Adaptaciones (XLV): Harry Potter y la Orden del Fénix, de David Yates

15 junio, 2015

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La oscuridad llega a la saga cinematográfica de Harry Potter con su quinta entrega, la primera en la que dejamos atrás tras la bisagra que supuso la cuarta entrega, Harry Potter y el cáliz de fuego (2005), comenzando el proceso final hacia la última batalla y se contrapone a la calidez de las dos primeras películas de Columbus para adentrarse en un proceso que se asemeja a los tonos más oscuros alcanzados por Cuarón y por Newell, especialmente lo alcanzado en el cementerio al final de la anterior entrega. El encargado de esta obra fue David Yates, que se encargaría del resto de la saga hasta su conclusión.


El director británico había realizado capítulos de series y algunas miniseries y telefilmes hasta su llegada a la saga del mago, aunque predominaba entre lo que había realizado el tratamiento a temas como la corrupción o las intrigas institucionales. Estas cuestiones se relacionaban con la trama de esta entrega, aunque al final el director continuaría hasta el final, siendo el director con más películas de la saga realizadas, incluyendo el futuro spin off a estrenarse en 2016: Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

David Yates dirigiendo Harry Potter y la Orden del Fénix
El argumento de Harry Potter y la Orden del Fénix (2007) nos sitúa ante una doble opresión: el escarnio público al que es sometido el protagonista y la amenaza que pende sobre los personajes debido al retorno de Lord Voldemort (Ralph Fiennes). En este estado, nos encontramos a Harry Potter (Daniel Radcliffe) situado justo en el lado contrario al que nos ha tenido habituados: solo y con muchas dudas. Si ya en el pasado fue tentado con la oscuridad, en este caso se ve envuelto en ella por el odio de quienes temen el retorno de Voldemort, como es el caso del Ministerio, que lleva a cabo toda una campaña de manipulación mediática y control estatal sobre Hogwarts, como de quienes están a favor del Mago Oscuro. Pero también se verá marginado por quienes lo apoyan: si la esperanza reside en la Orden del Fénix, antigua compañía que ya luchó contra su enemigo y a la que pertenecieron sus padres y muchas de las personas a las que quiere, este se verá rechazado y desterrado al ostracismo, algo especialmente crucial por parte de Dumbledore (Michael Gambon), que había sido su mentor y guía hasta el momento.

Las primeras secuencias nos remiten precisamente a la opresión que sufre Harry en ambos sentidos: lo vemos acosado por los muggles y atacado por dementores. El mundo mágico había sido su refugio, sin embargo, ahora se verá maltratado por la justicia ejercida por el Ministerio y, posteriormente, despreciado por sus compañeros de Hogwarts ante las acusaciones de los medios de comunicación. Aunque cuente con el apoyo de Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), lo cierto es que Potter estará más señalado que nunca, en un proceso ascendente desde lo que se pudo observar en la anterior entrega, cuando todos lo culpaban de haber realizado trampas con el cáliz de fuego. El enfado y la desconfianza en el resto serán las reacciones que tenga nuestro protagonista, ahí veremos cómo grita a sus amigos cuando se entera de que han colaborado con la Orden del Fénix sin informarle ni mantener contacto con él en todo el verano.


Esta situación crea una tensión en Harry que se traduce tanto en el alejamiento de sus compañeros, con una soledad impuesta por su contexto y por sí mismo, como en una rebeldía de la que hará gala contra determinados profesores, incluyendo a Dumbledore. Entre las personas que, por el contrario, se acercan a él, se encuentra Luna Lovegood (Evanna Lynch), que por su particular forma de ser resulta poco consuelo para nuestro protagonista, pero un interesante apoyo. En cierto sentido, todo lo que le sucede a Potter también le hace dudar de su papel ante las circunstancias a las que se enfrenta y, como descubrirá más adelante, sobre si está preparado o no para enfrentarse a Voldemort si, después de todo, están íntimamente relacionados. Este es uno de los aspectos más suavizados con respecto a la novela, que dejaba al protagonista aún más aislado y con brotes de ira más usuales, especialmente por el esfuerzo mental que le suponían las clases de oclumancia de Snape (Alan Rickman), que, por otra parte, están reducidas en la adaptación cinematográfica. Precisamente, todo el estado mental en que se sitúa nuestra protagonista lo pone en alerta con su entorno y será lo que desencadene los últimos sucesos de la película.

