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El catalejo lacado, de Philip Pullman

23 julio, 2018

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La definitiva aventura de Lyra y Will concluye en El catalejo lacado (2000), novela en la que Philip Pullman desvela sus cartas y nos muestra tanto sus principales críticas como la arquitectura de una trilogía que se ha creado con cierta lentitud, pero con elementos reconocibles que se vuelven a dar la mano en este cierre. Ahora bien, debemos entender que en toda la trilogía de La materia oscura se arrastran tres apartados a tener en cuenta y analizar: por una parte, la narración en torno al argumento relativo a los personajes que habitan la novela, desde sus protagonistas hasta los personajes más irrelevantes, al menos en apariencia, por otra parte, las interpretaciones que debemos deducir a partir de las acciones y conversaciones de los personajes y, finalmente, las críticas e ideas que Pullman transmite a través de los dos elementos anteriores.

La novela nos plantea el final de las aventuras de Lyra y Will en sus viajes a través de diversos mundos gracias tanto a la habilidad de Lyra para leer el aletiómetro como a la daga sutil que tan solo Will sabe emplear. Sin embargo, al empezar El catalejo lacado, se encuentran separados por los acontecimientos finales de La daga (1997). Will partirá entonces en busca de su amiga para rescatarla de la señora Coulter, quien la mantiene dormida en una cueva de su propio mundo. A la vez, dos grandes fuerzas opuestas se preparan para la batalla definitiva, siendo conscientes que en ella será primordial conseguir el apoyo de Lyra o destruirla.

Una cuestión primordial es que Philip Pullman abarca varios frentes durante esta obra a fin de lograr cerrar la trilogía, pero no todos tienen consistencia suficiente o son abordados de la manera necesaria. Incluso en ocasiones encontramos resoluciones abruptas, repentinas o incomprensibles, casi incluso casos de deux ex machina para culminar según las necesidades del autor, más que por la lógica de lo narrado o, al menos, de lo profundizado. Uno de los ejemplos más claros es el inicio de esta historia, dado que a pesar de ser una continuación sin salto temporal, nos sitúa a la señora Coulter manteniendo cautiva a Lyra en un lugar bastante alejado de los acontecimientos anteriores, con un cambio de actitud bastante importante y sin aclaración alguna. Es más, cuando Will va en su rescate con ayuda de dos ángeles, Barthus y Balthamos, tardará bastante en llegar a ella, por lo que no resulta verosímil que Coulter lo hiciera tan rápido ni que Pullman proporcione la sensación de que lleva ahí bastante tiempo.

Dibujo de los mulefa y la doctora Malone, obra de K. Thierolf
De forma general, lo que encontramos es una carencia a la hora de afrontar lo que les sucede a los personajes. Si bien el autor explora con bastante acierto algunas cuestiones, por ejemplo, las dudas que tendrán los protagonistas al final sobre la decisión que deben tomar, otras las deja demasiado vacías o da la sensación de que no son más que una herramienta para que algo suceda dentro de la narrativa, como sucede con los dos ángeles antes mencionados (es más, uno de ellos se convertirá en un deus ex machina hacia el final de la novela), o para justificar o explicar alguna de sus ideas. Precisamente, toda la trama de la doctora Malone se relaciona con esta última idea, dado que su línea argumental junto a los mulefa se encuentra apartada de los demás personajes y no proporciona ningún interés al lector, dado que desvía la atención de la acción principal para crear nuevas circunstancias con nuevos personajes. Si bien la introducción de Will como protagonista principal junto a Lyra en el segundo libro fue un acierto, funcionaba porque actuaban de manera conjunta, porque se relacionaban de forma directa. La doctora Malone cumplirá su función hacia el final de la novela, pero mientras tanto podría resultar una carga para ciertos lectores. Y ello a pesar de que los mulefa y la exploración del personaje no está mal desarrollada ni escrita, al contrario, puede causar cierto interés y resulta tan importante que uno de sus elementos da título a esta tercera entrega.

