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Con la muerte en los talones, de Alfred Hitchcock

02 marzo, 2015

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Para Alfred Hitchcock (1899-1980), su única película para Metro Goldwyn Mayer fue una experiencia totalmente lúdica. Escrita por Ernest Lehman (1915-2005) y con fotografía de su colaborador habitual, Robert Burks (1909-1968), los elegantes y expresivos títulos de crédito de Saul Bass (1920-1996) para Con la muerte en los talones (North by northwest, MGM, 1959) estilizan esa “marea humana” de la Avenida Madison neoyorquina que acaba por llenar la pantalla, y de la cual forma parte el ciudadano “anónimo” Roger O. Thornhill (Cary Grant: todos los actores están estupendos).

En esta secuencia de arranque, donde la población ya avanza con prisas aunque “a trompicones”, Thornhill se acompaña de su secretaria (Doreen Lang) y se define a sí mismo desde el primer momento como un hombre práctico y de recursos. No en vano se dedica al llamado mundo de la publicidad, donde, como proclama, “no existe la mentira, si acaso la exageración”. El escenario es alegóricamente perfecto para que a nuestro personaje anónimo se le proporcione otra identidad, al ser confundido con otra persona, George Kaplan. Lo curioso del caso es que esta última “no existe”, al menos físicamente.

Las ironías no acaban aquí. Al quedar encarnado como Kaplan por los secuaces de Philip Vandamm (James Mason), Thornhill adquirirá una apariencia física de la que antes carecía, lo que le permitirá hallar cierto equilibrio en su vida, aún a costa de algunos padecimientos. Inconvenientes como el hecho de ser acusado del asesinato (la sorna hace que sea en el interior del edificio de la ONU) de Lester Townsend (Philip Ober), la persona a quien a su vez ha suplantado Vandamm, y que morirá sin conocer el motivo de la agresión, complicando aún más la situación de Thornhill.

Una sucesión de fatalidades encadenadas que, pese a todo, revelan que sí existe un infiltrado, aunque a la inversa, es decir, en la camarilla del propio Vandamm. Claro que, de momento, desconocemos su identidad.


Jugando continuamente con la verosimilitud, esa “exageración” pronosticada por Thornhill, todos los personajes de Con la muerte en los talones persiguen un fantasma. Incluso los funcionarios del gobierno que lo han creado, como finalmente corrobora el jefe de contraespionaje (Leo G. Carroll) al propio “interesado”.

Se trata del “mcguffin” elevado a la enésima potencia -recordémoslo tal y como lo definió Hitchcock en sus conversaciones con Truffaut (El cine según Hitchcock, Le cinema selon Hitchcock, 1966-1983; Alianza, 1998, pg. 127): un mcguffin es “un rodeo, un truco, una complicidad”, un elemento, por ejemplo, lo que persiguen unos espías, “de gran importancia para los personajes de la película, pero nada importante para mí, el narrador”-.

De Nueva York a Chicago en tren, Thornhill traba amistad con Eve Kendall (Eva Marie Saint), diseñadora industrial. De allí proseguirá hasta Dakota del Sur. Un recorrido que incluye tanto el mencionado edificio de las Naciones Unidas como algunas habitaciones de hotel y en el que Roger, superviviente nato, echará mano de sus añagazas, como sucede con esa cajita de cerillas en la que escribe un mensaje.


Una situación anómala que Hitchcock ejemplifica por medio de planos picados y los diálogos certeros de Esnest Lehman, que inciden de un modo sarcástico sobre la sinceridad en una relación. Fusionando ambos aspectos, psicología y planificación, es significativo el uso del plano-contraplano durante la primera charla de Roger y Eve en el tren: los personajes aún no están unidos del todo. Posteriormente, durante su reencuentro en el bosque, a los pies del Monte Rushmore (en Keystone, Dakota del Sur), ambos ya sí están encuadrados en un mismo plano. De algún modo, esto también sucede en la Casa de la Colina, obra del arquitecto Frank Lloyd Wright (1867-1959), cuando Thornhill observa a sus ocupantes y trata de advertir a Eve.

