Las armas y las letras, de Andrés Trapiello

18 julio, 2017

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La Guerra Civil Española ha sido el acontecimiento contemporáneo que más ha afectado a nuestro país, tanto que sus efectos, sus hechos concretos y sus consecuencias siguen influyendo en nuestra realidad actual, siguen suponiendo debates en todas nuestras tribunas, o en todos nuestros bares, y su sombra pende siempre sobre la discusión ideológica de lo que debería ser la sociedad o de lo que debería hacerse con las heridas, cicatrizadas o no, de esa época. No vamos a debatir sobre todo ello ni sobre las posturas ideológicas, sino sobre la literatura, la literatura que vive en una guerra, la literatura que suele dejar de ser literatura para convertirse en propaganda. O que ve morirse sus esperanzas de distanciarse de la política.

El ensayo de Andrés Trapiello (1953), Las armas y las letras (1994, revisado y ampliado en 2010), trata de contarnos esa intrahistoria de los literatos en los años anteriores, durante y posteriores a la guerra civil, mostrándonos sus vivencias, sus decisiones, sus textos y, sobre todo, sus acciones. Esta cercanía a los hechos, basándose, como debe hacerse, en el testimonio escrito y oral de los propios protagonistas o de testigos, nos sorprende por el rompecabezas algo confuso de esos relevantes tres años, aún más enmarañado por los olvidos oportunos y oportunistas.

La postura que adopta Trapiello es la de una visión descriptiva y crítica. Es decir, frente a la visión más generalizadora y maniquea que se ha extendido, Trapiello nos proporciona una lupa para observar que no hablamos de personajes vacíos, sino de personas de carne y hueso, de seres que vivieron y padecieron una guerra, y que actuaron como solo el ser humano puede actuar: con una gran inestabilidad y siempre dependiendo del carácter individual de cada uno. Para ello, a una narración dividida en capítulos dedicados a distintos aspectos, como el preámbulo de la guerra, las revistas literarias o sendos apartados dedicados a los escritores catalanes y gallegos, añade su opinión subjetiva, pero una opinión siempre basada en los hechos recopilados desde fuentes primarias. Es decir, a partir de documentos oficiales o testimonios tanto de los protagonistas como de testigos de aquella época, mostrando a su vez, y cuando las hubiera, las incongruencias entre los relatos que una misma persona ha aportado de un hecho a lo largo de su vida. En este sentido, como debe hacerse, el autor expone para que el lector deduzca.

No obstante, dado el tipo de texto, también se expresa de forma personal, con un estilo literario exquisito y apasionado, difícilmente rebatible. Sirvan de ejemplo las narraciones dedicadas a ciertos episodios concretos, como el asesinato de García Lorca (1898-1936), donde no dudará en comentar su posible amistad con José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), sin darle más importancia de la que tiene, o señalará el punto débil del arrepentido Luis Rosales (1910-1992), poeta granadino siempre marcado por su cercanía a los hechos, también el célebre enfrentamiento entre Millán-Astray y Unamuno (1864-1936) en el Paraninfo, la desdicha de Miguel Hernández (1910-1942) en su terrible huida, el asesinato de Andrés Nin (1892-1937), las peripecias del diplomático chileno Morla Lynch (1888-1969) o el último capítulo dedicado a la figura de Azaña (1880-1940). Destacamos también el que se dedica a los escritores extranjeros. Y en todo este recorrido, tiene tiempo para censurar la actitud de ciertos historiadores que imponen su visión doctrinal a los hechos, escogiendo entre los que consideran válidos o no según su conveniencia, personal o ideológica.

Unamuno abandona el Paraninfo increpado (Salamanca, 1936)
En realidad, nos movemos sobre una época resbaladiza. Si la llegada de la República había sido bien acogida por prácticamente todos los intelectuales en 1931, lo cierto es que su evolución no convenció a muchos. Por ello, cuando estalló la guerra, encontramos tres posturas: los que creyeron que el alzamiento militar era favorable y apoyaron el golpe, los que consideraron que debían mantenerse fieles a la República y los que no se decantaron por ninguno de los dos, aunque por el carácter radical que acabaron teniendo ambos lados, tuvieron que escoger rápido entre un bando o el exilio (caso de Clara Campoamor [1888-1972], que vería ambos extremos como nocivos para el futuro, fuera cual fuera el vencedor). Como Trapiello nos señala, gran parte de nuestros intelectuales abandonaron el país durante la guerra, no al final. No hay que olvidar que el ambiente estaba ya caldeado de uno y otro lado. Ante la victoria de las izquierdas en 1936 se alzó el ejército con tendencia de derechas, pero no mucho antes podemos ver al socialista Largo Caballero (1869-1946) escribiendo que si ganan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil, como recoge el ensayo (pág. 29).

