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Para el sábado noche (CXXVII): Los jueces de la ley, de Peter Hyams

02 mayo, 2023

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Como tengo mucha imaginación, supongamos un país en el que se comienza a desmontar el sistema constitucional con objeto de instalar, como en los ordenadores, otro régimen político y social. Convenciendo a la mente de dicho ordenador -los habitantes- de que le conviene el cambio. Para ello, el Ministerio Fiscal deja de ser un órgano que tiene por misión promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, velando por la independencia de los tribunales, para poner al frente de la Fiscalía General del Estado a quien ha sido reprobado hasta tres veces, por su mala praxis en un anterior cargo público, solo por ser un afiliado ideológico (alguien dispuesto a cumplir nuestras directrices, verbigracia, el traslado de presos como moneda política de cambio).

La pregunta entonces es, ¿qué hacer cuando los políticos manejan el engranaje judicial?
 
La politización de la justicia es un hecho nefasto y a la orden del día, pero la excelente película Los jueces de la ley (The Star Chamber, Twentieth Century Fox, 1983), va un paso más allá, proponiendo la desviación desde el mismo seno de la judicatura. Algo al estilo de lo que ya mostró Fritz Lang (1890-1976) en la conclusión de su soberbia M, el vampiro de Düsseldorf (M, Nero Film, 1931), donde los representantes de los ciudadanos tomaban la palabra.
 
La persecución de un sospechoso que echa a correr, Héctor Andújar (Domingo Ambriz), es el detonante que ejemplifica las fallas de la ley. Los sargentos MacKay (Dick Anthony Williams) y Weigan (Larry Hankin), cumplen con su obligación, y uno explica al otro que, para hacerse con la pistola que el sospechoso acaba de arrojar al interior de un cubo de basura, han de esperar a que el basurero haya descargado el contenido en el interior del camión. De otro modo, se haría necesario un mandato para inspeccionar el citado cubo (entendido como propiedad particular). ¡Es lo más parecido a la corrección política y cancelación woke que estamos padeciendo! A pesar de su escrupulosa precaución, un tecnicismo hace que las pruebas no sean admisibles ante el tribunal y el asesino quede en libertad (ha matado a cinco personas y es confeso). Así lo dispone la legislación. Al joven juez que instruye el caso, Steven Hardin (Michael Douglas), no parece quedarle otro remedio. Son los intersticios de la ley para eludir la justicia.
 

El hartazgo no se hace esperar. ¿Para esto me hizo mi madre estudiar derecho?, comenta Steven a su amigo, el colega en ejercicio y ex profesor Ben Caufield (el estupendo característico Hal Holbrook). Lo que Steven aprendió en la Facultad ya no le sirve. Era como encontrar la verdad. Pero las cosas han cambiado, lo que quiere decir que han empeorado.

Esto coincide con el suicidio de un miembro del Tribunal Superior de Justicia, el juez Gene Culhane (Sheldon Feldner), que formaba parte de un grupo de nueve regeneracionistas, por decirlo así. Todos pertenecientes al mismo tribunal.

En el aspecto visual, siempre atendido por el guionista y realizador Peter Hyams (1943), destacan los planos sobrios, significativos, en el que los actores se desenvuelven o quedan petrificados por las circunstancias, y la planificación que, respecto a Steven y Ben, los involucra progresivamente, conforme el primero se va comprometiendo con la causa del segundo. En el restaurante chino en el que ambos almuerzan, están separados por el plano-contraplano. Cuando Ben le hace a Steven su propuesta (una propuesta que puede rechazar), ya comparten alguno de esos planos; y cuando el tribunal alternativo se reúne para dictar sentencias, todos los componentes quedan enlazados por sendos deslizamientos con la cámara. Por cierto que el speech que nos brinda Ben en su domicilio es muy parecido al que el mismo actor nos ofrecía en Capricornio Uno (Capricorn One, Peter Hyams, 1977). Un tribunal de último recurso, que el espectador aprueba o reprueba, pero que, aún en la sombra, trata de devolver a la ley su faz más justa y humana. Casos sangrantes, además de sanguinarios. El fallo real está, en que una vez puesta en marcha la maquinaria ejecutiva, no se puede (o quiere) parar. La desconexión entre el ejecutor de tales sentencias (Keith Buckley) y el tribunal paralelo parece absoluta.
 