La conocida secuencia del maizal y la de la posterior subasta de arte, son presentadas por Hitchcock mediante un movimiento inverso: en el primer caso, el plano general da paso al medio, alternándose ambos; en el segundo, el plano-detalle de la nuca de Eve se abre para mostrar la sala de pujas -¡y de pullas!- hasta encaminarse a la puerta de acceso por donde aparece Roger.

Esto también sucede durante la secuencia final, en la cumbre del Monte Rushmore, donde, por ejemplo, la cámara desciende hasta mostrar el tacón del zapato del brazo derecho de Vandamm, Leonard (Martin Landau). A todo ello podríamos sumar el reflejo de Roger en el aparato de televisión, que acaba delatando su presencia.


El relato de Lehman parece encaminado a trascender la rutinaria monotonía ya instalada en el “ciudadano medio”. Un tipo de personas que, como además le comenta Eve a Roger, la han llevado a ser lo que es, en otro apunte irónico.

Pero estos personajes han emprendido un recorrido tanto geográfico como emocional, en el que finalmente, el amor vence. Por su parte, Roger “redescubrirá” el valor de la mentira como herramienta de trabajo, cuando recrimina al Profesor (Carroll) que le haya engañado; a lo que este responde que “necesitaba su colaboración”: Thornhill ha sido usado como él se ha valido antes de las personas, publicitariamente hablando.

Finalmente, Roger lucha por sí mismo y por su cuenta, pero también por Eve. No lo hace por ninguna ideología o institución específica, probablemente porque tras haber contribuido a venderlas y haberse comprometido hasta las cejas, ahora solo quiere que lo dejen en paz.

Escrito por Javier C. Aguilera


Para el sábado noche (XXXIV): Tierras lejanas, de Anthony Mann

19 marzo, 2014

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Anthony Mann
Sobre Anthony Mann (1906-1967), más que llover, se han precipitado los tópicos. Hoy traemos al Baúl una película del que confieso es uno de mis realizadores predilectos, quizás porque compruebo que otras etapas de su cine siguen siendo relativamente desconocidas, y sobre las conocidas, como decía, se abalanzan los mismos tópicos; y por qué no, porque con frecuencia encuentro estimulante llevar la contraria.

El caso es que Tierras lejanas (The far country, Universal, 1954) fue una nueva colaboración del realizador con el productor Aaron Rosenberg (1912-1979), un trabajo magníficamente escrito por Borden Chase (1900-1971) y estupendamente fotografiado por el no menos considerable William H. Daniels (1901-1970).

El ciclo de westerns filmados por Anthony Mann con James Stewart suele despacharse diciendo que es lo más destacado en la filmografía del director (lo que no es cierto: ahí están sus trabajos en el género negro para demostrarlo), y que evidencia la relación del hombre –en general- con el paisaje, lo que sí es cierto, aunque esta “imbricación” presenta una variable a mi modo de ver, y es que pese a que la idea es genérica dentro del ciclo, como rasgo formal y existencial de Mann, ésta se ilustra en escenarios diferentes y con matices muy particulares.

Cartel de Tierras lejanas
La cuestión es que Anthony Mann ha sido un realizador relativamente desconocido, entre otras cosas por no haber sido bendecido por la “política de autor”, en otra –y ya van no sé cuántas- de las muchas injusticias de la crítica cahierista clásica, así como porque parte de su cine ha permanecido invisible hasta hace bien poco. Desde luego, no quiero decir con esto que vaya yo a tener la “razón última” en la causa de La Crítica vs. Anthony Mann, habida cuenta de que su figura -aunque debió ser siempre así-, ha sido justamente reivindicada, es decir, entendida, en tiempos recientes.

Tierras lejanas también está dotada de un tono particular, y tan importante resulta el mencionado paisaje como el trasfondo psicológico, el formato cinematográfico y la historia. En este caso, y comenzando por lo último, el relato se centra en la descripción del conductor de reses Jeff (James Stewart), un tipo de carácter solitario, errabundo y autosuficiente en lo que a relaciones afectivas se refiere. Es decir, que solo cree en sí mismo y es poco amigo de asentarse. Pese a ello, Jeff se hace acompañar –o tal vez no puede evitar la compañía- de Ben (el estupendo Walter Brennan), lo que proporciona a Jeff cierto calor humano. En este sentido y como rasgo de modernidad, esa búsqueda de la convivencia con los demás, al menos de cuando en cuando, cerrará de forma abierta Tierras lejanas.


