Noticias: El equipo ejecutivo, de James Nava, publicada

10 septiembre, 2013

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Cada septiembre el autor James Nava nos vuelve a sorprender con una nueva publicación. Si el año pasado fue Tierra de sueños, en esta ocasión se trata de El equipo ejecutivo, un nuevo thriller en la línea de este escritor que está disponible desde principios de este mes desde la editorial Sniper Books. Ya os lo presentamos a través de una entrevista en nuestro undécimo Descubriendo.


La novela nos sitúa ante un equipo de élite que deberá salvar una nación, al frente del cual encontramos a Chuck Sullival, un oficial de la CIA retirado de forma prematura. Durante la narración de los acontecimientos observaremos la vida de este variopinto grupo de hombres y mujeres donde no faltarán momentos para el compañerismo, el humor, el romance y, sobre todo, momentos de tensión. Frente a ellos, Pandora, una pesadilla terrorista cuyas ramificaciones alcanza a las más altas esferas del poder.

El equipo ejecutivo promete ser thriller narrado con agilidad y reuniendo el drama con un humor contagioso gracias a su galería de personajes que pretenden ser inolvidables. Además, a diferencia de otras obras de este autor, incluye algunas pinceladas de literatura de terror, aparte del misterio, el romance, la acción y el humor. James Nava quiere gustar a los aficionados a esta clase de historias y ha desplegado para ello todos sus recursos para crear una experiencia estimulante para el lector, que se situará al otro lado de la pantalla, en pleno campo de la acción.

 
Siguiendo la línea de obras como El agente protegido, y tras su incursión en un libro con tintes deportivos, como lo fue Tierra de sueños, toma esta vez la tarea de un thriller de gran escala. Podéis adquirirlos en vuestras librerías habituales, Amazon, Librerías Sniper Books y otros medios cibernéticos.

En los mares del sur, de Robert Louis Stevenson

07 septiembre, 2013

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Robert Louis Stevenson
Mi tarea es la de comunicar algo del sentido de esta seducción a los viajeros…

La seducción a la que se refiere el escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), al inicio de su libro de viajes En los Mares del Sur (1893), es la que proporciona un lugar incomparable, pero también es la de la aventura misma, la de esa fuerza oculta que ha impelido a determinadas personas a abandonar su entorno más inmediato a lo largo de la historia. Procedente de una familia de raíces calvinistas, Stevenson adquirió una educación tardía debido a su precario estado de salud, que no muy a la larga le pasó factura, pero que no le impidió, ya como adulto, abordar las exploraciones que constituyeron “el sainete de mi vida”. Por ejemplo, una temporada en solitario en Las Hébridas escocesas (1873), el “salvaje oeste” de la California de 1883 (Los colonos de Silverado, 1885), o el Parque Nacional de las Cevenas en Francia (Viajes con un burro, 1879); poniendo finalmente rumbo a las Islas Marquesas en junio de 1888.

La edición de Valdemar/Avatares y Valdemar/Club Diógenes (bolsillo), prescinde del calificativo “Cuentos o Relatos (de los Mares del Sur)”, al entender, supongo, que se trata de una obra autobiográfica del género “viajes”, como apuntábamos antes, y no de un trabajo de ficción. El caso es que Stevenson emprende un periplo que le llevará por Poamutu, Tahití, Hawai, las Gilbert, Samoa y finalmente Upolu. El que fue llamado por los nativos Tusitala, “el narrador de cuentos”, halló a su vez en estos lugares no completamente explorados, aunque en su mayoría colonizados por diversos países, un material autóctono que ofrecer al lector. Ese lector que tras su rutina, soñaba con lugares exóticos junto a la chimenea. “Aquí –escribe Stevenson-, todos son narradores y oyentes de cuentos”.

Gamas de colores inauditos, colosales figuras de la naturaleza, lugares atemporales, alejados de la Historia del Hombre, imprevistos medios de comunicación, una estoica asunción de la muerte, acompañada de diversos ritos funerarios, y hasta apariciones espectrales, son elementos consustanciales a las Islas de los Mares del Sur, que Stevenson presenta al lector.