 
Otros dos sospechosos quedan libres. Lawrence Monk (Don Calfa, alejado de sus papeles con vis cómica), y Arthur Cooms (Joe Regalbuto). El descubrimiento del cadáver de un chaval, Daniel Lewin (-), pone sobre el tapete un aspecto sórdido en el que se mezcla la pornografía infantil. Después de este doble hecho luctuoso, la muerte del niño y la puesta en libertad de los presuntos autores del crimen, Steve alcanza su tope moral. Aunque no lo deja traslucir. Su trato con el doctor Harold Lewin (el no siempre aprovechado James B. Sikking), padre del muchacho asesinado, es incómodo y frío.

Pero si la deriva de Steve se afianza, las investigaciones policiales también prosiguen su curso. Ambas están entrelazadas, como casi todo en la vida. De hecho, la película muestra el punto de vista de los agentes de la ley y de las víctimas, sin ser un relato centralizado en estos colectivos. Los policías también se mueven por intuición, como el resto de seres humanos. Algo que no siempre sabe valorar la legislación. Entre tanto, el resto de mortales asistimos impasibles a la salida y excarcelación de violadores y criminales.

Hyams y su colaborador en el guión, Roderick Taylor (-), estructuran muy bien el relato, cuyo tercer vértice (tras el de Ben y Steven) es la profesionalidad del detective Harry Lowes (Japhet Kotto: todos los actores de soporte son magníficos). En una muestra significativa, Lowes deja de seguirle los pasos a Steven cuando recibe un aviso por radio (aunque sabe a dónde se dirige). Es lo que hace un buen guionista y cineasta, otorgar sentido a los gestos. Otrosí. Steve, como es apodado, descubre que Monk y Cooms no son dos angelitos pese a todo, cuando visita las instalaciones en que estos operan.
 

La soledad del policía es doble. Por un lado, está la profesional, yo detengo a los delincuentes y usted los pone en la calle, comenta Lowes ante Steve; y del otro, está la familiar: no tengo prisa en regresar a un apartamento en el que vivo solo. Confiesa las dos ante el atribulado juez. No hace falta más, por sus rostros los conoceremos, y sabremos que esta es la verdad (y nada más que la verdad).
 
El estilo de Peter Hyams está presente en la película, pues se trata de un realizador con estilo propio. La persecución inicial, vibrante y física, en largos travellings, o las charlas de un matrimonio que no pasa por su mejor etapa -en este caso es Emily (Sharon Gless)-, son aspectos que nos retrotraen a títulos previos como Atmósfera cero (Outland, 1981). Ya hice referencia al discurso de Ben ante Steve. El final también es una baza, al contrario de lo que suele ocurrir con un excesivo oportunismo, más que oportunidad, con la mayoría de narraciones abiertas, que han desnaturalizado su razón de ser. Dejar los relatos in media res no es, por sí mismo, sinónimo de eficacia, suspense o profundidad. Peter Hyams sí lo consigue. Es uno de esos realizadores que dieron lo mejor de sí mismos, aunque luego se vieran abocados a sobrevivir.

Producida por Frank Yablans (1935-2014), responsable de poner en marcha títulos tan estimulantes como El expreso de Chicago (Silver Streak, Arthur Hiller, 1976), El otro lado de la medianoche (The Other Side of Midnight, Charles Jarrott, 1977), La furia (The Fury, Brian de Palma, 1978), Queridísima mamá (Mommie Dearest, Frank Perry, 1981), o Monseñor (Monsignor, Frank Perry, 1982), y la simpática película para niños Kidco (íd., Ron Maxwell, 1984), con Los jueces de la ley se nos lega una de las piezas más emblemáticas y reivindicables, visual y argumentalmente, de la clásica década de los ochenta. Cuenta además con la envolvente y atmosférica música de Michael Small (1939-2003).
 