Atendiendo a su estructura argumental principal, podemos discernir tres partes a las que se junta tramas independientes que se desarrollan a lo largo de todo el libro. El primero, ya mencionado, es el rescate de Lyra, protagonizado por Will, y que a pesar de sus inconsistencias, está bien desarrollado. La relación de Will con Balthamos funciona, su posterior encuentro con Iorek, aunque forzado de forma evidente por el autor, tiene cierto interés y sirve para establecer uniones con todos los elementos anteriores de la trilogía, y el enfrentamiento, más bien dialéctico, entre la señora Coulter y Will muestra las dotes de ambos personajes. Sin embargo, son evidentes sus puntos flacos: la presencia de una niña a la que se le había dedicado gran parte de los capítulos anteriores que después es despachada de forma abrupta, el encuentro del protagonista con un sacerdote sin mayor relevancia, la batalla que surge a su alrededor o la repentina debilidad de la daga hacia los pensamientos de su portador, cuestión primordial en toda esta entrega, pero que en la anterior no había surgido en ninguna ocasión.

Land of the Dead, obra de Hannah Hillam
El siguiente tramo de historia tiene relación con el viaje al Mundo de los Muertos que emprenderán ambos protagonistas junto a dos gallivespianos. La relación entre los cuatro personajes es confusa, sobre todo por la falta de confianza que queda establecida desde el principio para, al final, llevarles a un extremo de relación íntima tan fuerte como para sacrificarse unos por los otros. De la misma forma que el interés de esta odisea reside en la exploración de este peculiar mundo de tintes mitológicos: no falta el barquero de la muerte, trasunto de Caronte, ni las arpías, cuya función es semejante a la de las Erinias o Furias así como el hecho de que los espíritus que van perdiendo sus recuerdos con el paso del tiempo. Curiosamente, se establece en la historia que la situación de este mundo fue establecida por la Autoridad -según cuenta una arpía-, como si fuera capaz de establecer este personaje el destino de los espíritus, algo que se da a entender en algunas ocasiones. Sin embargo, la resolución de esta trama no supone alterar las normas del lugar por sí mismo, sino establecer una puerta a otro mundo. Por tanto, ¿cómo existía el Mundo de los Muertos antes de la Autoridad? ¿Por qué el destino que les aguarda a estos espíritus al atravesar una puerta a otro mundo no lo pueden cumplir dentro de este sitio?

En cierta medida, Pullman establece un resultado conveniente a sus deseos, pero al que le falta verosimilitud. Sucede igual con la bomba que crea la Iglesia en el mundo de Lyra, basado en un poder extraordinario... como extraordinaria es la forma en que de ese poder se libra la protagonista. Es decir, si no tienes en cuenta la forma en que está construida la verosimilitud de este universo, seguramente aceptes y disfrutes de sus sucesos, dado que guardan cierta lógica que los sostiene e incluso tienen efecto en el futuro de los personajes, pero les falta un fondo en qué sostenerse, un fondo que se podría haber establecido sin dificultad, dado que el autor pone los medios a su alcance.

Tanto que, incluso en algunas ocasiones, se excede el narrador en añadir aclaraciones desde una perspectiva futura, adelantándonos información de lo que va a suceder, por ejemplo, al señalarnos cuestiones como que un personaje nunca olvidaría ese detalle cuando fuera anciano, que a otro apenas le quedaban días de vida o que era la segunda y última vez que haría algo.


