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Viaje alucinante, de Isaac Asimov, y adaptación de Richard Fleischer

25 junio, 2020

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El doctor Jan Benes es un gran sabio, y dicen que trae una información importantísima que revolucionará todo lo que estamos haciendo, asegura la científica Cora Peterson a comienzos de Viaje alucinante (Fantastic Voyage, 1966; De Bolsillo, 2010) (capítulo I).

Procedente del otro lado del Telón de Acero, Benes es acompañado en su marcha a EEUU por Charles Grant, un agente de seguridad. Una vez que ha aterrizado su avión, todo está dispuesto para el traslado a un centro debidamente aislado, pero que se encuentra en pleno corazón de la urbe (el nombre de esta no nos es proporcionado, pero todo parece señalar a San Francisco).

En realidad, estamos ante una novelización, pues aunque el libro fue escrito por Isaac Asimov (1920-1992), fue concebido con posterioridad a la pre-producción de la película Viaje alucinante (Fantastic Voyage, Fox, 1966), que contó con la dirección del estupendo Richard Fleischer (1916-2006) y con un guión de Harry Kleiner (1916-2007), en torno a un cuento inicial de Otto Klement (1891-1983) y Jerome Bixby (1923-1998), adaptado por David Duncan (1913-1999). Nombres dignos de consideración. Kleiner es el autor de la estupenda Salomé (Salome, William Dieterle, 1953) y la excelente Bullitt (Íd., Peter Yates, 1968); Duncan, responsable del guión de El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960), y por su parte, Bixby lo es de las muy apreciables La maldición del hombre sin cara (Curse of the Faceless Man, Edward L. Cahn, 1958) y El terror de más allá (It, the Terror from Beyond Space, Edward L. Cahn, 1958), además de la estimulante El hombre de la Tierra (The Man from Earth, Richard Schenkman, 2007), junto a uno de los más recordados capítulos de la mítica serie Dimensión Desconocida (Twilight Zone, 1959-1964) y algunas veneradas aventuras de la genial Star Trek (Íd., 1966-1969). Personas que sabían lo que se traían entre manos.

Mientras tenía lugar el estreno y el consecuente éxito de la película, la editorial que había adquirido los derechos para una posible publicación, propuso a Asimov el trabajo de llevar a cabo una adaptación escrita (lo que se conoce como novelización, como antes he señalado). Tras unos iniciales y habituales tiras y aflojas, el celebrado autor aceptó con gusto el material de Klement, Kleiner y Bixby. Y con la novela comenzamos.

Imagen de la película
Tras sufrir un atentado en un callejón durante el traslado, pese a la escolta policial, Benes queda en manos del neurocirujano Paul Duvall y su ayudante Cora Peterson, que hubiera preferido provocar silbidos (o su equivalente intelectual) por su competencia y no por las sinuosidades de su cuerpo (I).

La única forma de salvar la vida del prestigiado científico es intervenir “desde dentro”. Es decir, empleando la cirugía interna después de reducir de tamaño a los expertos asignados para tan extravagante pero plausible proyecto (al menos, en el ámbito de la ciencia ficción). A estos bravos expedicionarios se sumará Charles Grant como supervisor de seguridad, ya que existe la probabilidad de que algún agente infiltrado persista en su empeño de poner fin a la vida del paciente.

La delicada intervención se va a llevar a cabo en el interior del mencionado centro científico-militar, de carácter experimental, con la ayuda del Proteus, un submarino que, reducido de tamaño, puede navegar por el interior de Benes hasta alcanzar el coágulo que debe ser extirpado, valiéndose de un láser. De esa manera, se podrá recuperar una información que, como en las más vivarachas tramas elaboradas por Alfred Hitchcock (1899-1980), no deja de ser un macguffin al servicio de una fenomenal peripecia.

Los prolegómenos y el proceso de miniaturización, absorbente en sí mismo, ocupan la primera mitad de la novela (que no es larga o, más importante aún, que no se hace larga). El punto de vista principal corresponde a Charles Grant.