Escrito por Javier Comino Aguilera




Para el sábado noche (XCIII): Tras el corazón verde, de Robert Zemeckis, y La joya del Nilo, de Lewis Teague

02 mayo, 2020

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Aburrido como estoy de espacios que parecen exclusivamente dedicados a glosar las recientes series, las más de las veces sobrevaloradas, o que se dedican al bucle de las (incontestables) “obras maestras” o los “actores imprescindibles” de siempre, en mi modesto proceder me precio de rescatar y divulgar todo tipo de películas, con un poso de calidad, claro está.

Hoy abordamos un estupendo díptico de aventuras, el género más valorado por los espectadores y con frecuencia el más denigrado por los críticos (eso de que la gente lo pase bien pudiendo disfrutar de un buen ejemplo nórdico-conceptual o de las vaguedades francesas, no todos lo han sabido sobrellevar bien).

La ficción que se involucra en la realidad, y la realidad que acaba convertida en ficción, son aspectos atractivos que han sido abordados y forman parte de la propia esencia cinematográfica. Para muchos de nosotros, la realidad es lo que ocurre en muchas películas. Conatos de verosimilitud mejor o peor llevados, lo cierto es que esta interrelación forma parte de una objetividad que con frecuencia supera la fantasía.

Pues bien, la ficción que alterna con la realidad, es componente directo de Tras el corazón verde (Romancing the Stone, Fox, 1984). Y lo hace en la figura de la escritora de novela rosa Joan Wilder (Kathleen Turner), y por extensión, de su futuro acompañante Jack C. Colton (Michael Douglas), que se ve inmerso en la trama.

Al comienzo del relato, la estimulante Angelina (Kym Herrin) se las ve con el pérfido Grogan (Ted White), en pleno salvaje oeste. Ella semidesnuda pero con armas a su favor, él desalmado y con revolver. Hasta que sobre el horizonte se recorta la figura del amado y solitario jinete Jesse (Bill Burton). Es la representación del emotivo capítulo final del nuevo libro de Joan, una mezcla de Corín Tellado (1927-2009) y Marcial Lafuente Estefanía (1903-1094), pasados por el filtro de Barbara Carland (1901-2000).


Joan vive sola. Bueno, eso si exceptuamos a su gato Romeo y los seres que pueblan su imaginación. Tras la ultimación de este último libro, la autora recibe la angustiosa llamada de su hermana Elaine (Mary Ellen Trainor). Esta le avisa de un paquete por correo y desea saber si lo ha recibido; su vida puede depender de ello.

Se trata de un asunto bastante turbio, de resultas del cual el marido de Elaine ha quedado digamos que algo maltrecho. Pero ya volveremos sobre esta cuestión.

Lo cierto es que Joan no parece muy interesada en el mundo que llamamos real. Sí por vivir con profunda -e irónica- empatía sus ficciones. Por eso, tras una cita con su editora Gloria Horne (Holland Taylor), Joan emprende la posibilidad de una aventura real con ciertas dosis de romanticismo. Antes le ha comentado a Gloria que estoy segura de que ahí fuera hay alguien para mí. Sin embargo, la escritora es consciente de que dar con una persona que merezca la pena no es para nada sencillo, y no se muestra muy dispuesta a intentarlo en el entorno físico. De hecho, Joan se confunde con Angelina, su personaje o alter ego. Los anhelos de su heroína son los suyos, pero no así los finales felices, al menos de momento.

El caso es que Joan viaja hasta Colombia, sin ser muy consciente del peligro que le amenaza. En su descargo, hemos de tener en cuenta que el realizador Robert Zemeckis (1952) tan solo ha informado de dicho peligro al espectador (caso del asesinato de un portero a manos del pérfido y malévolo general Zolo [Manuel Ojeda]).


Así, pronto va a tener Joan la oportunidad de convivir con la realidad y con las sorpresas que esta depara. Material del que sustraer una futura novela, sin lugar a dudas. Pese a las advertencias de Gloria, que le recuerda que no estás preparada para eso, Joan parte siguiendo las indicaciones de Elaine. El sobre que le ha sido remitido contiene un curioso mapa. El mapa de un tesoro, al más clásico y prometedor estilo.