Por otra parte, todo esto se debe a que el autor explica más que hace. Por ejemplo, Lyra explicará y justificará el viaje al Mundo de los Muertos por ver y salvar a Roger, de cuya muerte se arrepiente, a pesar de que este arrepentimiento no se había hecho patente durante los acontecimientos de La daga, sino que surgen de forma repentina en esta entrega. Sucede igual que con la daga, cuyo mal funcionamiento se debe a algo que Will ya había hecho anteriormente, aunque sin provocar ese efecto, lo cual plantea el hecho de que no hubo una planificación adecuada. Ahora bien, a pesar de estos defectos que surgen al analizar el proceso narrativo de La materia oscura, y que ya estaban presentes y mencionados en las obras anteriores, debemos reconocer los aspectos positivos. El autor sabe crear tensión e intriga, tiene creatividad y recursos para plantear y narrar en torno a varios personajes de distinto tipo y clase, maneja de forma adecuada el interior de los personajes, es decir, sus sentimientos e inquietudes, y la trilogía en sí contiene ideas bastante interesantes que no se relacionan solo con su propio contenido, sino también con un mensaje en torno a la forma de afrontar la vida, la muerte, la fe y la curiosidad. Incluso aborda el paso de la niñez al mundo adulto y otras cuestiones importantes, aunque con menor presencia, como la depresión, la igualdad o la libertad.

La última trama, en que se resuelve toda la trilogía, abarca dos etapas: una es la guerra contra Metatrón encabezada por Asriel mientras Lyra y Will tratan de recuperarse tras su viaje por el Mundo de los Muertos, la segunda es la conclusión tras estos acontecimientos y la tentación a la que debe ser sometida Lyra para cambiar, o no, los mundos. En primer lugar, la guerra resulta confusa, el arma principal de Asriel, llamada intencional, es ridiculizada por el uso que se le da durante todo este libro, la resolución nos muestra que Xaphania tenía unos conocimientos que la invalidan como cómplice de Asriel en tanto que debería haber actuado de otra forma anteriormente, y, además, no se le presta gran atención al desarrollo bélico de la contienda.


Lo cierto es que da siempre la sensación de que lo que está sucediendo no importa. Las muertes de ciertos personajes, aunque puedan a llegar a ser sentidas por los protagonistas o por el lector, no parecen llegar a tener ningún impacto relevante en los personajes, ni incluso son mencionados cuando se hace recuento de lo sucedido. Metatrón es abordado y convencido de forma burda, aunque el combate final con el Regente está muy bien narrado y resulta cruento y peliagudo. La denominada Autoridad no tiene más valor que el presencial. Y el resultado de la contienda parece no importar a nadie una vez que la narración corta cuando tanto Lyra como Will consiguen lo que quieren. Por no mencionar el hecho de que hay varias apariciones e intervenciones que tan solo responden al deseo del autor, es decir, deus ex machina bien definidos. Baste mencionar que Iorek, que estaba de regreso a su hogar, reaparece en un mundo distinto al suyo sin mayor explicación. O que los espíritus pueden resistirse a desvanecerse, cuando parecía anteriormente que no era algo que estuviera dentro de su voluntad. Incluso la presencia y naturaleza del abismo queda sin mayor respuesta, a pesar de que Xaphania sepa tanto sobre este lugar.

El final suponía el enfrentamiento de Lyra a una decisión que cambiaría el destino de los mundos a partir de una tentación, pero da la sensación de que nunca existe tal tentación, sino que más bien la protagonista responde a sus sentimientos sin afrontar ninguna diatriba. A su vez, cabría plantearse las razones por las que la acción de Lyra cambia el destino de los mundos. Es más, cuando realmente debe tomar una decisión importante junto a Will, no tardan en tener una respuesta y no se produce ningún cambio tan relevante como el causado antes, capaz de alterar el flujo de la materia oscura. En fin, a la obra le falta, curiosamente, un sustento mayor: ¿qué consecuencias tiene todo lo que ha sucedido?, ¿por qué pierde Lyra su habilidad especial sin más?, ¿cómo conocen los demás personajes lo sucedido con Asriel y Coulter, o por qué esta información queda oculta?, ¿por qué Pullman recurre a personajes de forma repentina para dar explicación a todo lo sucedido cuando desconocíamos o qué había pasado con estos personajes o por qué no habían actuado antes?

