El autocine (XLII): Cohete K-1, de Kurt Neumann, y Con destino a la luna, de Irving Pichel

12 octubre, 2017

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Cohete K-1 (Rocketship X-M, Lipper Films, 1950) fue una modesta pero eficaz producción del también distribuidor Robert L. Lippert (1909-1976), con fotografía del veterano Karl Struss (1886-1981), que sobre todo es recordada por ser el antecedente de los relatos de colonización espacial en la era del cine sonoro. No obstante, para ser una producción tan humilde, Cohete K-1 tuvo la suerte de contar con la participación del compositor Ferde Grofé (1892-1972), que aportó una partitura muy original y sugestiva. Otro tanto podemos decir del guión, al que se sumó el versátil Dalton Trumbo (1905-1976), echando una mano al coproductor, escritor y director de la película, Kurt Neumann (1908-1958).

En la base de pruebas de White Sands, al suroeste de Alamogordo (Nuevo México, EEUU), un grupo de astronautas, que incluye a una mujer, se dispone a poner rumbo a nuestro satélite, en el primer vuelo tripulado hacia otro cuerpo del sistema solar. La gracia del asunto, como se comprobará más tarde, es que, por una serie de avatares, el alunizaje se hará imposible, tomando la tripulación contacto con otro planeta (el inminente estreno de Con destino a la luna no aconsejaba el completo plagio del anunciado proyecto).

Interesante es constatar también cómo, en su afán por resultar “científicos” y “serios”, el comandante de la base, Ralph Fleming (Morris Ankrum), denuesta los avistamientos OVNI, como producto de la fantasía (por lo que, una ficción cinematográfica con apariencia de verosimilitud pretende contraponerse a otra probabilidad con base real, ¡o bases reales!). Este remarcado aspecto de veracidad incluye una dramática cuenta atrás, mientras se celebra una apurada rueda de prensa, previa al lanzamiento. Ahora bien, la segunda “gracia” expuesta en Cohete K-1 estriba en que la antedicha afirmación quedará en entredicho por el propio desarrollo argumental de la película (como también veremos). En cualquier caso, este distanciamiento tiene lugar en un momento en el que la ufología moderna, tras los contemporáneos acontecimientos de 1947, que desembocaron en el boom de los llamados platillos volantes, aún estaba en pañales, en tanto que la desinformación de los estamentos gubernamentales se hallaba en pleno apogeo. Como sabemos, ambos aspectos, cientificismo y exobiología, se armonizarán con gravedad y de forma definitiva en 2001: Una odisea en el espacio (2001, A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968).


La tripulación la componen el físico e ingeniero Karl Eckstrom (John Emery), jefe de la expedición; la doctora en química Liza van Horn (Osa Massen), el coronel y piloto Floyd Graham (Lloyd Bridges), el astrónomo y navegante Harry Chamberlain (Hugh O’Brian) y el mayor e ingeniero William Corrigan (Noah Beery). La parquedad de los escenarios y el equipamiento terrestres, así como la ingenuidad de algunas de las situaciones planteadas, no disminuyen -más bien al contrario- el placer cinéfilo de jugar a ser exploradores, en el marco de lo que debía ser, para los espectadores, el clima de temor y fascinación de comienzos de la década de los cincuenta.

Frente a la cándida pero bienvenida plasmación de unos cálculos ejecutados a mano, con lápiz y papel (¿desconfianza hacia las máquinas?), destacan muy positivamente imágenes y situaciones como la del cohete incendiado en su partida a causa de la atmósfera, el apercibimiento de la intensa oscuridad del espacio, los efectos de la gravedad en el interior del cohete o la simpática y escandalosa lluvia de unos meteoritos que pasaban por allí.

Al tener noticia del contenido y pretender adelantarse a Con destino a la luna, Cohete K-1 tomó la senda de tratar de predecir lo mejor posible el efecto que produciría el viaje espacial sobre un grupo de personas, en un lugar cerrado. Significativamente, no se hace uso de la música hasta que los preparativos ya han concluido y da comienzo el último tramo de la cuenta atrás. Aún con medios muy ajustados, la narración incorpora bien todos los recursos de que dispone.