Esta urdimbre ha sido puesta en marcha por los chapuceros primos Ralph (Danny de Vito) e Ira (Zack Norman), pero interceptada por el mencionado Zolo y su troupe de paramilitares. En efecto, doctor o comandante, en palabras de Ira, este sujeto posee un ejército privado a su disposición. Es algo así como un comisionado en jefe de la policía secreta, y hasta ostenta el cargo de ministro de cultura antigua. Todo un entorchado de títulos en la mejor línea de la tradición revolucionaria caciquil.

En definitiva, con todas sus sorpresas e inconvenientes, la vida atrapa a los protagonistas. En este sentido primordial, afín a toda buena película de aventuras que se precie, la idea de la búsqueda de un objeto precioso y la convivencia con la ficción que desarrolla Tras el corazón verde resulta sumamente grata. Escrita por la malograda Diane Thomas (1946-1985), la película contó además con una estupenda música de Alan Silvestri (1950). Por otra parte, da gusto contemplar una fotografía como la de Dean Cundey (1946), contrastada y verdinegra, hartos como estamos de tanta imagen aséptica digital.


Retomo. En Colombia conoce Joan al proveedor de aves Jack, un buscavidas que, como él mismo dice, se ha dedicado a hacer trabajitos (poco más sabemos de él, ni falta que hace). La amistad se va cimentando bajo la torrencial lluvia del país. El Rubicón de Joan consiste en un destartalado puente, al borde de un abismo; una selva abrupta y cimbreante, una traicionera cascada, un desvencijado hotel, la visita “guiada” por los entresijos de un pueblo de traficantes, y el encuentro en una áspera fortaleza con la fauna local, pero también en un risueño baile, en un acogedor pueblo de la serranía, y una velada “romántica” en el interior de un avión de transporte abandonado.

Precisamente por mor de esa visión romántica de la vida que atesora Joan, en un determinado momento de la película recrimina a su acompañante carecer de estilo y tacto, y aceptar el dinero de una damisela en apuros. Lo que, teniendo en cuenta que uno de sus más fieles lectores es el rústico Juan, el campanero (Alfonso Arau), no deja de tener su gracia (Gloria ya se lo advirtió). En efecto, Juan conoce muy bien la obra de Joan. Precisamente, en uno de sus más afamados libros, titulado Tesoros de codicia, la escritora escondía el objeto valioso en el interior de una pieza manufacturada, según nos comenta. Al final, la culminación de toda esta aventura inserta en la realidad se enmarca en la imagen del velero que Jack ha plantado en una calle de Nueva York.

Aventura clásica a la búsqueda de un tesoro y del “redescubrimiento interior” de los protagonistas, Tras el corazón verde continúa siendo un estupendo entretenimiento. Cuyo éxito propició una secuela de idénticas características.

Embarcado Zemeckis en la estupenda Regreso al futuro (Back to the Future, 1985), la secuela fue puesta en marcha por el interesante Lewis Teague (1938), de progresivo sfumato, pero que dejó un reguero de películas apreciables.

Joan está pasando por un interminable periodo de asueto en compañía de Jack, en el barco que este perseguía desde el inicial episodio, y que ha bautizado como Angeline, al igual que la protagonista de los relatos de la exitosa autora. Circunstancia que le está empezando a pesar a Joan. Si posteriormente le va a comentar a su editora que le preocupa no saber qué les sucede a sus personajes al día siguiente, justamente La joya del Nilo (The Jewel of the Nile, Fox, 1985) arranca en ese “día siguiente” que se nos propone, tras el término de la primera aventura, cerrada tan solo aparentemente por la literatura de la cinematografía.

Para colmo, Joan padece eso que se ha dado en llamar el bloqueo del escritor. Asegura a Gloria que después de diecisiete libros ya no se le ocurre nada. O sea, que estando en plenas aguas de la Riviera se halla inmersa en un mar de dudas.


Por suerte para ella, la aventura llama de nuevo a su puerta, y a rebufo a la de Jack, con todo el encantador riesgo que esto conlleva. Una aventura que da inicio, como en el relato precedente, con la puesta en escena de una ficción novelada, aunque en este caso, no se trata del colofón de una historia, sino de su rocambolesco inicio. En él, los protagonistas, ya bajo el rostro de los actores principales, se enfrentan con una horda de piratas punkis en alta mar.