Obra de Leighton Johns
Todo ello para plantear una historia en la que se rechaza el determinismo y las normas eclesiásticas que van contra la libertad y la ciencia, a pesar de que La materia oscura funciona a base de profecías y un gnosticismo panteísta que incluso interviene de forma consciente en la realidad de los personajes, ¡pudiendo hacerlo a través de los sueños, la meditación o el I Ching! Se aboga, por tanto, por expresar la importancia del aspecto espiritual del ser humano, pero criticando, incluso con el hiperbólico Tribunal Consistorial de Disciplina, la forma en que los seres humanos han organizado la religión y condenan, asustan o privan de libertad a sus congéneres a partir de la fe. No en vano los representantes del clero en la trilogía llegan al extremo de sacrificarse para lograr matar a otros, actuando de kamikazes, o secuestrar y asesinar a niños. La señora Coulter representa justamente al rol de personaje que se aleja de esta vida cuando le toca de forma directa, es decir, cuando la víctima podría ser su hija, aunque debemos decir que este personaje es el más inconsistente de toda la trilogía, como sucede en gran medida con Asriel. El comportamiento y la relación de ambos es bastante confuso desde el principio de la trilogía hasta el final, cuando quizás esperábamos que se pudiera aclarar.

En conclusión, El catalejo lacado nos proporciona una aventura con tintes oscuros y final agridulce, que explora temáticas bastante profundas y plantea cuestiones relevantes, pero tiene evidentes fallos de consistencia y profundiza tan solo en sus protagonistas dejando en gran medida de lado a los personajes secundarios, a pesar de su relevancia, lo que provoca ciertos vacíos e incoherencias.  Se nota también la forma en que ha madurado la historia y sus personajes desde Luces del norte (1995) hasta El catalejo lacado. Sin duda, La trilogía oscura arrastra ciertos defectos narrativos que se acentúan a la hora de finalizar la historia, pero logra que sus principales virtudes queden presentes en la lectura, planteando sobre todo una liberación y un mensaje vitalista evidente, aunque no por ello menos necesario.


La daga, de Philip Pullman

28 abril, 2018

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Luces del norte (1995) transmitía la sensación de ir acumulando aventuras para la pequeña Lyra sin importar demasiado el rumbo a seguir. Había ciertos pasajes que nos hacían vislumbrar algo mayor, pero como si acaso todo lo vivido por la protagonista no sirviera de forma directa a ese fin determinado al que se dirigían los libros. En cierta forma, La daga (1997) confirma estas sospechas, porque, de pronto, nos encontramos desligados de ese mundo que ha creado Pullman que no se aleja tanto del nuestro y chocamos con la realidad del multiverso, de un mundo bisagra y de una Tierra que bien podría ser la nuestra. 

Y aún con todos esos elementos, en esta más breve obra, se consigue dignificar todos los elementos que la componen sin avasallar, siendo una novela más centrada, más madura y más enfocada a un futuro inmediato. No obstante, sigue arrastrando el problema de las incógnitas que se amontonan: ¿qué nos quiere contar Pullman realmente y cuáles son sus dimensiones? ¿Por qué estas historias más o menos pequeñas pretenden estar conectadas con una guerra de dimensiones divinas?

La novela se inicia de forma trepidante con la presentación de un nuevo personaje, Will Parry. Este muchacho de doce años arrastra consigo la enfermedad de su madre, que vive aislada en su propia cabeza, la ausencia de un padre explorador y la persecución a la que es sometido por un grupo de personas misteriosas. En una de esas ocasiones, acaba con la vida de uno de estos hombres de forma accidental y, en su huida, encuentra una ventana hacia otro mundo, un lugar misterioso donde los niños se mantienen con vida mientras los adultos deben huir de los espantos, criaturas que les arrebatan la cordura... o el alma. Allí conocerá a Lyra, la portadora del aleitómetro. Ella confiará en él y llegarán al acuerdo de colaborar mutuamente, aunque sin sospechar que sus destinos ya están marcados y que son muchos quienes tratarán de impedir que logren sus metas.