En medio de este panorama, no faltaron quienes cambiaron su ideología por haber caído en territorio del bando contrario, intentando bien sobrevivir, bien acomodarse; en esta última opción destacan aquellos que se sintieron cómodos en el terreno de la propaganda. Distintas formas de adaptarse a la situación, no necesariamente coherentes. A fin de cuentas, muchos autores ya mayores en esta época habían sido anarquistas en su juventud y acabaron adscribiéndose al bando nacional. De la misma forma que muchos olvidaron el valor de la literatura per se para acogerse a la pura propaganda, convirtiendo la mayoría de textos en escritos circunstanciales que perdieron su valor al momento de ser escritos. Por supuesto, hay excepciones que el autor contempla y apunta. Igual que muchos nombres borrados por la ideología, como los libros que se quemaron en ambos bandos. Al final, como veremos, importan las personas, como reflejaría Ayala (1906-2009) en La cabeza del cordero (1949).

Revistas publicadas durante la guerra civil en sendos bandos
En su novela Ayer no más (2012), Trapiello comentaba a través de la voz de un historiador ficticio que resultaba curioso constatar como nadie había sido capaz de confesar o admitir que había disparado en la guerra civil, como si acaso los muertos hubieran caído fulminados mientras todos los demás, inocentes, no hacían nada. Sin embargo, como bien sabemos, no solo hubo disparos, sino también el deseo constatado de acabar con el otro bando, en un ejercicio de odio en el que no importaba el pasado común ni la humanidad o la identidad de las personas reales, físicas, tangibles, que componían el bando enemigo. En efecto, era una guerra, una guerra en la que encontramos actos viles, cobardes, vengativos o brutales sin importar el lado, sino las personas concretas que los realizasen. De la misma forma que hubo honradez y bondad. Y arrepentimiento. Aunque, reiteramos, no en todos los casos.

Así pues, si el alzamiento militar condujo al ejército y a sus adhesiones a cometer crímenes atroces que, debido a la posterior dictadura, han quedado terriblemente impunes y con tantos muertos sin identificar, abandonados en cunetas y sin ser devueltos a sus familias, ello no omite las matanzas y paseos del lado republicano (en ellos fueron asesinados, por ejemplo, Ramiro de Maeztu [1874-1936] y Pedro Muñoz Seca [1879-1936]). Es más, no tiene ningún sentido que quienes estaban auxiliados por la defensa del estado democrático llevaran a cabo ejecuciones contra quienes pensaban de forma distinta. No hablamos ya de derechas o izquierdas, sino de propias facciones de la misma ideología, caso del POUM y del asesinato de Andrés Nin. En cierta forma, estas divisiones internas fueron seguramente uno de los motivos de la fragmentación y el desorden republicano y, por tanto, de su posterior derrota. Como apuntó Simone Weil (1909-1943) y recoge Trapiello: Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad absolutamente contrarios al ideal libertario. [...] Tan pronto como los hombres saben que pueden matar sin temor a represalias, empiezan a matar, o al menos, animan a los asesinos con sonrisas de aprobación (pág. 368-369).

Milicianos republicanos tras una ejecución en Casa de Campo (Madrid, 1936)
Así, desde la vista actual, igual de deleznable resultan la alegría de Dalí (1904-1989) al enterarse de la muerte de García Lorca que la actitud de Neruda (1904-1973) durante todo el conflicto. Como sucede con las palabras de la revista del bando nacional Jerarquía, donde se le decía al camarada lo siguiente: Tienes obligación de perseguir el judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas, o con las que se pueden leer en la sección ¡A paseo! de la revista republicana El Mono Azul dirigida por Bergamín (1895-1983) a través de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para Defensa de la Cultura, de la que Juan Ramón Jiménez (1881-1951) comentaría que él no aceptaría vivir en ella dado que la mitad por lo menos de refujiados [sic] eran conocidos fascistas, lo que nos recuerda lo que ya comentábamos de la curiosa adaptación ideológica de muchos intelectuales. En esa sección que referíamos se ponía la diana sobre los considerados traidores, como Unamuno, D'Ors (1881-1954), Eugenio Montes (1900-1982), Giménez Caballero (1899-1988) o Sánchez Mazas (1894-1966), algunos de los cuales habían sido, hasta hacía unos meses, íntimos amigos de componentes de esa misma Alianza. La misma actitud de algunos escritores del lado franquista en sus respectivas revistas. Ninguno de estos medios pareció arrepentirse nunca, quizás porque todos se sintieron propietarios de la verdad. De una verdad inhumana y ruin.