Iconográficamente, la película prescinde del paisaje árido de anteriores trabajos, del polvo y el sudor, para ambientarse primero en Seattle, y después en las poblaciones de “Scatway” y Dawson, en tierras de Alaska, dando un rodeo por Canadá. El año es 1896, y el desvío geográfico se debe a la huida que Jeff y Ben se ven forzados a emprender, fustigados por un juez-de-la-horca llamado Gannon (un espléndido John McIntire).

Pero Jeff y Ben no están solos, pues su nuevo encargo consiste en transportar más reses, en esta ocasión a unas poblaciones que no dejan de ser unos asentamientos primitivos, cuyo número de cantinas indica en cuánto se ha incrementado la población últimamente. Ya desde comienzos del relato, Jeff ha de hacer frente a las estafas en los aranceles del transporte, propugnadas de igual modo por el sheriff Gannon.

Pero tras su enfrentamiento con este, su nueva patrona será Ronda Vallon (Ruth Roman), la dueña de un saloon y otro personaje de carácter, con un pasado doloroso: también ella ha sido traicionada en lo sentimental.


Finalmente, no será la venganza lo único que fuerce a tomar cartas en los asuntos a Jeff, sino el aprecio revivido hacia los demás, el renacer de la empatía. Jeff comenzará a reaccionar cuando la “ley” pisotee aquello que es lo justo, aunque no esté escrito en ningún papel o la cuestión no le incumba personalmente.

Y es que “allí donde hay oro roban y matan”, como si fuera una ley escrita. De hecho, más que “entender ahora muchas cosas”, como se justifica Jeff, parece revivirlas. Stewart compone un personaje estoico pero no pasivo, falible, vulnerable y de afectividad latente, subterránea a veces; en definitiva, uno de esos personajes tan humanos que le procuró su prolongada e irrepetible colaboración con Anthony Mann.

Su encuentro cercano tiene lugar principalmente con los mineros del Klondike. Y más concretamente, destaca su amistad con la joven Renee (sic) (Corinne Calvet). Su charla nocturna en las montañas es más que reveladora; él pregunta si hay motivos por los cuales le deba gustar la gente, y confiesa que si no se fía de nadie es para que no lo lastimen. Se trata de una relación que dibuja un amor no correspondido hacia una niña que, como la propia Ronda recuerda al vaquero, es realmente una mujer. En realidad, la huída de Jeff es la huída del dolor.


En definitiva, el “tipo” podía ser recurrente, pero la visualización de Mann es poliédrica y el paisaje varía -no la relación del personaje con este-.

Entre los momentos más admirables, está la puja por las reses que se establece entre los mineros y Ronda. De igual modo, hay que destacar el duelo final, en el cual un plano-contraplano llega a enfrentar a todos los habitantes del pueblo, los mineros frente a los secuaces de Gannon. Dentro de este segmento, es magnífico, por cinematográfico, el plano que muestra a Ronda observar a su vez a Gannon, que tras una ventana se dispone a perpetrar una trampa contra Jeff.

Resulta evidente la influencia de Tierras lejanas en los dos últimos westerns de Clint Eastwood. La película cuenta además con la presencia de otros buenos característicos como Jay C. Flippen (el borrachín Rube; personaje, no obstante, con más matices), y los chicos malos por antonomasia, Jack Elam y Henry Morgan (solo faltan Martin Landau y Ernest Borgnine).


La edición “oficial” para DVD perpetra otro cambio-timo con respecto al bello doblaje original de la película, sin que medie previo aviso. Habrá quién se horrorice del hincapié de este comentarista con respecto a los doblajes en español de muchas películas, pero, sin detrimento por las versiones originales, considero que éste forma parte, de alguna manera, de la historia del cine de este país, y que por haber sido muy bueno merece un respeto; o dicho más claramente, cuando el original no está descontextualizado, me agrada escuchar aquellas voces, sobre todo en un formato que admite ambas posibilidades. En cualquier caso, deseamos que el error sea subsanado en futuras ediciones.

Escrito por Javier C. Aguilera


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