Por el contrario, su autoestima se recupera cuando crea el Ejército de Dumbledore como forma de contrarrestar el control gubernamental ejercido por el Ministerio en Hogwarts y, a la vez, ayudar a sus compañeros a adquirir habilidades mágicas defensivas. El personaje que representa el dominio del Ministerio y que se convierte en un enemigo más para Harry es Dolores Umbridge (Imelda Staunton), una mujer que representa los valores contrarios en los que han sido educados los alumnos durante los anteriores años, a excepción de los Slytherin, que se convertirán en sus lacayos. Como observaremos, detrás del tonos rosa chillón y de un cuerpo rechoncho y bajito, se halla un personaje altivo, puritano, vanidoso y arrogante, con actitud despectiva hacia las criaturas mágicas, en una especie de racismo que incluye a los magos nacidos de muggles y con un odio particular por Harry y todo lo que representa, especialmente al considerarlo un enemigo del Ministerio y de su adorado ministro.


Sus métodos habituales serán la represalia, la continua creación de leyes rígidas y excesivamente severas, y el regreso al castigo físico. No en vano toma posesión del título de Suma Inquisidora y se encarga de evaluar a los profesores por encima de la autoridad del director, al que cada vez va restando más poder. Para el espectador fiel a la saga, la imagen de Hogwarts como hogar cálido y abierto se ve alterada en una especie de internado de métodos educativos anticuados y medidas dictatoriales. La escena de la huida de los hermanos Weasley, con unos efectos especiales decentes, sirve para mostrar la necesaria lucha contra estos sistemas injustos, dejándonos, además, uno de los momentos más agradables de la película.

Esta es la trama que mejor se desarrolla durante la película; no en vano, Yates estaba acostumbrado a tratar con obras de contenido político y, aunque en ocasiones le otorga un carácter cómico, especialmente a través del personaje Filch (David Bradley), logra transmitir la opresión que ejerce Umbridge con algunas escenas clave que desarrolla de forma muy efectiva a partir de los acontecimientos del libro: el castigo con una pluma que escribe con la sangre de quien la usa, el despido de una profesora, su desprecio ante Dumbledore, a quien interrumpe y amenaza en cuanto tiene ocasión, o los interrogatorios al alumnado, incluyendo el uso de pociones de la verdad (en un adecuado cambio con respecto al libro para impedir la introducción de nuevos personajes y otorgar mayor dramatismo a un personaje denostado en contenido a lo largo de la saga cinematográfica).


Por todas estas cuestiones, estamos ante una obra más dramática, que aún contiene momentos dedicados al humor y con la amistad como principal motor, pero que centra su atención en las tensiones en las que vive Harry. Una buena muestra es la sesión de oclumancia con Snape en la cual revisamos distintos momentos del pasado a través de secuencias de las demás entregas, que se contraponen perfectamente a su situación actual: el recuerdo de sus padres muertos ante el espejo de Oesed o los momentos de celebración junto a Ron y Hermione se contraponen al sufrimiento que le ocasionan las visiones oníricas de Voldemort y su serpiente. Se recrea así un clima inquietante desde el inicio de la película hasta la batalla que se muestra al final.

Además, la película va de menos a más, incluso en la muestra de defectos cinematográficos. La secuencia inicial donde discuten Harry y su primo poca relación tiene al nivel de coreografía alcanzado en las batallas entre magos, mejor preparada y filmada que el uso de primeros planos y fotografía plana de ese principio. La preparación del tramo final muestra un interesante despliegue de efectos y una acción mágica que da buena muestra de lo que se esperaría en un enfrentamiento entre magos y la utilidad de todo lo que los personajes habían estado aprendiendo hasta el momento. Toda esta secuencia se complementa con dos escenas de auténtica impacto: la primera, dramática, en la que se prefiere el silencio y cierto efecto de cámara lenta, que representa perfectamente el quiebre del protagonista, y la segunda, un auténtico duelo entre dos poderosos magos, que finaliza con la representación más pura del terror de Harry a llegar a ser como Voldemort.


Como adaptación, aunque logra introducirnos en un ambiente más hostil y con el que conviviremos hasta el final de la saga, como lo hace notar el emblema de la Warner cada vez más oscurecido, lo cierto es que pesa bastante la reducción del libro más largo a la adaptación más breve (debemos tener en cuenta que a pesar de ser la segunda película más breve de la saga, la primera es, precisamente, una de las dos partes en que se dividió el último libro al ser adaptado). Debemos mencionar en este apartado el cambio de guionista, ocupándose en este caso Michael Goldenberg en sustitución de Steve Kloves, que volvería a la saga para el resto de películas. Aparte de lo que se alteró con respecto al libro, debemos mencionar el hecho de que se llegaron a omitir cerca de cuarenta minutos de grabación durante el montaje; algunas de estas escenas se recuperaron en la versión extendida del DVD.