El grupo de científicos también lo es de exploradores, porque se adentra en un territorio jamás recorrido tan de cerca. Eran los pioneros en un país literalmente desconocido (XII).

Lo que no está exento de peligros o situaciones admirativas. El equipo se apresta a experimentar desde los impactos irregulares de las moléculas a la luz oscilante de las retinas reducidas (VIII), y admirarse ante los destellos de las células del cerebro (XVI).

En la novela no se excluye la parte didáctica que tanto agradaba a Asimov en su faceta de divulgador. La explicación de la función de los alveolos es un buen ejemplo (XI). O la de los anticuerpos (XIV), “seres” benéficos pero escalofriantes. El trabajo de Asimov también recoge, incluso amplía, el enfrentamiento de tipo trascendente que se da entre los doctores Michaels y Duvall, muy bien expuesto por los guionistas (XI). Pese a todo, el autor de Fundación (1951) se permite dramatizar algo más algún pasaje atractivo, como es la ascensión y descenso de Grant por un alveolo, merced a la corriente de aire de los pulmones. En todo momento, el novelista procura dinamismo por medio de los diálogos, a diferencia de esas otras novelas psicológicas, estancadas en la psique de sus protagonistas y con farragosas disquisiciones mentales.

Entre tanto, se materializa la posibilidad de que exista un traidor a bordo, porque alguien está saboteando la misión. El desenlace, aupado por la tensión que supone el tener que enfrentarse a una cuenta atrás, es idéntico al de la película, hacia la que nos dirigimos con rumbo presto, si bien, Asimov incluye la precaución de extraer del cuerpo de Benes el Proteus, que en la ficción cinematográfica queda destruido -asimilado- por otros mecanismos.

Producida por Twentieth Century Fox y filmada en Cinemascope, Viaje alucinante es todo un clásico de la ciencia ficción (por consiguiente, susceptible de ser “renovado” con eso que llamamos nuevos medios, como si no existiera material inédito donde poder aplicarlos). La película se inicia con la recogida del sabio en el aeropuerto y el posterior atentado contra su vida. Benes (Jean Del Val) viene escoltado por Grant (Stephen Boyd). Richard Fleischer tiene la habilidad de montar toda esta secuencia sin empleo de diálogos, tan solo a través de la imagen cinematográfica. Tampoco abunda la plática cuando no es necesario, a lo largo de la película.

Esta contó con la fotografía del estimable Ernest Laszlo (1898-1984) y la adecuada música de Leonard Rosenman (1924-2008; aunque he de admitir que fuera de las imágenes me cuesta trabajo disfrutarla por su atonalidad; pero en la película es valerosa y casa muy bien).

Antes de acceder al cuerpo de Benes, Grant se interna en otro “organismo vivo”, que es el complejo científico militar CMDF (en español, Fuerzas Disuasivas en Miniatura Combinadas). Un centro a todas luces multifuncional, que incluso cuenta con un guardia de tráfico en su interior. Algo así como unos entes en el interior de otro elemento mayor, aunque este se componga de cables y cemento. Allí le aguardan el general Carter (Edmund O’Brien) y el comandante de la operación Donald Reid (Arthur O’Connell), que le ponen al corriente de su cometido (como podemos advertir, ambos personajes se hallan interpretados por dos espléndidos veteranos). A estos se añaden el resto del equipo, encabezado por los doctores Michaels (Donald Pleasence), jefe de la sección médica, y Duvall (Arthur Kennedy), afamado cirujano que viaja acompañado de su ayudante técnico, Cora Peterson (Rachel Welch). Completa la dotación el piloto y diseñador del submarino Bill Owens (William Redfield).