Tras lo cual, Joan insiste en que quiero trabajar en algo serio. La citada oportunidad le viene de la mano de Omar Califa (Spiros Focás). Manos que primero le ofrecen unas flores de su más importante admirador, y que luego a punto están de estrangularla.

Omar engatusa a Joan con la publicación de su biografía, habida cuenta de que va a ser nombrado “emperador” dentro de cuatro noches. El adalid ha sido elegido (por él mismo) para unir las tribus del Nilo, en un alarde de iluminismo mesiánico (que por otra parte nunca falla). Con tal excusa, se lleva a Joan a Egipto, con la consabida crisis entre la pareja, bellamente apuntalada por el tema de amor compuesto por el estupendo Jack Nitzsche (1937-2000). Pronto descubrirá la escritora que es demasiada seriedad la que se desprende de este nuevo propósito literario.


Dicho y hecho. Hospedada en su humilde hogar, Joan no tarda en averiguar que Omar oculta unas aspiraciones menos nobles de las que pretende. De hecho, se ha incautado de un hombre santo, Al-Julhara (Avner Eisenberg), para ocupar su puesto y aparecer como el redentor de todo su pueblo. No puedo poseer el espíritu de mi pueblo si no se le convence de que soy su jefe espiritual, declara Omar. El líder es muy listo, a ejercer la crítica lo llama bulo o fantasía. No acepta mensajes “negativos” de cara a la ciudadanía.

De nuevo Joan pasa de la ficción hecha realidad (yo he escrito esto, determina cuando Omar le enseña su palacio), a una realidad que la supera con creces. Hasta la cámara de torturas donde Jack y Joan están a punto de rendir cuentas al Todopoderoso ha sido extraída de otra de sus novelas.

Pero eso será cercana la conclusión. Entre tanto, Jack ha partido al rescate en compañía de Ralph. Allí topan con el gracejo de una marchosa tribu sufí, que parece haber aparcado sus melodías autóctonas y la evocación de un estado superior, por la materialidad de los ochenta como forma de acercamiento a Dios. Por algo, los sufíes ya eran considerados heréticos por los tradicionalistas aguadores de fiestas, debido a su querencia musical. Divertida es también la posterior parada en la aldea Nubia, hasta desembocar en el espectáculo de luz y sonido que Omar ha dispuesto para su presentación como líder carismático y predestinado.


Si en Tras el corazón verde los protagonistas partían en pos de un objeto valioso real, la chispa de La joya del Nilo estriba en que el tal tesoro resulta ser un ser vivo (no entraré en más detalles por si alguien no ha visto la película). En cualquier caso, sirva esta recomendación para disfrutar de estos dos eficaces relatos cinematográficos de aventuras, por los que el tiempo no parece tener demasiado empeño en causar tantos estragos como sus protagonistas a las intrigas.

Dedico este artículo a mis hermanos, Alejandro y Esther.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Para el sábado noche (LXXXV): El síndrome de China, de James Bridges

25 septiembre, 2019

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Dos cosas quedan de manifiesto al comienzo de El síndrome de China (The China Syndrome, Columbia Pictures, 1978; estrenada al año siguiente). Que ante los inevitables desbarajustes y cambios de última hora, la presentadora de televisión Kimberly Wells (Jane Fonda) es una profesional, y que, pese a todo, no encuentra su lugar en la red de televisión para la que trabaja. Ante la cámara, Kimberly resulta resolutiva y convincente. Fuera de antena, solventa cada incidencia, o el hecho de tener que dar cuenta de una notica chusca, como buenamente puede.

El siguiente cometido de Kimberly la lleva, junto a su equipo de grabación y edición, conformado por Richard (Michael Douglas) y Héctor (Daniel Valdez), hasta la noticia que su carrera andaba necesitando; esto es, hasta la central nuclear de Ventana, una población inventada pero transferible, al sur de California.