Centrándonos en las modificaciones como adaptación, debemos apreciar que se pierde tanto dramatismo como acción. Que a estas alturas se elimine la trama de los elfos domésticos, no nos debe extrañar, de la misma forma que la presión gubernamental no requiere finalmente de la presencia de la periodista Rita Skeeter, perfectamente suplida por Dolores Umbridge. Sin embargo, se echa en falta la visita al Hospital San Mungo durante la Navidad, especialmente para ahondar en la historia de la familia de Neville Longbottom (Matthew David Lewis), por la que se pasa por encima, gracias entre otras cosas a la introducción de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter), pero que, además, añadiría más peso a la tensión interna de Potter, pues apenas queda apuntada la idea de que el hecho de que Harry sea el niño que sobrevivió fue, finalmente, decisión de Voldemort, al escoger entre él y Neville.


Es más, la búsqueda de la Profecía, que es parte esencial de la trama de esta película, se completa en el drama con esta omisión y en la acción con la secuencia, mucho más larga y con variados efectos en el libro, del combate contra los mortífagos en el Ministerio. En cuanto a lo que se elimina, también desaparece el quiddictch, aunque al principio tenemos una bonita escena de viaje en escoba por Londres, y todo lo relativo a las nuevas responsabilidades escolares de Ron y Hermione, que en la película no son nombrados prefectos. También lo relativo a los exámenes TIMO queda muy reducido, como en general todo lo relacionado con lo académico desde las explicaciones generales de la primera película.

Para solventar en cierta medida la ausencia de ciertos elementos que aumentaran la tensión, se optó por dar mayor preponderancia a Sirius Black (Gary Oldman), potenciando además la confusión de Harry con James, su padre, de forma que exista un distanciamiento entre lo que necesita su ahijado según la Orden del Fénix y lo que Black ve en él: su fiel compañero y amigo que fue asesinado por Voldemort. El momento clave será durante una secuencia de acción en la que, de forma directa, llame James a Harry, algo que no sucedía en los libros y que le otorga un carácter distinto al personaje, pero bastante apropiado para lo desarrollado en la película.


Entre otros elementos, podemos mencionar el ámbito musical. Nicholas Hooper sustituye a John Williams en la composición, aunque sigue sus pasos e imita el estilo creado por Williams para la saga, principalmente en la tonalidad general y en los recursos que empleó en anteriores entrega, recuperándolos dentro de la nueva composición. Esto otorga un sentido unitario en el campo musical a la saga. No obstante, Hooper no tiende a lo melódico; precisamente las melodías que usa son heredadas de Williams, siendo esencial el tema principal que representa a la franquicia. Y su estilo es más sencillo que el empleado por otros compositores, con algunos temas de corte minimalista, cierta tendencia a ritmos veloces y la incorporación de elementos electrónicos.

En conclusión, el resultado de esta película es una obra que abandona las aventuras autoconclusivas de las otras entregas para introducirnos en un proceso bélico que comienza con una guerra fría. Esto provoca tanto un giro en la forma de tratar a los personajes como en el tono de narrar la historia. Yates no se queda atrás de sus compañeros, pese a no ser tan reconocido, y solventa con eficacia la adaptación, con una dirección correcta y una buena composición dramática en suficiente equilibrio con un humor demasiado evidente y una acción fresca, diferente a lo desarrollado hasta el momento, pero que no alcanza cotas artísticas relevantes.



Música Inolvidable (XXVII): María Dolores Pradera

11 junio, 2015

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Decía Manuel de Falla (1876-1946) que la finalidad principal de sus composiciones era la de favorecer el recuerdo de lugares, sucesos y sentimientos. Un propósito que bien podría aplicarse a las interpretaciones de Mª. Dolores Pradera (1924), siempre envueltas por su elegante presencia y segura personalidad.


Y aunque ese carácter evocador, intrínseco a la música, nos resulta muchas veces una experiencia dolorosa, precisamente por su capacidad para fijar en el tiempo personas, emociones, acontecimientos y lugares, lo cierto es que esas sensaciones forman parte indisoluble de la banda sonora de cada persona.


Tras haber actuado en diversas películas y obras de teatro, Mª. Dolores Pradera decidió dedicarse por entero a la canción a comienzos de la década de los setenta. Atrás quedaba la participación en inolvidables piezas teatrales y cinematográficas, y su matrimonio con Fernando Fernán Gómez (1921-2007).