Tanto en la novela como en la película se respeta el periodo temporal -consecuentemente, narrativo-, establecido para la ingeniosa operación, y que consiste en un desarrollo de sesenta minutos, una vez que el submarino ha quedado reducido de tamaño. En cuanto a la realización, quisiera destacar el desplazamiento lateral que muestra a Grant y al general Carter en un carricoche, mientras este último pone en antecedentes al asombrado agente del Servicio de Inteligencia. Muy pronto le va a parecer al equipo del Proteus algo ajeno el mundo exterior, el del complejo y la sala de control. De hecho, tales escenarios se muestran como anodinos y grisáceos, lo que incluye el mismo interior del submarino y los trajes de la tripulación. Por el contrario, el mundo interno es colorido y luminoso, como símbolo de esa otra realidad fascinante. Un contraste a la altura de la aventura que se describe, y cuya única salvedad la encontramos en el pasillo en el que los protagonistas proceden a una esterilización.

La estación transmisora es el único medio de contacto con dicho exterior, que ha pasado a constituirse en una realidad paralela. No es, por lo tanto, casualidad, que en el preciso instante en que el Proteus accede a esa materialidad alternativa, sea cuando penetre la música por primera vez (sonidos de los títulos de crédito aparte).

Escrito por Javier Comino Aguilera


Fundación (Trilogía Ciclo de Trántor), de Isaac Asimov

02 agosto, 2015

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¿Y si todo hubiera sido ya escrito y no fuésemos más que peones en un ciclo vital que nos resulta novedoso? ¿Y si todo lo relacionado con la historia y la evolución humana pudiera ser anticipado con una precisión casi científica?

Esta es la premisa argumental de la saga Fundación (cuya trilogía principal ha sido recogida por DeBolsillo en un solo volumen, 2010), obra del escritor, divulgador y profesor de bioquímica, Isaac Asimov (1920-1992). Posteriormente, el autor completó esta trilogía inicial con otros títulos, como Los límites de la Fundación (Foundation’s edge, 1982), Fundación y Tierra (Foundation and Earth, 1983), Preludio a la Fundación (Prelude to Foundation, 1988) o el póstumo Hacia la Fundación (Forward the Foundation, 1993), pero estos no serán comentados en el presente artículo, por la sencilla razón de que aún no he tenido oportunidad de leerlos, y en cualquier caso, la trilogía original nos basta para adentrarnos en el particular universo del escritor de origen ruso nacionalizado estadounidense.


En la entrega inicial, Fundación (Foundation, 1951), asistimos al final de una era. La sede del Imperio Galáctico se halla en el planeta Trántor, en pleno corazón de la galaxia. Los humanos se han expandido, llevando consigo todo lo positivo que hay en ellos, pero esto no es óbice para que se prevea la irrevocable caída de un imperio colapsado por una administración mastodóntica e inoperante; un sistema anegado por la información y alejado de la cultura; como sabemos, dos vertientes que pueden llegar a ser bastante antagónicas.

En definitiva, el escenario es un conglomerado estatal que se reserva cuantas más funciones mejor, con oportunas conexiones a ámbitos como la educación o la justicia (como corrobora el episodio del juicio al científico Hari Seldon, fundador de la Fundación), y respaldado por una opinión pública sin opinión, porque está “informativamente desinformada” o “formada desinformativamente”.

La censura –y el ridículo- se ciernen sobre aquellos que tienen la osadía de prever y advertir acerca de la catástrofe cultural y material que se avecina (una vez más, queda demostrado cómo los aspectos más inquietantes y opresivos que pueden convertirse en una realidad, ya fueron abordados por las grandes obras de la ciencia ficción). 

El hecho es que, a causa de todo ello, se toma la determinación, más científica que gubernamental, de establecer dos sedes o fundaciones en los confines de la galaxia, con objeto de preservar todo el saber humano, todos esos testimonios de nuestra propia dignidad que, como ardientes sollozos, corren de siglo en siglo, y van a morir a los bordes de Vuestra eternidad, tal cual los supo definir Charles Baudelaire (1821-1867) en inolvidables versos y fértil diálogo con el Creador.