Sin duda, uno de los puntos interesantes de esta novela es la incorporación de Will, que a pesar de ser un niño, otorga una trama más realista y seria que las aventuras fantásticas, pero algo infantiles de Lyra. En este nuevo personaje notamos una percepción del mundo más sombría, lo que conjuga bien como contrapunto con el idealismo tan puro y blanco de la protagonista de Luces del norte. En gran medida, la oscuridad de este segundo volumen supone una mejora con respecto a la primera historia, donde a veces escaseaba cierta madurez, perdida más por la sensación de encontrarnos ante un cuento. Aquí se han dejado atrás los largos viajes con gipcianos o los osos polares, se ha reducido en un tipo muy determinado de fantasía para potenciar elementos más enigmáticos, como la susodicha daga (objeto bastante interesante que hace buena dupla con el aleitómetro), las ventanas a otros mundos, los espantos, los ángeles o incluso la reaparición de las brujas, personajes de gran importancia que se deciden a buscar y proteger a Lyra.


Lamentablemente, de nuevo existe la sensación de que lo relevante está oculto o alejado de las aventuras que estamos leyendo. Lord Asriel vuelve a estar ausente en gran parte del relato, a pesar de que se suponía que Lyra lo perseguía. De nuevo, hay menciones a la profecía que influye a Lyra, sobre lo que casi al final de la novela se da un paso más, pero no es suficiente. La historia global avanza excesivamente despacio para la cantidad de pequeñas aventuras que sufren los personajes. Incluso en ocasiones son aventuras motivadas por acciones tontas de estos protagonistas: la forma en que se pierde el aleitómetro o no se hace uso de él pese a lo útil que resultaría, la misión que les encargan a cambio de poder recuperarlo o la permanencia de Lyra y Will en la ciudad de los niños a pesar de ser conscientes del peligro en que se encuentran. Ello sin contar lo incoherente que resulta la rapidez con la que la villana, la señora Coulter, consigue todo aquello que necesita o quiere para perseguirlos o viajar entre mundos, que contradice todo lo que sí tardan las brujas, por ejemplo, o Lee Scoresby. De este último debemos resaltar su trama, que a pesar de tener un inicio anodino, va ganando tanto en su desarrollo como en su devastador final, que se convierte en uno de los mejores y más álgidos momentos de la saga. Incluso en emotividad supera el desenlace de Roger en Luces del norte, más caótico y repentino.

En definitiva, La daga abrevia el camino tortuoso en que podría convertirse la saga si seguía encaminada el exceso de aventuras y viajes sin un fin determinado, otorgándonos además situaciones más dramáticas, un mejor entendimiento del multiverso y del telón de fondo de la historia, incluyendo un refinamiento de las críticas a la autoridad religiosa, en este caso, y varias escenas duras, pero más sentidas que las vistas en el final de Luces del norte. Sin embargo, sigue ofreciéndonos algunas aventuras originadas de forma pueril o algo tonta, algunos momentos de clímax que, en realidad, pueden resultar ridículos o cierta incoherencia en el desarrollo de los acontecimientos, especialmente entre los villanos. Se desaprovecha, por otra parte, el juego que podría haber dado el contraste entre mundos, dado que todos parecen adecuarse bastante rápido a la nueva situación. En cierta forma, La daga arrastra algunos problemas que, supongo, estarán presentes en toda la saga literaria, pero consigue sentirse más cautivadora, mejor escrita y más centrada. 