El reportaje forma parte de su serie documental La energía en California. Las explicaciones técnicas corren a cargo de William Gibson (James Hampton), el Relaciones Públicas de la compañía. También les son presentados Herman (Scott Brady), supervisor de la planta, y por interfono, Jack Godell (Jack Lemmon), encargado del centro de mandos de la central.

Cuando se produce un incidente, estando el equipo de televisión presente, también queda demostrado que el proceder de Godell es experimentado e íntegro. En este sentido, ambos protagonistas están conectados.

En efecto, frente a la sala de control, los visitantes son testigos de un hecho que captan con las cámaras, aunque tal cosa no está permitida, siendo este un apunte sobre libertad -y oportunidad- de información esgrimido por la película. Godell observa, en un plano-contraplano aislado del resto, pero que podemos considerar el “núcleo” de la trama, o cuando menos de toda la secuencia, un temblor en el líquido de una taza de café. El episodio, tal y como queda constatado, es consecuencia de un disparo en la turbina del generador, agravado por el mal funcionamiento de un relé indicador defectuoso (del circuito de dicho generador). Pero Godell no puede olvidar esa extraña vibración. Ni obviarla. No en vano, han estado a las puertas de una potencial catástrofe, que deja al descubierto los peligros de una instalación cuya seguridad es defectuosa, debido a la falta de control en el mantenimiento. La vibración advierte de una inseguridad muy real.


Lo cual implica una decisión arriesgada por parte de Jack. Una ya tuvo lugar durante la emergencia: disminuir la presión del núcleo. Otra, será actuar extra oficialmente, en lugar de permanecer callado.

Por supuesto que los gerifaltes se ponen manos a la obra para que las dudas e investigaciones de Jack no se traduzcan en días de parón; consecuentemente, en pérdida de ingresos.

Siempre hay una víctima inocente, incluso cuando la verdad sale a relucir: el citado acceso a la información, lo primero que trata siempre de impedirse (aquí, de forma literal). Finalmente, esta se solapa con anuncios de detergentes o electrodomésticos (que entiendo no tienen la culpa), para pasar casi al olvido. De tal modo, se aborda la cuestión de si es conveniente difundir una noticia aún por contrastar, en unos momentos en que la controversia sobre el uso de la energía nuclear era especialmente álgida. Sobre todo, respecto a los residuos nucleares. En la película, esto coincide con el hecho de que otra central está esperando la resolución de su licencia. Todo está regulado por el Comité de la Regulación Nuclear, o CNR. A la que se contrapone la figura del siniestro Presidente del Consejo de Administración de la central, Evan McCormack (Richard Herd).

Personalmente, lo que más miedo creo que da es la cobardía que demuestran los compañeros de Jack Godell, una vez ha entrado en máquinas la disciplina de partido de la empresa (algo parecido al corporativismo académico y mediático que trata de justificar los plagios, mientras los estudiantes se esfuerzan para que no les falte al citar ni media coma). A lo que se suma el comprensible miedo a perder los puestos de trabajo. Ted Spinler (el estupendo Wilford Brimley, por otra parte) ya apunta maneras cuando Kimberly Wells visita el bar donde se reúnen los trabajadores de la fábrica, inhibiéndose de la conversación que mantiene con Jack. Estos colegas serán capaces de traicionar el sentido común (dos veces le preguntan a Jack si está borracho), o de consentir el expuesto simulacro de una parada del sistema.

Los de la cadena no se quedan atrás. Están más preocupados por la nueva imagen de Kimberly y su flamante pelo rojizo, que por el libre derecho a la información en un canal que trata de abrirse camino. No la dejan hacer periodismo de investigación porque ya está encasillada en otro tipo de noticias. Pese a lo tópico de la imagen, la sensación general es que los adultos son como niños jugando con fuego. Poco menos que unos irresponsables (algo que algunos creíamos que se remediaba con la edad).

Argumentalmente, El síndrome de China es un buen thriller. Puede que de forma algo forzada o interesada, pero como llamada de atención, a un nivel dramático, funciona. Por lo que, pese a darse un suceso en directo, como sucede hoy con la inmediatez de las redes, la imagen no está exenta de ser manipulada, o como se suele decir, matizada. Quizá sea este el tema motor de toda la película, ya que, al igual que los peligros de la energía nuclear (poco antes del accidente de Harrisburg, Pensilvania, en 1979), es algo que afecta a cada uno de los personajes.