El autor no escamotea ningún detalle o impresión, desde ex caníbales reconvertidos en símbolos de la nueva autoridad europea, a ciertas hermandades con fines siniestros, comerciantes de alcohol arrepentidos, reyezuelos coleccionistas de objetos, el opio, mujeres médiums, voluntariosos misioneros junto a misioneros menos piadosos -por los primeros, Stevenson muestra su respeto en todo momento, indicando el meritorio trabajo que desempeñan a nivel humano-, los niños de las Islas… Todo esto encuentra y describe Stevenson en sus Mares del Sur. Pero su actitud allí no es solo la de un visitante al uso, también se vuelve activo cuando la situación lo aconseja.

Mediante vívidas exposiciones y colorista atención al detalle, Stevenson se recrea en las vidas y vistas que le salen al encuentro. Una riqueza de metáforas y adjetivación al servicio artístico de la descripción, casi exobiológica, de plantas y árboles (de caucho, de goma, hasta de cera), que casi hacen pensar en un paisaje extrasolar.

En cuanto a los nativos, según el escritor, muchos de ellos tienen la curiosa costumbre de comerse la consonante media polinesia con el mismo entusiasmo que a los gorrones incautos y molestos. Hasta hace bien poco, una guerra de exterminio solo equiparable a la que sostienen contra la letra “l” (“Haciendo amigos”). Señala igualmente el autor, otros aspectos de carácter histórico de las recientemente colonizadas y “civilizadas” islas, como la importancia del distrito de Kona para el posterior desarrollo cultural de las Hawai. Incluso apunta al fenómeno, entonces embrionario, de las primeras islas “privadas”, caso de Apemana (moda a la que se han adscrito hasta cantantes).

Pero como decíamos, el escritor también se muestra atento a la idiosincrasia indígena, anotando incluso cierta propensión a la depresión y la melancolía, que también afectan a determinados grupos étnicos (resulta oportuna, además de simpática, la referencia al Tartufo de Molière; en “Despoblación”).

Y es que, cada cambio, por nimio que parezca, no carece de significación e importancia. De hecho, en los Mares del Sur, el tiempo parece tener otro valor.

Polinesia

Recoge además Stevenson una bella costumbre, la práctica de marcar y medir por medio de regalos, tanto sucesos como sentimientos. Un “gesto universal en el mundo de las Islas”. Y por supuesto, el empleo del “tabú”, por ejemplo, aplicado a un determinado fruto o a una persona.

Frente al oprobio de los “civilizados aventureros”, que no siempre se distinguen por su conducta ética, sino más bien etílica, nos encontramos con otro tipo de divertidas experiencias vividas –o sufridas- por Stevenson, a las que podríamos denominar El caso del intérprete no deseado o La estrambótica experiencia del cocinero supersticioso (partes cuarta y quinta, respectivamente), junto a favoritas de armas tomar, o la celebración de un matrimonio, “santificado” ¡sobre la edición “pirata” de una de las obras del propio autor! (Marido y Mujer).

En este sentido jocoso-grave, el retrato del rey cantante de Apemana no tiene desperdicio (parte quinta), sin olvidar el coñac de coco, la ensalada de coco y la sopa de coco, junto al vino de palma, la copra y el ridi (este último, un tipo de atuendo, ¡con derecho a veto!).


Como asegura el autor de La flecha negra (1888), El señor de Ballantrae (1889), La isla del tesoro (1883) o El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886), la emoción de una imagen narrada no nos afecta tanto como su contemplación. Es cierto, pero mérito suyo es haber sabido, con su poder evocativo de la realidad, mostrarnos las imágenes de ese mundo ajeno como si las estuviéramos viendo, oliendo o escuchando.

Es En los Mares del Sur un relato de aventuras, y hasta de terror, donde, en la línea de Burke, los peligros se agazapan tras lo bello; por ejemplo, tras un avieso pez venenoso. Y es que Stevenson sí que se nos muestra como pez en el agua, imbuyendo al lector en un mundo tan cercano como lejano. Un mundo donde averiguar a quién diablos pertenece una casa en alquiler adquiere los rasgos de una gesta.