El científico e historiador Hari Seldon se vale de una ciencia estadística denominada psicohistoria, una suerte de leyes matemáticas que determinan la conducta de las masas, idea para nada ajena a la filosofía de nuestro gran pensador Ortega y Gasset (1883-1955) y que, además, refuerza su aserto de que una vez más acontece lo que es habitual en la historia, que ha sido predicha.

En efecto, la psicohistoria es la previsible ciencia de las muchedumbres, contemplada, con el tiempo, como una especie de religión, cuyas fallas (verdaderas o aparentes) deja huérfanos y sin horizonte a todos sus seguidores. Cuando esto sucede, solo cabe o bien sustituirla por otra más atractiva y actualizada (una ideología, por ejemplo), o bien, enfrentarse al vacío existencial degustando los distintos conocimientos en un retiro individualizado (aún en sociedad), lejos del ruido de la política-ficción.

Pero es posible que, incluso estos vaivenes y retrocesos revestidos de avances, hayan sido contemplados por tan determinante disciplina, “quintaesencia de la sociología” que permite reducir la conducta humana a ecuaciones matemáticas, en base al descubrimiento de que “las reacciones de las masas podían ser tratadas estadísticamente”, en tanto que “el ser humano individual actúa como elemento discordante e imprevisible”. Es decir, que “cuanto mayor es la masa, mayor es la exactitud de la predicción(Prólogo, Segunda Fundación).


Antes de que los acontecimientos se precipiten, el joven Gaal Dornick viaja a Trántor para estudiar dicha ciencia de manos de su inventor, el referido Seldon. La sede de estos mundos en extinción responde al apropiado nombre de Terminus. Para todos los planetas conocidos y sus habitantes, existe una lengua universal galáctica.

Desgraciadamente, y como suele ocurrir en la historia, los salvadores de hogaño resultan peor que los opresores de antaño, y la Primera Fundación se va transformando en otro poderoso macro estado galáctico, debido a las rencillas de los comerciantes que intercambian productos derivados de la energía atómica y a la mala distribución de los recursos de la galaxia, quedando arrinconada la misión principal, la preservación y transmisión de una Enciclopedia Galáctica. Pero esta no queda destruida, solo permanece latente.

Mientas esto tiene lugar, el enfrentamiento con un imperio moribundo parece inevitable… y de este (des)encuentro surge Fundación e Imperio (Foundation and Empire, 1952), que narra el inestable equilibrio de esa Primera Fundación (insisto en que, tal vez, se trate de una situación igualmente prevista). Un equilibrio amenazado por la aparición de una variable no contemplada, en forma de mutante; hecho que escapa a la predeterminación de los acontecimientos. ¿Inesperado eslabón o impredecible casualidad? En cualquier caso, se trata de un sujeto incapaz de sustraerse a un albedrío encaminado exclusivamente hacia un nuevo sistema de control por vía del resentimiento (el mutante pretende vengarse por las afrentas sufridas, valiéndose, precisamente, de sus capacidades anormales).


No será el único inconveniente con el que se enfrentará la Primera Fundación. El general imperial Bel Riose también se muestra dispuesto a torcer el determinismo del curso de los acontecimientos aunque, como advertíamos, finalmente será otro personaje quien sí parezca lograrlo, el mutante apodado el Mulo –curioso mote-.

Al dar comienzo las hostilidades entre el Imperio y la Primera Fundación, dicho general se propone aplicar los antiguos métodos estratégicos de combate. Junto a él, pero no a su lado, se encuentran el comerciante Lathan Devers y el anciano Ducem Barr, habitante de un planeta sometido por el Imperio, y nexo de unión con la anterior entrega de la trilogía. Ambos conseguirán arribar al planeta Trántor, sede moribunda del Imperio, con una “información privilegiada”.