Cierta madurez también alcanza a Kimberly, algo trabada en su dinámica hasta que toma aliento final. Es un proceso muy humano, contenidamente heroico. Al fin y al cabo, la presentadora ha pasado de anunciar noticias pedestres aunque simpáticas, a verse envuelta en otra de posible calado internacional. Una inicial “indefinición” que el realizador James Bridges (1936-1993) se ha tomado la molestia de reflejar incluso en su vivienda, repleta de cajas y a medio hacer.

Por otra parte, es inquietante constatar cómo uno nunca puede saber cuándo ha dejado una taza de café sin tomar, sobre una mesa, por última vez.

Las pesquisas particulares de Jack, ante la dejación de funciones -o habrá que decir de competencias- de los técnicos superiores, lo llevan a descubrir una fuga en la junta de la bomba de regulación. También Richard ha emprendido una investigación en paralelo, con las imágenes obtenidas. La estación puede ser un factible peligro, fundirse el núcleo y, literalmente, llegar hasta China (las antípodas). La confirmación de esta amenaza la obtiene Jack al conocer al contratista D. B. Royce (Paul Larson), que ha falsificado los informes de seguridad de la estructura que soporta dicha bomba. Una cadena de errores, si no atómica, que sí puede desembocar en esta. A partir de ahí, Jack se verá acosado, lo que incide en el profundo asco hacia quienes, amprándose en la umbría de los medios y el poder, pisotean la libertad del individuo. Los amigos apenas existen para Jack fuera de este ámbito; si bien, aunque en un principio, a Kimberly y Richard les interesa únicamente la divulgación de la notica, pronto se involucrarán con la persona.


Escrita por Mike Gray (1935-2013), T. S. Cook (1947-2013), y el propio Bridges, uno de los guionistas de Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart, Clint Eastwood, 1990), y responsable de la escritura de la notable Colossus, el proyecto prohibido (Colossus, the Forbin Project, Joseph Sargent, 1970), podríamos destacar, además de lo dicho, el suspense que despliegan las imágenes de un Jack Godell tratando de alcanzar la emisora de televisión, donde trata de ofrecer su declaración a los medios. Habrá un cambio de planes por el que, la sala de mandos de la central volverá a convertirse en un plató a la fuerza. Un acto desesperado de ser honesto, que por desgracia siembra la duda: la cuestionada credibilidad de la imagen se plasma en el desenfocado doble filo de la resolución. Algo a lo que Kimberly sabrá hacer frente, en última instancia.

Como nota curiosa, salvo la canción de Stephen Bishop (1951) con que se acompañan los títulos de crédito, Somewhere in Between, la película carece de partitura, dejando al margen algún que otro acompañamiento incidental (las entradillas de un telediario, unos comerciales o las tonadas que se escuchan en un bar). Pese a todo, una composición debida al estimulante Michael Small (1939-2003) se tuvo en consideración, puesto que yo mismo dispongo de una grabación (en Intrada, vol. 110, 2009), de la que pudo haber sido la banda sonora de la película. La decisión de no incluirla, en cualquier caso, no parece desacertada, ¡aunque nos encanta la partitura! La fotografía corrió a cargo de James Crabe (1931-1989), firmante de la estupenda Karate Kid (Íd., John G. Avildsen, 1984).

Escrito por Javier Comino Aguilera



Para el sábado noche (XXIV): Coma, de Michael Crichton

04 noviembre, 2013

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El hombre auténtico se preocupa sobre todo de la sabiduría y de la amistad, de las cuales cosas, una es un bien inmortal, y la otra mortal” (Epicuro).

Susan (Geneviève Bujold) es independiente, trabaja en un hospital y, como recomendaba Epicuro, se aparta de la política cuánto puede, razón por la cual no parece encajar con los puntos de vista, mucho más activos (aunque activos y comprometidos no sean siempre sinónimos), de su pareja, Mark (Michael Douglas), que se halla en espera de poder convertirse en el nuevo Jefe de Residentes. Dicho más claramente, la política del hospital delimita su relación. Y será una de las variantes manipuladoras de la política la que, pese a todo, acabe alcanzando a Susan, como representante de todo “John Doe”, o hijo de vecino, que se ve irremisiblemente plegado a sus ramificaciones y dominios. 