A partir de ahí, la cantante logró hacer suyas un buen número de temas musicales, pese a que algunos de ellos ya eran sobradamente conocidos, gracias a la elaboración de un repertorio muy característico, que unía la canción española con la hispanoamericana en una perfecta armonía, evidenciada en el recorrido por muchos lugares de ambas geografías.


En bastantes de sus interpretaciones, en estudio o en directo, su voz elegante se ha visto acompañada por la del grupo vocal e instrumental canario Los Sabandeños, o por las guitarras de Los Gemelos, dúo formado por Julián (1933) y Santiago López Hernández (1933-1993). En su haber, canciones del mejicano José Alfredo Jiménez (1926-1973), la peruana Chabuca Granda (1920-1983), el cubano Miguel Matamoros (1894-1971), el uruguayo Alfredo Zitarrosa (1936-1989), el argentino Atahualpa Yupanqui (1908-1992), la chilena Violeta Parra (1917-1967) o el español Carlos Cano (1946-2000), y un gran número de temas tradicionales, junto a inolvidables letras de Federico García Lorca (1898-1936), el maestro Juan Solano (1921-1992), el tándem Rafael de León (1908-1982) y Manuel Quiroga (1899-1988), Miguel Hernández (1910-1942) o Pedro Salinas (1891-1951).

Con los Gemelos
Rosas de papel y rosas verdaderas, amores no extinguidos que han rehecho sus vidas pero que nos están haciendo falta, flores con olor a canela, bien amarraditas allá en la loma, reflejos de un rostro en las aguas de un río, a la luz de la luna, el precio de la libertad de haber amado, años que se van, cartas de amores que han de volver…

La madurez nos alcanza tras los errores cometidos, que son comunes a todos, y que volverán a serlo y a sufrirse como se sufren estas cosas, en soledad interior, porque en las letras de la vida da pudor mostrar a los demás el crudo padecimiento.


Vistas así las cosas, mejor creer en la sonrisa de un niño, en el rumor de un río, en el sol que alumbra los días de nuestro calendario, tal y como proclama el Himno de Reynaldo Armas (1953). Es la existencia como sueño que evoca la memoria, como canciones que abordan mundos a los que quisiéramos entrar antes de que suene la hora.

Todos los conocemos bien. Son los más perfectos vehículos del amor y el desamor, desarrollados en baladas, boleros, habaneras, coplas, rancheras y fados… desgarros y delicadezas siempre bajo la atenta distinción del fraseo y la dicción de María Dolores Pradera.


Como muestra, tres botones dorados: los videos musicales correspondientes a los temas Cuando ya no me quieras, compuesto por otra pareja artística de gemelos, los hermanos Miguel Ángel (1912-1979) y José Ángel Castilla (1912-1994), en versión recogida en el trabajo Reverdecer (1986); la bellísima El mundo que yo no viva, compuesta y co-interpretada por Amancio Prada (1949), con letra de Agustín García Calvo (1926-2012), y perteneciente al álbum A mis amigos (1988), y finalmente, la celebérrima Flor de la canela de Chabuca Granda, interpretada junto a Los Sabandeños, en versión para el doble álbum María Dolores (1989).


Escrito por Javier C. Aguilera


American Gods, de Neil Gaiman

09 junio, 2015

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Decía Paul Éluard que "Hay otros mundos, pero están en este", algo que literalmente nos encontramos en American Gods (Neil Gaiman, 2001). La novela nos transporta por todo Estados Unidos de la mano de Sombra, ex convicto, que se ve envuelto en una guerra de dimensiones desconocidas y en historias que remiten al espíritu histórico norteamericano.

La mezcla de temas y géneros que encontramos en esta novela remite de forma clara a la trayectoria de Neil Gaiman, un autor que ha sabido combinar en sus obras el terror, la fantasía y la realidad como caras de un mismo mundo. Además, no le ha importado que fuera de manera narrativa, como Coraline (2002), El Libro del cementario (2008) o El océano al final del camino (2013), como en las cómics o novelas gráficas, cuyo máximo ejemplo es The Sandman (1989-1996).

La historia comienza con el final de una etapa cuyas características remiten a un drama carcelario y que se basa prácticamente en recuerdos y breves comentarios sobre un estilo de vida que está a punto de terminar. En este sentido, y aunque nos encontramos con un personaje ya adulto, Sombra, estamos siendo testigos de un nacimiento: el de una nueva vida fuera de la cárcel, una vida que es soñada ya por el personaje, pero que, finalmente, no se corresponderá con lo que él esperaba, debido a un giro drástico de los acontecimientos.