Luces del norte, de Philip Pullman

16 octubre, 2017

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Con cierta facilidad solemos asignar ciertos géneros a una determinada edad. La fantasía, por ejemplo, había quedado relegada en el imaginario colectivo al mundo de la infancia, como quizás la ciencia ficción formaba más parte de los adolescentes que de los adultos, aunque ambas ideas estén, en realidad, equivocadas. En cualquier ámbito encontraremos obras destinadas a un determinado público de forma muy evidente, pero hay otras que llevan a engaño y que contienen en su interior dos realidades: aquella que llegará al público más juvenil, es decir, la lectura más literal, y aquella otra que existe en el fondo, entre líneas, normalmente dirigida al adulto que también se acerque a estas obras y también a los jóvenes lectores que sean capaces de entender el mensaje escondido tras la metáfora.

Podría ser el caso de Las crónicas de Narnia (C.S. Lewis, 1950-1956), pero en esta ocasión nos adentraremos a una saga diferente, y de tendencia contraria según el propio autor, Philip Pullman (1946), ha señalado: La materia oscura, cuyo primer libro es Luces del norte (1995). En este libro nos embarcamos en la vida de la niña Lyra Belacqua, criada en el Jordan College de Oxford donde fue dejada por su tío, Lord Asriel, tras la supuesta muerte de sus padres. 

En una vida de travesuras y rebeldía dentro de una de las instituciones más elevadas del país, nuestra protagonista desconoce que su futuro va a estar ligado a acontecimientos de suma importancia para el devenir de su mundo, comenzando todo por la desaparición de niños en todo el país, incluido su amigo Roger, pinche en las cocinas del Jordan. Después de verse obligada a escapar de las manos de la persuasiva y estricta Marisa Coulter, líder de la Junta de Oblación, comenzará su aventura junto a sus amigos giptanos para encontrar a los niños raptados, a Lord Asriel y a su inevitable destino.

El mundo que recrea Luces del norte expone su fantasía sin los elementos más habituales de la épica o del género más duro, como pudieran ser los dragones, los elfos, los orcos y demás seres propios de la tendencia literaria que podría encabezar la obra de Tolkien (1892-1973). Es más, ni siquiera se sitúa en una época antigua y exótica, sino en un mundo similar al nuestro aunque con un estilo steampunk dentro de una Inglaterra casi victoriana y donde la Iglesia (también llamada Magisterio) sigue teniendo un gran poder y dominio sobre la sociedad. Por una parte, ahí tenemos la presencia de globos aerostáticos o de dirigibles, como el zepelin de la señora Coulter, el tipo de energía con el que se ilumina la ciudad así como los elementos a caballo entre la ciencia y la ficción, como el misterioso aletiómetro, instrumento para leer el futuro, la teoría de los multiversos o las peligrosas expediciones científicas al norte. Y, por otra parte, la existencia de distintas corporaciones estamentales dentro de la Iglesia que mediante sus investigaciones tratan de ocultar o encontrar la interpretación más adecuada a sus intereses. Un estilo entre la conspiración y la fantasía más folclórica, con seres como los osos acorazados o las brujas, que nos puede retrotraer a las aventuras de Julio Verne (1828-1905).


Ahora bien, sin duda uno de los elementos más peculiares e interesantes de esta saga es la existencia de los daimonion, seres que nacen junto a los seres humanos como fragmentos de su propia alma, que tan solo pueden separarse cierta distancia y que comparten sensaciones, incluido el dolor, con las personas a las que acompañan. Precisamente, existen ciertas reglas sociales sobre los mismos, como la prohibición, o tabú, de tocar el daimonion de otra persona. Estos seres toman forma animal definitiva al llegar a la adultez, mientras que pueden cambiar de forma durante la infancia y desaparecen cuando fallece su humano. Una de las tramas principales de esta historia versa sobre su existencia y su conexión con la sustancia conocida como el Polvo, mientras que no se podría entender la historia de Lyra sin su mejor y más importante compañero, Pantalaimon, que aún no ha adoptado su forma definitiva.

