Clásicos Inolvidables (CXXVIII): Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura

27 abril, 2017

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Tomar distancia de nosotros mismos siempre ha servido para observar y explicarnos mejor nuestro comportamiento. Por ello, el humor nos ofrece una visión en la que hechos aparentemente ridículos nos resultan factibles, quizás por equívoco, quizás por simple juego. Pero lo más importante es que desde ese humor se nos revelan ciertas verdades inquietantes, incluso cierto drama universal asociado a las acciones incoherentes de la humanidad.

En este sentido, cuando el teatro del absurdo dominó las tablas en torno a mediados del siglo XX, sobre todo en los años sesenta, encontramos la crítica desde el prisma del humor más ilógico e incongruente, a veces con obras incomprensibles. Pero en muchos otros casos, también encontramos un teatro de personajes pusilánimes o pueriles, como sucede en Pic-Nic (Fernando Arrabal, 1952), herederos o seguidores de una línea más cercana a la comedia del disparate, donde se conservaban aún las medidas más habituales del teatro tradicional: la división en actos, el avance cronológico de la historia o la existencia de unos personajes concretos e identificables. Miguel Mihura (1905-1977) tuvo una trayectoria dramatúrgica ligada al humor desde sus inicios, un humor que le servía para enfrentar a sus personajes con su entorno social y que finalmente derivó en obras satíricas o costumbristas, incluyendo comedias de enredos o incluso de corte policíaco. 

Un teatro que guarda mucha relación con el realizado por Jardiel Poncela (1901-1952), aunque Mihura lo desarrollaría posteriormente. Es más, Tres sombreros de copa, su primera obra, considerada una de las mejores de su trayectoria, fue escrita en 1932, época de ebullición dramatúrgica en la que estaban muy presentes nombres de la talla de García Lorca (1898-1936) o Valle-Inclán (1866-1936), a la par que Alejandro Casona (1903-1965) iba a iniciar su carrera o Jardiel Poncela ya había mostrado algunas señas del gran autor cómico que llegaría a ser. Sin embargo, a pesar de ser escrita en una época en la que se hubiera considerado como un pionero, su publicación se retrasaría hasta 1947, siendo finalmente estrenada veinte años más tarde de su escritura, en 1952.

Miguel Mihura
Tres sombreros de copa nos traslada a un hotel en el que seremos testigos de la última noche de soltería de Dionisio, que se casa al día siguiente. Sin embargo, lo que aparentaba ser una noche apacible en una acogedora habitación pronto se convierte en una fiesta en el que diferentes personas pertenecientes a una compañía de revista deambularán por las habitaciones. En medio de ese tumulto, descubriremos la hipocresía de los dos estilos de vida y cómo incluso la ilusión más inocente, la creada entre Dionisio y Paula, se ve empujada hacia un destino indeseado, fruto de las decisiones que les llevaron a disfrutar de esta noche.

Dividido en los habituales tres actos, observaremos en el primero la presentación de los personajes principales. El protagonista será Dionisio, hombre de provincias falto de voluntad, incapaz de luchar contra las decisiones de los demás, aún cuando estas le afectan. Sus pocos arranques de enfado resultan pueriles, como el propio Mihura nos señalará en las acotaciones, y no provocan ningún efecto. Su deseo de contentar a todo el mundo le llevará incluso a ocultar su identidad o a mentir sobre su futuro más inmediato. 

De esa forma, será capaz tanto de ignorar a su prometida con tal de mantener su falsa identidad como malabarista como de hacerse el dormido para cumplir con los deseos del dueño del hotel, don Rosario, que funciona en la obra como una especie de figura paterna. Como descubriremos en el segundo acto, prácticamente es convertido en un niño, dejándose llevar por el mundo soñado por Paula o, finalmente, por las exigencias de su futuro suegro. De esta forma, Mihura ofrece una visión satírica del mundo burgués, sobre todo de la burguesía de provincias, que queda reflejada no solo por la incapacidad del protagonista, sino también por la actitud de Don Sacramento, que le muestra un futuro anodino, fijado de antemano y donde no hay espacio ni para la diversión ni para sentir realmente alguna emoción satisfactoria. 