Aunque los entresijos de una organización tan cercana, pero a la vez tan desconocida para el común de los mortales, como es un hospital, no es el “objeto directo” del presente relato, sí que supone un muy interesante “contexto polifónico”, que además entronca con el planteamiento de otras dos notables películas de la época: Anatomía de un hospital (The hospital, 1971), de Arthur Hiller, y Diagnóstico asesinato (The Carey treatment, 1972), de Blake Edwards.

En estas, las relaciones personales también quedaban al arbitrio de las laborales. De este modo, y como sucede con muchos héroes-antihéroes, Susan es un personaje “aislado” aunque esté rodeado de gente. En principio, no todos los médicos tienen el mismo “estatus”.


Adaptación de la novela de Robin Cook (1940), Coma (MGM, 1978), producida por Martin Erlichman (1929), con fotografía de Victor J. Kemper (1927), música de Jerry Goldsmith (1929-2004) y dirección de Michael Crichton (1942-2008), médico, escritor estimado y notable cineasta, sitúa el grueso de su acción en un reputado hospital de Boston (ciudad de importantes centros médicos; a día de hoy, el Massachusetts General Hospital de Boston, es tenido como el mejor y más competente centro hospitalario del mundo). Pues bien, las irregularidades en el historial de su amiga Nancy (Lois Chiles), hacen sospechar a Susan de negligencia, que comienza a tirar del hilo (del tubo), hasta que la posibilidad -que a cada paso se vuelve más aterradora-, se concreta en forma de un escalofriante listado, proporcionado por una computadora encargada de la selección de los sujetos-pacientes.

Las dudas sobre este comportamiento criminal se centran el Jefe de Cirugía del Hospital, el doctor George (el siempre sólido Rip Torn), y el Jefe de Anestesiología, el doctor Harris (inquietante y paternal Richard Widmark). Si existe todo un organigrama conspirativo en el hospital o no, es algo que Susan necesita averiguar, porque pone en cuestión todo lo que la conforma como persona.


Extraordinario thriller de esa gran década que fue la de los setenta, al menos cinematográficamente, Coma se desarrolla a modo de intriga policiaca. Dos espléndidas secuencias lo rubrican: la visita al Instituto Jefferson, donde “reposan” los pacientes en estado de coma, y desde luego, el recorrido nocturno por los (casi) deshabitados pasillos y salas del hospital (momentos que Jerry Goldsmith potencia por medio de su extraordinaria partitura).

Junto a las chanzas de los médicos, tan ajenas siempre al paciente -y que alcanzarían su paroxismo humorístico en la ayudante del dentista que aparece en la injustamente menospreciada 10 (Ten, 1979), también de Blake Edwards-, el ritual del quirófano proporciona otro momento magnífico: el cese de la música clásica que acompaña a los médicos durante una intervención, acompañada por la comprobación de las pupilas del paciente.


Coma articula sus hilos ante el rampante corporativismo, las disposiciones administrativas y, naturalmente, el pánico a lo cotidiano: una intervención supone la “suspensión” de la conciencia, el (pasajero) dejar de ser. Como suele decirse, un suspense no acto para cardiacos, que además advierte de la “extirpación” de las emociones que conlleva la rutina; un riesgo con el que todo buen facultativo debe enfrentarse, antes o después.

En Coma, la profesionalidad se enfrenta a la insensibilidad administrativa de ese ente denominado Salud Pública. Para colmo, a Susan, el hecho de ser mujer la pone en una continua situación de auto superación; su físico ni siquiera es el de la escalofriante doctora Emerson, cancerbera del citado Instituto Jefferson (una espléndida Elizabeth Ashley), pero su fortaleza es finalmente gratificante, porque no se ve relegada a esa soledad inicial. Como curiosidad, entre el reparto, distinguimos a unos jóvenes Tom Selleck y Ed Harris.

Escrito por Javier C. Aguilera


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