Sin duda, la protagonista está bien construida. Se trata de una niña rebelde y avispada, que no duda en arriesgarse por los demás y que logra superar sus defectos con gran astucia: si no es capaz de vencer por la fuerza, lo hará por el ingenio, si debe huir, no dudará en encontrar una mentira convincente e ingeniosa. Pero esta fortaleza también tiene grietas: su incertidumbre, sus dudas, sus miedos, su impaciencia y su inseguridad, cuestiones que la hacen aún más humana y cercana. Por contra, otros personajes secundarios quedan muy desdibujados o estereotipados, caso de Roger, su amigo desaparecido con el que no tardamos en desconectar o, incluso, olvidar, como llega a hacerlo la propia Lyra.

Imagen de la adaptación cinematográfica La brújula dorada (Chris Weitz, 2007)
Podríamos clasificar en dos grupos. El primero es el compuesto por los compañeros de viaje de Lyra, encabezado por los gipcianos, que se convierten en la auténtica familia de la niña frente a los que son sus auténticos padres. Esta etnia, símil a nuestros gitanos, es denostada por el resto de la sociedad, pero mantienen en su interior unas reglas sociales muy marcadas, con un líder, John Faa, capaz de establecer su dominio no desde la tiranía, sino desde la búsqueda concertada de la mejor decisión y aportando los argumentos necesarios para convencer a su pueblo. Precisamente, todo el tramo relacionado con la sociedad giptana es de lo mejor de la aventura, en tanto que logra crear por primera vez sensación de hogar y de sociedad justa, a diferencia de la situación más confusa del Jordan College, donde se nos explica que todos querían a la protagonista, pero apenas podemos sentirlo como real, aún cuando ella ha pasado allí la mayor parte de su vida. Este sentido de orfandad y de encuentro con el auténtico hogar tiene un eco dickensiano.

A pesar de detenerse en describirnos el Jordan College y a Oxford, incluyendo a sus habitantes o sus pequeñas aventuras y travesuras por la ciudad, lo cierto es que no merece la pena dado que la mayor parta de la historia no tendrá lugar en este terreno, sino que las localizaciones se irán acumulando, lo que provocará también que Pullman optara por no detenerse finalmente en describir en demasía, salvo los lugares más importantes. Por suerte, todas las menciones a la sociedad, como por ejemplo las primeras descripciones de los giptanos, sí tendrán importancia en todo el recorrido, dado que otorgarán a Lyra y al lector información suficiente sobre las criaturas y las personas que va a encontrar en el resto de la aventura.

Entre ellos encontraremos también a otros personajes de este primer grupo, como el oso acorazado Iorek Byrnison, violento pero leal, que nos adentrará en el mundo de sus criaturas y en su sistema de honor. Durante la historia tendremos un tramo relacionado con su reino, pervertido por la influencia del Magisterio. Merece también mención la bruja Serafina Pekkala, representante de su especie y de su sino, que nos mostrará las desventajas de la inmortalidad y, por ende, la recomendación de aprovechar nuestro tiempo, y el aeronauta Lee Scoresby, intrépido aunque interesado aliado de los gipcianos. Todo este grupo está compuesto por personajes más bien planos, con una utilidad narrativa pero sin auténtica profundidad.

El segundo grupo lo componen diversos personajes misteriosos, como el propio Magisterio, desconocido en gran medida. Esencialmente, Lord Asriel, que se convertirá en un personaje gris por completo, porque a pesar de la admiración de Lyra por él, sus intenciones resultan una incógnita y, hacia el final, comprendemos que también se trata de una persona egoísta, en un estilo similar al de Marisa Coulter. Ella será la villana en origen, aunque de nuevo gris hacia el final. Se trata de una mujer elegante e inteligente, con una gran capacidad de persuasión, pero tremendamente egoísta: será capaz de usar a niños a su antojo sin ninguna piedad, pero incapaz de que le hagan lo mismo a su hija. Su sed de poder, cuyo origen nos es desconocido, la lleva a liderar una de las facciones del Magisterio: la Junta de Oblación.