Se oyó reír, por encima del sonido de la música. Era feliz. Era como si las últimas treinta y seis horas no hubieran existido nunca, como si no hubieran existido aquellos tres años, como si su vida entera se hubiese disuelto en el sueño de un niño montado en un tiovivo del parque Golden Gate de San Francisco [...] con la esperanza de que la música sonara para siempre, de que el tiovivo no frenara jamás, de que el viaje no terminara nunca. Sombra giraba, y giraba, y giraba... Entonces las luces se apagaron, y Sombra vio a los dioses. (pg. 133)

Ante la incertidumbre de su nueva situación, aparecerá un misterioso hombre que, bajo el nombre de Wednesday, le propondrá un trato para trabajar juntos, estando Sombra a sus servicios. Este será el inicio de la trama principal, que entremezcla la historia de timos, de forma similar a los gánsteres, en semejanza a películas como El golpe (George Roy Hill, 1973), con una road-novela a través de los Estados Unidos de América. El objetivo de Wednesday es aliar a toda una serie de dioses antiguos que habitan el país contra los nuevos dioses (la tecnología, la comunicación, etc.) que están ocupando y restándoles el espacio que les correspondía.

Gaiman despliega así una historia que remite a la idiosincrasia estadounidense, es decir, un país nacido a partir de la inmigración. La identidad cultural de Estados Unidos surge a partir del conglomerado de creencias que llegaron al país durante milenios: desde dioses que cayeron en el olvido hasta mitologías que, aunque rescatadas por el estudio y la curiosidad, resultan ajenas a cualquier tipo de creencia actual. El juego narrativo que crea a través de la mitología le permite crear personajes variopintos que ocupan el papel de un dios que ha perdido a sus creyentes, es decir, su fuente de vida y poder, y se ve abocado a sobrevivir de cualquier forma. A ello remite también con los relatos que se incorporan como capítulos intermedios a la historia de Sombra, con la muestra de cómo se desvanecen y pierden las creencias o cómo estas perduran a través de la superstición, así como la forma en que algunos de estos dioses recuperan su poder, con alguna escena que, por su desarrollo, se podría incorporar a cualquier historia de terror.

Neil Gaiman
Por otra parte, los géneros que se mezclan en la novela y que le han permitido obtener con ella los premios Hugo, Nébula, Locus y Bram Stoker en 2002, están íntimamente relacionados con la producción habitual anglófila y, especialmente, estadounidense. No hay más que remitir al terror y la intriga de autores como Poe o Lovecraft, así como a la cantidad de thrillers e historias de gánsteres que se han producido en Estados Unidos, pero remitiendo siempre a una mitología y a un tipo de lógica que bebe de autores británicos, como C.S. Lewis o Tolkien. Precisamente la segunda mitad de la novela se detiene en una narración centrada en una localidad, Likeside, donde anualmente ha desaparecido algún joven de forma misteriosa. Se trata de una trama menor en comparación a los medios desplegados para la batalla entre dioses antiguos y nuevos, con la que, en cierta forma, está imbricada. No obstante, Gaiman pone cierto énfasis en ella y logra, con apenas unos trazos, situarnos fácilmente en el tipo de sociedad que se desarrolla en estos espacios y recrear otra historia que resulta también atractiva para el lector por el halo de misterio que rodea a la aparente normalidad del sitio.

Aunque el título de la novela remite claramente a la cuestión mitológica que se desarrolla en la misma, lo cierto es que también se puede entender como la descripción de esta sociedad desde los ojos de un extraño, como era Gaiman, británico, cuando quiso escribir esta novela. A fin de cuentas, las creencias de las personas están muy relacionadas con el tipo de sociedad que crean a su alrededor. Así, los dioses han perdido también sus características originales y han adoptado las de esa sociedad, manteniendo algunos rasgos que los distinguen, pero irremediablemente difuminados con el entorno en el que se sitúan. Esto permite, además, que la acción se sitúe generalmente en los bajos fondos, en los barrios deprimidos, en oficios poco apetecibles (como la funeraria) o en reservas o lugares generalmente apartados del bullicio y el juego de luces al que nos tienen acostumbrados desde las producciones estadounidenses más grandilocuentes. Todo ello con un espacio reservado también para las atracciones monumentales creadas como parte de la breve historia que tienen: al ser originarios de la inmigración, se hace necesario crear lugares de culto para la cultura estadounidense, atracciones como la Casa en la Roca con el carrusel más grande del mundo o Rock City. Remisiones que nos hacen disfrutar de un país del que desconocemos más de lo que realmente creemos conocer.

