sentenciado de antemano. Sin embargo, Ray pierde el duelo pero no el honor o la dignidad, auténticos soportes del relato. El realizador y productor Edward Dmytryk (1908-1999) ha mostrado antes al personaje, en uno de los momentos más dramáticos de la película, contemplado su nombre inscrito en una lista con los antecesores en el cargo, caídos en el cumplimiento del deber. Desde el principio queda establecido que Warlock es un pueblo de cobardes.

Johnny Gannon (Richard Widmark) también forma parte del grupo de alborotadores que, finalmente, se decantan por el asesinato (de un indefenso barbero). Pero algo lo distingue de los demás, y es el hecho de que Gannon sabe que, igual que puedes ganar, puedes perder, y que donde no hay ley y orden, como reclaman los ciudadanos (los que se atreven), ha de haber otro quid pro quo antes o después.

Algo que no todos comprenden, como el engorroso juez Holloway (Wallace Ford), que es incapaz de aceptar que no es lo mismo atacar que defenderse, por mucho que se sigan pretendiendo equiparar ambos procederes. Total, entre que la ley forma parte de un rito sacrificial, y los ciudadanos no se atreven a tomar cartas en el asunto, el pueblo de Warlock permanece varado, a merced de los maleantes capitaneados por Abe McQuown (Tom Drake).

A pesar del clima de tensión y confusión que atenaza al pueblo, la solución apunta a un comisario a sueldo, Clay Blaisedell (Henry Fonda). De hecho, la señorita Jessie Marlow (Dolores Michaels) diagnostica bien la situación al preguntar a sus conciudadanos si esperan que el tal Blaisedell haga frente a la banda de desalmados enarbolando únicamente su fama, su mirada… o sus revólveres de oro. Forma parte de un reducido grupo que se aviene a la imposición de la ley como mal menor, aunque tal exigencia se suela revestir de connotaciones estrictamente negativas; sobre todo, teniendo en cuenta la naturaleza del ser humano (un conflicto universal, el del mal necesario, magníficamente sostenido en El hombre que mató a Liberty Valance [The Man Who Shot Liberty Valance, John Ford, 1962]).


Como podemos ver, el camino hacia el orden y la disciplina no está libre de escollos e incomprensiones. El propio Blaisedell es consciente de ello cuando, en uno de los momentos más sublimes de una película que no carece de ellos, relata a Jessy la cadena de acontecimientos que les aguarda, a él y toda la población de Warlock, por haberlos vivido antes (lo que se suele llamar la voz de la experiencia).

Clay no se encuentra solo, le acompaña en su devenir casi legendario su amigo, el jugador Tom Morgan (un espléndido Anthony Quinn), que padece una severa cojera. Un alegórico impedimento, más que un defecto, aunque en la película haya quien no lo entienda así. Al igual que sus pistolas, Tom transporta de ciudad en ciudad el cartel de una casa de juegos, The French Palace. Más que esclavo del pasado, Morgan es el satisfecho portador de una vida íntima plena, que pretende sea inmutable. El ex crupier cuida con enorme celo la salvaguardia de Clay y recela de la compañía femenina.

Pero antes de que llegue la hora de las pistolas se hace necesario haber hecho cierto alarde de coraje, honestidad y resolución. Los colts son para lucirlos los domingos, especifica Clay, en el sentido de formar parte de su realidad cotidiana; como queda dicho, ambos están fabricados o bañados en oro. El primer enfrentamiento es verbal, acontece en el saloon y está servido admirablemente en sus prolegómenos. No obstante, es solo cuestión de tiempo que los asesinos conducidos por el líder McQuown vuelvan a atacar.

En tanto Clay se hace respetar, Tom Morgan y Johnny Gannon quedan al margen de dicha sociedad o vida doméstica, como la califica Tom. No en vano, ambos personajes no son invitados a una boda. Respecto a Morgan, el ser un tullido, como a su vez lo define Lily Dallas (Dorothy Malone), puede entenderse como un sinónimo de su (¿platónica?, ¿compartida?) relación con Clay. Conocer a uno es conocer al otro, reconoce Lily, la cual, resabiada contra Clay, ha efectuado muchos kilómetros para ajustarle las cuentas a este último, en nombre de su malhadado prometido.


El caso es que todos necesitan de la tarea ingrata y mal vista que desempeña el comisario a sueldo, pero una vez cumplida su misión, este es despreciado. Para Clay, la compensación resulta, con todo, bastante grande, pues consiste en su libertad de criterio y de movimientos. Pero la narración va más allá. Johnny Gannon acaba aceptando el puesto de sheriff de forma legal (o así), en tanto que Tom libra a Clay de una amenaza de muerte (un contratado por Lily).

Además, Dmytryk muestra el progresivo sinceramiento entre Johnny y Lily, y entre Clay y Jessy, una pareja tras otra. Son cuatro vidas distintamente alteradas por la violencia (pese a que defenderse no sea defenderla), que tratan de salir adelante, mientras comienzan a conocerse mutuamente, en sendos almuerzos: ese echar raíces que teme Tom.

Lo celos de este último no hacen esperar. Si no eres comisario no eres nada, le recuerda a Clay, a lo que este replica que quizá hayamos agotado todas las ciudades. Aún así, Clay reconoce que, fenecida una parte de sí mismo (Tom), siempre he vivido de esta forma; por lo que me tendré que buscar otro Morgan. Como un gesto simbólico de lo que hasta ahora ha sido su vida, Clay arroja sus famosos revólveres dorados al suelo (para abrazar la parte más convencional que le ofrece el relato: su establecimiento definitivo con Jessie). Veamos si Warlock sabe defenderse a sí misma, concluye el comisario que ha despertado a la ciudad de su agónico letargo.


Entre Tom y Clay, e incluso entre Clay y el pueblo de Warlock, queda Johnny Gannon, defensor autorizado de la ley. Ambas vertientes, oficial y oficiosa, pero siempre del bando de la legalidad, se reúnen sin intermediarios en la prisión del pueblo, para charlar y exponer sus puntos de vista, poco antes del enfrentamiento definitivo con los secuaces de McQuown. Un encuentro propiciado por la inhabilitación física que ha sufrido el redimido y voluntarioso Gannon. Con lo que, mutilada tal posibilidad de hacer justicia por segunda vez (la primera lo fue gracias a la cobardía de los propios ciudadanos), la población habrá de recurrir nuevamente a Clay (y Tom). Hasta que, al fin, recibe Gannon el apoyo de una ciudad que despierta, tras haber asistido a los últimos y merecidos reproches que les dedica Clay, con toda justicia.

El segundo enfrentamiento es en la calle, mostrando Johnny su apoyo a Clay, tras haber mediado sin resultado (como representante oficial de la legalidad, recordemos), ante los secuaces de McQuown. Ubicado cada uno en su lugar reglamentario, tan solo queda la soledad de Tom Morgan, que es lo más parecido a un suicidio sentimental.

Magnífica esta película de Edward Dmytryk, basada en una novela de Oakley Hall (1920-2008), adaptada para el cine por Robert Alan Aurthur (sic) (1922-1978), con fotografía en cinemascope del estupendo Joseph McDonald (1906-1968).

Escrito por Javier Comino Aguilera


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