Lo que se hace extensivo al carácter de los protagonistas. Por ejemplo, al asegurar el doctor Eckstrom con científica soberbia que las teorías matemáticas son indiscutibles, antes de dar al traste con ellas, debido a lo que providencialmente denomina como “circunstancias increíbles”. Imprevistos que permiten sofocar tanta arrogancia, al punto de enfrentarse abiertamente con la doctora van Horn, a causa de un nuevo cómputo. Tales variables no siempre son contempladas o asumidas por la valiente pero estrecha visión del ser humano.

En suma, una indisposición de la que participa la propia doctora. En su humano automatismo (aspecto también abordado posteriormente por Kubrick), el piloto Graham le comenta que de vez en cuando sienta bien soñar despierta. De hecho, no se privará a la luna de sus “efectos románticos”.

En cualquier caso, y como no hay mal que por bien no venga, incluso en el espacio, la meta final de los expedicionarios será, como adelantaba, otro cuerpo del sistema solar distinto a la luna. Errores en los cálculos e incidentes en la trayectoria posaran a los astronautas, por primea vez, nada menos que en Marte. Una vez en su superficie, la imagen vira de color. Una idea estupenda, puesto que estos escenarios sí son naturales, con lo que, de una forma tan sencilla como el empleo de un filtro cromático, estos semejan con el suficiente verismo el paisaje y la atmósfera de otro planeta.

Un lugar desolado y desértico en el que, como también advertía, se dan las pruebas de la existencia de vida extraterrestre. De ella dan buena cuenta unos restos arquitectónicos que demuestran que el planeta estuvo habitado por seres inteligentes. Los restantes pobladores son, empero, unas criaturas humanoides y regresivas, con serias malformaciones debido a la radiactividad (fruto de un desastre nuclear), que no tardan en hacer acto de presencia, siquiera, para aligerar el peso del cohete en su regreso a la Tierra. Estos seres han pasado de la era atómica a encarnar aquel pronóstico de Einstein (1879-1955) sobre una futura contienda a base de palos y piedras.


Con efectos ópticos rudimentarios pero efectivos, y la permanencia en un suelo extraño pero muy real (el socorrido Valle de la Muerte, en California, EEUU), Cohete K-1 sigue conservando su encanto y su sorpresivo desenlace, en lo tocante al sacrificio del grupo de pioneros, no pudiéndose negar su carácter de película precursora en esta conquista en celuloide del espacio.

Como ya he señalado, la razón por la que el Cohete K-1 apresuró su andadura no fue otra que el tener conocimiento de que el emprendedor productor y animador George Pal (1908-1980) iba a acometer una aventura de idéntico calado, la cual, ya se hallaba en la rampa de lanzamiento. El resultado fue Con destino a la luna (Destination Moon, Eagle Lion-United Artist, 1950) que, aún estrenada unas pocas semanas después de la película de Neumann, supuso un acontecimiento, por constituir la primera aventura espacial que se filmaba en color (en concreto, en tecnicolor), corroborando y triplicando el éxito de la precedente, y de paso, dejando oficialmente inaugurada la espléndida década dorada de los años cincuenta, en lo que al cine de ciencia ficción se refiere.

Buena parte de su encanto y efectividad recayó en el realista guión compuesto por el novelista Robert A. Heinlein (1907-1988) y los guionistas James O’Hanlon (1910-1969) y Aldorf Rip van Ronkel (1908-1965). Un trabajo de aproximación lo más científico posible a lo que, una vez más, por aquel entonces se consideraba que sería el vuelo espacial interplanetario. A ello se sumaron los excelentes decorados del gran dibujante Chesley Bonestell (1888-1986), toda una leyenda a estas alturas, aquí, en la luna y probablemente más lejos.

El resto de labores recayeron en el músico Leith Stevens (1909-1970), el director de fotografía Lionel Lindon (1905-1975), y el realizador Irving Pichel (1891-1954), recordemos, el mismo de la excelente El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932).