Fotografía de Richard Weisser
Es como uno de esos sueños que te cambian la vida. Parte del sueño te la guardas para siempre, y hay cosas que se quedan muy dentro de ti, porque te sucedieron, pero, cuando empiezas a pensar en los detalles, como que se te escapan. (Sombra, pg. 506)

Regresando a la historia particular de Sombra, tenemos ante nosotros a un personaje adulto que también sufre un proceso semejante al de las novelas de formación: descubrirse a sí mismo. No obstante, es un personaje al que le falta viveza, reaccionar ante lo que le sucede. Durante el libro, toma muy pocas decisiones, más bien se ve conducido o bien por impulsos o bien por lo que otros dictan o hacen por él, especialmente su esposa Laura, que se convierte en el brazo ejecutor de gran parte de las acciones que se le atribuyen a su marido, pero cuyo protagonismo, a ojos del resto de personajes, es inexistente. Incluso cuando lo acusan de haber asesinado, lo cierto es que se mantiene inocente, ni siquiera en las partes finales de la guerra de dioses o en el momento de resolver el caso de los niños desaparecidos.

Por el contrario, la única muerte que podemos señalar que asume es la propia, en tanto que se sacrifica por toda una serie de circunstancias generadas por el azar (o el destino, según se prefiera) y los intereses de otros. Eso le sirve, a su vez, para descubrirse a sí mismo y alcanzar una metamorfosis que altera ligeramente la actitud del personaje hacia el último tramo de la novela, aunque sin implicarse demasiado en lo que sucede en la historia, como es la tónica habitual de la obra. No se trata, por tanto, de un héroe típico, aunque su participación sea crucial para los acontecimientos de la novela, la cual, además, tampoco es realmente una lucha entre buenos y malos, como podría aparentar.

Odín (Imagen de Funcom)
El protagonismo general se lo llevan las mitologías antiguas y de diferentes culturas que participan personificados en el argumento, principalmente dioses (Chernabog, Anansi, Thoth, Anubis, Loki, etc.), acompañados también de figuras legendarias e, incluso, héroes del folklore estadounidense, como Johnny Appleseed. No nos debe extrañar que también se le confiera un carácter mitológico a la identidad de Sombra (no en vano, los conocimientos de Gaiman sobre mitología le permiten recrear la historia de alguno de estos personajes en la forma en que más le convenga para su novela), aún cuando este asume su papel como un humano normal que recibe toda clase de señales y símbolos pertenecientes a un mundo distinto, pero que, inevitablemente, también forma parte de su mundo. Todo un crisol de mitologías que desfallecen en una tierra que conduce más a la incredulidad que a la creencia.

Hay historias que son verídicas, en las que el relato de cada individuo es único y trágico, y lo peor de la tragedia es que ya la conocemos, y no podemos permitirnos el lujo de sentirla en profundidad. Fabricamos una concha en torno a ella [...] Y de este modo andamos por la vida, un día sí y otro también, inmunes al dolor y a la pérdida ajenos. (pg. 302)

Como otro detalle más, podemos mencionar el papel que juega lo sexual en la novela, algo que no debe causar extrañeza si revisamos los mitos antiguos, invadidos de toda clase de relaciones. Y que también juega un papel especial en el ambiente en que se desarrolla la novela. Así encontramos a Wednesday cortejando y seduciendo a varias jóvenes o a Sombra siendo seducido por una diosa. También la importancia de los sueños o las imágenes oníricas, un elemento con el que Gaiman se desenvuelve perfectamente, y que proporcionan algunos de los mejores pasajes de la obra.

Para concluir, podemos mencionar que hemos leído la edición de Roca Editorial en su versión de bolsillo, incluyendo además la versión correspondiente al décimo aniversario de la obra (celebrado en 2011), cuando Gaiman modificó y añadió algunos fragmentos para ofrecer la considerada versión definitiva de la novela, incluyendo algunos anexos como una explicación de Gaiman sobre el proceso de escritura de esta obra  y una entrevista en torno a los temas tratados en la misma. El libro está dividido en dos partes con epílogo, y cada capítulo dedicado a Sombra incluye algún extracto de poema, canción u otra clase de texto generalmente relacionado con las ideas que sustentan a la obra general. Por último, para quienes estén interesados, la historia de Sombra se continúa parcialmente en el relato El monarca de la cañada, recopilado dentro del libro de relatos Objetos frágiles (Neil Gaiman, 2006). A su vez, existe una novela spin off, titulada Los hijos de Anansi (2005). Por otra parte, se está realizando una adaptación para televisión de American Gods aunque sin fecha de estreno todavía.