Un salto temporal en este segundo mojón galáctico también nos permitirá conocer al joven Toran y a su esposa Bayta, residentes y resistentes del planeta Kalgan. A ellos hay que añadir al capitán Han –también curioso- Pritcher, junto a Ebling Mis, uno de esos científicos que no ha “doblado la rodilla”, y el despótico y ensimismado alcalde principal de esta Primera Fundación, descendiente (no ha sido elegido) de uno de los primeros “tenedores de libros” de la misma (XII), que responde al nombre de Indbur III y que asegura explícitamente que “yo soy el estado”. Hasta ha resuelto prohibir el tabaco, nos indica el autor (XV). La situación ha vuelto al punto de partida.

Pintura de Chris Foss
Héroes, traidores, preservadores de la sabiduría… forman parte de un universo donde el orden, el caos y el azar parecen darse la mano; tal vez, la misma que lo escribe todo.

Siempre es conveniente contextualizar una obra artística, su época y circunstancias. De este modo, en Fundación nos encontramos con la pervivencia del papel como soporte físico (¡tal vez una moda retro!) y, aún más perturbador para algunos, con la televisión (¡es cierto que las sociedades evolucionan e involucionan!). La Biblioteca de la Fundación (o Fundaciones), debido a su labor conservadora, se ha convertido en todo un mito para los habitantes de la galaxia; un lugar de conocimientos sorprendentes y liberadores.

Pero a su vez, la preocupación por el desgobierno queda perfectamente definida en la Conferencia de los veintisiete mundos comerciales, hasta ahora, independientes de Terminus, el planeta madre de la Primera Fundación. Sus representantes son una serie de personajes que pactaron con el antecesor del Mulo en su lucha contra la ya corrupta Fundación, pero con la aparición del nuevo tirano, esta resistencia reasume su apoyo al alcalde Indbur III (el “mal menor”).

Pese a todo, Terminus acaba por desmoronarse con asombrosa facilidad; la psicohistoria no parece haber sido capaz de predecir una actuación como la del Mulo, que con sus poderes paranormales, introduce la referida y fatal variable. Como resumen de esta situación, el científico Ebling Mis comenta que “al parecer es una tentación irresistible renunciar a un poder político en peligro, si ello asegura un control sobre los asuntos económicos(XIX).

Hacía notar anteriormente que era posible que toda esta deriva tortuosa pudiera haber sido ya contemplada, con vistas a ser encauzada por otra “Shangri-La” con su propio devenir y temperamento místico: la Segunda Fundación (Second Foundation, 1953).

La respuesta a las cuestiones planteadas, la hallaremos en esta tercera entrega, que aunque no definitiva sí resulta concluyente. Se inicia cuando el joven arribista Bail Channis y el capitán Pritchard parten tras las huellas de la Segunda Fundación, intercalándose en el relato las impresiones de los consejeros -llamados oradores- de la misma.

El enfrentamiento, o mejor dicho, tormenta de ideas, entre el representante de esta Segunda Fundación, el Primer Orador, y el Primer Ciudadano de la Primera, el mutante llamado el Mulo, se cuenta entre los momentos más memorables de la trilogía, principalmente, por la total ausencia de artificiosidad. Un frente a frente, mente a mente.

Curiosamente, los oradores de la Segunda Fundación y sus discípulos también se comunican por el procedimiento de la “ciencia mental” o telepatía, que es la que ejerce el mutante, aunque con fines muy distintos. Una forma de manipulación o, según su uso, de evolución que, pese a todo, puede ser detectada…

En esta etapa de la psicohistoria se encuentran inmersos, a veces muy a su pesar, a veces de forma incluso divertida, personajes como la adolescente Arcadia Darell, hija del científico Toran; a su vez, descendiente de los anteriores Bayta y Toran.

Para ellos, “la vida es una serie de accidentes que hemos de afrontar con improvisaciones (esto es, saliéndose de lo establecido), puesto que solo la acción conjunta de la humanidad es verdaderamente inevitable(XVI). Además, si se sabe que todo puede estar previsto, se acaba por padecer “un círculo vicioso de dobles intenciones”. Un material en teoría nebuloso, pero que Isaac Asimov sabe desarrollar con gran pericia y sin embarrancar en las orillas de ningún mundo remoto.

