La taberna del irlandés, de John Ford

23 diciembre, 2013

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Que para John Ford el cine era la verdadera familia que le hubiera gustado tener –el reflejo de un grupo sustentado más en afectos que en forzadas relaciones consanguíneas-, es algo que se pone de manifiesto en La taberna del irlandés (Donovan’s reef, 1963, Paramount Pictures), una de esas obras con las que se hace feliz al espectador.

El escenario es “Haleakaloha”, una isla de la Polinesia francesa, en los Mares del Sur. Pero antes de averiguar lo que allí ocurre, el relato nos sitúa en Boston, concretamente en el “seno” de una compañía naviera, presidido por un circunspecto “consejo de familia”. Este informa a Amelia Dedham (Elizabeth Allen), la integrante más joven, aunque igual de estirada que el resto, de la herencia que atañe a esa otra “vergonzosa” parte de (casi) toda familia, con la que se ha evitado cualquier contacto.

Esa parte es William Dedham (Jack Warden), padre de Amelia, que prefirió ejercer la medicina entre los indígenas en lugar de incrustarse en el reglamentado mundo del comercio (no por que dicha actividad fuera intrínsecamente despreciable, sino debido a ese ambiente altivo que impregna la compañía). Además, William contrajo matrimonio con una nativa, lo que, según estipula una cláusula, le incapacitaría para recibir la mencionada herencia.

Pero junto al itinerante doctor, en las islas también han hallado acomodo otros personajes, como el ex combatiente Michael Donovan, “Tío Andy” (John Wayne), una cupletista (retozona Dorothy Lamour), o André de Lage, el Gobernador de Haleakaloha (un divertido César Romero), dándose la curiosa circunstancia de que el cumpleaños de Donovan se festeja con un llamativo ritual. Básicamente consiste en el regreso de Thomas A. Gilhooley (Lee Marvin), con quien comparte celebración. Una reaparición que suele saldarse con generoso reparto de tortas y festivos soplamocos.


Antes de emprender su viaje hay un momento atractivo; aquel en que Amelia apaga la luz, mientras la cámara avanza hacia la ventana, como si ese acto ilustrara la renuncia a un estilo de vida, y de “ser”, antes de ella saberlo. Y es que de Boston a Haleakaloha hay un largo trecho, espacial y también emocional. A la larga, a Amelia le acabará sentando muy bien el aire de la isla. Incluso llegará a “comprenderla”, cuando Michael Donovan la acompañe en su jeep a conocer parte de su historia. Y es que el “tabernero” es un hombre, hasta cierto punto, instruido.

Así, parece que la permanencia en la isla ha sido siempre una cuestión de elección personal, de lealtad y cariño, más que una imposición profesional. Además del hospital y la taberna, con su máquina tragaperras “out of order”, Haleakaloha cuenta con una destartalada iglesia y unas hermosas playas, donde poder practicar el esquí acuático -¡más que acrobático!-.

De ese modo, los adustos retratos que colgaban en los despachos de la compañía naviera, se contraponen a los desinhibidos dibujos animados que pueblan Haleakaloha, y que alcanzan su expresión más gráfica en la taberna, durante la algarada “contra” los australianos, a los sones del Waltzing Matilda. Son los “familiares” mamporros, tan del gusto de John Ford, en otro ejercicio de sano humorismo.


Con su coherente y prístina gramática visual, John Ford ofrece una historia cálida y viva, en la que conviven los momentos divertidos con otros más emotivos, como son la celebración de la Nochebuena en la Iglesia, festejo “cantado bajo la lluvia”; la colocación de unas guirnaldas conmemorativas sobre las cruces del cementerio, o el encuentro con el monumento a los Caídos durante la II Guerra Mundial.

Junto a estos, destaca el segmento en que Amelia cambia su disposición con respecto a su padre: en realidad, ha estado huérfana durante todo este tiempo. Comprenderá la decisión de su progenitor y respetará su trabajo en el hospital. Durante la charla posterior que mantienen padre e hija, el retrato de la esposa fallecida cuelga tras él.


La taberna del irlandés es una fábula, no entendida como algo pueril e ingenuo, sino como un bello relato de respeto y aprendizaje, escrita por Frank S. Nugent y James E. Grant (en base a una historia de Edmund Beloin y James Michener), e ilustrada por la vivaz fotografía de William H. Clothier, la música de Cyril Mckridge y alguna que otra tempestad contra los arrecifes.