Igual de aborrecible que encontrar a autores que considerasen de forma positiva los años de la guerra, recordándolos como unos maravillosos años, como acaso hicieran Rafael Alberti (1902-1999) o María Teresa León (1903-1988), sin caer en la cuenta de que fueron los mismos años que arrasaron su país, los llevó al exilio y acabó con la vida de tantos y tantos intelectuales, amigos o conocidos entre sí. Por otra parte, Trapiello no ahorra en mostrar y comentar los testimonios de diversos autores sobre un mismo hecho, mostrándonos la opinión compartida de varios o señalando a quienes disentían. Por ejemplo, así seremos testigos de la mala fortuna de Miguel Hernández en su huida, incluyendo el abandono o la falta de insistencia de algunos camaradas que luego lamentarían su triste pérdida en la cárcel; de nuevo, el matrimonio Alberti-León. De la misma forma que otros consiguieron presionar al gobierno franquismo para impedir que se llevara a cabo la sentencia a muerte, a pesar de no coincidir con la ideología del poeta de Orihuela o de que este acabara falleciendo lamentablemente aún preso en 1942.

Alberti durante un mitin en la guerra civil
Otros tantos hechos que suelen omitirse u obviarse se acumulan en este ensayo. Entre varios ejemplos, podemos señalar el trato despectivo que recibió Unamuno hasta que se conocieron los hechos acontecidos en el Paraninfo. También el exilio previo al fin de la guerra al que se sometieron varios intelectuales con el fin de evitar tanto proclamarse de un bando como de otro. O bien al contemplar el cariz de los acontecimientos en el territorio republicano, no tanto ante la posibilidad de derrota, sino más bien por desaliento ante el comportamiento de las autoridades, como sucedió con Juan Ramón Jiménez o la ya referida Clara Campoamor. O incluso el triste reencuentro entre los hermanos Machado, ya fallecido Antonio (1875-1939) junto a su madre, en Colliure. A fin de cuentas, entre ambos hermanos hubo más bien mala suerte antes que cruciales diferencias ideológicas.

Todo ello nos da una muestra de la actitud tan diferente entre las individualidades, quitando importancia al bando para dárselo a la persona concreta. Así veremos cómo escritores propagandísticos arengan desde la comodidad de la embajada sin pisar el frente o no duda en usurpar una propiedad y tenerla como propia frente a actitudes más honestas y honradas, como Antonio Machado, quien no dudó en dormir en el suelo antes que en la cama de quien había sido asesinado con brutal belicosidad, o visitar el frente y alentar a las tropas sin necesidad de prodigarse en fotografías frívolas, como el caso de Hernández.

Miguel Hernández junto a Josefina Manresa (Jaén, 1937)
Las armas y las letras no es un ensayo sencillo dado que obliga al lector a permanecer atento, a entender todo un cruce de nombres tanto relevantes y conocidos por todos, como aquellos restringidos a expertos o borrados por el paso del tiempo o por el barniz ideológico de uno u otro lado. No se olvida Trapiello de encomendarnos a todos esos testimonios escritos, recordándonos títulos en muchas ocasiones descatalogados o interesamente olvidados. En esta reseña hemos mencionado los nombres más conocidos, pero pueblan el libro muchas historias que aquí no cabían y que merece la pena que no caigan en el olvido.

Gracias a todo ello, el sello que deja en el lector es importante: existieron personas detrás de los nombres, individualidades dentro de los conglomerados ideológicos que nos suelen vender, de la misma forma que hubo buenas personas que no escribieron buenos libros y gente despreciable que ha cautivado a lectores por todo el mundo. Nada nuevo que conocer sobre la humanidad, pero muchos detalles que conocer sobre aquel período bélico, sobre el fratricidio donde muchos se vendieron al radicalismo totalitario de una ideología, fuera cual fuera el bando, y donde intentaron sobrevivir la dignidad y el coraje de muchos otros para reconstruirnos, ya fuera en estas fronteras o en el exilio.


2 comentarios :

  1. hola luis! muy buena tu entrada con el compilado de hechos y nombres, te compartimos! saludosbuhos.

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    1. ¡Hola! Muchas gracias por vuestro comentario y por compartirlo con vuestros lectores :)

      ¡Un saludo!

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