Luminoso dialoguista, Asimov va sembrando la narración con ideas muy sugestivas (y plausibles) a través de los distintos períodos que se van sucediendo. Algunos de los capítulos se abren con una entrada lexicográfica de la Enciclopedia Galáctica, aunque con la particularidad de estar incompleta o incluso… tergiversada, como el propio narrador de Segunda Fundación, algo más “involucrado” que los demás, se permite recriminar, no sin cierto sarcasmo.

Otra idea bien expuesta y atractiva se refiere a la detección de las mentes de la Segunda Fundación por medio de un examen encefalográfico. De hecho, “¿cómo puede saber una persona que no es un títere?(XXI).

Pues bien, huyendo del ambicioso Señor de Kalgan y de sus ansias de convertirse en un nuevo déspota al estilo del Mulo (aunque sin sus habilidades psíquicas), la joven y resuelta Arcadia se refugia en Trántor, su planeta de origen, en compañía del “rústico” matrimonio Palver. La Biblioteca Imperial sigue siendo el corazón de este planeta, un mundo recubierto de metal que, en buena medida, ya ha sido desmantelado, dejando entrever, nuevamente, su superficie natural.


El aspecto más estremecedor a nivel argumental es la plasmación de la manipulación emocional; ese influjo invisible que unas personas ejercen sobre otras, unido a un determinado contexto sociocultural. Y es que, ¿a quién no le agrada escuchar aquello que desea oír?

Lo que iba a convertirse en la solución, acomete los mismos errores y degenera en un estado autoritario y coercitivo, solo que bajo otra bandera: la del manoseado igualitarismo -aquí literalmente- con unos ciudadanos que desconocen estar sometidos por la fe a su nuevo líder, el Mulo, el cual posee la capacidad de manipular las mentes, los resortes emocionales de las personas.

En esta situación, Toran, Bayta, Ebling y el simpático bufón Magnífico arriban a Trántor, donde les esperan los dormidos datos de los archivos de la Primera Fundación. Ebling, “absorto en los libros”, pondrá todo su empeño en hallar el emplazamiento de esa otra comunidad hermana, que tan necesaria se ha hecho. Todo el suspense final se centra en las distintas teorías creadas en torno a la ubicación de la Segunda Fundación; finalmente, un asunto que tiene mucho que ver con la semántica…


Los conflictos desplegados en Fundación son los inherentes al ser humano, solo que a un nivel galáctico más que planetario. Las incipientes civilizaciones no pueden prosperar, pese a la bonanza comercial, sin leyes adecuadas ni personas capacitadas que sepan legislarlas y encaminarlas hacia todos, y no únicamente hacia sí mismos (pero no se trata de una crítica al libre comercio, sino a su aplicación salvaje, tanto como a su restricción). Por ejemplo, los primeros comerciantes surgidos a las luces de la Primera Fundación, poseen el valor e iniciativa de los primeros colonos; son los valedores de una empresa que trata de vencer multitud de obstáculos.

Por desgracia, las civilizaciones suelen responder a ciclos bien determinados; progresan y decaen. Ciertamente, el ser humano es prisionero de su propia naturaleza, pero de entre toda la masa, emergen sensibilidades concretas y caracteres nobles, cuyas funciones orgánicas van más allá de procrear o de distraerse en los ratos libres frente al televisor. En la trilogía de la Fundación, son la salvaguarda de la Historia.


En realidad, dicha trilogía es un relato sobre la circularidad del paso del tiempo, sobre el esfuerzo por expandirse trasladando consigo todo un legado cultural; y no solo su máscara: uno o un millón de idiomas… Un saber que atañe a toda la raza humana.

Pero Fundación también versa sobre la casi ilimitada capacidad de ese ser humano para sacar partido de las situaciones más extremas, por medio de su perspicacia. Al menos, durante el tiempo de que dispone. En términos cósmicos, prácticamente nada, pero a escala humana, un intervalo sumamente valioso.

Escrito por Javier C. Aguilera



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