Escrito por Javier C. Aguilera


Maktub, de Paco Arango

22 diciembre, 2013

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La Navidad como tiempo de cambio, de optimismo y de reconciliación ha sido mostrada en muchas ocasiones. No nos falta ejemplos, aunque sin duda una de las más ejemplares es Qué bello es vivir (It's a Wonderful Life, 1946), de Frank Capra. En el cine español, uno de los últimos ejemplos es del año 2011 y reúne algunas características del clásico film de Capra, pero también el estilo de Antonio Mercero y su film Planta 4ª (2003), que también ha continuado Albert Espinosa en la serie Pulseras Rojas.

Sobre la Navidad y sobre un niño con cáncer va esta tragicomedia de Paco Arango con título de origen árabe. Adentrándonos en la vida de Manolo, un argentino de mediana edad, descubriremos cómo esta va a la deriva entre una crisis personal, matrimonial y familiar. Antonio, un canario de quince años enfermo de cáncer, le mostrará, con su desparpajo y su vitalidad, la importancia de disfrutar de lo que se tiene. Todo ello aliñado con una serie de coincidencias y personajes que se entrelazarán en el último tramo de la película.
Paco Arango
El director del film ya había tenido experiencia en la televisión, con series infantiloides cuya máxima representante podría ser ¡Ala... Dina! durante 2000 y 2002, aunque esta película supondría su debut cinematográfico en 2011. Paralelamente ha desarrollado una labor benéfica con la Fundación Aladina, que ayuda a niños con cáncer, precisamente este film ayudó con su recaudación a esta labor financiando mejoras en el Hospital Niño Jesús. Su trabajo televisivo marca sin duda este film, que sufre sin duda un estilo muy similar al de la pequeña pantalla, casi como un episodio piloto amplio, pero redondo en su conjunto. Sin embargo, ese detalle no debe desmerecer el resultado final, que podemos considerar cumple su propósito: crear una historia sencilla con un buen equilibrio entre drama y comedia para toda la familia, un cuento de Navidad traído a nuestro tiempo. El espectador que busque algo más, saldrá decepcionado. Por lo que nuestra recomendación va en el sentido de disfrutar de un film ligero y agradable, humano, que podrá ocasionar alguna carcajada o alguna lágrima en un desarrollo que va a más.

Uno de los defectos de la película reside precisamente en su inicio, muy flojo y aburrido, casi un esperpento, siendo principalmente la aparición de Antonio, interpretado por un dicharachero Andoni Hernández, lo que realmente mejore el film hasta el final, cuestión que también se nota a nivel de montaje. Con ese encuentro comenzarán los problemas para Manolo, un perfecto hombre gris interpretado por Diego Peretti, cuya expresividad es acorde con la parte cómica del film aunque pueda resultar sobreactuado en alguna ocasión. El resto del reparto se mantiene correcto, destacando los papeles de Aitania Sánchez-Gijón como la esposa de Manolo, Beatriz, con una personalidad algo fría, Goya Toledo como la madre sufrida de Antonio, y Rosa María Sardá, como una extraña enfermera.

Andoni Hernández y Diego Peretti
En papeles menores, Jorge García, célebre por su participación en la serie Perdidos (2004-2010) como Hurley, interpreta a un repartidor de comida mejicano con un fuerte acento mezcla de mejicano e inglés, lo que ha provocado que su interpretación resulte floja, Amparo Baró, que parece seguir interpretando a Sole, su personaje en 7 vidas (1999-2006), Mariví Bilbao, cuyo personaje hubiera merecido mayor contenido, Enrique Villén, como un solitario y curioso vecino que representa la ironía de tener un título universitario para acabar trabajando en la obra, o el resto de niños y jóvenes, incluyendo a Laura Esquivel, que se quedan cortos al lado del resto de personajes y que parecen algo descolocados.


Sobran, además, los momentos en que Arango decidió realizar un videoclip de alguna canción rapera, cuestión que no sería una molestia ni por el género ni por la escena si estuviera mejor encajada en la película, resultando especialmente bochornosa en el fragmento de la cena familiar. También destacamos como punto negativo la voz en off del inicio, cuya existencia no se cierra al final y queda completamente descolgada. Muy acertado, por el contrario, la escena junto al mar o la conversación final entre el matrimonio protagonista, en una fotografía muy navideña. Estos momentos junto a algunos diálogos que cuentan con un humor agradable y en ocasiones irónico, y la escena culmen que une a los personajes principales son de lo mejor de la película.


Fuera de estas cuestiones, la historia sabe contener un humor blanco junto a unas desgracias en gran parte suavizadas, aunque dejando entrever la gravedad del asunto y logrando emocionar sin necesidad de resultar morboso. El estilo sigue la línea de películas corales, al estilo de la célebre Love Actually (2003) o de la coetánea Noche de fin de año (2011), aunque en ningún caso se pueda comparar con la calidad de la primera ni cuente con tantas historias relacionadas como ambas. Se trata, en definitiva, de una pequeña película sensible, optimista y que merece ser vista desde una óptica inocente, quizás en la visión idónea de una Navidad.