Pero además, dentro de este carácter riguroso y divulgativo, se incluyó un instructivo cortometraje a cargo del célebre Pájaro Loco (Woody Woodpecker), creación del caricaturista y animador Walter Lantz, seudónimo de Walter Benjamin Lanza (1899-1994). Con esta secuencia animada (el mismo recurso didáctico que empleó Steven Spielberg [1946] en su Parque Jurásico [Jurassic Park, 1993]), se pretendió y logró explicar con palabras e imágenes sencillas los mecanismos y dificultades a los que se enfrentaría el vuelo espacial, interesando, de paso, a los más pequeños de la sala. Sin duda, y tal y como se explicita en la película, se trataba de evidenciar un objetivo compartido.


Así, con el mayor realismo y objetividad, se confecciona Con destino a la luna, que de forma llamativa, da comienzo con el fracaso de un cohete lunar experimental, con todo lo que ello conlleva de cremación presupuestaria. Tras este revés inicial, la empresa privada Barnes, perteneciente a Jim Barnes (John Archer), acomete la arriesgada tarea de retomar el proyecto, para lo cual deberá encontrar a otros socios fabricantes que le ayuden a sostener el cohete. Se insiste en el hecho de que el gobierno no tiene recursos e infraestructura para enfrentarse a tamaño desafío, que queda en manos de los más arrojados miembros de la industria norteamericana. Por tanto, distintos caracteres trabajando en común para lograr ese objetivo compartido, pese a que se hace referencia al empleo de nuestro satélite como posible emplazamiento para una base de misiles (lo que, por suerte, no tendrá mayor incidencia argumental en la película). En cualquier caso, sobresale la iniciativa privada frente a la elefantiásica burocracia del Estado.

En la narración también se incorpora una ineludible cuenta atrás, amenizada con la cancelación del lanzamiento por orden judicial. De hecho, existen en Con destino a la luna dos cuentas atrás, la del cohete y la de los políticos y burócratas empeñados en abortar un trabajo privado que se les escapa de las manos (es decir, que no les reporta votos directamente). En este intento de suspensión, se menciona la imprescindible y organizada agitación pública para retrasar o dar al traste definitivamente con la labor.


Sin un entrenamiento previo, los astronautas -viajeros, más valdría decir- son colocados en el interior del cohete. A uno de ellos, el mecánico John Sweeny (Dick Wesson), que ha de cubrir una plaza, todo le es explicado sobre la marcha: jocosamente piensa que la luna es solo para mirarla.

Con destino a la luna también depara una buena imagen de la plataforma de lanzamiento. De hecho, destaca un buen diseño de producción a cargo de Ernst Fegté (1900-1976), responsable, así mismo, de las improbables pero decididamente fascinantes grietas sobre la superficie lunar. Ello depara momentos creíbles y bien resueltos, como la reparación de la antena del radar fuera de la nave, secuencia en la que el doctor de a bordo (Warner Anderson) queda varado en el espacio como un náufrago, hasta que es rescatado por sus compañeros (como curiosidad, los coloridos trajes espaciales fueron reutilizados en la escasa pero simpática Vuelo a Marte [Flight to Mars, Lesley Selander, 1951]).

Más aún, para poder regresar de la expedición, será necesario deshacerse de una gran cantidad de lastre, lo que proporciona instantes de tensión bien calculados, y da pie al heroísmo de uno de los tripulantes. Una circunstancia que, afortunadamente, no deriva en el sacrificio (al contrario de lo que sucedía en Cohete K-1).

Con destino a la luna lega además una inolvidable panorámica de la superficie de nuestro satélite, que se corresponde con la visión de los colonizadores. Tras lo cual, el grupo toma posesión del mismo en beneficio de toda la humanidad. La foto, dando la impresión de sostener la Tierra con una mano, a modo de un Atlas moderno, constituye otro bonito y anticipador recuerdo.

Escrito por Javier C. Aguilera




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