Explosión en el corazón del diablo, de Pablo Solares

05 septiembre, 2013

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La novela que tenemos en nuestras manos es la segunda obra de Pablo Solares Acebal, tras 6 de noviembre, donde acompañaremos a las hermanas Rosas durante un periodo de treinta años, desde 1982 hasta 2012. Dividido en cuatro partes, descubriremos los secretos de una familia ligada a un diablo extraído del Paraíso perdido de John Milton, que se cobrará los pecados de cada hermana para cumplir su venganza. Al menos, estas son las promesas que nos da la sinopsis de la obra situada entre Villaviciosa, Gijón y Oviedo.

Pablo Solares Acebal (fotografía de su página web)
La mano del autor cuasi-novel es aún notable en las deficiencias narrativas de esta novela, que combina unas descripciones muy notables con una falta de coherencia y cohesión. No se trata solo de formas de mantener intriga, cosa que por otra parte, logra con su argumento, sino del hilo narrativo, al que le falta engarce. No obstante, como sucede también con otras primeras obras, los errores de escritura van desapareciendo según avanza la historia, hubiera sido necesario quizás una revisión profunda de los primeros capítulos, donde el lector puede sentirse confuso.

Portada del libro (Editorial Seleer)
Sin duda, lo que mejor juega a favor de la obra es su argumento, la historia que se nos presenta es muy prometedora, pero da la sensación de que se desaprovecha por preferir explicar que narrar con una voz no demasiado definida. En efecto, si hay descripciones formalmente muy buenas, con fragmentos en la historia sorprendentes e, incluso, perturbadores, hay otros momentos narrados con un estilo coloquial que, pudiendo resultar incluso ameno, viene a perturbar, valga la redundancia, la lectura. Esta cuestión, unida a los saltos de tiempo y espacio que se suceden en ocasiones sin saber cuándo se habla del pasado y cuándo del presente proyectan la sensación de no saber qué ha sucedido realmente.

La combinación de una historia familiar con ese realismo mágico es típico, ya lo hemos podido encontrar en obras tan conocidas como Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, o la gran obra del boom hispanoaméricano, Cien años de soledad, de García Márquez.

No es novedoso, pero sí más lúgubre que las obras mencionadas, por su relación con el diablo, la venganza y el juicio moral que Solares desprende hacia algunos comportamientos, especialmente el médico Saúl, donde lo veremos de una forma más clara. Otros fragmentos bastante logrados son las conversaciones entre el diablo y su hijo, sin duda la combinación más especial y con diversas metáforas muy buenas. También la voz de Emilio es de las más conseguidos junto a la historia de Benilde en la tercera parte de la novela.

Otras escenas sufren de ser demasiado aceleradas, con personajes apenas esbozados que debieran promover alguna sensación en el lector, pero que difícilmente se podrá empatizar con ellos. Posiblemente, esta sea una de las deficiencias de la obra, salvando seguramente a Emilio y Benilde, el resto de personajes están faltos de una cierta empatía y profundización, pues aunque en ocasiones se logra, el narrador los sitúa comportándose de una forma incoherente. Queda en duda también cuál es el efecto real de los hechos sobrenaturales, aunque es lo menos preocupante, pues consigue crear una imagen mágica, tenebrosa en ciertos aspectos, y sorprender al lector.

Árbol de mimosas
Por otra parte, Pablo consigue transmitir a la casa, a Rosalinda, un aspecto nostálgico que nunca la abandona, ya desde su primera aparición siempre nos recordará a la infancia de las protagonistas, aunque a su vez sea similar a un caserón tenebroso, una finca que guarda los secretos más turbios de la familia Rosas junto a sus cadáveres. En ocasión, dará la sensación de ser una naturaleza salvaje, como la selva hispanoaméricana, pero ubicado en esos bosques asturianos o gallegos que cuentan con el mismo ambiente en el que se ubica Los Pazos de Ulloa, de Pardo Bazán. Para contrarrestar el aspecto siniestro de la casa, encontramos un árbol de mimosas en su jardín, flores que, junto a la tarta de arándanos, se harán un símbolo de la obra, representantes cada una de distintas emociones. 