Escrito por Luis J. del Castillo



Regreso al futuro III, de Robert Zemeckis

21 diciembre, 2013

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Hoy cerramos este ciclo con la última entrega de la trilogía, Regreso al futuro III. Sin duda, supone el fin de una saga que marcó historia en el mundo cinematográfico y la apuesta más importante para finales de la década de los ochenta y principios de los noventa. En esta última parte, a Doc se le avería el DeLorian, acabando atrapado en la época del salvaje oeste. Por su parte, Marty McFly está en 1955 cuando recibe una carta escrita por Doc en 1885. En ella, Doc le pide que arregle el coche, pero que no vaya a rescatarlo ya que en el pasado Western ha encontrado su sitio. Sin embargo, el joven McFly no dudará en ir en su búsqueda cuando descubre una trágica noticia que cambiaría el futuro de su amigo.


Sin duda, esta película homenajea al mundo del Western, el único género que no existía antes de la aparición del celuloide. La idea de que Marty terminara viajando a finales del siglo XIX fue del propio protagonista, Michael J. Fox, cuando respondió en una entrevista que le gustaría viajar en el tiempo para conocer el viejo oeste y sus vaqueros. Una afirmación que se quedó en la memoria de Zemeckis y supo rescatar con acierto para el final de esta trilogía. Además, Christopher Lloyd considera esta película su favorita de las tres por maravillarle también el mundo del western. 

La película encadena perfectamente con los últimos acontecimientos ocurridos en su predecesora; Marty se verá obligado a trasladarse cien años en el pasado a 1885, yendo a parar a un Hill Valley en construcción y en el que se encontrará con sus tatarabuelos y con el antepasado de Griff, Bufford Tannen, un temido pistolero que, como ya ocurriera en las anteriores entregas, se establecerá como el pesado antagonista de nuestro héroe.


Y es que en esta última parte encontraremos un cambio de aires, no ya sólo de época, sino también de argumento; pese a tener el elenco del reparto al completo, el cambio de escenarios y de personajes hace que las tramas se diferencien considerablemente a las dos anteriores, marcando una mejora de argumento y de versatilidad respecto a la segunda parte y recuperando, a su vez, la frescura y diversión que caracterizó a la primera parte.


En ese cambio de argumento destaca el peso que Doc gana en la trama del film, así como la relación que surge entre él y Clara (Mary Steenburgen), que puede resultar demasiado precipitada y poco creíble, pero que marca la diferencia entre el alocado científico de las dos primeras películas y el hombre que se enamora al final de la trilogía. Por su parte, Marty acaba madurando a lo largo del tiempo y siendo totalmente responsable de su futuro, gracias a que Doc le deposita el destino en sus manos. Además, hay elementos brillantes que no cambian, como los innumerables guiños al género y a personajes importantes en el futuro, como a Michael Jackson o Clint Eastwood.

Sin duda, un broche de oro para culminar una entretenida saga considerada una de las trilogías más importantes del cine.


Escrito por Mariela B. Ortega


Deseo de ser punk, de Belén Gopegui

16 diciembre, 2013

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Portada de la novela con imagen de Iggy Pop
Las vicisitudes de la vida siempre hacen que nos planteemos nuestra situación, nuestro presente y, sobre todo, nuestro futuro. En la actualidad, no solo estamos en un momento de crisis económica, social y política, sino que también hay cambios que se han producido con mayor rapidez, algo que se refleja sobre todo en la juventud. Toda esta serie de cuestiones ya están desarrollando su propia literatura, aunque realmente no sea una novedad cuestiones como la crisis o el conflicto en la adolescencia hacia la madurez. Sobre ello ahonda precisamente Deseo de ser punk.
 
Belén Gopegui, su autora, ha sido reconocida por varios críticos como una de las mejores novelistas de su generación, cuestión que se refleja en la multitud de elogios que esta misma novela tiene junto a su sinopsis en la edición de Anagrama, casi como una necesidad mercantil de reflejar su carácter imprescindible en nuestras estanterías. La escritora tiene ya un largo recorrido desde que publicara  La escala de los mapas (1993) y otras obras como Lo real (2001), que sería finalista del Premio de la Crítica, entre otros, o El padre de Blancanieves (2007), que recibió el II Premio La tormenta en un vaso. Se adentró, además, en la literatura infantil con El Balonazo (2008) y con la novela que traemos hoy podemos considerar que también en la literatura juvenil.