Ambos mantienen una conexión muy importante con el trasfondo de la trama y con el pasado de la protagonista. No obstante, igual que ellos, el libro ofrece la sensación, una sensación real, de que existe un trasfondo que nos resulta desconocido y misterioso, pero que precisamente lo importante de la obra es ese mismo trasfondo sobre el que nunca llega el momento de ofrecernos una respuesta convincente. Es más, con el final de la obra sentimos que ese descubrimiento se posterga hacia la siguiente entrega. En este sentido, la mayor parte de la crítica señala que la obra mejora en su conjunto, como trilogía, pero sus secuelas directas y necesarias, La daga (1997) El catalejo dorado (2000), no deben impedirnos criticar varios aspectos de esta primera novela, como el propio hecho de que se pueda sentir que esta primera aventura no ha resuelto en su final algunas de las dudas iniciales, sino que arroja más al lector. Por ejemplo, desconocemos si la explicación que Coulter da a Lyra sobre el rapto de los niños es auténtica o se trata simplemente de una mentira más, por lo que ni siquiera el gran acontecimiento sobre el que versa Luces del norte, como es el secuestro y posterior rescate, logra que su motivo sea aclarado.

De la misma forma que deberíamos criticar su estructura, pues a pesar de ser cronológica y de tener un claro desarrollo de presentación, nudo y desenlace, lo cierto es que podrían haberse agrupado hechos con tal de no sentir que la obra se alargaba con una suma de acontecimientos en su tramo final. Por ejemplo, para el rescate de los niños encontramos prácticamente un tercio de la aventura, mientras que para encontrar a Lord Asriel se inicia una nueva trama relacionada con los osos acorazados justo después, aún cuando quizás para lograr un clímax más adecuado se podrían haber unido estos hechos en un mismo escenario, otorgando una mejor épica a la novela. Igual que desconocemos cuánto dura la adopción de Lyra por parte de Marisa Coulter, pero nos ofrece la sensación de ser tanto tiempo como para que el destino del resto de niños, como su amigo Roger, hubiera sido ya sentenciado. Es más, la protagonista parece olvidarse del asunto hasta cierto momento.

Philip Pullman
Así pues, Luces del norte logra ser entretenida, aunque todo el primer tramo sea bastante lento y el tramo final postergue la llegada de un clímax satisfactorio que, en realidad, crea aún más dudas. Además, peca de ser predecible para lectores más acostumbrados: en cuanto sabes algo del pasado de Iorek, supones qué pasará inevitablemente, en cuanto conectas ciertos detalles de la identidad de la señora Coulter descubres su relación con el rapto de niños... Funcionará con su público objetivo, niños y quizás adolescentes, pero adolece para lectores más maduros, que disfrutarán más del contenido situado entre líneas. Es más, cómo se desvela el origen de Lyra resulta atropellado y repentino, además de sentirse como una historia excesivamente melodramática, casi telenovelesca.

En definitiva, estamos ante una aventura infantil, con un viaje típico de estas historias, pero donde subyacen hechos escabrosos y temas adultos, empezando por el secuestro de niños para experimentar con ellos, el tema del destino con la sombra de una profecía y finalizando con las luchas de poder dentro del Magisterio, que marcan en la sombra el auténtico conflicto social, invadido de conspiraciones y posiciones que pretenden cambiar el mundo y dominarlo desde sus perspectivas. Una auténtica crítica hacia el dominio del poder que se contrapone, por ejemplo, a la forma en que John Faa ejerce su liderazgo. Sin embargo, nos deja con la sensación de haber perseguido una quimera, de que todo lo leído es un cúmulo de acontecimientos intrépidos que no nos han conducido a ninguna respuesta. Muchos han disfrutado de Luces del norte, pero quizás sus secuelas logren mejorar mi valoración sobre esta primera entrega.

Escrito por Luis J. del Castillo


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