En ambos casos, los nombres definen bastante bien a los personajes: Don Sacramento ofrece a Dionisio un estilo de vida puritana, alejado de lo que él considera como bohemio, lo que remite al carácter religioso de su nombre, mientras que Dionisio puede remitir al dios griega del placer y el vino, el auténtico deseo de vida del protagonista que es coartado por la vida burguesa a la que se ve encadenado. 

Representación de la obra
A pesar de todo ello, será Paula, a quien podemos considerar también protagonista, la que ofrezca un perfil más humano. La realidad de esta joven bailarina la descubriremos en el segundo acto, después de que en el primero haya parecido tan solo ser una desenfadada muchacha que escapa de su violento novio. En este segundo acto, nos mostrará su insatisfacción con la vida que lleva en el grupo liderado por Buby, quienes en realidad se dedican a viajar por provincias con su espectáculo mientras conquistan a hombres para robarles y obtener dinero o posesiones. El dramaturgo usará el contraste entre Fanny y Paula reiteradamente para mostrar lo que la protagonista debería hacer, pero a lo que irremediablemente se negará. En esa noche, el motivo lo hallará en Dionisio, quizás tan solo una excusa para expresar su deseo de fuga, su insatisfacción vital y su ansia de disfrutar de ciertas nimiedades infantiles en lugar de seguir conquistando a odiosos señores, por muchos regalos que estos puedan hacerle. Llegado el clímax final, ya en el tercer acto, llega al amanecer, la verdad que ocultaba Dionisio y, por tanto, el fin del sueño, un símbolo frecuente en el teatro que ya podíamos encontrar en Romeo y Julieta (William Shakespeare, 1597), cuando el amanecer impedía a los amantes seguir disfrutando de su encuentro. 

A pesar de todos los momentos absurdos que se incorporan a través de los diálogos y las acciones de los personajes. Por ejemplo, observaremos regalos absurdos que van saliendo de un bolsillo (ya fueran unas medias, un bocadillo de caviar o una carraca), muestras de vanidad de ciertos personajes como un cazador con conejos comprados o un militar con un considerable número de distinciones en forma de cruces o las habituales conversaciones de tono pueril o con respuestas inesperadas y, por tanto, absurdas. A su vez, Mihura recalca ciertos objetos que se reiteran a lo largo de la obra, llenándose de significado. El primer caso y más evidente es el de las tres luces que, supuestamente, se observan desde la ventana y que volverán a aparecer mencionadas hacia el final, cuando amanezca y se apaguen, el uso de diferentes instrumentos, sobre todo la carraca, que subrayará el carácter infantil, la forma en que el huevo, frito o pasado al agua, resume la rutina que le espera a Dionisio, o, finalmente, los sombreros de copa.


Desde una lectura actual, quizás sorprenda la caricatura que Mihura realiza de los negros a partir del personaje de Buby, que podría interpretarse casi de racismo, visto ya sea desde una perspectiva algo infantil, como la explicación de por qué es negro, hasta el tipo de personaje que descubriremos que es. No en vano, en ciertos aspectos, la sociedad ha variado bastante respecto a la época en que se escribió, por lo que incluso el retrato social puede aumentar la sensación de ridículo visto desde hoy. Sin embargo, ello no resta que sigan existiendo circunstancias similares, con personas que van en fuga hacia delante, con personas encadenadas a un estilo de vida indeseado, pero del que no son capaces de huir.

Al final, se trata de una tragedia enmascarada de humor y cierta acidez crítica hacia la burguesía provinciana: un pobre hombre falto de voluntad que no es capaz de salir de su zona segura, pero anodina que le ha proporcionado su vida burguesa. Pero por encima de Dionisio, Paula será quien viva la auténtica desilusión: otra ciudad más, otro hotel más, otro hombre más, otro sueño de libertad que se escapa. Tres sombreros de copa es una historia triste que se despide con una sonrisa.

Escrito por Luis J. del Castillo



1 comentario :

  1. Lo tengo es mis estanterías y seguro lo leeré algún día
    un beso

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