Tenemos ante nosotros una completa novela que consigue remitir a toda una serie de géneros y temáticas que se relacionan con la identidad del espacio físico donde se desarrolla la novela: Estados Unidos. Pero también una obra que nos habla de lo humano a través de lo divino: de cómo las creencias de los seres humanos configuran el mundo que les rodea.



Adaptaciones (XLIV): El Cid, de Anthony Mann

03 junio, 2015

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La ilustración de una de las más relevantes y curiosas páginas de la historia de España se debió al empeño personal de un extranjero afincado en nuestro país. Nos referimos, claro está, al empresario de origen ruso Samuel Bronston (1908-1994). Por su parte, la figura de Rodrigo Díaz de Vivar (1048-1099), héroe castellano de la Reconquista, siempre anduvo envuelta en los ropajes del misterio, el que proporcionan la épica y su transmisión cultural, razón por la que, en determinados periodos, se ha convertido en un personaje difuminado, o incluso desenfocado, adjetivos que bien podrían trasladarse a la adaptación cinematográfica de su vida, de notable popularidad aunque, con el paso de los años, objeto de ciertos lugares comunes relacionados con su historicidad; de esos que se contagian como la pólvora, cuando realmente, el rigor histórico ha derivado en muchas ocasiones en rigor mortis.

No es este el caso, ya que la película posee en sí misma una sólida entidad cinematográfica, aunque como ejemplo podamos citar la muerte de El Cid (Charlton Heston), atribuida en la ficción a una herida de flecha en lugar de a unas fiebres.

Del valor literario del Cantar de Mío Cid (c. 1200) ya se ocupó nuestro compañero y amigo Luis en este blog, y a su bien documentado artículo les remito. Si querría resaltar el hecho de que la figura de Rodrigo Díaz de Vivar resulta mucho más cercana y verosímil que la de Roldán (siglo XI), y también más humana que la mayoría de personajes descritos en el ciclo de venganzas que es la epopeya de Los Nibelungos (siglo XIII).

El Cid (Bronston-Rank Organisation, 1961) fue finalmente escrita por Fredric Frank (1911-1977), Ben Barzman (1911-1989) y Philip Yordan (1914-2003), con fotografía de Robert Krasker (1913-1981), edición de Robert Lawrence (1913-2004) y, como solía ser habitual, partitura de Miklós Rózsa (1907-1995), cuya música arropa las imágenes con una profunda emoción y un exuberante romanticismo. A todo ello contribuye la elocuencia del plano general empleado por Anthony Mann (1906-1967).

Sin más pretensiones que las cinematográficas, ajena a afanes críticos coyunturales, atendiendo a una narración pulcra que no confunde nunca el ritmo con la prisa, como viene siendo tan habitual, productor y realizador proporcionaron una excelente obra artística de contenida emoción y sugestiva plasticidad.


En su excelente comienzo, asistimos al llamamiento del emir Ben-Yussuf (Herbert Lom) desde tierras del norte de África, dispuesto a dar el salto a la península tras aleccionar a sus generales: habla de convertir a los poetas en guerreros con el fin de someter a los infieles. En efecto, el siguiente plano muestra la devastación de esa invocación violenta, momento en que también hace acto de presencia Rodrigo Díaz, que por medio de su determinación ya demuestra que puede forjarse el destino en base a la decisión personal, cimentada esta en la necesidad de libertad.

Lo ejemplifica el valor del juramento (de la palabra) del que Rodrigo hace gala durante la liberación de unos prisioneros, entre ellos, el emir de Zaragoza (Frank Thring), que devolverá favor con favor hasta el final. La visión más modernista del personaje se focaliza en esa confianza hacia una convivencia basada en la comprensión mutua (en cualquier caso, conviene subrayar lo de mutua). Un talante no exento del valor de un líder frente a las hordas extremistas.

De este modo, el objetivo de Rodrigo será invariable, al contrario de lo que sucede con aquellos que ostentan (o pretenden) el poder, en un marco al que damos el nombre de Baja Edad Media (la menos antigua, correspondiente al siglo XI), periodo de continua reescritura de fronteras, monasterios y preservación cultural, agricultura y movimientos demográficos, toda una serie de factores sobre los que se acabó de cimentar Europa (con sus nuevas manifestaciones artísticas, el románico y el gótico), pero que también se acompañó de un panorama de promesas, traiciones y pactos con quienes antes eran enemigos irreconciliables, con el fin de tramar alianzas más beneficiosas.