Seguimos en la obra la voz de la protagonista y narradora Martina, de dieciséis años, a quien el 4 de diciembre le cambió, en cierta forma, la vida, precisamente a través de la muerte del único adulto al que admiraba. No se trata de un retrato de la crisis actual, cosa que tiene su eco en la situación laboral, sino de la crisis en la adolescencia. Cuando, abandonado ya todo eco de la infancia, la joven descubre la conformidad del mundo frente a las injusticias, los espacios vacíos y el egoísmo, comienza a reflexionar sobre su situación, comienza a buscar su lugar y a criticar todo lo que le rodea. En este caso, ese espacio tendrá su representante en la música, donde rechazará todo el sentimentalismo del pop o lo pedigüeño de aquellas canciones de sus padres. Se trata de una época de la vida quizás ligada a los extremos, donde se rechazan ciertas actitudes por alienarse en un punto determinado, seguramente en la angustia que el rock transmite para Martina.

Belén Gopegui
No encontramos moderación alguna en la prosa de Gopegui, que a su vez es fresca y directa, sino más bien una continua crítica hacia el sistema, hacia los sujetos que se quedan quietos y conformes con la vida. Se trata, sin duda, del desencanto transfigurado en forma de adolescente. Los datos concretos, las tramas reales o la historia no tiene demasiado interés más allá de lo que sirva para su reflexión; incluso se cierra dejando cabos sueltos, dejando esos palos de la vida que forman el carácter, según expresa la propia Martina en un fragmento. Esto provoca también cierta distancia entre la narración y los diálogos, estos últimos más flojos, superfluos y casi incoherentes, aunque resulten realistas. 

Sin duda, quien lo tenga en sus manos o quien lea esta reseña recordará a la inolvidable obra de Salinger, El guardián entre el centeno, pero hay diferencias claras, a la vez que similitudes sutiles. Las semejanzas radican en esa primera persona juvenil y rebelde, así como en la relación que existe entre Holden y su hermana en comparación con la de Martina y su amiga Vera o las malas calificaciones académicas de ambos protagonistas. Las diferencias, sin embargo, son notables tanto en el carácter de esa voz juvenil, algo normal si atendemos al hecho de que ha transcurrido pasado más de medio siglo, como también en la propia narración de la novela. Salinger construye un relato donde nos encontramos con diferentes personajes adultos, adentrándonos en un mundo extraño para el joven, mientras que Gopegui solo lanza reflexiones por parte de una joven que, suponemos por lo que muestra la obra, ha visto cómo está el mundo a través de sus padres, su entorno más cercano y el periódico, leído por obligación de sus padres. Además, Martina señalará su distancia con Holden nombrándolo en el libro y dándonos la sensación, además, de que ella pretende salvar también a los adultos, no solo a los niños de aquel abismo del campo de centeno.


Además, aunque es real que hay jóvenes con el carácter de Martina, gran parte de su reflexiones parten de un eco más adulto, incluso aunque rechaza, curiosamente, música de la época de sus padres, su selección final es música de esa misma época, solo cambiando el género. Ella trata de crear una revolución, una que pueda repercutir más de lo que hizo finalmente la Revolución de los claveles del 74. Seguramente, muchos concordamos en la necesidad de un cambio, pero Gopegui da justo en el clavo cuando nos deja a Martina sola. Incluso aquellos que comparten aficiones no la entienden, los más jóvenes consideran que está chiflada y los adultos están demasiado ocupados o son demasiado conformistas con lo que sucede. El personaje en sí se tambalea en cuanto pensamos en su dominio del inglés, en esa especie de cultura musical y la comparación con los conocimientos que demuestra tener en realidad, no solo en el sistema educativo (del que siempre podemos dudar), sino en la comprensión de noticias, en sus diálogos o en su facilidad para aceptar las presiones sociales, donde cae precisamente en una fiesta, cosa ante la que muestra su rechazo.

No podemos ser conformistas con esta novela, porque esta fallará en cuanto el lector cierre el libro y no tenga ganas de, como Martina, comenzar una revolución, un cambio. Me quedo, no obstante, con la sensación agridulce de Lucas, ese adulto que dio demasiado de sí a los demás, que se entregó a las personas y que, por ello, se perdió a sí mismo. La curiosa relación entre Martina y Lucas es la trama personal que mejores momentos nos presta en la narración.

En definitiva, una novela generacional, una voz juvenil inconformista y revolucionaria, pero que deja con la sensación de que no tiene mayor sentido, como una manifestación justa que no obtiene resultados. Como nota final, aconsejo a todo lector de la novela que tenga a buena disposición las canciones que menciona, se pierde mucho, como señala Gopegui, leyendo solo la letra de una canción sin su música.

Escrito por Luis J. del Castillo

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