En definitiva, Pablo Solares nos muestra en su Explosión en el corazón del diablo un argumento interesante que está bien ambientado y descrito, pero que sufre deficiencias narrativas y estructurales. Requiere de una mejor escritura, especialmente en la coherencia, así como plantear mejor a sus personajes, de los que se ofrecen datos dispersos y confusos. Pese a ello, nos deja algunas escenas de notable calidad que nos permite aventurar una futura mejoría en alguna nueva pieza.

Disponible en Amazon.

Escrito por Luis J. del Castillo




Para el sábado noche (XVIII): Atmósfera cero, de Peter Hyams

03 septiembre, 2013

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Peter Hyams
Es posible que muchos no recuerden ya a realizadores como Peter Yates, Richard Donner o el que nos ocupa, Peter Hyams, pero hubo un tiempo no muy lejano en el que estos nombres eran bien conocidos por los aficionados. Todo el arte, y estoy pensando en general, al margen de puntuales rescates, tal vez demasiado selectivos, corre el riesgo de acabar olvidado en las estanterías por el mero hecho de producirse una continua reformulación (o saqueo) de conceptos ya expuestos, por lo general con mejor talento. En el séptimo arte, esto sucede principalmente por medio de remakes.

Pero lo que algunos entienden por “modernización” no es concepto que quepa dentro del cine, puesto que una película que cuente con décadas a sus espaldas puede, teorías de autor y peinados aparte, sostenerse mejor y resultar más “moderna”, que otra más actual. Concretamente, ya que de cine hablamos -o escribimos-, está claro que un buen producto cinematográfico lo será siempre, esté o no “de moda”.

Huelga decir que la carrera de Peter Hyams ha sido irregular, habida cuenta de los vaivenes de la propia industria, o bien por la tiranía de dichas modas, o por no haber sabido o podido sustraerse a unos cambios siempre deudores de unos gustos que, también hay que decirlo, son matemáticamente diseñados por las distintas corporaciones.

Pese a todo ello, muchas de las películas de Peter Hyams siguen siendo muy interesantes y disfrutables. No tuvo la suerte (o el interés) de poder operar “desde fuera” de la industria, sin dejar de pertenecer a ella, aunque alcanzando cierta independencia y control sobre su producto, caso de Stanley Kubrick; o bien “desde dentro”, adaptando su discurso a dichos vaivenes, sin dejar de resultar “cinematográfico”, como Steven Spielberg, por citar a dos buenos cineastas.

En cualquier caso, Peter Hyams tuvo su momento desde finales de los 70 hasta mediados de los 80 (y desde luego, siempre es deseable una reaparición, que esperemos lustrosa y no luctuosa). De tal modo que, a mi juicio, el cineasta neoyorquino, también director de fotografía y guionista, cuenta con varios títulos excelentes, “apartando” La calle del adiós (Hanover St., 1979), que es un aseado melodrama, los cuales deberían por si mismos bastar para no sumir a Hyams en el olvido. Estos, tras la bienintencionada pero cabizbaja Un detective barato (Peeper, 1975), serían Capricornio Uno (Capricorn One, 1977), la que nos ocupa, Los jueces de la ley (The star chamber, 1983) y 2010 (íd., 1984) -esta última pese a quien pese-, y a falta de revisionar El final de los días (End of days, 1999), de la que guardo un recuerdo difuso; no así de Timecop (íd.,1994), que me parece un producto intrascendente.

Se ha dicho mil veces, y es verdad, que Atmósfera cero (Outland, Warner Bros., 1981) toma el argumento de la espléndida Solo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann, 1951), trasladado al espacio, aunque manteniendo su aspecto de western futurista.

Un sheriff (Sean Connery) se enfrenta en solitario a un villano (Peter Boyle) y sus esbirros, con la puntual ayuda de una dama indómita (la doctora Lazarus, Frances Sternhagen), en una estación espacial minera. Muchos policíacos de los setenta, y podríamos incluir Manos sucias sobre la ciudad (Busting, 1974), hacían hincapié en su condición de “westerns urbanos”, desde Don Siegel hasta John Sturges o Sam Peckimpah, por citar a los mejores. Pero como en este blog no nos gusta limitarnos a reproducir contraportadas u opiniones prestadas, voy a tratar de argumentar por qué Atmósfera cero me parece a mi -y a mucha más gente, por supuesto-, una buena película.