Actitudes en pugna con la lealtad e integridad de unos personajes que casi siempre han estado solos. En su caso, Rodrigo se halla en permanente conflicto con unos “superiores” que no saben estar siempre a la altura de las circunstancias. Un escenario de buenos vasallos pero malos señores que nos acerca a otros periodos inciertos de la historia más reciente.

En efecto, la muerte de Fernando, rey de Castilla, León y Asturias (Ralph Truman), enfrenta a los infantes don Sancho (Gary Raymond) y don Alfonso (John Fraser), pese a que el reino ha sido justamente dividido. A lo largo de una reyerta junto a la capilla ardiente, Sancho recrimina a su hermano Alfonso que siempre se encuentre intrigando (y algo más) junto a su hermana, la infanta Urraca (Genevieve Page). “Siempre tú y Urraca”, le espeta el primogénito.

Como sabemos, el conflicto sucesorio queda resuelto con el asesinato a traición de Sancho a manos de Bellido Dolfos (Fausto Tozzi), junto a las murallas de Zamora (episodio que también ha sido objeto de una necesaria revisión histórica). Una situación peliaguda que desemboca en la Jura de Santa Gadea (probablemente un episodio legendario, lo que en modo alguno resta valor a su plasmación cinematográfica), por la que Rodrigo obliga a jurar en sagrado al aspirante a rey acerca de su presunta complicidad en el crimen. Hecho tras el cual se produce el famoso (primer) destierro del Cid, y tiempo que este dedica al cobro de parias (impuestos) y a la expulsión de los moros toledanos.


Pero no debemos perder de vista los aspectos puramente cinematográficos. Por ejemplo, el modélico enfrentamiento de Rodrigo con el padre de Jimena (Sophia Loren), el conde de Oviedo y alférez real (Michael Hordern), así como el posterior torneo, con todo el ritual que lleva parejo, por la disputa de Calahorra, con don Martín (Christopher Rhodes), alférez del rey Ramiro de Aragón (Gerard Tichy); o el rescate en pleno campo del inexperto (y desagradecido) rey Alfonso; secuencias ejemplarmente filmadas por Mann, con su fisicidad acostumbrada, y coordinadas por el especialista Yakima Canutt (1895-1986).

A ello se suma la magnífica idea de la presencia de El Cid durante la batalla final, en tierras de Valencia; instante precedido por una secuencia sin música, como forma de tributo a quién ya entregó su vida. Y desde luego, también sobresale la imagen del jinete que se aleja tras haber ido abriendo paso a lo largo del camino. El buen trazo de otros personajes secundarios lo hallamos en los retratos de la infanta doña Urraca (Genevieve Page) y el conde García Ordóñez (Raf Vallone). Por otro lado, el amor sin fisuras (en un principio) de Rodrigo y Jimena, hace que esta exclame ante la presunta traición de su prometido, que aquellos que proclaman tales calumnias “no saben lo que han visto”. Y así es, Jimena es consciente de que los hechos, como sucederá posteriormente con las imágenes, se pueden distorsionar.

Ahora bien, todos ellos parecen personajes en cierta forma sometidos por el destino, tanto histórico como amoroso (personal), de algún modo están aprisionados entre las gruesas piedras y las amplias estancias de la austera corte (unos decorados debidos a Veniero Colasanti [1910-1986] y John Moore [1924]). En este sentido, recordemos la tensión acumulada durante el deslucido banquete nupcial.


La gesta histórica es asimilada por la cinematográfica y sigue destacando en una actualidad en la que ya ni los productores poseen un nombre propio, es decir, una personalidad definida, al contrario de aquellos profesionales que conocieron muy bien su oficio porque no provenían de un conglomerado hotelero o petrolero.

Cultivador de su propia leyenda y, hasta donde reconocen los estudiosos, hombre culto que además aceptaba las sugerencias de sus lugartenientes, El Cid es un personaje relevante en un país que con demasiada energía ha decidido postergar a sus héroes o comprar la interesada mercancía negra con la que poder renegar de la propia historia (sin exculpar los errores cometidos, como en cualquier otro país). Pero la verdadera historia, como la vida, al final se abre camino, aunque sea a lomos de un personaje que la mayoría de las veces se encuentra solo. Al fin y al cabo, suelen ser ellos quienes la escriben.

Escrito por Javier C. Aguilera


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