Atmósfera cero es una producción de The Ladd Company (1979-1984), distribuida por la Warner. Se trató de una empresa cofundada por el hijo del actor Alan Ladd, que puso en marcha proyectos tan reconocidos como Fuego en el cuerpo (Body Heat, 1981), Ojos asesinos (Looker, 1981), Blade Runner (íd., 1982), el estupendo melodrama de Zinnemann -¿gratitud hacia el autor de Solo ante el peligro?- Cinco días, un verano (Five days, one summer, 1982), Elegidos para la gloria (The right stuff, 1983), y las comedias Loco de amor (Lovesick, 1983) y Loca academia de policía (Police academy, 1984); más recientemente y en solitario, coprodujo Adiós, pequeña, adiós (Gone baby, gone, 2007).

La idea del “western del espacio” es de por sí magnífica, y sirve para mostrar de nuevo a un personaje aislado de los demás porque no forma parte del juego burocrático-administrativo o comunal (ese concepto de la sociedad que hasta te indica qué es lo correcto durante tu tiempo libre, es decir, lo-que-hace-todo-el-mundo).


O’Niel (Connery) es solitario, sí, y, para colmo, íntegro. Lo cual es meritorio dentro de una población tan apelmazada como adocenada. No por casualidad, sino más bien por causalidad, la cámara se desliza por los entresijos de la comunidad minera de la luna más cercana a Júpiter, Io, donde los humanos que allí desarrollan su actividad se hallan hacinados como en una colmena, como muestran estos planos en movimiento, que describen un submundo atestado de cubículos. Y las habitaciones para los oficiales no parecen mayores.

De este modo, los personajes parecen constreñidos dentro del plano, como ocurre incluso en la sala de squash, ¡con solo dos personas!, si bien, la puesta en imágenes de Hyams nos habla de un movimiento continuo, es dinámica. Es este el sacrifico de los trabajadores pioneros del espacio, el cual contrasta con otro espacio concreto, el de su entorno más inmediato. De hecho, las desigualdades han sido un pasajero más en la exploración del cosmos.


En semejante entorno, los núcleos familiares parecen condenados a la escisión, en tanto que la comunicación más franca solo se produce con el ordenador. Basta señalar los planos-contraplanos del jefe de policía con su monitor. De hecho, será la máquina quién le confirme a O’Niel hasta dónde se extiende el nivel de corrupción en la base, permitiéndole vigilar los movimientos de los sospechosos, y más tarde a los pistoleros enviados por la propia compañía, después de capturar una transmisión dirigida al jefe de personal y gerente, Mark Sheppard (Peter Boyle); transmisión que le encara con su verdugo en otro sugestivo e inhabitual plano-contraplano.

Otro aspecto curioso es que todos los oficiales de la estación parecen tener unos expedientes algo “tocados”, por muy diversas causas (como da a entender la doctora), justas o injustas. La base minera de Io no parece ser el mejor destino para una persona cualificada (o respetuosa). De ese modo, O’Niel se propone demostrar, más a sí mismo que a su familia, si en efecto, es aquel el lugar que le corresponde. Al fin y al cabo, todos insisten en que el tiempo de los héroes ya ha pasado. En Io, el universo parece cansado, una tumba para los retos de antaño o la fascinación por la conquista del espacio.


Así, en la soledad de sus pesquisas, O’Niel averiguará el por qué de la fortaleza y posterior locura de los trabajadores de la instalación, lo que además da pie a un divertido guiño hacia su personaje de 007, con el “alzacuellos” que le salva la vida. Pero Atmósfera cero no olvida su compromiso con el relato de aventuras, lo que da lugar a una sucesión de secuencias brillantemente planificadas, como la de la persecución por los corredores, que imbrica a los actantes dentro del espacio físico de la estación minera y su personal; o naturalmente, el “sostenido” duelo final, que se traslada al exterior del complejo.

Podría haber escogido cualquiera de los títulos anteriormente citados del realizador, y hasta puede que lo haga algún día que cuente con más de veinticuatro horas. En cualquier caso, todos ellos siguen resultando, como decía, buenos trabajos a día de hoy.

Escrito por Javier C. Aguilera


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